Capítulo 5 · 10 min de lectura

La verdad cuáquera y el ministerio cuáquero

Tan seguros estaban los «Amigos» de que la suya era la verdadera fe expuesta en la Biblia y predicada por los apóstoles, que, al hablar de ella, siempre, en mis tiempos, la llamaban la «Verdad», con «V» mayúscula, y se referían a la obra religiosa de la sociedad como el «servicio de la Verdad».

Recuerdo que a los caballos y carruajes de mi padre se les llamaba «los caballos y carruajes de la Verdad», porque estaban tan continuamente requeridos para llevar a los predicadores de una reunión a otra, o para hacer encargos de los Ancianos o Supervisores. Con la fe incuestionable de la niñez, yo creía plenamente todo esto, y crecí con la clara idea de que nosotros, los «Amigos», teníamos prácticamente el monopolio de «La Verdad», con un fuerte énfasis en el artículo determinado, que la diferenciaba por completo de sostener una verdad entre muchas. La nuestra era toda la verdad, y nada más que la verdad, y no podía ser mejorada. Tal era mi idea en los días de mi juventud.

Que los «Amigos», sin embargo, sí sostenían gran cantidad de verdad (sin ningún artículo determinado) no puede negarse. Casi todo punto de vista sobre las cosas divinas que he descubierto desde entonces, y toda reforma que desde entonces he defendido, tenían, ahora me doy cuenta, sus gérmenes en las opiniones de la Sociedad; y una y otra vez, cuando algún nuevo descubrimiento o convicción ha amanecido en mí, me he sorprendido a mí misma diciendo: «Vaya, eso era lo que querían decir los primeros Amigos, aunque nunca antes lo había entendido».

Muchos de sus grandes principios morales y religiosos han sido adoptados y enseñados gradualmente por otros cristianos, a saber: la interpretación espiritual de la Biblia en lugar de la literal; el uso del día de reposo para el hombre, y no el hombre para el día de reposo; la subordinación del símbolo a la creencia espiritual simbolizada; la relativa falta de importancia de los credos y dogmas, o de los ritos y ceremonias; el aborrecimiento de la esclavitud; la importancia vital de la templanza; y el acceso directo del alma a Dios sin intermediario humano.

Pero en la época en que los cuáqueros declararon por primera vez estas cosas, parecían dichos duros que solo unos pocos podían soportar. E incluso aquellos de nosotros que fuimos criados con ellas desde nuestra misma cuna necesitamos muchos años de crecimiento e iluminación espiritual antes de poder comprenderlas plenamente.

Una de las verdades que habían captado muy por delante de su tiempo era la referente a la igualdad ante los ojos de Dios entre hombres y mujeres. Concedían a sus «Amigas» un lugar igual al de los «Amigos» en la obra del ministerio y en el gobierno de la Sociedad.

Había mujeres Predicadoras, y mujeres Ancianas, y mujeres Supervisoras, que se sentaban en igual dignidad con los hombres Predicadores, Ancianos y Supervisores, sobre los bancos elevados en solemnes filas, de cara al cuerpo de la reunión: los hombres a un lado del pasillo central, y las mujeres al otro. Los Predicadores (o Ministros, como los llamábamos) se sentaban a la cabeza de estas solemnes filas, los más ancianos y de mayor peso más cerca de lo alto, y descendiendo gradualmente hasta los neófitos más jóvenes, cuyos dones solo recientemente habían sido «reconocidos».

El sistema del ministerio entre los Amigos era muy diferente del de cualquier otra iglesia.

Creían profundamente que solo Dios podía hacer a un Ministro, y que ninguna predicación era correcta salvo aquella predicación que fuera directa e inmediatamente inspirada por Él. Aceptaban, como el único verdadero equipamiento para la obra del ministerio, la declaración contenida en Mateo 10:18-20, y creían que sus promesas se cumplirían literalmente en toda alma fiel, ya fuera hombre o mujer, joven o anciano, docto o indocto: «Y aun a gobernadores y a reyes seréis llevados por causa de mí, por testimonio a ellos y a los gentiles. Mas cuando os entregaren, no os apuréis por cómo o qué habéis de hablar; porque en aquella misma hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros».

Esta promesa contenía para ellos el «Llamamiento» cuáquero y la «Ordenación» cuáquera; y «estudiar para el ministerio» en colegios o en libros, o ser ordenado por la imposición de manos humanas, les parecía el rechazo del único llamamiento y ordenación divinos, y que daba como resultado lo que ellos denominaban un «ministerio hecho por hombres». Según su parecer, los Ministros solo podían ser hechos por Dios, y el poder para predicar era un «don» directo otorgado únicamente por Él.

Todo lo que podía hacerse era que los Ancianos y Supervisores de la reunión observaran el desarrollo de este don; y, cuando les parecía que la predicación llevaba señales inconfundibles de una «unción» divina, se reunían y decidían si registrar o no en sus libros de reunión que «reconocían» a fulano o mengano como Ministro. Este acto de «registrar» o «reconocer» no hacía Ministros a los predicadores; era solo el reconocimiento y la aceptación del hecho de que Dios ya los había hecho tales.

Cuando esto se había hecho, se les llamaba «Ministros reconocidos», y nosotros, los jóvenes, sentíamos que habían sido admitidos en la jerarquía del cielo mismo.

Además, puesto que Dios los había hecho Ministros, su pago o remuneración debía venir de Él solo. Nunca se les daban estipendios ni salarios, sino que su ministerio, libremente concedido desde lo alto, era libremente entregado a sus consocios, sin dinero y sin precio.

En consecuencia, todos los Ministros cuáqueros continuaban en sus ocupaciones habituales mientras «ejercitaban sus dones», viviendo de sus propios ingresos, o llevando a cabo sus oficios o negocios de siempre. A menudo esto les dejaba muy poco tiempo para el estudio o la preparación, pero, como no se permitía ningún estudio ni preparación, esto no era ningún inconveniente.

No solo no había de haber ninguna formación especial para el ministerio, sino que tampoco se consideraba correcto hacer preparación para ningún servicio o reunión en particular. Se suponía que los «Amigos» debían acudir a sus reuniones con la mente en blanco, dispuestos a recibir cualquier mensaje que el Espíritu Santo tuviera a bien impartir. Ninguno de ellos podía decir de antemano si la inspiración les vendría o no; y la promesa era clara de que, en caso de venir, en aquella misma hora les sería dado lo que habían de hablar.

Por tanto, toda preparación para la predicación se sentía como una deslealtad al Espíritu Santo, y se la llamaba «actividad de la criatura», con lo que se quería decir que era la criatura en el individuo, y no el Espíritu de Dios, la que había tomado el control. Y jamás se sentía que semejante predicación tuviera aquella «unción del Espíritu» que era la prueba cuáquera de todo ministerio.

He encontrado en un viejo libro de selecciones de los escritos de Isaac Penington lo siguiente acerca de los ministros, que expresa claramente el punto de vista cuáquero.

«No es predicar cosas que son verdaderas lo que hace a un verdadero Ministro, sino el recibir su ministerio del Señor. El evangelio es del Señor, el cual ha de ser predicado, y ha de ser predicado en Su poder; y los ministros que lo predican han de ser revestidos de Su poder, y ser enviados por Él. […] El que quiera ser un verdadero Ministro debe recibir tanto su don, como su ministerio, y el ejercicio de ambos, del Señor, y debe estar seguro, en su ministrar, de permanecer en el poder. […] Debe esperar, en sus diversos ejercicios, a ser revestido de materia y poder de lo alto, antes de abrir su boca en un testimonio para el Señor».

Con este concepto de la predicación, fácilmente puede comprenderse que «aparecer en el ministerio», como pintorescamente se expresaba, sería sentido por todos como un paso no solo muy solemne, sino también verdaderamente terrible. En mis años de juventud, siempre se le aludía como «tomar la cruz» y se le miraba como el sacrificio supremo que un alma podía hacer. Siempre me ha resultado difícil comprender este sentimiento, pues en mi propia experiencia personal la predicación ha sido mucho más un placer que un sacrificio. Pero probablemente esto se deba a que he dejado entrar más o menos de lo que los primeros Amigos llamarían la «criatura» en mi ministerio, y no he atribuido un origen tan elevado a mis palabras.

Una vieja carta de mi madre acerca de la «aparición en el ministerio» de su hermano, mi tío John Tatum, ilustrará el estado de sentimiento que he descrito. Ella escribe a su padre y a su madre acerca de una visita a su tío, y dice: «¿Habéis oído del sacrificio que el querido hermano John ha hecho últimamente al ceder a lo que creo que ha sido una impresión de deber largamente sentida, entregándose a aparecer en testimonio y súplica públicos en sus reuniones? Es desde que estuvimos allí, pero ambos quedamos particularmente impresionados por las señales de ejercicio y humilde consagración que aparecían en su caminar y conversación diarios. Espero que todos estemos dispuestos a brindarle la fortaleza de nuestra más tierna simpatía, y a orar para que sea conducido, guiado y guardado en el camino recto. Él, lo creo, a menudo se siente muy solo. Me dijo: “Ah, mi querida hermana, ha sido un tiempo terrible para mí últimamente, en el que he tenido que buscar los campos y los bosques a solas, y orar poderosamente por fortaleza y preservación”».

No puedo dejar de pensar que fue un concepto falso del servicio cristiano lo que llevó a los Amigos a pasar por tales conflictos por aquello que hoy en día se abraza como un glorioso privilegio. Pero todo el cuaquerismo de mis tiempos estaba más o menos teñido de este espíritu ascético de sacrificio, y era de tal modo la manera habitual de considerar el asunto que cada nuevo recluta al ministerio caía inconscientemente en ello.

Que algunos de ellos tenían de vez en cuando un vislumbre del privilegio del servicio lo demuestra un incidente que ocurrió con este mismo tío John algunos años después. Estaba hablando con mi hermano acerca de una «visita religiosa» que había hecho últimamente a algunas reuniones vecinas, y, al separarse, dijo en un tono muy solemne y afligido: «Así que verás, querido James, qué pesada cruz ha sido puesta sobre mí». Mi hermano expresó su simpatía, y se separaron, tomando caminos diferentes.

Pero en un momento o dos, mi tío regresó apresuradamente, y tocando a mi hermano en el brazo dijo: «Temo, querido James, haber transmitido una impresión falsa en lo que dije acerca de que mi ministerio es una cruz. La verdad me obliga a confesarte que no es en absoluto una cruz, sino un privilegio muy bendito y deleitoso. Temo que nosotros los predicadores hablamos como lo hacemos acerca de la cruz en la predicación, más por costumbre que por ninguna realidad».

Todo conspiraba, sin embargo, para hacer del ministerio cuáquero un asunto sumamente misterioso y solemne para nosotros, los jóvenes. Había algo indescriptiblemente cautivador en la idea de la inspiración directa e inmediata de nuestros predicadores. Parecíamos vivir, por así decirlo, al borde mismo del mundo espiritual, donde en cualquier momento el velo podría ser levantado, y podríamos tener alguna revelación mística del otro lado; y el anhelo ferviente, junto con el solemne temor reverente, con que observábamos y esperábamos estas revelaciones no podría, estoy segura, ser comprendido por la presente generación de jóvenes, aunque ellos mismos fueran cuáqueros.

Un temor reverente y un misterio nos rodeaban en cada «Amigo ministrante», ya fuera hombre o mujer, rico o pobre, sabio o sencillo; y esto por completo aparte de la personalidad del Ministro. Se debía única y enteramente al hecho de que creíamos que los Ministros eran los oráculos divinamente escogidos para declarar el pensamiento de Dios, y que cada palabra que pudieran decir estaba directamente inspirada, y era casi tan infalible como la Biblia misma. En consecuencia, lo que cualquiera de ellos pudiera ser «llevado» a decirle a uno era un asunto de la más vital importancia, y de la más profunda creencia. Una de las mayores emociones de mi juventud, por tanto, era la posibilidad de que en cualquier momento se me predicara o se profetizara sobre mí personalmente por parte de algún «Amigo ministrante».

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