Capítulo 30 · 11 min de lectura
Reuniones campestres de santidad
Como es de imaginar, aprovechábamos con avidez cada oportunidad de aprender más acerca de las verdades que habíamos descubierto. Y aunque los Amigos ciertamente las enseñaban, fue entre los metodistas donde hallamos la luz más clara. Los metodistas hablaban con gran certeza: enseñaban que la vida cristiana comprendía dos experiencias distintas: la primera, la justificación; la segunda, la santificación. Instaban a los creyentes a no conformarse con la justificación (es decir, el perdón), sino a proseguir hacia la santificación, la «segunda bendición», como ellos la llamaban. Hoy no expresaría la verdad exactamente de ese modo, pero en aquel entonces me fue profundamente útil.
No todos los metodistas abrazaban esta enseñanza; muchos la consideraban demasiado extrema. Quienes la aceptaban eran conocidos como «metodistas de la santidad», y fue de ellos de quienes recibimos la mayor ayuda. Celebraban «reuniones de santidad» especiales dedicadas al tema, y nos deleitábamos en asistir siempre que era posible. Más que nada, apreciábamos sus «reuniones campestres de santidad», que se celebraban en verano en bosques apartados o junto al mar. Estas asambleas —«reuniones para la promoción de la santidad»— eran en realidad grandes conferencias al aire libre, que congregaban a cristianos de muchas denominaciones de todo el país, todos empeñados en buscar una comunión más profunda con Dios. Viviendo en tiendas bajo los árboles, pasábamos una semana o más esperando en Dios y compartiendo juntos las cosas profundas del Reino.
No hay palabras que puedan captar el extraordinario poder, la solemnidad y, a la vez, el gozo desbordante de aquellas reuniones. Estábamos apartados de nuestras ocupaciones y afanes ordinarios, sin nada que hacer sino entregarnos a las influencias espirituales que nos rodeaban y abrir nuestro corazón a lo que creíamos ser la enseñanza del Espíritu Santo. Semejante compañía de cristianos fervorosos, todos empeñados en acercarse más a Dios, creaba una atmósfera de intensidad espiritual que era inolvidable. Testimonios de gozo resonaban en cada reunión, cánticos de alabanza retumbaban por el bosque, y los rostros radiantes de quienes encontrábamos hacían parecer como si estuviéramos en el mismísimo umbral del Cielo. No puedo menos que compadecer a todo cristiano que jamás haya conocido tales temporadas de puro deleite. Para mí fueron la culminación del gran romance espiritual que la religión siempre ha sido, y las cuento entre las experiencias más cautivadoras de mi vida. Aun ahora, la vista de una silla de campaña o de una tienda bajo los árboles me devuelve algo de aquella felicidad suprema que colmaba cada hora de aquellas benditas asambleas.
En cierta ocasión, un amigo nuestro —ignorante del verdadero propósito de las reuniones— vino a ver cómo eran. Llegando temprano por la mañana, se encontró con adoradores que regresaban de la oración.
Impresionado por sus expresiones radiantes, nos preguntó: «¿Qué les pasa a todas estas personas, que sus rostros resplandecen así? Casi todos los que he visto aquí tienen el rostro resplandeciente; pero me crucé con unos pocos cuyos rostros no resplandecían, y quiero saber la diferencia». Le explicamos que los rostros resplandecientes reflejaban corazones que descansaban en el Señor, mientras que aquellos sin tal resplandor aún no habían descubierto el bendito secreto. Escuchó con atención, y luego declaró: «Estoy resuelto a que yo también tendré un rostro resplandeciente, y me quedaré aquí hasta que lo tenga». Y, en efecto, en pocos días su rostro resplandecía con el gozo de la salvación de Dios.
Jamás olvidaré mi primera reunión campestre, ni la primera reunión de oración a la que asistí allí. Era una reunión de temprano por la mañana en una tienda. Habiendo conocido solo las pequeñas reuniones metodistas de Millville, no tenía noción alguna de la atmósfera emotiva en la que había entrado. Me di cuenta, demasiado tarde, de que había olvidado mi pañuelo; pero como nunca antes había derramado lágrimas en una reunión, no le di importancia. Sin embargo, en aquella reunión las fuentes de mi ser se quebraron, y raudales de dulces lágrimas brotaron de mis ojos. En mi desesperación levanté mi vestido y usé la enagua blanca para secarlas. Desde entonces, he llevado al menos dos pañuelos a cada reunión, aunque nunca he vuelto a sentirme tan embargada por la emoción como lo estuve entonces.
Aquella mañana fue mi primer sabor de los cautivadores gozos de la emoción espiritual, y me deleité en ella. Al salir de la tienda, una «hermana de la santidad» metodista, viendo mis lágrimas, me rodeó con su brazo, me relató su propia experiencia de santificación, y comenzó a guiarme. Bajo su cuidado, pronto aprendí cómo recibir el pleno provecho de las reuniones. Mucho se hablaba de la «bendición de la santificación», y en cada reunión se nos instaba a pasar al frente, al «altar» —un simple banco apartado— para buscarla. No entendía del todo qué era esta «bendición», pero parecía algo tangible, nacido de la completa consagración y la sencilla fe, y llenaba a las personas de gozo arrobador. Mi hermana de la santidad pronto me tuvo pasando yo misma al altar, resuelta a recibir lo que Dios tuviera para dar. Los emocionantes testimonios que oía continuamente encendían mi entusiasmo, y aprovechaba cada oportunidad de buscar la bendición. La disfrutaba inmensamente, pues parecía llevarme al borde mismo de posibilidades espirituales desconocidas, dispuestas a desplegarse en cualquier momento.
Aparte de aquellos momentos en que estaba, por así decirlo, sobre el umbral, ninguna «bendición» especial vino jamás a mí de mis visitas al altar. No soy de naturaleza emotiva, y los sentimientos avasalladores que otros describían como la esencia de la bendición nunca me tocaron en suerte. Lo que sí recibí fue la gran verdad enseñada en aquellas reuniones: que el Señor Jesucristo es un Salvador no solo de la culpa del pecado, sino también de su poder. Aquella verdad se hizo cada vez más real y eficaz para mí. Pero en cuanto a alguna bendición aparte de la verdad misma, no experimenté nada. Con el tiempo llegué a ver que el conocimiento de la verdad era toda la bendición que necesitaba. Mucho de lo que se llamaba «la bendición» me parecía simplemente la respuesta emotiva de las naturalezas emotivas al descubrimiento de una verdad magnífica. Para mí vino con convicción y deleite intelectuales; para otros, con convicción y deleite emotivos. Pero en ambos casos la verdad era la misma, y era la verdad —no la emoción— lo que ponía en libertad al alma.
Mi esposo, sin embargo, siendo de naturaleza más emotiva, sí recibió la bendición en una de estas reuniones campestres al genuino estilo metodista. Volvió a casa radiante, lleno de un fulgor divino que conmovía a todos los que encontraba. No podía hablar de la reunión sin conmovernos hasta las lágrimas, y era evidente que había pasado por una notable experiencia espiritual. Nos contó de una reunión especial dedicada a orar por el Bautismo del Espíritu. Después, se retiró a solas al bosque para continuar en oración. De pronto, de la cabeza a los pies, fue sacudido por lo que sintió como un estremecimiento magnético de deleite celestial. Raudales de gloria fluyeron a través de él, cuerpo y alma, con la seguridad interior de que este era en verdad el anhelado Bautismo del Espíritu Santo. El mundo entero pareció transformado: cada hoja y cada brizna de hierba relucían con exquisito color, el cielo se abría ante él como una posesión presente, y todos los que veía le parecían hermosos, pues parecía percibir el Espíritu Divino dentro de ellos. Este éxtasis duró semanas y marcó el comienzo de una vida de extraordinario poder y bendición espirituales.
Confieso que sentí celos de no haber recibido una bendición semejante, pues creía necesitarla tanto como él. Renové mis esfuerzos por obtenerla, pero todo en vano. Nunca pasé del reino de la convicción al reino de la emoción. Mis experiencias siguieron siendo intelectuales antes que emotivas. Al fin me convencí de que la diferencia no radicaba en el favor de Dios, sino en las distintas naturalezas de quienes la recibían. Las naturalezas emotivas recibían la verdad con raudales de deleite; yo la recibía con calma, con gozo intelectual. La verdad era la misma, solo difería el modo de recibirla.
Con el tiempo observé que las experiencias emotivas eran a menudo menos sólidas y permanentes que las intelectuales. Las emociones, por su propia naturaleza, fluctúan, mientras que las convicciones verdaderas permanecen. Una vez que una persona está convencida de que dos y dos son cuatro, ninguna dosis de mala salud ni de tiempo adverso puede quebrantar esa convicción. Los sentimientos, en cambio, están a merced de innumerables influencias. Aprendí, por tanto, a no buscar emociones, sino convicciones. Para mi sorpresa y deleite, las convicciones me trajeron un gozo más estable y duradero del que muchos de mis amigos emotivos parecían conocer. En tiempos de aflicción, sus emociones flaqueaban o se desvanecían, y luchaban por evitar la desesperación. Algunos, al fin, se alegraban de volver al terreno estable de la convicción, que en sus días emotivos les había parecido estéril.
Esta lección me costó años aprenderla. Entretanto, el gozo y el poder del glorioso secreto que habíamos descubierto se hacían cada vez más prácticos. Mi alma aprendió a descansar con absoluta confianza en el poder guardador y salvador del Señor. Las tentaciones no cesaron, ni alcanzamos la «perfección sin pecado». Surgían tentaciones, ocurrían fracasos. Pero habíamos descubierto una vía de escape: el camino de la fe. Aprendimos que Cristo es un Libertador no solo del castigo futuro del pecado, sino de su poder presente. Comprendimos que ya no teníamos que ser esclavos del pecado. En la medida en que asíamos esta liberación por la fe, en esa medida éramos librados. No habíamos guardado la santidad en el bolsillo como posesión permanente, pero habíamos descubierto la calzada de la santidad y aprendido el secreto de andar por ella. Cuando andábamos por allí, teníamos victoria; cuando nos desviábamos, hallábamos fracaso. Tras años de peregrinar por el desierto, habíamos entrado en la tierra prometida, y la hallamos verdadera, como Dios dijo antaño a Israel: «Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie, os lo he dado». Toda la tierra era nuestra; solo teníamos que subir y poseerla.
Descubrimos que las palabras de la Biblia eran un hecho: «Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas toda suficiencia, abundéis para toda buena obra». Y comprobamos por experiencia que Dios verdaderamente era poderoso, con tal de que estuviésemos dispuestos. Cristo nos fue revelado no solo como nuestro Salvador futuro, sino como nuestro Salvador presente y completo, poderoso para guardarnos de caer y para librarnos de todos nuestros enemigos.
Para mí, este fue el comienzo de un romance ante el cual palidecían todos los demás. Era como explorar los atrios del cielo mismo. Cada día traía una nueva revelación. Las palabras me faltan. A menudo lo llamaba la «vida de pájaro», pues me sentía como un ave puesta en libertad, remontándome hacia el azul de un cielo insondable.
Antaño había sido un ave enjaulada, contenta porque nada sabía de la libertad de más allá. Ahora todas las barreras habían desaparecido, y mi alma era libre para comprender con todos los santos la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. Lo que antes parecía insondable se abría ahora en un abismo de deleite.
Descubrí que Dios mismo bastaba. Aun Sus promesas palidecían junto al consuelo de Su presencia. ¿Qué importaba si no lograba hallar una promesa que se ajustara a mi caso? Había hallado al Prometedor, y Él era infinitamente más que todas Sus promesas. De niña, cuando estaba en apuros, la mera presencia de mi padre o de mi madre me traía alivio instantáneo. No necesitaban explicar ni prometer; su presencia era seguridad suficiente. ¡Cuánto más cierto es esto de nuestro Padre Celestial, cuyo nombre mismo es Amor! Su presencia es todo lo que necesitamos. Una y otra vez en las Escrituras Él aquieta los temores de Su pueblo con las sencillas palabras: «Yo estaré contigo». Eso significa que toda Su sabiduría, Su amor y Su poder están empeñados en favor nuestro.
Aprendí que el carácter de Dios es nuestro lugar de reposo. Sus caminos o Sus promesas podemos malentenderlos, pero Su bondad no puede equivocarse. Si Él es bueno, amoroso, sabio, justo, omnipotente y omnipresente, entonces todo ha de estar rectamente ordenado para nosotros. Las apariencias pueden engañar, pero la realidad más profunda es segura. Como dijo George MacDonald, necesitamos «ojos que puedan ver por debajo de las superficies». Una vez que descubrimos el absoluto desinterés de Dios, esos ojos se abren, y todos los misterios de Su proceder quedan respondidos para siempre.
No es de extrañar que el salmista se regocijara una y otra vez en la bondad de Dios: «Alabad a Jehová, porque es bueno». «Confiad en Jehová, porque es bueno». «Gustad, y ved que es bueno Jehová». Rodeado de naciones cuyos dioses eran crueles, egoístas e indiferentes, el triunfo de Israel consistía en declarar sin temor que su Dios era bueno. Y siento que no es menor triunfo hoy, en un mundo que lo malentiende y lo calumnia, poder decir con absoluta convicción: «¡Venid, gustad y ved que es bueno Jehová!»