Hasta que él venga
Jesús, el gran objeto de asombro

Capítulo 11 · 19 min de lectura · 24 min de escucha

Jesús, el gran objeto de asombro

UN DISCURSO DE COMUNIÓN EN MENTON. «He aquí que mi siervo será prosperado, será engrandecido y ensalzado, y será muy sublimado. Como se pasmaron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado su parecer más que el de cualquier hombre, y su figura más que la de los hijos de los hombres; así rociará él a muchas naciones; los reyes cerrarán ante él la boca, porque verán lo que nunca les fue contado, y entenderán lo que jamás habían oído.»—Isaías 52:13-15.

JESÚS, EL GRAN OBJETO DE ASOMBRO.

NUESTRO Señor Jesucristo llevó desde antiguo el nombre de «Admirable», y aun esa palabra resulta demasiado pobre para expresar su maravillosa persona y su carácter. Él dice de sí mismo, con el lenguaje del profeta: «He aquí, yo y los hijos que me dio el Señor somos por señales y prodigios». Él es una fuente de asombro para todos los que le conocen, y cuanto más le conocen, tanto más se «pasman» de él. Es cosa asombrosa que haya existido un Cristo: la encarnación es el milagro de los milagros; que el Infinito se hiciera niño, que el que hizo los mundos fuera envuelto en pañales, sigue siendo un hecho del que, como de una colmena, salen volando continuamente nuevas maravillas. En su naturaleza compleja es tan misterioso, y a la vez tan manifiesto, que sin duda todos los ángeles del cielo se asombraron y se asombran de él. ¡Oh Hijo de Dios e Hijo del hombre, cuando tú, el Verbo, fuiste hecho carne y habitaste entre nosotros, y tus santos vieron tu gloria, era muy natural que muchos se pasmaran de ti!

Nuestro texto parece decir que nuestro Señor fue, primero, una gran maravilla en sus dolores; y, segundo, que fue una gran maravilla en su gloria.

I. Fue una gran maravilla en sus dolores: «Como se pasmaron de ti muchos, de tal manera fue desfigurado su parecer más que el de cualquier hombre, y su figura más que la de los hijos de los hombres».

Su parecer fue desfigurado: sin duda su semblante llevaba las señales de un dolor sin igual. Había surcos en su frente tanto como en sus espaldas; el sufrimiento, el quebranto de espíritu y la agonía del corazón habían hecho mella en aquel rostro hermoso, hasta que su belleza, aunque nunca había de ser destruida, quedó «tan» desfigurada que jamás otro rostro fue tan estropeado por la tristeza. Pero no fue solo su rostro: toda su figura fue desfigurada más que la de los hijos de los hombres. El contorno de su humanidad corporal mostraba las marcas de asaltos singulares de la tristeza, como nunca habían doblegado tan bajo a otra figura. No sé si andaba encorvado, o si sus rodillas vacilaban y su paso era débil; pero evidentemente había en él algo que le daba la apariencia de una vejez prematura, puesto que a los judíos les parecía mayor de lo que era, pues cuando tenía poco más de treinta años le dijeron: «Aún no tienes cincuenta años». No puedo concebir que fuera deforme ni desgarbado; pero, a pesar de su dignidad natural, su aspecto gastado y demacrado lo señalaba como «el varón de dolores», y para el ojo carnal toda su figura, natural y espiritual, no tenía nada que despertara admiración; tal como dijo el profeta: «Le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos». La desfiguración no fue solo de aquel rostro hermoso, sino de toda la fábrica de su admirable humanidad, de modo que muchos se pasmaron de él.

Nuestro asombro, cuando en contemplación miramos a nuestro Señor sufriente, nacerá de considerar cuál debió de ser su belleza natural, alojado como estaba desde el principio en un cuerpo perfecto. Concebido sin pecado, y nacido así de una virgen pura sin mancha de pecado hereditario, no dudo de que en cuanto a su figura fue la flor y el esplendor de la humanidad, y desde su temprana juventud debió de ser la alegría de los ojos de su madre. Los grandes maestros de antaño emplearon toda su habilidad en el santo niño Jesús, pero no es propio de los colores de la tierra pintar al Señor del cielo. Aquel «Santo» que nació de María fue «visto de los ángeles», y encantó sus ojos. ¿Había de ser desfigurada tal hermosura? Cada mirada suya era pura, cada pensamiento suyo era santo, y por eso la expresión de su rostro debió de ser celestial; y, sin embargo, había de ser desfigurada. La pobreza había de marcarla; el hambre, la sed y el cansancio habían de surcarla; los dolores del corazón habían de llenarla de costurones y cicatrices; los salivazos habían de mancharla; las lágrimas habían de escaldarla; los golpes habían de magullarla; la muerte había de dejarla pálida y sin sangre. Bien canta Bernardo:

«¡Oh sacra Cabeza, herida,

de pena y dolor cargada,

¡con qué desprecio ceñida

de espinas, tu sola corona!

¡Qué pálida estás de angustia,

de ultraje y burla cruel!

¡Cómo languidece el rostro

que fue un día cual la aurora!»

El segundo asombro para nosotros ha de ser que pudiera ser tan desfigurado aquel que no tenía nada en su carácter que desfigurara su semblante. El pecado es una triste deformación en rostros que en la primera infancia fueron sumamente atractivos. La pasión, si uno se entrega a ella, pronto pone un sello de deformidad sobre el semblante. Los hombres que se hunden en el vicio llevan en sus facciones las huellas de los fuegos volcánicos de su corazón. Casi todos conocemos a algunos seres marchitos, cuya belleza ha sido consumida por los fieros fuegos del exceso, hasta ser un horror a la vista, como si llevaran puesta la marca de Caín. Cada pecado deja su línea en un rostro hermoso. Pero no había pecado en el bendito Jesús, ningún mal pensamiento que desfigurara su perfección natural. Nunca se le enrojecieron los ojos por detenerse mucho en el vino; ninguna ira impía encendió jamás su mejilla; ninguna codicia dio a su mirada un brillo de lobo; ningún afán egoísta prestó a sus facciones un aire afilado y ansioso. Una vida tan desinteresada y santa como la suya, de haber sido posible, debería haberle hecho más hermoso cada día. Ejercitando tal benevolencia, permaneciendo en tal comunión con Dios, ciertamente el rostro de Cristo, en el orden natural de las cosas, habría asombrado cada vez más con sus encantos sublimes a todos los observadores sensibles. Pero vino la tristeza a grabar su nombre donde el pecado nunca había trazado una línea, e hizo su obra tan eficazmente que su parecer fue desfigurado más que el de cualquier hombre, aunque el Dios de misericordia sabe que ha habido otros rostros consumidos por el dolor y la angustia hasta quedar irreconocibles. No necesito repetir ni una sola de las muchas historias del infortunio humano: la de nuestro Señor las supera todas.

Recordad que el rostro de nuestro Amado, así como toda su figura, debió de ser un índice exacto de su alma. La fisonomía es una ciencia con mucho de verdad cuando trata con hombres veraces. Los hombres que se han apartado de la sencillez saben dominar su semblante; el astuto parecerá honrado, el endurecido aparentará compadecerse del afligido, el vengativo imitará la buena voluntad. Hay algunos que usan continuamente su semblante como usan su habla, para ocultar sus sentimientos; y para ellos es casi cuestión de cortesía no mostrarse nunca, sino andar siempre enmascarados entre sus semejantes.

Pero el Cristo no había aprendido tales artes. Era tan sincero, tan transparente, tan semejante a un niño y tan veraz, que todo lo que se movía dentro de él resultaba visible para los que le rodeaban, en la medida en que eran capaces de comprender su gran alma. Leemos de él que «tuvo compasión». La palabra griega significa que experimentó una maravillosa conmoción de toda su naturaleza, que se estremeció con ella, y sus discípulos vieron cuán hondamente sentía por la gente, que era como ovejas que no tienen pastor. Aunque no se fiaba de los hombres, tampoco se ocultaba, sino que llevaba el corazón en la mano, y todos podían ver lo que era, y sabían que estaba lleno de gracia y de verdad. Por tanto, no nos sorprende, cuando consideramos con devoción el carácter de nuestro Señor, que su parecer y su figura revelaran las agonías interiores de su tierno espíritu; no podía ser que su rostro fuera infiel a su corazón. Los aradores hicieron largos surcos en su alma tanto como en sus espaldas, y su corazón fue desgarrado por convulsiones interiores, que no podían sino afectar a toda su apariencia. Aquellos ojos veían lo que los que le rodeaban no podían ver; aquellos hombros llevaban una carga constante que otros no podían conocer; y, por tanto, su semblante y su figura delataban el hecho. ¡Oh querido, querido Salvador, cuando pensamos en ti, y en tu majestad y pureza, de nuevo nos asombra que los ayes vinieran sobre ti tan gravemente que desfiguraran tu parecer y tu figura!

Pensad ahora, queridos amigos, cuáles fueron las causas de esta desfiguración. No fue la vejez la que había arrugado su frente, porque estaba todavía en la flor de la vida; ni fue una enfermedad personal la que había causado el deterioro; mucho menos fue alguna debilidad o dolencia congénita que al fin se hubiera manifestado, porque en su carne no había posibilidad de impureza, la cual, en la muerte, habría conducido a la corrupción. Fue ocasionada, primero, por su constante compasión hacia los que sufrían. Había un pesado desgaste causado por la extraordinaria compasión de su alma. En tres años había hecho mella en él de la manera más manifiesta, hasta que su parecer fue desfigurado más que el de cualquier otro hombre. En él se daba una especie de absorción de todo el sufrimiento de aquellos a quienes bendecía. Siempre llevaba sobre sí la carga del infortunio mortal. Leemos que Cristo sanó a todos los enfermos, «para que se cumpliese lo que fue dicho por el profeta Isaías, que dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias». Sí, tomó sobre sí aquellas enfermedades y dolencias de alguna manera mística, tal como he oído hablar de ciertos árboles que esparcen salud porque ellos mismos absorben el miasma y atraen hacia sí aquellos vapores nocivos que de otro modo envenenarían a la humanidad. Así, sin quedar ellos mismos contaminados, desinfectan la atmósfera que los rodea. Esto hizo nuestro Salvador, pero el costo fue grande para él. Podéis imaginar, viviendo como vivía en medio de un vasto hospital, cuán constantemente debió de ver escenas que le afligían y le dolían. Además, con una naturaleza tan pura y amorosa, debió de ser torturado cada día por el pecado, la hipocresía y la opresión que tanto abundaban en su tiempo. En cierto sentido, siempre estaba dando su vida por los hombres, porque se consumía en su servicio, atormentado por su pecado y oprimido por su tristeza. Cuanto más miremos ese parecer desfigurado, tanto más nos asombrará la angustia que revelaba.

No os maravilléis de que fuera más desfigurado que cualquier hombre, porque era más sensible que los demás hombres. Ninguna parte de él estaba encallecida; no tenía la conciencia cauterizada, ni la sensibilidad embotada, ni un nervio drogado y amortecido. Su humanidad estaba en su gloria, en la perfección en que estaba Adán cuando Dios lo hizo a su propia imagen, y por eso estaba mal alojado en un mundo tan caído. Leemos de Cristo que estaba «entristecido por la dureza de sus corazones», que «estaba asombrado de la incredulidad de ellos», que gimió «profundamente en su espíritu», que «se conmovió en espíritu, y se turbó». Sin embargo, esto fue solo el comienzo de la desfiguración.

Sus más hondos dolores y su más penosa desfiguración vinieron de su obra sustitutoria, al llevar la pena de nuestro pecado. Una palabra evoca gran parte de su aflicción: es «Getsemaní». Traicionado por Judas, su amigo de confianza, para que se cumpliese la Escritura: «El que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar»; abandonado incluso por Juan, pues todos los discípulos le dejaron y huyeron; sin uno solo de todos sus amados con él: quedó solo. Les había lavado los pies, pero no pudieron velar con él una hora; y en aquel huerto luchó con nuestro enemigo mortal, hasta que su sudor fue como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra, y, como lo expresa Hart, él:

«Llevó cuanto el Dios encarnado llevar pudo,

con fuerza bastante, mas sin que le sobrara.»

Creo de veras que ese verso es verdadero. Aquí veis lo que desfiguró su semblante y su figura, aun en vida. Toda su humanidad sintió aquel terrible choque, cuando él y el príncipe de las tinieblas, en duelo espantoso, lucharon hasta el fin en la penumbra de los olivos, en aquella fría medianoche en que nuestra redención comenzó a cumplirse plenamente.

Toda su pasión desfiguró su semblante y su figura con sufrimientos desconocidos. Me contengo, no sea que esta meditación se vuelva demasiado dolorosa. Le ataron, le azotaron, se burlaron de él, le arrancaron la barba, le escupieron, y al fin le clavaron en el madero, y allí quedó colgado. Solo su dolor físico debió de ser muy grande, pero todo el tiempo había en su alma un tormento interior que añadía inconmensurablemente a sus sufrimientos. Su Dios le desamparó. «Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?» es un clamor capaz de partir las rocas, y ciertamente nos deja a todos asombrados cuando, al volver la luz, miramos su parecer y estamos seguros de que nunca antes fue tan desfigurado el rostro de hombre alguno, ni tan gravemente deformada la figura de hijo de hombre alguno. Llorando y maravillándonos, pasmados y adorando, dejamos los dolores de nuestro amado Señor y, con amoroso interés, nos volvemos a la parte más luminosa de su historia sin igual.

«¡He aquí vuestro Rey! Aunque la luz de la luna se filtra

por las ramas plateadas del olivo,

no revela cetro tachonado de estrellas ni corona,

en la sombra solemne de Getsemaní.

¡Solo una figura postrada de dolor,

caída, aplastada, como una hoja quebrada!

¡Oh, pensad en su tristeza, para que conozcamos

la hondura del amor en la hondura del dolor!

«¡He aquí vuestro Rey, coronado de su tristeza,

solo, solo está él en el valle!

Las sombras de la muerte se van juntando en torno,

y la cruz ha de seguir a Getsemaní.

Más y más oscura ha de caer la tiniebla;

¡llena está la copa, él ha de beberla toda!

¡Oh, pensad en su tristeza, para que conozcamos

su admirable amor en su admirable dolor!»

II. Hay un asombro igual ante sus glorias. No dudo de que, si pudiéramos verle ahora, tal como se apareció a Juan en Patmos, sentiríamos que habríamos de hacer exactamente lo que hizo el discípulo amado, porque él escribió deliberadamente: «Cuando le vi, caí como muerto a sus pies». Su asombro fue tan grande que no pudo soportar la visión. Sin duda había anhelado muchas veces contemplar aquel rostro y aquella figura glorificados, pero el privilegio fue demasiado para él. Mientras estemos estorbados por estos cuerpos frágiles, no conviene que contemplemos a nuestro Señor, porque moriríamos de exceso de deleite si de pronto contempláramos aquella visión de esplendor. ¡Oh, quién viera aquellos días gloriosos en que estaremos postrados para siempre a sus pies, y veremos a nuestro Señor exaltado!

«He aquí que mi siervo será prosperado, será engrandecido y ensalzado, y será muy sublimado.» Observad las tres expresiones: «engrandecido y ensalzado, y será muy sublimado»; el lenguaje jadea buscando expresión. Nuestro Señor está ahora engrandecido, al ser levantado del sepulcro, levantado por encima de todos los ángeles, y principados, y potestades. El Hombre Cristo Jesús es el más cercano al trono eterno; sí, el Cordero está delante del trono. «Y miré; y he aquí en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos, estaba un Cordero como inmolado.» Él está engrandecido en su propio estado y persona, y además, por la alabanza que se le rinde, es ensalzado, porque es adorado y venerado por todo el universo. Toda alabanza sube ahora delante de él, de modo que los hombres le ensalzan, mientras que «Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre». Hondos fueron sus dolores, pero igual de altos son sus gozos. Se dice que alrededor de muchos de los lagos de Escocia las montañas son tan altas como profunda es el agua; y así las glorias de nuestro Señor son tan inconmensurables como lo fueron sus aflicciones. ¡Qué meditación nos proporcionan estas dobles e incalculables alturas y profundidades! Nuestro texto dice que él «será muy sublimado». No puede decirnos cuán alto. Es inconcebible cuán grande y glorioso en todos los aspectos es el Señor Jesucristo en este momento. ¡Ojalá esté muy alto en nuestra estima! Todavía no está engrandecido y ensalzado en ninguno de nuestros corazones como merece. Quisiera que le amáramos mil veces más de lo que le amamos; pero todo nuestro corazón va tras él, ¿no es así? ¿No moriríamos por él? ¿No le pondríamos en un trono tan alto como siete cielos, y aun pensaríamos que no habíamos hecho bastante por aquel que es ahora nuestro todo en todo, y más que todo?

Notad lo que se dice del Cristo como lo más asombroso de todo: «Así rociará él a muchas naciones». Es ahora gloria de nuestro Señor resucitado, en este momento, que su preciosa sangre ha de salvar a muchas naciones. Delante del trono, hombres de todas las naciones cantarán: «Tú fuiste inmolado, y nos has redimido para Dios con tu sangre». No solo la nación inglesa será purificada por su sangre expiatoria, sino que a muchas naciones rociará con su sangre reconciliadora, así como Israel antiguamente era rociado con la sangre del sacrificio. Leemos en el capítulo diez de la Epístola a los Hebreos, en el versículo veintidós, de tener «rociados los corazones de mala conciencia», y esto se realiza por aquella preciosa sangre por la cual hemos sido purificados una vez tan eficazmente que ya no tenemos más conciencia de pecado, sino que entramos en una paz perfecta. La sangre de los toros y de los machos cabríos, y la ceniza de la becerra, rociada a los inmundos, santificaba para la purificación de la carne; y mucho más la sangre de Cristo limpia nuestra conciencia de obras muertas para que sirvamos al Dios vivo.

El rociamiento de la sangre tenía también por objeto confirmar el pacto: así Moisés «roció el libro mismo y también a todo el pueblo, diciendo: Esta es la sangre del pacto que Dios os ha mandado». Nuestro Señor mismo dijo: «Esto es mi sangre del nuevo pacto, la cual es derramada por muchos para remisión de los pecados». Pero ¿no es cosa maravillosa que muriera como un malhechor en el madero, entre desprecio y burla, y que sin embargo hoy esté trayendo naciones al pacto con Dios? ¡Tan despreciado entonces, y ahora tan poderoso! Dios le ha puesto «por pacto al pueblo, por luz de las naciones». Muchas naciones serán unidas por él en pacto con el Dios de toda la tierra. No caigáis en la idea errónea de que este mundo es como un gran barco naufragado, que pronto se hará pedazos en una costa de hierro; antes bien, esperemos la conversión del mundo al Señor Jesús. Como recompensa por la aflicción de su alma, él hará que muchas naciones «salten de gozo», pues así leen algunos el pasaje; los pueblos de la tierra no solo se asombrarán de sus dolores, sino que admirarán sus glorias, adorarán sus perfecciones y se llenarán de un asombro gozoso ante su venida y su reino. No puedo concebir nada en el futuro demasiado grande y glorioso para que resulte de la pasión y muerte de nuestro divino Señor.

Escuchad esto: «Los reyes cerrarán ante él la boca». Verán a un Rey como ellos mismos nunca han sido; hablan libremente con sus hermanos reyes, pero no se atreverán a hablarle a él, y en cuanto a hablar contra él, eso estará completamente fuera de cuestión.

«Los reyes ante él se postrarán,

y oro e incienso traerán.»

«Porque verán lo que nunca les fue contado.» Los reyes están a menudo fuera del alcance del evangelio; no lo oyen, no se les anuncia. Despreciarían al humilde predicador y a las pequeñas reuniones de creyentes congregados para el culto; solo escucharían discursos pomposos que no tocan el corazón ni la conciencia. Los grandes de la tierra son por lo general los menos propensos a conocer las cosas de Dios, porque mientras a los pobres es anunciado el evangelio, los príncipes suelen oír más bien lisonjas suaves y bellos discursos. Pero vendrá el tiempo en que César se inclinará ante un verdadero Imperator, y los monarcas contemplarán al Príncipe de los reyes de la tierra. «Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo.» Verán su majestad, de la cual ni siquiera se les había hablado.

«Entenderán lo que jamás habían oído.» Se verán obligados, aun sobre sus tronos, a pensar en el reino del Rey de reyes, y se retirarán a sus aposentos a confesar sus pecados, a vestirse de cilicio y ceniza, y a prestar atención a las palabras de sabiduría. «Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; admitid amonestación, jueces de la tierra.» Hoy los humildes escuchan a Cristo, pero andando el tiempo el más poderoso de los poderosos volverá hacia él todos sus pensamientos. Recogerá gavillas de cetros bajo su brazo, y las coronas serán esparcidas a sus pies; y «reinará por los siglos de los siglos», y «lo dilatado de su imperio y la paz no tendrán límite». Si nos asombró la desfiguración de su rostro, mucho más nos asombrará la magnificencia de su gloria. Sobre su trono nadie pondrá en duda su supremacía, nadie dudará de su hermosura; pero sus enemigos llorarán y harán lamentación a causa de aquel a quien traspasaron; mientras que él será admirado en todos los que creyeron. ¡Adorable Señor, anhelamos tu glorioso advenimiento! ¡Te suplicamos que no tardes!

«Ven, y comienza tu reinado

de paz que no tendrá fin;

ven, toma el reino para ti,

¡gran Rey de justicia!»

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