Capítulo 17 · 4 min de lectura

Una búsqueda renovada

Este escepticismo se prolongó por más de dos años, y yo me había instalado en él, considerándolo como la condición normal de toda persona reflexiva y razonable. Pero el año 1858 estaba destinado a cambiarlo todo.

A comienzos de aquel año trabé conocimiento con unos cristianos muy ortodoxos que estaban llenos de las doctrinas y los dogmas del cristianismo. Como ya he mencionado antes, yo no sabía absolutamente nada de doctrinas; jamás habían entrado en mi concepción de la religión. Por eso me interesó enormemente oír hablar de ellas, y comencé a preguntarme si mi incredulidad no habría nacido de mi completa ignorancia de esas mismas doctrinas.

Bajo la fecha del 25 de abril de 1858 escribí en mi diario: Diario: «La Biblia habla de la necesidad de “nacer de nuevo”. ¿Qué significa esto? ¿Existe realmente algo semejante que pueda experimentarse en la práctica? ¿Y es necesaria para ello la fe en Jesús de Nazaret como el Salvador del mundo? ¡Oh, cuánto anhelo hallar reposo!… Pudiera ser que todos mis fracasos en hallar el camino recto y andar por él procedan de mi rechazo de Cristo en el sentido en que la mayoría de los cristianos parecen recibirlo; pero en verdad no puedo recibirlo así. Y además, si el camino de ellos es la verdad, tendré que esperar hasta que mi Guía divino me conduzca a él; y ciertamente no me está conduciendo allí ahora, sino, según me parece, cada vez más y más lejos… «Todo mi ser y mi entendimiento parecen retroceder ante la concepción ortodoxa y material del Evangelio. Me resulta imposible creer en los méritos expiatorios de la muerte de Cristo. Mi mente se rebela contra cualquier cosa tan material como la idea de que la muerte externa de su cuerpo (que, después de todo, por fuerza había de sobrevenir de algún modo como consecuencia de su humanidad) pudiera tener algún mérito expiatorio. Mucho más probable, si es que hacía falta expiación alguna, era que su vida fuese el sacrificio. Revestirse de la humanidad tuvo que ser en verdad, para la Divinidad, una condescendencia maravillosa y un amargo padecimiento; despojarse de ella, no importa de qué manera, no pudo serlo en absoluto.

«Pero puedo estar equivocado en mis opiniones. Solo el Señor puede enseñarme».

De nuevo, el 18 de mayo de 1858 escribí: Diario: «No puedo evitar la impresión de que he alcanzado una forma más elevada de la Verdad que la que tuvieron los apóstoles, y por eso no puedo orar: “Señor, creo; ayuda mi incredulidad”, ya que no tengo convicción alguna de hallarme en incredulidad. Sin embargo, no estoy tranquilo ni en mi creencia ni en mi incredulidad —cualquiera que sea— y con todo no veo salida alguna.

«Anoche, en nuestra clase de estudio bíblico, introduje el tema, esperando que mis amigos ortodoxos argumentaran con tal contundencia a su favor que me forzaran a convencerme de la fe en su forma ortodoxa. Pero sentí, al final, que ningún argumento podía servir de nada. Si mi creencia ha de ser cambiada, tendrá que serlo por un poder divino, y ello sería en verdad un “nacer de nuevo”. Pero me parece imposible».

De nuevo, el 25 de junio de 1858 escribí: Diario: «¡Otra vez fría y muerta, y llena de orgullo! Sin duda llegará al fin el día en que se dirá de mí, como antaño de Efraín: “Dada es a los ídolos; déjala”. Mi “ídolo”, temo, es ahora el orgullo de la razón humana, que no quiere someterse a hacerse como un niño antes de poder entrar en el Reino de los Cielos… «En el presente me hallo en gran angustia a causa de mi creencia religiosa. Anhelo abrazar el credo ortodoxo, pero no puedo; y mientras por un lado me parece impío no poder hacerlo, al mismo tiempo me parece también impío intentar hacerlo cuando parece habérseme concedido una luz más clara.

«Si la verdad es lo que profesan los unitarios, tengo miedo de conocerla. Temo las consecuencias. Rehúyo el desprecio y los reproches que me acarrearía. Y sin embargo, al mismo tiempo, quizá haya algo un poco halagüeño para el orgullo humano natural y el heroísmo en el pensamiento de ser llamada a tomar una postura independiente en favor de lo que considero una forma más elevada de verdad. Y con todo, no quiero ser independiente de aquellos a quienes amo. Me encuentro en un estado de triste perplejidad».

Esta perplejidad fue en aumento y se ahondó, y al fin comencé a sentir que era falta de honradez no hablar de ella a mis amigos. Estaba justamente decidiéndome a hacerlo cuando, cierto día, ocurrió un suceso que cambió toda la corriente de mi vida.

Y esto me trae a la segunda época en la historia de mi alma.

Página 1 / 3 · 4 min restantes en el capítulo
Ochorus

Ofreciendo a las personas libros cristianos clásicos — gratis para leer, en tu idioma.

Explorar

Nuestra misión

Libros cristianos clásicos gratis en línea, y libros impresos que repartimos en conferencias, iglesias, escuelas y prisiones por toda África Oriental.

Privacidad y Términos

Un ministerio desde 2021 · Victoria BC, Canadá · Kampala, Uganda