Capítulo 20 · 5 min de lectura

El romance de la vida religiosa

La desaprobación de mi propia sociedad religiosa, en estas primeras etapas de mi nueva vida, me situó en gran medida bajo la influencia de los Hermanos de Plymouth, quienes en aquel tiempo estaban causando bastante revuelo en Filadelfia, y cuya clara enseñanza de las doctrinas —especialmente la doctrina de la «justificación por la fe»— resultaba particularmente afín a mi nueva manera de ver las cosas. Eran grandes estudiosos de la Biblia, y pronto hallé, bajo su enseñanza, un fascinante interés por el estudio bíblico.

Todo aquello era terreno nuevo para mí, y me adentré en él con la mayor avidez. Tan encantada estaba con los tesoros que hallaba en sus páginas que, al principio, mi único temor era que, siendo la Biblia un libro tan breve, pronto lo agotaría y llegaría al final de sus deleites. Solía racionarme a porciones pequeñas para hacerlo durar más. Pero pronto descubrí que esto no era necesario en absoluto, pues cuanto más estudiaba, más hallaba que estudiar, y cada pasaje parecía tener mil significados que se desplegaban sin cesar.

El libro no era más grande de lo que yo pensaba, pero era infinitamente más profundo. Me parecía como si las verdades de la Biblia estuvieran cubiertas por una multitud de capas, y como si, a medida que estudiaba, se fuera desprendiendo una capa tras otra, dejando las palabras iguales, pero el significado de esas palabras más hondo y más elevado. Nunca podré agradecer lo suficiente a los Hermanos de Plymouth por haberme introducido a las fascinaciones del estudio bíblico.

Era una vida maravillosa y deliciosa la que ahora había comenzado a vivir. Había comenzado a conocer a Dios, y lo hallaba hermoso y digno de ser amado más allá de mis más caras imaginaciones. El romance de mi vida había amanecido. No puedo decir cómo habrá afectado la religión a otras personas, pero para mí mi religión ha sido, de principio a fin, un romance fascinante y que se despliega sin cesar.

Aunque no fuera por otra cosa, compadezco a los pobres y desdichados agnósticos de nuestros días por perderse el más delicioso de todos los romances. Estoy segura de que no pueden tener nada en toda su vida que lo iguale. Lo más cercano que se me ocurre a una experiencia semejante es el deleite de explorar una ciencia desconocida o un nuevo campo de investigación mental; pero aun eso no puede igualar, estoy segura, los deleites de explorar la Ciencia de Dios.

Imaginadlo por un momento: haber dado con el rastro de un verdadero conocimiento de los caminos y el carácter de Dios, el Creador del cielo y de la tierra, y estar haciendo continuamente nuevos descubrimientos de cosas nuevas y deliciosas acerca de Él. ¿Qué investigación científica podría ser tan cautivadora?

Todo lo que había anhelado y por lo que había agonizado en mi primer despertar me venía en la más clara visión, día tras día, y el deleite siempre renovado de nuevas revelaciones y nuevas ideas era más delicioso de lo que las palabras podrían expresar. Y además, el gozo de contárselo todo a otros, y la enorme satisfacción de ver iluminarse sus rostros y ensancharse sus corazones, a medida que sus almas hacían los mismos descubrimientos que la mía. ¡Ah, nadie que no lo haya experimentado puede conocer la fascinación de todo ello!

No quiero decir que lo descubriera todo de una vez, ni siquiera que todo lo que creí haber descubierto resultara ser verdad permanente. Mi relato, según prosiga, mostrará que no fue así. Como todos los novatos en la investigación científica, aferré muchas medias verdades y llegué a muchas conclusiones falsas. Pero la búsqueda en sí misma era deliciosa, y el descubrir los propios errores superaba con creces la mortificación de haberlos cometido.

Mi alma había emprendido su viaje de descubrimiento, y llegar a conocer a Dios era su fin inalterable e incesante. Todavía estaba apenas en el comienzo, pero ¡qué comienzo tan magnífico era! Dios era una realidad, y era mi Dios. Él me había creado, y me amaba, y todo estaba bien entre nosotros.

Todo cuidado por mi propio destino futuro había sido quitado de mis hombros. Podía decir con Pablo: «Yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día». Ya no necesitaba trabajar por la salvación de mi alma, sino solamente obrar la salvación que me había sido otorgada.

Todos los años de mi introspección y examen de mí misma habían terminado. En lugar de mis antiguas y estériles búsquedas dentro de mis sentimientos y emociones en pos de alguna evidencia tangible del favor de Dios, la gloriosa nueva declarada en la Biblia —que de tal manera amó Él al mundo que envió a su Hijo unigénito para salvar al mundo— absorbía cada una de mis facultades.

Ya no era «¿Cómo me siento?», sino siempre «¿Qué dice Dios?». Y decía cosas tan deliciosas, que hallarlas se convirtió en mi supremo deleite. No me refiero a lo que Él me dijo personalmente en mi corazón, sino a lo que había dicho a todo ser humano en la Biblia: las buenas nuevas de salvación en el Señor Jesucristo.

Cualquier cosa dicha a mí sola podría quedar sujeta a duda, en cuanto a si en verdad era a mí a quien se refería; pero cualquier cosa dicha al mundo entero no podía dejar de incluirme, y me apropiaba ávidamente de todo ello.

Esto continuó durante varios años, durante los cuales pasé un tiempo verdaderamente glorioso. Entre los gozos del descubrimiento, por un lado, y los gozos de contar a otros mis descubrimientos, por el otro, mi copa del vino de la vida estaba llena y rebosante.

Tuve abundantes pruebas terrenales, pero de algún modo quedaban en un segundo plano comparadas con las fascinaciones de mi vida religiosa. Nada que perteneciera únicamente a la vida terrenal podía importar realmente, cuando el alma de una gustaba a diario el gozo bienaventurado de la reconciliación con Dios, y de ser hecha partícipe de la gloriosa salvación del Señor Jesucristo.

¡Y con todo, cuán poco sabía yo, aun de esto, comparado con lo que había de venir!

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