Capítulo 4 · 11 min de lectura
El cuaquerismo
Antes de entrar en el tema de la influencia del cuaquerismo sobre mi vida juvenil, quiero que se entienda perfectamente que no pretendo en modo alguno ofrecer un fiel retrato del cuaquerismo tal como lo entendían y vivían mis mayores, sino solo tal como influyó en una niña ansiosa y aún sin formar, que tenía un lado decididamente religioso en su carácter, pero que estaba demasiado llena de vida y de ánimo para interesarse muy seriamente en cualquier cuestión abstracta ajena a sus deberes y diversiones cotidianas.
No puedo remontar mis ideas a ninguna enseñanza definida, y en aquel tiempo no las formulaba; pero las impresiones que conservo de aquellos días me parecen ahora haber nacido del ambiente general que me rodeaba. Es probable que mis parientes y amigos adultos no tuvieran idea alguna de estar creando semejante ambiente, y, de vivir aún, se sorprenderían mucho de algunas de mis interpretaciones. Pero lo cierto es que el cuaquerismo de mi vida juvenil ha dejado las fuertes impresiones que aquí consigno, y quiero relatarlas con toda la fidelidad de que soy capaz, como parte de mi propia historia personal, y de ninguna manera como una exposición autorizada de las opiniones cuáqueras.
Al remontar la línea de nuestros antepasados, hallamos que vinieron de Inglaterra durante el siglo diecisiete, en compañía de un gran grupo de cuáqueros que, no pudiendo encontrar en su propia tierra aquel espíritu de libertad religiosa que era un artículo fundamental de su fe, buscaron asilo en el nuevo mundo occidental, con la esperanza de fundar allí un Estado donde sus hijos gozaran de aquella libertad de adorar a Dios según los dictados de su propia conciencia que a ellos mismos les había sido negada en el viejo mundo.
Estos cuáqueros se habían establecido en gran parte en las colonias fundadas por William Penn en Filadelfia y sus alrededores, a ambas orillas del río Delaware, y habían llegado a ser, para cuando yo nací, un cuerpo de lo más influyente y respetado.
No obstante, buena parte de su primitiva frescura y fervor se había desvanecido, y lo que quedaba era una especie de religión muy sobria y callada, que permitía muy poca expresión, y era mucho más enteramente interior de lo que ahora me parece que fuera prudente. De días anteriores había quedado una firme creencia en lo que siempre se mencionaba como la «guía perceptible del Espíritu Santo», con lo que se entendía la voz clara y consciente de Dios en el corazón; y una leal devoción a lo que se llamaban «los testimonios de los Amigos», los cuales testimonios eran la expresión externa de las convicciones de verdad que, según creían, habían sido reveladas directamente por la «luz interior» a George Fox, el fundador de la sociedad, y a sus primeros seguidores.
Muchas de estas convicciones se oponían a las ideas comunes de la gente que nos rodeaba, y su observancia hacía por ello que los cuáqueros de mi tiempo fuésemos muy singulares. Pero se nos enseñaba que era un gran honor ser el «pueblo peculiar» de Dios, y yo, por mi parte, creía firmemente que a nosotros los cuáqueros se refería aquel pasaje del Deuteronomio: «Jehová te ha escogido para serle un pueblo peculiar, sobre todas las naciones que hay sobre la tierra.»
Ante tal honor, las cosas en que éramos «peculiares», que a menudo, lo reconozco, nos causaban considerable bochorno y aun tribulación, parecían ser una especie de «sello» de especial favor divino; y en vez de mortificarse por sus peculiaridades, los cuáqueros de mi tiempo se enorgullecían secretamente de ellas y de la singularidad que les acarreaban. Nosotros, los niños cuáqueros, absorbíamos algo de este sentimiento, y cuando caminábamos por las calles con nuestro pintoresco atuendo cuáquero, y los pilluelos callejeros nos gritaban, como solían hacer, «¡Cuáquero, cuáquero, puré de patata!», sentíamos un sostenido sentimiento de superioridad que quitaba parte del aguijón al insulto pretendido, y nos permitía replicar a gritos, con fino desdén, como quien lleva con mucho la mejor parte del asunto: «¡Holandesito, holandesito, puré para el tontito!» Si nosotros éramos cuáqueros, ellos eran acaso los descendientes de los primeros alemanes, o, como se les llamaba, los «redencionistas holandeses», que fueron los sirvientes de los primeros colonos; y en todo caso, estábamos resueltos a que supieran lo que pensábamos de ellos.
Recuerdo que después que mis hermanas y yo descubrimos esta eficaz réplica, logramos acallar a la mayoría de nuestros perseguidores. Pero a veces nos resultaba muy duro a los niños cuáqueros vernos obligados a soportar nuestra parte de persecución por «causa de la conciencia», puesto que era la conciencia de nuestros mayores y no la nuestra propia; y, unido a nuestro orgullo de ser el pueblo peculiar de Dios, teníamos también con frecuencia un sentimiento de ostracismo que, al mirar hacia atrás, me parece que no se nos debió haber pedido soportar.
Con todo, no me cabe duda de que ello impartió a nuestro carácter una especie de robusta independencia que nos fue de verdadero valor en la vida posterior. Yo, por mi parte, siempre he estado agradecida por la liberación del temor al hombre. La indiferencia a la crítica que, estoy convencida, se engendró en mi espíritu por estas tempranas persecuciones por «causa de la conciencia».
Había, como he dicho, muy poca enseñanza religiosa directa para los jóvenes cuáqueros en mi tiempo.
A veces se nos predicaba en nuestras reuniones, cuando un Amigo desde la galería exhortaba a los «queridos jóvenes» a ser fieles a su Guía divino; pero jamás se nos enseñaba doctrina ni dogma alguno. A menos que uno fuese especialmente despertado de algún modo, ninguna de las cuestiones que ocupan la mente de los jóvenes de hoy día era siquiera soñada por los jóvenes de mi círculo, al menos que yo supiera. Difícilmente podría concebirse en estos tiempos modernos una criatura más completamente ignorante de toda la llamada verdad religiosa de lo que yo lo era hasta los dieciséis años, cuando llegó mi despertar. Toda la cuestión religiosa para mí se reducía sencillamente a si yo era lo bastante buena para ir al cielo, o tan traviesa como para merecer el infierno. En cuanto a que hubiese un «plan de salvación», o cosa alguna como la «justificación por la fe», jamás se oyó tal cosa entre nosotros.
El único punto vital en nuestras ideas acerca de la religión era si buscábamos y obedecíamos o no aquella «guía perceptible» del Espíritu Santo, hacia la cual se nos dirigía constantemente; y la única enseñanza definida que recibíamos en cuanto a nuestra vida religiosa se contenía en «los testimonios de los Amigos», y en las «consultas» que se leían y respondían cada mes en las «reuniones mensuales para asuntos administrativos», que celebraba regularmente cada congregación de cuáqueros.
No teníamos escuelas dominicales ni clases bíblicas; de hecho, como he dicho, se consideraban una forma de «actividad de la criatura», solo excusable en la «gente del mundo» (con lo cual queríamos decir todo aquel que no fuese cuáquero), porque estaban en la ignorancia, según creíamos, de las enseñanzas mucho más altas del Espíritu Santo, que eran nuestra herencia especial. Tampoco nos enseñaba nuestra Sociedad oración regular alguna, pues los Amigos creían que solo se podía orar de manera aceptable cuando el Espíritu movía a orar. De pequeños, nuestros padres nos habían enseñado una oración infantil, que repetíamos cada noche una vez arropados en la cama, antes de darnos los últimos besos de despedida.
Pero a medida que crecíamos, y nuestros padres reconocían cada vez más nuestra independencia individual, estas oraciones infantiles de la noche fueron omitidas, y el ambiente cuáquero en cuanto a la oración fue ganando poco a poco la primacía; y con el tiempo yo, al menos, llegué a sentir como si, a causa de mi despreocupación y mi indiferencia frívolas, fuese casi malo que yo intentase orar.
Lo que este cuáquero enseñaba acerca de la oración puede colegirse del siguiente extracto de los escritos de Isaac Pennington. Dice: «La oración es un don. El hombre no puede orar cuando quiere; sino que ha de velar y esperar a que el Padre encienda en él vivos anhelos hacia sí mismo.»
Por consiguiente, no conocíamos oraciones formales, y ni siquiera se nos enseñaba el Padrenuestro. Hasta que fui mujer, en verdad no lo sabía de memoria, y aun hoy día a menudo me quedo perpleja un instante cuando intento repetirlo. La verdad es que, de niña, adquirí de algún modo la impresión de que el Padrenuestro era «mundano», y que solo la gente «mundana» debía usarlo. Por «mundano» entendíamos cualquier cosa que no fuera cuáquera. Los cuáqueros eran «sencillos», y todo el resto del mundo, y aun de la Iglesia, era «mundano».
Hasta me parecía que era claramente «mundano» arrodillarse para orar. Nosotros, los Amigos, siempre nos poníamos de pie cuando se ofrecía oración en nuestras reuniones, y si alguna vez orábamos al retirarnos por la noche, lo hacíamos después de meternos en la cama. Y cuando, como a veces sucedía, alguna de nuestro pequeño círculo se atrevía a arrodillarse junto a su cama para sus devociones vespertinas, siempre sentíamos que era una lamentable cesión a un espíritu mundano, y que había de lamentarse como una recaída de la verdadera fe.
De hecho, todos los cultos de Iglesia o de Capilla nos parecían muy mundanos y frívolos, y participar en ellos parecía casi equivaler a pecar; y hasta que me casé, en realidad nunca había entrado en otro lugar de culto que no fueran las casas de reunión de los Amigos. Lo habría sentido como una clara «caída de la gracia» el haberlo hecho.
No puedo recordar que se nos enseñaran claramente ninguna de estas cosas, ni que nadie me dijera con todas sus letras que los cuáqueros eran el «pueblo peculiar» de que habla la Biblia como especialmente amado de Dios. Pero la clase de predicación que escuchábamos, y que por supuesto solo comprendíamos a medias, respecto a los privilegios y las bendiciones de nuestras peculiaridades, dejó en mi joven ignorancia la impresión de que, de algún modo, a causa de nuestras «peculiaridades», éramos objeto de especial favor divino. Recuerdo muy bien haber tenido la clara sensación de que éramos los verdaderos israelitas de que hablaba la Biblia, y que todos los que no eran cuáqueros pertenecían a los «gentiles de afuera». Para decir toda la verdad, tenía de niña la confusa idea en mi mente de que nosotros los cuáqueros teníamos un Dios distinto y mucho más elevado que los demás, y que el Dios que adoraban los otros cristianos era uno de los «dioses de los gentiles» que la Biblia condenaba.
Que yo no era la única en tener estos sentimientos se mostrará en los siguientes extractos de las recientemente publicadas reminiscencias de un Amigo americano, que es un capaz educador de nuestros días.
Dice: «Estoy bien seguro de que ningún israelita en los días de la prosperidad de Israel tuvo jamás una convicción más cierta de pertenecer a un pueblo peculiar que el Señor había escogido por suyo, que la que yo tenía. Había para mí una ruptura absoluta entre 'nosotros' y todos los demás. Este fariseísmo nunca me fue enseñado, ni alentado directamente por nadie, mas no por eso dejaba de tenerlo. Si algo había en el mundo de que yo pudiera gloriarme, era de que yo era cuáquero. Otros a mi alrededor tenían mucho más de tangible que yo. Su vida era más fácil, y no tenían que luchar tan duramente por conseguir las cosas que deseaban como nosotros. Pero ellos no eran 'escogidos', ¡y nosotros sí! Tan atrás como puedo remontarme en mi memoria, hallo este sentimiento de superioridad: una especie de derecho de nacimiento a la gracia y al favor divinos. Creo que provino en parte de las impresiones que recibía de los 'Amigos viajeros', cuyas visitas ejercían sobre mí una influencia indescriptible. Parecerá, por supuesto, haber sido una visión muy estrecha, y así lo era, pero su influencia fue decididamente importante sobre mí. Daba cierta dignidad a mi pequeña vida el sentir que pertenecía al propio pueblo de Dios; que, de entre todo el mundo, habíamos sido escogidos para ser suyos, y que sus maravillas se habían obrado por nosotros, y éramos objeto de su especial amor y cuidado.
»Todos en casa, así como muchos de nuestros visitantes, creían implícitamente en la guía divina inmediata. Los que salían de nuestra reunión para emprender un servicio religioso más extenso, y muchas eran las visitas de esta clase que se emprendían, siempre parecían tan directamente escogidos para estas trascendentales misiones como lo fueron los profetas de antaño. Tan atrás como puedo recordar, veo a los Amigos sentados conversando con mi abuela sobre alguna 'inquietud' que pesaba 'gravemente sobre ellos', y todo el asunto parecía tan importante como si hubieran sido llamados por un rey terrenal para dirigir los asuntos de un imperio. Fueron en parte estos casos de elección divina, y la constante impresión de que Dios se servía de estas personas, a quienes yo conocía, como mensajeros suyos, lo que me hacía tan seguro del hecho de que éramos su pueblo escogido. En todo caso, crecí con esta idea firmemente fijada.»
Creo que todo joven «Amigo» del círculo al que yo pertenecía habría reconocido los mismos sentimientos. Éramos el «pueblo escogido» de Dios, y, como tal, pertenecíamos a una aristocracia religiosa tan real como pudiera serlo cualquier aristocracia terrenal; y no creo que conde ni duque alguno se enorgulleciera jamás de su posición aristocrática terrenal más de lo que nosotros nos enorgullecíamos de la nuestra celestial.