Capítulo 1 · 13 min de lectura
Introducción
En la guarda de mi Biblia encuentro las siguientes palabras, tomadas no sé de dónde: «Esta generación ha redescubierto el desinterés de Dios». Si se me pidiera resumir en una sola frase la suma y sustancia de mi experiencia religiosa, esta es la frase que elegiría. Y no habría palabras capaces de expresar mi gratitud por haber nacido en una generación en la que este descubrimiento ha sido comparativamente fácil. Si no me equivoco, la generación anterior a la mía sabía muy poco del desinterés de Dios, e incluso en mi propia generación hay, me temo, muchos cristianos buenos y sinceros que todavía no lo conocen.
Sin expresarlo con palabras que los escandalizaran a ellos mismos o a otros, muchos cristianos siguen, en el fondo, considerando a Dios como uno de los seres más egoístas y ensimismados del universo —mucho más egoísta de lo que ellos mismos considerarían correcto ser—, atento únicamente a su propia honra y gloria, vigilando continuamente que jamás se pisoteen sus derechos; y tan absorto en pensamientos de sí mismo y de su propia justicia como para no tener amor ni compasión que dedicar a los pobres pecadores que lo han ofendido. Yo crecí creyendo que Dios era así. He descubierto que es exactamente lo contrario. Y de este descubrimiento es de lo que quiero hablar.
Después de más de setenta años de vida, he llegado a la profunda convicción de que toda necesidad del alma queda satisfecha por el descubrimiento que he hecho. En aquella maravillosa oración de nuestro Señor en Juan 17, dice: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado». Esto solía parecerme un dicho místico que quizá pudiera tener algún sentido piadoso y esotérico, pero que ciertamente no podía tener aplicación práctica alguna. Sin embargo, cada año de mi vida religiosa he ido descubriendo en él un sentido más hondo y vital, hasta que ahora, por fin, veo que, rectamente entendido, contiene la médula de todo el asunto. Conocer a Dios como verdaderamente es en su naturaleza y carácter esenciales es haber alcanzado el fundamento absoluto, inmutable y del todo satisfactorio sobre el cual —y solo sobre el cual— puede edificarse toda la estructura de nuestra vida religiosa.
Descubrir que Él no es el Ser egoísta que tan a menudo lo imaginamos, sino que, por el contrario, es verdadera y fundamentalmente desinteresado —que no se preocupa por sí mismo, sino única y siempre por nosotros y por nuestro bien—, es haber hallado la respuesta a toda pregunta humana y el remedio para toda necesidad humana. Pero cómo hacer este descubrimiento es la cuestión decisiva.
En nuestro estado actual de existencia, aún no poseemos las facultades que nos permitirían ver a Dios tal como es en su Ser esencial e incomprensible. Necesitamos un intérprete.
Necesitamos una Encarnación. Si yo quisiera dar a conocer a una colonia de hormigas quién soy en la esencia misma de mi ser, tendría que encarnarme en el cuerpo de una hormiga y hablarles en su propio lenguaje, como una hormiga a otra. Como ser humano, podría plantarme sobre un hormiguero y hablar durante toda una vida, y ni una sola palabra llegaría a los oídos de las hormigas. Correrían de aquí para allá, inconscientes de mi discurso.
Por tanto, para conocer a Dios tal como verdaderamente es, debemos acudir a su Encarnación en el Señor Jesucristo.
La Biblia nos dice que nadie ha visto jamás a Dios, pero que el unigénito Hijo del Padre lo ha revelado. Cuando uno de los discípulos dijo a Cristo: «Muéstranos el Padre, y nos basta», Cristo respondió: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo; mas el Padre que mora en mí, él hace las obras».
Aquí, pues, está nuestra oportunidad. No podemos ver a Dios, pero podemos ver a Cristo. Cristo no solo era el Hijo de Dios, sino que también era el Hijo del Hombre, y como hombre entre los hombres puede revelar a su Padre.
Todo lo que Cristo fue, eso es Dios. Todo el desinterés, toda la ternura, toda la bondad, toda la justicia, toda la benevolencia que vemos en Cristo no son sino una revelación del desinterés, la ternura, la bondad, la justicia y la benevolencia de Dios.
Alguien ha dicho hace poco, en palabras que me parecen inspiradas: «Cristo es la forma humana de Dios».
Y esta es la explicación de la Encarnación.
No quiero decir con esto, sin embargo, que nadie pueda recibir revelación alguna de Dios en su alma salvo quienes creen en la Biblia y conocen a Cristo tal como allí se revela. Creo, con reverencia y gratitud, que «Dios no hace acepción de personas, sino que en toda nación el que le teme y obra justicia le es acepto». Dios «no se dejó a sí mismo sin testimonio» en ninguna edad del mundo. Pero lo que sí creo es exactamente lo que se declara en las palabras iniciales de la Epístola a los Hebreos: que Dios, quien «habiendo hablado muchas veces y en muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo», el cual es «el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia». Por tanto, aunque podamos hallar muchas revelaciones particulares en otros lugares, si queremos conocerlo tal como verdaderamente es, solo podemos verlo plenamente revelado en su imagen misma, el Señor Jesucristo.
Pasó mucho tiempo antes de que yo descubriera esto, y hasta que lo hice fui —como mostrará mi relato— tan verdaderamente ignorante de Él como el más obtuso de los salvajes, aun cuando vivía en una comunidad cristiana, me criaba en una iglesia cristiana y tenía la Biblia abierta en mi mano. Dios era para mí un terror hasta que empecé a verlo en el rostro de Jesucristo, cuando se convirtió en un gozo puro. Y creo que muchas almas cansadas se hallan en un caso semejante: almas que, si tan solo pudieran llegar a ver que Dios es como Cristo, experimentarían un alivio indecible.
Una amiga mía me contó que su infancia transcurrió en un perfecto terror de Dios. Su idea de Él era la de un gigante cruel con un «Ojo» tremendo que podía verlo todo, por muy oculto que estuviera, y que siempre la estaba espiando, acechando ocasiones para castigarla y arrebatarle todas sus alegrías. Decía que se metía en la cama por la noche con la horrible sensación de que, incluso en la oscuridad, el «Ojo de Dios» estaba sobre ella; y se subía las mantas por encima de la cabeza con la vana esperanza —aunque sabía que era vana— de esconderse de aquel Ojo aterrador, y allí yacía temblando, susurrándose a sí misma con angustia: «¿Qué haré? Oh, ¿qué haré? ¡Ni siquiera mi madre puede librarme de Dios!».
Con la extraña reserva propia de una niña, nunca contó a nadie de su terror. Pero una noche su madre, entrando inesperadamente en la habitación, oyó aquel pobre gritito de desesperación y, comprendiéndolo de repente, se sentó junto a la cama, tomó la fría manita entre las suyas y le dijo que Dios no era un tirano espantoso al que temer, sino que era exactamente como Jesús. Le recordó cuán bueno y bondadoso era Jesús, y cómo amaba a los niños y los tomaba en sus brazos y los bendecía.
Mi amiga dijo que siempre había amado las historias sobre Jesús, y cuando oyó que Dios era como Él, fue una perfecta revelación. Le quitó para siempre el temor a Dios. Anduvo todo aquel día repitiéndose una y otra vez: «Oh, qué contenta estoy de haber descubierto que Dios es como Jesús, pues Jesús es tan bueno. Ahora nunca más tendré que temer a Dios». Y cuando se acostó aquella noche, rió de veras en voz alta al pensar que un Ojo tan querido y bondadoso velaba por ella y la cuidaba.
Aquella niñita había vislumbrado a Dios «en el rostro de Jesucristo», y ello trajo descanso a su alma.
Por el descubrimiento de Dios, pues, no entiendo nada misterioso, místico ni inalcanzable.
Me refiero simplemente a llegar a conocerlo como se llega a conocer a un amigo humano: averiguar cuáles son su naturaleza y su carácter, y aprender a comprender sus caminos. En una palabra, me refiero a descubrir qué clase de Ser es realmente: si bueno o malo, bondadoso o cruel, egoísta o desinteresado, fuerte o débil, sabio o necio, justo o injusto.
Es, por supuesto, evidente que todo en la vida religiosa de una persona depende de la clase de Dios que adore. El carácter del adorador ha de ser necesariamente moldeado por el carácter del objeto adorado. Si el dios adorado es cruel y vengativo, o egoísta e injusto, el adorador se volverá también cruel, vengativo, egoísta e injusto. Pero si el Dios adorado es amoroso, tierno, perdonador y desinteresado, el adorador se volverá igualmente amoroso, tierno, perdonador y desinteresado. Del mismo modo, la paz y la felicidad del adorador han de estar absolutamente ligadas al carácter del Dios adorado, pues todo depende de si Él es un Dios bueno o un Dios malo. Si es bueno, todo está bien, por supuesto, y la paz de uno puede fluir como un río; pero si es malo, nada puede estar bien, por muy sincero o entregado que sea el adorador, y ninguna paz es posible.
Esto se me presentó con gran viveza cuando una vez oí, en una reunión, a un hombre negro instruido, perteneciente a una de las tribus más salvajes de África, dar cuenta de la religión de su tribu. Dijo que tenían dos dioses, un dios bueno y un dios malo. Del dios bueno no se preocupaban, porque, siendo bueno, obraría rectamente de todos modos, le ofrecieran sacrificios o no.
Pero al dios malo tenían que intentar aplacarlo con toda suerte de oraciones, sacrificios, ofrendas y ceremonias religiosas, para, si era posible, ponerlo de buen humor de modo que los tratara bien.
A mi entender, había en esto una profunda verdad. Cuanto más pobre e imperfecta es nuestra concepción de Dios, más fervientes e intensos serán nuestros esfuerzos por aplacarlo o por intentar ganar su favor. Pero, por otro lado, cuanto más alto y verdadero llega a ser nuestro conocimiento de la bondad y el desinterés de Dios, menos ansiedad, agitación, forcejeo o angustia habrá en nuestra adoración. Un Dios bueno y desinteresado obrará con toda seguridad rectamente de todos modos, tratemos de propiciarlo o no, y podemos confiarle sin temor el manejo de sus propios asuntos con muy pocos consejos de nuestra parte. En cuanto a forcejear o agonizar con Él para que haga lo que no son sino los deberes de su posición, tales cosas jamás podrían ser necesarias, pues, por supuesto, una persona buena siempre cumple con su deber.
He descubierto, por tanto, que la sencilla afirmación «Dios es bueno» es, si la entendemos rectamente, una garantía suficiente y del todo satisfactoria de que nuestros intereses están seguros en sus manos.
Puesto que es bueno, no puede dejar de cumplir su deber para con nosotros; y puesto que es desinteresado, ha de considerar necesariamente nuestros intereses antes que los suyos. Cuando estamos seguros de esto, no queda nada que temer.
En consecuencia, lo único verdaderamente vital en la religión es llegar a conocer a Dios. Salomón dice: «Vuelve ahora en amistad con Dios, y tendrás paz», y creo que cada uno de nosotros descubriría que a esta amistad ha de seguir necesariamente una paz que sobrepuja todo entendimiento.
¿Quién hay en la tierra que pudiera ver y conocer la bondad, la benevolencia, la justicia y el amoroso desinterés de nuestro Dios tal como se revela en el rostro de Jesucristo, y no verse irresistiblemente atraído a adorarlo? ¿Quién podría tener otra cosa que paz al descubrir que el Dios que nos creó, y a quien pertenecemos para siempre, es un Dios de amor? ¿Quién de nosotros puede seguir temiendo una vez que descubrimos que Él nos cuida como a la niña de sus ojos?
¿Y qué otra cosa hay que pueda traer una paz inquebrantable? El conocimiento de doctrinas o dogmas puede dar paz por un tiempo; las experiencias dichosas pueden dar paz; el éxito en el servicio puede darla; pero de ninguna de estas cosas cabe fiarse que perdure. Las doctrinas pueden oscurecerse, las experiencias pueden desvanecerse o cambiar, se nos puede impedir realizar nuestra obra, y las personas y las circunstancias pueden fallarnos. A menos que nuestra paz esté fundada en algo más estable que estas cosas, vacilará como las olas del mar.
El único lugar de paz permanente y duradera está en el conocimiento de la bondad y el desinterés de Dios.
Es difícil explicar exactamente qué quiero decir con este conocimiento de Dios. Estamos tan acostumbrados a pensar que basta con saber cosas acerca de Él —lo que ha hecho, lo que ha dicho, cuáles son sus planes y qué doctrinas le conciernen— que nos quedamos cortos de conocer lo que Él es en su naturaleza y carácter, que es el único conocimiento verdaderamente satisfactorio.
En las relaciones humanas, podemos saber muchísimo acerca de una persona sin llegar nunca en realidad a conocerla, y lo mismo ocurre en nuestra relación con Dios. Podemos ir dando tumbos durante años, creyendo que sabemos muchísimo acerca de Él, y sin embargo no estar nunca del todo seguros de qué clase de Ser es en realidad, y por ello no hallar nunca descanso ni satisfacción permanentes. Y entonces, por fin —quizá de repente—, lo vislumbramos tal como se revela en el rostro de Jesucristo. Descubrimos al Dios verdadero que está detrás, debajo y dentro de todas las demás concepciones que puedan habernos desconcertado. Y desde ese momento nuestra paz fluye como un río. En todo y a través de todo —aun cuando no podamos gozarnos en ninguna otra cosa— podemos siempre y en todo lugar «alegrarnos en Dios y gozarnos en el Dios de nuestra salvación». Ya no necesitamos sus promesas; lo hemos hallado a Él mismo, y Él basta para toda necesidad.
Mi propia experiencia ha sido algo así. Mi conocimiento de Dios, comenzando en un plano muy bajo y en medio de gran oscuridad e ignorancia, avanzó lentamente a través de muchas etapas, con una inmensa cantidad de conflicto y forcejeo innecesarios, hasta que aprendí por fin que Cristo era la «imagen misma» de Dios. Entonces llegué, en cierta medida, a conocerlo, y descubrí para mi asombro y deleite su absoluto desinterés. Vi que era seguro confiar en Él. Y desde aquel momento en adelante, todas mis dudas e interrogantes han ido desapareciendo lenta pero seguramente en el resplandor de este magnífico conocimiento.
Es el proceso que condujo a este descubrimiento en mi propia alma lo que quiero relatar. Pero para hacerlo he de comenzar con las primeras influencias de mi vida, pues estoy convencida de que mi conocimiento de mi Padre celestial empezó primero en el conocimiento de mi padre y mi madre terrenales, quienes fueron, estoy segura, los padres más encantadores que niño alguno haya tenido jamás. Conociéndolos a ellos y a su bondad, era del todo razonable que yo creyera que mi Padre celestial —que los había hecho a ellos— debía de ser al menos tan bueno como el padre y la madre terrenales que Él había creado. Y ningún relato de mi alma estaría completo sin comenzar por ellos.