Hasta que él venga
Jesús dormido sobre un cabezal

Capítulo 15 · 16 min de lectura · 21 min de escucha

Jesús dormido sobre un cabezal

JESÚS DORMIDO SOBRE UN CABEZAL «Y él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal; y le despertaron, y le dijeron: Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos? Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza».—Marcos 4:38, 39.

JESÚS DORMIDO SOBRE UN CABEZAL

Nuestro Señor llevó consigo a sus discípulos a la barca para darles una lección práctica. Una cosa es hablar a la gente de nuestra unión con ellos, y de cómo deben ejercer la fe en tiempo de peligro, y de su seguridad real en medio de un peligro aparente; pero otra cosa, y mucho mejor, es subir con ellos a la barca, dejarles sentir todo el terror de la tormenta, y luego levantarse, reprender al viento y decir al mar: «Calla, enmudece». Nuestro Señor dio a sus discípulos una especie de lección de párvulos, un sermón actuado, en el que la verdad se les presentó de forma visible. Semejante enseñanza produjo un efecto maravilloso en sus vidas. ¡Que también nosotros seamos instruidos por ella!

En nuestro texto hay dos grandes calmas: la primera es la calma en el corazón del Salvador, y la segunda es la calma que él creó con una palabra sobre el mar sacudido por la tormenta.

I. Dentro del Señor había una gran calma, y por eso pronto hubo una gran calma a su alrededor; porque lo que está en Dios sale de Dios. Puesto que había calma en Cristo para sí mismo, hubo después calma fuera para los demás. ¡Qué maravillosa calma interior era aquella! «Él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal».

Tenía una confianza perfecta en Dios de que todo iba bien. Las olas podían rugir, los vientos podían bramar, pero él no se inquietaba en absoluto por su furia. Sabía que las aguas estaban en el hueco de la mano de su Padre, y que cada viento no era sino el aliento de la boca de su Padre; y así no se turbaba; más aún, ni siquiera tenía un pensamiento de afán: estaba tan tranquilo como en un día de sol. Su mente y su corazón estaban libres de toda clase de preocupación, porque en medio de la tempestad que se iba formando se acostó deliberadamente y se durmió como un niño cansado. Se fue a la popa, lo más lejos posible del azote de la espuma; tomó un cabezal, lo puso bajo su cabeza, y con firme intención se dispuso a dormir. Fue acto y decisión suya dormirse en la tormenta; no tenía nada por lo que velar, tan pura y perfecta era su confianza en el gran Padre. ¡Qué ejemplo es este para nosotros! No tenemos ni la mitad de la confianza en Dios que deberíamos tener, ni siquiera los mejores de nosotros. El Señor merece nuestra fe sin límites, nuestra confianza sin reservas, nuestro apoyo imperturbable. ¡Ojalá se lo diéramos como se lo dio el Salvador!

Con su fe en el Padre se mezclaba también una dulce confianza en su propia filiación. No dudaba de que era el Hijo del Altísimo. Yo quizá no ponga en duda el poder de Dios para librar, pero a veces puedo dudar de mi derecho a esperar la liberación; y si es así, mi consuelo se desvanece. Nuestro Señor no tenía dudas de esta clase. Mucho antes había oído aquella palabra: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia»; había vivido y andado con Dios de tal manera que el testimonio dentro de él era continuo, y así no tenía duda alguna acerca del amor del Padre hacia él como su propio Hijo. «Mecido en la cuna del abismo», con su Padre velando sobre él,—¿qué mejor podía hacer un hijo que dormirse en una posición tan feliz? Y así lo hace. También tú y yo necesitamos una seguridad más plena de nuestra filiación si queremos tener mayor paz con Dios. El diablo lo sabe, y por eso vendrá a nosotros con su insinuante sugerencia: «Si eres hijo de Dios». Si tenemos en nosotros el Espíritu de adopción, pondremos en fuga al acusador de inmediato, oponiendo el Testigo de dentro a su pregunta de fuera. Entonces seremos llenos de una gran calma, porque tenemos confianza en nuestro Padre y seguridad de nuestra filiación.

Además tenía una dulce manera —este bendito Señor nuestro— de dejarlo todo con Dios. No monta guardia, no se inquieta; sino que se duerme. Venga lo que venga, lo ha dejado todo en manos del gran Guardián; ¿y qué más hace falta? Si se pusiera un vigilante a guardar mi casa, sería necio que yo también me quedara despierto por miedo a los ladrones. ¿Para qué tener un vigilante si no puedo confiar en que vigile? «Echa sobre el Señor tu carga»; pero cuando lo hayas hecho, déjala con el Señor, y no intentes llevarla tú mismo. Eso sería burlarse de Dios: tener el nombre de Dios, pero no la realidad de Dios. Deja toda preocupación, tal como hizo Jesús cuando se fue tranquilamente a la popa, y sosegadamente tomó un cabezal, y se durmió.

Pero me parece oír a alguien decir: «Yo podría hacer eso si mi preocupación fuera solo por mí mismo». Sí, quizá podrías; y sin embargo no puedes echar sobre Dios tu carga de preocupación por tus hijos. Pero tu Señor confió al Padre a los que le eran queridos. ¿No crees que los discípulos de Cristo le eran tan preciosos como nuestros hijos lo son para nosotros? Si aquella barca hubiera naufragado, ¿qué habría sido de Pedro? ¿Qué habría sido de «aquel discípulo al cual Jesús amaba»? Nuestro Señor miraba con intenso afecto a los que había escogido y llamado, y que habían estado con él en sus tentaciones; y sin embargo estaba muy contento de dejarlos a todos al cuidado de su Padre, y dormirse.

Respondes: «Sí, pero hay un círculo aún más amplio de personas que observan qué me sucederá a mí, y a la causa de Cristo con la que estoy relacionado. Me veo obligado a preocuparme, quiera o no». ¿Es entonces tu caso más difícil que el de tu Señor? ¿Olvidas que «había también con él otras barcas»? Cuando la tormenta sacudía su barca, aquellas barquillas corrían aún más peligro; y él se cuidaba de todas. Aquella noche era el Gran Almirante del lago de Genesaret. Las otras barcas eran una flota bajo su escolta, y su gran corazón se volcaba hacia todas ellas. Y sin embargo se durmió, porque había dejado al cuidado de su Padre incluso las solicitudes de su caridad y de su compasión. Nosotros, hermanos míos, que somos mucho más débiles que él, hallaremos fuerza en hacer lo mismo.

Habiéndolo dejado todo con su Padre, nuestro Señor hizo lo más sabio posible. Hizo precisamente lo que la hora exigía. «¡Cómo!», decís, «¡si se fue a dormir!». Eso era lo mejor que Jesús podía hacer; y a veces es lo mejor que nosotros podemos hacer. Cristo estaba cansado y agotado; y cuando alguien está exhausto, su deber es dormir si puede. El Salvador tiene que levantarse de nuevo por la mañana, para predicar y obrar milagros, y si no duerme no estará en condiciones para su santo deber; le corresponde mantenerse en forma para su servicio. Sabiendo que ha llegado la hora de dormir, el Señor duerme, y hace bien en dormir. Muchas veces, cuando hemos estado inquietos y afanados, habríamos glorificado mucho más a Dios si literalmente nos hubiéramos ido a dormir. Glorificar a Dios durmiendo no es tan difícil como algunos podrían pensar; al menos, para nuestro Señor era cosa natural. Aquí estás tú, preocupado, triste, agotado; el médico te receta; su medicina no te hace ningún bien; pero ¡oh!, si entras en plena paz con Dios y te duermes, despertarás infinitamente más descansado que con cualquier droga. El sueño que el Señor da a su amado es de veras un bálsamo. Búscalo como Jesús lo buscó. Vete a la cama, hermano, y imitarás mejor a tu Señor que poniéndote de mal humor y preocupando a otras personas.

Hay un sueño espiritual en el que deberíamos imitar a Jesús. Muchas veces me he atormentado el pobre cerebro por mi gran iglesia, hasta volver en mí; y entonces me he dicho: «¡Qué necio eres! ¿No puedes depender de Dios? ¿No es esta causa mucho más suya que tuya?». Entonces he llevado mi carga en oración y la he dejado con el Señor. He dicho: «En el nombre de Dios, este asunto no volverá a preocuparme jamás», y he dejado con él mi apremiante preocupación, y le he puesto fin para siempre. He entregado tan deliberadamente al cuidado del Señor muchos casos difíciles que, cuando algunos de mis amigos me han dicho: «¿Qué hay de tal y tal asunto?», sencillamente he respondido: «No lo sé, y ya no me afano por saberlo. El Señor intervendrá de una manera u otra, pero yo no me preocuparé más por ello». Jamás ha venido daño alguno por ningún asunto que yo haya dejado en la custodia divina. Detener mi mano ha sido sabiduría. «Estad quietos, y ved la salvación de Dios», es el propio precepto de Dios. Sigamos aquí a Jesús. Con la confianza de un niño en el gran Padre, se retira a la popa de la barca, escoge un cabezal, se acuesta deliberadamente sobre él, y se duerme; y aunque la barca se está llenando de agua, y se balancea y cabecea, él sigue durmiendo. Nada puede romper la paz de su alma tranquila. Todo marinero a bordo se tambalea de un lado a otro, titubea como un borracho, y ha perdido todo su saber; pero Jesús ni ha perdido su saber ni titubea, porque reposa en perfecta inocencia y en confianza imperturbable. Su corazón es feliz en Dios, y por eso permanece en reposo. ¡Oh, quién tuviera gracia para imitarle!

II. Pero notad aquí, queridos amigos, la diferencia entre el Maestro y sus discípulos; porque mientras él estaba en una gran calma, ellos estaban en una gran tormenta. Ved aquí su fallo. Eran exactamente como nosotros, y nosotros somos a menudo exactamente como ellos.

Cedieron al temor. Temían mucho que la barca se hundiera y que todos perecieran. Al ceder así al temor, olvidaron las sólidas razones para tener ánimo que tenían a la mano; porque, en verdad, estaban bien seguros. Cristo va a bordo de esa nave, y si la barca se hunde, él se hundirá con ellos. El marinero pagano cobró ánimo durante una tormenta por el hecho de que César iba a bordo de la nave sacudida por vientos tempestuosos; ¿y no habían de sentirse seguros los discípulos con Jesús a bordo? ¡No temáis, que lleváis a Jesús y a su causa! Jesús había venido a hacer una obra, y sus discípulos podían haber sabido que él no podía perecer con esa obra sin cumplir. ¿No podían confiar en él? Le habían visto multiplicar los panes y los peces, y echar fuera demonios, y sanar toda clase de enfermedades; ¿no podían confiar en que calmaría la tormenta? ¡Incredulidad irrazonable! La fe en Dios es verdadera prudencia, pero dudar de Dios es irracional. Es el colmo del absurdo y de la necedad poner en duda el amor omnipotente.

Y los discípulos fueron tan imprudentes que le hicieron al Maestro un muy mal servicio. Él estaba muy cansado, y necesitaba mucho dormir; pero ellos se apresuraron a ir a él, y le despertaron de un modo algo brusco e irreverente. Tardaron en hacerlo, pero su temor los empujó; y así le despertaron, pronunciando palabras poco generosas y poco amorosas: «Maestro, ¿no tienes cuidado que perecemos?». ¡Vergüenza para los labios que hicieron una pregunta tan dura! ¿No se culparían mucho a sí mismos al reflexionar? Él no les había dado motivo para palabras tan duras; y, además, era impropio de ellos llamarle «Maestro», y luego preguntarle: «¿No tienes cuidado que perecemos?». ¿Ha de ser acusado de tal dureza de corazón como para dejar perecer a sus fieles discípulos cuando tiene poder para librarlos? ¡Ay, también nosotros hemos sido culpables de ofensas semejantes! Creo haber conocido a algunos discípulos de Cristo que han parecido dudar de la sabiduría o del amor de su Señor. No llegaban a decir que él se equivocaba, pero decían que se movía de manera misteriosa; no llegaban a quejarse de que fuera duro con ellos, pero susurraban que no podían conciliar su trato con su amor infinito. ¡Ay, cuánto ha soportado Jesús de nuestra incredulidad! ¡Que este cuadro nos ayude a ver nuestras manchas, y que el amor de nuestro querido Señor las quite!

III. Os he hablado de la calma del Maestro y del fallo de los discípulos; pensemos ahora en la gran calma que Jesús creó. «Se hizo grande bonanza».

Su voz la produjo. Dicen que si se derrama aceite sobre las aguas, estas se alisan, y supongo que hay algo de verdad en la afirmación; pero hay toda la verdad en esto: que si Dios habla, la tormenta se convierte en calma, de modo que se apaciguan las olas del mar. Basta que nuestro Señor Jesús hable en el corazón de cualquiera de nosotros, e inmediatamente la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, se apoderará de nosotros. No importa cuán sombrío sea tu abatimiento, ni cuán terrible tu desesperación: el Señor puede crear al instante una gran calma de confianza. ¡Qué puerta de esperanza abre esto a cualquiera que esté en apuros! Si yo pudiera con una palabra hacer rico a un pobre y sano a un enfermo, estoy seguro de que lo haría en seguida; pero Jesús es infinitamente mejor que yo, y por eso sé que hablará paz al corazón probado y turbado.

Notad también que esta calma vino al instante. «Y levantándose, reprendió al viento, y dijo al mar: Calla, enmudece. Y cesó el viento, y se hizo grande bonanza». En cuanto Jesús habló, todo quedó en calma. He tratado con un gran número de personas angustiadas de espíritu, y he visto a unas pocas salir lentamente a la luz y a la libertad; pero con más frecuencia la liberación ha llegado de repente. La puerta de hierro se ha abierto por sí misma, y el prisionero ha salido a una libertad inmediata. «Se rompió el lazo, y escapamos nosotros». ¡Qué gozo es saber que el descanso está tan cerca aun cuando la tempestad ruge con más furia!

Notad además que el Salvador unió este reposo con la fe, porque dijo a los discípulos en cuanto llegó la calma: «¿Por qué estáis así amedrentados? ¿Cómo no tenéis fe?». La fe y la calma van juntas. Si crees, descansarás; si tan solo te echas sobre tu Dios, rindiéndote por completo a su voluntad, tendrás misericordia, y gozo, y luz. Aun cuando no tenemos fe, el Señor a veces nos da la bendición que necesitamos, porque se deleita en hacer por nosotros más de lo que tenemos derecho a esperar de él; pero por lo general la regla de su reino es: «Conforme a vuestra fe os sea hecho».

Esta gran calma es muy deliciosa, y acerca de ella deseo dar mi testimonio personal. Hablo por experiencia propia cuando digo que sobrepasa todo entendimiento. Estaba sentado la otra noche, meditando en la misericordia y el amor de Dios, cuando de pronto hallé en mi propio corazón un sentimiento delicioso de paz perfecta. Había llegado a la tierra de Beula, donde el sol brilla sin una nube. «Se hizo grande bonanza». Me sentí como se sentirían unos marineros que han sido zarandeados en aguas encrespadas, y de repente, sin que sepan por qué, el océano se vuelve terso como un espejo, y las aves marinas vienen a posarse en alegres círculos sobre el agua. Me sentí perfectamente contento, sí, feliz sin división alguna. Ni una ola de angustia rompía en la orilla de mi corazón, y aun mar adentro, en las profundidades de mi ser, todo estaba quieto. No conocía ningún deseo sin cumplir, ningún anhelo sin satisfacer. No podía descubrir razón alguna de inquietud, ni motivo alguno de temor. No había en mis sentimientos nada que se acercara al fanatismo, ni siquiera nada de excitación: mi alma esperaba en Dios, y se deleitaba solo en él. ¡Oh, la bienaventuranza de este descanso en el Señor! ¡Qué Elíseo es! Permitidme decir algo de esta isla de púrpura en el mar de mi vida: no era otra cosa que un fragmento del cielo. A menudo hablamos de nuestras grandes tormentas espirituales; ¿por qué no habríamos de hablar de nuestras grandes calmas? Si alguna vez nos metemos en apuros, ¡cuánto ruido hacemos! ¿Por qué no habríamos de cantar nuestras liberaciones?

Repasemos nuestras misericordias. Todo pecado que hayamos cometido jamás está perdonado. «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado». El poder del pecado dentro de nosotros está quebrantado; «no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia». Satanás es un enemigo vencido; el mundo ha sido vencido por nuestro Señor Jesús, y la muerte ha sido abolida por él. Toda la providencia obra para nuestro bien. La eternidad no tiene amenaza para nosotros; no encierra en sus misterios sino inmortalidad y gloria. Nada puede dañarnos. El Señor es nuestro escudo, y nuestro galardón sobremanera grande. ¿Por qué, pues, habríamos de temer? El Señor de los ejércitos está con nosotros; nuestro refugio es el Dios de Jacob. Para el creyente, la paz no es presunción: tiene derecho a gozar de «completa paz», un sosiego profundo y fundado en la verdad, que lo abarca todo, y que no se rompe por ninguna de las diez mil causas de perturbación que de otro modo podrían impedir nuestro descanso. «Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado». ¡Oh, entrar en esa calma, y permanecer en ella hasta que lleguemos a aquel mundo donde el mar ya no existe!

Una calma como la que reinaba dentro de nuestro Salvador, si tenemos la dicha de alcanzarla, nos dará en nuestra medida el poder de calmar las cosas de fuera. El que tiene paz puede hacer la paz. No podemos obrar milagros, y sin embargo las obras que Jesús hizo nosotros también las haremos. Durmiendo su sueño, despertaremos con su energía descansada, y trataremos a los vientos y a las olas como cosas sujetas al poder de la fe, y por tanto como cosas a las que se puede mandar callar. Hablaremos de tal modo que consolemos a otros: nuestra calma obrará maravillas en las barquillas de las que otros son capitanes. También nosotros diremos: «Calla, enmudece». Nuestra confianza resultará contagiosa, y los tímidos se volverán valientes: nuestro tierno amor se extenderá, y los contenciosos se calmarán hasta la paciencia. Solo que la cosa tiene que comenzar dentro de nosotros mismos. No podemos crear una calma hasta que estemos en calma. Es más fácil gobernar los elementos que dominar la rebeldía de nuestra naturaleza descarriada. Cuando la gracia nos ha hecho dueños de nuestros temores, de modo que podemos tomar un cabezal y dormirnos en medio del huracán, la furia de la tempestad ha pasado. Él da paz y seguridad cuando da a su amado el sueño.

Capítulo 15 completado

Jesús dormido sobre un cabezal

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