Capítulo 31 · 8 min de lectura

La hermosa voluntad de Dios

Con los ojos recién abiertos a la absoluta bondad y al desinterés de Dios, toda mi actitud hacia su voluntad quedó transformada. En el pasado había considerado la voluntad de Dios como algo que se oponía a mí; ahora descubría que era enteramente a mi favor. La había temido como algo severo; ahora la veía como algo que debía abrazar con gozo. Antes pensaba que su voluntad era el arma terrible de su rigor, que descendía sobre mí para castigarme. Ahora la veía como el tierno instrumento de su amor, que traía a mi vida solo lo más bondadoso y lo mejor.

Comprendí que la voluntad del amor perfecto y desinteresado no podía ser sino buena, y que, puesto que Dios posee todo conocimiento y toda sabiduría, su voluntad tiene que ser —por su misma naturaleza— lo mejor que el universo podría ofrecer. Ninguna dicha mayor podría venir a ninguno de nosotros que ver esa voluntad hermosa y desinteresada perfectamente cumplida en nosotros y para nosotros.

A veces, esconderme en la voluntad de Dios se sentía como refugiarme en una fortaleza inexpugnable de amor y protección, donde ningún mal podía alcanzarme. Otras veces se sentía como hundirme en el más suave lecho de plumas, descansando en perfecta paz. Nunca podré expresar del todo con palabras cuanto empecé a ver de la hermosura, la ternura, la generosidad y la infinita bondad de la voluntad de Dios. Verdaderamente me deleitaba en su dulzura.

Esto no significaba que la vida quedaría libre de pruebas; una voluntad sabia y amorosa podría ver las pruebas como dones necesarios del amor. Tampoco era esencial que yo percibiera la mano divina en cada dificultad. Mi sentido común me decía que, si Dios es omnipresente, tiene que estar presente también en mis pruebas; y, estando allí, tiene que estar para ayudar y bendecir.

No somos lo bastante sabios para juzgar si nuestras experiencias son en verdad gozos o pesares, pero el Señor lo sabe. Y porque nos ama con un amor ilimitado y desinteresado, no puede dejar de hacer —literalmente no puede dejar de hacer— que aun las cosas que parecen duras, o crueles, o malvadas, obren juntas para nuestro mayor bien. Digo «no puede dejar de hacerlo» porque es inconcebible que semejante Dios pudiera obrar de otro modo.

No importa quién dé inicio a la prueba —ya sea la malicia humana, la maldad espiritual o nuestra propia insensatez—. Si Dios permite que llegue hasta nosotros, entonces por ese mismo permiso hace suya la prueba, transformándola en un carro de amor que lleva nuestras almas a bendiciones que jamás habríamos podido alcanzar de otra manera. Para el cristiano que mora en la fortaleza de la voluntad de Dios no hay «causas segundas»; nada puede entrar en esa fortaleza a menos que el divino Guardián de ella abra la puerta.

Y cuando la abre, significa que ha adoptado esa cosa para nuestro bien eterno.

José fue vendido a Egipto por la maldad de sus hermanos, y sin embargo Dios hizo de su crueldad el mismísimo carro que lo llevó al triunfo. Así podemos estar más seguros de esto que de que el sol saldrá mañana: la voluntad de Dios es lo más hermoso del universo para nosotros; no porque siempre parezca lo mejor, sino porque no puede ser sino lo mejor, por ser la voluntad del amor infinito.

Me encontraba cantando continuamente el hermoso himno de Faber: «Te adoro, dulce voluntad de Dios, y todos tus caminos venero; y cada día que vivo me parece que te amo más y más».

Una estrofa me deleitaba especialmente, porque tan a menudo la hallaba verdadera en la experiencia: «No sé lo que es dudar, mi corazón está siempre alegre; no corro riesgos, pues, venga lo que venga, tú siempre te sales con la tuya».

La primera vez que comprendí esto de un modo profundamente práctico fue tres días después del nacimiento de mi amada niña —una hija que había anhelado con un indecible anhelo, y que me parecía el más exquisito tesoro jamás confiado al cuidado humano—.

Mi enfermera había caído enferma de repente y se vio obligada a marcharse, de modo que tuvimos que traer a una desconocida, cuyo aspecto me inspiraba desconfianza y cuya ignorancia parecía evidente. En aquel tiempo las enfermeras capacitadas eran mucho menos comunes, y yo sentía que esta era del todo incapaz. Apenas podía soportar que tocara a mi preciosa niña, y sin embargo no se me permitía cuidar yo misma de mi bebé.

Era invierno, y un vivo fuego de leña ardía en el hogar de mi cuarto. La primera noche de la enfermera, después de acomodarme en la cama, se sentó cerca del fuego con mi bebé en el regazo. Pronto cayó en un sueño profundo, roncando ruidosamente, y desperté para ver a mi criatura peligrosamente cerca de las llamas sobre sus rodillas inclinadas, mientras la cabeza de la enfermera se desplomaba de manera alarmante sobre ella.

Mi voz era débil y no lograba despertarla. Esperaba ver en cualquier momento a mi pequeña rodar hacia el fuego. No conseguía que nadie me oyera, y levantarme de la cama y cruzar el frío suelo podría haber dañado gravemente mi salud. Con todo, la angustia me hizo incorporarme, y estaba luchando por ponerme en pie cuando de repente estas palabras cruzaron por mi mente como un relámpago: «No corro riesgos, pues, venga lo que venga, tú siempre te sales con la tuya».

Con aquellas palabras vino una profunda convicción de que mi niña estaba enteramente segura en el cuidado de Dios. Una paz honda se asentó sobre mí. Mi cabeza volvió a hundirse en la almohada y mi alma se hundió de nuevo en la dulzura de la voluntad de Dios. Vi que mi bebé estaba mecida en los brazos del amor todopoderoso. Me quedé dormida sin rastro de temor y desperté para encontrarla ya arropada a mi lado para su alimento.

Fue algo bello más allá de las palabras haber experimentado semejante revelación práctica de la hermosura y la bienaventuranza de la voluntad de Dios.

Desde aquel primer despertar he tenido muchas percepciones semejantes, y he llegado a saber —sin la más leve sombra de duda— que la voluntad de Dios es la realidad más deliciosa y deleitosa del universo. Esto no es porque la vida se despliegue siempre conforme a mis preferencias, ni por ninguna piedad especial en mí, sino sencillamente porque el simple sentido común me dice que la voluntad del amor perfecto y desinteresado no podría ser sino deliciosa. El cielo es cielo precisamente porque allí se cumple perfectamente la voluntad de Dios; y la tierra se parecería inevitablemente al cielo si su voluntad se cumpliera perfectamente aquí.

Durante años había oído a cristianos describir la consagración a la voluntad de Dios como un logro espiritual tan elevado que solo unas pocas almas excepcionalmente devotas podían esperar alcanzarlo. Pero una vez que descubrí el infinito desinterés de Dios, comprendí que la consagración no es en absoluto un logro: es un privilegio inestimable. Estoy convencida de que, si la gente comprendiera de veras la hermosura de su voluntad, no solo los particularmente devotos, sino toda alma existente, se apresuraría a escogerla con gozo para cada momento de su vida.

Esto no es un grado más alto de piedad; es sencillamente un grado más alto de buen sentido común. Si yo estuviera perdida en un desierto sin senderos, incapaz de ver salida alguna, y un guía experimentado se ofreciera a conducirme a lugar seguro, ¿me resultaría difícil o costoso ponerme en sus manos y decir: «Hágase tu voluntad»? Y si no, ¿cómo podría resultarme gravoso confiarme a mi Guía celestial y decir: «Hágase tu voluntad»? No puede serlo; es imposible. La entrega a Dios, o la consagración como muchos la llaman, es el mayor privilegio ofrecido a alma alguna en esta vida. Decir «Hágase tu voluntad» es una de las frases más deleitosas que a un ser humano le es dado pronunciar.

Un antiguo escritor dijo una vez que la voluntad de Dios no es una carga que llevar, como tantos imaginan, sino una almohada sobre la cual descansar. Hallé esto profundamente verdadero. Mi alma se hundía en su voluntad con una indescriptible dulzura de sereno contentamiento. Otras veces, decir «Hágase tu voluntad» se sentía como un magnífico grito de victoria, como enarbolar un estandarte triunfante ante el universo entero, desafiándolo a oponerse a mí. Tan vívido era este sentimiento que me encontraba repitiendo, de día y de noche, como un soldado victorioso podría cantar después de la batalla: «Tu maravillosa y grandiosa voluntad, Dios mío, con triunfo hago ahora mía; y el Amor gritará un gozoso Sí a cada querido mandato tuyo».

Pero nunca podría contar del todo cuanto mi alma descubrió cuando descubrí la bondad y el desinterés de Dios. Decir que Él basta es dar una respuesta completa e inquebrantable a toda duda y toda pregunta que jamás pueda surgir. Puede que mis sentimientos no siempre confirmen que las oraciones son respondidas o que las promesas se cumplen; pero ¿qué importa eso? Detrás de cada oración y de cada promesa está Dios mismo —Dios puro, si se me permite decirlo así—, y si acaso existe, entonces tiene que bastar.

Durante años había cantado las conocidas palabras: «Tú, oh Cristo, eres todo lo que quiero; más que todo hallo en ti».

Pero hasta ahora nunca había comprendido lo que en verdad significaban. Habían sonado hermosas, pero solo como un sentimiento poético. Ahora veía que enuncian un hecho. Había comenzado a descubrir que Él era realmente todo lo que yo necesitaba, y que infinitamente más que todo cuanto yo pudiera pedir o imaginar estaba atesorado para mí en Él.

En cierto sentido, mi búsqueda de Dios terminó allí, pues había hallado que Él bastaba. Desde entonces he descubierto muchas otras verdades hermosas y preciosas acerca de Él, pero en aquel momento había alcanzado a Él mismo —el Dios real detrás de todas las apariencias— y mi corazón entró en su reposo. Vi que nada más importaba en definitiva: ni credos, ni ceremonias, ni doctrinas, ni dogmas.

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