Capítulo 13 · 6 min de lectura

Escrúpulos cuáqueros

Los «escrúpulos» personales nacidos de los testimonios cuáqueros parecían no tener fin, pues cada persona los interpretaba según su propio sentido del deber. Aquellos de conciencia particularmente sensible a menudo multiplicaban las restricciones hasta que la vida misma se volvía un tormento. Una amiga, agobiada por una conciencia semejante, me confesó ya avanzada su vida que sus mañanas de joven habían sido casi insoportables. Apenas podía vestirse sin verse asaltada por dudas acerca de cada prenda de ropa. A veces, el único modo de acallar la voz interior que le exigía nuevos sacrificios era taponarse los oídos con algodón y recitar poesía lo más deprisa posible, ahogando así aquellas incesantes reprensiones.

Un viejo diario que mi bisabuela llevó entre 1760 y 1762 ofrece una vívida mirada a los escrúpulos de su época. Escribía con solemne convicción que la risa era locura, la alegría una vanidad, y que anhelaba quedar tan afianzada como para no volver a sonreír jamás. En otro lugar lamentaba las modas que se colaban entre los Amigos: los jóvenes que se ataban el cabello con cintas, las muchachas que adornaban su cuello con bandas negras. Para ella eran espectáculos lastimosos, prueba de que los ancianos habían faltado a su deber. Deploraba la complacencia en el tabaco, el té y el percal, declarándolos a todos igualmente corruptores, «tan malos como los negros», escribía, agrupando los hábitos mundanos en una sola abominación. Sus palabras revelan cómo cada generación hallaba nuevos motivos de conciencia, aunque siempre con el mismo espíritu de abnegación.

Más cercana a mi propio tiempo, otra abuela se negaba a llevar dentadura postiza. Aunque desdentada y con dificultades para comer, sentía un «alto» en su espíritu, creyéndola una moda vanidosa. Fue guardada en un cajón junto a su mejor chal de seda, para no ser usada jamás. Nosotros, los niños, admirábamos su santidad, aun mientras la veíamos luchar con la comida. Una amiga nuestra, predicadora, después de colocar una alfombra nueva, temió haber cedido al orgullo. Para humillarse, mandó volcar sobre ella carretillas de piedras ásperas, despojándola de su lozanía. Nosotros, los niños, escuchábamos el relato con asombro, y desde entonces su predicación nos parecía como la voz de un ángel.

Años después, me enfrenté a mi propia prueba a causa de una alfombra nueva de Bruselas, estampada con delicadas flores. Mi esposo dispuso que unos rudos obreros se reunieran en aquella misma sala cada domingo para la clase bíblica. Me molestaban sus pesadas botas sobre mi preciada alfombra, aunque sabía que no debía sentirme así.

Mientras oraba acerca del asunto, me vino un versículo: «Sufristeis con gozo el ser despojados de vuestros bienes.» Lo empuñé como un arma del Espíritu, y desde aquel momento acogí a aquellos hombres sobre mi alfombra. Por extraño que parezca, nunca pareció desgastarse, y duró hasta que yo misma me cansé de verla. No puedo dejar de pensar que mi camino fue mejor que las piedras ásperas de mi querida y anciana Amiga.

Después de haber descubierto el camino de la fe, una amiga que largo tiempo había padecido bajo los «escrúpulos» cuáqueros me pintó un cuadro admirable de los distintos modos de vivir la vida cristiana. Me dijo: «He observado tres maneras de llegar al otro lado de una montaña espiritual. Algunos la atraviesan cavando un túnel con el sudor de su frente; ese es el modo cuáquero, y durante mucho tiempo fue el mío. Otros rodean su base, serpenteando de aquí para allá, pero como mantienen el rostro vuelto hacia la meta, poco a poco se van acercando. Ese fue mi camino cuando me cansé de cavar túneles. Pero ahora me dices que hay un tercer camino: el camino de la fe. Dices que algunos cristianos han aprendido a batir las alas de la fe y volar por encima de la montaña. Debo reconocer que quienes toman tu camino parecen alcanzar el otro lado mucho más pronto y con más facilidad que los cavadores de túneles o los que serpentean. He decidido dejar de cavar túneles y de serpentear, y batir también mis alas.»

Sin embargo, los queridos santos de mi niñez y de mi juventud no sabían volar. En su mayor parte pasaron la vida en constante y fatigoso cavar de túneles. Su fidelidad y su abnegación, aunque a veces mal dirigidas, me parecían entonces —y todavía me lo parecen— dignas de toda honra. La impresión abrumadora que quedó grabada en mi joven corazón fue sencillamente esta: como fuera, tenía que ser buena. Cualquier otra cosa que faltara en la enseñanza cuáquera, no faltaba el énfasis en la bondad. La necesidad de ser cabal, honesta y genuinamente buena estaba en el aire mismo que respirábamos.

A veces me irritaba bajo esa atmósfera. Mi naturaleza aventurera anhelaba una ocasión de portarse mal, de desafiar lo esperado, pero los límites de mi vida solo permitían las travesuras más inocentes. Al mirar atrás, no puedo menos que admirar el notable escudo de bondad que me rodeaba, protegiéndome de tentaciones que de otro modo habrían podido seducir mi espíritu libre.

Porque si alguna vez un alma nació libre, esa fue la mía. El clamor de mi corazón siempre ha sido por la libertad.

Las reglas y convenciones que esclavizan o encadenan han sido la aversión de toda mi vida. Si mis padres hubieran impuesto muchas reglas, me habría rebelado. Pero la atmósfera penetrante de bondad en que vivían me constreñía con un poder tan inconsciente que apenas advertía que estaba siendo guiada. Me sentía dichosamente como si casi siempre hiciera mi propia voluntad.

Nadie que no lo haya vivido podría imaginar el estrecho ámbito de vida que conocí hasta los dieciocho años. Nunca conocí a nadie de lo que se llamaba «el mundo alegre». Mis compañeros eran únicamente los sobrios Amigos de nuestro círculo y sus hijos, cuidadosamente resguardados. Las novelas estaban prohibidas, y no tuve ocasión de aprender lo que significaba la vida fuera de nuestro redil cuáquero. En cuanto a los pecados del mundo, no tenía la más leve noción. Incluso en la escuela, si algo se insinuaba, yo era demasiado inocente para entenderlo. Me atrevo a decir que hoy sería imposible que una joven de dieciocho años viviera en un mundo tan irreal de ignorancia, o que entrara en las responsabilidades de la vida tan completamente desprevenida.

Mi vida interior hasta los dieciséis años fue sencilla. Creía lo poco que me decían y no me inquietaba en absoluto por los misterios del universo. Mis únicos pensamientos religiosos eran temores ocasionales al fuego del infierno, que se avivaban durante las epidemias o los tiempos de peligro. Cómo llegué a ese temor no lo recuerdo, pues los cuáqueros rara vez hablaban del cielo o del infierno. Su preocupación era la vida de Dios en el alma ahora, confiando el futuro al cuidado divino. No obstante, a veces me sobrecogía un pavor repentino, tomaba grandes resoluciones de «ser buena» y trataba durante unas horas de corregir mis faltas, solo para recaer en mis antiguos hábitos. Aun así, la atmósfera de bondad que me rodeaba hacía difícil siquiera pensar en obrar mal, y mucho menos llevarlo a cabo. En conjunto, era tan buena como podía serlo una criatura vivaz y sana. Pero hasta los dieciséis años no fui más que un buen animalito. Mi naturaleza espiritual estaba sin despertar; nunca había tenido conciencia de mi alma.

Un cambio estaba cerca, aunque yo no lo sabía. Mi alma comenzaba a agitarse de su letargo, luchando como una mariposa en su capullo por liberarse de las ataduras que la sujetaban. Mi larga búsqueda de Dios estaba a punto de comenzar.

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