Capítulo 32 · 8 min de lectura

La vejez y la muerte

Ahora que tengo setenta años y la vida avanza rápidamente hacia su fin, puedo decir sin vacilación que descubrir el desinterés de Dios ha transformado por completo lo que siento acerca de la vejez y de la muerte. Saber —de manera total y segura— que Dios es, y que Dios basta, hace de la vejez un gozo en el presente y de la muerte una deliciosa esperanza para el futuro.

Sin Él, la vejez —con sus fuerzas menguantes y sus frecuentes achaques— no podría ser sino triste y agotadora. Pero con Dios, nuestro hermoso y desinteresado Dios, detrás de todo, la vejez se convierte en un apacible lugar de reposo. Llegar a los setenta me da permiso para apartarme de las presiones de la vida, para dejar la carga de mantener el mundo en marcha, y acepto con gusto esa liberación.

Hice mi parte para llevar las responsabilidades de mi propia generación, y ahora que casi ha pasado, me alegro de que el peso del mundo de hoy no descanse sobre mí, sino sobre hombros más jóvenes y más fuertes: aquellos a quienes Dios ha llamado a su propia obra señalada. Me río para mis adentros con verdadero placer ante ese pensamiento, e incluso disfruto de los achaques de la edad a medida que llegan. Cada uno de ellos me libra de alguna tarea o deber y me concede el sosegado ocio de contemplar a los luchadores más jóvenes en la arena del mundo. Puede que no siempre me parezca que luchan del mejor modo, juzgando con mis viejos ojos, pero admiro el orden divino que asigna a cada generación su propia obra, para hacerla a su propia manera. Ya nos parezca sabio o insensato, la generación que pasa debe hacer sitio a la que se levanta, y debe abstenerse de entrometerse.

Los que somos mayores podemos ofrecer consejo y compartir los frutos de nuestra experiencia, pero debemos mantenernos completamente contentos cuando nuestro consejo es desatendido. Si hiciéramos esto —de veras lo hiciéramos— estoy convencida de que los jóvenes buscarían de buena gana nuestro consejo mucho más a menudo. Pero vacilan porque temen que pedir consejo los obligue a seguirlo, y que nosotros nos sintamos heridos si no lo hacen. La verdadera libertad para buscar orientación solo puede existir junto a la verdadera libertad para no seguirla.

No hablo de niños, sino de adultos de dos generaciones distintas. Y por lo general, cuando los mayores insisten en que su consejo debe seguirse, se colocan en la desdichada posición de obstruir el progreso del mundo. En casi todos los campos hoy en día, las empresas emplean a trabajadores cada vez más jóvenes, porque los mayores tienden a acomodarse en la rutina y a resistirse a que se les inste a salir de ella. Es notable, a este respecto, que por mandato divino los israelitas se retiraban del servicio público a la edad de cincuenta años, ya fuera en el Tabernáculo o en el ejército. «De edad de cincuenta años cesarán de su servicio… y no servirán más.» Si ellos se retiraban a los cincuenta, entonces a los setenta soy sin duda libre de retirarme de la obra del mundo y de gozar del dichoso sentido de liberación de responsabilidad que pertenece a la vejez.

A menudo oímos hablar del deber que los jóvenes tienen para con los ancianos. Pero creo que es mucho más importante que consideremos el deber que los ancianos tenemos para con los jóvenes. No quiero decir que los jóvenes no nos deban nada; pero a los setenta veo con claridad que la mayor carga recae sobre nuestro lado. Trajimos a la generación más joven al mundo sin consultarla. Por tanto, estamos obligados a derramarnos por su bien, así como Dios, que nos creó, se ha derramado por el nuestro mediante el sacrificio de Cristo. No alcanzo a ver cómo Dios pudo haber hecho menos, ni alcanzo a ver cómo nosotros deberíamos hacer menos tampoco.

Habiendo descubierto el desinterés de Dios —como todo el que llega a los setenta debería haberlo descubierto— nuestra actitud hacia los demás debería reflejar, en nuestra medida, ese mismo desinterés. Sin duda esto es lo que quiso decir Jesús cuando nos exhortó a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen y hacer bien a los que nos aborrecen, para que fuésemos «hijos de nuestro Padre que está en los cielos», quien hace precisamente estas cosas. Y Jesús concluye con: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.» Nuestra perfección es la perfección del amor desinteresado. Cuanto más ancianos somos, tanto más hondamente debiéramos comprenderlo y vivirlo.

Todo está seguro cuando es guiado y gobernado por el amor desinteresado. Y así mi viejo corazón reposa tranquilo. Puedo deponer las armas con gozosa confianza. Puesto que Dios está en su cielo, todo debe estar al fin bien con su mundo, sean cuales fueren las apariencias. Puedo esperar en paz a comprender lo que ahora parece misterioso, hasta aquel glorioso día de la revelación que se acerca con cada hora.

Uno de mis descubrimientos más consoladores es que Dios puede gobernar su universo por sí mismo, aun sin mi ayuda. Cada vez que contemplo el sol, la luna o las estrellas —«obra de sus dedos»— siento la profunda satisfacción de saber que son responsabilidad suya, no mía. Por eso puedo morir de buena gana y dejar todo el universo a su cuidado, sin el menor temor de que las cosas se vengan abajo cuando yo parta. Dios es el ama de casa de su propia creación. Así como sería insensato que me inquietara por el quehacer doméstico de mis vecinos de Grosvenor Road, más insensato aún es preocuparse por el quehacer doméstico de Dios. De modo que, con la mente serena, aguardo la muerte. La idea de dejar esta vida y entrar en la vida más amplia y más grandiosa del más allá es puro gozo.

Es como estar en el umbral de un país nuevo lleno de maravillas desconocidas, y saber que nada ni nadie puede impedirme ir allá llena mi corazón de un deleite secreto y continuo.

A menudo, cuando algún grato plan terrenal se frustra, me digo a mí misma con triunfo: «Pues bien, hay una cosa por la que nunca me sentiré defraudada: y es morir. Nadie, ni siquiera un enemigo, puede quitarme eso.» Cada vez que veo un funeral, me río por dentro ante la renovada certeza de que tan dichoso porvenir aguarda a cada uno de nosotros. Apenas me atrevo ya a escribir cartas de condolencia, porque casi siempre se convierten en cartas de felicitación por la bienaventurada huida de otra alma de esta cárcel terrenal.

En las organizaciones a las que pertenezco, mis compañeros jamás se atreven a pedirme que dirija un servicio conmemorativo, no sea que me sienta tentada a dar gracias por la liberación del difunto. Aun cuando muere alguien a quien amo entrañablemente, puedo regocijarme. Me parece que no es sino egoísmo dejar que mi propia pérdida eclipse su ganancia inconmensurable.

Amo el incomparable canto de muerte de Walt Whitman, y siempre anhelo enviárselo a cada amigo moribundo: «¡Gozo, compañero de travesía, gozo!… Nuestra vida se cierra, nuestra vida comienza…» Esta vida que pasa, con todos sus asuntos —antes tan importantes—, se reduce a la insignificancia al ponerla junto a la vida del más allá. Me alegro de estar casi terminando con ella. Su atracción sobre mí se ha desvanecido. Yo, que en otro tiempo ansiaba cada lugar nuevo y cada experiencia nueva, ya no los deseo. Siento una honda y satisfactoria sensación de haber acabado con esta tierra. Todo lugar me parece igual; toda experiencia me resulta insípida comparada con lo que me aguarda.

Cómo será aquella vida, solo puedo imaginarlo vagamente. Me siento como una mariposa que se dispone a salir de su capullo, anhelando la vida de afuera pero sin experiencia alguna que me diga cómo será esa vida. Con todo, creo con todo mi corazón las palabras del Apóstol: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido al corazón del hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.» ¿Qué perspectiva más gloriosa podría desear el alma?

Recuerdo el gozo que sentí una vez ante el pensamiento de explorar las maravillas desconocidas del Parque Yellowstone y las montañas Hoodoo de Wyoming, un gozo acrecentado precisamente porque eran desconocidas y parecían llenas de posibilidad. Pero aquel gozo no es nada comparado con lo que siento ahora, al mirar hacia las cosas que Dios ha preparado, las cuales ni siquiera han entrado en mi imaginación.

Lo único que sé con certeza es esto: la oración de Jesús se cumplirá: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo, para que vean mi gloria.» Esa gloria no es luz cegadora ni oro deslumbrante, sino la gloria del amor desinteresado, la mayor gloria que existe. He tenido tenues vislumbres de ella aquí, y aun esos vislumbres han arrebatado mi corazón.

Pero allí lo veré tal como Él es, en todo el esplendor de un infinito desinterés que ninguna mente humana ha concebido jamás, y aguardo ese momento con gozo.

FIN

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