Hasta que él venga
Comunión con Cristo y con su pueblo

Capítulo 20 · 22 min de lectura · 29 min de escucha

Comunión con Cristo y con su pueblo

DISCURSO EN UN CULTO DE COMUNIÓN EN MENTONE. «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque nosotros, con ser muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de aquel mismo pan.»—1 Corintios 10:16, 17.

COMUNIÓN CON CRISTO Y CON SU PUEBLO.

OS LEERÉ el texto tal como aparece en la Versión Revisada: «La copa de bendición que bendecimos, ¿no es una comunión de la sangre de Cristo?» Es decir: ¿no es una de las formas de expresar la comunión de la sangre de Cristo? «El pan», o, como dice el margen, «la hogaza que partimos, ¿no es una comunión del cuerpo de Cristo? Puesto que nosotros, que somos muchos, somos una sola hogaza, un solo cuerpo; pues todos participamos de la única hogaza.» La palabra «hogaza» ayuda a destacar con más claridad la idea de unidad que el apóstol quiso exponer.

Es un hecho lamentable que algunos hayan imaginado que esta sencilla ordenanza de la Cena del Señor posee cierto poder mágico, o al menos físico, de modo que, por el mero acto de comer y beber este pan y este vino, los hombres pueden ser hechos partícipes del cuerpo y de la sangre de Cristo. Es asombroso que un símbolo tan claro se haya complicado tanto con genuflexiones, adornos y frases técnicas. ¿Puede alguien ver el más leve parecido entre el Maestro sentado a la mesa con los doce y la misa de la comunión romana? El rito original se ha perdido bajo el ritual que se le ha superpuesto. La superstición ha producido un sacramento donde Jesús quiso una comunión fraterna. Demasiados, que no llegarían tan lejos como Roma, hablan sin embargo de esta sencilla fiesta como si fuera un misterio oscuro e impenetrable. Emplean toda clase de palabras difíciles para convertir el pan de los hijos en una piedra. Ya no es la Cena del Señor, sino la Eucaristía; no vemos delante de nosotros un plato, sino una «patena»; la copa es un «cáliz», y la mesa es un «altar». Estas son incrustaciones de la superstición, por las cuales la bendita ordenanza de Cristo corre peligro de verse otra vez invadida por la maleza y pervertida.

¿Qué significa esta cena? Significa comunión: comunión con Cristo y comunión los unos con los otros.

¿Qué es la comunión? La palabra se descompone fácilmente en unión y su prefijo com, que significa con: unión con. Por tanto, primero debemos gozar de unión con Cristo y con su Iglesia; de lo contrario, no podremos gozar de comunión. La unión es el fundamento de la comunión. Debemos ser uno con Cristo en corazón, en alma y en vida; bautizados en su muerte; vivificados por su vida, y llevados así a ser miembros de su cuerpo, uno con toda la Iglesia de la cual él es la Cabeza. No podemos tener comunión con Cristo hasta que estemos en unión con él; y no podemos tener comunión con la Iglesia hasta que estemos en unión vital con ella.

I. La enseñanza de la Cena del Señor es precisamente esta: que, aunque tenemos muchas maneras de tener comunión con Cristo, recibirlo en nuestras almas como nuestro Salvador es la mejor manera de tener comunión con él.

Dije, queridos amigos, que tenemos muchas maneras de tener comunión con Cristo; permitidme mostraros que es así.

La comunión es nuestra mediante el trato personal con el Señor Jesús. Nosotros le hablamos en la oración, y él nos habla por medio de la Palabra. Algunos de nosotros hablamos con Cristo más a menudo que con nuestra esposa o nuestros hijos, y nuestra comunión con Jesús es más profunda y más completa que nuestra amistad con el amigo más íntimo. En la meditación, y en la acción de gracias que la acompaña, hablamos con nuestro Señor resucitado, y él, por su Espíritu Santo, nos responde creando nuevos pensamientos y emociones en nuestra mente. A veces, en la oración, cuando siento que no puedo decir nada, me gusta simplemente quedarme quieto y mirar hacia arriba; entonces la fe divisa espiritualmente al Amado y oye su voz en el solemne silencio de la mente. Así tenemos con Jesús un trato más íntimo de lo que ninguna palabra podría expresar. Nuestra alma se derrite bajo el calor del amor de Jesús, y lanza hacia lo alto su propio amor en respuesta. No penséis que estoy soñando, o que me dejo llevar por el recuerdo de algún arrebato insólito: no; afirmo que el alma piadosa puede conversar con el Señor Jesús todo el día, y puede tener con él una comunión tan verdadera como si todavía habitara corporalmente entre los hombres. Esto no me llega de oídas, sino por mi propia experiencia personal: sé con certeza que Jesús se manifiesta a los suyos como no se manifiesta al mundo.

¡Ah, qué dulce comunión existe a menudo entre el santo y el Amado, cuando no hay pan ni vino sobre la mesa, porque el mismo Espíritu atrae el corazón del regenerado, y este corre tras Jesús, mientras el Señor mismo se aparece al espíritu anhelante! Sí, nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. ¿Gozáis vosotros de este trato encantador?

Además, tenemos comunión con Cristo en sus pensamientos, sus puntos de vista y sus propósitos; porque sus pensamientos son nuestros pensamientos, según nuestra capacidad y nuestra santidad. Los creyentes ven las cosas como las ve Jesús; lo que a él le agrada les agrada a ellos, y lo que a él le entristece los entristece también a ellos. Considerad, por ejemplo, el tema más grande de nuestro pensamiento, y ved si nuestros pensamientos no se parecen a los de Cristo. Él se deleita en el Padre, le encanta glorificar al Padre: ¿no nos sucede lo mismo a nosotros? ¿No es el Padre el centro del deleite de nuestra alma? ¿No nos regocijamos con solo oír su nombre? ¿No clama nuestro espíritu: «¡Abba, Padre!»? Así queda claro que sentimos hacia el Padre lo mismo que siente Jesús, y de este modo tenemos con él la comunión más verdadera. Este no es más que un ejemplo; vuestras meditaciones os pondrán delante una gran variedad de temas en los que pensamos con Jesús. Ahora bien, la identidad de juicio, de opinión y de propósito es la gran calzada de la comunión; más aún, es la comunión misma.

También tenemos comunión con Cristo en nuestras emociones. ¿No habéis sentido nunca un santo horror al oír una blasfemia en la calle? Así sentía Jesús cuando veía el pecado, y cuando lo llevó en su propia persona; solo que él lo sentía infinitamente más que vosotros. ¿No habéis sentido nunca, al mirar a los pecadores, que teníais que llorar por ellos? Esas son lágrimas santas, y contienen los mismos ingredientes que las que derramó Jesús cuando se lamentó sobre Jerusalén. Sí, en nuestro celo por Dios, en nuestro odio al pecado, en nuestra aversión a la mentira, en nuestra compasión por los hombres, tenemos verdadera comunión con Jesús.

Además, hemos tenido comunión con Cristo en muchas de nuestras acciones. ¿Habéis intentado alguna vez enseñar al ignorante? Eso hizo Jesús. ¿Os resultó difícil? Así lo encontró también Jesús. ¿Os habéis esforzado por recobrar al descarriado? Entonces estabais en comunión con el Buen Pastor, que se apresura al desierto en busca de la oveja perdida, la encuentra, la pone sobre sus hombros y la lleva a casa gozoso. ¿Habéis velado alguna vez noche y día, con lágrimas, por un alma? Entonces habéis tenido comunión con aquel que ha llevado todos nuestros nombres sobre su corazón quebrantado, y lleva su memorial en sus manos traspasadas. Sí, en los actos de abnegación, de liberalidad, de benevolencia y de piedad, entramos en comunión con aquel que anduvo haciendo bienes. Siempre que intentamos desenredar los nudos de la contienda y poner paz entre hombres enemistados, estamos haciendo lo que hizo el gran Pacificador, y tenemos comunión con el Señor y Dador de la paz. En verdad, dondequiera que cooperamos con el Señor Jesús en sus designios de amor hacia los hombres, estamos en una comunión verdadera y activa con él.

Así sucede también con nuestras tristezas. Algunos de nosotros hemos tenido una amplia comunión con el Señor Jesús en la aflicción. «Lloró Jesús»: perdió a un amigo, y nosotros también. Jesús se entristeció por la dureza del corazón de los hombres: conocemos esa tristeza. Jesús se apenó en gran manera cuando aquel joven prometedor se dio media vuelta y regresó al mundo: conocemos ese dolor. Los que tienen un corazón compasivo y viven para los demás entran fácilmente en la experiencia del «varón de dolores». Las heridas de la calumnia, los reproches de los soberbios, el veneno de los fanáticos, la traición de los falsos y la flaqueza de los fieles, todo eso lo hemos conocido en nuestra medida; y en ello hemos tenido comunión con nuestro Señor Jesús.

Y no solo esto: hemos estado con nuestro divino Maestro en sus gozos. Supongo que nunca vivió un hombre más feliz que el Señor Jesús. Con razón fue llamado «el varón de dolores»; pero, con una verdad intachable, podría haber sido llamado «el varón de gozos». Debió de regocijarse cuando llamaba a sus discípulos y ellos venían a él; cuando concedía sanidad y alivio; cuando daba el perdón a los penitentes e infundía paz a los creyentes. Suyo era el gozo de hallar la oveja y de sacar la moneda del polvo. Su obra era su gozo: un gozo tal que, por causa de él, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza. Ejercer la benevolencia es un gozo para los corazones que aman: cuanto más dolor cuesta, más gozo produce. Las buenas acciones nos hacen felices, y en ese gozo hallamos comunión con el gran corazón de Jesús.

Así os he dado una lista de ventanas de ágata y de puertas de carbunclo por las que podéis llegar hasta el Señor; pero la ordenanza de la Cena del Señor presenta un camino que los supera a todos. Es el medio de comunión más accesible y más eficaz. Aquí es donde tenemos comunión con el Señor Jesús al recibirlo como nuestro Salvador. Nosotros, siendo culpables, aceptamos su expiación como nuestra purificación por el sacrificio, y en señal de ello comemos este pan y bebemos esta copa. «¡Oh!», dice alguno, «no siento que pueda acercarme a Cristo. Él es tan alto y tan santo, y yo no soy más que un pobre pecador». Precisamente. Por esa misma razón puedes tener comunión con Cristo en aquello que está más cerca de su corazón: él es Salvador, y para ser Salvador tiene que haber un pecador a quien salvar. Sé tú ese pecador, y Cristo y tú estaréis enseguida en unión y en comunión: él salvará, y tú serás salvo; él santificará, y tú serás santificado; y así los dos serán uno. Esta mesa pone delante de ti su gran sacrificio. Jesús lo ha ofrecido; ¿lo aceptarás? No te pide que traigas nada —ni una gota de sangre, ni un dolor de la carne—; todo está aquí, y lo que te corresponde es venir y participar de él, como antiguamente el oferente participaba de la ofrenda de paz que había traído, y así celebraba un banquete con Dios y con el sacerdote. Si trabajas para Cristo, eso será sin duda cierta clase de comunión con él; pero te digo que la comunión de recibirlo en lo más íntimo de tu alma es la comunión más cercana y más estrecha que le es posible a un hombre mortal. La comunión del servicio es sumamente honrosa, cuando nosotros y Cristo trabajamos juntos por los mismos fines; la comunión del sufrimiento es sumamente instructiva, cuando en nuestro corazón quedan grabados los mismos caracteres que se grabaron en el corazón de Cristo; pero la comunión del alma que recibe a Cristo, y es recibida por Cristo, es más estrecha, más vital y más esencial que cualquier otra.

Esta comunión es eterna. Ningún poder en la tierra puede quitarme ya el trozo de pan que acabo de comer; ha ido adonde se convertirá en sangre, en nervio, en músculo y en hueso. Está dentro de mí, y es parte de mí. Esa gota de vino ha corrido por mis venas, y forma parte integrante de mi ser. Así, el que toma a Jesús por la fe como su Salvador ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada. Ha recibido a Cristo en sus entrañas, y ni todos los hombres de la tierra ni todos los demonios del infierno pueden arrancarle a Cristo. Jesús dice: «El que me come, él también vivirá por mí». Al recibir sinceramente a Jesús en nuestro corazón, se establece entre nosotros y el Señor una unión indisoluble, y esta se manifiesta en una comunión mutua. A todos los que le recibieron, les ha dado esta comunión, a los que creen en su nombre.

II. Ahora tengo que considerar otro aspecto de la comunión, a saber, la comunión de los verdaderos creyentes entre sí. Tenemos muchas maneras de tener comunión unos con otros, pero no hay forma de comunión mutua como la de recibir todos al mismo Cristo de la misma manera. He dicho que hay muchas maneras en que los cristianos tienen comunión unos con otros, y quisiera mencionar con cierto detenimiento estas puertas de la comunión.

Permitidme recorrer más o menos el mismo terreno que antes. Tenemos comunión mediante la santa conversación. Ojalá hubiera más de ella. Hubo un tiempo en que los que temían al Señor hablaban a menudo cada uno a su compañero; me temo que ahora hablan más a menudo cada uno contra su compañero. Es cosa dolorosa que con harta frecuencia el amor yazca desangrándose por mano de un hermano. Donde no llegamos a tanto, todavía somos a menudo reservados y callados, y así perdemos una conversación provechosa. Nuestra reserva insular ha hecho muchas veces que un cristiano se siente junto a otro en el más completo aislamiento, cuando cada uno habría quedado encantado con la compañía del otro. Los hijos de una misma familia no necesitan esperar a ser presentados: habiendo comido de este único pan, hemos dado y recibido la señal de la hermandad; obremos, pues, en consonancia con nuestro parentesco, y entablemos una santa conversación la próxima vez que nos encontremos. Me temo que en muchos casos la hermandad cristiana empieza y termina dentro del lugar de culto. Que no sea así entre nosotros. Sea nuestro deleite buscar nuestra compañía en el círculo del cual Jesús es el centro, y hagamos amigos nuestros a los que son amigos de Jesús. Mediante la oración y la alabanza frecuentes en común, y ministrándonos los unos a los otros las cosas que hemos aprendido por el Espíritu, tendremos comunión unos con otros en nuestro Señor Jesucristo.

Estoy seguro de que todos los cristianos tienen comunión entre sí en sus pensamientos. En lo esencial del evangelio pensamos igual: en lo que pensamos de Dios, de Cristo, del pecado y de la santidad, llevamos el mismo paso; en nuestro intenso deseo de promover el reino de nuestro Señor, somos como uno solo. Toda vida espiritual es una. Los pensamientos que el Espíritu de Dios suscita en las almas de los hombres nunca se contradicen entre sí. No digo que concuerden los pensamientos de todos los que profesan la fe, pero sí afirmo que las mentes de los verdaderamente regenerados, en todas las sectas y en todas las épocas, están en armonía unas con otras, una armonía que a menudo causa una grata sorpresa a quienes la perciben. Las marcas que separan a un grupo de cristianos nominales de otro son muy profundas y anchas para los que no tienen de la religión más que el nombre; pero los creyentes vivos apenas las notan. Las lindes que separan el ganado del campo no son división para las aves del cielo. Nuestras mentes, pensamientos, deseos y esperanzas son uno en Cristo Jesús, y en esto tenemos comunión.

Amados amigos, nuestras emociones son otro camino real de comunión. Te sientas a contar tu experiencia, y yo sonrío al pensar que estás contando la mía. A veces un creyente joven se extiende en la triste historia de sus pruebas y tentaciones, imaginando que nadie tuvo jamás que soportar una lucha tan grande, cuando en realidad no hace más que describir las aventuras comunes de los que van en peregrinación, y todos nosotros estamos en comunión con él. Cuando hablamos juntos de nuestro Señor, ¿no estamos de acuerdo? Cuando hablamos de nuestro Padre y de todos sus tratos con nosotros, ¿no somos uno? Y cuando lloramos, y cuando suspiramos, y cuando cantamos, y cuando nos regocijamos, ¿no somos todos de la misma sangre? Unos dedos celestiales, que tocan cuerdas semejantes dentro de nuestros corazones, arrancan de ellas las mismas notas, porque somos obra del mismo Hacedor y estamos afinados para la misma alabanza. Existe una armonía real entre todo el verdadero pueblo de Dios: los cristianos son uno en Cristo.

También tenemos comunión unos con otros en nuestras acciones. Nos unimos en el esfuerzo por salvar a los hombres: espero que así sea. Nos juntamos para instruir, amonestar, invitar y persuadir a los pecadores a que vengan a Jesús. Nuestro ministerio de toda la vida es el mismo: somos colaboradores de Dios. Vivimos un único deseo: «Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra».

Ciertamente tenemos mucha comunión unos con otros en nuestros sufrimientos. No hay sobre la tierra un pobre santo enfermo o abatido con quien no nos compadezcamos en este momento, porque somos miembros del mismo cuerpo, y participantes de las aflicciones de Cristo. Espero que podamos decir:

«¿Hay un cordero en tu grey

que yo desdeñe apacentar?

¿Hay un contrario ante cuya faz

tema tu causa defender?»

No; sufrimos unos con otros, y sobrellevamos los unos las cargas de los otros, y así cumplimos la ley de Cristo. Si no lo hacemos, tenemos motivos para poner en duda nuestra propia fe; pero si lo hacemos, tenemos comunión unos con otros.

Espero que tengamos comunión en nuestros gozos. ¿Está alguno feliz? No queremos envidiarle, sino gozarnos con él. Quizás esto no sea tan universal como debiera entre los que profesan la fe. ¿Nos alegramos en el acto porque otro prospera? Si otra estrella brilla más que la nuestra, ¿nos deleitamos en su resplandor? Cuando encontramos a un hermano con diez talentos, ¿nos felicitamos por tener a un hombre así, que se nos ha dado para ayudarnos, o lo menospreciamos todo lo que podemos? Tal es la depravación de nuestra naturaleza, que no nos regocijamos fácilmente en el progreso de otros si nos dejan atrás; pero debemos disciplinarnos en esto. Un hombre enseguida se sentará a compadecerse de las penas de un amigo; pero si lo ve honrado y estimado, tiende a considerarlo un rival, y no se regocija con él tan de buena gana. Esto no debería ser así; sin esfuerzo alguno deberíamos ser felices con la felicidad de nuestro hermano. Si estamos enfermos, sea este nuestro consuelo: que muchos gozan de robusta salud; si desfallecemos, alegrémonos de que otros estén fuertes en el Señor. Así gozaremos de una dichosa comunión como la de los perfeccionados en lo alto.

Cuando he juntado todas estas formas de comunión cristiana, ninguna de ellas es tan segura, tan fuerte, tan profunda, como la comunión en recibir al mismo Cristo como nuestro Salvador, y en confiar en la misma sangre para la purificación que conduce a la vida eterna. Aquí, sobre la mesa, tenéis las señales de la comunión más amplia y plena. Esta es una clase de comunión que ni vosotros ni yo podemos escoger o rechazar: si estamos en Cristo, es nuestra y tiene que serlo. Algunos hermanos restringen su comunión en la ordenanza externa, y creen tener buenas razones para hacerlo; pero yo no alcanzo a ver la fuerza de su razonamiento, porque observo con gozo que esos hermanos tienen comunión con otros creyentes en la oración, en la alabanza, en el oír la Palabra y de otras maneras: el hecho es que la verdadera comunión escapa en gran medida al control humano, y es para el cuerpo espiritual lo que la circulación de la sangre es para el cuerpo natural, un proceso necesario que no depende de la voluntad. Al leer un libro de devoción profundamente espiritual, habéis quedado encantados y edificados, y sin embargo, al mirar la portada, quizá hayáis descubierto que el autor pertenecía a la Iglesia de Roma. ¿Y qué? Pues que ha sucedido que la vida interior ha roto todas las barreras, y vuestros espíritus han tenido comunión. Por mi parte, al leer ciertas obras preciosas, he aborrecido su romanismo, y sin embargo he tenido estrecha comunión con sus autores al llorar por el pecado, al adorar al pie de la cruz y al regocijarme en la gloriosa entronización de nuestro Señor. La sangre es más espesa que el agua, y ninguna comunión es más inevitable y sincera que la comunión en la preciosa sangre y en la vida resucitada de nuestro Señor Jesucristo. Aquí, al recibir todos la misma hogaza, damos testimonio de que somos uno; y en la participación real de todos los escogidos en la única redención, esa unidad se manifiesta de hecho y madura de la manera más sustancial. Lavados en la misma sangre, alimentados con el mismo pan, alentados por la misma copa, todas las diferencias desaparecen, y «nosotros, siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miembros los unos de los otros».

Ahora bien, queridos amigos, si esta clase de comunión es la mejor, procuremos disfrutarla. Aprovechémosla en esta misma hora.

Procuremos ver a Cristo en el espejo de esta ordenanza. ¿Ha comido alguno de vosotros el pan, y sin embargo no ha visto a Cristo? Entonces no habéis sacado ningún provecho. ¿Habéis bebido el vino, pero no os habéis acordado del Señor? ¡Ay! Me temo que habéis comido y bebido juicio para vosotros mismos, no discerniendo el cuerpo del Señor. Pero si visteis a través de los emblemas, como los ancianos ven a través de sus anteojos, entonces habréis dado gracias por tales ayudas para la vista. Pero ¿de qué sirven los anteojos si no hay nada que mirar? ¿Y de qué sirve la comunión si Cristo no está en nuestros pensamientos y en nuestros corazones?

Si has discernido al Señor, asegúrate además de aceptarlo. Dite a ti mismo: «Todo lo que Cristo es para cualquiera, lo será para mí. ¿Salva a los pecadores? Me salvará a mí. ¿Cambia el corazón de los hombres? Cambiará el mío. ¿Es él el todo en todos para los que confían en él? Él será el todo en todos para mí». He oído a algunas personas decir que no saben cómo tomar a Cristo. ¿Qué dice el apóstol? «Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón». Si tienes en la boca algo que deseas comer, ¿qué es lo mejor que puedes hacer? ¿No lo tragarás? Eso es exactamente lo que hace la fe. La palabra de gracia de Cristo está muy cerca de ti, está en tu lengua; deja que baje hasta lo más íntimo de tu alma. Di a tu Salvador: «Sé que no soy digno de recibirte, oh Jesús; pero ya que vienes a mí con tanta gracia, como el pan viene al hambriento, te recibo con gratitud, ¡gozándome en alimentarme de ti! Ya que vienes a mí como el fruto de la vid al hombre sediento, Señor, te tomo de buena gana, y te doy gracias porque esta recepción es todo lo que requieres de mí. ¿No lo ha expresado así tu Espíritu: “A todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre”?»

Amados amigos, cuando hayáis recibido así a Jesús, no dejéis de regocijaros en él como quienes lo han recibido. ¡Cuántos hay que han recibido a Cristo y hablan y actúan como si nunca lo hubieran recibido! Pobre comida es aquella de la que un hombre dice, después de haberla comido, que se siente como si no hubiera comido; y bien pobre sería un Cristo del que alguien pudiera decir: «Lo he recibido, pero no soy más feliz ni tengo más paz». Si has recibido a Jesús en tu corazón, eres salvo, estás justificado. ¿Susurras: «Eso espero»? ¿Eso es todo? ¿No lo sabes? Andar a saltitos entre «espero» y «quizás», como andan tantos, es una pobre manera de caminar; apoya bien los dos pies y di: «Yo sé a quién he creído, y estoy cierto de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día». O eres salvo o estás perdido; no hay estado intermedio entre los dos. O estás perdonado o estás condenado; y tienes buenos motivos para la más alta felicidad, o bien tienes graves causas para la más terrible ansiedad. Si has recibido la expiación, alégrate todo lo que puedas; y si todavía eres incrédulo, no descanses hasta que Cristo sea tuyo.

¡Oh, el gozo de entrar continuamente en comunión con Cristo, de tal manera que nunca se pierda su compañía! ¡Sea esto vuestro, amados, cada día y todo el día! ¡Que su sombra caiga sobre vosotros cuando descanséis al sol o paseéis por los jardines! ¡Que su voz os alegre cuando os tendáis en la orilla del mar y escuchéis el murmullo de las olas; que su presencia glorifique la soledad de la montaña cuando subáis a las colinas! ¡Sea Jesús para vosotros una presencia que todo lo envuelve, que ilumine la noche, perfume el día, alegre todos los lugares y santifique todas las ocupaciones! Nuestro Amado no es un Amigo solo para el día del Señor, sino también para los días de entre semana; él es el Compañero inseparable de sus discípulos que lo aman. Los que han tenido comunión con su cuerpo y su sangre en esta mesa pueden tener al Señor como Huésped habitual en sus propias mesas; los que se han encontrado con su Maestro en este aposento alto pueden esperar que él ilumine su propia habitación con su regia presencia. Sea desde ahora la comunión con Jesús y con la hermandad de los escogidos la atmósfera de nuestra vida, el gozo de nuestra existencia. Esto nos dará un cielo aquí abajo, y nos preparará para un cielo allá arriba.

Capítulo 20 completado

Comunión con Cristo y con su pueblo

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