Capítulo 19 · 9 min de lectura

La seguridad de la fe

Estaba tan llena de entusiasmo por mi descubrimiento que ninguna otra cosa me parecía tener la menor importancia; y, como ya he dicho, abordaba sobre el tema a todos los amigos que tenía, e insistía en saber si ellos también habían descubierto el hecho trascendente de que todos sus pecados estaban perdonados y de que eran hijos de Dios. Sencillamente los obligaba a escucharme, quisieran o no, pues me parecía lo más lamentable que pudiera concebirse que alguien dejara de saberlo, mientras yo estuviera viva para contarlo.

Y debo decir que casi todos aquellos a quienes hablé —quizá en parte por la sorpresa de verse abordados con tanto vigor— escuchaban con ávido interés, y tarde o temprano abrazaban las opiniones que yo declaraba con tanto entusiasmo. Muchísimos de mis amigos, por supuesto, en realidad ya eran cristianos, pero apenas se habían atrevido a considerarse tales; y a ellos mi enseñanza les trajo la seguridad de la fe que tan hondamente necesitaban.

En efecto, me parecía una nueva tan maravillosamente buena que pensaba que, si saliera a la calle y me pusiera en las esquinas y empezara a contarla, todos abrirían las puertas y las ventanas para escuchar mi relato. Me sentía como un heraldo que marcha por los corredores de una prisión, con una proclama del Rey de perdón gratuito para cada preso. El mensaje de Pablo en la sinagoga de los judíos en Antioquía, cuando les habló acerca de Jesús y dijo: «Séaos, pues, notorio, varones hermanos, que por medio de éste os es anunciada remisión de pecados; y de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en éste es justificado todo aquel que creyere», era mi mensaje. Y lo que me maravillaba era que no todos los presos, al oírlo, abrieran de inmediato la puerta de su celda y salieran hombres libres.

Me parecía sumamente necio que alguien, ante semejante proclama, vacilara un solo instante. ¿Por qué habrían de preocuparse por sus pecados, cuando Dios había declarado tan claramente que Cristo había llevado sus pecados «en su cuerpo sobre el madero», y los había quitado para siempre?

¿Por qué habrían de temer la ira de Dios, cuando la Biblia nos había asegurado que «Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, no imputándoles sus pecados»? Todas esas miserables dudas y temores me parecían entonces, y me han parecido siempre desde entonces, no solo irreligiosos y una calumnia contra la fidelidad de Dios, sino también una evidencia de una gran falta de sentido común.

O Dios es veraz, o es mentiroso. Si creo que es veraz, entonces el buen sentido exige que acepte sus declaraciones como declaraciones de hechos, y que descanse en ellas como en hechos.

Una de las cosas que más me ayudaron en aquel tiempo fue un folleto llamado «El cazador de zorras», de César Malan. Era la presentación más clara y lógica de la justificación por la fe con que jamás me he topado, y me demostró, más allá de toda posibilidad de duda, que la «seguridad de la fe» era a la vez el único terreno bíblico que cualquiera podía tomar, y también el único terreno de sentido común. Las zorras de aquel folleto eran las dudas, y el cazador era el predicador que las atrapaba y las mataba. Y toda su enseñanza era que, si Dios decía que Cristo había quitado nuestros pecados, entonces ciertamente lo había hecho, y por supuesto los pecados ya no estaban, y no solo era necedad, sino también presunción de nuestra parte no creerlo.

Continuamente me preguntaba por qué no todos los predicadores exponían estos hechos con claridad y plenitud, de modo que nadie pudiera dejar de entenderlos. Y lo sentía tan fuertemente que, siempre que escuchaba sermones que parecían dejar el asunto incierto o confuso, no me detenía en acercarme después a los predicadores y reconvenirlos, porque no habían predicado con claridad el Evangelio de Cristo.

Estoy convencida, al mirar ahora hacia atrás, de que debí de convertirme en una verdadera molestia para nuestros queridos predicadores cuáqueros, cuya predicación, confieso, no solía ser en aquellos días de esta clase tan definida. Pero la verdad era que lo que yo había descubierto me parecía de una importancia tan primordial y arrolladora que ninguna otra consideración merecía un instante de atención. Estar en un mundo lleno de pecadores que no sabían que sus pecados estaban perdonados, y que eran hijos de Dios, y que podrían saberlo con solo que alguien se lo dijera, me parecía una responsabilidad tan tremenda que me sentía obligada a contárselo a todos los que pudiera alcanzar.

Los queridos y apacibles Amigos no podían comprender un celo tan excesivo, y me atrevo a decir que imprudente, y mis visitas a cualquiera de sus casas eran francamente temidas. Hasta mis cuñados casi tenían miedo de que yo visitara a mis propias hermanas, y de muchas maneras pasé por una especie de persecución, que sin duda en gran parte me atraje yo misma por mi celo irreflexivo, pero que en aquel momento me parecía un martirio por la verdad.

No sucede a menudo, creo yo, que la historia del Evangelio se presente a alguien de forma tan vívida como se me presentó a mí. Pero por el hecho de que, como cuáquera, no había recibido enseñanza doctrinal alguna, todo lo que estaba aprendiendo acerca de la salvación en Cristo llegaba en un perfecto resplandor de iluminación. La Biblia parecía francamente radiante con las «buenas nuevas de gran gozo», y me asombraba de que no todos lo vieran.

Como no sabía literalmente nada de teología, y nunca había oído ningún término teológico, tomé toda la historia del Evangelio del modo más sencillo posible, y la creí sin reserva alguna. A menudo decía que era como un preso que había salido de una oscura celda subterránea a la luz de diez mil soles. Y a pesar de toda la desaprobación y oposición de los Ancianos y Supervisores entre los cuáqueros, y de mi propia familia también, mi entusiasmo me ganó quien me escuchara, y casi todos los amigos que tenía llegaron, tarde o temprano, al conocimiento de las verdades que yo defendía, y compartieron más o menos mi regocijo.

De modo que poco a poco la oposición fue cediendo, y al final, aunque los «Amigos sólidos» no podían respaldarme del todo, al menos me dejaron libre para seguir mi curso sin ser molestada.

Sin duda la tosquedad de mis opiniones era muy patente para los cristianos espiritualmente más avanzados que me rodeaban, y ahora estoy segura de que gran parte de la oposición que encontré surgió de este hecho.

Pero aunque desearía que mis opiniones hubieran sido más maduras, nunca podré lamentar el entusiasmo que me hacía tan ávida de contar a todos lo mejor que sabía.

E incluso la oposición me fue de bendición, pues me enseñó algunas lecciones de valor inestimable. En aquellos días me topé con un libro, cuyo nombre lamento decir que he olvidado, que me ayudó enormemente. Su pensamiento central era que uno de los dones más ricos que un cristiano podía tener era el don de la persecución, y que ser como el Maestro en el ser rechazado de los hombres era la más alta dignidad a la que un cristiano podía alcanzar. Enseñaba que era el mayor cristiano quien estaba dispuesto a ocupar el lugar más bajo, y que llegar a ser el primero de todos solo podía alcanzarse haciéndose siervo de todos.

Quedé tan impresionada por esta enseñanza que traté de ponerla en práctica; y siempre que esperaba en alguna entrevista encontrarme con reproche u oposición, oraba de antemano fervientemente para poder recibirlo con un verdadero espíritu cristiano. También me ayudó mucho un dicho de Madame Guyon, que ella había aprendido a dar gracias por cada desaire y humillación, porque había hallado que la ayudaban a avanzar en la vida espiritual; y con el tiempo aprendí algo de esa misma lección.

La ventaja especial que obtuve de la desaprobación que encontré fue que me quitó buena parte de la presunción. De tal modo se me metió a fondo que estaba del todo equivocada y era necia, y que solo se me toleraba por la bondad de mis amigos, que llegué de verdad al fin a tener una especie de sentimiento instintivo de que no merecía sino desaires y reproches, y que cualquier falta de bondad que se me mostrara era solo mi justo merecido. En efecto, adquirí la costumbre de no esperar nunca otra cosa, y dejé de pensar que tuviera derecho alguno que los demás no debieran pisotear.

Este hábito mental me ha dado la mayor libertad de espíritu a lo largo de toda mi vida desde entonces, pues nunca me he visto obligada, como tantas personas parecen estarlo, a defender mis derechos, y de hecho apenas si he tenido jamás el discernimiento de darme cuenta de cuándo se me ha menospreciado. Si uno no tiene derechos, sus derechos no pueden ser pisoteados; y si uno no tiene sentimientos, sus sentimientos no pueden ser heridos. Tan hondamente quedó grabada esta lección en mi alma por lo que pasé en el tiempo del que hablo, que hasta el día de hoy siempre me sorprende cualquier bondad que se me muestre, como algo enteramente inesperado e inmerecido.

No conozco lección alguna que haya aprendido que haya sido tan prácticamente útil como esta lección, aprendida de la oposición que encontré en los primeros años de mi experiencia cristiana; aunque no me cabe duda, como he dicho, de que en gran parte me atraje mis pruebas por mi tosquedad y mi ignorancia.

Por tosca e ignorante que fuera, había, sin embargo, como he dicho, aferrado con firmeza una magnífica verdad fundamental que nada ha podido jamás sacudir, y era que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, no imputándoles sus pecados. Todo estaba bien entre mi alma y Dios. Él era mi Padre, y yo era su hija, y nada tenía que temer. No importaba que lo hubiera captado de un modo tosco. Lo esencial era que lo había captado. Allí estaba: el grandioso hecho central del amor de Dios y del perdón de Dios, y mi alma reposó en esto para siempre.

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