Hasta que él venga
Sobre los montes

Capítulo 5 · 20 min de lectura · 26 min de escucha

Sobre los montes

SOBRE LOS MONTES.«Mi amado es mío, y yo suya; él apacienta entre lirios. Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre los montes de Beter.»— Cantares 2:16, 17.

SOBRE LOS MONTES.

Puede que haya santos que estén siempre en su mejor momento, y que tengan la dicha de no perder jamás la luz del rostro de su Padre. No estoy seguro de que existan tales personas, porque los creyentes con quienes he tenido más intimidad han pasado por experiencias muy variadas; y aquellos que he conocido que se jactaban de su constante perfección no han sido los individuos más dignos de confianza. Espero que haya una región espiritual alcanzable donde no haya nubes que oculten el Sol de nuestra alma; pero no puedo hablar con certeza, porque no he recorrido esa tierra feliz. Cada año de mi vida ha tenido su invierno además de su verano, y cada día su noche. Hasta ahora he visto claros resplandores y lluvias copiosas, y he sentido brisas cálidas y vientos feroces. Hablando por muchos de mis hermanos, confieso que, aunque la sustancia esté en nosotros, como en el olmo y en el roble, aun así perdemos nuestras hojas, y la savia no corre en nosotros con igual vigor en todas las estaciones. Tenemos nuestras bajadas además de nuestras subidas, nuestros valles además de nuestras colinas. No siempre estamos gozosos; a veces estamos afligidos en diversas pruebas. ¡Ay!, nos duele confesar que nuestra comunión con el Bienamado no es siempre de deleite arrebatado; sino que a veces tenemos que buscarlo y clamar: «¡Quién me diera saber dónde hallarlo!». Me parece que esta era, en cierta medida, la condición de la esposa cuando clamó: «Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, vuélvete, amado mío».

I. Estas palabras nos enseñan, en primer lugar, que la comunión puede romperse. La esposa había perdido la compañía de su Esposo: la comunión consciente con él se había ido, aunque ella amaba a su Señor y suspiraba por él. En su soledad estaba triste; pero de ningún modo había dejado de amarlo, porque lo llama su Amado, y habla como quien no tenía duda alguna en ese punto. El amor al Señor Jesús puede ser tan verdadero, y quizá tan fuerte, cuando estamos sentados en tinieblas como cuando andamos en la luz. Más aún, ella no había perdido la seguridad del amor de él hacia ella, ni de su mutua pertenencia; porque dice: «Mi amado es mío, y yo suya»; y, sin embargo, añade: «Vuélvete, amado mío». El estado de nuestras gracias no siempre coincide con el estado de nuestros gozos. Podemos ser ricos en fe y en amor, y aun así tener tan baja estima de nosotros mismos que estemos muy abatidos.

Por este Sagrado Cántico se ve claramente que la esposa puede amar y ser amada, puede confiar en su Señor y estar plenamente segura de que lo posee, y aun así puede haber por el momento montes entre ella y él. Sí, podemos incluso estar muy adelantados en la vida divina, y sin embargo vernos desterrados por un tiempo de la comunión consciente. Hay noches para los hombres tanto como para los niños, y los fuertes saben que el sol se oculta tan bien como lo saben los enfermos y los débiles. No te condenes, pues, hermano mío, porque haya una nube sobre ti; no pierdas tu confianza; antes bien, deja que la fe arda en la oscuridad, y que tu amor resuelva llegar de nuevo a tu Señor, sean cuales sean las barreras que te separan de él.

Cuando Jesús está ausente de un verdadero heredero del cielo, sobreviene la tristeza. Cuanto más sana sea nuestra condición, antes se notará esa ausencia, y más profundamente se lamentará. Esta tristeza se describe en el texto como oscuridad; eso está implícito en la expresión: «Hasta que apunte el día». Hasta que Cristo aparece, no ha amanecido ningún día para nosotros. Habitamos en tinieblas de medianoche; las estrellas de las promesas y la luna de la experiencia no dan luz de consuelo hasta que nuestro Señor, como el sol, se levanta y pone fin a la noche. Hemos de tener a Cristo con nosotros, o quedamos a oscuras: palpamos la pared como ciegos, y vagamos consternados.

La esposa habla también de sombras: «Hasta que apunte el día, y huyan las sombras». Las sombras se multiplican cuando se va el sol, y suelen angustiar a los tímidos. No tememos a los enemigos reales cuando Jesús está con nosotros; pero cuando lo echamos de menos, temblamos ante una sombra. ¡Qué dulce es aquel cántico: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno; porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento»! Pero cambiamos de tono cuando ya ha llegado la medianoche y Jesús no está con nosotros: entonces poblamos la noche de terrores; espectros, demonios, duendes y cosas que nunca existieron sino en la imaginación suelen pulular a nuestro alrededor; y tenemos miedo donde no hay miedo.

La peor aflicción de la esposa era que su Amado le había vuelto la espalda, y por eso clamó: «Vuélvete, amado mío». Cuando el rostro de él está vuelto hacia ella, se calienta al sol de su amor; pero si se retira la luz de su semblante, ella se turba en gran manera. Nuestro Señor aparta su rostro de su pueblo, aunque nunca aparta de su pueblo su corazón. Puede incluso cerrar los ojos en el sueño cuando la barca es sacudida por la tempestad, pero su corazón está despierto todo el tiempo. Aun así, ya es bastante dolor haberlo contristado en cualquier grado: nos hiere en lo más vivo pensar que hemos herido su tierno corazón. Él es celoso, pero nunca sin causa. Si nos vuelve la espalda por un tiempo, sin duda tiene una razón más que suficiente. No procedería contra nosotros en oposición si nosotros no hubiéramos procedido en oposición contra él. ¡Ah, qué triste cosa es esta! La presencia del Señor hace de esta vida el prefacio de la vida celestial; pero su ausencia nos deja languideciendo y desfallecidos, y no queda consuelo alguno en la tierra de nuestro destierro. Las Escrituras y las ordenanzas, la devoción privada y el culto público, son todos como relojes de sol: excelentísimos cuando el sol brilla, pero de poco provecho en la oscuridad. ¡Oh Señor Jesús, nada puede compensarnos tu pérdida! Acércate otra vez a tu amada, porque sin ti nuestra noche nunca terminará.

«¡Mira! Me arrepiento y aflijo mi alma

¡por haberte dejado así!

¿Adónde arrastran esos viles afectos

que dejaron marchar a mi Salvador?»

Cuando la comunión con Cristo se rompe, en todos los corazones sinceros hay un fuerte deseo de recobrarla. El hombre que ha conocido el gozo de la comunión con Cristo, si la pierde, nunca estará contento hasta que le sea restaurada. ¿Has hospedado alguna vez al Príncipe Emanuel? ¿Se ha ido a otra parte? Tu aposento estará lóbrego hasta que vuelva. «Dame a Cristo, o si no, me muero», es el clamor de todo espíritu que ha perdido la dulce compañía de Jesús. No nos desprendemos de tales delicias celestiales sin muchas punzadas de dolor. Para nosotros no se trata de «quizá vuelva, y esperamos que lo haga»; sino que tiene que ser, o desfallecemos y morimos. No podemos vivir sin él; y esta es una señal alentadora, porque el alma que no puede vivir sin él no vivirá sin él: él viene pronto allí donde la vida y la muerte dependen de su venida. Si tienes que tener a Cristo, lo tendrás. Así es exactamente como están las cosas: hemos de beber de este pozo o morir de sed; hemos de alimentarnos de Jesús o nuestro espíritu perecerá de hambre.

II. Avanzaremos ahora un paso, y diremos que, cuando la comunión con Cristo se rompe, hay grandes dificultades en el camino de su renovación. Es mucho más fácil bajar la cuesta que volver a subir a la misma altura. Es mucho más fácil perder el gozo en Dios que encontrar la joya perdida. La esposa habla de «montes» que la separaban de su Amado: quiere decir que las dificultades eran grandes. No eran colinas pequeñas, sino montes, los que le cerraban el paso. Montes de pecado recordado, Alpes de descarrío, temibles cordilleras de olvido, ingratitud, mundanalidad, frialdad en la oración, frivolidad, orgullo, incredulidad. ¡Ay de mí, no puedo enseñaros toda la sombría geografía de esta triste experiencia! Murallas gigantescas se alzaban ante ella como las empinadas cumbres del Líbano. ¿Cómo podría llegar a su Amado?

Las dificultades que la separaban eran muchas además de grandes. No habla de «un monte», sino de «montes»: Alpes sobre Alpes, muralla tras muralla. Le angustiaba pensar que en tan poco tiempo pudiera interponerse tanto entre ella y aquel de quien poco antes cantaba: «Su izquierda está debajo de mi cabeza, y su derecha me abraza». ¡Ay, con qué triste rapidez multiplicamos estos montes de Beter! Nuestro Señor es celoso, y nosotros le damos demasiados motivos para esconder su rostro. Una falta que parecía tan pequeña cuando la cometimos se ve a la luz de sus propias consecuencias, y entonces crece y se hincha hasta elevarse a lo alto y ocultar el rostro del Amado. Entonces se ha puesto nuestro sol, y el temor susurra: «¿Volverá alguna vez su luz? ¿Amanecerá alguna vez? ¿Huirán alguna vez las sombras?». Es fácil ahuyentar con nuestras ofensas la luz del cielo, pero ¡ah, qué difícil es despejar los cielos y recobrar el resplandor sin nubes!

Quizá el peor pensamiento de todos para la esposa era el temor de que la barrera divisoria fuera permanente. Era alta, pero podría disolverse; las murallas eran muchas, pero podrían caer; pero, ¡ay!, eran montes, ¡y los montes permanecen firmes por siglos! Se sentía como el salmista cuando clamó: «Mi pecado está siempre delante de mí». El dolor de la ausencia de nuestro Señor se vuelve intolerable cuando tememos estar irremediablemente excluidos de él. Una noche se puede soportar esperando la mañana; pero ¿y si el día no llegara a amanecer nunca? Y tú y yo, si nos hemos alejado de Cristo y sentimos que hay cordilleras de montes inamovibles entre él y nosotros, sentiremos el corazón enfermo. Intentamos orar, pero la devoción muere en nuestros labios. Procuramos acercarnos al Señor en la mesa de la comunión, pero nos sentimos más como Judas que como Juan. En tales momentos hemos sentido que daríamos nuestros ojos por contemplar una vez más el rostro del Esposo, y por saber que él se deleita en nosotros como en días más felices. Pero allí siguen los terribles montes, negros, amenazantes, infranqueables; y en la tierra lejana la Vida de nuestra vida está ausente, y contristada.

Así, la esposa parece haber llegado a la conclusión de que las dificultades de su camino eran insuperables con sus propias fuerzas. Ni siquiera piensa en cruzar ella misma los montes hacia su Amado, sino que clama: «Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre los montes de Beter». No intentará escalar los montes; sabe que no puede: si hubieran sido menos altos, quizá lo habría intentado; pero sus cumbres llegan hasta el cielo. Si hubieran sido menos escarpados o difíciles, quizá habría probado a escalarlos; pero estos montes son terribles, y ningún pie puede sostenerse sobre sus riscos solitarios. ¡Oh, la misericordia de la total desesperación de uno mismo! Me encanta ver a un alma acorralada en ese rincón estrecho, y obligada por ello a mirar solo a Dios. El fin de la criatura es el principio del Creador. Donde termina el pecador, comienza el Salvador. Si los montes pueden escalarse, tendremos que escalarlos; pero si son del todo infranqueables, entonces el alma clama con el profeta: «¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se derritiesen los montes, como fuego abrasador de fundiciones, fuego que hace hervir las aguas, para que hicieras notorio tu nombre a tus enemigos, y las naciones temblasen a tu presencia! Cuando, haciendo cosas terribles cuales nunca esperábamos, descendiste, fluyeron los montes delante de ti». Nuestras almas están cojas, no pueden moverse hacia Cristo, y volvemos hacia él nuestros fuertes deseos, y ponemos solo en él nuestras esperanzas; ¿no se acordará de nosotros en amor, y volará hacia nosotros como lo hizo por su siervo de antaño, cuando cabalgó sobre un querubín, y voló, sí, voló sobre las alas del viento?

III. Aquí surge esa oración del texto que responde plenamente al caso: «Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre los montes de separación». Jesús puede venir a nosotros cuando nosotros no podemos ir a él. El corzo y el cervatillo —o, como podéis leerlo, la gacela y la cabra montés— viven entre los riscos de los montes, y saltan sobre el abismo con asombrosa agilidad. En rapidez y en firmeza de pie no tienen rival. El poeta sagrado dijo: «Quien hace mis pies como de ciervas, y me hace estar firme sobre mis alturas», aludiendo a las patas de esas criaturas, tan aptas para sostenerse con seguridad en la ladera del monte. A nuestro bendito Señor se le llama, en el título del salmo veintidós, «la Cierva de la mañana»; y la esposa, en este Cántico de oro, canta: «Mi amado es semejante al corzo, o al cervatillo; he aquí él viene saltando sobre los montes, brincando sobre los collados».

Aquí quisiera recordaros que esta es una oración que podemos presentar con toda razón, porque es costumbre de Cristo venir a nosotros cuando nuestra ida a él está fuera de toda posibilidad. «¿Cómo?», decís. Respondo que así lo hizo antiguamente; porque recordamos «su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en delitos y pecados». Su primera venida al mundo en forma humana, ¿no fue porque el hombre nunca podría venir a Dios hasta que Dios hubiera venido a él? No oigo de lágrimas, ni de oraciones, ni de súplicas en busca de Dios por parte de nuestros primeros padres; pero el Señor ofendido dio espontáneamente la promesa de que la Simiente de la mujer heriría la cabeza de la serpiente. La venida de nuestro Señor al mundo no fue comprada, ni buscada, ni siquiera imaginada; vino enteramente por su propia y libre voluntad, deleitándose en redimir.

«Con ojos compasivos, el Príncipe de gracia

miró nuestro desvalido dolor;

vio, y (¡oh, amor asombroso!)

corrió a socorrernos.»

Su encarnación fue figura del modo en que viene a nosotros por su Espíritu. Nos vio arrojados, contaminados, vergonzosos, pereciendo; y al pasar junto a nosotros, sus tiernos labios dijeron: «¡Vive!». En nosotros se cumple aquella palabra: «Fui hallado por los que no me buscaban». Éramos demasiado contrarios a la santidad, demasiado esclavos del pecado, para haber vuelto jamás a él si él no se hubiera vuelto a nosotros. ¿Qué os parece? ¿Vino a nosotros cuando éramos enemigos, y no nos visitará ahora que somos amigos? ¿Vino a nosotros cuando éramos pecadores muertos, y no nos oirá ahora que somos santos que lloran? Si la venida de Cristo a la tierra fue de esta manera, y si su venida a cada uno de nosotros fue de este modo, bien podemos esperar que ahora venga a nosotros de la misma forma, como el rocío que refresca la hierba, que no espera a varón ni aguarda a hijos de hombres. Además, él vendrá otra vez en persona, en los postreros días, y montes de pecado, de error, de idolatría, de superstición y de opresión se interponen en el camino de su reino; pero él ciertamente vendrá y trastornará, y trastornará, hasta que reine sobre todo. Vendrá en los postreros días, digo, aunque tenga que saltar los collados para hacerlo, y por eso estoy seguro de que podemos concluir con consuelo que se acercará a nosotros, que lamentamos tan amargamente su ausencia. Inclinemos, pues, la cabeza un momento, y presentemos en silencio a su excelentísima Majestad la petición de nuestro texto: «Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre los montes de separación».

Nuestro texto nos da la dulce seguridad de que nuestro Señor se halla a sus anchas entre esas dificultades que para nosotros son del todo insuperables. Así como el corzo o el cervatillo conoce los pasos de los montes y los apoyos entre las rocas escarpadas, y no siente temor alguno entre los barrancos y los precipicios, así conoce nuestro Señor las alturas y las profundidades, los torrentes y las cavernas de nuestro pecado y de nuestro dolor. Él cargó con la totalidad de nuestra transgresión, y así llegó a conocer la tremenda carga de nuestra culpa. Está a sus anchas con las flaquezas de nuestra naturaleza; conoció la tentación en el desierto, el corazón quebrantado en el huerto, el abandono en la cruz. Está a sus anchas con el dolor y la debilidad, porque «él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias». Está a sus anchas con el abatimiento, porque fue «varón de dolores, experimentado en quebranto». Está a sus anchas incluso con la muerte, porque entregó el espíritu, y pasó por el sepulcro hasta la resurrección. ¡Oh abismos abiertos y ceñudas pendientes de aflicción, nuestro Amado, como cierva o ciervo, ha recorrido vuestras tinieblas! ¡Oh Señor mío, tú conoces todo lo que me separa de ti; y sabes también que soy demasiado débil para escalar estos montes que nos dividen y así llegar a ti; por tanto, te ruego que vengas tú sobre los montes al encuentro de mi espíritu anhelante! Tú conoces cada abismo abierto y cada pendiente resbaladiza, pero nada de esto puede detenerte; apresúrate a venir a mí, tu siervo, tu amado, y déjame vivir de nuevo por tu presencia.

Además, a Cristo le es fácil venir sobre los montes en nuestro socorro. A la gacela le es fácil cruzar los montes; para eso está hecha; así le es fácil a Jesús, porque con este propósito fue ordenado desde antiguo: para venir al hombre en su peor estado y traer consigo el amor del Padre. ¿Qué es lo que nos separa de Cristo? ¿Es la conciencia del pecado? Ya fuiste perdonado una vez, y Jesús puede renovar con la mayor viveza la conciencia de un perdón pleno. Pero dices: «¡Ay! He vuelto a pecar: una nueva culpa me alarma». Él puede quitarla en un instante, porque el manantial destinado a ese fin está abierto, y sigue lleno. Es fácil para los amados labios del amor redentor quitar las faltas del hijo, puesto que ya obtuvo el perdón de las iniquidades del criminal. Si con la sangre de su corazón ganó nuestro perdón ante nuestro Juez, bien puede traernos el perdón de nuestro Padre. ¡Oh, sí, a Cristo le es bastante fácil decir otra vez: «Tus pecados te son perdonados»! «Pero me siento tan incapaz, tan inhábil para gozar de la comunión». Aquel que sanó toda clase de enfermedades corporales puede sanar con una palabra tus flaquezas espirituales. Acuérdate del hombre cuyos tobillos recibieron fuerza, de modo que corrió y saltó; y de aquella que estaba enferma de fiebre, y fue sanada al instante, y se levantó y sirvió a su Señor. «Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad». «Pero tengo tales aflicciones, tales problemas, tales penas, que estoy agobiado y no puedo elevarme a una comunión gozosa». Sí, pero Jesús puede hacer ligera toda carga, y fácil todo yugo. Tus pruebas pueden convertirse en ayuda de tu carrera hacia el cielo, en vez de estorbarla. Sé todo acerca de esas pesadas cargas, y veo que no puedes levantarlas; pero los ingenieros hábiles saben disponer cuerdas y poleas de tal manera que unos pesos levanten otros pesos. El Señor Jesús es un gran maestro de la maquinaria de la gracia, y tiene el arte de hacer que un peso de tribulación levante de nosotros una carga de muerte espiritual, de modo que ascendemos por medio de aquello mismo que, como una piedra de molino, amenazaba con hundirnos.

¿Qué otra cosa estorba? Estoy seguro de que, aunque fuera una imposibilidad absoluta, el Señor Jesús podría quitarla, porque lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Pero alguien objeta: «Soy tan indigno de Cristo. Puedo entender que los santos eminentes y los discípulos amados sean muy favorecidos, pero yo soy gusano, y no hombre; estoy muy por debajo de tal condescendencia». ¿Eso dices? ¿No sabes que la dignidad de Cristo cubre tu indignidad, y que él te ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención? En Cristo, el Padre no piensa de ti tan bajamente como tú piensas de ti mismo; no eres digno de ser llamado hijo suyo, pero él sí te llama así, y te cuenta entre sus joyas. Escucha, y lo oirás decir: «Porque a mis ojos fuiste de gran estima, fuiste honorable, y yo te amé. A Egipto he dado por tu rescate, a Etiopía y a Seba por ti». Así, pues, no queda nada que Jesús no pueda saltar si resuelve venir a ti y restablecer tu comunión rota.

Para concluir, nuestro Señor puede hacer todo esto de inmediato. Así como en un abrir de ojos los muertos serán levantados incorruptibles, así en un momento nuestros afectos muertos pueden levantarse a la plenitud del deleite. Él puede decir a este monte: «Quítate, y échate en medio del mar», y será hecho. En los sagrados emblemas que están ahora sobre esta mesa de la cena, Jesús ya está entre nosotros. La fe clama: «¡Ha venido!». Como Juan el Bautista, lo mira fijamente y clama: «¡He aquí el Cordero de Dios!». En esta mesa Jesús nos alimenta con su cuerpo y con su sangre. Su presencia corporal no la tenemos, pero percibimos su presencia espiritual real. Somos como los discípulos cuando ninguno de ellos osaba preguntarle: «¿Tú, quién eres?», sabiendo que era el Señor. Él ha venido. Mira por estas ventanas —me refiero a este pan y este vino—, mostrándose por las celosías de esta ordenanza tan instructiva y entrañable. Habla. Dice: «Ha pasado el invierno, se ha mudado, la lluvia se fue». Y así es; lo sentimos así: una primavera celestial calienta nuestros corazones helados. Como la esposa, clamamos maravillados: «Antes que lo supiera, mi alma me hizo como los carros de Aminadab». Ahora, en dichosa comunión, vemos al Amado y oímos su voz; nuestro corazón arde; nuestros afectos se encienden; estamos felices, en reposo, rebosantes de deleite. El Rey nos ha llevado a su casa del banquete, y su bandera sobre nosotros es amor. ¡Bueno es estar aquí!

Amigos, ahora debemos seguir nuestro camino. Una voz dice: «Levantaos, vamos de aquí». ¡Oh tú, Señor de nuestros corazones, ven con nosotros! El hogar no será hogar sin ti. La vida no será vida sin ti. El cielo mismo no sería cielo si tú estuvieras ausente. Quédate con nosotros. El mundo se oscurece, el crepúsculo del tiempo avanza. Quédate con nosotros, porque se hace tarde. Nuestros años aumentan, y nos acercamos a la noche en que el rocío cae frío y helado. Un gran futuro nos rodea por todas partes, los esplendores de la última edad están descendiendo; y mientras esperamos en solemne y reverente expectación, nuestro corazón clama continuamente dentro de sí: «Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o al cervatillo, sobre los montes de separación».

«¡Apresura, Señor, la hora prometida;

ven en gloria y en poder;

aún no están sometidos tus enemigos;

la creación suspira por ser renovada.

El tiempo casi ha llegado a su término,

todo con tu esposa dice: “Ven”;

Jesús, a quien todos los mundos adoran,

¡ven y reina por siempre jamás!»

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