Capítulo 16 · 13 min de lectura

El eclipse de la fe

Esta morbosa introspección de mí misma se prolongó, con grados variables de intensidad, hasta el momento de mi matrimonio a los diecinueve años. Nunca dio ningún fruto, y por la naturaleza misma de las cosas, nunca pudo darlo. Era una religión centrada en mí misma que no guardaba relación alguna con ningún hecho divino. Y ahora comprendo que fue una misericordia que mi matrimonio, y la nueva vida y los intereses más amplios en los que fui introducida, desviaran más o menos mi atención hacia otras direcciones, e hicieran que mis emociones y sentimientos religiosos pasaran por un tiempo a un segundo plano, de modo que mi mente quedó libre, en una etapa posterior, para tomar una visión enteramente distinta de la vida religiosa.

Creo, sin embargo, que mis experiencias durante aquellos años han sido valiosas en un sentido, y es que me han enseñado a evitar el fomentar jamás en los jóvenes que he conocido cualquier clase de vida interior ensimismada. El ensimismamiento es siempre una tentación para los jóvenes, y si su religión es de tal índole que aumenta ese ensimismamiento, siento que es un grave error. Si de mí dependiera, todo el asunto de los sentimientos y las emociones en la vida religiosa quedaría absolutamente ignorado.

Sentimientos habrá, sin duda, pero no se debe depender de ellos en lo más mínimo, ni tomarlos en ningún sentido como prueba o medida de la religión de uno. Deberían dejarse por completo fuera del cálculo. Puedes sentirte bien o puedes sentirte mal, pero ni el buen sentimiento ni el mal sentimiento afectan a la realidad misma. Puede afectar tu comodidad en ella, pero nada tiene que ver con la realidad de la cosa. Si Dios te ama, en cuanto al hecho en sí, no importa si sientes que Él te ama o no lo sientes; aunque, como digo, ello afecta materialmente a tu consuelo. Por supuesto, si de veras crees que Él te ama, no puedes menos que alegrarte por ello; pero si haces que tu fe dependa de tus sentimientos de alegría, estás invirtiendo el orden de Dios de la manera más desesperada.

Me gusta mucho aquella historia de Lutero, cuando el diablo le dijo: «Lutero, ¿sientes que eres hijo de Dios?», y Lutero respondió: «No, no lo siento en absoluto, pero lo sé. Quítate de delante de mí, Satanás».

Durante todos aquellos años en que luchaba con mis sentimientos, nunca logré hacerlos como yo pensaba que debían ser; y, en consecuencia, la parte religiosa de mi vida era para mí una miseria. Pero después de haber aprendido que los hechos de la religión eran mucho más importantes que mis sentimientos acerca de esos hechos, y de haber dejado por tanto de mirar mis sentimientos, buscando solamente descubrir los hechos, llegué a ser siempre feliz en mi vida religiosa, y tuve, sin esfuerzo alguno, los mismos sentimientos de amor a Dios, y de reposo, paz y gozo en mi alma que antes había tratado tan vanamente de suscitar. No hay palabras que puedan expresar cuán vital considero este punto, ni cuánto, desde que lo descubrí por mí misma, he anhelado que todos los demás lo vieran.

Muchos años después de que todo esto se me hubiera aclarado, una de mis hijas vino a mí evidentemente muy perpleja y me dijo: «Mamá, ¿cuánto tarda Dios en perdonarte cuando has sido mala?».

«No tarda ni un minuto», respondí.

«Ah», dijo ella, «eso no puedo creerlo. Yo creo que primero tienes que sentirte apenada durante muchos días, y luego tienes que pedírselo de una manera muy bonita y agradable, y entonces quizá Él pueda perdonarte».

«Pero», dije yo, «hija, la Biblia dice que si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos en seguida».

«Pues», dijo ella, «no lo creería aunque lo dijeran cincuenta Biblias, porque yo sé que tienes que sentirte apenada por un buen rato, y luego tienes que pedírselo a Dios de una manera muy bonita, y luego tienes que esperar hasta que Él esté dispuesto a perdonarte».

Vi que el caso era realmente serio, así que, tomando a la niña en mi regazo, abrí la Biblia y le hice leer en voz alta el versículo que yo había citado, y luego le expliqué que Dios nos amaba tanto que había enviado a su Hijo a morir por nosotros, y que, a causa de su amor, siempre estaba dispuesto a perdonarnos en el instante en que se lo pidiéramos, así como las madres siempre están dispuestas a perdonar a sus hijos tan pronto como los hijos quieren ser perdonados.

Por fin la niña quedó convencida, y, juntando sus manecitas, dijo con una vocecita reverente: «Amado Señor Jesús, quiero que me perdones en este mismísimo instante todas mis travesuras, y estoy completamente segura de que lo harás, porque me amas». Y entonces saltó de mi regazo y se fue corriendo, gritando alegremente con júbilo infantil.

Mi pequeña era feliz porque había descubierto un hecho dichoso y lo había creído. Pero en su primera manera de ver el asunto no hacía sino expresar la idea natural del corazón humano. Todos sentimos, como ella sentía, que debemos acercarnos a Dios con gran duda y timidez, como a un Ser del que sabemos poco y al que tememos mucho; y que su favor depende por entero de la belleza y conveniencia de nuestras emociones, y del orden ceremonioso de nuestro acercamiento.

Llegar «confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar oportuno socorro» solo es posible para el alma que ha sido llevada a un verdadero conocimiento de la bondad de Dios.

Durante todos aquellos años, sin embargo, de los que hablo, desde los dieciséis hasta los veintiséis, no sabía nada de esto. Dios era para mí un Ser lejano e inaccesible, al que, a pesar de toda mi ávida y penosa búsqueda, no lograba en absoluto encontrar. No tenía la menor idea de lo que significaba la expresión «Dios es amor». Mi idea de Él era que se trataba de un capataz severo y egoísta que, quizá, si uno lograba tan solo los sentimientos y la conducta que le agradaran, podría ser inducido a prestar alguna leve atención a las necesidades de sus hijos, pero que en su mayor parte estaba tan absorto en pensamientos de su propia gloria, y de la consideración y reverencia que se le debían, que era casi imposible, salvo por un grado sobrehumano de perfección, ganarse su aprecio.

Me parecía un Autócrata supremamente egoísta que tenía mi destino en sus manos, pero que solo se preocupaba de mí en la medida de mi capacidad de añadir a su honra y a su gloria.

De todo su amoroso y hermoso altruismo, que más tarde habría de descubrir, no tuve durante todos aquellos años ni el más leve vislumbre. Más aún, la única manera que yo conocía por la cual uno podía saber que esa inaccesible Deidad se dignaba prestar siquiera un ligero oído a los clamores de sus hijos era tener alguna clase de sentimiento interior de ello. En consecuencia, siempre que era religiosa en algo, toda la energía de mi espíritu se gastaba, como he dicho, en el esfuerzo por adquirir de algún modo oculto este necesario sentimiento interior.

La clase de introspección que había absorbido de mi enseñanza cuáquera tendía a conducir a un constante examen de mí misma del género más difícil, porque era un examen no tanto de las acciones de uno cuanto de sus emociones. Y, considerando qué cosas tan delicadas son nuestras emociones, y cuánto dependen del estado de nuestra salud, o del estado del tiempo, o de la influencia de otras mentes, no hay en mi opinión ocupación más funesta a la que uno pueda entregarse que esta clase de examen de sí mismo. No podría hallarse medida más incierta del estado espiritual de uno que la que ofrecen las propias emociones interiores.

Pero la religión de mis años entre los dieciséis y los veintiséis no fue sino una religión de tratar de sentir; y, como yo era un ser muy natural y sano, no era probable que mis sentimientos fueran muy sentimentales ni piadosos. Los agonizantes y fútiles esfuerzos que he descrito por elevarlos al debido tono religioso son algo lastimoso de considerar.

Mi alma tenía hambre de Dios, pero no podía encontrarlo. Hasta el consuelo de la oración me era negado, pues había absorbido, como he dicho, la idea de que uno no podía orar de manera aceptable a menos que sintiera una interior sensación del favor divino, y que cualquier oración ofrecida sin esa sensación era en realidad una burla, y aun quizá un pecado. Y, puesto que esta interior sensación del favor de Dios era precisamente lo que yo procuraba obtener, y sin embargo no podía pedir en oración hasta poseerla primero, me sentía arrojada, desvalida y desamparada, a unas lóbregas tinieblas.

Lo que la Biblia decía acerca del amor de Dios era enteramente una consideración secundaria frente a lo que yo pudiera sentir al respecto; en efecto, hasta donde puedo recordar, no tenía en cuenta la Biblia en absoluto. «¿Cómo me siento yo?»

y no «¿Qué dice Dios?» era mi clamor de cada día. Yo era como un reo en presencia de un juez que, en vez de preocuparse por lo que el juez sentía acerca de él, gastara todos sus esfuerzos en tratar de ver lo que él sentía acerca del juez.

Difícilmente puede concebirse una actitud del alma más ridícula, y también más lastimosa. Y, sin embargo, nadie a quien yo abordara sobre el tema parecía saber nada mejor; y yo seguía debatiéndome de una manera desesperada, temerosa de renunciar a mis luchas espirituales no fuera que quedara eternamente condenada, y a la vez comprendiendo que no me traían ningún auxilio; y continuamente tentada a reprochar a Dios el ser sordo a mis clamores.

Era como un hombre arrodillado en una habitación oscura, orando desesperadamente por luz, ignorante del hecho de que afuera brillaba el sol, y que solo hacía falta abrir las ventanas para que la luz entrara a raudales. Por la naturaleza misma de las cosas, la luz, tanto en el mundo físico como en el espiritual, no puede engendrarse a sí misma. Yo había emprendido la tarea de una manera enteramente equivocada. Trataba de sentir antes de conocer, y, en vez de fundar mis sentimientos en mi conocimiento, buscaba fundar mi conocimiento en mis sentimientos.

Era exactamente como si un hombre, queriendo viajar a cierto lugar, entrara en la primera estación de ferrocarril que encontrara, y, sin hacer averiguación alguna, tomara asiento en el primer vagón que tuviera a mano, y luego cerrara los ojos y tratara de sentir si estaba en el tren correcto o no. Ningún hombre en su sano juicio haría semejante idiotez. Y, sin embargo, esto era exactamente lo que yo hacía en mi vida religiosa. Nunca se me pasó por la cabeza tratar de averiguar los hechos de la religión. Ni siquiera sabía que hubiera hechos que averiguar. Mis relaciones con Dios me parecían enteramente cuestión de mis propios sentimientos hacia Él, y en absoluto de sus sentimientos hacia mí; y toda energía religiosa que yo poseyera se dirigía por consiguiente a suscitar estos necesarios sentimientos.

Por supuesto, era una tarea imposible, y, a medida que pasaba el tiempo, y ningún sentimiento correcto llegaba a pesar de todo mi afán, me fui desanimando cada vez más. Al fin, cuando tenía entre veintitrés y veinticuatro años, me hallé arrastrada hacia la incredulidad absoluta. Razonaba que, si de veras hubiera un Dios en alguna parte, seguramente se me habría concedido alguna respuesta a toda mi larga y ferviente lucha; y que, puesto que Él no daba ninguna señal, por tanto no podía existir.

Además, a medida que crecía, había comenzado a aprender algo más de la terrible condición de las cosas en el mundo a causa del pecado; y las manifiestas evidencias que me parecía ver de una creación imperfecta en mi propia vida y en la vida de otros, donde el fracaso era por lo general la regla y el éxito solo la excepción, se me antojaban incompatibles con la idea de un Creador sabio y sensato, por no decir bueno, tal como me habían dicho que debía creer. Y poco a poco la creación llegó a parecerme un fracaso tan lamentable que me sentí llevada a la conclusión de que, o bien había sido un Dios malvado quien nos había creado, o bien no habíamos sido creados por Dios en absoluto, sino por algún poder maligno y malicioso opuesto a Él.

En mi diario, con fecha del día 5 del mes undécimo de 1855, encabezo mi anotación con las siguientes palabras ominosas: «El eclipse de la fe». *«Este último año ha presenciado un gran cambio en mí. Cada facultad de mi naturaleza ha sido plenamente despertada. He sentido mi mente expandirse y he tenido conciencia de un crecimiento mental real y rápido. Paso de una fase de experiencia a otra, dejo atrás un punto de apoyo tras otro, y ahora estoy... ¡dónde! Oh Cristo, ¡ojalá supiera de veras dónde!

Una inevitable cadena de razonamientos sobre el libre albedrío ha soltado todo asidero, y no sé dónde reposar, si es que hay algún reposo. Sin ninguna aprensión de mi parte respecto del resultado, pensamientos y razonamientos han ido lentamente reuniéndose en torno a mi fe, y estrellándose contra ella, hasta que al fin, con una repentina sacudida, ha caído; ¡y estoy perdida!

Ha venido a mí de esta manera. La benevolencia es ciertamente un atributo necesario del Todopoderoso. Su amor, se nos dice, supera al amor de un padre terrenal mucho más de lo que podemos imaginar. Pero es del todo incongruente con esto suponer que Él pueda tener algún conocimiento anticipado del destino de los seres humanos que crea. Porque, por supuesto, si lo supiera, su benevolencia no le permitiría crear sino seres destinados a la felicidad eterna. Por tanto, no puede ser omnisciente.

Además, si fuera omnipotente, como se nos dice, habría hecho en la naturaleza del hombre tales modificaciones que al menos hicieran la obra de la salvación menos difícil y de ocurrencia mucho más frecuente. Por tanto, no puede ser a la vez todo amor y también todopoderoso. Sin cualquiera de estos, deja de ser Dios. O bien ha puesto en movimiento una fuerza creadora que no puede ni controlar ni terminar, y ha realizado su obra en primer lugar de manera tan imperfecta y ciega que los resultados son gravemente desastrosos; o bien no tiene nada que ver con la creación, y somos creados por otro Poder, un Poder maligno.

Se me impone una conclusión más. La justicia es otro atributo necesario de un Dios bueno. Pero sería lo más injusto que ahora estuviéramos sintiendo los efectos de la caída de Adán, suponiendo que tal cosa alguna vez existiera. Nos vemos por tanto apartados de la posibilidad de que un Creador justo haga que seres independientes sufran eternamente por los pecados unos de otros. Y, por otro lado, la benevolencia no podría permitir la creación de naturalezas innatamente malvadas, mientras que la justicia no podría participar en castigarlas.

¡No hay escape! Mil preguntas irrumpen por todos lados. ¡Soy una escéptica!»*

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