Capítulo 29 · 5 min de lectura
La vida de fe: doctrina cuáquera
Entre quienes se interesaron especialmente por estos nuevos descubrimientos espirituales estaban los Amigos. Como mencioné en el capítulo anterior, uno de ellos —después de escuchar mi historia— expresó su sorpresa de que algo de aquello me resultara nuevo. Insistía en que era exactamente lo que los cuáqueros habían enseñado siempre.
Su comentario arrojó de pronto una luz nueva sobre el cuaquerismo, una que yo jamás había imaginado.
Mi madre dijo algo semejante después de oírme hablar cierto día. «Pero Hannah —me preguntó—, ¿por qué llamas nueva a esta doctrina? No estás predicando sino lo que los antiguos Amigos predicaron siempre.»
«Sí —respondí—, empiezo a verlo. Pero ellos nunca la predicaron de un modo que la gente común pudiera comprender. A menos que uno ya conociera el secreto, sus palabras difícilmente podían darlo. Ciertamente yo nunca lo entendí, aunque escuché su predicación toda mi vida. Por mi parte —añadí—, estoy resuelta a hablar con tanta claridad que nadie pueda dejar de entender.»
Pero al fin llegué a la conclusión de que mi madre y mi amiga tenían razón: lo que habíamos descubierto era en verdad genuina doctrina cuáquera. Con los ojos recién abiertos, volví a leer sus escritos y a escuchar de nuevo sus sermones. Comprendí que el corazón del verdadero cuaquerismo es esta «vida escondida con Cristo en Dios», y que su enseñanza central era que Cristo es un Salvador presente y completo —Uno que guarda los pies de su pueblo, como lo prometió, y los hace más que vencedores por medio de su fuerza.
Vi que una vida de consagración absoluta, plena obediencia y sencilla confianza era la vida que ellos siempre nos habían instado a vivir. No los había entendido antes porque predicaban acerca de la edificación de la vida cristiana, mientras que yo todavía buscaba los fundamentos de esa vida.
Alexander Knox dice que la fe cristiana tiene «verdades de fundamento» y «verdades de edificio», ambas necesarias para formar un todo completo. El fundamento y el edificio son distintos, y sin embargo perfectamente armoniosos. Las verdades de fundamento nos introducen en la vida cristiana; las verdades de edificio nos enseñan cómo vivir una vez que estamos en ella. Sin edificio, el fundamento queda desnudo e inacabado; sin fundamentos, el edificio es inestable.
Los primeros Amigos fueron, desde el principio, una sociedad dedicada a levantar el edificio.
Su mensaje se dirigía principalmente a los cristianos. Su historia primitiva muestra que la mayoría de ellos ya habían sido creyentes serios dentro de las denominaciones de su tiempo, y sin embargo no habían hallado allí lo que satisficiera plenamente su hambre espiritual.
Un escritor los describe así: durante años habían buscado al Señor con profundo anhelo, probando todo maestro, toda práctica, toda forma de devoción, y sin embargo seguían ansiando algo más. Deseaban la presencia y el poder interior del Espíritu —algo que iba más allá de lo que podían recoger de la mera letra de la Escritura. Anhelaban vida, comunión con Cristo, una entrada en su reino y en su reinado dentro de ellos. Cuando por fin la luz del Espíritu irrumpió sobre ellos, vino con tal gozo y poder que nunca la olvidaron —una sensación de vida derramada en sus corazones, que los atraía al reposo divino y los apartaba para el servicio de Dios.
Mi propio querido padre, un Amigo genuino y maravillosamente encantador, vivió esta experiencia cuáquera primitiva. Desde hacía mucho sabíamos que llevaba una vida de constante confianza y sencilla obediencia. Pero en nuestros días más evangélicos, lo teníamos por poco claro en doctrinas tales como la justificación por la fe o la posición legal del creyente delante de Dios. A menudo le bromeábamos diciendo que, aunque ciertamente era bueno, también era más bien «poco sólido».
Sin embargo, después de descubrir la vida de fe por nosotros mismos, quedamos convencidos de que este era el secreto de su firmeza. En la primera oportunidad le pregunté: «Ahora bien, padre, ¿no es este el secreto de tu vida y la fuente de tu fuerza? ¿No has vivido siempre de este modo?»
Nunca olvidaré su respuesta.
«Pues claro que lo es, hija —dijo con un gozoso triunfo en la voz—. No conozco otra manera de vivir. Y ciertamente sé lo que es, cuando el enemigo viene como un río, que el Señor levante contra él su bandera y lo ahuyente.»
Ahora me parece claro que los Amigos estaban destinados a ser obreros de la vida interior —no principalmente para convertir a los pecadores, sino para conducir a los creyentes a un andar más profundo con Dios y a una vida de confianza permanente. Sin embargo, en tiempos recientes me parece que se han apartado de esta vocación, esforzándose más por hacer la obra de fundamento que por levantar el edificio. Sus tradiciones y métodos, apropiados para lo segundo, resultan menos apropiados para lo primero. Los resultados, como es de esperar, no se comparan con los de las denominaciones cuyo principal objetivo ha sido durante mucho tiempo la obra de fundamento del evangelismo.
Un Amigo reflexivo me dijo hace poco que estaban destinados a ser una sociedad mística fuerte, pero temía que se estuvieran convirtiendo en una sociedad evangélica débil. No pude negar la verdad de sus palabras.
¡Si tan solo los Amigos proclamaran de nuevo, con la antigua claridad y poder, aquel glorioso mensaje de una salvación plena y presente en Cristo —disponible aquí y ahora—, la bendición para millares de almas hambrientas sería inconmensurable!
Uno de sus primeros predicadores dijo una vez: «Os traigo buenas nuevas. No que el día de vuestra redención esté cerca, sino que ya ha llegado. Muchos ya bendicen a Dios porque son redimidos y librados de la esclavitud de la corrupción, y tienen más gozo en su servicio que el que jamás tuvieron en el mundo. ¡Oh, la fe que conquista, la vida y el poder vencedores del Espíritu!
No podemos menos que hablar de estas cosas, y exaltar el don y el poder perfectos de Aquel que no solo puede completar su obra en el corazón, sino que se deleita en hacerlo —sí, aun en hollar a Satanás bajo los pies de los que confían en Él.»
Por vaga que se hubiera vuelto la predicación cuáquera en mi tiempo, los primeros Amigos hablaban con bastante claridad. No es de extrañar que su mensaje se difundiera tan ampliamente. Y si los Amigos de hoy volvieran a tocar esa misma trompeta clara, creo que multitudes responderían —pues los hijos de Dios están hoy tan hambrientos como siempre de conocer la plenitud de la salvación de Cristo.