Capítulo 16 · 23 min de lectura · 30 min de escucha
Contacto real con Jesús
CONTACTO REAL CON JESÚS.
NUESTRO Señor se hallaba con mucha frecuencia en medio de una multitud. Su predicación era tan sencilla y tan contundente que siempre atraía a una gran compañía de oyentes; y, además, la fama de los panes y los peces sin duda tuvo algo que ver con el aumento de sus auditorios, mientras que la esperanza de presenciar un milagro no dejaría de engrosar el número de los curiosos que lo seguían. Nuestro Señor Jesucristo encontraba a menudo difícil avanzar por las calles, a causa de las muchedumbres que se agolpaban sobre él. Esto era alentador para él como predicador; ¡y, sin embargo, qué pequeño residuo de bien verdadero salió de toda la agitación que se reunía en torno a su ministerio personal! Podría haber mirado aquella gran masa y haber dicho: «¿Qué tiene que ver la paja con el trigo?», porque allí estaba amontonada sobre la era, montón sobre montón; y, sin embargo, después de su muerte, sus discípulos podrían haberse contado por unas pocas veintenas, pues los que le habían recibido espiritualmente eran muy pocos. Muchos fueron llamados, pero pocos escogidos. Con todo, dondequiera que uno era bendecido, nuestro Salvador tomaba nota de ello; tocaba una cuerda en su alma. Nunca podía ignorar cuándo había salido virtud de él para sanar a un enfermo, o cuándo había salido poder con su ministerio para salvar a un pecador. De toda la multitud que se reunió en torno al Salvador el día del que habla nuestro texto, no encuentro que se diga nada de ninguno de ellos, excepto de este solitario «alguien» que le había tocado. La multitud vino, y la multitud se fue; pero poco queda registrado de todo ello. Así como el océano, después de avanzar hasta la pleamar, deja muy poco tras de sí cuando se retira de nuevo a su cauce, así la vasta muchedumbre que rodeaba al Salvador dejó solamente este único depósito precioso: un «alguien» que le había tocado y había recibido virtud de él.
¡Ah, Maestro mío, que así sea otra vez esta noche! Estas mañanas de domingo, y estas noches de domingo, las multitudes entran a raudales como un poderoso océano, llenando esta casa, y luego todas se retiran de nuevo; solo aquí y allá queda un «alguien» llorando por el pecado, un «alguien» regocijándose en Cristo, un «alguien» que puede decir: «He tocado el borde de su manto, y he quedado sano». Todos mis demás oyentes juntos no valen lo que esos «alguien». Los muchos de vosotros no valen lo que los pocos, porque los muchos son los guijarros, y los pocos son los diamantes; los muchos son los montones de cascarilla, y los pocos son los granos preciosos. ¡Que Dios los halle a esta hora, y suya será toda la alabanza!
Jesús dijo: «Alguien me ha tocado», de lo cual observamos que, en el uso de los medios y las ordenanzas, nunca debemos quedar satisfechos a menos que entremos en contacto personal con Cristo, de modo que le toquemos, como esta mujer tocó su manto. En segundo lugar, si logramos entrar en tal contacto personal, recibiremos una bendición: «Yo he conocido que ha salido virtud de mí»; y, en tercer lugar, si recibimos una bendición, Cristo lo sabrá; por oscuro que sea nuestro caso, él lo sabrá, y querrá que lo demos a conocer a otros; hablará, y hará tales preguntas que nos sacarán a la luz y nos manifestarán al mundo.
I. Primero, pues, en el uso de todos los medios y ordenanzas, sea nuestra principal meta y propósito entrar en contacto personal con el Señor Jesucristo.
Pedro dijo: «La multitud te aprieta y oprime», y eso sigue siendo verdad de la multitud hasta el día de hoy; pero de los que vienen adonde está Cristo, en la asamblea de sus santos, una gran proporción viene solo porque tiene la costumbre de hacerlo. Quizá apenas saben por qué van a un lugar de culto. Van porque siempre han ido, y piensan que estaría mal no ir. Son como las puertas que giran sobre sus goznes; no se interesan en lo que se hace, o a lo sumo en las partes exteriores del culto; en el corazón y el alma del asunto no entran, ni pueden entrar. Se alegran si el sermón es más bien corto: tanto menos tedio para ellos. Se alegran si pueden mirar a su alrededor y contemplar a la congregación; en eso hallan algo que les interesa; pero acercarse al Señor Jesús no es el asunto que los trae. Nunca lo han mirado bajo esa luz. Vienen y se van; vienen y se van; y así será hasta que, andando el tiempo, vengan por última vez, y descubran en el otro mundo que los medios de gracia no fueron instituidos para ser asuntos de costumbre, y que haber oído predicar a Jesucristo, y haberlo rechazado, no es cosa baladí, sino algo solemne de lo que tendrán que dar cuenta en la presencia del gran Juez de toda la tierra.
Hay otros que vienen a la casa de oración y procuran entrar en el culto, y lo hacen de cierta manera; pero solo con justicia propia o por oficio. Pueden acercarse a la mesa del Señor; quizá se someten al bautismo; hasta pueden unirse a la iglesia. Son bautizados, pero no por el Espíritu Santo; toman la cena del Señor, pero no toman al Señor mismo; comen el pan, pero nunca comen su carne; beben el vino, pero nunca beben su sangre; han sido sepultados en el estanque, pero nunca han sido sepultados con Cristo en el bautismo, ni han resucitado con él a novedad de vida. Para ellos, leer, cantar, arrodillarse, oír y cosas semejantes es suficiente. Se contentan con la cáscara, pero de la bendita almendra espiritual, del verdadero meollo y grosura, nada saben. Estos son los muchos, entrad en la iglesia o capilla que queráis. Están en la apretura alrededor de Jesús, pero no le tocan. Vienen, pero no entran en contacto con Jesús. Son solo oyentes externos, de puertas afuera; no hay un tocar interior de la bendita persona de Cristo, ningún contacto misterioso con el siempre bendito Salvador, ninguna corriente de vida y amor que fluya de él hacia ellos. Todo es religión mecánica. De la piedad vital nada saben.
Pero «alguien», dijo Cristo, «alguien me ha tocado», y esa es el alma del asunto. ¡Oh, oyente mío, cuando estés orando a solas, nunca te des por satisfecho con haber orado; no lo dejes hasta que hayas tocado a Cristo en la oración; o, si no has llegado hasta él, al menos suspira y clama hasta que llegues! No pienses que ya has orado; inténtalo de nuevo. Cuando vengas al culto público, te ruego que no te quedes satisfecho con escuchar el sermón y lo demás, como todos lo hacéis con suficiente atención —de eso doy testimonio—; no te contentes a menos que llegues a Cristo el Maestro, y le toques. Siempre que vengas a la mesa de la comunión, no la tengas por ordenanza de gracia para ti a menos que hayas pasado de lleno a través del velo hasta los brazos mismos de Cristo, o al menos hayas tocado su manto, sintiendo que el primer objeto, la vida y el alma de los medios de gracia, es tocar a Jesucristo mismo; y si «alguien» no le ha tocado, todo ha sido una mera representación muerta, sin vida ni poder.
La mujer de nuestro texto no solo estaba entre los que formaban la multitud, sino que tocó a Jesús; y por eso, amados, permitidme poneros su ejemplo en algunos aspectos, aunque quisiera Dios que en otros la superaseis.
Notad, primero, que ella sintió que de nada servía estar en la multitud, de nada servía estar en la misma calle que Cristo, o cerca del lugar donde Cristo estaba, sino que tenía que llegar hasta él; tenía que tocarle. Le tocó, como notaréis, en medio de muchas dificultades. Había una gran multitud. Ella era mujer. Era, además, una mujer debilitada por una larga enfermedad que había minado su constitución, y la había dejado más apta para estar en una cama que para forcejear en aquel tumulto hirviente. Sin embargo, a pesar de ello, tan intenso era su deseo que se abrió paso —no lo dudo— entre muchos golpes y muchos empujones groseros, y al fin, pobre temblorosa como era, llegó cerca del Señor. Amados, no siempre es fácil llegar a Jesús. Es muy fácil arrodillarse a orar, pero no tan fácil alcanzar a Cristo en la oración. Hay un niño que llora, es el tuyo, y su ruido te ha estorbado muchas veces cuando procurabas acercarte a Jesús; o llamarán a la puerta justo cuando más deseas estar retirado. Cuando estás sentado en la casa de Dios, tu vecino del banco de delante puede, sin darse cuenta, distraer tu atención. No es fácil acercarse a Cristo, sobre todo viniendo, como algunos de vosotros venís, directamente del despacho y del taller, con mil pensamientos y preocupaciones encima. No siempre podéis dejar vuestra carga afuera y entrar aquí con el corazón preparado para recibir el evangelio. ¡Ah, a veces es una lucha terrible, una verdadera lucha cuerpo a cuerpo con el mal, con la tentación, y con no sé qué más! Pero, amados, luchad hasta el final, luchad hasta el final; no dejéis que se desperdicien vuestros momentos de oración, ni que se echen a perder vuestras ocasiones de oír; antes bien, como esta mujer, resolveos, con toda vuestra debilidad, a echar mano de Cristo. ¡Y oh! Si estáis resueltos a ello, aunque no podáis llegar a él, él vendrá a vosotros; y a veces, cuando estáis luchando contra pensamientos de incredulidad, se volverá y dirá: «Haced lugar a esa pobre débil, para que venga a mí, porque mi deseo está puesto en la obra de mis propias manos; dejadla venir a mí, y concédasele lo que desea».
Observad, otra vez, que esta mujer tocó a Jesús muy en secreto. Quizá haya aquí una querida hermana que se está acercando a Cristo en este mismo momento, y sin embargo su rostro no la delata. Es tan escaso el contacto que ha alcanzado con Cristo, que el rubor gozoso y el brillo de los ojos, que tantas veces vemos en el hijo de Dios, todavía no le han llegado. Está sentada en aquel rincón oscuro, o de pie en este pasillo; pero, aunque su toque sea secreto, es verdadero. Aunque no pueda contárselo a nadie, ya está hecho. Ha tocado a Jesús. Amados, no siempre es la comunión más íntima con Cristo aquella de la que más hablamos. Las aguas profundas son tranquilas. Es más, no estoy seguro de que a veces no estemos más cerca de Cristo cuando creemos estar lejos que cuando imaginamos estar cerca de él, porque no siempre somos precisamente los mejores jueces de nuestro propio estado espiritual, y podemos estar muy cerca del Maestro y, aun así, estar tan ansiosos de acercarnos más que nos sintamos insatisfechos con la medida de gracia que ya hemos recibido. Estar satisfecho de uno mismo no es señal de gracia; pero anhelar más gracia es a menudo una prueba mucho mejor del estado sano del alma. Amigo, si no puedes venir a la mesa esta noche públicamente, ven al Maestro en secreto. Si no te atreves a decirle a tu esposa, o a tu hijo, o a tu padre, que estás confiando en Jesús, no hace falta decirlo todavía. Puedes hacerlo en secreto, como lo hizo aquel a quien Jesús dijo: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi». Natanael se retiró a la sombra para que nadie le viera; pero Jesús le vio, y tomó nota de su oración; y a ti te verá en la multitud, y en la oscuridad, y no te negará su bendición.
Esta mujer, además, entró en contacto con Cristo con un sentido muy profundo de su indignidad. Me atrevo a decir que pensaba: «Si toco al Gran Profeta, será un milagro que no me hiera con algún juicio repentino», porque era una mujer ceremonialmente inmunda. No tenía derecho a estar en la muchedumbre. Si la ley levítica se hubiera aplicado estrictamente, supongo que habría tenido que estar recluida en su casa; pero allí estaba ella, andando de un lado a otro, y tenía que ir a tocar al santo Salvador. ¡Ah, pobre corazón, sientes esta noche que no eres digno de tocar el borde del manto del Maestro, porque eres tan indigno! Nunca te habías sentido tan falto de mérito como esta noche. Al recordar la semana pasada y sus flaquezas, al recordar el estado presente de tu corazón y todos sus extravíos lejos de Dios, sientes como si nunca hubiera habido en la casa de Dios un pecador tan vil. «¿Es la gracia para mí?», dices. «¿Es Cristo para mí?» ¡Oh, sí, alma indigna! No te dejes despachar sin ella. Jesucristo no salva a los dignos, sino a los indignos. Tu alegato no ha de ser la justicia, sino la culpa. Y tú también, hijo de Dios, aunque te avergüences de ti mismo, Jesús no se avergüenza de ti; y aunque te sientas incapaz de venir, que tu incapacidad solo te impulse con mayor ardor de deseo. Que tu sentido de necesidad te haga más ferviente para acercarte al Señor, que puede suplir tu necesidad.
Así, veis, la mujer vino en medio de dificultades, vino en secreto, vino como indigna, pero aun así obtuvo la bendición.
He conocido a muchos que se han turbado con aquel dicho de Pablo: «El que come y bebe indignamente, perdición come y bebe para sí». Ahora bien, entended que este pasaje no se refiere a la indignidad de las personas que vienen a la mesa del Señor; porque no dice: «El que come y bebe siendo indigno». No es un adjetivo; es un adverbio: «El que come y bebe indignamente», es decir, el que venga a la señal externa y visible de la presencia de Cristo, y coma del pan para obtener dinero por ser miembro de la iglesia, sabiéndose hipócrita, o el que lo haga en broma, jugando con la ordenanza: tal persona estaría comiendo y bebiendo indignamente, y será condenada. El sentido del pasaje no es «perdición», como lo lee nuestra versión, sino «condenación». No cabe duda de que los miembros de la iglesia que se acercan a la mesa del Señor de manera indigna reciben condenación. Son condenados por hacerlo, y el Señor se entristece. Si tienen alguna conciencia, deberían sentir su pecado; y si no, pueden esperar que los castigos de Dios los visiten. Pero, oh pecador, en cuanto a venir a Cristo —que es cosa muy distinta de venir a la mesa del Señor—, en cuanto a venir a Cristo, cuanto más indigno te sientas, mejor. Ven, tú que estás sucio, porque Cristo puede lavarte. Ven, tú que eres repugnante, porque Cristo puede embellecerte. Ven, completamente arruinado y perdido, porque en Jesucristo está la fuerza y la salvación que tu caso requiere.
Notad, una vez más, que esta mujer tocó al Maestro con mucho temblor, y no fue más que un toque apresurado, pero aun así fue el toque de la fe. ¡Oh, amados, echar mano de Cristo! Estad agradecidos si tan solo lográis estar cerca de él unos pocos minutos. «Quédate conmigo» debería ser vuestra oración; pero, ¡oh, si él solo os concede una vislumbre, estad agradecidos! Recordad que un toque sanó a la mujer. Ella no abrazó a Cristo durante horas enteras. No tuvo más que un toque, y fue sanada; ¡y oh, que tengáis ahora una visión de Jesús, amados míos! Aunque no sea más que una vislumbre, alegrará y animará vuestras almas. Quizá estáis esperando en Cristo, deseando su compañía, y mientras le dais vueltas en la mente os preguntáis: «¿Brillará alguna vez sobre mí? ¿Me dirá alguna vez palabras de amor? ¿Me dejará alguna vez sentarme a sus pies? ¿Me permitirá alguna vez reclinar la cabeza sobre su pecho?» Venid y probadle. Aunque temblaseis como la hoja del álamo, venid. A veces vienen mejor los que vienen con más temblor, porque cuando la criatura está más abajo, entonces el Creador está más alto; y cuando a nuestros propios ojos somos menos que nada y vanidad, entonces Cristo es más hermoso y amable a nuestra vista. Una de las mejores maneras de subir al cielo es sobre manos y rodillas. En todo caso, no hay temor de caer cuando estamos en esa postura, porque—
«El que está abajo no ha de temer caída».
Que vuestra humildad de corazón, vuestro sentido de absoluta nada, en lugar de descalificaros, sea un dulce medio para llevaros a recibir más de Cristo. Cuanto más vacío estoy, más lugar hay para mi Maestro. Cuanto más me falta, más me dará él. Cuanto más siento mi enfermedad, más le adoraré y le bendeciré cuando me sane.
Ya veis que la mujer tocó realmente a Cristo, y por eso vuelvo a ello. Cualquiera que fuese la debilidad de aquel toque, fue un verdadero toque de fe. Ella alcanzó a Cristo mismo. No tocó a Pedro; eso no le habría servido de nada, como tampoco os sirve de nada que el cura de la parroquia os diga que sois regenerados cuando vuestra vida pronto demuestra que no lo sois. No tocó a Juan ni a Jacobo; eso no le habría hecho más bien que el que os hace a vosotros ser tocados por las manos de un obispo y oír que estáis confirmados en la fe, cuando ni siquiera sois creyentes y, por tanto, no tenéis fe en la cual ser confirmados. Ella tocó al Maestro mismo; y, os ruego, no os contentéis a menos que podáis hacer lo mismo. Extended la mano de la fe y tocad a Cristo. Descansad en él. Confiad en su sacrificio sangriento, en su amor agonizante, en su poder de resucitado, en su intercesión de Señor ascendido; y al descansar en él, vuestro toque vital, por débil que sea, os traerá con toda certeza la bendición que vuestra alma necesita.
Esto nos lleva a la segunda parte de nuestro discurso, sobre la cual diré solo un poco.
II. La mujer en la multitud tocó de veras a Jesús y, habiéndolo hecho, recibió virtud de él.
La energía sanadora fluyó al instante, por el dedo de la fe, hasta la mujer. En Cristo hay sanidad para todas las enfermedades espirituales. Hay una sanidad pronta, una sanidad que no tarda meses ni años, sino que es completa en un segundo. Hay en Cristo una sanidad suficiente, aunque tus enfermedades se multiplicaran sin medida. Hay en Cristo un poder que todo lo vence para expulsar todo mal. Aunque, como esta mujer, desconciertes a los médicos, y tu caso se tenga por desesperado como ningún otro, un toque de Cristo te sanará. ¡Qué evangelio tan precioso y glorioso tengo para predicar a los pecadores! Si tocan a Jesús, no importa aunque el mismo diablo estuviera en ellos: ese toque de fe echaría al diablo fuera de ellos. Aunque fueras como el hombre en quien había entrado una legión de demonios, la palabra de Jesús los arrojaría a todos al abismo, y tú te sentarías a sus pies, vestido y en tu juicio cabal. No hay exceso ni extravagancia de pecado que el poder de Jesucristo no pueda vencer. Si puedes creer, sea lo que fuere lo que hayas sido, serás salvo. Si puedes creer, aunque hayas estado sumergido en el tinte de grana hasta que la urdimbre y la trama de tu ser estén impregnadas de él, aun así la preciosa sangre de Jesús te hará blanco como la nieve. Aunque te hayas vuelto negro como el mismo infierno, y solo sirvas para ser echado en la fosa, si confías en Jesús, esa fe sencilla dará a tu alma la sanidad que te hará apto para pisar las calles del cielo y estar delante del rostro de Jehová-Rafa, engrandeciendo al Señor, tu sanador.
Y ahora, hijo de Dios, quiero que aprendas la misma lección. Muy probablemente, cuando entraste aquí, dijiste: «¡Ay! Me siento muy apagado; mi espiritualidad está en muy baja marea; el lugar es caluroso, y no me siento preparado para oír; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil; ¡hoy no tendré ningún gozo santo!» ¿Por qué no? ¡Pues el toque de Jesús podría hacerte vivir aunque estuvieras muerto, y sin duda avivará la vida que hay en ti, aunque te parezca que está expirando! ¡Ahora, lucha con empeño, amado mío, por llegar a Jesús! Que el Espíritu Eterno venga a ayudarte, y que aún descubras que tus tiempos apagados y muertos pueden convertirse pronto en tus mejores tiempos. ¡Oh, qué bendición es que Dios levante al mendigo del muladar! No nos levanta cuando nos ve ya arriba, sino que, cuando nos halla tendidos en el muladar, entonces se deleita en alzarnos y sentarnos con los príncipes. Antes que lo sepas, tu alma puede volverse como los carros de Aminadab. Desde las profundidades de la pesadumbre hasta las mismas alturas de la adoración extática puedes subir como en un solo instante, si tan solo puedes tocar a Cristo crucificado. ¡Contémplalo allí, con las heridas manando, con la cabeza coronada de espinas, mientras, en toda la majestad de su miseria, expira por ti!
«¡Ay!», dices, «esta noche tengo mil dudas». ¡Ah, pero tus dudas pronto se desvanecerán cuando te acerques a Cristo! Nunca duda el que siente el toque de Cristo, al menos no mientras dura el toque; ¡porque mira a esta mujer! Sintió en su cuerpo que estaba sana, y así te sucederá a ti, si tan solo entras en contacto con el Señor. No esperes evidencias, sino ven a Cristo en busca de evidencias. Si ni siquiera podéis soñar con algo bueno en vosotros mismos, venid a Jesucristo como vinisteis al principio. Venid como si nunca hubierais venido. Venid a Jesús como pecadores, y vuestras dudas huirán.
«¡Sí!», dice otro, «pero mis pecados vienen a mi memoria, mis pecados desde mi conversión». Pues bien, vuelve a Jesús cuando tu culpa parezca volver. El manantial sigue abierto, y ese manantial, recordaréis, no está abierto solo para los pecadores, sino también para los santos; pues ¿qué dice la Escritura —«Habrá un manantial abierto para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén»—, es decir, para vosotros, miembros de la iglesia, para vosotros, creyentes en Jesús? El manantial sigue abierto. Venid, amados, venid a Jesús de nuevo, y cualesquiera que sean vuestros pecados, o dudas, o pesadumbre, todo se irá tan pronto como podáis tocar a vuestro Señor.
III. Y ahora el último punto es —y no os detendré mucho en él— que, si alguien toca a Jesús, el Señor lo sabrá.
No conozco vuestros nombres; gran número de vosotros sois para mí perfectos desconocidos. No importa en absoluto; tu nombre es «alguien», y Cristo te conocerá. Quizá eres un completo desconocido para todos en este lugar; pero si recibes una bendición, habrá dos que lo sabrán: tú lo sabrás, y Cristo lo sabrá. ¡Oh, si miraras a Jesús este día, puede que no quede inscrito en el libro de nuestra iglesia, y puede que no nos enteremos; pero aun así quedará inscrito en los atrios del cielo, y harán repicar todas las campanas de la Nueva Jerusalén, y todas las arpas de los ángeles cobrarán nuevo aliento de música tan pronto como sepan que has nacido de nuevo!
«Con gozo el Padre aprueba ya
el fruto de su eterno amor;
con gozo el Hijo baja a ver
lo que compró con su aflicción;
el Espíritu se goza al ver
el alma santa que formó de nuevo;
y santos y ángeles a una cantan
el reino creciente de su Rey».
«¡Alguien!» No sé el nombre de la mujer; no sé quién es el hombre, pero —«¡Alguien!»— el amor elector de Dios reposa sobre ti, la sangre redentora de Cristo fue derramada por ti, el Espíritu ha obrado una obra en ti, o no habrías tocado a Jesús; y todo esto Jesús lo sabe.
Es un pensamiento consolador que Cristo no solo conoce a los hijos grandes de la familia, sino que también conoce a los pequeños. Esto permanece firme: «Conoce el Señor a los que son suyos», ya sea que apenas ahora hayan sido llevados a conocerle, o que le hayan conocido durante cincuenta años. «Conoce el Señor a los que son suyos»; y si yo soy parte del cuerpo de Cristo, puede que no sea más que el pie, pero el Señor conoce el pie; y la cabeza y el corazón en el cielo sienten agudamente cuando el pie en la tierra es magullado. Si has tocado a Jesús, te digo que, en medio de las glorias de los ángeles y de los aleluyas eternos de todos los redimidos con sangre, él ha hallado tiempo para oír tu suspiro, para recibir tu fe y para darte una respuesta de paz. Todo el camino del cielo a la tierra ha bajado raudo un poderoso torrente de virtud sanadora, que ha venido de Cristo a ti. Puesto que tú le has tocado, la virtud sanadora te ha tocado a ti.
Ahora bien, como Jesús sabe de tu salvación, desea que otros también lo sepan, y por eso ha puesto en mi corazón decir: Alguien ha tocado al Señor. ¿Dónde está ese alguien? Alguien, ¿dónde estás? Alguien, ¿dónde estás? Has tocado a Cristo, aunque con un dedo débil, y eres salvo. Háznoslo saber. Es justo que nos lo hagas saber. No puedes imaginar qué gozo nos da oír de enfermos sanados por nuestro Maestro. Algunos de vosotros quizá conocéis al Señor desde hace meses, y todavía no os habéis presentado a confesarlo; os rogamos que lo hagáis. Podéis venir temblando, como lo hizo esta mujer; quizá digáis: «No sé qué tendría que contaros». Bien, tenéis que contarnos lo que ella le dijo al Señor: ella le dijo toda la verdad. No queremos otra cosa. No deseamos ninguna experiencia fingida. No queremos que fabriquéis sentimientos como los de algún otro de quien habéis leído en un libro. Venid y contadnos lo que habéis sentido. No os pediremos que nos contéis lo que no habéis sentido, o lo que no sabéis. Pero, si habéis tocado a Cristo y habéis sido sanados, os lo pido, y creo que puedo pedíroslo como un deber vuestro, además de como un favor para nosotros: venid y contadnos lo que el Señor ha hecho por vuestra alma.
Y vosotros, creyentes, cuando vengáis a la mesa del Señor, si os acercáis a Cristo y tenéis un tiempo dulce, contádselo a vuestros hermanos. Así como, cuando los hermanos de Benjamín bajaron a Egipto a comprar trigo, dejaron a Benjamín en casa, pero llevaron un costal para Benjamín, así vosotros deberíais llevar siempre una palabra a casa para la esposa enferma, o para el niño que no puede salir. Llevad a casa alimento para los de la familia que no pueden venir a buscarlo. ¡Dios os conceda tener siempre algo dulce que contar de lo que habéis conocido por experiencia de la preciosa verdad, porque, aunque el sermón haya sido dulce en sí mismo, llega con doble poder cuando podéis añadir: «y había en él un sabor que disfruté, y que hizo saltar de gozo mi corazón»!
Seas quien seas, mi querido amigo, aunque no seas más que un pobre «alguien», si has tocado a Cristo, cuéntaselo a otros, para que ellos también vengan y le toquen; ¡y el Señor te bendiga, por amor de Cristo! Amén.
Capítulo 16 completado
Contacto real con Jesús