Capítulo 3 · 11 min de lectura

Mi infancia cuáquera

Después de la influencia de mis padres sobre mi joven vida, venía la influencia de la Sociedad religiosa de la que yo era miembro por nacimiento. No creo que me fuera posible expresar en palabras cuán fuerte y penetrante era esta influencia. Cada palabra, pensamiento y acción de nuestra vida estaba impregnada de cuaquerismo. Ni por un solo instante escapábamos de él.

No es que quisiéramos hacerlo, pues no conocíamos nada distinto; pero, como mostrará mi relato, cada átomo de nuestra conciencia estaba infundido y poseído por él. Diariamente doy gracias a Dios de que fuera una influencia tan justa y ennoblecedora.

Mas, aunque tan omnipotente en nuestra vida, el cuaquerismo de mi época no lograba su influencia por medio de mucha enseñanza externa. Una de sus creencias más profundas tenía que ver con la enseñanza interior y directa del Espíritu Santo a cada alma, y esto desalentaba la mucha enseñanza por labios humanos. Los cuáqueros aceptaban como literalmente ciertas las declaraciones del apóstol Juan de que hay una «Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo», y su enseñanza fundamental era que esta «Luz», si se la buscaba y obedecía fielmente, guiaría a todo hombre a toda verdad. Sentían, por tanto, que sería una intromisión entre el alma y su Divino Guía y Maestro entrometerse con cualquier mera enseñanza de hombre. Nos enseñaban a escuchar y obedecer la voz de Dios en nuestras almas, y creían que si hacíamos esto conforme a nuestro mejor conocimiento, nuestro Divino Guía nos enseñaría todo lo que nos fuera necesario saber acerca de doctrinas o dogmas.

Había algo grandioso en este reconocimiento de la individualidad humana. Dejaba a cada alma en absoluta independencia ante su Creador, dispuesta a ser enseñada directamente por Él, sin la intromisión de ningún ser humano, salvo en cuanto ese ser humano fuese inspirado por Él mismo. Y aunque en mis días juveniles no formulaba esto conscientemente, con todo, la atmósfera que creaba, y la dignidad individual con que dotaba a toda alma humana —sabia o sencilla, rica o pobre, letrada o iletrada, vieja o joven— nos hacía sentir desde nuestros primeros días una regia independencia interior que nadie, ni siquiera nuestros padres, podía tocar.

Cuando se nos leía la Biblia, lo cual se hacía con frecuencia, especialmente las tardes del «Primer Día», rara vez se intentaba explicación alguna. En su lugar, se observaban siempre unos momentos de profundo silencio al terminar la lectura, para que la «Luz Interior» pudiera, si fuese la Voluntad Divina, revelarnos el significado de lo que se había leído. Me temo, sin embargo, que en lo personal yo estaba aún demasiado adormecida para que se me revelara mucho. Pero tan fuerte era este sentimiento entre los cuáqueros de mi época, que la enseñanza religiosa directa de labios de seres humanos, excepto en la predicación inspirada, siempre me parecía cosa del mundo, mundana. Sentía que solo era buena para «la gente del mundo», la cual, a causa de su ignorancia respecto a la luz interior, se veía necesariamente obligada a mirar hacia afuera en busca de enseñanza. En efecto, todas las exposiciones de la Biblia, salvo las que pudieran estar directamente inspiradas, se sentían como mundanas; y las clases bíblicas y las escuelas dominicales se consideraban lugares de entretenimiento mundano, a los que ningún verdadero cuáquero debía asistir. Nuestra enseñanza había de venirnos, no de labios de maestros humanos, sino de la voz interior del mismo Divino Maestro.

En esto, los primeros Amigos no hacían más que creer lo que enseñó san Agustín cuando dijo: «Es el Maestro interior el que enseña, es la inspiración la que enseña; donde faltan la inspiración y la unción, en vano se machacan por fuera las palabras».

Su predicación, por tanto, se componía en su mayor parte de exhortaciones a escuchar esta «voz interior», y a obedecerla cuando se oyera; y ni una sola vez, durante todos mis días juveniles, recuerdo haber oído ninguna otra clase de predicación. No es que no pudiera haber habido también predicación doctrinal, si yo hubiera tenido oídos para oírla; pero, de hecho, ninguna cuestión religiosa de ninguna especie, salvo la única y avasalladora convicción de que de un modo u otro debía ingeniármelas para ser buena, ocupó mi mente hasta la edad de dieciséis años. Vivía únicamente en aquel extraño y misterioso mundo de la infancia, tan alejado del «mundo de los adultos» que lo rodeaba, donde todo lo exterior parecía solo un mero espectáculo pasajero. En mi mundo, todo era llano y sencillo, sin necesidad de cuestionamiento alguno. Las personas adultas a mi alrededor parecían tener sus ridículos intereses y sus necias molestias, pero estos nada eran para mí en mi encantada esfera.

A veces, cuando alguno de estos tontos adultos insinuaba que llegaría un tiempo en que yo también sería adulta, me sobrevenía una punzada ante tan terrible idea, y resolvía aplazar el aciago día todo lo posible negándome a que me recogieran el cabello en un moño detrás, o a que mis vestidos me bajaran por debajo de las rodillas. Tenía la idea de que las personas adultas querían vivir vidas de niños, y jugar juegos de niños, y divertirse como niños tanto como lo deseábamos nosotros los niños, pero que había una ley que se lo prohibía. Y cuando la gente hablaba en mi presencia sobre la necesidad de «tomar la cruz» al hacerse mayor, yo pensaba que querían decir que uno tendría que dejar de trepar a los árboles, hacer rodar el aro, echar carreras o caminar sobre lo alto de las cercas, aunque todo el tiempo uno quisiera hacer estas cosas tanto como siempre; y mi corazón infantil se llenaba a menudo de una profunda lástima por los pobres y desdichados adultos que me rodeaban.

Yo era una criatura alocada y atolondrada, y hasta la edad de dieciséis años no fui sino una niña despreocupada e irresponsable, decidida a sacar toda la diversión que pudiera de la vida, y sin nada de esa morbosa cohibición que tan a menudo es un tormento para los jóvenes.

El caso era que, por lo que puedo recordar, apenas pensaba jamás en mí misma, como yo misma, en absoluto. Mis viejas amistades me dicen ahora que se me tenía por una muchacha muy bonita, pero yo nunca lo supe. La cuestión de mi aspecto jamás se me ocurrió. La única cuestión que realmente me interesaba era la de mi diversión, y cómo lucía, o qué pensaba la gente de mí, eran cosas que no parecían concernirme en lo más mínimo.

Recuerdo con claridad la primera vez que tales cuestiones se me impusieron, y la indignada manera en que las rechacé. Creo que debía de tener unos once años. Mi madre me había enviado a la sala a ver a algunas de sus amistades que habían preguntado por mí. Sin temor alguno, dejé mis lecciones y me dirigí hacia la sala; cuando de repente, justo al ir a entrar, me sorprendió y desconcertó por completo un ataque de timidez. Nunca antes había tenido esa sensación, y me resultó de lo más desagradable. Y al girar el pomo de la puerta, me dije a mí misma: «Esto es ridículo.

¿Por qué habría de tener miedo de esas personas ahí dentro? Estoy segura de que no me dispararán, y no creo que piensen nada de mí; y aunque lo hicieran, no puede hacerme daño, y sencillamente no voy a asustarme». Y al decir esto, deliberadamente arrojé mi timidez a mis espaldas y entré sin temor en la habitación, dejándola toda fuera de la puerta.

Había hecho el descubrimiento, aunque entonces no sabía lo suficiente para formularlo, de que la timidez no era sino pensar en uno mismo, y de que olvidarse de uno mismo era una cura segura; y no recuerdo haber sufrido nunca más de veras a causa de la timidez. Si alguna vez venía, sencillamente la arrojaba tras de mí como había hecho la primera vez, y me negaba literalmente a prestarle atención alguna.

Por lo que puedo recordar, pues, mi vida hasta la edad de dieciséis años, cuando llegó mi despertar religioso, fue una vida de niña absolutamente irreflexiva. La introspección y el examen de mí misma eran cosas que yo desconocía por completo, y las cuestiones religiosas ni siquiera las soñaba. Miro hacia atrás con asombro de que un ser tan irreflexivo pudiera haber sido preservado de pecados manifiestos como yo lo fui, pero reconozco que por esto debo dar gracias a la grandiosa y omnipresente atmósfera cuáquera de bondad y rectitud en que vivía, y que hacía de cualquier tal desliz casi una imposibilidad.

He hablado de la Iglesia en que nací como de una sociedad religiosa. En mis días juveniles siempre se la llamaba «La Sociedad Religiosa de los Amigos», y nunca, por ninguna casualidad, se hablaba de ella, como se hace a menudo ahora, como «La Iglesia Cuáquera».

Los primeros cuáqueros tenían un firme testimonio contra el llamarse a sí mismos una Iglesia, pues no se consideraban una Iglesia en ningún sentido excluyente ni incluyente de esa palabra. La Iglesia, según su parecer, era el cuerpo invisible de los creyentes pertenecientes a todo credo y a toda nación, y ellos, como «Amigos», eran tan solo una «Sociedad» dentro de esta gran Iglesia universal e invisible.

Tomaron su nombre de las palabras de nuestro Señor en Juan 15:14-15: «Vosotros sois mis amigos, si hiciereis las cosas que yo os mando. Ya no os llamaré siervos; porque el siervo no sabe lo que hace su señor; mas os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he hecho notorias». Su único afán en la vida era hacer todo cuanto el Señor mandaba, y creían, por tanto, que habían sido admitidos en este sagrado círculo de la amistad divina. Al principio no tenían idea alguna de formar una secta aparte, sino que su asociación era para ellos tan solo una sociedad de amigos (sin ni una S mayúscula ni una A mayúscula), que se reunían para compartir, como amigos unos con otros, las revelaciones divinas que a cada uno se le hacían, y para alentarse mutuamente a esforzarse por la justicia que la amistad divina exigía.

Que esta «sociedad de amigos» asumiera gradualmente para sí un artículo determinado y letras mayúsculas, y llegara a ser «La Sociedad Religiosa de los Amigos», y se desarrollara hasta convertirse en una secta aparte, fue, supongo, el resultado necesario de todos los movimientos de esa clase. Pero siempre me ha parecido un decaimiento de la sencillez y la universalidad de la idea original.

El nombre de cuáquero les había sido puesto en sus primeros días por el hecho de que, cuando predicaban en sus Reuniones, se los veía temblar o estremecerse bajo lo que creían ser el poder del Espíritu Santo. Yo misma, aun en los tiempos más apacibles en que era niña, veía a menudo a los predicadores en nuestras Reuniones temblando y estremeciéndose de pies a cabeza, y confieso que siempre sentí que los mensajes pronunciados bajo esta condición tenían una inspiración y unción especiales, propias, muy por encima de todos los demás. En efecto, a menos que un predicador tuviera al menos suficiente de este «estremecimiento» para hacer palpitar sus corazones y temblar sus piernas, muchos no lo consideraban con el verdadero «llamado» al ministerio en absoluto, y no puede uno, por tanto, sorprenderse de que el nombre de «cuáquero» (que significa «el que tiembla») se hubiera prendido a la sociedad.

Pero el nombre elegido por ellos mismos era mucho más feliz, y mucho más descriptivo de lo que en realidad eran. El «estremecimiento» era, después de todo, solo un incidente en su religión, pero la amistad era su misma esencia. Por cuanto se creían amigos de Dios, comprendían que debían ser, en el sentido más verdadero, amigos de todas las criaturas que Él había creado. Creían que era literalmente cierto que Él había hecho de una sangre todas las naciones de los hombres, y que todos eran, por tanto, sus hermanos. No podía uno dejar de percibir este sentido de amistad universal a través de toda la adoración y la obra de la sociedad, y en lo personal, tan hondamente quedó grabado en mi joven vida, que hasta el día de hoy, ser miembro de la Sociedad de los Amigos significa para mí ser amiga de todo el mundo. Y siempre que hay alguna opresión o sufrimiento en cualquier parte del mundo, instintivamente tengo la certeza de que entre los primeros en acudir presurosos al rescate estará un comité de la Sociedad de los Amigos.

Tienen, de hecho, un comité permanente que se reúne con regularidad para considerar casos de agravio y de necesidad, y se llama significativamente «La Reunión para los Sufrimientos». La sociedad es, y siempre ha sido, amiga de todos los oprimidos. Por tanto, mientras que el mundo exterior generalmente los llama «cuáqueros», me alegro de que ellos mismos se hayan aferrado firmemente al entrañable nombre de «Amigos».

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