Hasta que él venga
El creyente no es huérfano

Capítulo 19 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

El creyente no es huérfano

EL CREYENTE NO ES HUÉRFANO. «No os dejaré desconsolados; vendré a vosotros».—Juan 14:18.

EL CREYENTE NO ES HUÉRFANO.

NOTARÉIS que el margen dice: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros». En ausencia de nuestro Señor Jesucristo, los discípulos eran como niños privados de sus padres. Durante los tres años en que había estado con ellos, él había resuelto todas sus dificultades, llevado todas sus cargas y suplido todas sus necesidades. Siempre que un caso era demasiado difícil o demasiado pesado para ellos, se lo llevaban a él. Cuando sus enemigos estaban a punto de vencerlos, Jesús acudía en su auxilio y cambiaba el curso de la batalla. Todos estaban felices y bien seguros mientras el Maestro estaba con ellos; él andaba en medio de ellos como un padre en medio de una familia numerosa, alegrando a toda la casa. Pero ahora estaba a punto de serles quitado por una muerte ignominiosa, y bien podían sentir que quedarían como niños pequeños privados de su protector natural y amado. Nuestro Salvador conocía el temor que había en su corazón, y antes de que pudieran expresarlo, lo disipó diciendo: «No quedaréis solos en este mundo salvaje y desierto; aunque yo esté ausente en la carne, estaré presente con vosotros de una manera más eficaz; vendré a vosotros espiritualmente, y obtendréis de mi presencia espiritual aún más bien del que habríais podido recibir de mi presencia corporal, si yo hubiera seguido en medio de vosotros».

Observad, primero, que aquí hay un mal evitado: «No os dejaré huérfanos»; y, en segundo lugar, que aquí hay un consuelo provisto: «Vendré a vosotros».

I. Primero, aquí hay un mal evitado.

Sin su Señor, los creyentes, de no ser por el Espíritu Santo, serían como otros huérfanos, desdichados y desamparados. Por mucho que se les diera, su pérdida no podría haber sido compensada. Ningún número de lámparas puede suplir la ausencia del sol; por mucho que ardan, sigue siendo de noche. Ningún círculo de amigos puede reponer a una mujer afligida la pérdida de su marido; sin él, sigue siendo viuda. Del mismo modo, sin Jesús es inevitable que los santos sean como huérfanos; pero Jesús ha prometido en el texto que no lo seremos; la única cosa que puede quitar esa prueba, él declara que será nuestra: «Vendré a vosotros».

Recordad ahora que huérfano es aquel cuyo padre ha muerto. Esto en sí mismo es un gran dolor, aunque no hubiera otro. El querido padre, tan amado, fue abatido de pronto por la enfermedad; lo velaron con ansiedad; lo cuidaron con esmero solícito; pero expiró. Aquel ojo amoroso se ha cerrado para ellos en la oscuridad. Aquella mano activa ya no trabajará más por la familia. Aquel corazón y aquella mente ya no sentirán ni pensarán más por ellos. Bajo la hierba verde duerme el padre, y cada vez que el niño contempla aquel montículo hundido, su corazón se hincha de pena. Amados, nosotros no somos huérfanos en ese sentido, porque nuestro Señor Jesús no está muerto. Es verdad que murió, porque uno de los soldados le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua, prueba segura de que el pericardio había sido traspasado y de que la fuente de la vida se había roto. Murió, es cierto, pero ahora no está muerto. No vayáis al sepulcro a buscarlo. Voces de ángeles dicen: «No está aquí, pues ha resucitado». No podía ser retenido por los lazos de la muerte. No adoramos a un Cristo muerto, ni siquiera pensamos ahora en él como en un cadáver. Ese cuadro en la pared, que los romanistas pintan y adoran, representa a Cristo muerto; pero ¡oh, qué bueno es pensar en Cristo como viviente, permaneciendo en una existencia real y verdadera, no menos vivo por haber muerto, sino tanto más verdaderamente lleno de vida por haber pasado por las puertas del sepulcro, y reinando ahora para siempre! Ved, pues, queridos amigos, que la raíz amarga del dolor del huérfano ha desaparecido para nosotros, porque nuestro Jesús ahora no está muerto. Ningún mausoleo guarda sus cenizas, ninguna pirámide encierra su cuerpo, ningún monumento señala el lugar de su sepultura permanente.

«Él vive, el gran Redentor vive;

¡qué gozo da esta bendita certeza!»

No somos huérfanos, porque «ha resucitado el Señor verdaderamente».

El huérfano tiene un dolor agudo que brota de la muerte de su padre, a saber, que ha quedado solo. Ya no puede acudir a la sabiduría del padre que podía dirigirlo. Ya no puede correr, como antes hacía cuando estaba cansado, a trepar a las rodillas paternas. No puede reclinar su cabeza dolorida en el pecho de sus padres. «¡Padre!», puede decir, pero ninguna voz responde. «¡Madre!», puede clamar, pero ese tierno nombre, que despertaría a la madre si durmiera, no puede levantarla del lecho de la muerte. El niño está solo, solo en cuanto a aquellos dos corazones que eran sus mejores compañeros. El padre y el ser querido se han ido. Los pequeños saben lo que es quedar abandonados y desamparados. Pero nosotros no estamos así; no somos huérfanos. Es verdad que Jesús no está aquí en cuerpo, pero su presencia espiritual es tan bendita como lo habría sido su presencia corporal. Más aún, es mejor, porque suponiendo que Jesucristo estuviera aquí en persona, no podríais venir todos a tocar el borde de su manto, o al menos no todos a la vez. Podría haber miles esperando por todo el mundo para hablar con él; pero ¿cómo podrían todos llegar hasta él, si estuviera aquí meramente en cuerpo? Quizá todos vosotros quisierais decirle algo, pero en el cuerpo solo podría recibir a uno o dos de vosotros a la vez.

Pero en espíritu no hay necesidad de que os mováis del banco, ni necesidad de decir una palabra; Jesús oye hablar a vuestros pensamientos, y atiende a todas vuestras necesidades en el mismo momento. No hace falta abrirse paso para llegar a él porque la multitud sea grande, pues él está tan cerca de mí como de vosotros, y tan cerca de vosotros como de los santos de América o de las islas del mar del Sur. Él está presente en todas partes, y todos sus amados pueden hablar con él. Puedes contarle en este momento las penas que no te atreves a descubrir a nadie más. Sentirás que, al declarárselas a él, no las has susurrado al aire, sino que una Persona real te ha oído, Alguien tan real como si pudieras estrechar su mano, y ver el destello amoroso de su ojo y notar el cambio compasivo de su semblante.

¿No es así con vosotros, hijos de un Salvador viviente? Sabéis que lo es; tenéis un Amigo más unido que un hermano. Tenéis a Alguien cercano y querido, que en lo profundo de la noche está en la alcoba, y en el peso y el calor del día está en el campo de labor. No sois huérfanos; el «Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz» está con vosotros; vuestro Señor está aquí; y, como aquel a quien consuela su madre, así os consuela Jesús.

El huérfano, además, ha perdido la mano bondadosa que cuidaba siempre de que hubiera comida y vestido, de que la mesa estuviera bien provista y de que la casa se mantuviera con comodidad. Pobre criatura débil, ¿quién proveerá para sus necesidades? Su padre ha muerto, su madre se ha ido: ¿quién cuidará ahora del pequeño errante? Pero no es así con nosotros. Jesús no nos ha dejado huérfanos; su cuidado por su pueblo no es menor ahora que cuando se sentaba a la mesa con María, Marta y Lázaro, a quienes «amaba Jesús». En vez de ser menor la provisión, es aún mayor, porque desde que se nos ha dado el Espíritu Santo tenemos un alimento más rico y somos más regalados con consuelos espirituales que los creyentes antes de que se retirara la presencia corporal del Maestro. ¿Tienen hambre vuestras almas esta noche? Jesús os da el pan del cielo. ¿Tenéis sed esta noche? Las aguas de la roca no dejan de fluir.

«Venid, dad a conocer vuestras necesidades, vuestras cargas».

Basta con que deis a conocer vuestras necesidades para que todas sean suplidas; Cristo espera para tener piedad en medio de esta asamblea. Está aquí con su mano de oro, abriendo esa mano para colmar las necesidades de toda alma viviente. «¡Ay! —dice uno—, yo soy afligido y necesitado». Sigue con la cita: «Mas el Señor pensará en mí». «¡Ah! —dice otro—, tres veces he rogado al Señor que me quite un aguijón en la carne». Recuerda lo que él le dijo a Pablo: «Bástate mi gracia». No se te ha dejado sin la fuerza que necesitas. El Señor sigue siendo tu Pastor. Él proveerá para ti hasta que te conduzca por el oscuro valle de la muerte y te lleve a los pastos resplandecientes en las cumbres de la gloria. No estás desamparado; no necesitas mendigar asilo a un mundo impío inclinándote ante sus exigencias o confiando en sus vanas promesas, porque Jesús nunca te desamparará ni te dejará.

El huérfano, además, queda sin la instrucción que mejor conviene a un niño. Digamos lo que queramos, nadie es tan apto para formar el carácter de un niño como sus padres. Es una pérdida muy triste para un niño haber perdido al padre o a la madre en sus primeros años; porque el preceptor más hábil, aunque pueda hacer mucho —con la bendición de Dios, muchísimo—, no es más que un remiendo, y solo a medias suple la ordenanza original de la Providencia: que el amor de los padres modele la mente del hijo. Pero, queridos amigos, nosotros no somos huérfanos; los que creemos en Jesús no hemos quedado sin educación. Es verdad que Jesús no está aquí en persona. ¡Me atrevo a decir que algunos de vosotros quisierais venir los días del Señor a escucharle! ¿No sería dulce levantar la vista hacia este púlpito y ver al Crucificado, y oírle predicar? ¡Ah, eso pensáis!; pero el apóstol dice: «Aun si a Cristo conocimos según la carne, ahora ya no le conocemos así».

Lo más provechoso para vosotros es que recibáis el Espíritu de verdad, no por medio del vaso de oro de Cristo en su presencia efectiva aquí, sino por medio de los pobres vasos de barro de humildes siervos de Dios como nosotros. En todo caso, ya hablemos nosotros o un ángel del cielo, el que habla no importa; es solo el Espíritu de Dios el que es el poder de la Palabra, y el que hace que esa Palabra llegue a ser vital y vivificante para vosotros. Ahora bien, vosotros tenéis el Espíritu de Dios. El Espíritu Santo ha sido dado de tal manera que no hay una sola verdad que no podáis entender. Podéis ser guiados a los misterios más profundos por su enseñanza. Se os puede hacer conocer y comprender aquellos puntos intrincados de la Palabra de Dios que hasta ahora os han dejado perplejos. Basta con que miréis humildemente a Jesús, y su Espíritu seguirá enseñándoos. Os digo que, aunque seáis pobres e ignorantes, y quizá apenas sepáis leer una palabra de la Biblia, con todo podéis estar mejor instruidos en las cosas de Dios que los doctores en teología, si acudís al Espíritu Santo y sois enseñados por él. Los que acuden solo a los libros y a la letra, y son enseñados por hombres, pueden ser necios a los ojos de Dios; pero los que acuden a Jesús, se sientan a sus pies y piden ser enseñados por su Espíritu, serán sabios para la salvación. Bendito sea Dios, no son pocos los de esta clase entre nosotros. No se nos ha dejado huérfanos; todavía tenemos con nosotros un Instructor.

Hay un punto en el que al huérfano se le recuerda a menudo, con tristeza, su orfandad, a saber, en que le falta un defensor. Es tan natural en los niños pequeños, cuando algún muchacho grande los molesta, decir: «¡Se lo diré a mi padre!». ¡Cuántas veces solíamos decirlo nosotros, y cuántas veces hemos oído después a los pequeños: «¡Se lo diré a mamá!»! A veces, no poder hacer esto es una pérdida mucho más grave de lo que podemos imaginar. Hombres despiadados y crueles han arrebatado a los huérfanos lo poco que el amor de un padre había dejado tras de sí; y en el tribunal no ha habido defensor que protegiera los bienes del huérfano. Si el padre hubiera estado allí, el niño habría tenido sus derechos; difícilmente alguien se habría atrevido a violarlos; pero, en ausencia del padre, al huérfano se lo comen como pan, y los impíos de la tierra devoran su hacienda. En este sentido, los santos no son huérfanos. El diablo nos robaría nuestra herencia si pudiera, pero tenemos un Abogado para con el Padre que intercede por nosotros. Satanás quisiera arrebatarnos cada promesa y arrancarnos todos los consuelos del pacto; pero no somos huérfanos, y cuando nos entabla un pleito y piensa que nosotros somos los únicos demandados en la causa, se equivoca, porque tenemos un Abogado en lo alto. Cristo interviene y aboga por nosotros, como el Amigo de los pecadores; y cuando él aboga ante el tribunal de la justicia, no hay temor de que su alegato no surta efecto; nuestra herencia estará segura. Él no nos ha dejado huérfanos.

Ahora quisiera, sin decir muchas palabras, haceros sentir a vosotros, los que amáis al Maestro, cuán preciosa es esta idea: que no estáis solos en este mundo; que, aunque no tengáis amigos en la tierra, aunque no tengáis a nadie a quien llevar vuestras preocupaciones, aunque estéis del todo solos en cuanto a amigos visibles, Jesús está con vosotros, realmente con vosotros, de hecho con vosotros, capaz de ayudaros y dispuesto a hacerlo; y que tenéis un Protector bueno y bondadoso muy a mano en este mismo momento, porque Cristo lo ha dicho: «No os dejaré huérfanos».

II. En segundo lugar, aquí hay un consuelo provisto. El remedio por el cual se evita el mal es este; nuestro Señor Jesús dijo: «Vendré a vosotros».

¿Qué significa esto? ¿No significa, por el contexto, esto: «Vendré a vosotros por mi Espíritu»? Amados, no debemos confundir las Personas de la Deidad. El Espíritu Santo no es el Hijo de Dios; Jesús, el Hijo de Dios, no es el Espíritu Santo.

Son dos Personas distintas de la única Deidad. Pero, aun así, hay una unidad tan maravillosa, y el bendito Espíritu actúa tan admirablemente como Vicario de Cristo, que es del todo correcto decir que, cuando viene el Espíritu, viene también Jesús; y «Vendré a vosotros» significa: «Yo, por mi Espíritu, que ocupará mi lugar y me representará, vendré a estar con vosotros». Mira, pues, cristiano: tienes al Espíritu Santo en ti y contigo para ser el Representante de Cristo. Cristo está contigo ahora, no en persona, sino por medio de su Representante, un Representante eficaz, todopoderoso, divino y eterno, que ocupa el lugar de Cristo y es para ti como Cristo por su presencia en tu alma. Puesto que así tenéis a Cristo por su Espíritu, no podéis ser huérfanos, porque el Espíritu de Dios está siempre con vosotros. Es una verdad deliciosa que el Espíritu de Dios mora siempre en los creyentes; no a veces, sino siempre. No siempre está activo en los creyentes, y puede ser contristado hasta que su presencia sensible se retire por completo, pero su presencia secreta está siempre allí. En ningún momento se aparta del todo el Espíritu de Dios de un creyente. El creyente moriría espiritualmente si esto pudiera suceder, pero no puede ser, porque Jesús ha dicho: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis». Aun cuando el creyente peca, el Espíritu Santo no se aparta por completo de él, sino que sigue en él para hacerle sentir el escozor del pecado en que ha caído. Las oraciones del creyente prueban que el Espíritu Santo sigue dentro de él. «No quites de mí tu santo Espíritu», fue la oración de un santo que había caído de la manera más vergonzosa, pero en quien el Espíritu de Dios seguía teniendo su morada, a pesar de toda la vileza de su culpa y su pecado.

Pero, amados, además de esto, Jesucristo, por su Espíritu, hace a su pueblo visitas de una clase especial. El Espíritu Santo se vuelve maravillosamente activo y poderoso en ciertos tiempos de refrigerio. Entonces somos especial y gozosamente conscientes de su poder divino. Su influencia fluye por cada aposento de nuestra naturaleza, e inunda nuestra alma oscura con sus rayos gloriosos, como el sol cuando sale en su fuerza. ¡Oh, qué delicioso es esto! A veces lo hemos sentido a la mesa del Señor. Mi alma anhela sentarse con vosotros a esa mesa, porque recuerdo muchos momentos felices en que los emblemas del pan y del vino han ayudado a mi fe, y han encendido los afectos de mi alma en una llama celestial. Estoy igualmente seguro de que, en la reunión de oración, bajo la predicación de la Palabra, en la meditación privada y al escudriñar las Escrituras, podemos decir que Jesucristo ha venido a nosotros. ¡Cómo! ¿No tenéis ningún monte Mizar que recordar?…

«¿Ninguna visita al Tabor que contar,

cuando con él estuviste en el santo monte»?

¡Oh, sí! Algunos de esos benditos tiempos han dejado su huella en nuestra memoria, de modo que, entre nuestros pensamientos al morir, se mezclará el recuerdo de aquellos benditos tiempos en que Jesucristo se nos manifestó a nosotros como no se manifiesta al mundo. ¡Oh, ser envueltos en aquel manto carmesí, estrechamente apretados «a su costado abierto»! ¡Oh, meter nuestro dedo en la señal de los clavos y meter nuestra mano en su costado! Sabemos lo que esto significa por la experiencia pasada.

«Amado Pastor de tus pocos escogidos,

renueva aquí tus misericordias de antaño.»

Permítenos sentir una vez más la verdad de la promesa: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros». Y ahora, recogiendo los pocos pensamientos que he expresado, permitidme recordaros, queridos amigos, que cada palabra del texto es instructiva: «No os dejaré desconsolados; vendré a vosotros». Observad ahí el «yo» dos veces. «Yo no os dejaré huérfanos; el padre y la madre pueden dejaros, pero yo no; los amigos antes amados pueden volverse duros de corazón, pero yo no; Judas puede hacer de traidor, y Ahitofel puede traicionar a su David, pero yo no os dejaré desconsolados. Habéis tenido muchas decepciones, grandes penas que os han partido el corazón, pero yo nunca os he causado ninguna; yo, el Testigo fiel y verdadero, el inmutable, el invariable Jesús, el mismo ayer, y hoy, y por los siglos, yo no os dejaré desconsolados; vendré a vosotros». Aferraos a esa palabra, «yo», y que vuestras almas digan: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; si hubieras dicho: “Te enviaré un ángel”, habría sido una gran misericordia; pero ¿qué dices tú? “Vendré a ti”. Si hubieras mandado a alguno de mis hermanos que viniera a decirme una palabra de consuelo, habría quedado agradecido; pero tú lo has puesto así, en primera persona: “Vendré a vosotros”. Oh Señor mío, ¿qué diré, qué haré, sino sentir hambre y sed de ti, que nada saciará hasta que cumplas tu propia palabra: “No os dejaré desconsolados; vendré a vosotros”»?

Y luego notad las personas a quienes se dirige: «No os dejaré desconsolados; a ti, Pedro, que me negarás; a ti, Tomás, que dudarás de mí: no os dejaré desconsolados». ¡Oh vosotros, que sois tan pequeños en Israel que a veces pensáis que es una lástima que vuestro nombre figure siquiera en el registro de la iglesia, porque os sentís tan sin valor, tan indignos: él no os dejará desconsolados, ni siquiera a vosotros! «Oh Señor —dices tú—, si cuidaras del resto de tus ovejas, te bendeciría por tu ternura con ellas; pero yo, yo merezco ser abandonado; si fuera desechado por ti, no podría culparte, porque me he prostituido contra tu amor; y, sin embargo, tú dices: “No os dejaré”». Heredero del cielo, no pierdas tu parte en esta promesa. Te ruego que digas: «Señor, ven a mí, y aunque refresques a todos mis hermanos, refréscame también a mí, Señor, con algunas gotas de tu amor; oh Señor, llena la copa para mí; mi espíritu sediento la anhela.

«“Tengo sed, desfallezco, muero por probar

la grandeza del amor redentor,

el amor de Cristo por mí”.

Ahora, Señor, cumple tu palabra a tu indigna sierva, mientras estoy como Ana en tu presencia. Ven a mí, tu siervo, indigno de alzar siquiera los ojos al cielo, que solo se atreve a decir: “Dios, sé propicio a mí, pecador”. Cumple tu promesa aun conmigo: “No os dejaré desconsolados; vendré a vosotros”».

Tomad la palabra que queráis, y cada una de ellas centellea y destella de esta manera. Observad, también, la riqueza y suficiencia del texto: «No os dejaré desconsolados; vendré a vosotros». No promete: «Os enviaré gracia santificadora, o misericordia sustentadora, o misericordia preciosa», sino que dice lo único que impedirá que seáis huérfanos: «Vendré a vosotros». ¡Ah, Señor, tu gracia es dulce, pero tú eres mejor! La vid es buena, pero los racimos son mejores. Está bien recibir un don de tu mano, pero ¡oh, tocar la mano misma! Está bien oír las palabras de tus labios, pero ¡oh, besar esos labios como hizo la esposa en el Cantar: esto es mejor todavía! Sabéis que, si hay un niño huérfano, no podéis impedir que siga siendo huérfano. Podéis sentir gran bondad hacia él, suplir sus necesidades y hacer por él todo lo que os sea posible, pero sigue siendo huérfano. Tiene que recobrar a su padre y a su madre, o seguirá siendo huérfano. Por eso nuestro bendito Señor, sabiendo esto, no dice: «Haré por vosotros esto y aquello», sino: «Vendré a vosotros».

¿No veis, queridos amigos, que aquí está no solo todo lo que podéis necesitar, sino todo lo que pensáis que podéis necesitar, envuelto en una sola frase: «Vendré a vosotros»? «Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud»; de modo que, cuando Cristo viene, en él viene «toda plenitud». «En él habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente»; de modo que, cuando Jesús viene, la Deidad misma viene al creyente.

«Todo cuanto mis vastas facultades pueden desear

en ti se reúne con riqueza»;

y si tú vienes a mí, es mejor que todos los dones de tu pacto. Si te tengo a ti, lo tengo todo, y más que todo, de una vez. Observad, pues, el lenguaje y la suficiencia de la promesa.

Pero quiero que notéis, además, la frescura y la fuerza perdurables de la promesa. Alguien aquí debe a otra persona cincuenta libras, y le da un pagaré: «Prometo pagarle cincuenta libras». ¡Muy bien! Mañana el hombre se presenta con ese pagaré y recibe cincuenta libras. ¿Y de qué sirve ahora el pagaré? Pues ya no tiene ningún valor; está saldado. ¿Qué os parecería tener un pagaré que siempre siguiera vigente? Sería un regalo verdaderamente regio: «Prometo pagar para siempre, y este título, aunque se pague mil veces, seguirá siendo válido». ¿Quién no querría tener un cheque así? Pues esta es la promesa que Cristo os da: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros». La primera vez que un pecador mira a Cristo, Cristo viene a él. ¿Y después qué? Pues al minuto siguiente sigue siendo: «Vendré a vosotros». Pero aquí hay uno que ha conocido a Cristo durante cincuenta años, y ha visto esta promesa cumplida mil veces al año: ¿no está ya agotada? ¡Oh, no! Ahí sigue, tan fresca como cuando Jesús la pronunció por primera vez: «Vendré a vosotros». Tratemos, pues, a nuestro Señor a su propia manera, y tomémosle la palabra. Iremos a él tantas veces como podamos, porque nunca le cansaremos; y cuando más haya cumplido su promesa, entonces precisamente iremos a él y le pediremos que la cumpla todavía más; y tras diez mil pruebas de su verdad, solo tendremos mayor hambre y sed de verla cumplida otra vez. Esta es provisión adecuada para la vida y para la muerte: «Vendré a vosotros». En el último momento, cuando vuestro pulso lata débilmente y estéis a punto de cruzar el velo y entrar en el mundo invisible, podréis tener esto en los labios y decir a vuestro Señor: «Maestro mío, cumple aún la palabra en la cual me has hecho esperar: “No os dejaré desconsolados; vendré a vosotros”».

Permitidme recordaros que el texto tiene validez en este mismo momento, y por eso me deleito en él. «No os dejaré desconsolados». Eso significa ahora: «No os dejaré desconsolados ahora». ¿Estás desconsolado en esta hora? Es culpa tuya. Jesucristo no te deja así, ni te hace estar así. Hay cosas ricas y preciosas en esta palabra: «No os dejaré desconsolados; vendré a vosotros, vendré a vosotros ahora». Quizá sea para ti un tiempo muy apagado, y languideces por acercarte más a Cristo. Muy bien; entonces presenta la promesa delante del Señor. Presenta la promesa sentado donde estás: «Señor, tú has dicho que vendrás a mí; ven a mí esta noche». Hay muchas razones, creyente, por las que debes suplicar así. Lo deseas; lo necesitas; te hace falta; por tanto, presenta la promesa y espera su cumplimiento. Y ¡oh, cuando él viene, qué gozo es! Es como un esposo que sale de su tálamo, con sus vestidos fragantes de áloe y casia. ¡Qué bien perfumará tu corazón el óleo de gozo! ¡Qué pronto se quitará tu cilicio, y te adornarán los vestidos de alegría! ¡Con qué gozo de corazón comenzará a cantar tu alma abatida cuando Jesucristo te susurre que eres suyo, y que él es tuyo! Ven, Amado mío, no te tardes; sé semejante al gamo, o al cervatillo, sobre los montes de la separación, y muéstrame verdadera tu promesa: «No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros».

Y ahora, queridos amigos, para concluir, permitidme recordaros que hay muchos que no tienen parte en el texto. ¿Qué puedo decir a estos? Desde lo profundo de mi alma os compadezco a vosotros, que no sabéis lo que significa el amor de Cristo. ¡Oh, si pudierais conocer el gozo del pueblo de Dios, no descansaríais una hora sin él!

«Si todas las naciones conocieran su valor,

sin duda el mundo entero lo amaría también.»

Recordad que, si queréis hallar a Cristo, se le halla por el camino de la fe. Confiad en él, y es vuestro. Descansad en el mérito de su sacrificio; echaos enteramente sobre él, y sois salvos, y Cristo es vuestro.

¡Dios nos conceda a todos partir el pan en el reino de arriba, y festejar con Jesús, y participar de su gloria! Esperamos su segunda venida. Él viene en persona y en gloria. Esta es la esperanza más brillante de su pueblo. Esta será la plenitud de su redención, el tiempo de su resurrección. Anticipadla, amados, ¡y que Dios haga cantar de gozo a vuestras almas!

«En medio del esplendor de la gloria

que esperamos pronto compartir,

Cristo, nuestra Cabeza, y nosotros, sus miembros,

apareceremos divinamente hermosos.

¡Oh, qué glorioso,

cuando lo encontremos en el aire!

«Radiante la perspectiva que pronto nos saluda

de aquel anhelado día nupcial,

cuando nuestro celestial Esposo nos encuentre

en su regio y victorioso camino;

en la gloria,

¡Esposa y Esposo reinarán por siempre!»

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