Capítulo 22 · 13 min de lectura

La tercera época de mi vida religiosa (la restitución de todas las cosas)

Como dije en el capítulo anterior, después de algunos años de gozo exuberante en las buenas nuevas de la salvación por medio de Cristo —para mí misma y para quienes creían como yo—, mi corazón comenzó a extenderse hacia quienes creían de otra manera, y especialmente hacia aquellos que, por las circunstancias providenciales de su nacimiento y de su entorno, jamás habían tenido una oportunidad justa en la vida. No podía dejar de ver que la ignorancia de Dios, y por tanto una vida de pecado, parecía ser el destino casi inevitable de un sinnúmero de mis semejantes. Y no lograba conciliar con la justicia de Dios que tales almas desdichadas fueran condenadas al tormento eterno por circunstancias de las que no eran responsables y de las que, en la gran mayoría de los casos, no podían escapar.

El hecho de que yo, que no lo merecía más que ellos, hubiera sido llevada al conocimiento de la verdad mientras ellos quedaban fuera, a la intemperie, llegó a pesarme tanto que a menudo sentía que gustosa renunciaría a mi propia salvación si, por ese medio, pudiera otorgársela a quienes habían sido puestos en condiciones menos afortunadas que las mías.

Empecé a sentir que la salvación en la que me había regocijado era, después de todo, una salvación estrecha y egoísta, indigna del Creador que ha declarado con tanto énfasis que sus «tiernas misericordias están sobre todas sus obras», y más indigna aún del Señor Jesucristo, que vino al mundo con el único propósito de salvar al mundo. No podía creer que su vida y su muerte por nosotros hubieran sido destinadas a quedarse tan cortas para remediar el mismo mal que Él vino expresamente a remediar. Sentía que tenía que ser imposible que hubiera alguna deficiencia en la salvación que Él había provisto.

Llegué a convencerme de que mis dificultades habían surgido simplemente de una mala comprensión de los planes de Dios, y me propuse con seriedad descubrir mi error. Como he dicho, mi primer refugio había sido la aniquilación de los impíos. Pero pronto esto me pareció indigno de un Creador sabio y bueno —en realidad, una triste confesión de fracaso de su parte—, y no podía conciliarlo con su omnipotencia ni con su omnisciencia. Empecé a temer que iba a quedar decepcionada de Dios.

Pero un día llegó una revelación que lo vindicó y resolvió toda la cuestión para siempre.

Con frecuencia teníamos predicadores avivamentistas hospedados en nuestra casa, pues buscábamos toda oportunidad de contribuir a lo que llamábamos «obra del evangelio». Entre ellos vino uno que estaba muy imbuido de la idea de que era privilegio y deber de los cristianos participar, de manera especial, en los sufrimientos de Cristo tanto como en sus gozos. Parecía pensar que hacerlo ayudaría de algún modo a quienes nada sabían de la salvación en Cristo; y había adoptado la práctica de hacer fuertes llamamientos sobre este tema en sus reuniones. Pedía a los cristianos que estuvieran dispuestos, por amor a los demás, a tomar sobre sí una parte de los sufrimientos de Cristo, que «pasaran al frente», a un banco delantero de la reunión, y oraran para que se les concediera semejante privilegio.

De algún modo todo aquello sonaba muy grandioso y heroico, y encajaba tan exactamente con mis propios anhelos de ayudar a mis semejantes menos afortunados que, aunque no pasé al frente para la oración en ninguna de sus reuniones, sí comencé a orar en privado —a ciegas y con ignorancia— para poder entrar en esa experiencia, fuera cual fuese.

El resultado fue muy distinto de lo que yo había esperado, y mucho más tremendo.

Yo había esperado entrar en un sentido de los sufrimientos personales de Cristo en la vida y la muerte que Él llevó por nuestra causa. En cambio, me pareció recibir una revelación, no de sus sufrimientos a causa del pecado, sino de los nuestros. Me pareció ver la miseria y la angustia traídas sobre la humanidad por la entrada del pecado en el mundo, y el dolor de Cristo, no por su propio sufrimiento a causa de ello, sino por el sufrimiento de los pobres seres humanos que habían sido malditos por él.

Me pareció comprender algo de lo que debe de ser su angustia ante la vista del terrible destino que se permitió caer sobre la raza humana, y de su gozo al poder hacer algo para aliviarlo. Vi que nuestro era el sufrimiento, y suyo el gozo de sacrificarse a sí mismo para salvarnos. Sentí que, si yo hubiera sido un Creador divino y hubiera permitido que semejante destino espantoso alcanzara a las criaturas que había hecho, me habría llenado de angustia y habría comprendido que la simple justicia —aun cuando no el amor— exigía que hallara algún remedio para ello. Y sabía que yo no podía ser más justa que Dios.

Una y otra vez me encontraba repitiendo en mi corazón los versos que George MacDonald coloca sobre una lápida en uno de sus relatos: «Oh Tú que hiciste la serpiente, danos el perdón, y recibe el perdón.»

Había oído mucho acerca de lo terrible de nuestros pecados contra Dios; pero ahora me encontré preguntándome: ¿Y qué de lo terrible de nuestro destino al haber sido hechos pecadores? ¿No preferiría yo infinitamente que alguien cometiera un pecado contra mí, antes que cometer yo un pecado contra otro? ¿No era mucho más espantoso ser hecho pecador que ser objeto del pecado ajeno?

Y comencé a ver que, puesto que Dios había permitido que el pecado entrara en el mundo, necesariamente se seguía que, en simple equidad, Él se vería obligado a proveer un remedio a la altura de la enfermedad. Recordé a madres que había conocido, cuyos hijos padecían enfermedades heredadas, y que se daban por más que agradecidas de entregar su propia vida en sacrificio si de algún modo podían deshacer el daño que habían causado al traer a esos hijos al mundo bajo condiciones tan desastrosas. Y me pregunté: ¿Podría Dios hacer menos?

Vi que, al pesarlo en la balanza del agravio padecido, nosotros, que habíamos sido creados pecadores, teníamos infinitamente más que perdonar que cualquiera contra quien nosotros mismos hubiéramos pecado.

La viveza con que todo esto me sobrevino jamás podrá expresarse. No lo pensé, ni lo imaginé, ni lo supuse. Lo vi. Fue una revelación de la naturaleza real de las cosas —no según las ideas superficiales y convencionales, sino según los hechos verdaderos que subyacen— y no podía negarse. En cada rostro humano que veía parecía desvelarse ante mí la historia de la miseria y la angustia que habían entrado en el mundo por el pecado. Sabía que Dios debía de ver esto con ojos mucho más claros que los míos, y por tanto su sufrimiento ante tal vista debía de ser infinitamente mayor, aun cuando el mío ya me parecía casi insoportable. Y empecé a comprender que lo menos que Él podría hacer sería abrazar con indecible alegría cualquier cosa que ayudara a librar de tan espantosa miseria a los seres que había creado.

Fue una visión inolvidable de la angustia del mundo a causa del pecado.

Cuánto tiempo duró no lo recuerdo, pero mientras duró, casi me aplastó. Y como siempre volvía ante la vista del rostro de un desconocido, me vi obligada a llevar un velo grueso siempre que salía a la calle, para poder ahorrarme el terrible impacto de aquella comprensión.

Un día iba en un tranvía por Market Street, en Filadelfia, cuando dos hombres entraron y se sentaron frente a mí. Los veía borrosamente a través de mi velo y me sentí aliviada: lo borroso significaba protección. Cuando el cobrador vino a por mi pasaje, tuve que levantar el velo para contar las monedas. Al levantarlo, capté una vista plena de aquellos dos rostros, y una avasalladora oleada de angustia me atravesó. Me pareció recibir otra revelación más —más clara y más profunda— de la miseria que el pecado había traído sobre la humanidad. Era más de lo que podía soportar. Apreté las manos y clamé para mis adentros: «Oh Dios, ¿cómo puedes soportarlo? Pudiste haberlo impedido, y no lo hiciste. Aun ahora podrías cambiarlo, y no lo haces. No veo cómo puedes seguir viviendo y soportando semejante espectáculo.»

Reproché a Dios. Y me sentí justificada al hacerlo.

Entonces, de pronto, Dios pareció responderme. Una voz interior habló en tonos de infinito amor y ternura: «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho.»

«¡Satisfecho!», exclamé dentro de mí. «¡Cristo ha de quedar satisfecho! Mirará la miseria del mundo, y luego la aflicción que ha soportado a causa de ella, ¡y quedará satisfecho con el resultado! Si yo fuera Cristo, nada podría satisfacerme a menos que todo ser humano fuera finalmente salvo. Por tanto, nada menos puede satisfacerle a Él.»

Con eso, pareció levantarse un velo de sobre los planes del universo. Vi que era verdad, como declara la Biblia, que «así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados». Como fue el primero, así fue el segundo. El «todos» de un caso no podía, en justicia, significar menos que el «todos» del otro. Vi, por tanto, que el remedio debía ser igual a la enfermedad; que la salvación debía ser tan universal como la caída.

Todo esto lo vi aquel día en el tranvía de Market Street; no meramente lo pensé, ni lo esperé, ni lo creí, sino que lo supe. Era un hecho divino. Y desde aquel momento jamás he tenido duda alguna acerca del destino final de la raza humana. Dios es el Creador de todo ser humano; por tanto Él es el Padre de cada uno, y todos ellos son sus hijos. Y Cristo murió por cada uno, declarado ser la «propiciación no solamente por nuestros pecados, sino también por los de todo el mundo» (1 Juan 2:2).

Por grande que sea la ignorancia, por grave que sea el pecado, la promesa de salvación es absoluta y sin limitación.

Si es verdad que «por la transgresión de uno vino el juicio a todos los hombres para condenación», entonces es igualmente verdad que «por la justicia de uno vino la gracia a todos los hombres para justificación de vida». Limitar el segundo «todos los hombres» es también limitar el primero. La salvación es exactamente igual a la caída. Ha de haber una «restitución de todas las cosas» final, cuando «en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre». Toda rodilla, toda lengua: nada podría ser más abarcador.

El cómo y el cuándo no podía verlos. Pero el hecho esencial era todo lo que necesitaba: en algún lugar, de algún modo, Dios iba a poner todo en orden para todas las criaturas que había hecho. Mi corazón descansó en esto para siempre.

Corrí a casa ansiosa por llegar a mi Biblia, para ver si esta magnífica verdad que había descubierto habría podido estar allí todo el tiempo sin que yo lo notara. En cuanto entré en la casa, ni siquiera me quité el sombrero, sino que corrí a la mesa donde mi Biblia y mi Concordancia siempre estaban dispuestas. Empecé a buscar, y al instante todo el Libro pareció iluminarse. En cada página resplandecía la verdad acerca de los «tiempos de la restitución de todas las cosas», de los cuales dice el apóstol Pedro que «Dios ha hablado por boca de todos sus santos profetas desde el principio del mundo», sin dejar lugar a duda.

Pasaba las páginas con avidez, riéndome en voz alta de gozo ante el resplandor de luz que la llenaba. Se convirtió en un libro nuevo. Era como si a cada texto se le hubiera desprendido otra piel, y cada versículo brillaba con un sentido nuevo; no un sentido distinto, pues lo nuevo no contradecía lo antiguo, sino un sentido más profundo, el verdadero sentido oculto dentro de la forma exterior de las palabras. Nada en el texto necesitaba cambiar; solo mi entendimiento necesitaba ser abierto. Y ahora, por fin, lo era.

Recuerdo que poco después, en el curso de mi lectura diaria de la Biblia, al llegar a los Salmos quedé asombrada de la nueva luz arrojada sobre sus denuncias más severas, e incluso en apariencia sanguinarias. Vi que, leídas en el espíritu y no en la letra, estaban llenas del triunfo prometido y final del bien sobre el mal, y eran una magnífica vindicación de la bondad y la justicia de Dios, que no querrá —ni debe, ni puede— descansar hasta que todos sus enemigos, y los nuestros, sean puestos debajo de sus pies.

Vi que su reino debe ser interior antes de poder ser exterior; que es un reino de ideas, no de fuerza bruta; que su dominio es sobre los corazones, no sobre territorios; que sus victorias deben ocurrir por dentro antes de hacerse visibles por fuera. Él busca gobernar espíritus más que cuerpos. Ninguna victoria podría satisfacerle salvo la victoria que conquista el corazón: la entrega del alma libre y convencida, no la mera capitulación del esclavo vencido. Como dice Milton: «Quien vence por la fuerza, solo ha vencido a medias a su enemigo», y vi que era verdad.

Leídas a esta luz, las mismas palabras que antes me llenaban de horror ahora estremecían mi alma de alabanza: «Levántese Dios, sean esparcidos sus enemigos; huyan de su presencia los que le aborrecen.

Como es lanzado el humo, así los lanzarás; como se derrite la cera delante del fuego, así perezcan los impíos delante de Dios.»

La ira de Dios es contra el pecado, no contra el pecador; y cuando sus enemigos son esparcidos, los nuestros son esparcidos con ellos. Su espada es la justicia, que da muerte al pecado para que el pecador viva. El fuego de su ira es el fuego del fundidor; Él se sienta no como el destructor del alma, sino como su purificador, para limpiarla como se purifican el oro y la plata.

«Implacable es el amor.

A los enemigos se les puede comprar o disuadir de su intención maligna; pero Aquel que está empeñado en la bondad no se aplaca.»

Dice el salmista: «Fuiste un Dios que los perdonabas, aunque tomabas venganza de sus obras»; y con esta llave en la mano, todas las denuncias de la ira de Dios —antes tan crueles e injustas a mis oídos— quedaron transformadas en declaraciones de su amorosa determinación de hacernos suficientemente buenos para vivir con Él en el Cielo para siempre.

Podría multiplicar sin fin los ejemplos de esta nueva iluminación que brillaba en cautivadora belleza a lo largo de cada página de la Escritura, pero con estos basta. Por fin comencé a entender lo que quería decir el apóstol Pablo cuando afirmó que había sido hecho ministro del nuevo pacto, «no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica». Las cosas que antes había leído en la letra y ante las cuales me había estremecido, ahora —leídas en el espíritu— me llenaban de gozo

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