Hasta que él venga
El himno memorable

Capítulo 14 · 27 min de lectura · 35 min de escucha

El himno memorable

EL HIMNO MEMORABLE. «Y habiendo cantado un himno, salieron al monte de los Olivos.»—Mateo 26:30.

EL HIMNO MEMORABLE.

LA ocasión en que se pronunciaron estas palabras fue la última comida que Jesús tomó en compañía de sus discípulos antes de separarse de ellos para ir a su juicio vergonzoso y a su muerte ignominiosa. Era su cena de despedida antes de una separación amarga, y aun así tenían que cantar. Estaba al borde de aquel gran abismo de miseria en el que iba a sumergirse, y aun así quiso que cantaran «un himno». Es maravilloso que él cantara, y, en segundo grado, es notable que ellos cantaran. Consideraremos ambos hechos singulares.

I. Detengámonos un rato en el hecho de que Jesús cantara en un momento como aquel. ¿Qué nos enseña con ello? ¿No nos dice a cada uno de nosotros, sus seguidores: «Mi religión es de felicidad y de gozo; yo, vuestro Maestro, quisiera enseñaros con mi ejemplo a cantar aun cuando haya llegado la última hora solemne y todas las sombras de la muerte se estén juntando a vuestro alrededor. Aquí, a la mesa, soy vuestro maestro de canto y os doy lecciones de música, en las que mi voz moribunda os guiará: a pesar de todas las penas que abruman mi corazón, seré para vosotros el Músico principal y el Dulce Cantor de Israel»? Si alguna vez hubo un momento en que habría sido natural, y acorde con la solemnidad de la ocasión, que el Salvador inclinara la cabeza sobre la mesa y rompiera en un torrente de lágrimas; o si alguna vez hubo una hora en que con razón podría haberse apartado de toda compañía para lamentar con suspiros y gemidos el combate que se le venía encima, fue precisamente entonces. Pero no; ese corazón valiente cantará «un himno». Nuestro glorioso Jesús se porta como un hombre muy por encima de todos los hombres. El más intrépido de los hijos de los hombres no se acobarda en la hora de la batalla, sino que templa su voz para la más excelsa salmodia. El genio de ese cristianismo del que Jesús es la Cabeza y el Fundador —su objeto, su espíritu y su propósito— es la felicidad y el gozo, y quienes lo reciben son capaces de cantar en las mismas fauces de la muerte.

Sin embargo, esta observación es bastante secundaria comparada con la siguiente: el perfecto cumplimiento de la ley por parte de nuestro Señor es todavía más digno de nuestra atención. Era costumbre cantar cuando se celebraba la Pascua, y esta es la razón principal por la que el Salvador lo hizo. Durante la Pascua se solía cantar el Salmo ciento trece y los cinco siguientes, a los que se llamaba el «Hallel». El primero comienza, como notaréis, con «¡Alabad al Señor!», o sea, «¡Aleluya!». El ciento quince y los tres siguientes solían cantarse como cántico de clausura de la Pascua. Pues bien, nuestro Salvador no quiso disminuir el esplendor del gran rito judío, aunque era la última vez que lo celebraría. No; habrá la santa belleza y el deleite de la salmodia; nada de ella se escatimará; el «Hallel» será pleno y completo. Podemos creer con seguridad que el Salvador cantó de principio a fin, o más probablemente salmodió, estos seis Salmos enteros; y mi corazón me dice que no hubo nadie a la mesa que cantara con más devoción ni con más alegría que nuestro bendito Señor. Hay algunas partes del Salmo ciento dieciocho, especialmente, que nos parecen haber sonado singularmente grandiosas al brotar de sus labios benditos. Fijaos en los versículos 22, 23 y 24. Observad en particular aquellas palabras, cerca del final del Salmo, e imaginad que oís al Señor mismo cantándolas: «Dios es el Señor, que nos ha dado luz; atad la víctima con cuerdas a los cuernos del altar. Mi Dios eres tú, y a ti alabaré; Dios mío, a ti ensalzaré. Alabad al Señor, porque es bueno; porque para siempre es su misericordia».

Así pues, puesto que era costumbre establecida en Israel recitar o cantar estos Salmos, nuestro Señor Jesucristo hizo lo mismo, porque no quería dejar nada sin cumplir. Así como, cuando descendió a las aguas del bautismo, dijo: «Así nos conviene cumplir toda justicia», así también pareció decir, sentado a la mesa: «Así nos conviene cumplir toda justicia; cantemos, pues, al Señor, como lo ha hecho el pueblo de Dios en las edades pasadas». Amados, contemplemos con santo asombro la exactitud de la obediencia del Salvador a la voluntad de su Padre, y procuremos seguir sus pisadas en todas las cosas, buscando obedecer la Palabra del Señor tanto en las cosas pequeñas como en las grandes.

¿No podemos aventurarnos a sugerir otra razón, más profunda? ¿No mostraba aquel cantar «un himno» en la cena la santa absorción del alma del Salvador en la voluntad de su Padre? Si vosotros, amados, supierais que a las —digamos— diez de esta noche os llevarían para ser escarnecidos, despreciados y azotados, y que el sol de mañana os vería falsamente acusados, colgados como criminales convictos, para morir en una cruz, ¿creéis que podríais cantar esta noche, después de vuestra última comida? Estoy seguro de que no podríais, a menos que, con un valor y una resignación más que terrenales, vuestra alma pudiera decir: «Atad la víctima con cuerdas a los cuernos del altar». Cantaríais si vuestro espíritu fuera como el espíritu del Salvador; si, como él, pudierais exclamar: «No como yo quiero, sino como tú»; pero si quedara en vosotros algún egoísmo, algún deseo de que se os ahorrara la amargura de la muerte, no podríais entonar el «Hallel» con el Maestro. ¡Bendito Jesús, cuán enteramente te habías entregado! ¡Cuán perfectamente consagrado estabas! De modo que, mientras otros hombres cantan cuando marchan hacia sus alegrías, tú cantaste camino de la muerte; mientras otros hombres alzan sus voces alegres cuando les espera la honra, tú tenías en los labios un cántico valiente y santo cuando la vergüenza, los escupitajos y la muerte iban a ser tu porción.

Este cantar del Salvador nos enseña también la entrega de todo corazón del Maestro a la obra que estaba a punto de realizar. El guerrero patriota canta mientras se apresura a la batalla; al son de la música marcial avanza al encuentro del enemigo; y así también el corazón de nuestro gloriosísimo Campeón le da un cántico aun en la hora terrible de su agonía solitaria. Ve la batalla, pero no la teme; aunque en la contienda su alma estará «muy triste hasta la muerte», antes de ella es como el caballo de guerra de Job, que «entre los clarines dice: ¡Ea!, y desde lejos huele la batalla». Tiene un bautismo con que ser bautizado, y se angustia hasta que se cumpla. El Maestro no sale hacia la agonía del huerto con un espíritu acobardado y tembloroso, todo encorvado y aplastado en el polvo, sino que avanza al combate como un hombre que tiene consigo toda su fuerza; llevado para ser víctima (si se me permite usar esa figura), no como un buey agotado que ha llevado largo tiempo el yugo, sino como el primogénito del novillo, en la plenitud de su fuerza. Sale al matadero con su espíritu glorioso e intrépido firme y seguro dentro de él, gozoso de sufrir por amor de su pueblo y para la gloria de su Padre.

«Pues como al principio tu mirada, que todo lo penetra,

vio desde el seno de tu Padre hasta el abismo,

midiendo en sereno presagio

el descenso infinito;

así hasta el fin, aunque ahora de angustias mortales

hecho heredero, y despojado un tiempo de tu gloria,

con ojos que no se apartan

arrostras toda la tormenta.»

Aprendamos, oh coherederos de la salvación, a cantar cuando llegue nuestro tiempo de sufrir, cuando se acerque nuestra temporada de duro trabajo; ¡sí, derramemos un cántico de profunda y misteriosa melodía de dicha cuando nuestra hora de morir esté cerca! ¡Ánimo, hermano! Las aguas están frías, pero el miedo no disminuirá en modo alguno los terrores del río. ¡Ánimo, hermano! La muerte es un asunto solemne, pero portarse como un cobarde no la hará menos solemne. Saca la trompeta de plata; que tus labios recuerden la música largo tiempo amada, y que las notas sean claras y agudas mientras mojas tus pies en el Jordán: «Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento». Queridos amigos, que el recuerdo de las melodías de aquel aposento alto os acompañe mañana a vuestros negocios; y si esperáis una gran prueba y teméis que no podréis cantar después de ella, entonces cantad antes de que llegue. Terminad vuestra santa tarea de alabanza antes de que la aflicción estropee la melodía. Llenad el aire de música mientras podáis. Mientras todavía haya pan sobre la mesa, cantad, aunque amenace el hambre; mientras el niño todavía corra riendo por la casa, mientras todavía esté en vuestra propia mejilla el color de la salud, mientras todavía se os conserven los bienes, mientras vuestro corazón todavía esté entero y sano, alzad vuestro cántico de alabanza al Dios Altísimo; y que vuestro Maestro, el Salvador que canta, sea en esto vuestro buen y consolador ejemplo.

Mucho más podría decirse acerca del dulce canto del cisne de nuestro Señor, pero no hay necesidad de desplazar un pensamiento con otro; vuestro tiempo libre estará bien empleado en meditar sobre un tema tan fecundo.

II. Consideraremos ahora el cantar de los discípulos. Se unieron en el «Hallel»: como verdaderos judíos, participaron en el cántico nacional. Israel tenía buenos motivos para cantar en la Pascua, porque Dios había hecho por su pueblo lo que no había hecho por ninguna otra nación sobre la faz de la tierra. Todo hebreo debía de sentir su alma elevada y gozosa en la noche pascual. Era «ciudadano de una ciudad no oscura», y el linaje que podía mirar hacia atrás era tal que, comparados con él, los reyes y los príncipes no eran sino de ayer.

Recordando el hecho que la cena pascual conmemoraba, bien podía Israel regocijarse. Cantaban de su nación en servidumbre, pisoteada bajo el pie tiránico de Faraón; comenzaban el Salmo con mucha tristeza, al pensar en los ladrillos hechos sin paja y en el horno de hierro; pero pronto la melodía subía desde el bajo profundo y empezaba a escalar la escala, mientras cantaban de Moisés, el siervo de Dios, y del Señor que se le apareció en la zarza ardiente. Recordaban la vara misteriosa que se convirtió en serpiente y que devoró las varas de los magos; su música narraba las plagas y maravillas que Dios había obrado en el campo de Zoán, y aquella noche terrible en que los primogénitos de Egipto cayeron ante la espada vengadora del ángel de la muerte, mientras ellos mismos, alimentándose del cordero que había sido inmolado por ellos y cuya sangre había sido rociada sobre el dintel y sobre los postes de la puerta, habían sido preservados por gracia. Luego el cántico se elevaba en torno a la hora en que todo Egipto fue humillado a los pies del Señor, mientras que, en cuanto a su pueblo, él lo sacó como ovejas, por mano de Moisés y de Aarón, y fueron por el camino del mar, el mar Rojo. La melodía subía todavía más cuando entonaban el cántico de Moisés, siervo de Dios, y del Cordero. Con júbilo cantaban del mar Rojo y de los carros de Faraón que se hundieron en medio de él, y los abismos los cubrieron hasta que no quedó ni uno de ellos. Era en verdad un canto glorioso cuando cantaban de Rahab despedazada y del dragón herido junto al mar por la diestra del Altísimo, para la liberación del pueblo escogido.

Pero, amados, si he dicho que Israel podía cantar con tanta razón, ¿qué diré de quienes somos los redimidos espirituales del Señor? Hemos sido emancipados de una esclavitud peor que la de Egipto: «con mano poderosa y con brazo extendido» nos ha librado Dios. La sangre de Jesucristo, el Cordero de la Pascua de Dios, ha sido rociada sobre nuestros corazones y nuestras conciencias. Por la fe celebramos la Pascua, porque hemos sido librados; hemos sido sacados de Egipto; y aunque nuestros pecados se nos opusieron en otro tiempo, todos ellos han sido ahogados en el mar Rojo de la sangre expiatoria de Jesús: «los abismos los cubrieron; no quedó ni uno de ellos». Si el judío podía cantar un «gran Hallel», nuestro «Hallel» debería ser todavía más ardiente; y si cada casa de «la feliz tierra de Judea» estaba llena de música cuando el pueblo comía la fiesta pascual, mucha más razón tenemos nosotros para llenar todo corazón de sagrada armonía esta noche, mientras nos alimentamos de Jesucristo, que fue inmolado y nos ha redimido para Dios con su sangre.

III. Ha llegado ya el momento de deciros cuán ardientemente deseo que «cantéis un himno».

No quiero pediros que uséis vuestras voces, sino que vuestros corazones rebosen de la esencia de la alabanza. Siempre que acudimos a la mesa del Señor, que representa para nosotros la Pascua, no deberíamos venir a ella como a un funeral. Escojamos himnos solemnes, pero no cantos fúnebres. Cantemos suavemente, pero no por ello con menos gozo. Estos no son banquetes de entierro; esos no son panes de duelo los que hay sobre esta mesa, y aquel blanco y hermoso mantel de lino no es una mortaja. «Esto es mi cuerpo», dijo Jesús; pero el cuerpo así representado no era un cadáver: nos alimentamos de un Cristo vivo. La sangre que aquel vino representa es la sangre viva y fresca de nuestro Rey inmortal. No contemplamos el cuerpo de nuestro Señor como carne fría como el barro, traspasada de heridas, sino como glorificado a la diestra del Padre. Celebramos una fiesta feliz cuando partimos el pan el primer día de la semana. No venimos aquí temblando como esclavos, encogidos de rodillas como siervos miserables condenados a comer arrodillados; nos acercamos como hombres libres al banquete de nuestro Señor, como sus apóstoles, para recostarnos a nuestras anchas o sentarnos con sosiego; no solo para comer pan, que puede pertenecer al más afligido, sino para beber vino, que pertenece a hombres cuyas almas están alegres. Reconozcamos la justicia, sí, el deber de la alegría en esta cena conmemorativa; y, por tanto, «cantemos un himno».

Satisfechos en este punto, quizá preguntéis: «¿Qué himno cantaremos?». En los tiempos antiguos se cantaban muchas clases de himnos: recorred la lista y apenas encontraréis uno que no pueda convenirnos ahora.

Uno de los primeros cantos de la tierra fue el canto de guerra. Antiguamente se cantaba un cántico al vencedor cuando volvía de la batalla: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles». Las mujeres tomaban sus panderos y se regocijaban en la danza cuando el héroe volvía de la guerra. Así también, en otro tiempo, el pueblo de Dios lo ensalzaba por sus proezas, cantando en alta voz con címbalos resonantes: «Cantad al Señor, porque en extremo se ha engrandecido . . . El Señor es varón de guerra; el Señor es su nombre». ¡Hermanos míos, alcemos esta noche un canto de guerra! ¿Por qué no? «¿Quién es este que viene de Edom, de Bosra, con vestidos rojos? ¿Este hermoso en su vestido, que marcha en la grandeza de su poder? Yo, el que hablo en justicia, grande para salvar». Venid, alabemos a nuestro Emanuel, al ver la cabeza de nuestro enemigo en su diestra; al contemplarlo llevando cautiva la cautividad y subiendo a lo alto con el gozoso son de las trompetas, entonemos el peán; lancemos el grito de guerra: «¡Io Triumphe!». He aquí que viene, todo glorioso, de la guerra: al reunirnos en torno a esta mesa festiva, que nos recuerda tanto su combate como su victoria, saludémoslo con un salmo de alegre triunfo, que no será sino el preludio del cántico que esperamos cantar cuando subamos—

«Allí donde se reúnen todos los cantores».

Otra forma antigua de canto fue la pastoral. Cuando los pastores se sentaban entre las ovejas, templaban sus flautas y gorjeaban aires suaves y dulces, en armonía con la quietud del campo. Todo alrededor estaba en calma y en silencio; el sol brillaba con fuerza y los pájaros hacían melodía entre las ramas frondosas. ¿Pareceré caprichoso si digo: unámonos esta noche en una pastoral? Sentados alrededor de la mesa, ¿por qué no habríamos de cantar: «El Señor es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar; junto a aguas de reposo me pastoreará»? Si hay bajo las estrellas un lugar donde uno pueda sentirse perfectamente en reposo y sosiego, seguramente es la mesa del Señor. Aquí, pues, cantemos a nuestro gran Pastor una pastoral de deleite. Que el balido de las ovejas resuene en nuestros oídos al recordar al buen Pastor que dio su vida por su rebaño.

No hace falta recordaros que los antiguos eran muy aficionados a los cantos festivos. Cuando se reunían en sus grandes fiestas, guiados por sus juglares escogidos, cantaban con gran gozo y con bulliciosa alegría. Que hable quien quiera en alabanza del vino: mi alma ensalzará la preciosa sangre de Jesús; que celebre quien quiera el trigo y el aceite, el rico fruto de la cosecha: mi corazón cantará del Pan que descendió del cielo, del cual, si alguno come, nunca tendrá hambre. ¿Habláis de banquetes reales, y de música digna del oído de un monarca? La nuestra es una fiesta más noble, y nuestro cántico es mucho más dulce. Hay lugar en esta mesa esta noche para toda la poesía y la música de la tierra, porque el lugar merece cantos más resplandecientes de deleite, más centelleantes de joyas de santa alegría, que cualquiera que los antiguos pudieran concebir.

«¡Ahora un canto de excelsa alabanza

al Hijo, igual al gran Señor!

¡Despierta, voz mía, en celestes cantos,

proclama las grandes maravillas que él ha hecho!»

No debemos olvidar el canto de amor, pues es de manera peculiar el cántico de esta noche. «Ahora cantaré a mi Amado un cantar». Su amor por nosotros es un tema inmortal; y como nuestro amor, avivado por el soplo del cielo, estalla en una llama vehemente, podemos cantar, sí, y cantaremos entre los lirios una canción de amores.

En el Antiguo Testamento encontramos muchos Salmos que llevan por título «Cántico gradual». Algunos suponen que este «Cántico gradual» se cantaba cuando el pueblo subía las gradas del templo o peregrinaba al lugar santo. La melodía cambia a menudo: a veces es dolorida, y luego alegre; en un momento las notas son largas y pesadas, en otro son animadas y jubilosas. Esta noche cantaremos un «Cántico gradual». Lloraremos por haber traspasado al Señor, y nos regocijaremos en el perdón comprado con sangre. Nuestra melodía debe variar al hablar del pecado, sintiendo su amargura y lamentándolo, y luego del perdón, regocijándonos en su gloriosa plenitud.

David escribió un buen número de Salmos a los que tituló «Masquil», que en nuestra lengua podríamos llamar «Salmos de instrucción». ¿Dónde, amados, podemos hallar instrucción más rica que en la mesa de nuestro Señor? Quien entiende el misterio de la encarnación y de la sustitución es un maestro en teología bíblica. Hay más enseñanza en el cuerpo del Salvador y en la sangre del Salvador que en todo el mundo junto. ¡Oh vosotros que deseáis aprender el camino del consuelo y cómo andar por el camino real hacia la sabiduría celestial, venid a la cruz y ved al Salvador sufrir y derramar la sangre de su corazón por el pecado humano!

Algunos de los Salmos de David se llaman «Mictam», que significa «Salmo de oro». Sin duda debemos cantar uno de ellos. Nuestros salmos deben ser de oro cuando cantamos de la Cabeza de la Iglesia, que es como oro finísimo. Más precioso que la plata o el oro es el precio inestimable que él ha pagado por nuestro rescate. ¡Sí, hijos de la armonía, traed aquí vuestras antífonas más melodiosas, y que vuestro Salvador reciba vuestros salmos de oro!

Ciertos Salmos del Antiguo Testamento se titulan «Sobre Sosanim», es decir, «Sobre los lirios». Oh almas vírgenes, cuyos corazones han sido lavados en sangre y hechos blancos y puros, sacad vuestros instrumentos de canto:

«¡Traed, pues, aquí vuestra música;

tañed con fuerza cada alegre cuerda!»

Que vuestros corazones, cuando estén en su mejor estado, cuando estén más puros y más limpios de la escoria terrenal, den a Jesús su gloria y su excelencia.

Hay además otros Salmos que están dedicados «A los hijos de Coré». Si la conjetura es acertada, la razón por la que tenemos el título «A los hijos de Coré» —«canción de amores»— debe de ser esta: que cuando Coré, Datán y Abiram fueron tragados por la tierra, los hijos de Datán y de Abiram fueron tragados también; pero los hijos de Coré no perecieron. Por qué no fueron destruidos, no lo sabemos. Quizá fue que la gracia soberana perdonó a quienes la justicia habría podido condenar; y «los hijos de Coré» fueron hechos desde entonces los dulces cantores del santuario; y siempre que había una «canción de amores» especial, se les dedicaba a ellos. ¡Ah! Esta noche, alrededor de la mesa, tendremos una de esas canciones de amor, porque también nosotros somos salvos por una gracia que nos distingue. Cantaremos del Amante celestial y de las muchas aguas que no pudieron apagar su amor.

«Amor tan vasto que nada lo limita;

amor tan hondo que el pensamiento no lo sondea;

amor que hizo al Señor de todo

beber el ajenjo y la hiel.

«Amor que lo llevó a la cruz,

cargando allí una pérdida indecible;

amor que lo condujo a la penumbra

de la tumba fría y sombría.

«Amor que lo hizo levantarse de allí

muy por encima de los cielos estrellados,

para compartir allí, con tierno y amante cuidado,

todas las penas de su pueblo.

«Amor que no lo dejará descansar

hasta que todos sus escogidos sean bendecidos;

hasta que todos aquellos por quienes murió

vivan gozosos a su lado.»

No hemos agotado ni la mitad de la lista, pero está claro que, sentados a la mesa del Señor, no nos faltará salmodia apropiada. Quizá ningún himno exprese del todo los sentimientos de todos; y aunque nosotros no quisiéramos escribiros un himno, sí pediríamos al Espíritu Santo que escriba ahora el espíritu de alabanza en vuestros corazones, para que, sentados aquí, podáis, «después de la cena», cantar «un himno».

IV. Durante uno o dos minutos preguntémonos: «¿Cuál será la melodía?». Ha de ser una melodía extraña, porque si hemos de cantar «un himno» esta noche alrededor de la mesa, la melodía debe tener todas las voces de la música. Aquel creyente tiene el corazón apesadumbrado por múltiples tristezas, duelos y vigilias junto a los enfermos. Ama a su Señor y quisiera alabarlo, pero su alma se niega a usar sus alas. Hermano, tendremos una melodía en la que puedas unirte, y tú llevarás el bajo. Cantarás de tu comunión con tu Amado en sus padecimientos: cómo él también perdió a un amigo; cómo pasó noches enteras sin dormir; cómo su alma estuvo muy triste. Pero la melodía no debe ser toda de bajo, o no convendría a algunos de nosotros esta noche, porque podemos alcanzar la nota más alta. Hemos visto al Señor, y nuestro espíritu se ha alegrado en Dios nuestro Salvador. Queremos elevar bien alto el coro; sí, hay aquí algunos corazones sinceros que a veces están tan llenos de gozo que necesitarán música escrita especialmente para ellos. «Si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé», dijo Pablo, y así lo han dicho otros desde entonces, cuando Cristo ha estado con ellos. ¡Ah, entonces se han visto obligados a subir a las notas más altas, al registro más excelso del canto!

Recordad, amados, que el mismo Salvador que acepta los gritos de gozo de los fuertes recibirá también las notas lastimeras de los débiles y de los que lloran. Vosotros, pequeños, vosotros, niños en la gracia, podéis clamar «Hosanna», y el Rey no os hará callar; y vosotros, hombres fuertes, con todo el poder de vuestra fe, podéis gritar «¡Aleluya!», y vuestras notas serán aceptadas también.

Venid, pues, tengamos una melodía en la que todos podamos unirnos; pero ¡ah!, no podemos componer una que convenga a los muertos —a los muertos, quiero decir, «en delitos y pecados»—, y hay aquí algunos así. ¡Oh, que Dios abra su boca y desate su lengua! Pero en cuanto a quienes estamos vivos para Dios, al venir a la mesa aportemos todos nuestra propia parte de la música, y formemos así un cántico de armonía conjunta, a muchas voces, ¡un gran cántico unánime de alabanza a Jesús nuestro Señor!

No deberíamos escoger para la mesa de la comunión una melodía que no sea muy suave. No son temas bulliciosos los que tratamos cuando nos detenemos aquí. Un Salvador que sangra, vestido de una ropa teñida en sangre: este es un tema que debéis tratar con amorosa delicadeza, porque todo lo tosco está fuera de lugar. Y si la melodía es suave, también ha de ser dulce. ¡Silencio, dudas; enmudeced, temores; callad, afanes! ¿A qué venís aquí? Mi música ha de ser dulce y suave cuando canto de él. Pero ¡oh!, también ha de ser fuerte; ha de haber un pleno crescendo en mi alabanza. ¡Abrid los registros, y que el órgano haga crecer el diapasón! Que su rodar de atronadora armonía suba en plenitud hasta el cielo; que cada nota suene en su máxima fuerza. «Alabadle con címbalos, con címbalos de júbilo; con el arpa en tono suave». Que la música sea suave, dulce y fuerte.

¡Ay!, os quejáis de que vuestra alma está desafinada. Entonces pedid al Maestro que afine las cuerdas del corazón. Muchos eruditos suponen que esos «Selah» que tan a menudo encontramos en los Salmos significan «Afinad las cuerdas del arpa»: en verdad necesitamos muchos «Selah», porque nuestros corazones se desafinan constantemente. ¡Oh, que esta noche el Maestro capacite a cada uno de nosotros para elevar aquella oración melodiosa que tantas veces cantamos!

«Enséñame algún canto melodioso

que entonan arriba lenguas de fuego;

alaba el monte —¡oh, afírmame en él,

monte del amor inmutable de Dios!»

V. Terminamos preguntando: ¿quién cantará este himno?

Sentados alrededor de la mesa del Padre, elevaremos un cántico gozoso; pero ¿quién lo hará? «Yo», dice uno; «y nosotros», dicen otros. ¿Por qué hay tantos dispuestos a unirse? La razón se encuentra en la estrofa que cantábamos hace un momento:

«Cuando él es el tema del cántico,

¿quién puede negarse a cantar?»

¿Qué? ¿Un cristiano callado cuando otros alaban a su Maestro? No; tiene que unirse al cántico. Satanás procura dejar mudo al pueblo de Dios, pero no puede, porque el Señor no tiene en toda su familia un solo hijo con la lengua trabada. Todos pueden hablar, y todos pueden clamar, aunque no todos sepan cantar; y creo que hay momentos en que todos pueden cantar; sí, tienen que hacerlo, porque ya conocéis la promesa: «Entonces cantará la lengua del mudo». Sin duda, cuando Jesús lleva la melodía, si hubiera en la familia del Señor algunos callados, tendrán que empezar a alabar el nombre del Señor. Después de que le cortaran la cabeza al Gigante Desesperación, Cristiana, el Sr. Gran-Corazón y todos los demás sacaron lo mejor de sus provisiones e hicieron un banquete, y el señor Bunyan dice que, después de haber festejado, danzaron. En la danza hubo un bailarín notable, a saber, el Sr. Presto-a-Claudicar. Ahora bien, el Sr. Presto-a-Claudicar solía andar con muletas, pero por una vez las dejó a un lado. «Y», dice Bunyan, «¡os aseguro que bailó muy bien!». Esto nos muestra de un modo pintoresco que a veces los más afligidos, los Presto-a-Claudicar, cuando ven cortada la cabeza del Gigante Desesperación, cuando ven la muerte, el infierno y el pecado llevados en cautividad triunfal tras las ruedas del carro victorioso de Cristo, sienten que también ellos deben, por una vez, entregarse a un cántico de alegría. Así que, cuando esta noche haga la pregunta: «¿Quién cantará?», confío en que Presto-a-Claudicar prometa: «Yo».

Quizá no tengas mucho consuelo en casa; ese poco lo ganas con un trabajo muy duro. El domingo es para ti un verdadero día de descanso, porque toda la semana te hacen trabajar con mucha crueldad. Esas mejillas tuyas, pobre muchacha, se están poniendo muy pálidas, ¿y quién sabe si los patéticos versos de Hood no serán verdad en tu caso?

«¡Puntada, puntada, puntada,

en pobreza, hambre y suciedad,

cosiendo a la vez, con doble hilo,

una mortaja y una camisa!»

Pero, hermana mía, sin duda puedes regocijarte esta noche a pesar de todo eso. Puede haber poco en la tierra, pero hay mucho en el cielo. Quizá haya poco consuelo para ti aquí fuera de Cristo; pero ¡oh!, cuando por la fe subes a su gloria, tu alma se alegra. Esta noche serás tan rica como el más rico si el Espíritu Santo te trae a la mesa y te capacita para alimentarte de tu Señor y Maestro. Quizá hayas venido aquí esta noche cuando no debías haberlo hecho. El médico te habría dicho que guardaras cama, pero te empeñaste en subir a la casa donde el Señor tantas veces se ha encontrado contigo. Confío en que oiremos tu voz en el cántico. Parece que en los días de David había muchas cosas que acallaban la alabanza de Dios, pero David era de los que cantaban. Me gusta aquella expresión suya en la que el diablo parece acercarse, ponerle la mano en la boca y decirle: «Cállate». «No», dice David, «cantaré». De nuevo el diablo intenta acallarlo, pero David no se deja silenciar, porque lo dice tres veces: «Cantaré, sí, cantaré alabanzas al Señor». ¡Que el Señor te haga resolver esta noche que alabarás al Señor Jesús con todo tu corazón!

¡Ay!, hay muchos de vosotros aquí esta noche a quienes no podría invitar a esta fiesta de cántico, y que no podríais venir de verdad aunque se os invitara. Vuestros pecados no están perdonados; vuestras almas no están salvadas; no habéis confiado en Cristo; todavía estáis en las tinieblas de la naturaleza, todavía en hiel de amargura y en prisión de maldad. ¿Ha de ser siempre así? ¿Os destruiréis a vosotros mismos? ¿Habéis hecho pacto con la muerte y acuerdo con el infierno? ¡La misericordia se detiene! ¡La longanimidad continúa! ¡Jesús espera! Recordad que él colgó de la cruz por pecadores como vosotros, y que si creéis en él ahora, seréis salvos. Un solo acto de fe, y todo el pecado que habéis cometido queda borrado. Una sola mirada del ojo de la fe a las heridas del Mesías, y vuestra carga de iniquidad es arrojada a lo profundo del mar, ¡y sois perdonados en un instante!

«¡Oh!», dice uno, «¡ojalá pudiera creer!». Pobre alma, ¡que Dios te ayude a creer ahora! Dios tomó sobre sí nuestra carne; Cristo nació entre los hombres y padeció a causa de la culpa humana, haciéndosele padecer, «el justo por los injustos, para llevarnos a Dios». Cristo fue castigado en el lugar, en la posición y en vez de todo hombre y mujer que crea en él. Si crees en él, él fue castigado por ti, y tú nunca serás castigado. Tus deudas están pagadas, tus pecados están perdonados. Dios no puede castigarte, porque ha castigado a Cristo en tu lugar, y nunca castigará dos veces una misma ofensa. Creer es confiar. Si ahora confías tu alma enteramente a él, eres salvo, porque te amó y se entregó a sí mismo por ti. Cuando sepas esto y sientas que es verdad, ven entonces a la mesa del Señor y únete a nosotros cuando, después de la cena, cantemos nuestro himno:

«“¡Consumado es!” ¡Oh, qué deleite

nos brindan estas dulces palabras!

Bendiciones celestiales sin medida

fluyen hacia nosotros de Cristo el Señor:

“¡Consumado es!”

Santos, recordad sus palabras al morir.

«Templad de nuevo vuestras arpas, serafines,

uníos para cantar el grato tema;

todos en la tierra y todos en el cielo,

¡uníos para alabar el nombre de Emanuel!

¡Aleluya!

¡Gloria al Cordero que sangró!»

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