Hasta que él venga
El Bienamado

Capítulo 7 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

El Bienamado

DISCURSO EN LA COMUNIÓN, EN MENTON.«Sí, todo él es codiciable.»—Cantares 5:16.

EL BIENAMADO.

EL alma que tiene trato familiar con el Señor lo adora en el atrio exterior de la naturaleza, donde admira sus obras y se queda prendada de cada pensamiento acerca de lo que ha de ser Aquel que las hizo todas. Cuando esa alma entra en el círculo más cercano de la inspiración y lee las maravillosas palabras de Dios, queda todavía más arrebatada, y su admiración crece. En la revelación vemos al mismo Señor todo glorioso que en la creación, pero la visión es más clara, y el amor que de ella nace es más intenso.

La Palabra es un atrio interior respecto de la Creación; pero hay todavía un santuario más íntimo, y bienaventurados los que entran en él y tienen comunión con el Señor mismo. Venimos a Cristo, y al venir a él venimos a Dios; porque Jesús dice: «El que me ha visto, ha visto al Padre». Cuando conocemos al Señor Jesús, estamos delante del propiciatorio, donde resplandece la gloria de Jehová. Me gusta pensar que el texto pertenece a quienes son como sacerdotes para Dios y están en el Lugar Santísimo, mientras dicen: «Sí, todo él es codiciable». Sus obras son maravillosas, sus palabras están llenas de majestad, pero él mismo es todo codiciable.

¿Podemos entrar en este círculo interior? No todos entran aquí. ¡Ay!, muchos están lejos de él y son ciegos a sus bellezas. «Fue despreciado y desechado entre los hombres», y lo sigue siendo. No ven a Dios en sus obras, sino que sueñan que estas maravillas evolucionaron y no fueron creadas por la Gran Causa Primera. En cuanto a sus palabras, les parecen cuentos vanos o, a lo sumo, inspiradas solo en el mismo sentido que el lenguaje de Shakespeare o de Spenser. No ven al Señor en las majestuosas naves de la Santa Escritura, ni tienen visión de él mismo. ¡Que aquel que abre los ojos de los ciegos tenga compasión de ellos!

Algunos otros están en una situación algo más feliz, porque andan buscando a Cristo. Son como aquellas personas que, en el versículo nueve del capítulo, preguntaban: «¿Qué es tu Amado más que otro amado, oh la más hermosa de todas las mujeres? ¿Qué es tu Amado más que otro amado, que así nos conjuras?». Quieren saber quién es este Jesús. Pero todavía no lo han visto, y no pueden unirse a la esposa para decir: «Todo él es codiciable».

Si entramos en este sagrado círculo interior, hemos de hacernos testigos, como lo es ella cuando habla de Cristo: «Sí, todo él es codiciable». Ella sabe lo que él es, porque lo ha visto. Los versículos que preceden al texto describen cada rasgo del Esposo celestial; allí se exponen todos sus miembros con toda la riqueza de la imaginería oriental. La esposa habla lo que sabe. ¿Hemos visto también nosotros al Señor? ¿Somos de su trato íntimo? Si es así, ¡que el Señor nos ayude a entender nuestro texto!

Si hemos de conocer el gozo pleno del texto, debemos acercarnos a nuestro Señor como sus íntimos. Él nos concede este alto honor, ya que en esta ordenanza nos hace sus compañeros de mesa. Él dice: «Ya no os llamo siervos, sino que os he llamado amigos». Nos invita a comer pan con él; más aún, a participar de él mismo, comiendo su carne y bebiendo su sangre. ¡Ojalá pasemos más allá de las señales externas a la intimidad más estrecha con él mismo! Quizá, cuando estéis en casa, examinéis la descripción que la esposa hace de su Señor. Es un tapiz maravilloso. Ella ha tejido en su urdimbre y en su trama todo lo que es encantador, dulce y precioso. En él ve todos los colores hermosos: «Mi Amado es blanco y rubio». En comparación con él, todos los demás palidecen, porque él es «señalado entre diez mil» capitanes. Ella no puede pensar en compararlo con nada de menos valor que el «oro finísimo». Ve volar por el aire aves de diverso plumaje, y estas han de ayudarla, ya sea el cuervo o la paloma. Los arroyos de las aguas, y las eras de especias, y los lirios que destilan mirra, han de entrar en el cuadro, junto con flores fragantes y cedros hermosos. En él están toda clase de tesoros, porque es semejante a anillos de oro engastados de berilo, y a claro marfil cubierto de zafiros, y a columnas de mármol fundadas sobre basas de oro fino. Ella se esfuerza por describir su hermosura y su excelencia, y lleva todas las comparaciones hasta su último alcance, y aun algo más; y, sin embargo, tiene conciencia de no haberlo logrado, y por eso lo resume todo con esta frase concisa: «Sí, todo él es codiciable».

Si el Espíritu Santo me ayuda, quisiera levantar el velo, para que podamos, en sagrada contemplación, mirar a nuestro Amado.

I. Querríamos hacerlo, en primer lugar, con emociones reverentes. En las palabras que tenemos delante, «Sí, todo él es codiciable», se manifiestan dos emociones, a saber, la admiración y el afecto.

Es la admiración la que habla de él como «todo codiciable», es decir, hermoso. Esta admiración sube hasta el grado más alto. La esposa quería mostrar que su Amado es más que cualquier otro amado; por eso exclama: «Todo él es codiciable». Seguramente nadie más ha llegado a ese punto. Muchos son hermosos, pero nadie fuera de Jesús es «todo codiciable». Vemos algo hermoso en uno, y otro rasgo hermoso en otro; pero toda hermosura se reúne en él. Nuestra alma no conoce nada que pueda rivalizar con él: él es la suma de toda clase de hermosura, reunida para formar una sola hermosura perfecta. Él es la cumbre de la belleza, la corona de la gloria, lo sumo de la excelencia.

Nuestra admiración por él, además, no tiene freno. La esposa se atrevió a decir, aun en presencia de las doncellas de Jerusalén, que estaban algo envidiosas: «Sí, todo él es codiciable». Ellas no conocían todavía sus perfecciones; hasta preguntaron: «¿Qué es tu Amado más que otro amado?». Pero ella no iba a dejarse cegar por su falta de simpatía, ni retuvo su testimonio por miedo a sus críticas. Para ella, él era «todo codiciable», y no podía decir menos. Nuestra admiración por Cristo es tal que diríamos a los reyes de la tierra que no tienen majestad alguna en su presencia; y diríamos a los sabios que solo él es la sabiduría; y diríamos a los grandes y poderosos que él es el bienaventurado y solo Poderoso, Rey de reyes y Señor de señores.

Nuestra admiración por nuestro Señor es inexpresable. Nunca podemos decir todo lo que sabemos de nuestro Señor; y, sin embargo, todo nuestro conocimiento es poco. Todo lo que sabemos es que su amor excede a todo conocimiento, que su excelencia confunde al entendimiento, que su gloria es indecible. Podemos abrazarlo con nuestro amor, pero apenas podemos tocarlo con nuestro intelecto: tan alto, tan glorioso es él. En cuanto a describirlo, clamamos con el señor Berridge:

«Quisiera entonces mi lengua expresar

todo su amor y su belleza sin par;

mas balbuceo, y apenas sé decir

palabras rotas, que no valen la mitad de lo que él.

«Turbado, lo intento una y otra vez,

y en vano es siempre todo mi afán:

las lenguas vivas, a lo sumo, son mudas;

hay que morir para hablar de Cristo.»

«Todo él es codiciable». ¿No sentimos por él una admiración inexpresable? ¡No hay nadie como tú, oh Hijo de Dios!

Con todo, nuestra emoción suprema no es la admiración, sino el afecto. «Todo él es»—no hermoso, ni admirable—sino «codiciable»: digno de ser amado. Todas sus bellezas son bellezas que nos aman, y bellezas que atraen nuestro corazón hacia él en humilde amor. Él nos cautiva, no con una hermosura fría, sino con una hermosura viva, que gana nuestro corazón. La suya es una belleza accesible, que no solo nos sobrecoge con su gloria, sino que nos tiene cautivos con sus encantos. Lo amamos: no podemos hacer otra cosa, porque «todo él es codiciable». Él tiene en sí mismo una llama inextinguible de amor, que prende fuego a nuestra alma. Él es todo amor, y todo el amor del mundo es menos que el suyo. Juntad todos los amores de esposos y esposas, padres, hijos, hermanos y hermanas, y no hacen más que una gota comparados con sus grandes abismos de amor, inexplorados e inexplorables. Este amor suyo tiene un poder maravilloso para engendrar amor en corazones nada amables, y para alimentarlo hasta convertirlo en una fuerza poderosa.» Es un torrente que lo arrastra todo delante de sí cuando sus fuentes brotan dentro del alma. Es una Corriente del Golfo en la que se derriten todos los témpanos. Cuando nuestro corazón está lleno de amor a Jesús, su hermosura se vuelve la pasión del alma, y el pecado y el yo son barridos. ¡Ojalá lo sintamos ahora!

Allí está él: lo reconocemos por la corona de espinas, y por las heridas, y por el rostro desfigurado más que el de cualquier hombre. Todo esto lo sufrió por nosotros. ¡Oh Hijo del hombre! ¡Oh Hijo de Dios! Con la esposa, sentimos en lo más hondo de nuestra alma que tú eres «todo codiciable».

II. Ahora quisiera levantar el velo por segunda vez, con honda solemnidad, no tanto para suscitar emociones como para asegurar vuestra convicción inteligente del hecho de que «todo él es codiciable». Lo decimos con certeza absoluta. La esposa pone un «Sí» delante de su entusiasta declaración, porque está segura de ello. Ve a su Amado, y ve que todo él es codiciable. Esto no es ficción, ni sueño, ni capricho de la imaginación, ni arrebato de parcialidad. El amor más alto a Cristo no nos hace decir más de lo que es verdad; somos tan razonables cuando estamos llenos de amor a él como lo hayamos sido jamás en nuestra vida; más aún, nunca somos más razonables que cuando nos sentimos arrebatados del todo por una percepción clara de su excelencia suprema.

Meditemos en la prueba de nuestra afirmación. «Todo él es codiciable» en su persona. Él es Dios. La gloria de la Deidad debo dejarla en humilde silencio. Pero nuestro Jesús es también hombre, más enfáticamente hombre que cualquiera de los aquí presentes esta tarde, porque nosotros somos ingleses, americanos, franceses, alemanes, holandeses, rusos; pero Cristo es hombre, el segundo Adán, la Cabeza de la raza: tan verdaderamente como es Dios verdadero de Dios verdadero, así es hombre, de la sustancia de su madre. ¡Qué unión tan maravillosa! ¡El milagro de los milagros! En su incomparable persona, todo él es codiciable; porque en él vemos cómo Dios desciende hasta el hombre en condescendencia, y cómo el hombre sube hasta Dios en estrecha relación. No hay otro como él en todos los aspectos, ni aun en el cielo mismo: en su persona ha de estar siempre solo, a los ojos de Dios y de los hombres, «todo codiciable».

En cuanto a su carácter, nos faltaría el tiempo para entrar en ese vasto tema; pero cuanto más conocemos el carácter de nuestro Señor, y cuanto más nos parecemos a él, tanto más hermoso nos parecerá. En todos sus aspectos es hermoso; en todas sus minucias y detalles es perfecto; y, en su conjunto, es el modelo de la perfección. Tomad cualquier acción suya, examinad su modo, su espíritu, su motivo y todo lo demás que pueda revelar un examen microscópico, y es «todo codiciable». Considerad su vida en conjunto, en relación con Dios, con los hombres, con sus amigos, con sus enemigos, con los que le rodeaban y con los siglos venideros, y la hallaréis absolutamente perfecta. Más aún: existe una perfección fría, a la que no se le puede encontrar falta alguna y que, sin embargo, no inspira amor; pero en Cristo, nuestro Bienamado, cada parte de su carácter atrae. Para un corazón sincero, la vida de Cristo es tanto un objeto de amor como de reverencia: «Todo él es codiciable». Hemos de amar lo que vemos en él: admiración no es la palabra. Cuando los críticos fríos lo elogian, su alabanza es medio insulto: ¿qué saben esos corazones helados de nuestro Amado? En cuanto a una palabra contra él, nos hiere en el alma. Hasta omitir su alabanza es para nosotros una tortura. Si oímos un sermón en el que no está Cristo, nos cansa. Si leemos un libro que contiene una sílaba despectiva sobre él, lo aborrecemos. Él mismo ha llegado a serlo todo para nosotros, y solo en la atmósfera de un amor ferviente a él podemos sentirnos en casa.

Pasando de su carácter a su sacrificio: allí especialmente «todo él es codiciable». Quizá hayáis leído las «Cartas de Rutherford»; espero que sí. ¡Con qué maravilla escribe cuando describe a su Señor con las vestiduras enrojecidas por su sudor de sangre, y con las manos enjoyadas con sus heridas! Cuando contemplamos su cuerpo bajado de la cruz, todo pálido y mortecino, y envuelto en los lienzos de la tumba, vemos en él una extraña hermosura. Nunca nos es más hermoso que cuando leemos en el blanco y el rojo de nuestro Amado que su Sacrificio está consumado, y que ha sido obediente hasta la muerte por nosotros. En él, como el sacrificio ofrecido una vez, vemos nuestro perdón, nuestra vida, nuestro cielo, nuestro todo. Tan hermoso es Cristo en su sacrificio que es para siempre del todo agradable al gran Juez de todos; sí, tan hermoso a los ojos de su Padre, que nos hace también a nosotros hermosos para Dios el Padre, y somos «aceptos en el Amado». Su sacrificio tiene tal mérito y belleza a la vista del cielo que en él Dios se complace, y los hombres culpables se vuelven en él agradables al Señor. ¿No nos es su sacrificio dulcísimo? Aquí halla paz nuestra conciencia culpable; aquí nos vemos hechos hermosos con su hermosura. No podemos estar en el Calvario, y ver morir al Salvador, y oírle clamar: «Consumado es», sin sentir que «todo él es codiciable». ¡Perdonadme que hable con tanta frialdad! No me atrevo a entrar de lleno en un tema que abriría las compuertas de mi corazón.

Recordad lo que él era cuando resucitó de la tumba al tercer día. ¡Oh, haberlo visto en la frescura de su hermosura de resucitado! ¿Y qué será en su gloria, cuando venga por segunda vez, y todos los santos ángeles con él, cuando se siente sobre el trono de su gloria, y el cielo y la tierra huyan de delante de su rostro? Para su pueblo será entonces «todo codiciable». Los ángeles lo adorarán, los santos hechos perfectos caerán sobre sus rostros delante de él; y nosotros mismos sentiremos que, al fin, nuestro cielo está completo. Lo veremos, y, siendo semejantes a él, quedaremos saciados.

Cada rasgo de nuestro Señor es hermoso. No podéis pensar en nada que tenga que ver con él que sea indigno de nuestra alabanza. Todo glorioso es nuestro Señor. La esposa habla de su cabeza, sus cabellos, sus ojos, sus mejillas, sus labios, sus manos, sus piernas, su aspecto, su paladar; y cuando los ha mencionado todos, lo resume todo diciendo: «Sí, todo él es codiciable».

No hay nada en él que no sea hermoso. Ciertas personas serían bellas si no fuera por una herida o una magulladura, pero nuestro Amado es tanto más hermoso por sus heridas; la desfiguración de su rostro ha realzado sus encantos. Sus cicatrices son, para gloria y hermosura, las joyas de nuestro Rey. Para nosotros es hermoso aun por el lado que otros temen: hasta su ceño fruncido tiene consuelo para sus santos, puesto que solo frunce el ceño contra el mal. Aun sus pies, que son «semejantes al bronce fino, ardientes como en un horno», nos son hermosos por amor de él; estos son sus santos pobres, duramente probados, pero capaces de soportar el fuego. Todo lo que es de Cristo, todo lo que participa de Cristo, todo lo que tiene sabor o aroma de Cristo, nos es hermoso.

No hay nada que falte a su hermosura. Algunos serían muy hermosos si hubiera brillo en sus ojos o color en su semblante; pero algo falta. La ausencia de un diente o de una ceja puede estropear un rostro, pero en Cristo Jesús no falta excelencia alguna. Todo lo que debe estar en él está en él; todo lo que se puede concebir en la perfección está presente en él a la perfección.

En él no hay nada excesivo. Más de un rostro tiene algún rasgo exagerado; pero en el carácter de nuestro Señor todo está equilibrado y proporcionado. Nunca hallaréis que su bondad disminuya su santidad, ni que su santidad eclipse su sabiduría, ni que su sabiduría mengüe su valor, ni que su valor dañe su mansedumbre. Todo lo que debe haber en nuestro Señor está en él, y todo en su justa medida. Como especias raras, mezcladas según el arte del perfumador, toda la persona, el carácter y el sacrificio de nuestro Señor son como incienso dulce para el Señor.

Tampoco hay en nuestro Señor nada que desentone con lo demás. En cada uno de nosotros hay, por lo menos, algo que está fuera de lugar. No se nos podría describir del todo sin usar un «pero». Si todos pudiéramos mirar dentro de nosotros y vernos como Dios nos ve, notaríamos mil cosas que ahora consentimos y que nunca más volveríamos a permitir. Pero en el Bienamado todo es de una pieza, todo es hermoso; y cuando se hace la suma del conjunto, da una perfección absoluta de hermosura: «Sí, todo él es codiciable».

Estamos seguros de que el Señor Jesús ha de ser él mismo sumamente hermoso, puesto que da hermosura a su pueblo. Muchos santos son hermosos en su vida; uno lee biografías de hombres y mujeres piadosos que nos hacen desear parecernos a ellos; pero toda la hermosura de los más santos entre los hombres ha venido de Jesús, su Señor, y es una copia de su perfecta belleza. Los que escriben bien lo hacen porque él les pone la muestra.

Lo que es todavía más extraño y más maravilloso: nuestro Señor Jesús hace hermosos a los pecadores. En su estado natural, los hombres son deformes y horrendos a los ojos de Dios; y así como ellos no tienen amor a Dios, tampoco él se deleita en ellos. Está cansado de ellos, y le pesa haber hecho al hombre en la tierra. El Señor está airado todos los días contra el impío. Sin embargo, cuando nuestro Señor Jesús interviene, y cubre a estos pecadores con su justicia, y al mismo tiempo les infunde su vida, el Señor se complace en ellos por amor de su Hijo. Aun en el cielo, el infinito Jehová no ve nada que le agrade tanto como su Hijo. El Padre amó desde la eternidad a su Unigénito, y una y otra vez ha dicho de él: «Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento». ¿Qué elogio más alto se puede hacer de él?

Si tuviéramos tiempo para meditar en este tema, diríamos de nuestro Señor que es hermoso en cada uno de sus oficios. Es el Sacerdote, el Rey y el Profeta más admirable que jamás haya ejercido ese oficio. Es un Pastor hermoso de un rebaño escogido, un Amigo hermoso, un Esposo hermoso, un Hermano hermoso: es admirable en cada posición que ocupa por amor de nosotros.

La hermosura de nuestro Señor se manifiesta en toda condición: en el pesebre o en el templo; junto al pozo o sobre el mar; en el huerto o en la cruz; en la tumba o en la resurrección; en su primera o en su segunda venida. No es como la hierba, que florece solo en una estación; ni como el árbol, que pierde sus hojas en invierno; ni como la luna, que crece y mengua; ni como el mar, que sube y baja. En toda condición y en todo tiempo, «todo él es codiciable».

Es hermoso, desde dondequiera que lo miremos. Si lo vemos en el pasado, entrando en un pacto de paz en favor nuestro; o en el presente, entregándose a nosotros como Intercesor, Representante y Precursor; o en el futuro, viniendo, reinando y glorificando a su pueblo, «todo él es codiciable». Miradlo desde el cielo, contempladlo desde las puertas del infierno, consideradlo mientras va delante, alzad los ojos a él mientras está sentado en lo alto: es tan hermoso desde un punto de vista como desde otro; «sí, todo él es codiciable». Dondequiera que estemos, él es el mismo en su perfección. ¡Qué hermoso fue a mis ojos cuando me hundía en la desesperación! Verlo sufrir por mi pecado sobre el madero fue como abrirse las puertas de la mañana para mi alma entenebrecida. ¡Qué hermoso nos es cuando estamos enfermos, y las horas de la noche parecen alargarse como días! «Él da canciones en la noche». ¡Qué hermoso nos ha sido cuando el mundo nos ha mirado con ceño, y los amigos nos han abandonado, y los bienes terrenos han escaseado! Ver «al Rey en su hermosura» es vista suficiente, aunque nunca viéramos otro rayo de consuelo. ¡Qué dicha, cuando yazcamos moribundos, oírle decir: «Yo soy la resurrección y la vida»! Fijaos en esa palabra; no dice: «Os daré la resurrección y la vida», sino: «Yo soy la resurrección y la vida». Bienaventurados los ojos que pueden ver en Jesús lo que realmente hay en él. Cuando pensamos en verle tal como él es, y en ser semejantes a él, ¡cómo se nos acerca el cielo! Pronto contemplaremos la visión beatífica, de la cual él será el centro y el sol. Al pensarlo, nuestra alma toma alas y nuestra imaginación se remonta a lo alto, mientras nuestra fe, con ojo de águila, contempla la gloria. Al pensar en aquel tiempo dichoso en que estaremos con nuestro Amado para siempre, estamos a punto de desfallecer de deleite. Está cerca, mucho más cerca de lo que pensamos.

III. El poco tiempo que podemos dar a esta meditación se ha acabado, y por eso me apresuro a terminar. Os he invitado a mirar a nuestro Señor como «todo codiciable» con emociones reverentes y con certeza absoluta. Ahora, para concluir, pensad en él con resultados prácticos. «Todo él es codiciable». ¿Qué haremos por este que es señalado entre diez mil?

En primer lugar, hablaremos de él a otros. Para eso fue dicho nuestro texto. Las doncellas de Jerusalén preguntaron a la esposa: «¿Qué es tu Amado más que otro amado?». Aquí está su respuesta: «Todo él es codiciable». Es un gran gozo alabar a nuestro Señor ante mentes que buscan. Los que somos predicadores lo pasamos gloriosamente cuando ensalzamos a nuestro Señor. Si no tuviéramos otra cosa que hacer que predicar a Cristo, y no tuviéramos disciplina que administrar, ni pecado contra el cual luchar, ni dudas que ahuyentar, tendríamos un servicio celestial. Por mi parte, quisiera estar obligado a tocar únicamente esta sola cuerda. Bien hizo Pablo cuando se hizo ignorante y se propuso no saber cosa alguna entre los corintios sino a Jesucristo, y a este crucificado. Así como el arpa de Anacreonte solo quería resonar de amor, así quisiera yo no tener más que un solo tema para mi ministerio: el amor y la hermosura de mi Señor. Entonces hablar sería su propia recompensa, y estudiar y preparar discursos no sería más que una forma de descanso. De buena gana haría que todo mi ministerio hablara de Cristo y de su hermosura sin igual.

Vosotros, los que no sois predicadores, no podéis hacer nada mejor que hablar mucho de Jesús, según se presente la ocasión. Hacedlo el tema de vuestras conversaciones. La gente habla de los ministros; pero os rogamos que habléis de nuestro Maestro. Nuestros vecinos indecisos siempre están hablando de hipócritas y de creyentes inconsecuentes; pero nosotros les diríamos: «No os preocupéis de sus seguidores: hablad del Maestro mismo». Sus seguidores, considerados en sí mismos, nunca han merecido vuestras palabras; pero ¡qué tema es este: «Todo él es codiciable»! El pueblo de nuestro Señor es mucho más digno de lo que el mundo cree; por mi parte, me regocijo en los muchos caracteres llenos de gracia y de hermosura con que me encuentro; pero, aunque fueran ciertos todos los malos informes que oímos, eso no restaría nada a la hermosura de nuestro Señor, que está infinitamente por encima de toda alabanza.

El siguiente resultado práctico de contemplar la hermosura de nuestro bendito Señor es que nos lo apropiamos, asiéndolo con nuestras dos manos de la fe y del amor, y haciendo nuestro el resto del versículo: «Este es mi Amado, y este es mi Amigo, ¡oh doncellas de Jerusalén!». Puesto que él es tan amable, ha de ser «mi Amado»; mi corazón se aferra a él. Puesto que es admirable, me regocijo de que sea «mi Amigo»; mi alma confía en él. El corazón que más aprecia a Jesús es el que más ansía apropiárselo. El que contempla a Jesús como «todo codiciable» nunca descansará hasta estar del todo seguro de que Jesús es del todo suyo. Creo que puedo añadir también que el aprecio es en gran medida el sello de la apropiación, porque el alma que más valora a Cristo es el alma que más ciertamente ha tomado posesión de Cristo. A veces un corazón estima muchísimo al Señor y lo anhela con temblor; pero tengo la convicción de que el mismo hecho de estimarlo arguye cierta medida de posesión de él. Jesús nunca gana un corazón al que niegue su amor. Si tú lo amas, él te ama a ti: puedes estar seguro de ello. Ningún alma clama jamás: «Sí, todo él es codiciable», sin añadir, tarde o temprano: «Este es mi Amado, y este es mi Amigo».

No descanse ninguno de vosotros hasta saber con certeza que Jesús es suyo. No os contentéis con una esperanza; luchad por alcanzar la plena certidumbre de fe. Se puede tener, y no debéis contentaros sin ella. Puede ser el cántico de toda vuestra vida: «Mi Amado es mío, y yo suya». No necesitáis languidecer en la sombra: el sol está brillando; «andad en la luz». ¡Fuera la idea de que no podemos saber si estamos condenados o perdonados, en Cristo o fuera de él! Podemos saberlo, debemos saberlo; y, a medida que apreciemos a nuestro Señor, lo sabremos. O Jesús es nuestro, o no lo es. Si lo es, regocijémonos en esa posesión inestimable. Si no es nuestro, asámonos de él enseguida por la fe; porque, en el momento en que confiamos en él, es nuestro. El gozo de la religión está en la seguridad: una mera esperanza es dieta escasa.

Una vez más, es un buen fruto de nuestro deleite en nuestro Señor que la estima que le tenemos se convierta en un lazo de unión entre nosotros y otros. La esposa exclama: «Este es mi Amado, y este es mi Amigo, ¡oh doncellas de Jerusalén!», y ellas responden: «¿Adónde se ha ido tu Amado, oh la más hermosa de todas las mujeres? ¿Adónde se apartó tu Amado, para que lo busquemos contigo?». Así, ya veis, establecen una compañía por medio del Bienamado. Pocos de los que estamos en esta sala nos habríamos conocido jamás si no hubiera sido por nuestra común admiración del Señor Jesús. Habríamos seguido pasando unos junto a otros a la orilla del mar hasta el día de hoy, y nos habríamos perdido mucha comunión alentadora. Nuestro Señor ha llegado a ser nuestro centro; nos encontramos en él, y sentimos que en él somos participantes de una sola vida. Buscamos juntos a nuestro Bienamado, y alrededor de su mesa lo hallamos juntos; y, al hallarlo a él, nos hemos hallado unos a otros, y la joya perdida del amor cristiano resplandece en todo pecho. Tenemos opiniones diferentes sobre ciertas partes de la verdad divina; y no sé que esté mal que difiramos allí donde el Espíritu Santo ha dejado la verdad sin definirla rígidamente. Cada uno está obligado a usar con devoción su juicio en la interpretación de la Sagrada Palabra; pero todos estamos de acuerdo en este único juicio claro: «Sí, todo él es codiciable». Este es el punto de unión. Los que aman con entusiasmo a la misma persona van camino de amarse unos a otros. Este es cada vez más nuestro caso, y lo mismo sucede con todas las personas espirituales. Los que profesan riñen, pero los que poseen son uno. Oímos muchos discursos sobre «la Unidad de la Iglesia» como algo deseable, y podemos estar de acuerdo de todo corazón; pero convendría también recordar que en la verdadera Iglesia de Cristo ya existe una unión real. Nuestro Señor oró por aquellos que el Padre le había dado, para que fuesen uno, y el Padre le concedió la oración: el propio pueblo del Señor es uno. En esta sala tenemos un ejemplo de cuán estrechamente estamos unidos en Cristo. Algunos de vosotros os sentís más en casa en esta asamblea, tomada de todas las iglesias, que en las iglesias a las que pertenecéis de nombre. Nuestra unión en un solo cuerpo como episcopales, bautistas, presbiterianos o independientes no es lo que nuestro Señor pidió en oración, sino nuestra unión en él mismo. Esa unión la gozamos en este momento; y por eso comemos de un mismo pan, y bebemos de una misma copa, y somos bautizados en un mismo Espíritu, a los pies de aquel que es para cada uno de nosotros, y así para todos nosotros, todo codiciable.

«Blanco y rubio es mi Amado,

brilla su celeste hermosura;

la natura no da objeto

tan glorioso, tan divino;

él del todo

ganó mi alma a las alturas.

«Adiós, criaturas más pobres,

pues en él todo tesoro está;

ni riquezas, ni amigos, ni belleza amada

me atraerán ya nunca más;

en mi Salvador

he hallado un todo glorioso.»

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