Hasta que él venga
Desfallecer y revivir a los pies de Cristo

Capítulo 22 · 18 min de lectura · 23 min de escucha

Desfallecer y revivir a los pies de Cristo

DISCURSO PRONUNCIADO AL CIERRE DE UNA DE LAS CONFERENCIAS DEL COLEGIO DE PASTORES. «Y cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; y he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén; y tengo las llaves del infierno y de la muerte.»—Apocalipsis 1:17, 18.

DESFALLECER Y REVIVIR A LOS PIES DE CRISTO.

AHORA no tenemos otra cosa en qué pensar sino en nuestro Señor. Venimos a él para que nos haga olvidar a todos los demás. No estamos aquí como ministros, distraídos en muchos servicios, sino que ahora nos sentamos a sus pies con María, o nos recostamos en su seno con Juan. El Señor mismo nos da la consigna mientras reunimos nuestra compañía para esta última asamblea. «Acordaos de mí» es su amoroso mandato. Le suplicamos que llene todo el círculo de nuestra memoria como el sol llena de luz los cielos y la tierra. Hemos de pensar solo en Jesús, y solo de él hablaré. ¡Oh, quién tuviera el toque del carbón encendido de aquel que es nuestro Altar a la vez que nuestro Sacrificio!

Mi texto se halla en las palabras de Juan, en el primer capítulo del Apocalipsis, en los versículos diecisiete y dieciocho:—

«Y cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; y he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén; y tengo las llaves del infierno y de la muerte.»

Juan era, de todos los hombres, el que tenía más intimidad con Jesús, y su Señor nunca había necesitado preguntarle: «¿Me amas?» Me parece que, si algún hombre hubiera podido mantenerse en pie en presencia del Salvador glorificado, habría sido aquel discípulo a quien Jesús amaba. El amor nos permite tomarnos grandes libertades: el niño se sube a las rodillas de su padre el rey, y nadie le acusa de atrevido. Juan tenía tal amor, y sin embargo ni aun él pudo mirar el rostro del Señor de gloria sin quedar sobrecogido de temor reverente. Mientras está aún en el cuerpo, hasta Juan ha de desmayarse si se le concede una visión prematura del Amado en su majestad. Si se nos permite ver al Señor antes de que nuestros cuerpos hayan pasado por aquel cambio maravilloso por el cual somos hechos semejantes a Jesús para que le veamos como él es, hallaremos que esa vista es más de lo que podemos soportar. Una visión clara del esplendor celestial de nuestro Señor mientras estamos aquí en la tierra no sería conveniente, porque no nos aprovecharía estar siempre tendidos, desmayados, a los pies de nuestro Redentor, cuando hay tanto trabajo que hacer.

Permitidme, queridos hermanos, sacar mi texto de su contexto y aplicarlo a nosotros mismos, bajándolo del trono de allá arriba a esta mesa de aquí. Puede ser, y confío en que así será, que al ver a Jesús aun aquí, caigamos con Juan como muertos a sus pies. No nos desmayaremos, pero estaremos muertos en otro sentido, dulcísimamente muertos, mientras nuestra vida se revela en él. Después de meditar en eso, llegaremos a lo que mi texto implica: que entonces podemos revivir con Juan, porque si él no hubiera revivido, nunca nos habría podido contar su desmayo. Así tendremos muerte con Cristo y resurrección en él. ¡Oh, quién tuviera una profunda experiencia de ambas cosas, por el poder del Espíritu Santo!

I. Si se nos permite ver a Cristo en los sencillos e instructivos memoriales que están ahora sobre la mesa, caeremos, en un sentido bendito, como muertos a sus pies.

Porque, en primer lugar, aquí vemos la provisión para quitar nuestro pecado, y así se nos recuerda ese pecado. Aquí está el pan partido porque nosotros hemos quebrantado la ley de Dios, y habríamos sido quebrantados para siempre si no hubiera habido un Salvador molido. En este vino vemos la señal de la sangre con la que hemos de ser limpiados, o de lo contrario seríamos cosas inmundas, arrojadas a las llamas de Tofet por abominables a los ojos de Dios. Puesto que tenemos delante el memorial de la expiación por el pecado, nos recuerda nuestra muerte en el pecado, en la cual habríamos permanecido aún de no ser por aquella gracia que con su palabra nos llamó a la vida y a la salvación. ¿Os estáis volviendo grandes? Volved a haceros pequeños al ver que no sois más que esclavos rescatados. «Libertos de Dios» sigue siendo vuestro verdadero rango. ¿Empezáis a pensar que, porque estáis santificados, tenéis menos necesidad de la limpieza diaria? Oíd esta palabra: «Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión entre nosotros»; y aun entonces «la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado». Pecamos aun cuando estamos en la comunión más alta y más divina, y seguimos necesitando la sangre que limpia. ¡Cómo nos humilla esto delante del Señor! Hemos de ser ganadores de pecadores, y sin embargo nosotros mismos seguimos siendo pecadores, tan necesitados del Pan de vida como aquellos a quienes lo repartimos.

¡Ah! y algunos de nosotros hemos sido pecadores muy especiales; y por eso, si amamos mucho, es porque se nos ha perdonado mucho. Hemos errado después de conocer al Salvador, y esa es una clase de condición pecadora sumamente dolorosa; ¡hemos pecado después de haber entrado en el más alto estado de gozo espiritual, de haber estado con él en el monte santo y de haber contemplado su gloria! Esto engendra una santa vergüenza. Bien podemos caer a los pies de Jesús, aunque él solo se revele en el pan y el vino, porque estos nos dan el sentido de nuestra condición de pecadores, a la vez que nos recuerdan cómo nuestro Señor hizo frente a nuestro pecado y lo quitó.

En esto caemos tan bajo como los muertos. ¿Dónde está el «yo»? ¿Dónde está la jactancia propia? ¿Os queda alguna en presencia del Salvador crucificado? Mientras en espíritu coméis su carne y bebéis su sangre, ¿podéis gloriaros en vuestra propia carne, o sentir el orgullo de sangre y de linaje? ¡Qué vergüenza para nosotros si se mezcla un matiz de orgullo en nuestro ministerio, o una mancha de alabanza propia en nuestro éxito! Cuando vemos a Jesús, nuestro Salvador, el Salvador de los pecadores, sin duda el yo se hundirá, y la humildad caerá a sus pies. Cuando pensamos en Getsemaní y en el Calvario, y en todo el dolor y la agonía de nuestro gran Redentor, sin duda, por el Espíritu Santo, la jactancia propia, el buscar lo propio y la voluntad propia han de caer como heridos de muerte. «Cuando le vi, caí como muerto a sus pies.»

Aquí aprendemos también una segunda lección. Jesús ha puesto alimento sobre esta mesa. El pan representa todo lo necesario, y la copa todo lo deleitoso: provisión para todas nuestras necesidades y para todos nuestros deseos rectos, todo lo que necesitamos para sustento y para gozo. ¡Qué alma tan pobre soy, entonces, que ni siquiera puedo procurarme el pan! En cuanto a los consuelos, no puedo ni pensar en ellos; se me han de dar, o nunca los probaré. Hermanos, somos pensionistas de la generosidad de nuestro gran Pariente: venimos a su mesa para nuestro sustento; no tenemos casa propia. El que alimenta a los gorriones alimenta nuestras almas; en lo espiritual, no recogemos en graneros más que las benditas aves; nuestro Padre celestial nos alimenta de aquella «toda plenitud» que le agradó atesorar para nosotros en Jesús. No podríamos vivir espiritualmente ni una hora sin aquel que no es solo pan, sino vida; no solo el vino que alegra, sino la consolación misma. Nuestra vida pende de Jesús; él es nuestra Cabeza a la vez que nuestro alimento. Nunca dejaremos de necesitar el pan natural, y espiritualmente nunca superaremos nuestra necesidad de un Cristo presente; antes bien, sentiremos por él un anhelo más fuerte y una pasión más apremiante. Mirad a aquel hombre vanidoso de allá. Se siente un gran hombre, y vosotros reconocéis que os es superior en dones; pero ¡qué impostor es, qué criatura tan necia, que sueña con ser alguien! Ahora será hallado falto; porque, como nosotros, no es suficiente ni aun para pensar algo como de sí mismo. Un mendigo que tiene que vivir de limosnas, comer el pan de la dependencia, tomar la copa de la caridad,—¿de qué ha de jactarse? Él es el Grande que nos alimenta, que nos da todo lo que disfrutamos, que es nuestro todo en todo; y en cuanto a nosotros, somos suplicantes,—casi había dicho pordioseros,—una comunidad de Frailes Mendicantes, tan muertos a toda riqueza espiritual propia como los caídos en Maratón. El esclavo negro al menos podía reclamar su propio aliento, pero nosotros ni siquiera eso podemos reclamar. El Espíritu de Dios ha de darnos el aliento espiritual, o nuestra vida expirará. Cuando pensamos en esto, sin duda la vista de Cristo en este pan y este vino, aunque sea una visión tenue comparada con la que arrebató el corazón de Juan, nos hará caer como muertos a los pies del Redentor.

El «yo» no puede vivir, porque nuestro Señor no ha provisto alimento para el vano Ego y su señorío. Lo ha provisto todo para la necesidad, pero nada para la jactancia. ¡Oh, bendito sentido del anonadamiento propio! Lo hemos experimentado varias veces esta semana, cuando nuestros hermanos nos leyeron algunos de aquellos trabajos; y, además, nos consumimos del todo en el resplandor del gozo con que nuestro Maestro nos favoreció. Espero que esta feliz asamblea y sus ejercicios celestiales hayan derretido el Ego dentro de nosotros y lo hayan hecho, por un tiempo, deshacerse en lágrimas. Morir al yo es un sentimiento bendito. ¡Que todos lo experimentemos! Cuando somos débiles hasta lo sumo, en la muerte consciente del yo, entonces somos fuertes con la plenitud del poder. Desfalleciendo hasta la muerte del yo, y perdiendo toda conciencia de poder personal, somos introducidos en lo infinito, y vivimos en Dios.

II. Consideremos ahora cómo volvemos a la vida, y así conocemos al Señor como la resurrección y la vida. Juan sí revivió, y nos cuenta cómo sucedió. Dice del Eternamente Bendito:—«Él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; y he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén; y tengo las llaves del infierno y de la muerte.»

Todas las corrientes de vida de nuestro ser fluirán con fuerza renovada si, ante todo, somos puestos en contacto con Jesús: «Él puso su diestra sobre mí». ¡Maravillosa paciencia, que no ponga su pie sobre nosotros y nos pisotee como el lodo de las calles! Yo he yacido a sus pies como muerto, y si me hubiera apartado con el pie como cosa contaminada de corrupción, no habría podido impugnar su justicia. ¡Pero aquí no se dice nada de su pie! Ese pie fue traspasado por nosotros, y no puede ser que el pie que fue clavado en la cruz por su pueblo llegue jamás a pisotearlo en su ira. Oíd estas palabras: «Él puso su diestra sobre mí». La diestra de su fuerza y de su gloria la puso sobre su siervo desfallecido. Era la mano de un hombre. Es la diestra de aquel que en todas nuestras angustias fue angustiado, que es un Hermano nacido para la angustia. Por eso todo lo que tiene que ver con su mano tiene una influencia reavivadora. Las palabras de simpatía, hermanos míos, son a menudo demasiado poco prácticas, y por eso son demasiado débiles para reanimar al que desfallece; el toque de la simpatía es mucho más eficaz. Recordáis aquella feliz historia de la niña negra, salvaje, a la que nadie pudo ganar hasta que la pequeña señorita se sentó junto a ella y le puso la mano encima. Eva ganó a la pobre Topsy con aquel tierno toque. La lengua fracasó, pero la mano alcanzó la victoria. Así fue con nuestro adorable Señor. Nos mostró que era hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne; se puso en contacto con nosotros y nos hizo percibir la realidad de su amor hacia nosotros, y entonces fue más que vencedor sobre nosotros.

Así, sentimos que él no era ninguna ficción, sino un Cristo real, porque allí estaba su mano, y sentíamos su suave presión. La imposición de la diestra del Señor había traído sanidad a los enfermos, vista a los ciegos, y aun vida a los muertos, y no es cosa extraña que restaure a un discípulo desfallecido. ¡Ojalá todos la sintáis en este mismo momento en todo su poder reavivador! ¡Que descienda de la diestra del Señor, no solo su simpatía, porque es hombre como nosotros, sino tanto del poder de su deidad como pueda caber en el hombre, para que seamos llenos de la plenitud de Dios! Eso es posible en este instante. La cena del Señor representa la entrega del cuerpo entero de Cristo a nosotros, para entrar en nosotros como alimento; sin duda, si entramos en su verdadero significado, podemos esperar ser reavivados y vivificados; porque aquí tenemos más que un simple toque de la mano: es el Cristo entero que entra en nosotros espiritualmente, y así se pone en contacto con lo más íntimo de nuestro ser. Yo creo en «la presencia real»: ¿no creéis vosotros? La presencia carnal es otra cosa: esa ni siquiera la deseamos. ¡Señor Jesús, entra ahora en un contacto de muchas manos con nosotros, morando en nosotros, y nosotros en ti!

Con todo, faltaba algo más, porque nuestro Señor Jesús, después del toque, dio la palabra: «No temas; yo soy el primero y el último». ¿Qué dice? ¿Dice: «Tú eres»? Abrid vuestros Testamentos, y ved. ¿Exclama: «No temas; tú eres el discípulo amado, Juan el apóstol y teólogo»? No encuentro nada semejante. No dirigió a su siervo a mirarse a sí mismo, sino a recordar al gran Yo Soy, su Salvador y Señor. El consuelo vivo de todo hijo de Dios desfallecido, de todo aquel que es consciente de una herida de muerte en el «yo» natural, está en aquel majestuoso «Yo», el único que puede decir «Yo soy». Vivís porque hay un «Yo soy» que tiene vida en sí mismo, y tiene esa vida para vosotros.

«Yo soy el primero.» «Yo he ido delante de ti y he preparado tu camino; te amé antes que tú me amaras; ordené todo el curso de tu vida antes de que existieras. En toda obra de gracia para ti y dentro de ti, yo soy el primero. Como el rocío que viene del Señor, no esperé al hombre, ni aguardé a los hijos de los hombres. Y yo soy también el último, que perfecciono lo que te concierne y te guardo hasta el fin. Yo soy para ti el Alfa y la Omega, y todas las letras de en medio; contigo comencé, y contigo acabaré, si es que puede pensarse en un fin. Marcho en la vanguardia y cubro la retaguardia. Tu preservación final procede de mí tanto como tu esperanzador comienzo.» Hermano, ¿surge en ti algún temor acerca de esa hora oscura que amenaza con llegar pronto? ¿Qué hora es esa? Jesús lo sabe, y estará contigo durante la noche, y hasta que apunte el día. Si Jesús es para nosotros el principio y el fin, ¿qué otra cosa hay? ¿Qué tenemos que temer, a no ser esas invenciones profanas de nuestra desconfianza, esas superfluidades de malicia que se forjan en incredulidades, y dudas, y pensamientos poco amables? Cristo excluye todo lo que pudiera dañarnos, porque él abarca todo el tiempo y todo el espacio; está por encima de las alturas y por debajo de las profundidades; y en todas partes él es Amor.

Seguid leyendo:—«Yo soy el que vivo.» «Porque yo vivo, vosotros también viviréis; ninguna muerte real os sobrevendrá, porque la muerte no se enseñorea más de mí,—vuestra Cabeza, vuestra Vida.» Mientras haya un Cristo vivo en el cielo, ningún creyente verá jamás la muerte: dormirá en Jesús, y eso es todo, porque aun entonces estará «siempre con el Señor».

Seguid leyendo:—«y estuve muerto.» «Por tanto, aunque muráis, no descenderéis más abajo de lo que yo descendí; y seréis levantados otra vez, así como yo he vuelto de la tumba.» Pensad en Jesús como quien ha atravesado el reino de la sombra de muerte, y no temeréis seguir sus pisadas. ¿Dónde habrían de reposar los miembros que mueren, sino en el mismo lecho que su Cabeza, que también murió una vez?

«Y he aquí que vivo por los siglos de los siglos.» Sí, contempladlo, y no dejéis nunca de contemplarlo: servimos a un Señor que vive para siempre. ¡Hermanos, volved a casa desde esta conferencia en el poder de esta grandiosa declaración! El hijo querido puede enfermar, o la esposa preciosa puede ser llamada a la Casa del Padre; pero Cristo dice: «Vivo por los siglos de los siglos». El corazón creyente nunca puede quedar viudo, porque su Esposo es el Dios vivo. Nuestro Señor Jesús no nos dejará huérfanos: vendrá a nosotros. He aquí, pues, nuestro gozo: no en nosotros mismos, sino en el hecho de que él vive siempre para llevar a cabo en nosotros y por nosotros la buena voluntad del Padre. ¡Adelante, soldados de la cruz, porque nuestro Capitán inmortal va al frente!

Leed una vez más:—«y tengo las llaves del infierno y de la muerte.» Mientras meditaba en estas palabras, me maravillé de la pobreza y la mezquindad de la causa del mal; porque su príncipe, el diablo, no tiene las llaves de su propia casa; no se le pueden confiar; cuelgan del cinto de Cristo. Ciertamente yo nunca iré al infierno, porque mi Señor Jesús echó la llave contra mi entrada hace mucho tiempo. Las puertas del infierno quedaron cerradas para mí cuando él murió en mi lugar. Le vi cerrar la puerta y, lo que es más, le vi colgarse la llave al cinto, y allí está hasta el día de hoy. Cristo tiene las llaves del infierno; entonces, cuando él quiera, puede enjaular al león devorador y refrenar su poder para el mal. ¡Ojalá llegara ese día! Ya viene, porque el dragón tiene grande ira, sabiendo que tiene poco tiempo. No salgamos solos a batallar contra este temible adversario; hablemos de él a su Vencedor, y supliquémosle que le acorte la cadena. Admiro las enérgicas palabras de una mujer moribunda a alguien que le preguntó qué hacía cuando el diablo la tentaba a causa de su pecado. Ella respondió: «El diablo ya no me tienta; vino a mí hace poco, ¡y no le gusto lo bastante como para volver!» «¿Por qué no?» «Pues se fue porque le dije: ¡Escogida, escogida!» «¿Qué querías decir con eso?» «¿No recuerdas cómo se dice en la Escritura: “El Señor te reprenda, oh Satanás; el Señor, que ha escogido a Jerusalén, te reprenda”?» El texto de la anciana estaba bien escogido, y bien conoce el enemigo la reprensión que contiene. Cuando Josué, el sumo sacerdote, vestido de vestiduras viles, estaba delante del ángel, Satanás estaba a su mano derecha para oponérsele, pero fue reducido al silencio cuando se le habló de la elección de Dios: «El Señor, que ha escogido a Jerusalén, te reprenda». ¡Ah, hermanos, cuando la diestra de Cristo está sobre nosotros, el maligno se retira! Conoce demasiado bien el peso de esa diestra.

Concluid el versículo:—«y de la muerte.» Nuestro Señor tiene las llaves de la muerte, y este será un hecho gozoso para nosotros cuando lleguen nuestras últimas horas. Si le decimos: «Maestro, ¿adónde voy?», él responde: «Yo tengo la llave de la muerte y del mundo de los espíritus. ¿No le responderemos: «Nos sentimos plenamente confiados para ir adondequiera que tú nos guíes, oh Señor»? Entonces seguiremos sus pisadas en su compañía. Nuestros cuerpos descenderán a lo que los hombres llaman un osario, aunque en realidad es el vestuario donde los santos se despojan de sus ropas, el vestíbulo del cielo, el guardarropa de nuestro vestido, donde será limpiado y perfeccionado. Tenemos un atavío espiritual apropiado para el intervalo, pero esperamos que nuestros cuerpos resuciten a semejanza del «Señor del cielo». ¡Cuánto ganaremos cuando volvamos a tomar las vestiduras que dejamos a un lado, y las hallemos tan gloriosamente cambiadas y hechas aptas para llevarlas aun en la presencia de nuestro Señor! Así que, si el peor temor que os asalta llegara a cumplirse, y murierais literalmente a los pies de vuestro Señor, no hay motivo para temer, porque ningún enemigo puede haceros daño, ya que la diestra divina está empeñada en libraros hasta el fin. Demos al Amado la alabanza más devota y ferviente mientras participamos ahora de este regio festín. El Rey está sentado a su mesa; que nuestro nardo dé su olor más dulce.

Capítulo 22 completado

Desfallecer y revivir a los pies de Cristo

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