Capítulo 17 · 26 min de lectura · 34 min de escucha
Cristo y sus compañeros de mesa
CRISTO Y SUS COMPAÑEROS DE MESA.
LAS ordenanzas externas de la religión cristiana no son más que dos, y ambas son sumamente sencillas; sin embargo, ninguna de ellas ha escapado a la alteración humana, y, ¡ay!, mucho daño se ha causado, y mucha preciosa enseñanza se ha sacrificado, por estas miserables perversiones. Por ejemplo, la ordenanza del bautismo, tal como la administraban los apóstoles, significaba la sepultura del creyente con Cristo, y su resurrección con su Señor a novedad de vida. Los hombres se empeñaron en cambiar la inmersión por la aspersión, y al creyente consciente por un niño que nada entiende, y así la ordenanza queda muerta. La otra institución sagrada, la cena del Señor, como el bautismo de los creyentes, es la sencillez misma. Consiste en pan partido y vino derramado, alimentos que se comen y se beben en una fiesta: una hermosa figura de los padecimientos de Cristo por nosotros, y de la comunión que los santos tienen unos con otros y con él. Pero también esta ordenanza ha sido manipulada por los hombres. Algunos han quitado el vino por completo, o lo han reservado solo para una casta sacerdotal; y el sencillo pan se ha convertido en una hostia consagrada. En cuanto a la mesa, el emblema mismo de la comunión en todas las naciones —pues ¿qué expresa mejor la comunión que sentarse alrededor de una mesa y comer y beber juntos?—, esa, por lo visto, había que quitarla, y había que levantar un altar, y el pan y el vino, que debían ayudarnos a recordar al Señor Jesús, se transforman en un «sacrificio incruento», y así todo se convierte en una celebración antibíblica en lugar de una santa institución para la comunión. Que estos errores ajenos nos sirvan de advertencia para no añadir ni quitar jamás a la Palabra de Dios ni una sola jota ni una sola tilde. Manteneos sobre el fundamento de las Escrituras, y estaréis seguros, y tendréis respuesta para los que os pregunten; sí, y una respuesta que podréis dar ante el tribunal de Dios; pero en cuanto permitáis que vuestro capricho, o vuestra fantasía, o vuestro gusto, o vuestra idea de lo que es apropiado y correcto os gobierne en lugar de la Palabra de Dios, habréis emprendido un camino peligroso, y, si la gracia de Dios no lo impide, puede seguirse un daño sin límites. La Biblia es nuestra autoridad suprema; nadie puede apartarse de ella. El sabio dice en Eclesiastés: «Yo te aconsejo que guardes el mandamiento del rey»; nosotros repetiríamos su consejo, y le añadiríamos el sabio precepto de la madre de nuestro Señor en Caná, cuando dijo: «Haced todo lo que os dijere».
Os pido ahora que contempléis la primera celebración de la cena del Señor. Notaréis enseguida que no había ningún altar en aquel gran aposento alto. Había una mesa, una mesa con pan y vino encima, pero ningún altar; y Jesús no se arrodilló —no hay rastro de tal cosa—, sino que se sentó; sin duda, a la manera oriental de sentarse, es decir, medio recostado, se sentó con sus apóstoles. Ahora bien, el que instituyó esta cena sabía cómo debía observarse, y como su primera celebración fue el modelo de todas las demás, podemos estar seguros de que la manera correcta de acercarnos a esta comunión es reunirnos alrededor de una mesa, y sentarnos o recostarnos mientras comemos y bebemos juntos del pan y del vino en memoria de nuestro Señor.
Mientras vemos al Salvador sentado con sus doce apóstoles, preguntémonos, primero: ¿en qué los convertía esto? Luego, en segundo lugar: ¿qué implicaba esto? Y, en tercer lugar: ¿qué más podemos inferir legítimamente de ello?
I. En primer lugar, pues, vemos al gran Maestro, al Señor, al Rey en Sion, sentado a la mesa para comer y beber con sus doce apóstoles: ¿en qué los convertía esto?
Notad lo que eran al principio. Por su primer llamamiento llegaron a ser sus seguidores, pues él les dijo: «Venid en pos de mí». Es decir, quedaron convencidos, por diversas señales y pruebas, de que él era el Mesías, y por eso llegaron a ser sus seguidores. Los seguidores pueden estar muy lejos de su caudillo, y gozar de poco o ningún trato con él, pues el caudillo puede ser demasiado grande para que los miembros comunes de su tropa se le acerquen. En el caso de los discípulos, su seguimiento era excepcionalmente cercano, pues su Maestro era muy condescendiente; pero aun así su trato no fue siempre, al principio, de lo más íntimo, y por eso no fue al principio cuando los llamó a una fiesta como esta cena. Comenzaron siguiéndole, y por ahí debemos comenzar nosotros. Si todavía no podemos entrar en una relación más estrecha con nuestro Señor, podemos al menos conocer su voz por su Espíritu, y seguirle como las ovejas siguen al pastor. La manera más importante de seguirle es confiar en él, y luego imitar diligentemente su ejemplo. Este es un buen comienzo, y acabará bien, porque los que andan con él hoy descansarán con él después; los que siguen sus pisadas se sentarán en su trono.
Siendo sus seguidores, llegaron después a ser sus discípulos. Un hombre puede haber sido seguidor durante un tiempo y, sin embargo, no haber llegado al discipulado. Un seguidor puede seguir a ciegas, y oír muchas cosas que no entiende; pero cuando llega a ser discípulo, su Maestro lo instruye y lo guía a la verdad. Explicar, exponer, resolver dificultades, disipar dudas y hacer inteligible la verdad es el oficio de un maestro entre sus discípulos. Ahora bien, fue una cosa muy bienaventurada que los seguidores llegaran a ser discípulos; pero, con todo, los discípulos no tienen necesariamente tanta intimidad con su Maestro como para sentarse a comer con él. Sócrates y Platón conocían a muchos en la Academia a quienes no invitaban a sus casas. Hermanos míos, si Jesús nos hubiera llamado tan solo a ser sus discípulos, y nada más, habríamos tenido motivo de gran gratitud; si se nos hubiera permitido sentarnos a sus pies, y nunca hubiéramos participado de un banquete como el que tenemos delante, deberíamos haber estado profundamente agradecidos; pero ahora que nos ha favorecido con un lugar aún más alto, no seamos nunca infieles a nuestro discipulado. Aprendamos de Jesús cada día, escudriñemos la Biblia para ver qué fue lo que nos enseñó, y luego, con la ayuda de su Espíritu Santo, obedezcamos escrupulosamente. Pero hay algo más allá.
Siendo discípulos del Señor, los escogidos se elevaron después a ser sus siervos, lo cual es un paso adelante, pues el discípulo puede no ser más que un niño, pero el siervo tiene alguna fuerza, ha recibido cierta medida de preparación, y rinde algo a cambio. Su Maestro les dio poder para predicar el evangelio y para cumplir encargos de gracia, y dichosos eran de ser llamados a servir a tal Maestro y a ayudar a establecer su reino. Mis queridos hermanos y hermanas, ¿sois todos, conscientemente, siervos de Cristo? Si es así, aunque el servicio os parezca a veces pesado porque vuestra fe es débil, estad muy agradecidos de ser siquiera siervos, porque es mejor servir a Dios que reinar sobre todos los reinos de este mundo. Es mejor ser el más humilde siervo de Cristo que ser el más grande de los hombres y seguir siendo esclavo de las propias concupiscencias, o un mero complaciente de los hombres. Su yugo es fácil, y ligera su carga. El siervo de tal Maestro debe regocijarse en su vocación; pero hay algo más allá.
Hacia el final de su vida, nuestro Maestro reveló la relación aún más cercana de sus discípulos, y pronunció palabras como estas: «Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; mas os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre os las he dado a conocer». Este es un gran paso adelante. El amigo, por humilde que sea, goza de mucha familiaridad con su amigo. Al amigo se le dice lo que el siervo no necesita saber. El amigo goza de una comunión a la que no ha llegado el mero siervo, ni el discípulo, ni el seguidor. ¡Que conozcamos esta relación más alta, este vínculo más querido! ¡Que no nos demos por satisfechos sin gozar de la amistad de nuestro Maestro! «El hombre que tiene amigos ha de mostrarse amigo»; y si queremos tener la amistad de Cristo, debemos ser amigos de su causa, de su verdad y de su pueblo. Él es un Amigo que en todo tiempo ama; si queréis gozar de su amistad, cuidad de permanecer en él.
Notad ahora que, la noche antes de su Pasión, nuestro Señor llevó a sus amigos un paso más allá de la amistad común. El mero seguidor no se sienta a la mesa con su caudillo; el discípulo no pretende ser comensal de su maestro; al siervo rara vez se le agasaja en la misma mesa que a su señor; al favorecido no siempre se le invita como huésped; pero aquí el Señor Jesús hizo de sus escogidos sus compañeros de mesa; los elevó para que se sentaran con él a la misma mesa, para que comieran del mismo pan y bebieran de la misma copa que él. De esa posición nunca los ha rebajado; eran hombres representativos, y donde el Señor los colocó a ellos, ha colocado permanentemente a todos sus santos. Todo el pueblo creyente del Señor está sentado, por sagrado privilegio y llamamiento, a la misma mesa con Jesús, porque, en verdad, nuestra comunión es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo. Él ha entrado en nuestros corazones, y cena con nosotros, y nosotros con él; somos sus compañeros de mesa, y comeremos pan con él en el reino de Dios.
Compañeros de mesa, pues: esa es la respuesta a la pregunta: «¿En qué convirtió esta fiesta a los apóstoles?». Esta fiesta muestra que todos los miembros de la Iglesia de Cristo son, por la gracia divina, compañeros de mesa unos de otros, y de Cristo Jesús su Señor.
II. Pasemos ahora, en segundo lugar, a preguntar: ¿qué implicaba esta comunión de mesa?
Implicaba, ante todo, fidelidad mutua. Este solemne comer y beber juntos era una prenda de lealtad de los unos a los otros. Así debió de entenderse, pues de otro modo no habría tenido fuerza alguna la queja: «El que come pan conmigo levantó contra mí su calcañar». ¿No quería decir esto que, por haber comido Judas pan con su Señor, estaba obligado a no traicionarle, y por tanto a no levantar contra él su calcañar? Era el sello de un pacto implícito; habiendo comido juntos, estaban obligados a serse fieles unos a otros. Ahora bien, todos los que de veras sois siervos y amigos de Cristo podéis saber que el Señor Jesús, al comer con vosotros a su mesa, se compromete a seros fiel. El Maestro nunca hace el papel de Judas: el Judas está entre los discípulos. No hay nada traicionero en el Señor; no solo es poderoso para guardar lo que le hemos encomendado, sino que es fiel, y lo hará. Será fiel, no solo en el asunto grande y principal, sino también en cada promesa que ha hecho. Sabed, pues, con certeza, que vuestro Maestro no os habría invitado a su mesa a comer pan con él si tuviera intención de abandonaros. Os ha recibido como a sus huéspedes de honor, y os ha alimentado con sus manjares más escogidos, y con ello es como si os dijera: «Nunca os dejaré, pase lo que pase, y en todos los tiempos de prueba, de abatimiento y de tentación estaré a vuestra diestra, y no seréis conmovidos, y hasta el final mismo comprobaréis mi fidelidad y mi verdad».
Pero, amados, no entendéis esta cena si no se os recuerda también la fidelidad que vosotros debéis a vuestro Señor, porque la fiesta es común y la prenda es mutua. Al comer con él, empeñáis vuestra palabra al Crucificado. Amados, ¿cómo habéis guardado vuestra promesa durante el año pasado? Habéis comido pan con él, y confío en que en vuestros corazones nunca os hayáis desviado tanto como para levantar contra él vuestro calcañar; pero ¿le habéis honrado siempre como debíais? ¿Os habéis comportado como deben comportarse los invitados? ¿Podéis recordar su amor por vosotros, y poner a su lado vuestro amor por él, sin avergonzaros? ¡Que desde ahora el Espíritu Santo obre en nuestras almas una fidelidad celosa hacia el Muy Amado, que no permita que nuestros corazones se aparten de él, ni que nuestro celo por su gloria decaiga!
Recordad, además, que en este solemne comer y beber juntos hay una prenda de fidelidad entre los discípulos mismos, así como entre los discípulos y su Señor. Judas habría sido un traidor si hubiera entregado a Pedro, o a Juan, o a Jacobo; así también, cuando venís a la única mesa, hermanos míos, debéis en adelante ser fieles los unos a los otros. Toda riña y todo celo deben cesar, y un espíritu generoso y afectuoso debe reinar en cada pecho. Si oís a alguno hablar contra aquellos con quienes habéis comulgado, considerad que, puesto que habéis comido pan con ellos, estáis obligados a defender su reputación. Si se levanta alguna acusación injuriosa contra algún hermano en Cristo, considerad que su buen nombre os es tan querido como el vuestro propio. Mantengamos entre nosotros una sagrada francmasonería, si se me permite comparar una unión mucho más alta y espiritual con algo que pertenece a la vida común. Sois miembros los unos de los otros; procurad amaros unos a otros entrañablemente de corazón puro. Bebiendo de la misma copa, comiendo del mismo pan, presentáis ante el mundo una señal que confío en que no pretende ser una mentira. Así como de verdad muestra la fidelidad de Cristo hacia vosotros, que represente también, con igual verdad, vuestra fidelidad a Cristo y de unos a otros.
En segundo lugar, comer y beber juntos era una señal de confianza mutua. Al sentarse allí juntos, declaraban voluntariamente su confianza los unos en los otros. Aquellos discípulos confiaban en su Maestro; sabían que él no los extraviaría ni los engañaría. Confiaban también los unos en los otros, pues cuando se les dijo que uno de ellos entregaría a su Señor, no sospecharon unos de otros, sino que cada uno dijo: «¿Soy yo, Señor?». Tenían mucha confianza unos en otros, y el Señor Jesús, como hemos visto, había depositado gran confianza en ellos al tratarlos como a sus amigos. Hasta les había confiado el gran secreto de sus padecimientos y de su muerte venideros. Era una compañía confiada la que se sentó a aquella mesa de la cena. Ahora, amados, cuando os reunáis alrededor de esta mesa, venid con un espíritu de confianza absoluta en el Señor Jesús. Si estáis sufriendo, no dudéis de su amor, sino creed que él hace que todas las cosas os ayuden a bien. Si os acosan los afanes, demostrad vuestra confianza dejándolos enteramente en las manos de vuestro Redentor. No será para vosotros una fiesta de comunión si venís aquí con sospechas acerca de vuestro Maestro. No, mostrad vuestra confianza mientras coméis del pan con él. Haya también una confianza fraternal de unos en otros. Penoso sería ver entre vosotros un espíritu de sospecha y desconfianza. La sospecha es la muerte de la comunión. En el momento en que un cristiano se imagina que otro piensa mal de él, aunque no haya en ese pensamiento ni la más mínima verdad, enseguida queda plantada la raíz de amargura. Creamos en la sinceridad unos de otros, pues podemos estar seguros de que cada uno de nuestros hermanos merece más confianza que nosotros mismos. Volved vuestras sospechas hacia dentro, y si habéis de sospechar, sospechad de vuestro propio corazón; pero cuando os encontréis con los que han comulgado con vosotros en esta mesa, decid dentro de vosotros: «Si estos pueden engañarme, y ¡ay!, pueden, me conformaré con ser engañado antes que abrigar una desconfianza perpetua hacia mis hermanos cristianos».
Un tercer significado de reunirse alrededor de la mesa es este: una fraternidad sincera. Nuestro Señor, al sentarse a la mesa con sus discípulos, se mostró uno con ellos, un Hermano de verdad. No leemos que hubiera ningún orden de precedencia según el cual se dispusieran sus asientos. Desde luego, si el Gran Chambelán de Roma hubiera preparado la mesa, habría puesto a Pedro a la diestra de Cristo, y a los demás apóstoles en posiciones escalonadas según la dignidad de sus futuros obispados; pero todo lo que sabemos de su orden es esto: que Juan se sentaba junto al Salvador, y se recostaba en su seno, y que Pedro estaba sentado bastante lejos; estamos seguros de ello, porque se dice que «hizo señas» a Juan; si hubiera estado sentado a su lado, le habría susurrado, pero le hizo señas, y por tanto debía de estar bastante más abajo en la mesa, si es que había algún «abajo» o «arriba» en la disposición de los invitados. Creemos que el hecho es que estaban sentados allí en una sagrada igualdad, con el Señor Jesús, el Hermano mayor, entre ellos, y todo lo demás dispuesto conforme a aquellas palabras: «Uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos». Sintamos, pues, al venir otra vez a la mesa en esta ocasión, que estamos unidos por lazos de sagrado parentesco con Jesucristo, que está exaltado en el cielo, y que por medio de él nuestro parentesco con nuestros hermanos cristianos es muy cercano e íntimo.
¡Oh, si la hermandad cristiana fuera más real! La misma palabra «hermano» ha llegado a ser ridiculizada como una pieza de hipocresía, y con razón, porque casi siempre se usa como una frase hueca, y en muchos casos significa muy poco. Pero debería significar algo. No tenéis derecho a venir a esa mesa a menos que sintáis de veras que los que han sido lavados en la sangre de Jesús tienen derecho al amor de vuestro corazón y a la actividad de vuestra benevolencia. ¡Cómo! ¿Habéis de vivir juntos para siempre en el cielo, y no mostraréis afecto unos por otros aquí abajo? Es el mandamiento nuevo de vuestro Maestro que os améis unos a otros; ¿lo vais a desatender? Él ha dado esto como la insignia de los cristianos: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos», no si lleváis una cruz de oro, sino «si tuviereis amor los unos con los otros». Esa es la insignia del cristiano que muestra que es, en verdad, discípulo de Jesucristo. Aquí, en esta mesa, hallamos fraternidad. Quienquiera que come de esta sagrada cena se declara miembro de una hermandad en Cristo, una hermandad que lucha por la misma causa, que tiene una simpatía sincera, cuyos integrantes son miembros los unos de los otros, y todos ellos miembros del cuerpo de Cristo. Haga Dios que esto sea un hecho en toda la cristiandad aun ahora, ¡y cómo se maravillará el mundo, exclamando: «¡Mirad cómo se aman estos cristianos!»!
Pero esta mesa significa más aún: significa un gozo compartido. Jesús come, y ellos comen, el mismo pan. Él bebe, y ellos beben, de la misma copa. No hay distinción en los manjares. ¿Qué significa esto? ¿No nos dice que el gozo de Cristo es el gozo de su pueblo, para que su gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido»? El mismo gozo que deleita a Cristo es el que él prepara para su pueblo. Tú, si eres un verdadero creyente, participas del gozo de Cristo; te deleitas en ver venir su reino, avanzar la verdad, salvarse los pecadores, glorificarse la gracia, promoverse la santidad, exaltarse a Dios; esto es también su deleite. Pero, mis queridos hermanos y compañeros de profesión, ¿estáis seguros de que vuestro gozo principal es el mismo que el de Cristo? ¿Estáis ciertos de que el sostén de vuestra vida es lo mismo que fue su comida y su bebida, a saber, hacer la voluntad del Padre celestial? Si no es así, me temo que no tenéis nada que hacer en esta mesa; pero si es así, y venís a la mesa, entonces ruego que participéis del gozo de Cristo. ¡Que os gocéis en él como él se goza en vosotros, y que así vuestra comunión sea dulce!
Por último, en este punto, el banquete a la única mesa indicaba un afecto familiar. Es el lugar del hijo sentarse a la mesa con sus padres, porque allí reina el afecto. Es un lugar de honor sentarse a la mesa: «Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban sentados a la mesa». Pero es un honor como el que sugiere el amor, y no el temor. Los hombres sentados a la mesa revelan a menudo su pensamiento más plenamente que en otro lugar. Si queréis comprender a un hombre, no vais a verle a la Bolsa, ni le seguís al mercado, porque allí se guarda para sí; sino que vais a su mesa, y allí abre su corazón. Ahora bien, el Señor Jesucristo se sentó a la mesa con sus discípulos. Era una comida; era una comida de carácter familiar; un trato íntimo gobernó aquella hora. Oh, hermanos y hermanas, me temo que a veces hemos venido a esta mesa sin ver a Cristo, y entonces ha sido una formalidad vacía y nada más. Doy gracias a Dios de que, viniendo a esta mesa cada día del Señor, como algunos de nosotros hacemos, y hemos hecho durante muchos años, hemos gozado sin embargo, la mayoría de las veces, de la comunión más cercana con Cristo que jamás hayamos conocido, y mil veces hemos bendecido su nombre por esta ordenanza. Aun así, existe el peligro de solo comer el pan y beber el vino, perdiendo todo su sagrado significado. Rogad al Señor que se revele a vosotros. Pedid que no sea para vosotros una forma muerta, sino que ahora, en verdad, deis a Cristo vuestro corazón, mientras él os muestra sus manos y su costado, y os da a conocer sus agonías y su muerte, con las cuales os redimió de la ira que ha de venir. Todo esto, y muchísimo más, es la enseñanza de la mesa a la que Jesús se sentó con los doce. Muchas veces me he preguntado por qué la Iglesia de Roma no compra todos esos cuadros de uno de sus pintores más renombrados, Leonardo da Vinci, en los que nuestro Señor aparece sentado a la mesa con sus discípulos, porque son una contradicción de la doctrina papista sobre este asunto. Mientras ese cuadro permanezca en la pared, y mientras sus copias se difundan por todas partes, la Iglesia de Roma queda convicta de ir contra la enseñanza de la Iglesia primitiva al levantar un altar, cuando ella misma confiesa que antiguamente no se consideraba un altar de sacrificio, sino una mesa de comunión, ante la cual el Señor no se arrodilló, ni estuvo de pie como sacerdote oficiante, sino a la cual él y sus discípulos se sentaron. Nosotros, al menos, no tenemos reproches que temer de la antigüedad, porque seguimos, y pensamos seguir, el método primitivo. Nuestro Señor nos ha mandado hacer esto hasta que él venga: no alterarlo, sino simplemente «haced esto», y nada más, de la misma manera, hasta que él venga.
III. Concluiremos preguntando: ¿qué más puede inferirse de este sentarse de Cristo con sus discípulos a la mesa?
Respondo: en primer lugar, puede inferirse de ello la igualdad de todos los santos. Había aquí doce apóstoles. Su apostolado, sin embargo, no tiene que ver con el asunto. Cuando se celebró la cena del Señor después de que todos los apóstoles se hubieran ido al cielo, ¿había de haber algún cambio porque los apóstoles se habían ido? En absoluto. Los creyentes han de hacer esto en memoria de su Señor hasta que él venga. No hubo mandamiento de cambio alguno cuando los primeros apóstoles hubieron partido todos de la Iglesia: no, había de ser lo mismo: pan y vino y reunirse alrededor de la mesa, hasta que el Señor viniera. Deduzco, pues, la igualdad de todos los santos. Hay diferencia en los oficios, hubo diferencia en los dones milagrosos, y hay grandes diferencias en el crecimiento en la gracia; pero aun así, en la casa de Dios, todos los santos, sean apóstoles, pastores, maestros, diáconos, ancianos o miembros comunes, siendo todos iguales, comen a una misma mesa. No hay aquí más que un solo pan, no hay más que un solo fruto de la vid.
Solo en la Iglesia de Dios pueden aquellas palabras, tan desatinadas en política, ser algo más que un sueño: «Libertad, igualdad y fraternidad». Ahí las tenéis, donde está Jesús; no en una república, sino en el reino de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, donde todo gobierno y dominio residen en él, y todos nosotros le reconocemos de buena gana como nuestra gloriosa Cabeza, y todos somos hermanos. No caigáis nunca en la idea de que los creyentes de antaño eran de una naturaleza superior a la nuestra. No habléis de San Pablo, y San Mateo, y San Marcos, a menos que estéis dispuestos a hablar de San Guillermo y Santa Juana, que están sentados allá, porque si están en Cristo son tan verdaderamente santos como lo fueron aquellos primeros santos; y bien creo que puede haber algunos que hayan alcanzado una santidad aún más alta que muchos a quienes la tradición ha canonizado. Las alturas de la santidad están abiertas a todos nosotros por la gracia, y el Señor nos invita a subir. No penséis que lo que el Señor obró en los primeros santos no puede obrarse en vosotros. Es porque lo pensáis por lo que no oráis por ello, y porque no oráis por ello no lo alcanzáis. La gracia de Dios sostuvo a los apóstoles; esa gracia no es menor hoy de lo que era entonces. No se ha acortado la mano del Señor; su poder no ha menguado. Si tan solo creemos, y somos tan fervorosos como lo fueron aquellos primeros santos, todavía ganaremos reinos, y llegará el día en que los dioses del hinduismo, y las falsedades de Mahoma, y las mentiras de Roma, serán derribados tan ciertamente como lo fueron las filosofías antiguas y las idolatrías clásicas de Grecia y de Roma por la enseñanza de los primeros ministros de Cristo. Ahí está la misma mesa para vosotros, y el mismo alimento está allí en emblema, y la gracia puede haceros semejantes a aquellos santos hombres, porque habéis sido comprados con la misma sangre, y vivificados por el mismo Espíritu. Creed solamente, porque al que cree todo le es posible.
Otra inferencia, que solo puede insinuarse, es esta: que las necesidades de la Iglesia en todas las edades serán las mismas, y que la provisión para las necesidades de la Iglesia nunca variará. Seguirá habiendo la mesa, y la mesa con los mismos manjares sobre ella: pan todavía, nada más que pan como alimento; vino todavía, nada menos que vino como bebida. La Iglesia necesitará siempre el mismo alimento, el mismo Cristo, el mismo evangelio. ¡Fuera de aquí, traidores, que nos decís que debemos amoldar nuestro evangelio a este ilustrado siglo diecinueve! ¡Fuera de aquí, corazones falsos, que querríais que suavizáramos la verdad eterna, que sobrevivirá al sol, a la luna y a las estrellas, para acomodarla a vuestra jactanciosa cultura, que no es más que ignorancia barnizada! No, la verdad que antaño fue poderosa en Dios para la destrucción de fortalezas sigue siendo poderosa, y la mantendremos hasta la muerte; la Iglesia necesita hoy las doctrinas de la gracia tanto como cuando Pablo, o Agustín, o Calvino las predicaban; la Iglesia necesita que se predique desde sus púlpitos la justificación por la fe, la expiación sustitutiva, la regeneración y la soberanía divina tanto como en los días de antaño, y, por la gracia de Dios, también las tendrá.
Por último, hay en esta verdad —que Cristo ha llevado a todos sus discípulos a la posición de compañeros de mesa— una profecía de que esta será la porción de todo su pueblo para siempre. En el cielo no puede haber menos privilegio que en la tierra. No puede ser que en el estado celestial los creyentes sean rebajados de lo que han sido aquí abajo. ¿Qué eran, pues, aquí abajo? Compañeros de mesa. ¿Qué serán en el cielo allá arriba? Compañeros de mesa todavía, y bienaventurado el que comerá pan en el reino de Dios. «Vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, e Isaac, y Jacob en el reino de Dios», y el Señor Jesús estará a la cabecera de la mesa. Ahora bien, ¿cómo será su mesa de gozo? Poned a trabajar vuestra imaginación, y pensad cuál será la fiesta de su alma cuando tenga toda su recompensa delante de sí, y todo su triunfo consumado. ¿Lo habéis imaginado? ¿Podéis concebirlo? Sea lo que sea, participaréis de ello. Repito esas palabras: sea lo que sea, el creyente más pequeño participará de ello. Tú, pobre mujer trabajadora, ¡oh, qué cambio para ti, sentarte entre príncipes, cerca de tu Señor Jesús, acabados para siempre todo tu trabajo y toda tu necesidad! Y tú, triste hijo del sufrimiento, que apenas puedes venir a la asamblea del pueblo de Dios, y que vuelves, quizá, otra vez a ese lecho de dolor, allí no tendrás dolores, sino que estarás siempre con el Señor, ¡y el gozo de Cristo será tu gozo por los siglos de los siglos! Oh, ¿no podéis haceros realidad aquellas palabras del Dr. Watts:
«Sí, y antes de que subamos
a aquel estado inmortal,
pensar en dicha tan asombrosa
constante gozo ha de crear»?
En la anticipación del gozo que será vuestro, olvidad vuestras aflicciones presentes, elevaos por encima de las dificultades de la hora, y si no podéis regocijaros en el presente, regocijaos en el futuro, que tan pronto será vuestro.
Terminamos con esta palabra de profundo pesar: pesar porque muchos aquí no pueden entender aquello de lo que hemos estado hablando, y no tienen parte en ello. Hay algunos de vosotros que no debéis venir a la mesa de la comunión porque no amáis a Cristo. No habéis confiado en él; no tenéis parte en él. No hay salvación en los sacramentos. Creedme, no son más que engaños para los que no vienen a Cristo con el corazón. No debéis venir a la señal exterior si no tenéis la cosa significada. He aquí el camino de la salvación: cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo. Creer en él es confiar en él; por usar una palabra antigua, es recostarse; es apoyarse en él, descansar en él. Aquí me apoyo, descargo todo mi peso sobre este soporte que tengo delante; haz así con Cristo en un sentido espiritual: apóyate en él. Tienes una carga de pecado: apóyate en él, con pecado y todo. Eres del todo indigno, y débil, y quizá desdichado; entonces echa sobre él la debilidad, la indignidad, la desdicha, y todo. Tómalo como tu todo en todo, y cuando así hayas confiado en él, habrás llegado a ser su seguidor; avanza, por la humildad, a ser su discípulo; por la obediencia, a ser su siervo; por el amor, a ser su amigo; y por la comunión, a ser su compañero de mesa.
¡Así os guíe el Señor, por amor de Jesús! Amén.
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