Capítulo 6 · 31 min de lectura · 40 min de escucha
Especias fragantes de los montes de la mirra
ESPECIAS FRAGANTES DE LOS MONTES DE LA MIRRA.
¡CUÁN maravillosas son estas palabras! «Toda tú eres hermosa, amor mío; no hay mancha en ti.» El glorioso Esposo está prendado de su esposa, y entona suaves cánticos de admiración. Que la esposa ensalce a su Señor no es de extrañar, porque él bien lo merece, y en él hay lugar para la alabanza sin posibilidad de lisonja. Pero ¿se digna aquel que es más sabio que Salomón alabar a esta sulamita tostada por el sol? Así es, en efecto, porque estas son sus propias palabras, y salieron de sus propios labios dulces. No, no lo dudes, oh joven creyente, ¡porque aún tenemos más maravillas que revelarte! Hay en las cosas celestiales profundidades mayores de las que hasta ahora te has atrevido a esperar. La Iglesia no solo es toda hermosa a los ojos de su Amado, sino que, en cierto sentido, siempre lo fue.
«En el decreto de Dios él vio su forma;
toda hermosa estaba ante sus ojos,
presentada por el nombre eterno,
desposada en amor, y libre de culpa.
«No como estaba en la caída de Adán,
cuando culpa y ruina todo lo cubrían;
sino como estará otro día,
más bella que el rayo del sol de mediodía.»
Él se deleitaba en ella antes de que ella tuviera ser natural o espiritual, y desde el principio podía decir: «Y mis delicias son con los hijos de los hombres.» (Proverbios 8:31.) Habiendo pactado ser el Fiador de los escogidos, y habiendo resuelto cumplir cada estipulación de aquel pacto, desde toda la eternidad se deleitaba en contemplar la adquisición de su sangre, y se gozaba en ver a su Iglesia, en el propósito y en el decreto, como ya librada por él del pecado y exaltada a la gloria y a la felicidad.
«¡Oh gracia gloriosa, plan misterioso,
demasiado grande para que lo escudriñe mente de ángel!
Nuestros pensamientos se pierden, nuestros versos desfallecen;
¡salve, amor redentor, salve!»
Acerquémonos ahora con gozo y alegría al tema del deleite de Cristo en su Iglesia, tal como lo declara aquel a quien el Espíritu ha sellado en nuestros corazones como el Testigo fiel y verdadero.
Nuestro primer manojito de mirra yace en la mano abierta del texto.
I. Cristo tiene en alta estima a su Iglesia. No admira ciegamente sus faltas, ni siquiera se las oculta a sí mismo. Conoce su pecado, con toda la atrocidad de su culpa y todo el castigo que merece. Ese pecado no rehúsa reprenderlo. Sus propias palabras son: «Yo reprendo y disciplino a todos los que amo». (Apocalipsis 3:19.) Aborrece el pecado en ella tanto como en el mundo impío, y aun más, porque ve en ella un mal que no se halla en las transgresiones de los demás: el pecado contra el amor y la gracia. Ella es negra a sus propios ojos; ¡cuánto más a los ojos de su Señor omnisciente! Y, sin embargo, ahí está, escrito por la inspiración del Espíritu Santo y brotando de los labios del Esposo: «Toda tú eres hermosa, amor mío; no hay mancha en ti.» ¿Cómo es esto, pues? ¿Es una mera exageración del amor, un cántico entusiasta al que la mano sobria de la verdad debe despojar de sus fábulas encendidas? ¡Oh, no! El Rey está lleno de amor, pero no tan vencido por él que olvide su razón. Las palabras son verdaderas, y él quiere que las entendamos como la expresión honesta de su juicio imparcial, después de haberla examinado pacientemente en cada parte. No quiere que les quitemos nada, sino que estimemos el oro de sus opiniones por el brillo resplandeciente de sus expresiones; y por eso, para que no haya error, lo afirma positivamente: «Toda tú eres hermosa, amor mío», y lo confirma con una negación: «no hay mancha en ti».
Cuando habla en positivo, ¡qué completa es su admiración! Ella es «hermosa», pero esa no es una descripción completa; él la llama «toda hermosa». La contempla en sí mismo, lavada en su sangre que expía el pecado y vestida de su justicia meritoria, y la tiene por llena de gracia y de belleza. No es de extrañar que así sea, pues no admira sino sus propias excelencias perfectas, ya que la santidad, la gloria y la perfección de su Iglesia son sus propias vestiduras sobre los hombros de su propia esposa bienamada, y ella es «hueso de sus huesos y carne de su carne». ¡No es simplemente pura, o bien proporcionada; es positivamente encantadora y hermosa! ¡Tiene verdadero mérito! Sus deformidades de pecado han sido quitadas; pero, más aún, ella ha obtenido por medio de su Señor una justicia meritoria por la cual se le confiere una belleza real. Los creyentes reciben una justicia positiva cuando son hechos «aceptos en el Amado». (Efesios 1:6.)
Ni es la Iglesia apenas encantadora: lo es en grado superlativo. Su Señor la llama: «Oh tú, la más hermosa de las mujeres». (Cantares 1:8.) Tiene un valor y una excelencia reales, que no pueden igualar toda la nobleza y la realeza del mundo. Si Jesús pudiera cambiar a su esposa escogida por todas las reinas y emperatrices de la tierra, o aun por los ángeles del cielo, no lo haría, porque la pone en primer lugar, por delante de todas: «la más hermosa de las mujeres». Ni es esta una opinión de la que se avergüence, pues invita a todos los hombres a oírla. Le antepone un «he aquí», una nota especial de exclamación que invita y detiene la atención. «He aquí que tú eres hermosa, amor mío; he aquí que tú eres hermosa.» (Cantares 4:1.) Su opinión la publica ya desde ahora, y un día, desde el trono de su gloria, confesará su verdad ante el universo reunido. «Venid, benditos de mi Padre» (Mateo 25:34), será su solemne afirmación de la hermosura de sus escogidos.
Fijémonos bien en las repetidas sentencias de su aprobación.
«¡He aquí, eres hermosa! ¡He aquí, eres hermosa!
Dos veces hermosa eres, te digo;
mi justicia y mis gracias son
tu doble y brillante atavío.
«Mas como tu fe a duras penas reconoce
la belleza que puse sobre ti,
¡he aquí, he aquí! sépase dos veces:
¡eres toda hermosa para mí!»
Vuelve una y otra vez al tema, mira por segunda vez esos ojos de paloma que ella tiene, y escucha sus labios que destilan miel. No le basta decir: «He aquí que tú eres hermosa, amor mío»; tañe otra vez esa campana de oro, y canta de nuevo, y otra vez más: «He aquí que tú eres hermosa».
Después de haber recorrido toda su persona con embelesado deleite, no puede darse por satisfecho hasta mirarla por segunda vez y enumerar de nuevo sus bellezas. Sin apenas diferencia entre su primera descripción y la última, añade extraordinarias expresiones de amor para manifestar su creciente deleite. «Hermosa eres tú, oh amor mío, como Tirsa; de desear, como Jerusalén; imponente como ejércitos en orden. Aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron; tu cabello es como manada de cabras que se muestran en Galaad. Tus dientes, como manada de ovejas que suben del lavadero, todas con crías gemelas, y estéril no hay entre ellas. Como cachos de granada son tus sienes entre tus guedejas. . . . Mas una es la paloma mía, la perfecta mía; única es para su madre, la escogida de la que la engendró.» (Cantares 6:4-7, 9.)
La belleza que él admira es universal: está tan prendado de sus sienes como de su pecho. Todos sus oficios, todas sus devociones puras, todos sus fervientes trabajos, todos sus constantes sufrimientos, son preciosos para su corazón. Ella es «toda hermosa». Su ministerio, su salmodia, sus intercesiones, sus limosnas, su vigilancia, todo le es admirable cuando se hace en el Espíritu. Su fe, su amor, su paciencia, su celo, son igualmente estimados por él como «hileras de joyas» y «cadenas de oro». (Cantares 1:10.) La ama y la admira en todas partes. En la casa de servidumbre o en la tierra de Canaán, siempre es hermosa. En la cumbre del Líbano, su corazón queda prendado de uno de sus ojos, y en los campos y en las aldeas recibe con gozo sus amores. La valora por encima del oro y de la plata en los días de sus manifestaciones de gracia, pero la aprecia igualmente cuando se retira, pues es inmediatamente después de haber dicho: «Hasta que apunte el día y huyan las sombras, me iré al monte de la mirra y al collado del incienso» (Cantares 4:6), cuando exclama, con las palabras de nuestro texto: «Toda tú eres hermosa, amor mío». En todas las estaciones los creyentes están muy cerca del corazón del Señor Jesús; son siempre como la niña de sus ojos y la joya de su corona. Nuestro nombre sigue en su pectoral, y nuestras personas siguen en su memoria llena de gracia. Nunca piensa con ligereza de su pueblo; y ciertamente en toda la extensión de su Palabra no hay una sola sílaba que se parezca al desprecio hacia ellos. Son el tesoro escogido y la porción especial del Señor de los ejércitos; ¿y qué rey menospreciará su propia heredad? ¿Qué esposo amante despreciará a su propia mujer? Llamen otros a la Iglesia como quieran: Jesús no vacila en su amor por ella, ni cambia su juicio acerca de ella, porque todavía exclama: «¡Qué hermosa eres, y cuán suave, oh amor deleitoso!» (Cantares 7:6.)
Recordemos que el que declara que la Iglesia, y cada creyente en particular, es «toda hermosa» no es otro que el glorioso Hijo de Dios, que es «Dios verdadero de Dios verdadero». Por tanto, su declaración es decisiva, puesto que la ha pronunciado la infalibilidad. No puede haber error donde el Señor que todo lo ve es el Juez. Si él ha declarado que ella es incomparablemente hermosa, lo es, fuera de toda duda; y aunque sea difícil de recibir para nuestra pobre y débil fe, es, no obstante, una verdad tan divina como cualquiera de las doctrinas indudables de la revelación.
Habiéndola declarado así, en positivo, llena de belleza, confirma ahora su alabanza con una preciosa negación: «No hay mancha en ti». Como si al Esposo se le hubiera ocurrido que el mundo murmurador insinuaría que solo había mencionado sus partes hermosas, y había omitido a propósito aquellos rasgos que estaban deformes o manchados, lo resume todo declarándola universal y enteramente hermosa, y del todo libre de mancha. Una mancha puede quitarse pronto, y es lo más pequeño que puede desfigurar la belleza; pero aun de este pequeño defecto está libre la Iglesia a la vista de su Señor. Si hubiera dicho que no hay cicatriz espantosa, ni deformidad horrible, ni úlcera inmunda, aun entonces nos habríamos maravillado; pero cuando testifica que está libre de la más leve mancha, todas esas cosas quedan incluidas, y la hondura del asombro se acrecienta. Si solo hubiera prometido quitar todas las manchas, habríamos tenido razón eterna para el gozo; pero cuando habla de ello como ya hecho, ¿quién puede contener las más intensas emociones de satisfacción y deleite? ¡Oh alma mía, aquí hay meollo y grosura para ti; come hasta saciarte, y alégrate en ello abundantemente!
Cristo Jesús no tiene querella con su esposa. Ella a menudo se aparta de él y contrista a su Espíritu Santo, pero él no permite que sus faltas afecten su amor. A veces la reprende, pero siempre de la manera más tierna y con las intenciones más bondadosas: aun entonces es «amor mío». No hay recuerdo de nuestras necedades; él no alberga malos pensamientos acerca de nosotros, sino que perdona, y ama igual después de la ofensa que antes de ella. Bien nos va que así sea, porque si Jesús recordara las injurias como nosotros, ¿cómo podría tener comunión con nosotros? Muchas veces un creyente se pone de mal humor con el Señor por algún leve giro de la providencia; pero nuestro precioso Esposo conoce demasiado bien nuestros necios corazones como para ofenderse por nuestros malos modales.
Si él se irritara tan fácilmente como nosotros, ¿quién de nosotros podría esperar una mirada consoladora o un saludo amable? Pero él es «pronto para perdonar, tardo para la ira». (Nehemías 9:17.) Es como los hijos de Noé: anda hacia atrás y echa un manto sobre nuestra desnudez; o podemos compararlo con Apeles, que, cuando pintó a Alejandro, puso el dedo sobre la cicatriz de la mejilla, para que no se viera en el cuadro. «No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel» (Números 23:21); y por eso puede tener comunión con los extraviados hijos de los hombres.
Pero vuelve la pregunta: ¿cómo es esto? ¿Puede explicarse de modo que no choque con el hecho evidentísimo de que el pecado permanece aun en el corazón de los regenerados? ¿Pueden nuestros diarios lamentos por el pecado admitir algo semejante a la perfección como un logro presente? El Señor Jesús lo dice, y por tanto ha de ser verdad; pero ¿en qué sentido ha de entenderse? ¿Cómo somos «todos hermosos», aunque nosotros mismos sentimos que somos negros, porque el sol nos miró? (Cantares 1:6.) La respuesta está a mano, si consideramos la analogía de la fe.
1. En lo que toca a la justificación, los santos están completos y sin pecado. Como dice Durham, estas palabras se dicen «respecto de la imputación de la justicia de Cristo, con la que están adornados y de la que se han revestido, la cual los hace muy gloriosos y amables, de modo que son hermosos por encima de todos los demás, gracias a la hermosura de él puesta sobre ellos».
Y el Dr. Gill expresa excelentemente la misma idea cuando escribe: «aunque Dios ve todo pecado, in articulo providentiae, en materia de providencia, en la cual nada escapa a su ojo que todo lo ve, sin embargo, in articulo iustificationis, en materia de justificación, no ve pecado en su pueblo como para imputárselo o condenarlo por él; porque todos ellos están “santos, sin mancha e irreprensibles delante de él”». (Colosenses 1:22.) La sangre de Jesús quita toda mancha, y su justicia confiere una belleza perfecta; y, por tanto, en el Amado, el verdadero creyente es en esta hora tan aceptado y aprobado a los ojos de Dios como lo será cuando esté ante el trono en el cielo. La belleza de la justificación está en su plenitud en el momento en que un alma es recibida por la fe en el Señor Jesús. Es esta una justicia tan trascendente que nadie puede exagerar su glorioso mérito. Puesto que esta justicia es la de Jesús, el Hijo de Dios, es por tanto divina, y es, en verdad, la santidad de Dios; y por eso Kent no fue demasiado osado cuando, en un audaz vuelo de arrebato, cantó:
«En tu Fiador eres libre,
sus manos amadas fueron horadadas por ti;
con su vestidura sin mancha,
santo como el Santo.
«¡Oh, las alturas y honduras de la gracia,
que brillan con fulgor de mediodía!
Aquí los sagrados registros muestran
pecadores negros, ¡mas también hermosos!»
2. Pero quizá sea mejor entender esto como relativo al propósito de Cristo acerca de ellos. Su propósito es presentarlos sin «mancha, ni arruga, ni cosa semejante». (Efesios 5:27.) Serán santos, sin mancha e irreprensibles delante del Dios omnisciente. En vista de esto, se contempla a la Iglesia como siendo virtualmente lo que pronto ha de ser realmente. Ni es esto una frívola anticipación de su excelencia; porque recuérdese siempre que el Representante, en quien ella es aceptada, está realmente completo en todas las perfecciones y glorias en este mismo momento. Como la Cabeza del cuerpo está ya sin pecado, no siendo otro que el Señor del cielo, es muy propio que el cuerpo entero sea declarado hermoso y bello por la gloria de la Cabeza. El hecho de su perfección futura es tan cierto que se habla de él como si ya estuviera consumado, y en verdad lo está en la mente de aquel para quien mil años son como un día. «Cristo a menudo interpreta a un creyente sincero a partir de su propio corazón, propósito y designio; y en este respecto reciben muchos títulos que de otro modo no convendrían a su condición presente. (Durham.) Engrandezcamos el nombre de nuestro Jesús, que nos ama tanto que salta por encima de los años que separan nuestra peregrinación, para darnos ya ahora la alabanza que parece adecuada solo a la perfección del Paraíso. Como canta Erskine:
«Amor mío, pareces un gusano repugnante:
pero tales son tus bellezas,
que solo dije la mitad de tu hermosa forma;
eres del todo hermosa para mí.
«Justificada entera, con vestido perfecto;
ni la justicia ni la ley
pueden en tu manto de justicia
descubrir el más mínimo defecto.
«Sí, santificada en cada parte,
eres perfecta en el designio:
y yo te juzgo por lo que eres
en tu intención y en la mía.
«Bella amada, completa en mí por la gracia,
más allá de todas las novias hermosas;
cada mancha que jamás te mancilló
la cubre mi vestidura de púrpura.»
II. La admiración de nuestro Señor está endulzada por el amor. Se dirige a la esposa llamándola «amor mío». Las doncellas la llamaron «la más hermosa de las mujeres»; ellas vieron y admiraron, pero amarla quedó reservado para su Señor. ¿Quién puede contar plenamente la excelencia de su amor? ¡Oh, cómo sale su corazón tras sus redimidos! En cuanto al amor de David y Jonatán, Cristo lo supera con mucho. Ningún esposo tierno fue jamás tan amante como él. Ninguna figura puede expresar del todo el afecto de su corazón, porque sobrepasa todo el amor del que hombre o mujer haya oído o pensado jamás. Nuestro bendito Señor mismo, cuando quiso declarar su grandeza, se vio obligado a comparar una cosa inconcebible con otra, para expresar sus propios pensamientos. «Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado.» (Juan 15:9.) Toda la eternidad, el fervor, la inmutabilidad y la infinitud que se hallan en el amor del Señor, el Padre, hacia el Señor Jesús, el Hijo, están copiados al pie de la letra en el amor del Señor Jesús hacia sus escogidos. Antes de la fundación del mundo amó a su pueblo, en todos sus extravíos los amó, y hasta el fin permanecerá en su amor. (Juan 13:1.) Les ha dado la mejor prueba de su afecto, en que se entregó a sí mismo a la muerte por sus pecados, y les ha revelado el perdón completo como fruto de su muerte. La manera voluntaria de su muerte es una confirmación más de su amor sin límites. ¡Cómo se deleitaba Cristo en la obra de nuestra redención! «He aquí, vengo; en el rollo del libro está escrito de mí; el hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado.» (Salmo 40:7, 8.) Cuando vino al mundo a sacrificar su vida por nosotros, fue una ofrenda voluntaria. «De un bautismo tengo que ser bautizado.» (Lucas 12:50.) Cristo había de ser, por así decirlo, bautizado en su propia sangre, ¡y cómo anhelaba ese momento! «¡Y cómo me angustio hasta que se cumpla!» No hubo vacilación, ni deseo de verse libre de su compromiso. Fue a su crucifixión sin detenerse una sola vez en el camino a deliberar si debía completar su sacrificio. La enorme masa de nuestra terrible deuda la pagó de una vez, sin pedir demora ni rebaja. Desde el momento en que dijo: «no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lucas 22:42), su carrera fue rápida y sin desvíos, como si se apresurara hacia una corona y no hacia una cruz. El cumplimiento del tiempo fue su único recordatorio; no fue arrastrado por alguaciles a saldar las obligaciones de su Iglesia, sino que gozosamente, aun estando lleno de tristeza, salió al encuentro de la ley, respondió a sus demandas y clamó: «Consumado es».
¡Qué difícil es hablar del amor de modo que se transmita lo que queremos decir! ¡Cuántas veces se nos han llenado los ojos de lágrimas al darnos cuenta de que Jesús nos ama! ¡Cómo se ha derretido nuestro espíritu dentro de nosotros ante la certeza de que piensa en nosotros y nos lleva sobre su corazón! Pero no podemos encender la misma emoción en otros, ni podemos dar de palabra ni siquiera una idea débil de la dicha que se encierra en aquella exclamación: «¡Oh, cuánto ama!» Ven, lector, ¿puedes decir de ti mismo: «me amó»? (Gálatas 2:20.) Entonces asómate a este mar de amor y procura adivinar su profundidad. ¿No hace tambalear tu fe que él te ame a ti? O, si tienes una confianza firme, di: ¿no envuelve tu espíritu en una llama de gratitud admirada y adoradora? ¡Oh ángeles, un amor como este nunca lo conocisteis! Jesús no lleva vuestros nombres sobre sus manos, ni os llama su esposa. ¡No! Esta comunión tan alta la reserva para gusanos cuya única correspondencia es una acción de gracias sincera y llorosa, y amor.
III. Notemos que Cristo se deleita en pensar en su Iglesia y en contemplar su hermosura. Como el pájaro vuelve a menudo a su nido, y como el caminante se apresura hacia su hogar, así la mente persigue continuamente el objeto de su elección. No podemos mirar demasiadas veces el rostro que amamos; deseamos tener siempre a la vista nuestras cosas preciosas. Así ocurre con nuestro Señor Jesús. Desde toda la eternidad «sus delicias eran con los hijos de los hombres»; sus pensamientos avanzaban hacia el tiempo en que sus escogidos nacerían en el mundo; los contemplaba en el espejo de su presciencia. «En tu libro», dice, «estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas». (Salmo 139:16.) Cuando el mundo fue asentado sobre sus columnas, él estaba allí, y estableció los límites de los pueblos según el número de los hijos de Israel. Muchas veces, antes de su encarnación, descendió a esta tierra en semejanza de hombre; en el valle de Mamre (Génesis 18), junto al arroyo de Jaboc (Génesis 32:24-30), bajo los muros de Jericó (Josué 5:13) y en el horno de fuego de Babilonia (Daniel 3:19-25), el Hijo del Hombre visitó a su pueblo. Porque su alma se deleitaba en ellos, no podía descansar lejos de ellos, pues su corazón los anhelaba. Nunca estuvieron ausentes de su corazón, porque había escrito sus nombres en sus manos y los había grabado sobre su corazón. Así como el pectoral que contenía los nombres de las tribus de Israel era el adorno más brillante que llevaba el sumo sacerdote, así los nombres de los escogidos de Cristo eran sus joyas más preciosas, que siempre llevaba colgadas lo más cerca de su corazón. Nosotros podemos olvidar a menudo meditar en las perfecciones de nuestro Señor, pero él nunca deja de acordarse de nosotros. No le importa ni la mitad ninguna de sus obras más gloriosas que sus hijos. Aunque su ojo ve todo lo que tiene belleza y excelencia, nunca fija su mirada en parte alguna con la admiración y el deleite que derrocha sobre los que ha comprado. Da órdenes a sus ángeles acerca de ellos, y llama a esos seres santos a regocijarse con él por su oveja perdida. (Lucas 15:4-7.) Hablaba de ellos consigo mismo, y aun en el madero de la condena no dejó de hablar a solas acerca de ellos. Vio el fruto de la aflicción de su alma, y quedó abundantemente satisfecho.
«Aquel día agudo de ignominioso dolor
fue, no obstante, en un sentido perfecto,
“el día del gozo de su corazón”, porque la dicha
de que sus redimidos fueran al fin llevados a casa
(dispuestos como con vestidos de blanco nupcial)
estaba vivamente puesta delante de él; él miró;
y por esa felicidad anticipada,
el soportar toda tortura, toda deshonra,
le pareció leve castigo a su corazón de amor.»
Como una madre cariñosa, Cristo Jesús, nuestro tres veces bendito Señor, ve cada asomo de excelencia y cada brote de bondad en nosotros, hace mucho caso de nuestras pequeñeces y se regocija en los comienzos de nuestras gracias. Así como él ha de ser nuestro cántico sin fin, nosotros somos su oración perpetua. Cuando está ausente, piensa en nosotros, y en la negra oscuridad tiene una ventana por la cual nos mira. Cuando el sol se pone en una parte de la tierra, sale en otro lugar más allá de nuestro horizonte visible; y así también Jesús, nuestro Sol de Justicia, no hace sino derramar luz sobre su pueblo de otra manera cuando, a nuestro parecer, se ha puesto en tinieblas. Su ojo está siempre sobre la viña, que es su Iglesia: «Yo, el Señor, la guardo; cada momento la regaré; para que nadie la dañe, la guardaré de noche y de día». (Isaías 27:3.) No confía esta tarea a sus ángeles, porque es su deleite hacerlo todo con sus propias manos. Sion está en el centro de su corazón, y no puede olvidarla, porque cada día sus pensamientos están puestos en ella. Cuando la esposa, por haberlo descuidado, se ha escondido de su vista, él no puede estar tranquilo hasta volver a mirarla. La llama a salir con las palabras más cautivadoras: «Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; porque dulce es tu voz, y hermoso tu aspecto». (Cantares 2:14.) Ella se cree indigna de hacer compañía a tal Príncipe, pero él la atrae fuera de su escondite; y como ella sale temblando, y esconde con timidez su rostro tras el velo, él le pide que descubra su rostro y deje que su Esposo la contemple. A ella le da vergüenza hacerlo, porque a su propio juicio es negra, y por eso él insiste en que para él es hermosa.
Ni se contenta con mirar: tiene que alimentar sus oídos tanto como sus ojos, y por eso alaba su habla y le ruega que le deje oír su voz. Mirad cuán de veras se regocija nuestro Señor en nosotros. ¡No es este un amor sin igual! Hemos oído de príncipes que quedaron prendados de la belleza de la hija de un campesino; pero ¿qué es eso? Aquí está el Hijo de Dios enamorado de un gusano, mirando con ojos de admiración a un pobre hijo de Adán y escuchando con gozo los balbuceos de la pobre carne y sangre. ¿No deberíamos estar sumamente cautivados por tan incomparable condescendencia? ¿Y no deberían nuestros corazones deleitarse tanto en él como él se deleita en nosotros? ¡Oh verdad sorprendente! Cristo Jesús se regocija sobre su pueblo pobre, tentado, probado y extraviado.
IV. No hay que olvidar que a veces el Señor Jesús cuenta a su pueblo sus pensamientos de amor. «No le basta decirlo a sus espaldas, sino que en su misma presencia le dice: “Toda tú eres hermosa, amor mío”. Es verdad que este no es su método ordinario; es un amante sabio, que sabe cuándo retener la expresión de su amor y cuándo dejarla salir; pero hay ocasiones en que no hará de ello ningún secreto; ocasiones en que lo pondrá fuera de toda discusión en el alma de su pueblo.»
Al Espíritu Santo le place a menudo, de la manera más llena de gracia, dar testimonio a nuestro espíritu del amor de Jesús. Toma de las cosas de Cristo y nos las revela. No se oye voz alguna desde las nubes, ni se ve visión alguna en la noche, pero tenemos un testimonio más seguro que cualquiera de ellas. Si un ángel volara desde el cielo e informara personalmente al santo del amor del Salvador hacia él, la prueba no sería ni un ápice más satisfactoria que la que el Espíritu Santo da en el corazón. Preguntad a aquellos del pueblo del Señor que han vivido más cerca de las puertas del cielo, y os dirán que han tenido temporadas en que el amor de Cristo hacia ellos ha sido un hecho tan claro y seguro que ya no podían dudar de él más de lo que podían poner en duda su propia existencia.
Sí, amado creyente, tú y yo hemos tenido tiempos de refrigerio de la presencia del Señor, y entonces nuestra fe ha subido a las más altas cumbres de la seguridad. Hemos tenido confianza para reclinar la cabeza sobre el pecho de nuestro Señor, y no hemos tenido más dudas acerca del afecto de nuestro Maestro que las que tuvo Juan cuando estaba en aquella bendita postura; no, ni siquiera tantas, porque la sombría pregunta: «Señor, ¿soy yo el que te ha de entregar?», ha sido alejada de nosotros. Nos ha besado con los besos de su amor, y ha dado muerte a nuestras dudas con la estrechez de su abrazo. Su amor ha sido más dulce que el vino para nuestras almas. Sentíamos que podíamos cantar: «Su izquierda está debajo de mi cabeza, y su derecha me abraza». (Cantares 8:3.) Entonces todas las aflicciones terrenales eran ligeras como el tamo de la era, y los placeres del mundo tan insípidos como la clara del huevo. Habríamos dado la bienvenida a la muerte como al mensajero que nos introduciría ante nuestro Señor, con quien teníamos prisa por estar; porque su amor nos había movido a desear más de él, aun su presencia inmediata y gloriosa. Yo, a veces, cuando el Señor me ha asegurado su amor, he sentido como si no pudiera contener más gozo y deleite. Mis ojos se deshacían en lágrimas de gratitud. Caí de rodillas para bendecirlo, pero me levanté de nuevo a toda prisa, sintiendo como si no tuviera nada más que pedir, sino que debía ponerme en pie y alabarlo; entonces alcé mis manos al cielo, anhelando llenar mis brazos de él; ansiando hablar con él, como habla un hombre con su amigo, y verlo en su propia persona, para decirle cuán feliz había hecho a su indigno siervo, y caer sobre mi rostro y besar sus pies con indecible gratitud y amor. Tal banquete he tenido con una sola palabra de mi Amado —«mío eres tú»—, que he deseado, como Pedro, hacer tiendas en aquel monte y morar allí para siempre. Pero, ¡ay!, no todos hemos aprendido todavía a conservar esa bendita seguridad. Despertamos e inquietamos a nuestro Amado, y entonces él deja nuestra alcoba desasosegada, y nosotros andamos a tientas tras él, y hacemos muchos viajes fatigosos tratando de hallarlo.
Si fuéramos más sabios y más cuidadosos, podríamos conservar la fragancia de las palabras de Cristo por mucho más tiempo; porque no son como el maná ordinario, que pronto se pudría, sino comparables a aquel gomer de él que fue puesto en la urna de oro y conservado por muchas generaciones. Se sabe que el dulce Señor Jesús ha escrito sus pensamientos de amor en el corazón de su pueblo de manera tan clara y profunda que, durante meses y aun durante años, han gozado de un sentido permanente de su afecto. Algunas dudas han cruzado fugazmente por su mente como nubes ligeras ante el sol de verano, pero el calor de su seguridad ha permanecido igual durante muchos días alegres. Su senda ha sido llana; han pastado en delicados pastos junto a aguas de reposo, porque su vara y su cayado los han confortado, y su diestra los ha guiado. Me inclino a pensar que hay más de esto en la Iglesia de lo que algunos admitirían. Tenemos un buen número que habita en las alturas y contempla la luz del sol. Hay gigantes en estos días, aunque los tiempos no son tales que les den lugar para desplegar su fuerza gigantesca; en muchas chozas humildes, en muchos talleres abarrotados, en muchas casas pastorales de aldea, se hallan hombres de la casa de David, hombres conforme al corazón de Dios, ungidos con el aceite santo. Es, sin embargo, una verdad triste que filas enteras del ejército de nuestro Señor se componen de enanos Poca-Fe. Los hombres de ánimo temeroso y corazón abatido se ven por todas partes. ¿Por qué ocurre esto? ¿Es culpa del Maestro o nuestra? Ciertamente no se le puede culpar a él. ¿No es, pues, asunto para indagar en nuestra propia alma: ¿No puedo hacerme más fuerte? ¿He de ser un doliente todos mis días? ¿Cómo puedo librarme de mis dudas? La respuesta ha de ser: sí, puedes ser consolado, pero solo la boca del Señor puede hacerlo, porque cualquier cosa menor que esta no te satisfará.
No dudo que haya medios por cuyo uso los que ahora son débiles y temblorosos pueden alcanzar valentía en la fe y confianza en la esperanza; pero no veo cómo puede lograrse esto a menos que el Señor Jesucristo les manifieste su amor y les hable de su unión con él. Esto lo hará, si se lo pedimos. El que suplica con insistencia no quedará sin su recompensa. ¡Apresúrate a ir a él, oh alma tímida, y dile que nada te contentará sino una sonrisa de su propio rostro y una palabra de sus propios labios! Háblale y dile: «¡Oh Señor Jesús mío, no puedo descansar a menos que sepa que me amas! Deseo tener prueba de tu amor de tu propia mano y con tu sello.
No puedo vivir de conjeturas y suposiciones; nada sino la certeza satisfará mi corazón tembloroso. Señor, mírame, si de verdad me amas, y aunque yo sea menos que el más pequeño de todos los santos, di a mi alma: “Yo soy tu salvación”». Cuando esta oración es oída, el castillo de la desesperación ha de tambalearse; no hay en él una sola piedra que pueda quedar sobre otra si Cristo susurra su amor. Aun Desaliento y Mucho-Miedo bailarán, y Presto-a-Cojear saltará sobre sus muletas.
¡Oh, que tuviéramos más de estas visitas de Betel, visitaciones más frecuentes del Dios de Israel! ¡Oh, qué dulce es oírle decirnos, como dijo a Abraham: «No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón sobremanera grande»! (Génesis 15:1.) Ser llamado como lo fue Daniel en la antigüedad: «Varón muy amado» (Daniel 10:19), vale más que mil siglos de los gozos de este mundo. ¿Qué más puede necesitar una criatura de este lado del cielo para ser apacible y feliz que una declaración clara de amor de los propios labios de su Señor? Déjame oírte siempre: habla con misericordia a mi alma, y, oh Señor mío, ¡no pido más mientras habite aquí, en la tierra de mi peregrinación!
Hermanos, esforcémonos por obtener una segura confianza en el deleite del Señor en nosotros, porque esto, así como le permite tener comunión con nosotros, será uno de los caminos más prontos para producir un sentimiento semejante en nuestros corazones hacia él. Cristo está muy complacido con nosotros; acerquémonos a él con santa familiaridad; abrámosle nuestros pensamientos, porque su deleite en nosotros nos asegurará audiencia. El niño puede mantenerse alejado de su padre cuando sabe que ha provocado el desagrado de su padre; pero ¿por qué habríamos de mantenernos a distancia cuando Cristo Jesús nos está sonriendo? ¡No! Ya que sus sonrisas nos atraen, entremos en sus atrios y toquemos su cetro de oro. ¡Oh Espíritu Santo, ayúdanos a vivir en feliz comunión con aquel cuya alma está ligada a la nuestra!
«¡Oh Jesús! Que bendiciones eternas moren
sobre tu nombre arrebatador. * * *
Sea yo del todo tuyo desde esta hora bendita.
Que tu amada imagen esté siempre presente;
de ti sean todos mis pensamientos, y sea mi lengua
santificada con el tema celestial.
¡Mora en mis labios, nombre amadísimo y dulcísimo!
¡Mora en mis labios hasta el último aliento de despedida!
Entonces déjame morir, y llevar el son encantador
en triunfo a los cielos. Con otros acentos,
en lenguaje del todo divino, te alabaré entonces;
mientras toda la Divinidad se abre a la vista
en el amor de un Redentor. Aquí déjame contemplar,
contemplar para siempre; la brillante variedad
dará gozo y admiración sin fin.
Sea yo del todo tuyo desde esta hora bendita.
Huyan de mi alma todas las imágenes de los sentidos,
déjame en silencio poseer a mi Señor:
mi vida, mis placeres, de él solo fluyen,
mi fuerza, mi gran salvación y mi esperanza.
Tu nombre es toda mi confianza; ¡oh nombre divino!
Quede grabado en lo más íntimo de mi alma,
y déjame confesarte con mi postrer aliento,
confesarte frente a todo horror
que la muerte amenazante o el infierno envidioso puedan levantar;
hasta que, sometida toda su fuerza, mi alma al partir
lance un desafío a la furia infernal,
y cante salvación al Cordero para siempre.»
Capítulo 6 completado
Especias fragantes de los montes de la mirra