Las cosas como son
¿En cuánto los estimamos?

Capítulo 31 · 16 min de lectura · 20 min de escucha

¿En cuánto los estimamos?

«Si hemos de orar solo en la medida de un ejercicio sencillo, agradable y placentero, y no sabemos nada de velar en oración ni del cansancio en la oración, no haremos descender la bendición que podríamos. No sostendremos a nuestros misioneros, que están abrumados por las espantosas tinieblas del paganismo. . . . Debemos servir a Dios aun hasta el punto de sufrir, y cada uno ha de preguntarse: ¿En qué grado, en qué punto estoy extendiendo el reino de Cristo mediante el sufrimiento personal, mediante la abnegación personal, hasta el punto del dolor? . . . Siempre es cierto que lo que poco cuesta poco vale.»

Rvdo. J. Hudson Taylor, China.

ELLA levantó su cántaro y se quedó observándonos con cierta curiosidad. Las costumbres de las Missie Ammals cazadoras de retratos escapaban a su entendimiento. Después se sentó cómodamente y se puso a charlar. Eso fue hace un año.

Luego, por la tarde, ella y todos sus vecinos se reunieron en la plaza del mercado para la reunión al aire libre. Resplandor de Vida habló por primera vez. «Hace un año yo era hindú. Adoraba a los dioses que ustedes adoran. ¿Me oían cuando oraba? ¡No! Son dioses muertos. ¡Dios es el Dios vivo! ¡Vengan al Dios vivo!»

Uno tras otro, todos los muchachos dieron testimonio aquella tarde. Sus voces claras de muchacho resonaron por todo el corro. Y algunos escuchaban, y algunos se reían.

Detrás de nosotros había un pequeño templo de demonios. Tenía una galería cerrada con gruesos barrotes. Tras esos barrotes se distinguía la forma de un ídolo. A nuestro lado había un santuario. Alguien había puesto nuestras linternas en lo alto de aquel santuario en forma de pirámide. Delante de nosotros, la masa de rostros oscuros. Detrás, pues, muros negros, barrotes negros, una figura negra; delante, la reunión negra, negro que se perdía en negro. A nuestro alrededor, luz, luz que brillaba en lo negro. Así era hace un año. Ahora estamos de vuelta en Dohnavur, y casi el primer lugar al que fuimos fue esta aldea, donde habíamos llevado la luz y la habíamos puesto en el corazón de la oscuridad. Se había enviado a un joven maestro de escuela, muy fervoroso, para que mantuviera allí encendida esa luz, y fuimos con expectación. ¿Se había extendido la luz? Fuimos derecho a casa de nuestra vieja amiga. Estaba tan amistosa como siempre, a su manera rara y tosca de campesina, pero su corazón no se había encendido. «Dime de qué sirve tu Camino. ¿Me llenará este hueco de aquí dentro?», y se dio una palmada sonora en la región adonde se supone que va la comida. «¿Me llenará las ollas de arroz, o alimentará a mis bueyes, o hará que mis palmeras den buen jugo? Si no hace todas estas cosas buenas, ¿de qué sirve?»

«Si es tan importante, ¿por qué no vinieron antes?» La querida anciana que preguntó aquello vivía aquí, y la buscamos por los laberínticos patios, pero no la encontramos. La muchacha que escuchaba en medio de su dolor ya está bien, pero dice que el deseo que tenía se ha enfriado. Encontramos a dos o tres que parecen ir encendiéndose; ¡que el viento de Dios avive la llama hasta hacerla un fuego! Pero volvimos sintiendo que nosotras mismas debemos aprender más del poder de la oración si estas almas frías han de prender. Recordamos cómo, de niños, atrapábamos la luz del sol, la concentrábamos y prendíamos fuego a pedacitos de papel; y anhelamos que nuestras oraciones fueran una lente que concentrara la luz del Amor de nuestro Dios y prendiera fuego a sus almas.

Se puede contar un pequeño estímulo, para dar ánimo. Un día Bendición fue a ver si la Aldea del Guerrero estaba mejor dispuesta, y Dorada fue a la Petra donde habían jurado que nunca nos dejarían entrar. Antes de entrar en la aldea, Bendición se arrodilló bajo un baniano y, recordando al siervo de Abraham, pidió una señal que fortaleciera su fe en que Dios obraría en aquel lugar. Mientras oraba, una niña se acercó y se quedó mirándola; luego, al verla orar, dijo: «¿Te ha enviado esa Missie Ammal que vino aquí hace más de un año?». Bendición dijo: «Sí». Entonces la niña repitió el coro que habíamos enseñado a los niños aquel primer día. «Ninguno de nosotros lo olvida», dijo; y le contó a Bendición que los padres habían acordado permitirnos enseñar si alguna vez volvíamos. La aldea se había abierto. Él va delante.

La experiencia de Dorada fortaleció igualmente nuestra fe. En la misma calle donde hicieron una demostración pública para purificar el camino profanado por nuestra presencia «de casta baja», se han abierto veinte casas, donde ella es una visita bienvenida. Pero todo esto es solo por amor, dicen. Todavía no quieren a Cristo; ¡así que concentremos la luz!

Además, hace falta el fuego de Dios para quemar las cuerdas que atan a las almas. Hay una con quien el Espíritu contendía el año pasado, cuando estuvimos aquí. Pero una cuerda de pecado se había enroscado alrededor de su alma. Tiene un cuñado malvado y una hermana más malvada todavía, y entre los dos tramaron un plan tan perverso que ella, aun siendo pagana, retrocedió y se negó indignada. Así que, sin decir nada, le drogaron la comida e hicieron con ella lo que quisieron. Y ahora el nudo que ella no ató, y que al principio detestaba con toda el alma, parece doblemente anudado por su propia voluntad. ¡Ah, saber usar mejor la lente ardiente de la oración!

Puede haber cierta dosis de sentimentalismo, al menos en teoría, en roturar tierra nueva. Lo desconocido encierra posibilidades y lo atrae a uno. Pero al volver sobre los propios pasos no hay nada de eso. La plena luz del día de la verdad desnuda te muestra todo tal como es. ¿Quieres mirar una vez más las cosas tal como son, aunque no sea una mirada interesante?

Un patio donde las mujeres han oído muchas veces. ¿Podemos pasar? ¡Ah, sí, pasen! Pero con nosotras entra un viejo faquir de una especie particularmente villana. Tiene todo el cuerpo embadurnado de barro; no lleva encima más que barro. Tiene el pelo enmarañado y cubierto de ceniza, la cara pintarrajeada de bermellón y amarillo, sus viejos ojos malvados bizquean con saña, y enseña todos los dientes, rojos de betel, y gruñe sus diversas exigencias. Las mujeres dicen: «¡Chee!». Entonces él se revuelca en el polvo, se retuerce, se contorsiona y aúlla; y derrama tales copas inmundas de ira que las mujeres, coaccionadas, le dan todo lo que pide, y él se va rodando a otra parte.

¿Podemos leerles ahora a las mujeres? ¡No! Muchos salams, pero no tienen tiempo. Anoche hubo una riña de primera entre dos amigas de patios vecinos, y salieron a la luz historias de familia y se descubrieron linajes. Hoy están comentando todo eso y, como ya lo han oído todo antes, no tienen tiempo para leer.

Otro patio, más refinado; aquí está lo opuesto del faquir, un asceta digno, sentado en silenciosa meditación. «¡Ya lo sabemos todo! ¡Ya nos lo dijeron antes!» Pero las mujeres se muestran amistosas, y entramos; y después de una larga y seria conversación, la abuela de pelo blanco toca su rosario. «Esta es mi escalera al cielo.» Las cuentas son finas y van engarzadas en oro cincelado, pero no son más que lágrimas solidificadas, lágrimas que su dios derramó en su ira, dicen, y que se convirtieron en estas cuentas. ¿Cómo pueden las lágrimas hacer escaleras al cielo? Ella no lo sabe. No le importa. Y corre una risa por el grupo, pero el corazón de una no se ríe. Esas escaleras son peligrosas.

Otra casa; aquí los hombres son amables y nos dejan entrar y salir libremente. El Camino, dicen, es muy bueno; han oído predicar al Iyer. Pero un día hay un revuelo en la casa. Uno de los hijos está muy enfermo. Lleva un tiempo sufriendo; ahora empeora de repente, y se despiertan sospechas. Entonces las mujeres cuentan en susurros la verdad: el padre y él están a matar, y el padre lo está envenenando poco a poco; pequeñas dosis de estricnina hacen el trabajo. El revuelo no es muy violento, pero basta de sobra como excusa para no querer escuchar bien. Cosas así nos arrojan de nuevo en manos de Dios. ¡Señor, enséñanos a orar! Enséñanos el verdadero secreto del fervor ardiente en la oración. Sabemos tan poco de ello. ¡Señor, enséñanos a orar!

«¡Ay, Amma! ¡Amma! ¡No ores! ¡Tus oraciones me atormentan!»

Todas levantamos la vista asombradas. Acabábamos de tener nuestra reunión de oración del Grupo, cuando una mujer entró corriendo en la habitación y empezó a gritar de este modo. Era la madre de una de nuestras muchachas, de la que ya les hablé una vez. Ella sigue en la guarida del Terrible. Ahora la madre estaba toda alterada y nos soltó una historia curiosa.

«Cuando ustedes se fueron el año pasado, oré. Oré y oré, y volví a orar a mi dios para que deshiciera su obra. El corazón de mi hija había quedado impresionado por sus palabras. Clamé a mi dios para que borrara esas palabras. ¿Las ha borrado? ¡Ah, no! Y oré por un novio, y vino uno; y la carreta estaba lista para llevársela, y surgió un impedimento; la boda se deshizo. Y lloré hasta que casi se me deshicieron los ojos. Y vino otra vez otro novio, y otra vez surgió un obstáculo. Y todavía vino otro novio más, y todavía otro obstáculo; y no consigo que a mi hija la “aten”, y los vecinos se burlan, y mi Casta está deshonrada», y la pobre anciana lloró, sollozando sin más en su vergüenza y en la confusión de su rostro. «Entonces volví a mi dios y le dije: “¿Qué más puedo ofrecerte? ¿No te he dado todo lo que tengo? ¡Y rechazas mi oración!” Entonces mi dios se me apareció en un sueño y me dijo: “Diles a los cristianos que no oren. No puedo hacer nada contra sus oraciones. ¡Sus oraciones me estorban!” Así que les suplico: dejen de orar catorce días, solo catorce días, ¡hasta que consiga que aten a mi hija!»

«¿Y después de que la aten?», preguntamos. «¡Ah, entonces podrá seguir libremente a su Dios! ¡Ya no la estorbaré más!»

¡Pobre anciana! Cuando se trata de estas cosas, todas las mentiras están permitidas. Sabíamos que el novio propuesto venía de un lugar a trescientas millas de distancia, y que la idea era llevarse a la pobre muchacha por la fuerza en cuanto estuviera «atada». Hemos estado orando a Dios noche y día para que lo impida. ¡Y lo está impidiendo! Pero hay que seguir. Esa madre es una devota. Ha recibido el soplo del espíritu. A veces, de noche, la posee, y ella baila la danza salvaje y perversa e intenta agarrar a la muchacha, que se encoge en el rincón más alejado de la casita; y ella baila a su alrededor y entona el cántico que aun a la luz del día tiene poder, pero que de noche atrae de un modo indecible. Una vez la muchacha estuvo a punto de ceder, y entonces, en su desesperación, sin apenas saber el pecado que era, corrió adonde se guardaba el veneno, bebió de un trago lo bastante para matar a dos y luego se tendió en el suelo para morir. Mejor morir que hacer lo que querían que hiciera, pensó. Pero descubrieron lo que había hecho, se emplearon enseguida medios drásticos, y el veneno solo la enfermó y le causó días de dolor violento. Así que hace falta la oración que impide. ¡Señor, enséñanos a orar!

¿Está la India repleta de lo horrible? «Pintoresca», la llaman quienes la han «recorrido» en un mes o dos y han escrito un libro para describirla. Y la parte más pintoresca, coinciden, tiene que ver con los templos.

La India termina en una roca puntiaguda; puedes pararte en la punta misma de la roca, con solo el océano delante y casi toda Asia detrás. En el extremo de la punta se alza un templo, como si reclamara la tierra para sí. Llevamos a nuestros muchachos y muchachas convertidos al Cabo para las vacaciones de Navidad, y una mañana algunas de nosotras pasamos una hora junto a un viejo muro cerca del templo; ese muro, lleno de cangrejos ermitaños, es muy interesante. Estábamos observando las divertidas costumbres de estas criaturas degeneradas cuando, entre los suaves sonidos del mar, oímos la voz de un brahmán, y al levantar la vista vimos esto:

Un pequeño grupo de cinco, sentados entre las rocas y el mar, que daba un toque de vida a la escena y completaba el cuadro. Había dos hombres, una mujer, una niña y el sacerdote. Todos llevaban la marca de Visnú en forma de V. El sacerdote enroscó la hierba sagrada Kusa alrededor de los dedos de su mano derecha y dio a cada uno un puñado de hierba, y ellos hicieron lo mismo que él. Luego esparcieron la hierba sobre la arena, para purificarla de la mancha de la tierra, y entonces comenzaron. El sacerdote salmodió nombres de Dios, luego se detuvo y trazó signos en la arena. Ellos lo imitaron con exactitud. Después se bañaron, inclinándose hacia el Oriente entre una inmersión y otra, y adorando; luego volvieron y lo repitieron todo. Pero antes de repetirlo se pintaron con cuidado las marcas en la frente, con pigmento blanco y rojo, consultando un pequeño espejo de mano inglés: el único detalle discordante de Occidente en este Oriente, pero símbolo de los tiempos. La niña lo seguía todo, como hacen los niños, a su manera encantadora. Era una cosita delicada, con un seeley carmesí y muchas joyas de oro. La mujer mayor vestía de verde oscuro; el colorido era una delicia para la vista, carmesí y verde, y el pardo de la roca, contra el azul del mar.

Era una de esas mañanas exquisitas que a menudo tenemos en el trópico, cuando todo, en todas partes, te muestra a Dios; hace brillar la palabra como una palabra iluminada; la canta en el Canto del Universo; y aquí, en este nicho meridional de la catedral de la Naturaleza, bajo la transparencia del cielo, estos cinco, del único modo que conocían, reconocían la Presencia de un gran Dios y lo adoraban. No había aquí nada repugnante, ni rastro de idolatría repulsiva. Adoraban al Invisible. Muy majestuoso sonaba el sánscrito en que salmodiaban su adoración. «¡Rey de la Inmensidad! ¡Rey de la Eternidad! ¡Ilimitado, Sin fin, el Infinito!» Podría haber sido el eco de algún antiguo himno cristiano. Podría haberlo sido, pero no lo era.

No están adorando a Dios el Señor. Podrían estar haciéndolo, pero no lo hacen. ¿De quién es la responsabilidad? ¿Es en parte tuya y mía? La belleza de la escena se ha desvanecido para nosotros; el azul del cielo azul ha quedado borrado:

«Solo como almas veo a la gente bajo él,
atados quienes debieran vencer, esclavos quienes debieran ser reyes;
oyendo su única esperanza con un asombro vacío,
tristemente contentos con una apariencia de las cosas.

Entonces, de golpe, el anhelo intolerable
me estremece entero como un toque de trompeta:
¡Ah, salvar a estos! ¡Perecer por salvarlos,
morir por su vida, ser ofrecido por todos ellos!»

El cuadro está hecho de almas, almas que han de ser salvadas. «¡Ah, salvar a estos! ¡Perecer por salvarlos!» Eso es lo que dice el cuadro. ¡Cuadro! No hay cuadro. En el lugar donde estaba hay simplemente un dolor: ¡el mundo de Dios, y Dios deshonrado en él! ¡Ah, ver a esta gente como almas! Refinados o vulgares, hermosos u horribles, o simplemente apagados, ¡ah, verlos «solo como almas», y anhelar por ellos, y orar por ellos como almas que han de vivir eternamente en alguna parte, y de las cuales cada uno de nosotros, en su medida, es responsable ante Dios! ¿Dices que no somos responsables de esas almas en particular? ¿Quién dijo primero esa clase de cosa? «Cuando negamos ser guarda de nuestro hermano, somos su Caín.» Si no somos responsables, ¿por qué asumimos la responsabilidad de dirigirnos a ellos en apasionada poesía?

«Que toda raza, toda tribu
de este globo terrenal,
le rinda toda majestad,
¡y lo corone Señor de todo!»

¿Qué sentido tiene decirle a la gente que haga algo si no nos importa si lo hace o no? Los ángeles, los mártires y los santos, a quienes nos dirigimos antes, lo coronaron hace mucho. Nuestro cantarles sobre el asunto no cambiará nada en un sentido ni en otro; pero cuando nos volvemos a toda raza y tribu, el caso cambia. ¿Cómo van a coronarlo Señor de todo si no saben de él? ¿Por qué no saben de él? Porque no se lo hemos dicho. Es verdad que muchos a quienes se lo hemos dicho oyeron «su única esperanza con un asombro vacío»; pero, por otra parte, también es verdad que el canto eterno se eleva hoy más pleno gracias a aquellos que, aquí en estas oscuras tierras paganas, oyeron, respondieron y lo coronaron Rey.

Pero cantar himnos desde lejos nunca salvará almas. Por la gracia de Dios, venir, dar y orar, sí. ¿Estamos dispuestos a esto? ¿O preferimos cantar? Escudriñador de corazones, ¡vuelve tu reflector sobre nosotros! ¿Estamos viniendo, dando, orando hasta que duela? ¿Estamos orando, sí, agonizando en oración? ¿O es la oración solo «un ejercicio agradable», un santo desahogo para nuestros sentimientos?

Nos hemos sentado juntos bajo el muro junto al mar del Sur. Hemos mirado a los cinco mientras adoraban a Otro, y no a nuestro Dios. Ahora deja que esta pequeña ventana del Sur sea como un pequeño cristal transparente, a través del cual puedas mirar lejos hacia el Norte, más allá de las tierras fronterizas y de las montañas, hasta el Tíbet; más allá del Tíbet y a través de la inmensidad de Asia Central, hasta China, Mongolia, Manchuria; y aun entonces solo habrás visto unas pocas de las grandes tierras oscuras del Norte, que esperan y esperan... a ti.

Y esto es solo Asia, solo una parte de Asia. Dios mira desde lo alto al mundo entero; y por cada uno de los millones que nunca lo han coronado Rey, Cristo llevó la corona de espinas. ¿En cuánto estimamos a estos millones? ¿Los estimamos dignos de reorganizar nuestro día para tener más tiempo para orar? ¿Los estimamos dignos de renunciar a una sola ambición, de aflojar nuestro apego a un solo hijo o amigo? ¿Los estimamos dignos de entregar algo que queramos mucho? Quedémonos quietos un momento y pensemos. Cristo estimó que las almas valían el Calvario. ¿En cuánto las estimamos nosotros?


Capítulo 31 completado

¿En cuánto los estimamos?

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