Hasta que él venga
Cuerdas de amor, o la unión con Cristo

Capítulo 12 · 19 min de lectura · 24 min de escucha

Cuerdas de amor, o la unión con Cristo

CUERDAS DE AMOR, O LA UNIÓN CON CRISTO. «Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor; y fui para ellos como los que alzan el yugo de sobre sus mejillas, y puse delante de ellos la comida.»—Oseas 11:4.

CUERDAS DE AMOR, O LA UNIÓN CON CRISTO.

LOS teólogos sistemáticos han considerado por lo general la unión con Cristo bajo tres aspectos, natural, mística y federal, y puede que estos tres términos sean lo bastante amplios para abarcar todo el tema; pero, como nuestro propósito es la sencillez, se nos perdonará si parecemos difusos al seguir un método menos conciso.

1. Los santos estuvieron unidos a Cristo desde el principio por lazos de amor eterno. Antes de que él tomara sobre sí su naturaleza, o los llevara a gozar conscientemente de él, su corazón estaba puesto en sus personas, y su alma se deleitaba en ellos. Mucho antes de que fueran hechos los mundos, su ojo presciente contemplaba a sus escogidos y los miraba con deleite. Fuertes eran los indisolubles lazos de amor que entonces unían a Jesús con las almas que había determinado redimir. Ni barras de bronce ni acero triple habrían sido ataduras más reales y eficaces. El amor verdadero, de todas las cosas del universo, es la que tiene mayor fuerza de cohesión, y soportará la mayor tensión y resistirá la presión más pesada: ¿quién dirá qué pruebas ha soportado el amor del Salvador, y cuán bien las ha resistido? Nunca hubo unión más verdadera que esta. Así como el alma de Jonatán quedó ligada con el alma de David, de modo que amó a David como a su propia alma, así nuestro glorioso Señor quedó unido y ligado a nosotros con los vínculos de un amor ferviente y fiel. El amor tiene un poder poderosísimo para producir y sostener la unión, pero nunca despliega tan bien su fuerza como cuando lo vemos llevar al Creador a ser uno con la criatura, y a lo divino a aliarse con lo humano. Esto, pues, ha de considerarse como la aurora de la unión: el amor de Cristo abrazando en sus pliegues a toda la familia escogida.

2. Hay, además, una unión de propósito, así como de amor. Por la primera, hemos visto que los escogidos son hechos uno con Jesús por el acto y la voluntad del Hijo; por la segunda, están unidos a él por la ordenación y el decreto del Padre. Estos actos divinos son coeternos. El Hijo amó a su pueblo y lo escogió para que fuera su propia esposa; el Padre hizo la misma elección, y decretó que los escogidos fueran para siempre uno con su gloriosísimo Hijo. El Hijo los amó, y el Padre los decretó como su porción y su herencia; el Padre los ordenó para que fueran lo que el Hijo mismo los hizo.

En el propósito de Dios han estado eternamente asociados como partes de un solo designio. La salvación era el plan preordenado por el cual Dios iba a engrandecerse a sí mismo, y en ese plan un Salvador estaba, por necesidad, asociado con las personas escogidas para ser salvas. El alcance de la dispensación de la gracia incluía a ambos; el círculo de la sabiduría abarcaba en su única circunferencia al Redentor y a los redimidos. No podían ser disociados en la mente y la voluntad de Jehová, que todo lo planea.

«“Sea Cristo mi primer escogido”, dijo,

y luego escogió nuestras almas en Cristo, nuestra Cabeza.»

El mismo Libro que contiene los nombres de los herederos de la vida contiene el nombre de su Redentor. Él no podía ser Redentor si no se le hubieran dado almas que redimir, ni ellas podrían haber sido llamadas los rescatados del Señor si él no se hubiera comprometido a comprarlas. La redención, cuando fue determinada por el Dios del cielo, incluía en sí tanto a Cristo como a su pueblo; y por eso, en el decreto que la fijó, fueron llevados a una alianza estrecha e íntima.

La previsión de la Caída llevó a la mente divina a proveer para la catástrofe en la que los escogidos habrían perecido, de no haberse impedido su ruina mediante una intervención de gracia. De ahí se siguieron, como parte del plan divino, otras formas de unión que, además de su objeto inmediato en la salvación, tenían sin duda el propósito ulterior de ilustrar la alianza condescendiente que Jesús había formado con sus escogidos. El punto siguiente y los que le siguen son de esta naturaleza.

3. Jesús es uno con sus escogidos federalmente. Así como todo heredero de carne y sangre tiene un interés personal en Adán, porque él es la cabeza del pacto y el representante de la raza considerada bajo la ley de las obras, así también, bajo la ley de la gracia, toda alma redimida es una con el Señor del cielo, puesto que él es el Segundo Adán, el Fiador y Sustituto de los escogidos en el nuevo pacto de amor. El apóstol Pablo declara que Leví estaba en los lomos de Abraham cuando Melquisedec le salió al encuentro: igualmente cierto es que el creyente estaba en los lomos de Jesucristo, el Mediador, cuando en la vieja eternidad los acuerdos del pacto de la gracia fueron decretados, ratificados y asegurados para siempre. Así, todo lo que Cristo ha hecho, lo ha obrado para todo el cuerpo de su Iglesia. Fuimos crucificados en él y sepultados con él (léase Colosenses 2:10-13), y, para hacerlo aún más maravilloso, hemos resucitado con él, y aun hemos ascendido con él a los asientos de lo alto (Efesios 2:6). Es así como la Iglesia ha cumplido la ley y es «acepta en el Amado». Es así como el justo Jehová la mira con complacencia, porque la ve en Jesús y no la considera separada de su Cabeza del pacto. Como el Redentor ungido de Israel, Cristo Jesús no tiene nada aparte de su Iglesia, sino que todo lo que tiene lo tiene para ella. La justicia de Adán era nuestra mientras él la mantuvo, y su pecado fue nuestro en el momento en que lo cometió; y, de la misma manera, todo lo que el Segundo Adán es o hace es nuestro tanto como suyo, puesto que él es nuestro Representante. Aquí está el fundamento del pacto de la gracia. Este sistema bondadoso de representación y sustitución, que movió a Justino Mártir a exclamar: «¡Oh bendito cambio! ¡Oh dulce permuta!», esto, digo, es el fundamento mismo del evangelio de nuestra salvación, y ha de recibirse con fe firme y gozo arrebatado. En todo lugar los santos son perfectamente uno con Jesús.

«Uno en la tumba, uno al resucitar,

uno cuando triunfó de sus enemigos,

uno cuando en el cielo tomó su asiento,

mientras los serafines cantaban la derrota del infierno.

«Este lazo sagrado prohíbe sus temores,

pues todo lo que él es o tiene es de ellos;

con él, su Cabeza, se mantienen o caen:

él es su vida, su Fiador y su todo.»

4. Para el cumplimiento de las grandes obras de la expiación y de la obediencia perfecta, era necesario que el Señor Jesús tomara sobre sí «semejanza de carne de pecado». Así se hizo uno con nosotros en nuestra naturaleza, porque en la Santa Escritura todos los que participan de carne y sangre son considerados como de una sola familia. Por el hecho de descender todos de Adán, todos los hombres son de una sola raza, puesto que «de una sangre ha hecho Dios todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra». Por eso, en la Biblia, se habla del hombre universalmente como «tu hermano» (Levítico 19:17; Job 22:6; Mateo 5:23, 24; Lucas 17:3; Romanos 14:10, etc., etc.); y «tu prójimo» (Éxodo 20:16; Levítico 19:13-18; Mateo 5:43; Romanos 13:9; Santiago 2:8); a quien, a causa de la naturaleza y del linaje común, se nos exige mostrar bondad y buena voluntad. Ahora bien, aunque nuestro gran Melquisedec, en su divinidad, es sin padre, sin madre, sin genealogía, y no tiene principio de días ni fin de vida, y tanto en esencia como en rango está a una distancia infinita de la humanidad caída, en cuanto a su humanidad ha de ser contado como uno de nosotros. Nació de mujer, se colgó de sus pechos y fue mecido sobre sus rodillas; creció de la infancia a la juventud y de allí a la madurez, y en cada etapa fue verdadero y real participante de nuestra humanidad. Es tan ciertamente de la raza de Adán como es divino. Es Dios sin ficción ni metáfora, y es hombre sin duda ni disputa. La Deidad no fue humanizada, y así diluida; ni la humanidad fue transformada en divinidad, y así hecha más que humana. Nunca hombre alguno fue más parte de su especie que el Hijo del hombre, el Varón de dolores y el Experimentado en quebranto. Él es el Hermano del hombre, porque llevó toda la naturaleza del hombre. «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.» El que era Dios verdadero de Dios verdadero se hizo un poco menor que los ángeles, y tomó forma de siervo, y fue hecho semejante a los hombres.

Esto se hizo con el más excelente designio respecto a nuestra redención, por cuanto era necesario que, habiendo pecado el hombre, el hombre sufriera; pero sin duda tenía un motivo ulterior: honrar a la Iglesia y capacitar a su Señor para compadecerse de ella. El apóstol observa con suma dulzura: «Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14, 15); y otra vez: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15). Así, por lazos de sangre, Jesús, el Hijo del hombre, es uno con todos los herederos del cielo: «Por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos» (Hebreos 2:11). ¡Qué motivo tenemos aquí para el más firme consuelo y deleite, puesto que «el que santifica y los que son santificados, de uno son todos»! Podemos decir de nuestro Señor lo que la pobre Noemí dijo del generoso Booz: «Nuestro pariente es aquel varón, y uno de los que pueden redimirnos». Abrumados por la liberalidad de nuestro bendito Señor, a menudo nos vemos llevados a clamar con Rut: «¿Por qué he hallado gracia en tus ojos para que me reconozcas, siendo yo extranjera?»; ¿y no estamos a punto de morir de asombro cuando, en respuesta a semejante pregunta, él nos dice que es nuestro Hermano, hueso de nuestros huesos y carne de nuestra carne?

Si en todos nuestros aprietos y angustias guardáramos siempre en la mente el recuerdo de la humanidad de nuestro Redentor, nunca lamentaríamos la falta de un corazón compasivo, puesto que siempre tendríamos su abundante compasión para consolarnos. Él no es un extraño; puede entrar en la amargura del corazón, porque él mismo ha probado el ajenjo y la hiel. No dudemos nunca de su poder para compadecerse de nosotros en nuestras debilidades y tristezas.

Hay un aspecto de este tema de nuestra unión natural con Cristo que no sería propio pasar en silencio, porque es muy precioso para el creyente. Mientras el Señor Jesús toma sobre sí nuestra naturaleza (2 Pedro 1:4), restaura en nosotros aquella imagen de Dios (Génesis 1:27) que fue borrada y desfigurada por la caída de Adán. Nos levanta de la degradación del pecado a la dignidad de la perfección. De modo que, en un doble sentido, la Cabeza y los miembros son de una sola naturaleza, y no como aquella monstruosa imagen que Nabucodonosor vio en su sueño. La cabeza era de oro fino, pero el vientre y los muslos eran de bronce, las piernas de hierro, y los pies, en parte de hierro y en parte de barro. El cuerpo místico de Cristo no es una combinación absurda de opuestos; la Cabeza es inmortal, y el cuerpo es inmortal también, porque así reza el testimonio: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis». «Cual el celestial, tales también los celestiales.» «Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial»; y esto, dentro de pocos años más, se nos hará más plenamente manifiesto, porque «es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad». Cual es la Cabeza, tal es el cuerpo, y cada miembro en particular: una Cabeza escogida y miembros escogidos; una Cabeza aceptada y miembros aceptados; una Cabeza viva y miembros vivos. Si la Cabeza es de oro puro, todas las partes del cuerpo son también de oro puro. Así hay una doble unión de naturaleza como base para la comunión más íntima.

Detente aquí, y mira si puedes contemplar sin un asombro extático la infinita condescendencia del Hijo de Dios al elevar tu miseria a una bendita unión con su gloria. Eres tan vil que, al recordar tu mortalidad, puedes decir a la corrupción: «Mi padre eres tú», y al gusano: «Tú eres mi hermana»; y, sin embargo, en Cristo, eres tan honrado que puedes decir al Todopoderoso: «Abba, Padre», y al Dios encarnado: «Tú eres mi Hermano y mi Esposo». Ciertamente, si el parentesco con familias antiguas y nobles hace que los hombres se tengan en mucho, nosotros tenemos de qué gloriarnos por encima de todos ellos. Echa mano de este privilegio; no dejes que una indolencia insensata te haga negligente en trazar esta genealogía, y no permitas que un necio apego a las vanidades presentes ocupe tus pensamientos hasta excluir este glorioso privilegio, este honor celestial de la unión con Cristo.

Debemos ahora volver sobre nuestros pasos a los montes antiguos y contemplar esta unión en una de sus formas más tempranas.

5. Cristo Jesús está unido también a su pueblo en una unión mística. Tomando prestado una vez más de la historia de Rut, observamos que Booz, aunque era uno con Rut por parentesco, no descansó hasta haber entrado en una unión aún más estrecha, a saber, la del matrimonio; y de la misma manera, a la unión natural de Cristo con su pueblo se añade una unión mística por la cual él asume la posición de Esposo, mientras la Iglesia es reconocida como su esposa. En amor la desposó consigo, como a una virgen pura, mucho antes de que ella cayera bajo el yugo de la servidumbre. Lleno de ardiente afecto, trabajó como Jacob por Raquel, hasta que fue pagado todo el precio de su compra; y ahora, habiéndola buscado por su Espíritu y llevado a conocerle y amarle, espera la hora gloriosa en que la dicha de ambos será consumada en la cena de las bodas del Cordero. Todavía el glorioso Esposo no ha presentado a su prometida, perfeccionada y completa, ante la Majestad del cielo; todavía ella no ha entrado efectivamente en el goce de sus dignidades como su esposa y reina; es aún una peregrina en un mundo de aflicción, una moradora en las tiendas de Cedar; pero ya ahora es la novia, la esposa de Jesús, querida a su corazón, preciosa a sus ojos y unida a su persona. Con amor y ternura, él le dice:

«No te olvidaré, no puedo olvidarte; tu nombre

grabado en mi corazón permanece para siempre:

en las palmas de mis manos, mientras las miro, veo

las heridas que recibí al padecer por ti.»

Él ejerce para con ella todos los oficios afectuosos de un Esposo. Hace rica provisión para sus necesidades, paga todas sus deudas, le permite tomar su nombre y participar de todas sus riquezas. Y nunca obrará de otro modo con ella. La palabra divorcio jamás la pronunciará, porque «él aborrece el repudio». La muerte ha de cortar el lazo conyugal entre los mortales más amorosos, pero no puede dividir los eslabones de este matrimonio inmortal. En el cielo no se casan, sino que son como los ángeles de Dios; pero hay esta única y maravillosa excepción a la regla, porque en el cielo Cristo y su Iglesia celebrarán sus gozosas bodas. Y esta afinidad, así como es más duradera, es también más estrecha que el matrimonio terrenal. Por puro y ferviente que sea el amor de un esposo, no es sino un pálido retrato de la llama que arde en el corazón de Jesús. Por encima de toda unión humana está aquel místico allegarse a la Iglesia, por el cual Cristo dejó a su Padre y se hizo una sola carne con ella.

Si esta es la unión que existe entre nuestras almas y la persona de nuestro Señor, ¡cuán profundo y ancho es el cauce de nuestra comunión! No es un estrecho caño por el que pueda abrirse paso un hilillo de agua; es un cauce de asombrosa profundidad y anchura, a lo largo y a lo ancho del cual puede rodar con toda su fuerza un caudal inmenso de agua viva. He aquí, él ha puesto delante de nosotros una puerta abierta; no seamos tardos en entrar. Esta ciudad de la comunión tiene muchas puertas de perla, cada puerta es de una sola perla, y cada una está abierta de par en par para que entremos, seguros de ser bien recibidos. Si hubiera solo una pequeña aspillera por la cual hablar con Jesús, sería un alto privilegio deslizar una palabra de comunión por esa estrecha abertura; ¡cuánto más bendecidos somos al tener una entrada tan amplia! Si el Señor Jesús hubiera estado lejos de nosotros, con muchos mares tempestuosos de por medio, habríamos anhelado enviarle un mensajero que le llevara nuestro amor y nos trajera noticias de la casa de su Padre; pero mirad su bondad: ha edificado su casa junto a la nuestra; más aún, se hospeda con nosotros y pone su tabernáculo en pobres y humildes corazones, para tener así trato perpetuo con nosotros. ¡Oh, cuán necios hemos de ser si no vivimos en comunión habitual con él! Cuando el camino es largo, peligroso y difícil, no es de extrañar que los amigos rara vez se encuentren; pero cuando viven juntos, ¿olvidará Jonatán a su David? Una esposa, cuando su marido está de viaje, puede pasar muchos días sin conversar con él; pero nunca soportaría estar separada de él si supiera que está en uno de los aposentos de su propia casa. Busca a tu Señor, porque está cerca; abrázale, porque es tu Hermano; retenle con firmeza, porque es tu Esposo; estréchale contra tu corazón, porque es de tu propia carne.

6. Hasta aquí solo hemos considerado los actos de Cristo a favor nuestro, por los cuales él realiza y demuestra su unión con nosotros; ahora debemos pasar a formas más personales y sensibles de esta gran verdad.

Los que están apartados para el Señor son, a su debido tiempo, separados de la masa impura de la humanidad caída, y por la gracia soberana son injertados en la persona del Señor Jesús. Esto, que llamamos unión vital, es más bien cuestión de experiencia que de doctrina; ha de aprenderse en el corazón, y no con la cabeza. Como toda otra obra del Espíritu, la implantación efectiva del alma en Cristo Jesús es una operación misteriosa y secreta, y la razón carnal no puede entenderla más que el nuevo nacimiento al que acompaña. No obstante, el hombre espiritual la discierne como algo de lo más esencial en la salvación del alma, y ve con claridad cómo una unión viva con Cristo es la consecuencia segura de la influencia vivificadora del Espíritu Santo, y en efecto, en algunos aspectos, es idéntica a ella.

Cuando el Señor en su misericordia pasó junto a nosotros y nos vio en nuestra sangre, lo primero que dijo fue: «Vive»; y lo hizo primero porque, sin vida, no puede haber conocimiento, sentimiento ni movimiento espiritual. La vida es una de las cosas absolutamente esenciales en las cosas espirituales; y hasta que se nos otorga, somos incapaces de participar de las cosas del reino. Ahora bien, la vida que la gracia confiere a los santos en el momento de su vivificación no es otra que la vida de Cristo, la cual, como la savia del tronco, corre hacia nosotros, los pámpanos, y establece una conexión viva entre nuestras almas y Jesús. La fe es la gracia que percibe esta unión, y procede de ella como su primicia. Es, para usar una metáfora de los Cantares, el cuello que une el cuerpo de la Iglesia a su gloriosísima Cabeza.

«¡Oh Fe, tú, vínculo de unión con el Señor!,

¿no es este tu oficio? ¿Y no es tu nombre apropiado,

en la economía de los tipos del evangelio

y de sus símbolos adecuados, el cuello de la Iglesia,

que la identifica en voluntad y en obra

con él, que ascendió?»

La fe se aferra al Señor Jesús con mano firme y resuelta. Conoce su excelencia y su valor, y ninguna tentación puede inducirla a depositar su confianza en otra parte; y Cristo Jesús se deleita tanto en esta gracia celestial que nunca deja de fortalecerla y sostenerla con el abrazo amoroso y el sostén todo suficiente de sus brazos eternos. Aquí, pues, queda establecida una unión viva, sensible y deleitosa, que derrama corrientes de amor, confianza, simpatía, complacencia y gozo, de las cuales tanto la esposa como el Esposo se deleitan en beber. Cuando el ojo es claro y el alma puede percibir con evidencia esta unidad entre ella misma y Cristo, puede sentirse el pulso latiendo por ambos, y puede conocerse la sangre única que corre por las venas de cada uno. Entonces el corazón se alegra en gran manera; está tan cerca del cielo como jamás puede estarlo en la tierra, y queda preparado para gozar de la clase de comunión más sublime y espiritual. Esta unión puede ser igual de verdadera cuando nos turban dudas acerca de ella, pero no puede brindar consuelo al alma a menos que sea probada sin lugar a disputa y sentida con certeza; entonces es en verdad un panal que destila dulzura, una joya preciosa que centellea de luz. ¡Atended bien a este asunto, santos del Altísimo!

Capítulo 12 completado

Cuerdas de amor, o la unión con Cristo

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