Capítulo 18 · 14 min de lectura

Segunda época de mi vida religiosa (la restauración de la fe)

Corría el año 1858, y yo tenía veintiséis años. Acababa de perder a una preciosa hijita de cinco años, y mi corazón se deshacía de dolor. No podía soportar la idea de que mi tesoro se hubiera marchado sola a un universo sin Dios; y, sin embargo, por más que mirara hacia un lado o hacia otro, no parecía haber ni un solo rayo de luz.

Sucedió que justo por aquel tiempo el mundo religioso estaba profundamente conmovido por la inauguración de reuniones diarias del mediodía, celebradas de doce a una, en el barrio comercial de la ciudad, y repletas de hombres de negocios. Yo había oído hablar de estas reuniones del mediodía con muy escaso interés, pues pensaba que no eran sino otro esfuerzo de una superstición agonizante por apuntalar su causa.

No obstante, un día me hallé por casualidad cerca de un lugar donde se celebraba una de estas reuniones, y pensé que entraría a ver de qué se trataba.

Resultaba impresionante ver a semejantes multitudes de hombres y mujeres atareados congregados a aquella hora en una de las zonas más bulliciosas de la ciudad, y recuerdo que me preguntaba vagamente qué podría significar todo aquello. Entonces, de pronto, algo me sucedió. No tenía la menor idea de qué era ni de cómo había venido, pero de algún modo pareció abrirse un ojo interior en mi alma, y me pareció ver que, después de todo, Dios era un hecho —el hecho fundamental de todos los hechos— y que lo único que cabía hacer era averiguarlo todo acerca de Él.

No era un sentimiento piadoso, de la clase que yo había estado buscando, sino una convicción, exactamente igual a la que le sobreviene a uno cuando de repente se resuelve un problema matemático. Uno no siente que está resuelto, sino que lo sabe, y ya no puede quedar duda alguna. No recuerdo nada de lo que se dijo. Ni siquiera sé si oí algo. Dentro de mí se estaba produciendo una tremenda revolución, de un interés mucho más profundo que cualquier cosa que hubiera podido pronunciar el predicador más elocuente. Dios se estaba manifestando como una existencia real, y mi alma se lanzó hacia arriba en un clamor irresistible por conocerlo.

No era que me sintiera pecadora necesitada de salvación, ni que me inquietara mi destino futuro. No se trataba en absoluto de una cuestión personal. Era pura y simplemente que me había hecho consciente de Dios, y que sentía que no podría descansar hasta conocerlo. Podía ser buena o podía ser mala; podía ir al Cielo o podía ir al infierno; esas cosas quedaban fuera de la cuestión. Todo lo que yo quería era llegar a conocer al Dios de quien de repente me había hecho consciente. Cómo emprender la tarea era la única pregunta que me absorbía. No tenía a nadie a quien me interesara preguntar, y jamás se me ocurrió que la oración pudiera ayudarme.

Me parecía como el estudio de alguna nueva y maravillosa rama del conocimiento a la que debía aplicarme con toda diligencia, y concluí que probablemente la Biblia era el libro que necesitaba. «Este libro —me dije—, dice enseñarnos acerca de Dios. Veré si puede enseñarme algo».

Iba a pasar algunas semanas con mi familia a la orilla del mar, y decidí no llevar más libros que la Biblia, y tratar de averiguar qué decía acerca de Dios.

En mi diario escribí, con fecha del 16 de julio de 1858: «He traído mi Biblia a Atlantic City este verano con la determinación de averiguar cuál es su plan de salvación. Mis propios planes han fracasado por completo; ahora probaré, si es posible, el de Dios. … Estoy tratando de creerle sencillamente como una niña pequeña. He dejado a un lado mis nociones preconcebidas de lo que Él debería hacer y decir, y he venido con sencillez a la Biblia para ver lo que Él ha hecho y dicho; y le creeré».

Alguien había comentado una vez, estando yo presente, que el libro de Romanos contenía las declaraciones más claras y completas de la doctrina cristiana que pueden hallarse en la Biblia, y me dispuse a leerlo. Qué habría sacado en limpio de él sin ninguna guía, no lo sé; pero un día le mencioné a una señora que nos visitaba lo interesada que estaba en tratar de comprender la enseñanza del libro de Romanos, y cuán difícil me resultaba; entonces ella me dijo que tenía un librito que se lo había explicado a ella, y me preguntó si podía dármelo.

Lo acepté con avidez, y lo encontré sumamente esclarecedor. Exponía el plan de salvación tal como se describe en los capítulos tercero, cuarto y quinto de Romanos, de una manera clara y ordenada que me atrajo con fuerza. Afirmaba que todos los hombres eran pecadores, y todos merecían castigo; que todos habían pecado y estaban destituidos de la gloria de Dios, y que no había justo, ni aun uno; y declaraba que, por lo tanto, toda boca quedaba cerrada y todo el mundo se hacía culpable delante de Dios (Romanos 3:1-19).

Continuaba mostrando que no había escape de esto sino por medio de la justicia de Cristo, la cual era «para todos y sobre todos los que creen»; y que Cristo era nuestra propiciación, por quien obteníamos la «remisión de los pecados pasados» (Romanos 3:20-26). Y luego señalaba que, por este proceso, quedaba excluida toda jactancia de nuestra parte, y éramos justificados delante de Dios, no por nada que hubiéramos hecho o pudiéramos hacer, sino por lo que nuestro divino Salvador había hecho por nosotros (Romanos 3:27-31).

Declaraba que Cristo era el sustituto de los pecadores; que Él había llevado en su lugar el castigo que ellos merecían, y que todo lo que teníamos que hacer para asegurarnos el pleno beneficio de esta sustitución era sencillamente creer en ella, y aceptar el perdón así comprado.

Por supuesto, esta era una interpretación muy legalista y comercial de estos pasajes, y no era en absoluto la interpretación que yo les daría ahora; pero quiero contar, con la mayor verdad que pueda, la manera en que las cosas me impresionaron entonces. La misma crudeza y superficialidad de la interpretación la hacían fácil de asir para mi ignorancia, y en aquel momento me pareció un arreglo de lo más sensato y satisfactorio.

Era un «plan de salvación» que yo podía entender. No había en él nada místico ni misterioso; ningún esfuerzo por alcanzar emociones, ninguna búsqueda de experiencias. Todo era obra de otro hecha por mí, y no requería de mi parte sino una comprensión y una fe sencillas, de simple sentido común. Dicho llanamente, era como sigue: todos éramos pecadores, y por lo tanto todos merecíamos castigo. Pero Cristo había tomado sobre sí nuestros pecados y había llevado el castigo en nuestro lugar; por lo tanto, un Dios airado quedaba propiciado, y estaba dispuesto a perdonarnos y a dejarnos en libertad. Nada podía ser más claro y sencillo. Hasta un niño podría entenderlo.

Todo estaba fuera de uno mismo, y no había necesidad de escudriñamientos interiores ni de remover los propios sentimientos íntimos para ponerse a bien con Dios. Cristo lo había puesto a bien, y nosotros no teníamos más que hacer sino aceptarlo todo como un don gratuito de su parte. Además, un Dios que podía idear un plan tan sencillo como este era comprensible y accesible, y comencé a pensar que debía de ser verdad.

Todo esto suena muy externo y muy crudo, pero, después de todo, por crudo que parezca, detrás de ello estaba el gran hecho fundamental de que Dios estaba, de una manera u otra, en Cristo reconciliando consigo al mundo; y era este hecho vital de la reconciliación entre Dios y el hombre lo que se había apoderado de mí. Y creo que es este hecho, comoquiera que se exprese, lo único esencial al comienzo de toda vida religiosa satisfactoria. El alma debe saber que todo está bien entre ella y Dios antes de poder intentar, con algún corazón, adorarlo y servirlo.

Yo había descubierto este hecho vital, y la vida religiosa había comenzado para mí con un deleite ávido y entusiasta. En mi diario encuentro las siguientes anotaciones de 1858: «20 de agosto de 1858. ¿Estaré de veras viniendo a Cristo? Me hago esta pregunta con asombro y admiración. Hace un mes parecía algo del todo imposible. Pero creo que sí. Es como si estas verdades del Nuevo Testamento se hubieran apoderado de mi alma, y no puedo contradecirlas. Solo Dios sabe cuál será el final».

«21 de agosto de 1858. Muchos pasajes de la Escritura han quedado impresos en mi mente durante mi lectura, y, habiéndome decidido sencillamente a creer y no a razonar ni cuestionar, me encuentro llevada inevitablemente a Cristo como mi Redentor. Mi lema durante las últimas semanas ha sido “Así dice el Señor” como argumento concluyente en todos los casos».

«30 de agosto de 1858. Ahora descanso sencillamente en el propio testimonio de Dios como fundamento de mi esperanza.

Él dice que Jesucristo es su Hijo muy amado, y yo lo creo. Dice además que dio a su Hijo para ser la propiciación por nuestros pecados, y esto también lo creo. Él es mi Salvador, no solamente mi ayudador, y en su obra consumada descanso. Hasta mi duro corazón de incredulidad ya no puede dejar de clamar: “Señor, creo; ayuda mi incredulidad”».

«13 de septiembre de 1858. Mi corazón está lleno de la sobreabundante preciosidad de Cristo. Y quedo perdida de asombro al comprender su infinita misericordia hacia mí, que soy tan del todo indigna del menor favor de sus manos. ¡Cómo pudo ser tan tierno y tan amoroso! Puedo escribir las palabras “Todo es por pura gracia”, pero solo transmiten débilmente el hondo sentido que tengo de la infinita gratuidad de esta gracia. “Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. ¿Podría haber algo más gratuito que esto? Durante tanto tiempo me he desconcertado tratando de labrar mi propia justicia, y he hallado en ello tal cansancio, que siento como si nunca pudiera apreciar con la hondura suficiente el bendito descanso que hay para mí en Cristo. “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. No es de extrañar que el Apóstol clamara desde un corazón rebosante: “¡Gracias a Dios por su don inefable!”».

Mi diario está lleno de anotaciones semejantes, pero estas bastarán para dar cuenta del maravilloso descubrimiento que yo había hecho. Quiero que se entienda con claridad que todo me vino como un descubrimiento, y en ningún sentido como un logro. En el pasado había estado buscando logros, pero ahora había perdido todo pensamiento de logro propio en el resplandor de mis descubrimientos acerca de la salvación por medio de Cristo.

Ya no era en lo más mínimo una cuestión de lo que yo era o de lo que yo podía hacer, sino enteramente una cuestión de lo que Dios era y de lo que Él había hecho. Parecía haberme dejado a mí misma, como yo misma, completamente fuera de ello, y no me importaba sino averiguar todo cuanto pudiera acerca de la obra de Cristo.

Lo que me asombraba era cómo había podido vivir tanto tiempo en un mundo que contenía la Biblia, y no haber hallado antes todo esto. ¿Por qué nadie me lo había dicho jamás? ¿Cómo podían las personas que lo habían descubierto haber guardado para sí una noticia tan maravillosa? Ciertamente, yo no podía guardarla para mí, y estaba decidida a que nadie a quien pudiera alcanzar quedara ni un día más en la ignorancia, en la medida en que estuviera de mi parte evitarlo.

Empecé a abordar a todo el mundo, arrastrándolos a los rincones y detrás de las puertas para hablarles de las cosas maravillosas y deleitosas que había descubierto en la Biblia acerca de la salvación por medio del Señor Jesucristo. Me parecía la noticia más magnífica que ningún ser humano hubiera tenido jamás que anunciar, y me gloriaba en anunciarla.

Sin embargo, tan poco sabía yo de las ideas cristianas y de la nomenclatura cristiana, que no tenía la menor noción de que lo que había descubierto supusiera diferencia alguna en mí personalmente, ni de que mi fe en todo esto me hiciera lo que llamaban una cristiana. Solo me parecía que había descubierto algo deleitoso acerca de Dios, que me había llenado de felicidad, y que quería que todos los demás conocieran. Pero que este descubrimiento constituyera lo que se llamaba «conversión», o que yo personalmente fuera en algo distinta de lo que había sido antes, jamás pasó por mi cabeza.

Un día, no obstante, un amigo «Hermano de Plymouth», al oírme contar mi historia, exclamó: «Gracias a Dios, señora Smith, que por fin se ha hecho usted cristiana». Tan poco lo entendí, que respondí en el acto: «Oh, no, yo no soy cristiana en absoluto. Solo he descubierto una maravillosa noticia que nunca antes había conocido».

«Pero —insistió él—, ese mismo descubrimiento la hace a usted cristiana, pues la Biblia dice que todo aquel que cree esta buena noticia ha pasado de muerte a vida, y es nacido de Dios. Usted acaba de decir que la cree y que se regocija en ella; así que, por supuesto, ha pasado de muerte a vida y es nacida de Dios».

Reflexioné un momento, y vi la lógica de lo que decía. No había manera de escapar de ella. Y con una especie de suspiro dije: «Pues entonces así debe de ser. Por supuesto que creo esta buena noticia, y por lo tanto por supuesto que debo de ser nacida de Dios. Bueno, me alegro».

Desde aquel momento el asunto quedó zanjado, y desde entonces ni una sola duda acerca de mi ser hija de Dios y poseedora de la vida eterna ha tenido jamás el menor poder sobre mí. Corrí a mi Biblia para asegurarme de que no había ningún error, y la encontré rebosante de esta enseñanza.

«El que cree, tiene». «El que cree, es». Parecía que no había nada más que decir al respecto. Tres pasajes me impresionaron de manera especial: 1 Juan 5:1: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios».

Juan 5:24: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida».

Juan 20:30-31: «Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro; pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre».

Parecía que no había nada más que decir. Allí estaban las cosas acerca de Cristo, escritas en la Biblia, claras como la luz del día, y yo creía lo que estaba escrito con todo mi corazón y toda mi alma; por lo tanto no podía dudar de que era una de aquellas que tenían «vida en su nombre». La cuestión quedó resuelta sin ningún otro argumento. Nada tenía que ver con cómo me sintiera, sino solamente con lo que Dios había dicho. La lógica me pareció irresistible; y no solo me convenció entonces, sino que me ha llevado triunfante a través de toda forma de duda acerca de mis relaciones con Dios que me haya asaltado desde entonces. Y puedo recomendarla como receta infalible a todo el que dude.

Por supuesto, en cuanto hube hecho este nuevo descubrimiento del hecho de que era cristiana, comencé a añadirlo a la historia que ya venía contando, terminando siempre mi relato con estas palabras: «Y ahora, si usted cree todo esto, es cristiano, porque la Biblia dice que el que cree es nacido de Dios, y tiene vida eterna».

Yo me había aferrado a aquello que es el fundamento necesario de toda religión —a saber, la reconciliación con Dios— y había tenido mi primera vislumbre de Él tal como se revela en el rostro de Jesucristo. Todo mi temor de Él se había desvanecido. Él me amaba, Él me perdonaba, Él estaba de mi parte, y todo estaba bien entre nosotros.

Había aprendido, además, que era de la vida y de las palabras de Cristo de donde había de venir mi conocimiento de Dios, y no, como siempre había pensado, de mis propios sentimientos internos; y mi alivio fue inexpresable.

Ahora, al mirar atrás, puedo ver que en muchos aspectos apenas había rozado la superficie de las realidades espirituales ocultas bajo las doctrinas que con tanto entusiasmo había abrazado. Todavía estaba solo en el comienzo de las cosas. Pero era un comienzo en la dirección correcta, y fue la introducción a la «vida más abundante» que, como mostrará mi relato, había de venir más adelante.

Entretanto, había tenido mi primera vislumbre del desinterés de Dios. De momento era solo una vislumbre, pero bastaba para hacerme radiantemente feliz.

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