Capítulo 21 · 20 min de lectura · 26 min de escucha
El que llevó el pecado
UNA MEDITACIÓN DE COMUNIÓN EN MENTON. «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados. Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas.»—1 Pedro 2:24, 25.
EL QUE LLEVÓ EL PECADO.
ESTE maravilloso pasaje forma parte de lo que Pedro dice a los siervos; y en sus días casi todos los siervos eran esclavos. Pedro comienza en el versículo dieciocho: «Siervos, estad sujetos con todo temor a vuestros amos; no solamente a los buenos y afables, sino también a los difíciles de soportar. Porque esto merece aprobación, si alguno, a causa de la conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Pues ¿qué gloria es, si pecando sois abofeteados, y lo soportáis? Mas si haciendo lo bueno sufrís, y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado delante de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente; Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.» Si nos hallamos en una condición humilde de vida, encontraremos nuestro mejor consuelo pensando en el humilde Salvador que llevó nuestros pecados con toda paciencia y sumisión. Si somos llamados a sufrir, como sufrían a menudo los siervos en tiempos de los romanos, hallaremos alivio en la visión de nuestro Señor abofeteado, azotado y crucificado, y aun así silencioso en la majestad de su paciencia. Si esos sufrimientos son del todo inmerecidos, y se nos calumnia groseramente, nos consolará recordar a aquel que no hizo pecado, y en cuyos labios no se halló engaño. Nuestro Señor Jesús es la Cabeza del Gremio de los que Sufren: hizo el bien, y padeció por ello, pero lo soportó con paciencia. El sostén que necesitamos bajo la cruz que se nos ha señalado llevar solo puede hallarse en él, pues «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero».
Nosotros mismos sabemos ya por experiencia que no hay lugar de consuelo como la cruz. Es un árbol despojado de todo follaje, y al parecer muerto; y sin embargo nos sentamos bajo su sombra con gran deleite, y su fruto es dulce a nuestro paladar. En verdad, en este caso, «lo semejante cura lo semejante». Por el sufrimiento de nuestro Señor Jesús, nuestro sufrimiento se vuelve ligero. El siervo es consolado, puesto que Jesús tomó sobre sí la forma de siervo; el que sufre cobra ánimo «porque también Cristo padeció por nosotros»; y el calumniado se fortalece porque también Jesús fue vilipendiado.
«¿No es extraño que la hora más oscura
que jamás amaneció sobre la tierra pecadora
toque el corazón con poder más suave
y consuele más que el gozo de un ángel?
¿Que hacia la cruz se vuelvan los ojos del que llora
antes que adonde arden las estrellas de Navidad?»
Si esperamos atravesar las tribulaciones de este mundo, permanezcamos firmes junto a la cruz; porque si ella desaparece, se apaga la única estrella cuya luz alegra al abatido, brilla sobre el agraviado y da luz al oprimido. Si perdemos la cruz —si perdemos el sacrificio sustitutorio de nuestro Señor Jesucristo—, lo hemos perdido todo.
El versículo sobre el que ahora quisiéramos meditar con devoción habla de tres cosas: el llevar de nuestros pecados, el cambio de nuestra condición y la sanidad de nuestras enfermedades espirituales. Cada una de ellas merece nuestra atención más cuidadosa.
I. La primera es que nuestro Señor llevó nuestros pecados: «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero». Estas palabras afirman en los términos más llanos que nuestro Señor Jesús llevó realmente los pecados de su pueblo. ¡Qué literal es el lenguaje! Las palabras no significan nada si aquí no se afirma la sustitución. No sé qué significa el capítulo cincuenta y tres de Isaías si no significa esto. Oíd las palabras del profeta: «El Señor cargó en él el pecado de todos nosotros»; «por la rebelión de mi pueblo fue herido»; «él llevará las iniquidades de ellos»; «fue contado con los transgresores, y él llevó el pecado de muchos».
No puedo imaginar que el Espíritu Santo hubiera usado un lenguaje tan expresivo si no se hubiera propuesto enseñarnos que nuestro Salvador llevó realmente nuestros pecados y sufrió en nuestro lugar. ¿Qué otra cosa pueden querer decir textos como estos: «Cristo fue ofrecido una vez para llevar los pecados de muchos» (Hebreos 9:28); «Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21); «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición, pues está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero» (Gálatas 3:13); «Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante» (Efesios 5:2); «ahora, una vez en la consumación de los siglos, se presentó para quitar de en medio el pecado por el sacrificio de sí mismo» (Hebreos 9:26)? Digo con modestia, pero con firmeza, que estas Escrituras o enseñan que nuestro Señor Jesús llevó nuestros pecados, o no enseñan nada. En estos días, entre muchos errores y negaciones de la verdad, ha brotado una enseñanza del «pensamiento moderno» que pretende disolver con explicaciones la doctrina de la sustitución y del sacrificio vicario. Un sabio ha llegado a decir que la transferencia del pecado o de la justicia es imposible, y otra criatura de la misma escuela ha tachado la idea de inmoral.
«Él llevó en el madero la sentencia por mí».
Si el dolor hubiera sido figurado, el llevar el pecado podría haber sido mítico; pero un hecho corre parejo con el otro. No hay figura alguna en nuestro texto; es un hecho desnudo y literal: «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero». ¡Ojalá los hombres dejaran de poner reparos! Ponerse a cuestionar y discutir al pie de la cruz es un acto muy emparentado con el crimen de los soldados cuando repartieron entre sí sus vestidos y echaron suertes sobre su túnica.
¡Notad cuán personales son los términos que aquí se emplean! ¡Con qué precisión habla el Espíritu Santo! «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo». No fue por delegación, sino «Él mismo»; y no fue en la imaginación, sino «en su cuerpo». Observad también lo personal del asunto por nuestra parte: él «llevó nuestros pecados», es decir, mis pecados y vuestros pecados. Hay aquí una especie de cadencia musical: «Él mismo», «nuestros pecados». Tan cierto como que fue Cristo mismo quien sufrió en la cruz, así de cierto es que fueron nuestros propios pecados los que Jesús llevó en su propio cuerpo sobre el madero. Nuestro Señor ha comparecido ante el tribunal por nosotros, aceptando nuestro lugar en el banquillo: «fue contado con los transgresores». Más aún, ha comparecido por nosotros en el lugar de la ejecución, y ha sufrido la pena de muerte en el patíbulo de la condenación en nuestro lugar. In propria persona, nuestro Redentor ha sido procesado, aunque inocente; ha caído bajo la maldición, aunque bendito para siempre; y ha sufrido hasta la muerte, aunque no había hecho nada digno de reproche. «Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados».
Este llevar el pecado por parte de nuestro Señor fue continuo. Se ha forzado el pasaje que tenemos delante más allá de lo que enseña, haciéndole afirmar que nuestro Señor Jesús no llevó nuestros pecados en ninguna otra parte sino en la cruz: eso no lo dicen las palabras. «El madero» fue el lugar donde, más que en ningún otro, vemos a nuestro Señor llevando el castigo debido a nuestros pecados; pero antes de eso ya había sentido el peso de la enorme carga. Es un error fundar una gran doctrina sobre la forma incidental de un solo pasaje de la Escritura, sobre todo cuando ese pasaje admite otro sentido.
La lectura marginal, que es perfectamente correcta, dice: «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el madero». Nuestro Señor llevó la carga de nuestros pecados hasta el madero, y allí mismo y en aquel momento acabó con ella. Había llevado esa carga mucho tiempo antes, pues Juan el Bautista dijo de él: «He aquí el Cordero de Dios, que quita» (el verbo está en presente: «que quita») «el pecado del mundo» (Juan 1:29). Nuestro Señor estaba ya entonces llevando el pecado del mundo como el Cordero de Dios. Desde el día en que comenzó su ministerio divino, y aun podría decir que desde antes, llevó nuestros pecados. Él era el Cordero «muerto desde el principio del mundo»; así que, cuando subió al Calvario cargando su cruz, iba llevando nuestros pecados hasta el madero. Sin embargo, de manera especial y singular, en la agonía de su muerte se puso en nuestro lugar, y sobre su alma y su cuerpo estalló la tempestad de la justicia que se había ido formando por nuestras transgresiones.
Este llevar el pecado es definitivo. Llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, pero ya no los lleva más. El pecador y el Fiador del pecador son ambos libres, porque la ley ha sido vindicada, el honor del gobierno ha quedado a salvo y el sacrificio sustitutorio está completo. Ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él; porque ha terminado su obra, y ha clamado: «Consumado es». En cuanto a los pecados que llevó en su cuerpo sobre el madero, no pueden ser hallados, porque han dejado de existir, conforme a aquella antigua promesa: «En aquellos días y en aquel tiempo, dice el Señor, la maldad de Israel será buscada, y no aparecerá; y los pecados de Judá, y no se hallarán» (Jeremías 50:20). La obra del Mesías era «terminar la prevaricación, y poner fin al pecado, y expiar la iniquidad, y traer la justicia perdurable» (Daniel 9:24). Ahora bien, si se ha puesto fin al pecado, se acabó; y si la prevaricación está «terminada», no hay nada más que decir de ella.
Miremos atrás con santa fe, y veamos a Jesús llevando la tremenda carga de nuestros pecados hasta el madero, y sobre el madero; y veamos cuán eficaz fue su sacrificio para saldar toda la masa de nuestra responsabilidad moral, tanto en lo que toca a la culpa a los ojos de Dios como al castigo que de ella se sigue. Es una ley de la naturaleza que nada puede estar en dos lugares al mismo tiempo; y si nuestro Señor quitó el pecado llevándolo sobre sí, este no puede reposar sobre nosotros. Si por la fe hemos aceptado al Sustituto a quien Dios mismo ha aceptado, entonces no puede ser que la pena se exija dos veces, primero al Fiador, y luego a aquellos en cuyo lugar él estuvo. El Señor Jesús llevó lejos los pecados de su pueblo, así como el macho cabrío expiatorio, en el tipo, llevaba el pecado de Israel a una tierra deshabitada. Nuestros pecados se han ido para siempre. «Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones». Ha echado todas nuestras iniquidades en lo profundo del mar; las ha arrojado tras sus espaldas, donde ya no serán vistas nunca más.
Amados amigos, hablamos de esto con mucha calma y frialdad, pero es la mayor maravilla del universo; es el milagro de la tierra, el misterio del cielo, el terror del infierno. Si pudiéramos comprender plenamente la culpa del pecado, el castigo que le corresponde y la sustitución literal de Cristo, ello obraría en nosotros un intenso entusiasmo de gratitud, amor y alabanza. No me extraña que nuestros amigos metodistas griten: «¡Aleluya!». Esto basta para hacernos gritar y cantar a todos, mientras vivamos: «¡Gloria, gloria al Hijo de Dios!». ¡Qué maravilla que el Príncipe de gloria, en quien no hay pecado, que era en verdad incapaz de mal, se dignara entrar en tal contacto con nuestro pecado como el que implica haber sido «hecho pecado por nosotros»! Nuestro Señor Jesús no manejó el pecado con tenazas de oro, sino que lo llevó sobre sus propios hombros. No lo levantó con varas de oro, como los sacerdotes llevaban el arca; sino que él mismo llevó la horrenda carga de nuestro pecado en su propio cuerpo sobre el madero. Este es el misterio de la gracia que los ángeles anhelan mirar. Quisiera predicarlo siempre en el lenguaje más llano e inconfundible.
II. En segundo lugar, notad brevemente el cambio en nuestra condición que, según describe el texto, procede de que el Señor llevara nuestros pecados: «para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia». El cambio es un morir y un revivir, una sepultura y una resurrección: somos llevados de la vida a la muerte, y de la muerte a la vida.
De ahora en adelante estamos legalmente muertos al castigo del pecado. Si yo fuera condenado a morir por un delito, y otro muriera en mi lugar, entonces yo habría muerto en aquel que murió por mí. La ley no podría por segunda vez formular su acusación contra mí, y llevarme de nuevo ante el juez, y condenarme, y sacarme a morir. ¿Dónde estaría la justicia de semejante proceder? Ya estoy muerto: ¿cómo puedo morir otra vez? He llevado la ira de Dios en la persona de mi glorioso y por siempre bendito Sustituto; ¿cómo podría, entonces, llevarla de nuevo? ¿De qué serviría un Sustituto si yo también he de llevarla? Si Satanás se presentara ante Dios para acusarme, la respuesta sería: «Este hombre está muerto. Ha sufrido la pena, y está “muerto a los pecados”, porque la sentencia contra él se ha ejecutado sobre Otro». ¡Qué liberación tan maravillosa para nosotros! ¡Bendice, alma mía, al Señor!
Pero Pedro también quiere recordarnos que, por la influencia de la muerte de Cristo en nuestros corazones, y a través de ella, el Espíritu Santo nos ha hecho ahora estar realmente «muertos a los pecados»: es decir, ya no los amamos, y han dejado de ejercer dominio sobre nosotros. El pecado ya no está en su casa en nuestros corazones; si entra allí, entra como intruso. Ya no somos sus siervos voluntarios. El pecado nos llama por medio de la tentación, pero no le respondemos, porque estamos muertos a su voz. El pecado nos promete una gran recompensa, pero no consentimos, porque estamos muertos a sus halagos. Pecamos, pero nuestra voluntad es no pecar. Sería el cielo para nosotros ser perfectamente santos. Nuestro corazón y nuestra vida van en pos de la perfección, pero nuestra alma aborrece el pecado. «Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí». Nuestro yo más verdadero y más real detesta el pecado; y aunque caigamos en él, es una caída: estamos fuera de nuestro elemento, y escapamos del mal a toda prisa. La vida nueva nacida dentro de nosotros no tiene trato alguno con el pecado; está muerta al pecado.
La palabra griega que aquí se usa no puede verterse plenamente a nuestra lengua; significa «habiendo des-nacido a los pecados». Nacimos en pecado, pero por la muerte de Cristo, y por la obra del Espíritu Santo en nosotros, aquel nacimiento queda deshecho: «hemos des-nacido a los pecados». Lo que el pecado obró en nosotros, aun desde nuestro nacimiento, queda contrarrestado, por la muerte de Jesús, mediante la nueva vida que su Espíritu imparte. «Hemos des-nacido a los pecados». Me gusta la expresión, por insólita que suene. ¿Parece posible que el nacimiento se revierta, que el nacido quede des-nacido? Y sin embargo así es. El verdadero ego, el «yo» más real, ha des-nacido ya a los pecados, porque somos «nacidos, no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». Hemos des-nacido a los pecados, y hemos nacido para Dios.
Pero el llevar nuestro Señor el pecado también nos ha traído a la vida. Muertos al mal según la ley, vivimos también en novedad de vida en el reino de la gracia. El propósito de nuestro Señor es que «vivamos a la justicia». No solo han de ser justas nuestras vidas, como confío que lo son, sino que somos vivificados y hechos sensibles y vigorosos para la justicia: por la muerte de nuestro Señor se nos hace vivos de ojo, y vivos de pensamiento, y vivos de labios, y vivos de corazón para la justicia. Ciertamente, si la doctrina de su sacrificio expiatorio no nos vivifica, nada lo hará. Cuando pecamos, es el triste resultado de nuestra muerte anterior; pero cuando obramos justicia, ponemos en ello toda nuestra alma: «Vivimos a la justicia». Porque nuestro divino Señor ha muerto, sentimos que debemos entregarnos por entero a su alabanza. El árbol que trajo la muerte a nuestro Salvador es para nosotros un árbol de vida. Sentaos bajo este verdadero arbor vitae, y os sacudiréis la debilidad y la enfermedad que entraron por aquel árbol del conocimiento del bien y del mal. Livingstone, en África, usaba ciertas medicinas conocidas como los «Despertadores de Livingstone»; ¡pero qué despertadores son estas gloriosas verdades que se extraen del amargo leño de la cruz! ¡Oh hermanos míos, mostremos en nuestras vidas qué maravillas ha hecho por nosotros nuestro Señor Jesús mediante su agonía y su sudor de sangre, mediante su cruz y pasión!
III. El apóstol habla luego de la sanidad de nuestras enfermedades por la muerte de Cristo: «por cuya herida fuisteis sanados. Porque vosotros erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto al Pastor y Obispo de vuestras almas».
Fuimos sanados, y así seguimos. No es algo que haya de hacerse en el futuro; ya ha sido obrado. Pedro describe nuestra enfermedad en las palabras que componen el versículo veinticinco. ¿Cuál era, pues?
En primer lugar, era la condición de bestia. «Erais como ovejas». El pecado nos ha dejado de tal modo que solo merecemos ser comparados con las bestias, y con las de menos inteligencia. A veces la Escritura compara al hombre no regenerado con un asno. Se dice que el hombre «nace como el pollino del asno montés». Amós compara a Israel con las «vacas de Basán», y les dice: «Saldréis por las brechas, cada vaca hacia lo que tiene delante». David se comparó a sí mismo con behemot: «Tan necio era yo, e ignorante; era como una bestia delante de ti». No somos mejores que las bestias hasta que Cristo viene a nosotros. Pero después ya no somos bestias: cuando entramos en contacto con nuestro Redentor, se crea dentro de nosotros una naturaleza viva, celestial y espiritual. Todavía llevamos con nosotros la vieja naturaleza bestial, pero por la gracia de Dios queda sometida, y se la mantiene así; y nuestra comunión ahora es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. «Erais como ovejas», pero ahora somos hombres redimidos para Dios.
Somos curados también de la propensión a extraviarse que es tan notable en las ovejas. «Erais como ovejas descarriadas»: siempre extraviándose, amando extraviarse, deleitándose en ello, nunca tan felices como cuando se alejan del redil. Todavía nos extraviamos, pero no como se extravían las ovejas: ahora buscamos el camino recto, y deseamos seguir al Cordero por dondequiera que va. Si nos extraviamos, es por ignorancia o por tentación. Podemos decir de verdad: «Mi alma va en pos de ti». La cruz de nuestro Señor nos ha clavado firmemente de manos y pies: ya no podemos correr ávidamente tras la iniquidad; antes bien decimos: «¡Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha hecho bien!».
«Mis extravíos, Señor, terminaron ya,
a ti he vuelto al fin:
sé tú mi Padre y mi Amigo,
sé todo para mí».
Otra enfermedad nuestra era la incapacidad de volver: «erais como ovejas descarriadas, pero ahora habéis vuelto». Los perros, y aun los cerdos, vuelven a casa con más facilidad que las ovejas extraviadas. Pero ahora, amados, aunque nos extraviamos, hemos vuelto, y seguimos volviendo, a nuestro Pastor. Como la paloma de Noé, no hemos hallado reposo para la planta de nuestro pie en ninguna parte fuera del arca, y por eso volvemos a él, y él, en su gracia, nos recoge consigo. Si en algún momento nos extraviamos, bendecimos a Dios porque hay dentro de nosotros un algo sagrado que no nos deja descansar, y hay sobre nosotros un algo mucho más poderoso que nos hace volver. Somos como la aguja de la brújula: tocad esa aguja con el dedo, y obligadla a apuntar al este, o al sur, y puede que lo haga por un momento; pero quitad la presión, y al instante vuelve al polo. Así nosotros tenemos que volver a Jesús; tenemos que volver al Obispo de nuestras almas. Nuestra alma clama: «¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra». Así, por la virtud de la muerte de nuestro Señor, se crea en nosotros un amor inmortal, que nos lleva a buscar su rostro y a renovar nuestra comunión con él.
La muerte de nuestro Señor nos ha curado también de nuestra prontitud a seguir a otros guías. Si una oveja pasa por un hueco del seto, todo el rebaño la seguirá. Hemos estado acostumbrados a seguir a cabecillas en el pecado o en el error: hemos estado demasiado prontos a seguir la costumbre, y a hacer lo que se juzga apropiado, respetable y habitual; pero ahora estamos resueltos a no seguir a nadie sino a Jesús, conforme a su palabra: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen. Mas al extraño no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Por mi parte, estoy resuelto a no seguir a ningún guía humano. La fe en Jesús crea una santa independencia de espíritu. Hemos aprendido una dependencia tan completa de nuestro Señor crucificado que no nos queda ninguna para los hombres.
Finalmente, amados amigos, cuando andábamos extraviados éramos como ovejas expuestas a los lobos, pero de esto somos librados al estar cerca del Pastor. Estábamos en peligro de muerte, en peligro del diablo, en peligro de mil tentaciones que, como fieras rapaces, merodeaban a nuestro alrededor. Terminado nuestro extravío, estamos ahora en lugar seguro. Cuando el león ruge, nos vemos empujados más cerca del Pastor, y nos gozamos de que su cayado nos proteja. Él dice: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano».
¡Qué obra maravillosa de la gracia se ha obrado en nosotros! Todo esto lo debemos, no a la enseñanza de Cristo, aunque nos ha ayudado mucho; no al ejemplo de Cristo, aunque nos está cautivando hasta llevarnos a copiarlo con diligencia; sino que todo se lo debemos a su herida: «por cuya herida fuisteis sanados». Hermanos, predicamos a Cristo crucificado, porque hemos sido salvados por Cristo crucificado. Su muerte es la muerte de nuestros pecados. Jamás podremos abandonar la doctrina del sacrificio sustitutorio de Cristo, porque es el poder por el cual esperamos ser hechos santos. No solo somos lavados de la culpa en su sangre, sino que por esa sangre vencemos el pecado. Nunca, mientras nos quede aliento o pulso, podremos ocultar la bendita verdad de que «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia». ¡El Señor nos conceda conocer de esto mucho más de lo que yo puedo expresar, por amor de Jesucristo! Amén.
Capítulo 21 completado
El que llevó el pecado