Hasta que él venga
Yo os haré descansar

Capítulo 13 · 16 min de lectura · 21 min de escucha

Yo os haré descansar

MENSAJE DE COMUNIÓN EN MENTONE. «Yo os haré descansar».—Mateo 11:28.

«YO OS HARÉ DESCANSAR».

Mil veces hemos considerado estas palabras como un aliento para los trabajados y cargados; y por eso quizá no hemos sabido leerlas como una promesa para nosotros mismos. Pero, amados amigos, nosotros hemos venido a Jesús, y por tanto él está comprometido a cumplirnos esta promesa de valor incalculable. Ahora podemos gozar de la promesa, pues hemos obedecido el mandato. El Testigo fiel y verdadero, cuya palabra es verdad, nos prometió descanso si veníamos a él; y por eso, puesto que hemos venido a él, y siempre estamos viniendo a él, podemos decir con confianza: «Oh tú, que eres nuestra Paz, cumple con nosotros tu palabra, en la que dijiste: “Yo os haré descansar”».

Por la fe veo a nuestro Señor de pie en medio de nosotros, y le oigo decir, con voz de dulcísima música, primero a todos juntos, y luego a cada uno en particular: «Yo os haré descansar». ¡Que el Espíritu Santo traiga a cada uno de nosotros la plenitud del descanso y de la paz de Dios! Solo por unos minutos necesitaré vuestra atención; y comenzaremos haciendo la pregunta:—

I. ¿Qué deben de significar estas palabras?

Un querido amigo pidió esta mañana en oración que, al estudiar las Escrituras, se nos concediera leer entre líneas y por debajo de la letra de la Palabra. ¡Tengamos esa santa perspicacia para leer así el lenguaje tan lleno de gracia de nuestro Señor!

Esta promesa tiene que significar descanso para todas las partes de nuestra naturaleza espiritual. Nuestro cuerpo no puede descansar si la cabeza duele o los pies están llenos de dolor; si un miembro está alterado, todo el cuerpo es incapaz de reposar; y así también la naturaleza superior es una, y tan íntimas afinidades unen todas sus facultades y potencias, que o descansan todas, o ninguna puede estar tranquila. Jesús da un descanso real y, por consiguiente, universal a cada parte de nuestro ser espiritual.

El corazón es por naturaleza inquieto como las olas del viejo océano; busca un objeto para su afecto, y cuando lo encuentra debajo de las estrellas, está condenado a la tristeza. O el ser amado cambia, y viene la desilusión; o entra la muerte, y viene el duelo. Cuanto más tierno es el corazón, mayor es su inquietud. Aquellos en quienes el corazón no es más que una de las válvulas mayores permanecen imperturbables, porque son insensibles; pero los sensibles, los generosos, los desinteresados, a menudo andan buscando reposo y no lo hallan. A estos el Señor Jesús les dice: «Venid a mí, y yo os haré descansar». ¡Mirad hacia acá, vosotros los que amáis, porque aquí hay un refugio para vuestro amor herido! Podéis deleitaros en el Amado, y nunca temer que él os falle o se olvide de vosotros. El amor no se desperdicia, por mucho que se prodigue sobre Jesús. Él lo merece todo, y lo recompensa todo. Amándole a él, el corazón halla un contentamiento delicioso. Cuando la cabeza reposa en su seno, goza de un sosiego que ninguna almohada de plumas podría dar. ¡Cómo descansaba Madame Guyon en medio de severas persecuciones, porque su gran amor a Jesús le llenaba el alma hasta rebosar! Oh corazón dolorido, oh corazón quebrantado, ven acá, porque Jesús dice: «Yo os haré descansar».

La conciencia, cuando está algo viva y despierta, se turba mucho porque la santa ley de Dios ha sido quebrantada por el pecado. Ahora bien, una conciencia que ha sido despertada no se calma fácilmente. Ni la incredulidad ni la superstición logran adormecerla; ella desafía esos opiáceos de la mentira, y atormenta el alma con una molestia perpetua. Como el mar en tempestad, no puede estarse quieta, sino que arroja constantemente sobre la playa de la memoria el cieno y el lodo de las transgresiones e iniquidades pasadas. ¿Es este tu caso? Entonces Jesús dice: «Yo os haré descansar». Si en algún momento surgen temores y aprensiones de una conciencia despierta, solo pueden calmarse de forma segura y cierta huyendo nosotros al Crucificado. En la bendita verdad de una sustitución aceptada por Dios y cumplida plenamente por el Señor Jesús, nuestra mente halla paz. En el sacrificio de Cristo la justicia queda honrada y la ley vindicada. Puesto que Dios está satisfecho, bien puedo estarlo yo. Puesto que el Padre ha levantado a Jesús de los muertos y le ha sentado a su diestra, no puede haber duda en cuanto a su aceptación; y, por consiguiente, todos los que están en él son también aceptados. Ya no tememos ser condenados; Jesús nos da descanso al capacitarnos para lanzar el desafío: «¿Quién es el que condenará?», y para dar la respuesta que tranquiliza: «Cristo es el que murió».

El intelecto es otra fuente de inquietud; y en estos tiempos obra con especial energía, empujando hacia el trabajo y la fatiga de la mente. Las dudas, que pican como mosquitos, brotan de casi cada página de la literatura del día. La mayoría de los hombres van a la deriva, como barcos sin ancla, y chocan contra nosotros. ¿Cómo podemos descansar? Este sistema de filosofía se come al otro; esta nueva moda de herejía devora a la anterior. ¿Hay algún fundamento? ¿Hay algo que sea verdad? ¿O todo es fábula, y estamos condenados a ser víctimas de una mentira siempre cambiante? ¡Oh alma, no busques asentarte en el saber de los hombres; ven más bien y aprende de Jesús, y hallarás descanso! Cree a Jesús, y deja que todos los rabinos le contradigan. El Hijo de Dios se hizo carne, vivió, murió, resucitó, vive, ama; esto es verdad, y todo lo que él enseña en su Palabra es verdad segura; lo demás puede volar como el tamo delante del viento. Una mente en busca de la verdad es una paloma sin un lugar donde sentar la planta de su pie, hasta que halla su descanso en Jesús, el verdadero Noé.

Además, estas palabras significan descanso en cuanto a todas las cosas. El que está intranquilo por algo no ha hallado descanso. Mil espinos y cardos crecen en el suelo de esta tierra, y nadie puede andar felizmente por los caminos de la vida si sus pies no están calzados con el apresto del evangelio de la paz que Jesús da. En Cristo descansamos en cuanto a nuestros deberes, porque él nos instruye y nos ayuda en ellos. En él descansamos en cuanto a nuestras pruebas, porque él se compadece de nosotros en ellas. Con su amor, estamos en reposo en cuanto a los movimientos de la Providencia, porque su Padre nos ama y no permitirá que nada nos dañe. En cuanto al pasado, descansamos en su amor perdonador; en cuanto al presente, resplandece con su amorosa comunión; en cuanto al futuro, brilla con su esperada Venida. Esto vale para lo pequeño tanto como para lo grande. El que nos salva del hacha de guerra de la tentación satánica, también nos saca la espina de una prueba doméstica. Podemos descansar en Jesús en cuanto a nuestro hijo enfermo, en cuanto a nuestro problema en los negocios, o en cuanto a cualquier clase de pena. Él es nuestro Consolador en todas las cosas, el que se compadece de nosotros en toda forma de tentación. ¿Tienes tú un descanso así, que lo cubre todo? Si no, ¿por qué no? Jesús lo da; ¿por qué no participas de él? ¿Tienes algo que no podrías llevarle a él? Entonces huye de ello, porque no es cosa que convenga poseer a un creyente. Un discípulo no debería conocer pena ni gozo que no pudiera revelar a su Señor.

Este descanso, podemos concluir, ha de ser muy maravilloso, puesto que es Jesús quien lo da. Sus manos no dan por centavos y por onzas; él da dones de oro, en cantidad inconmensurable. Es Jesús quien da la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento. Escrito está: «Mucha paz tienen los que aman tu ley»; ¡qué paz tendrán los que aman al Hijo de Dios! Hay momentos en que Jesús nos da un Elíseo celestial de descanso; no podemos describir el reposo divino de nuestro corazón en tales ocasiones. Leemos en los Evangelios que, cuando Jesús calmó la tempestad, «se hizo grande bonanza»; no simplemente «bonanza», sino grande bonanza: insólita, absoluta, perfecta, memorable. Nos recuerda la quietud que Juan describe en el Apocalipsis: «Vi cuatro ángeles que estaban sobre los cuatro ángulos de la tierra, deteniendo los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol»; ni una onda agitaba las aguas, ni una hoja se movía en los árboles.

Ciertamente nuestro Señor ha dado un bendito descanso a quienes confían en él y le siguen. Muchas veces no saben explicar a otros su profunda paz, ni las razones en que se funda; pero la conocen, y les proporciona una riqueza interior comparada con la cual la fortuna de un millonario impío es la pobreza misma. ¡Que todos conozcamos plenamente, por una feliz experiencia personal, el significado de la promesa de nuestro Salvador: «Yo os haré descansar»!

II. Pero ahora, en segundo lugar, preguntémonos: ¿Por qué deberíamos tener este descanso?

La primera respuesta está en nuestro texto. Debemos gozar de este descanso porque Jesús lo da. Ya que él lo da, debemos tomarlo. Porque él lo da, podemos tomarlo. He conocido a algunos cristianos que han pensado que sería presunción de su parte tomar este descanso; y así han andado revoloteando de acá para allá, como pájaros asustados, cansados de sus largos vuelos, pero sin atreverse a plegar sus alas fatigadas y descansar. Si hay alguna presunción en el asunto, no seamos tan presuntuosos como para creer que sabemos más que nuestro Señor. Él nos da descanso: por esa razón, aunque no hubiera otra, tomémoslo, pronto y con gratitud. «Reposa en el Señor, y espera en él». Di con David: «Mi corazón está firme, oh Dios, mi corazón está firme; cantaré, y entonaré salmos».

«Reposa ya, mi corazón, tanto tiempo dividido;

fijo en este dichoso centro, reposa».

Además, debemos tomar el descanso que Jesús da, porque nos refrescará. A menudo estamos cansados; a veces nos cansamos en la obra de Dios, aunque confío en que nunca nos cansemos de ella. Hay muchas cosas que nos causan cansancio: el pecado, la tristeza, la mundanalidad de los que profesan la fe, el predominio del error en la Iglesia, y otras más. Muchas veces somos como un niño cansado que ya no puede sostener su cabecita. ¿Qué hace? ¡Pues sencillamente se duerme en los brazos de su madre! Seamos tan sabios como el pequeño, y descansemos en el abrazo de nuestro amante Salvador. El poeta habla del—

«dulce restaurador de la cansada naturaleza, el balsámico sueño»;

y así es. A veces lo mejor que un cristiano puede hacer es, literalmente, irse a dormir. Cuando despierte, estará tan refrescado que le parecerá estar en un mundo nuevo. Pero, en lo espiritual, no hay refrigerio como el que viene del descanso que Cristo da. Como dijo Isaías: «Este es el reposo: dad reposo al cansado; y este es el refrigerio». El dulce himno del Dr. Bonar, tan apropiado para un pecador que viene a Cristo por primera vez, es igualmente apropiado para un santo cansado que vuelve a los brazos de su Salvador; porque él también puede cantar:—

«Oí la voz de Jesús decir:

“Ven a mí y descansa;

recuesta, alma cansada, recuesta

tu cabeza en mi pecho”.

Vine a Jesús tal como era,

cansado, abatido y triste:

hallé en él un lugar de reposo,

y él me ha llenado de gozo».

Otra razón por la que debemos tener este descanso es que nos permitirá concentrar todas nuestras facultades. Muchos que podrían ser siervos fuertes del Señor son muy débiles, porque sus energías no se concentran en un solo objeto. No dicen con Pablo: «Una cosa hago». Somos criaturas tan pobres que no podemos ocupar la mente con más de un asunto a la vez. ¡Pues hasta el zumbido de una mosca, o el trompeteo de un mosquito, bastaría para apartar nuestros pensamientos del santo servicio que ahora nos ocupa! Mientras llevemos alguna carga sobre los hombros, no podemos gozar de un descanso perfecto; y mientras haya alguna carga sobre nuestra conciencia o nuestro corazón, no podemos tener descanso del alma. ¿Cómo hemos de ser librados de estas cargas? Solo entregándonos por completo al gran Portador de cargas, que dice: «Venid a mí, y yo os haré descansar». Poseyendo este descanso, todas nuestras facultades quedarán centradas y enfocadas en un solo objeto, y con corazón indiviso buscaremos la gloria de Dios.

Habiendo obtenido este descanso, podremos dar testimonio de nuestro Señor. Recuerdo que, cuando empecé a enseñar en una escuela dominical, un día hablaba a mi clase sobre las palabras: «El que cree en mí, tiene vida eterna». Me tomó bastante por sorpresa que uno de los muchachos me dijera: «Maestro, ¿tienes tú vida eterna?». Le respondí: «Eso espero». El alumno no quedó satisfecho con mi respuesta, así que me hizo otra pregunta: «Pero, maestro, ¿no lo sabes?». El muchacho tenía razón; no puede haber verdadero testimonio sino el que brota de una convicción segura de nuestra propia salvación y de nuestro gozo en el Señor. Lo que sabemos hablamos; creemos, y por eso hablamos. El descanso del corazón, al venir a Cristo, nos permite invitar a otros a él con gran confianza, porque podemos contarles qué paz celestial nos ha dado. Esto nos permitirá presentar el evangelio de manera muy atractiva, pues la evidencia de nuestra propia experiencia ayudará a otros a confiar ellos mismos en el Señor. Con el amado apóstol Juan podremos decir a nuestros oyentes: «Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos visto, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna, la cual estaba con el Padre, y se nos manifestó); lo que hemos visto y oído, eso os anunciamos, para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo».

Una vez más, este descanso es necesario para nuestro crecimiento. Al lirio del jardín no se le arranca y se le trasplanta dos o tres veces al día; esa sería la manera de impedir todo crecimiento. Se le mantiene en un solo lugar y se le cuida con ternura. Manteniéndolo bien quieto es como el jardinero le ayuda a alcanzar la perfección. Un hijo de Dios crecería mucho más deprisa si tan solo descansara en un lugar en vez de estar siempre en movimiento. «En descanso y en reposo seréis salvos; en quietud y en confianza será vuestra fortaleza». Marta se afanaba con muchos quehaceres; pero María estaba sentada a los pies de Jesús. No es difícil decir cuál de las dos tenía más probabilidades de crecer en la gracia y el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo.

Es un tema tentador, pero no debo detenerme en él, porque hemos de pasar a la comunión. Daré solo una respuesta más a la pregunta: «¿Por qué deberíamos tener este descanso?». Nos preparará para el cielo. El otro día leía un libro en el que encontré esta expresión:—«Las calles del cielo comienzan en la tierra». Es verdad; el cielo no está tan lejos como algunos piensan. El cielo es el lugar de la santidad perfecta, el lugar del servicio sin pecado, el lugar de la gloria eterna; y no hay nada que nos prepare para el cielo como este descanso que Jesús da. El cielo tiene que estar en nosotros antes de que nosotros estemos en el cielo; y el que tiene este descanso tiene el cielo comenzado aquí abajo. Enoc estaba virtualmente en el cielo mientras caminaba con Dios en la tierra, y solo tuvo que continuar aquel santo andar para hallarse realmente en el cielo. Este mundo es parte de la gran casa de nuestro Señor, cuyo piso superior es el cielo. Algunos de nosotros quizá oigamos la llamada del Maestro, «Sube más arriba», antes de lo que pensamos; y entonces, así como aquí descansamos en Cristo, allá descansaremos con Cristo. Cuanto más tengamos ahora de este bendito descanso, mejor preparados estaremos para el reposo que queda para el pueblo de Dios, aquel eterno «reposo sabático» en el Paraíso de arriba.

III. Me he dejado solo un minuto para las respuestas a mi tercera pregunta: ¿Cómo podemos obtener este descanso?

Primero, viniendo a Cristo. Él dice: «Venid a mí, . . . y yo os haré descansar». Confío en que todos los de esta pequeña compañía han venido a Cristo por la fe; ahora vengamos a él en bendita comunión y participación a su mesa. Sigamos viniendo a él, como dice el apóstol: «acercándoos a él», viniendo continuamente, y nunca apartándonos. Cuando despertemos por la mañana, vengamos a Cristo en un acto de renovada comunión con él; todo el día, sigamos viniendo a él aun mientras nos ocupamos en los asuntos de esta vida; y por la noche, que nuestros últimos momentos de vigilia se pasen viniendo a Jesús. Vengamos a Cristo escudriñando las Escrituras, porque allí le hallaremos casi en cada página. Vengamos a Cristo en nuestros pensamientos, deseos, aspiraciones y anhelos; así se cumplirá en nosotros la promesa del texto: «Yo os haré descansar».

Además, obtenemos descanso rindiéndonos a Cristo. «Llevad mi yugo sobre vosotros, . . . y hallaréis descanso para vuestras almas». Cristo nos manda llevar su yugo, no fabricarnos uno propio. Quiere que compartamos el yugo con él, que seamos su verdadero compañero de yugo. Es maravilloso que él esté dispuesto a uncirse con nosotros; la única maravilla mayor es que nosotros estemos tan poco dispuestos a uncirnos con él. ¡Al tomar su yugo sobre nosotros, con qué gozo entraremos en nuestro descanso eterno! Aquí hallamos descanso para nuestras almas, un descanso ulterior, más allá del que él nos da cuando venimos a él. Primero descansamos en Jesús por la fe, y luego descansamos en él por la obediencia. El primer descanso nos lo da por su muerte; el descanso ulterior lo hallamos copiando su vida.

Por último, aseguramos este descanso aprendiendo de Cristo. «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas». Hemos de ser obreros con Cristo, tomando su yugo sobre nosotros; y, al mismo tiempo, hemos de ser alumnos en la escuela de Cristo, aprendiendo de él. Hemos de aprender de Cristo, y aprender a Cristo; él es a la vez el Maestro y la lección. Su mansedumbre de corazón le capacita para enseñar, y le hace la mejor ilustración de su propia enseñanza. Si llegamos a ser como él es, descansaremos como él descansa. Los humildes de corazón tendrán el corazón en reposo. ¡Ahora, al acercarnos a la mesa de la comunión, que hallemos plenamente aquel descanso del que hemos estado hablando, por amor del gran Dador del descanso! Amén.

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