Capítulo 2 · 23 min de lectura
Mis padres
Nací en Filadelfia, Pensilvania, en el año 1832. Mis padres eran cuáqueros estrictos, y hasta mi matrimonio a los diecinueve años no conocí ninguna otra religión. Tuve una infancia y una juventud absolutamente felices. Así lo creo ahora, al mirar atrás, y mi diario, que llevé desde los dieciséis años, muestra que también lo creía entonces. Una de mis primeras anotaciones, hecha en 1848, decía así: «Han pasado dieciséis años de mi vida, y, al contemplar los días luminosos y felices de mi niñez, y los goces más serenos pero más profundos de mi juventud, mi corazón se siente casi rebosante de gratitud hacia mi bondadoso y misericordioso Creador, que ha llenado mi copa de gozo hasta casi desbordarla. En verdad, mi vida ha sido una escena encantada de sol y de flores.»
Esto puede parecer una visión muy color de rosa de la propia vida, y podría atribuirse al entusiasmo y al hechizo de la juventud. Pero al mirar atrás ahora, a los setenta años de edad, todavía puedo decir lo mismo.
Con fecha del 7 del décimo mes de 1849, cuando tenía diecisiete años, escribí: «No lo puedo entender. He pensado que, a menos que vengan pruebas y aflicciones para apartarme de los goces de esta vida, jamás buscaré los gozos más altos y santos del Cielo. Pero, en lugar de aflicciones, cada día aumentan mis bendiciones. Todo cuanto me rodea contribuye a mi felicidad; el mundo es muy hermoso, mis amigos son los más encantadores y bondadosos que jamás haya tenido nadie, y apenas viene una prueba o un disgusto a arrojar una nube sobre mi camino. Y esta felicidad, este destino de felicidad, casi podría llamarlo, se extiende hasta a las circunstancias más pequeñas. Todo lo que dejo que Dios decida por mí, Él siempre lo decide justo como yo lo deseo… Hay en mi corazón un continuo palmoteo de manos y un clamor de voces alegres, y cada aliento se siente casi como si hubiera de terminar en una sonrisa de felicidad. Madre dice que río demasiado, pero la risa está dentro de mí y ha de salir, y no lo puedo evitar.»
Ese mismo año, con fecha del 29 del duodécimo mes, escribí: «Qué hogar tan feliz, tan feliz es el nuestro. Hoy no pude menos que pensar en ello mientras las alegres bromas y los tonos de placer sincero resonaban en torno a nuestra mesa familiar. Y también esta noche, al reunirnos en nuestra sencilla pero cómoda salita, me invadió con un verdadero estremecimiento de gozo. Padre estaba sentado en un extremo del sofá, apoyando la cabeza en una mano, con la otra descansando sobre el regazo de madre; ella se sentaba a su lado, y mi cabeza reposaba en su regazo, mientras yo ocupaba el resto del sofá, sin duda con gracia y donaire. Sallie estaba sentada en una silla al extremo del sofá, apoyando la cabeza sobre el hombro de padre, y Lop-no-Nose (mi hermana Mary) estaba sentada a los pies de todos, recostándose ora en uno, ora en otro.
«Todos hablábamos con todas nuestras fuerzas, sintiendo como si nada faltara sino nuestro ausente y muy amado hermano Jim para hacer completa nuestra felicidad. Muchos tal vez sonreirían ante placeres tan tranquilos y sencillos, pero, por mi parte, son la clase de placeres que disfruto con mayor plenitud y entrega. Nunca podemos cansarnos de ellos, ni sentir que su primera belleza se ha desvanecido, sino que cada nuevo día los hace más profundos y más entrañables. Quizá sea débil y necia por hallar tanto goce en cosas de las que tantos se ríen como indignas de atención. Sé que no soy más que una niña, complacida, como los niños, con cosas muy pequeñas. Y, sin embargo, para mí no son pequeñas. Unas pocas de las agradables bromas de mi padre, dichas mientras le cepillo el sombrero o el abrigo por la mañana, llenan mi corazón de sol por todo un día. Y soy feliz si puedo leer en voz alta a mi madre algún libro que amo, o incluso si puedo estarme muy quieta y pensar. ¡Oh, amo mi hogar más que cualquier otro lugar que conozca! Me pregunto si lo amo demasiado. A veces temo que sí, pues aun cuando lo dejo por una sola noche, siento más nostalgia de la que quisiera que nadie supiera, salvo aquellos por quienes suspiro. Aun cuando simplemente salgo a caminar, muchas veces casi siento como si pudiera llorar por volver a casa. Es muy tonto, pero no lo puedo evitar. ¡Moriría si no tuviera a nadie a quien amar, ni hogar!
«Si no fuera por una sola cosa, sería perfectamente feliz: un padre y una madre más queridos y nobles de lo que puedo expresar; un hermano y hermanas, tíos y tías, primos y amigos, todos para amarme, y, mejor aún, todos para que yo los ame. Con estas bendiciones inapreciables, no podría sino ser feliz. Una sola cosa, digo, lo impide, pero lo impide solo muy poco. Es saber que no estoy preparada para la eternidad, y la escasa perspectiva que tengo de llegar a estarlo alguna vez. Quisiera que ello me diera más inquietud, y poder sentir la urgente necesidad que tengo de actuar. Pero no puedo obligarme a sentirlo, y así sigo tan despreocupada e indiferente como si no pesara sobre mí la salvación eterna de mi alma. Sé que es muy peligroso, pero de veras no puedo hacer nada por despertarme; y así, a pesar de ello, soy feliz: feliz en mí misma, feliz en mi hogar, mi propio y querido hogar; feliz en mis padres, mi hermano y hermanas, y mis amigos; feliz en este hermoso mundo en que estoy puesta; en fin, feliz en todas partes y en todo, ¡gracias a Dios!»
En 1850, cuando tenía dieciocho años, con fecha del 25 del cuarto mes de 1850, escribí: «He estado pensando hoy en mi vida presente, y apenas hallo palabras para expresar su felicidad. Parientes, amigos y circunstancias son todos casi perfectos. Exteriormente, apenas tengo nada que desear, como no sea dinero en abundancia para regalar y para comprar flores.
«Soy coronada de bendiciones cada día y a todas horas del día. ¡Oh, jamás hubo nadie tan bendecido!… Todo es tan hermoso, y todos son tan encantadores, y puedo disfrutarlo, y lo disfruto, todo a plenitud. A veces tengo tales arrebatos del corazón, como yo los llamo, que apenas puedo contenerme. Los amo entrañablemente y, sin embargo, después de todo, tal vez sean un poco necios.
Los provocan cosas tan leves: una brizna de hierba, una hoja meciéndose al viento, un diente de león dorado, brillante y alegre; hasta un viejo barril, o un montón de piedras, o el crujido de un zapato, muchas veces el traqueteo de una carreta, o algún sonido igualmente común, me dan por un momento una sensación de la más exquisita felicidad. Por qué, no lo sé decir. No es la belleza de lo que veo ni la armonía de lo que oigo, sino solo algo, no sé qué, que hace brotar mi corazón de gozo, y que mi alma misma se expanda. A veces pienso que ha de ser una asociación, pero ¿con qué? No amo los zapatos que crujen ni las carretas que traquetean y, sin embargo, muchas veces, al andar por la calle, río francamente de placer interior por ese algo en aquel crujir o traquetear. No siempre es así. Pueden crujir cien zapatos, y traquetear cien carretas, y rodearme cien barriles o montones de piedras, hiriendo penosamente el oído y la vista; pero de vez en cuando viene el uno, y entonces viene el arrebato del corazón. Hoy me cayó una gota de lluvia en la frente, y habría podido reír a carcajadas. Pero fue muy tonto; y soy una niña necia del todo, y temo que siempre lo seré… Ayer fuimos con madre al Refugio (un hogar para pequeños huérfanos de color). Todo allí era muy interesante, pero nada me agradó tanto como cuando los pequeños negritos repetían: «Brilla, brilla, agua pura, manos sucias no soporto», con los mismos gestos y ademanes que yo tantas veces hacía en la Escuela de Párvulos. Aquello me dio un arrebato del corazón bien profundo. Casi me pareció verme a mí misma con vestiditos cortos y pantaloncitos, un pequeño delantal blanco, y una de aquellas (según creíamos) inimitables redecillas, con un hermoso lazo al costado, que madre solía juzgar casi demasiado vistoso, ciñendo mi cabello revoltoso, sentada en el banco más alto de toda la escuela, sintiéndome, y sin duda pareciendo, orgullosa como una reina.»
De nuevo, con fecha del 9 del séptimo mes de 1850 (tras describir el placer de una pequeña excursión fuera de casa): «Y con todo, lo más grato de todo fue volver a casa anoche. El hogar es el hogar, y no hay lugar como él. Cada día lo disfruto más y más, y cada día soy más feliz. Anoche me sentí casi demasiado feliz. Verdaderamente quería dar volteretas de pura exuberancia, y sí grité de deleite. Y todo sin motivo particular; solo que las influencias que me rodeaban eran tan hermosas, y parecía entonces tan glorioso vivir: vivir, y sufrir con paciencia, y trabajar con ahínco y nobleza, y confiar con alegría, por años y años, hasta que llegue el glorioso fin y traiga la recompensa de paz y felicidad eterna.»
Más adelante, en el mismo año, escribo con fecha del 16 del séptimo mes: «Dentro de dos semanas emprendemos un viaje por los estados de Nueva Inglaterra y hasta Newport. Es magnífico este plan de ir a Newport, justo el mismísimo lugar que había puesto en mi corazón visitar este verano, aunque no lo esperaba en absoluto. Pero, de algún modo —apenas sé cómo—, siempre que pongo mi corazón en algo, casi siempre lo consigo. Desde niña ha sido así. Apenas puedo recordar haber quedado muy defraudada alguna vez, y estoy segura de que cada paso de mi vida hasta ahora ha sido a través de sol y flores. Pero no me extraña. Con padres tan bondadosos y buenos, no podía ser de otro modo. En verdad no podrían hacer más de lo que hacen para hacernos felices, y lo logran hermosamente… Creo que no conozco a ningún niño que tenga tantos goces reunidos en su hogar, aunque conozco a muchos cuyos padres son mucho más ricos.»
Podría multiplicar estos extractos casi indefinidamente, pues mis diarios, hasta la edad de diecinueve años, son —con excepción de mis luchas religiosas (que parecían muy trágicas, pero que en realidad no afectaban mucho mi ánimo)— un largo y jubiloso canto de felicidad. A los diecinueve años me casé, y comenzó para mí una vida nueva, que tuvo sus propios goces más maduros; pero la juventud había terminado, y aquel sencillo «destino de felicidad» juvenil, como yo lo llamaba, se trocó por la vida de mujer, con sus responsabilidades serias y sus cuidados graves, aunque deleitosos.
Al mirar atrás ahora, puedo ver que este «destino de felicidad» lo crearon dos causas: mi salud y mis padres. En cuanto a la salud, en todos los primeros dieciocho años de mi vida (salvo una vez, cuando tuve un ataque de fiebre biliosa) nunca supe lo que era estar siquiera indispuesta. Nunca tuve dolor de cabeza, no sabía que tenía espalda, nunca me cansaba, tenía una digestión perfecta, y nada me causó jamás la pérdida de una sola hora de sueño. Es más, fui bendecida con lo que la gente hoy llama «la joie de vivre», y el simple hecho de vivir me parecía muchas veces felicidad suficiente.
Pero el mayor encanto de mi vida fue poseer al padre y a la madre más deliciosos que jamás hayan existido. En el estrecho círculo cuáquero en que nací, muy pocas de las ocasiones de diversión o entretenimiento que hoy se ofrecen a los jóvenes estaban a nuestro alcance, y toda la diversión que podíamos sacar de la vida era de la clase más sencilla e inocente. Pero con un padre y una madre como los nuestros, no hacían falta placeres de fuera. Eran tan comprensivos y amorosos, y estaban tan enteramente de nuestra parte en toda circunstancia, que los veíamos no como incómodos «mayores» que critican, sino casi como niños como nosotros, con los mismos gustos e intereses que los nuestros. Los considerábamos mucho mejores compañeros que cualquier otro que conociéramos, y ninguna diversión que el mundo pudiera ofrecer nos resultaba ni la mitad de atractiva que una charla tranquila con nuestra madre, o un buen juego de retozos con nuestro padre, tan amante de la diversión.
Solían decir muchas veces que querían que sus hijos tuvieran una infancia feliz «guardada bajo la chaqueta», pues estaban seguros de que ello nos haría mejores hombres y mujeres, y cuidaron de que tuviéramos este don inapreciable. Al mirar atrás, me parece que no hubo absolutamente ninguna nube sobre el cielo de mi niñez.
Uno de esos jóvenes tan divertidos de hoy me dijo una vez, con cierto acento de lástima: «Me parece que usted no tuvo muchas diversiones cuando era joven.» «No las necesitábamos», fue mi pronta respuesta. «Teníamos a nuestro padre y a nuestra madre, y ellos eran toda la diversión que necesitábamos. Hacían de nuestra vida puro sol.»
Quisiera poder dar a otros la viva imagen que tengo de su inexpresable encanto. Sabíamos, hasta lo más hondo de nuestros corazones, que estaban de nuestra parte contra el mundo entero, y que serían nuestros campeones en toda hora de necesidad. Nadie podía oprimirnos —ni compañeros de juego, ni amigos, ni enemigos, ni siquiera nuestros maestros (esos opresores asalariados de los niños, como sentíamos que eran todos los maestros), ni nadie en el mundo entero— sin tener que vérselas con aquellos queridos campeones de casa; y la certeza absoluta de esto nos rodeaba de tal armadura de defensa que nada tenía poder para inquietarnos en demasía. «Se lo diremos a padre», o «Se lo diremos a madre», era nuestro recurso y consuelo infalible en toda pena. En efecto, tan segura estaba yo de su amparo que, cuando alguno de mis amigos o compañeros de escuela estaba en apuros, solía decir: «Bueno, no importa, ven a casa conmigo y digámoslo a mi padre y a mi madre», segura de que aquel querido padre y aquella querida madre podían enderezar al mundo entero, con tal de que se les diera la oportunidad. Y cuando venía la respuesta, como venía a menudo: «Ay, eso no serviría de nada, porque tu padre y tu madre no lo pueden todo», yo decía, con una profunda lástima por su ignorancia: «¡Ah, tú no conoces a mi padre y a mi madre!»
Una de mis hermanas recordó hasta el día de su muerte, con hondo sentimiento de gratitud, cierta liberación que le dio nuestro padre de una lección agobiadoramente larga, antes de cumplir los seis años. Entonces no se habían inventado los jardines de infancia, y a todos los niños se les exigía estudiar lecciones abstractas de un modo que hoy se consideraría casi inhumano. Mi hermana batallaba con una cuenta, con un desesperado sentimiento de incapacidad y con las lágrimas rodándole por las mejillas, cuando entró mi padre en la habitación y dijo: «¡Vaya, Liney! ¿Qué anda mal?» Ella se lo contó como mejor pudo, y dice que nunca pudo olvidar su tono de absoluta comprensión y simpatía cuando dijo: «Pero, claro, es demasiado difícil para mi pequeña Sally Hoyuelo; mas no importa, guárdalo, que yo lo arreglaré todo con tu maestra.» Y mi hermana dice que en aquel momento le vino una convicción tan fuerte del amparo de su padre, que pasó todo el resto de su vida escolar con una absoluta sensación de protección, que hizo imposible que ninguna «lección difícil» volviera a atormentarla jamás.
No es que nuestro padre o nuestra madre nos animaran a eludir algún deber que creyeran que éramos capaces de cumplir. Pero tenían tanta simpatía hacia nosotros, y tal sentido de verdadera justicia en su trato con nosotros, que parecían siempre capaces de discernir entre lo posible y lo imposible, y de protegernos de lo segundo mientras estimulaban animosamente nuestros esfuerzos por lo primero. Nunca daban por sentado, como hacen tantos «mayores», que por ser niños necesariamente debíamos estar equivocados; sino que juzgaban cada caso según sus propios méritos.
Creo que fue esta certeza de su justicia lo que fue para nosotros un consuelo constante más que casi cualquier otra cosa, y estoy muy segura de que me ha ayudado a comprender la perfecta justicia de mi Padre Celestial de un modo que de otra manera no habría podido.
Como digo, siempre nos estimulaban a todo esfuerzo recto, pero esto no era nunca por medio de órdenes ni de ásperas reprimendas, sino siempre con simpatía y aliento. Reconocían nuestra individualidad y la respetaban, dándonos principios para nuestra guía más bien que muchas reglas gravosas. En cuanto era posible, hacían recaer sobre nosotros mismos la responsabilidad de nuestra conducta. Este grado de libertad personal era una necesidad para mi naturaleza amante de la libertad. Bajo cualquier otro régimen, me habría marchitado y consumido; o bien —lo cual creo más probable— me habría rebelado abiertamente. Pero, siendo como era, por mucho que me repugnara alguna tarea, o por muy desalentada que estuviera ante alguna dificultad, la alegre voz de mi padre repitiendo uno de sus refranes caseros —«Vamos, vamos, Han, ponte firme al pesebre, haya forraje o no»— siempre ahuyentaba toda mi renuencia; y los desalientos se derretían como la nieve ante el sol, frente a su afirmación infundidora de valor: «Lo que un hombre ha hecho, un hombre lo puede hacer», y (añadía con picardía) «por consiguiente, también la mujer». Ningún niño podría haber resistido un aliento tan inspirador.
La vida misma de mi padre había sido una ilustración viva del valor que tan continuamente procuraba infundir en nosotros. Cuando era un muchacho de dieciséis años, su padre perdió gran parte de su fortuna en ciertas transacciones de las Indias Occidentales, y sus hijos se vieron obligados a hacer lo que pudieran para sostenerse por sí mismos. Mi padre, con su espíritu aventurero, eligió el mar; y comenzando en el puesto más bajo, ascendió con tal rapidez que, a la temprana edad de veinticuatro años, fue nombrado capitán de un barco de las Indias Orientales, en aquel tiempo el más grande del puerto de Filadelfia; y sus travesías en este barco fueron notablemente prósperas. Siempre atribuyó su éxito al cuidado y a la guía de su Padre Celestial, en quien confiaba en todos sus asuntos, y cuya ayuda especial pedía siempre —y creía recibir siempre— en toda hora de necesidad.
A la edad de veintinueve años, dejó el mar y se dedicó a los negocios en Filadelfia, y aquí la misma energía y la misma confianza en la ayuda divina lo prosperaron de tal modo que pudo reunir un desahogo cómodo para sus años de vejez.
Bien recuerdo cómo, cuando era una niña pequeña, muchas veces me preguntaba qué clase de muchacho habría sido mi padre, y concluía, mientras observaba los pícaros centelleos en los rincones de sus claros ojos grises y las curvas de alegría en torno a su boca afable, que debió de haber sido un muchacho absolutamente espléndido, justo de la clase que me habría gustado como compañero de juegos. Pues, aun acercándose ya a la edad madura como estaba cuando nosotros éramos jóvenes, lo hallábamos el mejor compañero de juegos que jamás tuvimos los niños. Algunos de sus viejos amigos, que lo recordaban de muchacho, solían decirnos que era a la vez el muchacho más exasperante y el más querido de todo su círculo. Nadie podía guardarle enojo por más de un instante. Por vejatorias que fueran sus travesuras —y estaba, según dicen, lleno y rebosante de picardía todo el día—, ningún enojo podía resistir su pesar sincero y abiertamente expresado por cualquier disgusto que hubiera causado, ni la cordial y generosa reparación que estaba siempre dispuesto a ofrecer, ni el alegre rebrote de gracia que estallaba en cuanto se aceptaban sus disculpas. Era siempre el primero en ayudar en todo caso de necesidad, y todos, amigos o enemigos, sabían que podían contar con él para cualquier servicio que fuera capaz de prestar. Todos sus amigos lo amaban y lo admiraban, aun mientras lo reprendían, y por lo general se encontraban riendo en el mismísimo momento en que pretendían mostrarse más severos y ceñudos.
Desde la niñez hasta la vejez, este poder de ganarse el amor y la aprobación permaneció con él, y la alegría de su mocedad, desarrollándose en el genial regocijo de un corazón cristiano purificado, dio a su carácter maduro un encanto indescriptible.
En efecto, no creo que jamás haya existido un ser de alegría más contagiosa que nuestro padre. Nadie podía menos que sentirse más feliz por su presencia. Su mismo apretón de manos era un aliento, y parecía de algún modo hacer el mundo más luminoso de lo que era antes, y ponerte de mejor humor contigo mismo y con todos los que te rodeaban. Muchos de mis amigos me han dicho que preferirían un apretón de manos suyo antes que recibir un valioso regalo de otro hombre, porque, de algún modo, en aquel apretón, su corazón parecía ir derecho al corazón de ellos, con poder para animar y ayudar. Bien recuerdo cómo, cuando el cielo de mi niñez se oscurecía por alguna pesada aflicción infantil, un alegre «Bueno, Broadie» con su cordial voz, o alguna pequeña broma pasajera dicha con un pícaro centelleo de sus amorosos ojos grises, despejaba mi cielo en un instante y volvía a hacer de la vida puro sol. Y, aun cuando fui mayor, su poder para animar no menguó, y era muy propio de mí, siempre que me hallaba hundida en lo más hondo, ponerme en su camino, con la certeza de que aun un instante de contemplar su rostro fuerte y alegre me sacaría de ello. Puedo incluso recordar que, en su ausencia, la vista y el tacto de su querido y viejo abrigo de algún modo lo alegraban todo y me enviaban animada a ser más valiente y más fuerte. Hacer la vida más feliz para todo aquel con quien se cruzaba parecía ser su meta y su misión, y rara vez alguien lo ha logrado tan bien. Alguien me dijo, muchos años después de su muerte, que «John M. Whitall era el hombre más querido de Filadelfia», y en ciertos círculos estoy segura de que era verdad.
Nuestra madre era igualmente muy amada. Era una madre de lo más deliciosa, quizá no tan llena de alegría como nuestro padre, pero siempre dispuesta a defender la causa de sus hijos en todas partes y en todo tiempo, y una infalible roca de refugio para nosotros en toda emergencia. Dulzura y bondad, pureza y verdad parecían emanar de su graciosa presencia; y, para todo el que se cruzaba con ella, era una inspiración a todo lo noble y bueno.
La gente habla hoy de una atmósfera que rodea a cada uno de nosotros, algo así como el nimbo que siempre se pinta en torno a la cabeza de los santos. Dicen que parece envolver toda la figura, y que influye para bien o para mal en todos los que se le acercan. Se le llama el «aura», y es fruto del carácter y de la personalidad más íntima de cada uno. Algunas auras, se nos dice, son oscuras y sombrías, y ejercen una influencia deprimente o incluso perversa, mientras que otras son de color de rosa, o de oro, o de ópalo, o de azul celeste y llenas de luz, y su influencia es alentadora y edificante; y todo esto quizá sin decirse una sola palabra en uno u otro caso. Si esta teoría es verdadera, tengo la certeza de que mi padre y mi madre poseían «auras» llenas del sol mismo del cielo, y, sin saber la razón, sus hijos vivían en perpetua alegría.
Que una niñez vivida así no pudiera menos que ejercer un enorme influjo sobre la historia posterior de cualquier alma me parece incontrovertible, y atribuyo mi definitivo y satisfactorio descubrimiento de mi Padre Celestial en gran parte a lo que había conocido de la bondad de mis padres terrenales. Nunca hablaban mucho de religión, pues el temor cuáquero de entrometerse entre un alma y su Hacedor había creado un hábito de reserva que no podía romperse fácilmente, pero mostraban claramente que sus vidas transcurrían en una región de profunda fe en un Dios siempre presente.
No podíamos menos que ver que Él era para ellos una realidad por encima de todas las demás realidades. De enseñanza religiosa tuvimos poco; pero de ejemplo e influencia religiosos tuvimos una provisión que nunca faltaba.
No con palabras, sino con el vivir diario, se grababan las impresiones en nuestros corazones infantiles.
Recuerdo una vez, sin embargo, en que mi padre sí habló desde la plenitud de su corazón, y en que lo que dijo dejó en mí una impresión profunda y duradera. Yo era una niña muy imaginativa, y por consiguiente muy temerosa de la oscuridad, que poblaba de toda suerte de monstruos terribles, agazapados bajo las camas o detrás de las puertas, prontos a lanzarse y devorarme en cualquier momento. Por supuesto, con la profunda reserva de la niñez, jamás hablé de esto, pero de algún modo mi padre descubrió al fin que yo tenía miedo de la oscuridad, y en lugar de ridiculizar mis temores o de reñirme, como sentía en mi pobre y necio corazoncito que merecía por armar tanto alboroto, me tomó amorosamente, me sentó sobre su rodilla y, rodeándome con su querido y fuerte brazo, dijo, en el tono de la más profunda convicción: «Pero, Han, ¿no sabías que nunca hay nada que temer? ¿No sabías que tu Padre Celestial está siempre contigo, y que por supuesto Él siempre cuidará de ti?» Y como yo aún temblaba y tiritaba, añadió, como sorprendido de que pudiera haber alguien en el mundo que no supiera esto: «Yo creía, por supuesto, que lo sabías, hija.»
Jamás olvidaré la profunda impresión que esto me causó, ni el inmediato y permanente alivio del temor que me dio; y siempre he tenido la certeza de que esta sola declaración de un hecho, que para mi padre era la realidad más tremenda de su vida, ha tenido más que ver que ninguna otra cosa con la satisfactoria sensación de la presencia de Dios que durante tanto tiempo ha sido mi porción. No fue un dogma religioso lo que mi padre declaró en aquella memorable ocasión, sino un hecho sencillo e incontrovertible que le sorprendía que yo no supiera; y, por ser la declaración de un hecho, fue mucho más consolador de lo que cualquier cantidad de predicación o de argumentación habría podido serlo jamás.
Dios estaba conmigo, y eso bastaba; pues, por supuesto, estando conmigo, Él naturalmente cuidaría de mí.
Recuerdo que, cuando mi padre me bajó de su regazo y me dijo alegremente que corriera a jugar y que no me asustara más, me alejé con cierto aire solemne, sintiéndome como si de algún modo estuviera a salvo dentro de una fortaleza invisible desde donde podía burlarme de todos los monstruos agazapados de la oscuridad, y oír impasible sus airados susurros.
Me atrevo a decir que la rareza de toda enseñanza religiosa directa de parte de nuestros padres contribuyó a hacer más impresionantes las pocas ocasiones en que sí hablaban; pero, sea como fuere, puedo decir con verdad que, aunque muchas veces oscurecidas por un tiempo, las convicciones de aquella ocasión han estado siempre conmigo en el fondo, y miles de veces en mi vida desde entonces las palabras de mi padre de aquel día me han traído auxilio.