Capítulo 6 · 20 min de lectura

Las «Oportunidades» cuáqueras

Los Amigos, en mis días, tenían la costumbre de celebrar lo que llamaban «Oportunidades». Lo que en realidad significaba esta palabra, supongo ahora, era que tenían la oportunidad de «desahogar su mente» de algún «mensaje» que los agobiaba. Pero en aquellos días jamás se me ocurrió una explicación tan corriente de la palabra. Una «Oportunidad» me parecía una función de lo más misteriosa y divinamente señalada, semejante a un concilio en las mismas cortes del Cielo; y el único anhelo, y a la vez temor, de mi joven vida era que algún predicador tuviera una «Oportunidad» conmigo.

En tales ocasiones se suponía que el predicador quedaba divinamente capacitado para penetrar en tus pensamientos más secretos y para descubrir con mano implacable los pecados ocultos que habías esperado ilusoriamente que sólo tú conocías. También se les suponía dotados del poder de leer el porvenir, y cabía esperar que anunciaran las grandes bendiciones o las funestas desgracias que te aguardaban. La expectación, por tanto, cuando un «Amigo viajero» llegaba a la casa y pedía una «Oportunidad», era intensa.

Sería difícil decir si predominaba el temor o la esperanza respecto de las revelaciones que pudieran hacerse; pero, cualesquiera que fuesen nuestros sentimientos, ningún miembro de la familia, ni siquiera el más pequeño de los criados, se atrevía a estar ausente. De hecho, cuando de cuando en cuando las circunstancias parecían aconsejar que alguien se quedara fuera, el predicador a menudo parecía percibirlo, y preguntaba con solemnidad si no faltaba nadie más, y se negaba a proseguir con la «Oportunidad» hasta que se hacía llamar al ausente.

En estas «Oportunidades» se esperaba que el predicador «hablara a la condición» de ciertas personas presentes, y la gran expectación consistía en saber si se hablaría a la condición de uno mismo.

No hay palabras que describan con qué anhelante esperanza y temor aguardaba yo siempre a ver si el predicador hablaría a mi condición; pero jamás, que yo recuerde, me fue concedido este favor supremo. Ningún predicador se dignó nunca fijarse en mí de manera especial, ni pareció advertir la presencia de un alma ansiosa y hambrienta que tanteaba a ciegas en pos de la Luz, a quien unas pocas palabras «directamente de Dios» le habrían llegado como un beneficio inefable.

A decir verdad, yo siempre estaba esperando que se hiciera alguna profecía maravillosa acerca de mí: que había de ser una gran predicadora y que había de realizar alguna gran obra para Dios. Y aunque temía las revelaciones que pudieran hacerse de mi condición pecaminosa, sentía que la gloria de las profecías tan esperadas las compensaría con creces. Recuerdo bien cómo solía rondar a cualquier «Amigo viajero» que llegara a la casa, con la esperanza de que en algún momento inesperado descendiera sobre él el hálito divino y me fuera entregado el «mensaje» que yo tanto anhelaba.

Pues ha de entenderse que estas «Oportunidades» no se concertaban jamás de ningún modo. Siempre se iniciaban con un solemne silencio que caía de repente sobre la concurrencia, y este silencio podía sobrevenir en cualquier momento, incluso en el más inoportuno. Pero, dondequiera que fuese, o cualquiera que fuese lo que estuviera ocurriendo, todo tenía que ceder ante él.

He sabido de «Oportunidades» que sobrevenían en medio de una velada social, o hasta en medio de una comida, o cuando el predicador se despedía de la familia, o cuando salía de paseo con alguien, o cuando iba a acostarse en el mismo cuarto que un amigo. A menudo llegaban en los momentos más inoportunos, pero nada podía impedirlas.

Recuerdo que una vez asistí a una de ellas cuando acompañaba a una tía predicadora en una visita a la casa de un Amigo en Burlington, Nueva Jersey. Habíamos hecho el equipaje, y los baúles estaban ya apilados en el carruaje a la puerta, listos para llevarnos al tren, cuando de repente, mientras estábamos de pie despidiéndonos de nuestros anfitriones, cayó un silencio y una «Oportunidad» sobrevino a mi tía. Mientras yo permanecía en pie, sosteniendo su chal, con una fiebre de impaciencia por partir, ella tuvo que detenerse y entregar su mensaje, sin ninguna consideración por la hora ni por los trenes. Para entonces yo era ya una mujer, y había perdido algo de mi fe en el origen divino de estas «Oportunidades», y recuerdo que no pude menos que reprocharle un poco, cuando por fin salimos hacia el tren, el momento tan inoportuno que había escogido. Pero su respuesta me hizo callar, cuando dijo con la más candorosa fe: «Pero, querida, yo no podía desobedecer a mi Guía, y ya ves que Él, después de todo, nos ha traído al tren a tiempo».

Nadie sino quienes las han experimentado podría comprender la profunda impresión que estas «Oportunidades» dejaban en la vida cuáquera de mi infancia. Y aún hoy, cuando, como sucede a veces, un silencio cae de repente por un momento sobre una reunión, mi primer terror instintivo es que sea una «Oportunidad» y que alguien tenga que predicar.

El efecto sobrecogedor de estas «Oportunidades» y la absoluta confianza que se depositaba en los mensajes así entregados no pueden ilustrarse mejor que con lo que sucedió durante una visita de unos «Amigos ingleses» a nuestras reuniones en Filadelfia, cuando yo tenía unos diecisiete años. He de decir aquí que era costumbre entre los «Amigos» que los predicadores de distintos lugares tuvieran lo que llamaban «inquietudes religiosas» de visitar otras Reuniones y vecindarios, en, como pintorescamente lo expresaban, «el servicio de la Verdad».

Estas visitas eran siempre ocasiones de gran interés para nosotros, los jóvenes, aunque el predicador no hubiera venido de muy lejos. Pero cuando venían de Inglaterra, que para nosotros era una tierra desconocida de grandeza y de misterio, nuestro asombro y reverencia no conocían límites. Los «Amigos ingleses» nos parecían casi como visitantes de una esfera angélica, y ser notado o recibir la palabra de uno de ellos hacía que los afortunados destinatarios se sintieran como si el mismo Cielo hubiera descendido sobre ellos.

Los Amigos ingleses de que hablo fueron hospedados, durante su estancia en Filadelfia, por Marmaduke y Sarah Cope, que vivían en la calle Filbert, frente a nuestra casa. Su hija Madgie era íntima amiga mía, y una mañana vino a verme muy emocionada por una notable «Oportunidad» que, según dijo, uno de los «Amigos ingleses» había tenido la noche anterior con un joven que ambas conocíamos.

Contó que algunos Amigos habían pasado a ver a los Amigos ingleses, y que en el transcurso de la velada les había sobrevenido una «Oportunidad», y uno de los Amigos viajeros había comenzado a predicar. Tras una breve exhortación, había señalado a este joven y se había dirigido a él de la manera más notable, diciéndole que había recibido un llamamiento directo de Dios para entrar en el ministerio, y profetizando que llegaría a ser un gran predicador y que visitaría tierras muy lejanas en el «servicio de la Verdad».

Aún hoy puedo recordar vívidamente la profunda impresión que me causó este suceso.

El predicador que había entregado el mensaje a este joven era precisamente aquel en quien yo había puesto todas mis esperanzas de recibir un mensaje directo, y me había visto defraudada; y ahora había profetizado, acerca de un joven que en mi opinión no era más digno que yo, precisamente aquellas cosas que yo siempre deseaba que algún predicador profetizara acerca de mí. Confieso que sentí hondas punzadas de celos de que el «favor Divino» me hubiera pasado por alto y se hubiera concedido a alguien que en verdad no me parecía más digno. Sin embargo, todo aquello formaba parte del gran romance de nuestras vidas, y siempre quedaba la posibilidad de que aún, en alguna bendita «Oportunidad», se me concediera a mí; y anduve durante días absorta en el asunto.

Uno o dos días después de que ocurriera, salí de paseo en coche con una amiga muy especial, la misma que, como se verá en otra parte de mi historia, había sido el medio de mi despertar a los dieciséis años. Yo tenía entonces casi diecisiete, y mi amiga era quizá nueve o diez años mayor. Sentía por ella una amistad muy devota, y siempre vertía en sus oídos comprensivos todo cuanto me interesaba. Como aquel día estaba absorta en el tema, le referí, por supuesto, toda la historia, revistiéndola de toda la importancia que había cobrado a mis propios ojos. Mi amiga pareció profundamente interesada e hizo muchísimas preguntas sobre los detalles del «mensaje» y sobre cómo había afectado al joven. No muchas semanas después me dijo que estaba comprometida para casarse con este mismo joven, y confesó que se había dejado influir en gran medida en su decisión por lo que yo le había contado, pues estaba segura de que la profecía hecha en aquella «Oportunidad» se cumpliría, y sentía que sería un gran privilegio unirse a alguien cuyo porvenir había de estar tan lleno de obra en el «servicio de la Verdad».

Siempre he seguido la trayectoria de aquel joven con el más profundo interés, porque no podía menos que sentir en aquel entonces que él había recibido un mensaje que por derecho debía haberme llegado a mí; y he de confesar que las profecías que tantos celos me dieron nunca se han cumplido en su caso. Ahora que ambos somos ancianos, no puedo menos que ver que mi vida se ha acercado mucho más a su cumplimiento que la suya. Él ha sido un hombre de lo más recto y concienzudo, y verdaderamente religioso a su manera apacible, pero jamás llegó a ser predicador, ni realizó ninguna obra cristiana pública. Mientras que yo, sin ningún «mensaje» ni ningún «llamamiento» como el que yo siempre anhelaba y suponía necesario, sí llegué a ser predicadora y he procurado proclamar en muchos países las «buenas nuevas del evangelio del Señor Jesucristo».

En este caso, por tanto, el «mensaje» pareció no hallar entrada. Pero en tantísimas ocasiones mensajes semejantes se cumplieron de manera tan maravillosa, y los relatos de estos casos se nos referían tan constantemente como fortalecedores de nuestra fe, que no es de extrañar que creciéramos con una profunda creencia en su infalibilidad.

Muchas veces he sabido de algún predicador cuáquero que, en una «Reunión» o en una «Oportunidad», hacía a una persona presente la revelación de algo que sólo esa persona conocía, o profetizaba algo para el futuro de un individuo o de una comunidad, sin que hubiera de ello indicio alguno en el presente, pero que se cumplía tal como se había declarado que sucedería.

Conocí a una Amiga que parecía poseer este don en grado notable. Recuerdo que una vez se detuvo en medio de un sermón que predicaba en una reunión de entre semana, ante una congregación de completos desconocidos, y dijo: «Ha entrado en esta sala un joven que lleva en el bolsillo unos papeles por medio de los cuales está a punto de cometer un gran pecado. Si viene a verme esta tarde a — (mencionando la casa donde se hospedaba), tengo un mensaje del Señor para él que le mostrará una salida de su aflicción». Luego reanudó su sermón donde lo había dejado y no dijo nada más del incidente.

Me interesó mucho seguir el rastro de esto, y descubrí que, en efecto, un joven desconocido fue a ver a la predicadora aquella tarde y confesó que llevaba en el bolsillo un cheque falsificado, que iba a cobrar, cuando cierta influencia, que no supo explicar cuál, lo había inducido a entrar en la Casa de Reunión al pasar por delante. No se le preguntó ni dio su nombre, pero le fue entregado el mensaje del Señor, y el joven rompió el cheque falsificado en presencia de la predicadora y prometió llevar una nueva vida. Algunos años después, la predicadora se lo encontró y halló que esta promesa se había cumplido.

En otra ocasión, cuando esta misma predicadora se hospedaba en el campo en casa de una prima mía, bajó a desayunar una mañana y dijo que el Señor le había revelado durante la noche que debía llevar un mensaje a un hombre que vivía a algunas millas de distancia. No se le había dado ningún nombre, ni indicación alguna sobre el paradero del hombre que debía ver, pero le dijo a mi prima que, si él la llevaba en su carruaje, estaba segura de que el Señor les mostraría en qué dirección ir.

Partieron, pues, y la predicadora fue indicando un camino tras otro que debían tomar, hasta que finalmente, hallándose a unas seis millas de casa, y en una parte del campo de la que ni la predicadora ni mi prima sabían nada, señaló una casa que veían a lo lejos y dijo: «Ésa es la casa, y cuando lleguemos hallaré al hombre en el jardín, y tú puedes esperarme junto a la verja».

Se detuvieron, en efecto, ante esta casa, y mientras mi primo esperaba, la predicadora atravesó directamente los terrenos hasta el jardín y entregó su mensaje al hombre que allí encontró. Le dijo que estaba contemplando una acción muy mala que acarrearía grandes tribulaciones sobre él y su familia, pero que el Señor estaba dispuesto a librarlo, y la había enviado a abrirle los ojos al pecado y al peligro de lo que había decidido hacer.

El hombre quedó profundamente impresionado, y tras un poco de vacilación confesó que todo lo que ella había dicho era verdad, y que aquel mismo día era cuando su plan había de llevarse a cabo, pero que ahora no se atrevía a seguir adelante con él. Allí mismo desistió de él, y dijo que, tras una señal tan manifiesta del interés de Dios por él, pondría todo el asunto en Su cuidado y confiaría en que Él lo dispusiera.

Y los sucesos posteriores probaron que así se había hecho realmente, y que todo había resultado mucho mejor de lo que él habría podido esperar. Si hubiera espacio, podría relatar cientos de incidentes semejantes, pero éstos bastarán. Se comprenderá con facilidad, sin embargo, que, ante hechos como éstos, no era de extrañar que estuviéramos llenos de fe.

Hasta que me casé, un Ministro era para mí una persona por completo apartada de las filas ordinarias de los hombres y las mujeres, un ser casi de otra esfera, sin ninguna de las flaquezas comunes de la humanidad, apartado para una obra Divina y dotado de atributos casi divinos. Cuando era niña, solía sentarme y observarlos en la «reunión», mientras se sentaban en largas filas sobre los altos bancos que daban frente al auditorio, los hombres a un lado y las mujeres al otro, esperando a cada instante ver revelada la aureola que yo estaba segura debía rodear sus cabezas, aunque para mí fuera invisible. Y a veces, cuando me cansaba de esperar, entrecerraba los ojos hasta crear una especie de círculo luminoso alrededor de todo objeto que miraba, y entonces trataba de persuadirme de que aquélla era la aureola invisible que tanto anhelaba ver.

A medida que fui creciendo, estas fantasías, por supuesto, me abandonaron, pero durante muchos años un delicioso misterio y una santa reverencia siguieron rodeando a los «Amigos de la galería»; y la llegada de un «Ministro viajero» continuaba llenándome de ansiosas y deliciosas expectativas. Así fue especialmente después de mi despertar a los dieciséis años. En mi diario escribí, refiriéndome al mismísimo Ministro que había dado aquel maravilloso mensaje al joven, lo siguiente: «Undécimo mes, día 29, de 1848. Hoy he oído las noticias más deliciosas que he oído en mucho tiempo. Se espera en la ciudad, para el próximo Primer Día, a los Amigos ingleses, los queridos Benjamin Seebohm y Robert Lindsay. ¡Oh! ¡Qué gozo, qué gozo será! Estarán en nuestra reunión de la tarde del Primer Día.

¡Hurra! ¡Oh! Estoy tan contenta que apenas puedo contenerme. Soy muy distinta de lo que era cuando estuvieron aquí la última vez.

*Más hondo que la dorada superficie ha visto mi despierta visión; más allá del angosto presente han ido mis peregrinaciones.

He oído, entre las vanas visiones de la vida, el paso solemne del tiempo, y las voces bajas y misteriosas de otro clima.

Todo el misterio del Ser ha pesado sobre mi Espíritu; pensamientos que, como el errante del Diluvio, no hallan lugar de reposo».* Esperaba plenamente que estos Amigos inspirados conocieran por revelación interior todo lo que yo había pasado, y por supuesto abrigaba la esperanza de que tuvieran un mensaje Divino para mí, directamente de Dios. Llegó el tan esperado Primer Día, y fui a la reunión con mi hermano, llena de temerosas y a la vez deliciosas expectativas. Pero, ¡ay!, como siempre me sucedía, estaba condenada a la decepción. Aun así, podría venir en otra ocasión, y viví con esa esperanza.

Era esta constante espera de una palabra directa de Dios lo que constituía el romance de mi juventud, y era, estoy segura, uno de los secretos del gran ascendiente que el cuaquerismo tenía sobre los jóvenes de mi época.

Pero, salvo por esta predicación inspirada, recibíamos de nuestra Sociedad muy poca enseñanza religiosa definida de ninguna clase. No teníamos, como he dicho, escuelas dominicales ni clases de Biblia, y las doctrinas y los dogmas eran, al menos para mí, una cantidad absolutamente desconocida. No teníamos catecismo, y ni siquiera se nos enseñaban los Diez Mandamientos, pues se consideraba que pertenecían a la antigua dispensación judía, que había pasado en Cristo.

No creo que nunca me lo dijeran, pero de niña tenía la clara sensación de que los Diez Mandamientos, al igual que el Padrenuestro, eran para usos «mundanos» y «frívolos». De algún modo sentía que pertenecían sólo al mundo de afuera (es decir, a todos los que no eran Amigos), que probablemente necesitaban mandamientos externos para mantenerse buenos, mientras que nosotros, los Amigos, debíamos ser buenos por motivos más hondos. Pues no era que la enseñanza moral de los «Diez Mandamientos» hubiera dejado de obligar, sino que los Amigos creían que se enseñaba mucho más plenamente en los nuevos mandamientos de la dispensación de Cristo, los cuales habían de escribirse, no en tablas de piedra, ni siquiera en las páginas de un libro, sino en las tablas espirituales de nuestros corazones.

Creían que, por cuanto estábamos en Cristo, habíamos de ser gobernados por una ley desde dentro y no por una ley desde fuera; y para ellos era literalmente cierto que, para las personas guiadas por el Espíritu, «no había ley». Enseñaban que el fruto del Espíritu que mora en nosotros sería necesariamente el cumplimiento de la ley, y que, por tanto, no haría falta ninguna ley externa; que, así como un hombre honrado de corazón no necesita ley que le impida ser deshonesto, así también, si un hombre es verdaderamente cristiano, no necesitará ley que lo haga obrar como un cristiano debe obrar. Lo hará por el impulso de su vida interior.

Los primeros Amigos creían plenamente que, si Dios posee el corazón, obrará en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad, y que una ley externa, por tanto, sería superflua. En consecuencia, se nos exhortaba a entregarnos a esta obra Divina interior y a escuchar la Voz del Espíritu Santo en nuestros corazones; y se nos enseñaba que, cuando se oyera esta Voz, había que obedecerla implícita y fielmente.

Debíamos esperar oír esta «voz interior» en cualquier momento y en todos, y acerca de todas las cosas; pero se nos animaba a buscarla especialmente en nuestras «reuniones de adoración», cuando toda la congregación estaba sentada en silencio «delante del Señor».

Las reuniones cuáqueras se celebraban siempre sobre esta base de la espera silenciosa, a fin de que, en el silencio, el Espíritu Santo tuviera oportunidad de hablar directamente a cada alma individual. Los Amigos reconocían la presencia invisible pero viva de Cristo en sus reuniones, y a nadie se apartaba para «dirigir el servicio» ni para ser mediador entre sus almas y su Maestro invisible. El silencio no podía ser quebrantado por nadie, ni siquiera por un «Ministro reconocido», salvo bajo la sensación de la guía directa e inmediata del Espíritu; pero, bajo esa guía, cualquiera, aun la más pobre lavandera o el más pequeño de los niños, podía entregar el «mensaje».

Esto daba un interés misterioso e incluso romántico a nuestras reuniones, pues nunca sabíamos qué podía suceder, ni quién —quizá hasta nosotros mismos— podía ser «guiado» a tomar parte.

No puedo decir, sin embargo, que jamás me llegara nada especial en ninguna reunión. De cuando en cuando se predicaba un sermón que parecía quizá aplicarse a mi caso, pero nunca de manera lo bastante notable como para impresionarme de veras; y de cuando en cuando sucedía que, por alguna influencia misteriosa, mi corazón se «enternecía», como se decía, y sentía por un ratito como si Dios, después de todo, se interesara por mí y quisiera ayudarme. Pero, por lo general, mis «reuniones» se pasaban en su mayor parte construyendo castillos en el aire, ocupación que yo sentía muy pecaminosa, pero que ejercía sobre mí una fascinación irresistible.

Curiosamente, estos ensueños nunca tomaban la forma de historias de amor, como tan generalmente ocurre con los castillos en el aire de la juventud, supongo que porque nunca se me había permitido leer novelas y nunca había oído nada acerca de enamorarse. Pero siempre me imaginaba a mí misma como algo muy maravilloso y grandioso, y la admirada de cuantos me veían. A veces había de ser una predicadora cuya elocuencia habría de superar la elocuencia de todos los predicadores desde el comienzo del mundo; a veces había de ser una inventora de máquinas más maravillosas de cuantas jamás se hubieran inventado; pero más a menudo había de ser la cantante más prodigiosa que el mundo hubiera conocido jamás.

Y las «reuniones» que sobresalen en mi memoria con más nitidez que ninguna otra son las de un invierno especial de mi decimocuarto año, cuando me dotaba a mí misma de un insospechado don para el canto que electrizaba a todos y ponía el mundo a mis pies. No alcanzo a imaginar por qué me fijé en el canto para mis ensueños, siendo, como era, una mundanalidad prohibida entre los cuáqueros, y algo que apenas oía jamás, ni en público ni en privado. Y yo misma estaba tan absolutamente desprovista de todo talento musical que en toda mi vida no he sido capaz de cantar una nota, ni siquiera de distinguir una melodía de otra. Pero así era, y allí solía sentarme en el banco junto a mi madre, a lo largo de muchas y largas reuniones, por fuera una recatada cuaquerita, pero por dentro una gran prima donna (no que yo me llamara así), con todo mi necio corazoncito hinchándose y estallando con la gloria de mis triunfos sobre el escenario, ¡que, sin embargo, era un lugar que yo ni siquiera había visto jamás!

A veces, sin embargo, mi conciencia no me permitía entregarme a mis ensueños, y entonces mis «reuniones» se llenaban de fútiles luchas contra los pensamientos errantes, o de vanos esfuerzos por resistir un incontrolable deseo de dormir, pues «dormirse en la reunión» era sentido por todos nosotros como casi la mayor de las deshonras.

Si, en conjunto, aquellas largas y solemnes reuniones, con sus grandes espacios de silencio, y con sermones —cuando los había— que muy poco me interesaban de manera directa, fueron o no una parte valiosa de mi formación religiosa, no me siento preparada para decirlo. Pero una cosa es cierta: ya fuera por la predicación en nuestras reuniones, o por la conversación de nuestros mayores, o por la atmósfera que nos rodeaba, se produjeron en mí ciertas impresiones fuertes que sobresalen vívidamente en mi memoria.

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