Capítulo 12 · 9 min de lectura
Testimonios de los Amigos contra la ficción, la música y el arte
Otro punto planteado en esta misma Tercera Consulta nos causó no poca inquietud: la cuestión de si los Amigos cuidaban de criar a sus hijos en la «lectura frecuente de las Sagradas Escrituras, y de apartarlos de la lectura de libros perniciosos». Toda clase de ficción era considerada «perniciosa» por los Amigos de aquellos tiempos. En este punto, nuestra madre era muy estricta, y ni siquiera se nos permitía leer los más inocentes y cuidadosamente escogidos relatos de la escuela dominical. En cuanto a las novelas, la palabra misma se tenía por perversa, y hasta el día de hoy nunca la uso sin una fugaz e instintiva sensación de estar quebrantando la ley, como si estuviera haciendo deliberadamente algo malo.
A medida que crecíamos, la línea se trazaba, como es natural, con menos rigidez, y cuando tuvimos edad suficiente para tomar un poco más en nuestras propias manos la dirección de nuestra vida, a veces arrebatábamos un gozo temeroso de algún libro de cuentos prestado por una de nuestras compañeras de escuela. Uno de mis recuerdos más vívidos es de una ocasión semejante, tanto más vívido cuanto que fue la primera vez que me atreví a participar abierta y osadamente del fruto prohibido.
Era una tarde de Primer Día, cuando no parecía suceder gran cosa. Había pedido prestado un libro a una de mis compañeras de escuela, que me había dicho que era «precioso», y tomé el libro —con un plato de manzanas y pan de jengibre— y me tendí sobre la cama para leer y comer a mis anchas.
La historia que leí aquel día, en circunstancias tan deliciosas, me pareció darme la aproximación más cercana a la dicha perfecta que jamás había experimentado, y permanece en mi memoria como uno de los días más felices de mi vida. El libro era La hija del conde, de Grace Aguilar. Para mi joven mente de cuáquera americana, un conde era algo así como un arcángel más que un hombre común, y ser la hija de un conde era casi como ser hija del cielo. Y hasta el día de hoy —a pesar de todo el desengaño que la vida me ha traído respecto de los condes y sus hijas— aquella antigua sensación de grandeza que llenó mi alma de asombro en aquella lejana tarde de Primer Día vuelve siempre por un instante cada vez que se mencionan condes o condesas en mi presencia.
Pero aunque disfrutaba intensamente de esta y de otras historias, era siempre con la conciencia inquieta, y me costó cincuenta años librarme del sentimiento de que leer cualquier cosa de ficción era pecado.
Mi diario está lleno de las luchas que soporté a causa de esto, y cuando ahora las releo, no puedo menos que sentir una profunda lástima por aquella joven alma hambrienta e ignorante, tan atormentada por la constante tendencia a convertir una recreación perfectamente inocente en una ofensa moral.
Lo que finalmente me trajo liberación fue el súbito reconocimiento de que nuestro Señor mismo empleaba continuamente parábolas —que no son sino historias— para ilustrar y afianzar su enseñanza. La ficción, por tanto, no era en sí misma, como yo siempre había supuesto, sinónimo de pecado. Su cualidad moral dependía enteramente de la clase de ficción que fuese, y a menudo la ficción podía resultar una ayuda inestimable para la virtud.
Pero he conocido a muchos Amigos que se vieron atormentados por escrúpulos sobre este asunto hasta bien entrada la vejez.
La música era otra cosa contra la cual los Amigos de mis días tenían un testimonio muy firme. En una Disciplina de Filadelfia de 1873 encontré el siguiente pasaje al respecto, que expresa con claridad el parecer cuáquero: «Advertimos de nuevo a todos nuestros miembros que se guarden de entregarse a la música, o de tener instrumentos de música en sus casas, creyendo que tal práctica tiende a fomentar una mente liviana y vana, y a incapacitar para la seria reflexión que corresponde a un ser responsable que se apresura hacia su cuenta final… El espíritu y el lenguaje de la Disciplina prohíben a los Amigos el uso de la música, sin excepción alguna en favor de la que se llama sagrada… Aquellos miembros que se entregan al uso de la música, o que tienen instrumentos musicales en sus casas, se hacen acreedores a la aplicación de esta segunda cláusula de la Disciplina… Y si no se corrigen mediante nuevos esfuerzos, de modo que condenen su mala conducta a satisfacción de la reunión, esta deberá proceder a testificar nuestra desunión con ellos».
Tan estrictamente se observaba la Disciplina en este aspecto que no recuerdo, en mis años jóvenes, a una sola persona de nuestro círculo selecto que poseyera algún tipo de instrumento musical, sobre todo un piano, que se tenía por lo más frívolo de lo frívolo. Siempre que me hallaba en una habitación donde había un piano, sentía como si estuviera pisando los mismísimos umbrales del infierno.
Durante muchos años después de hacerme mujer, jamás oí música en parte alguna sin una secreta sensación, medio deliciosa, de estar saboreando el fruto prohibido. Hasta cantar o silbar se miraba con desaprobación. Recuerdo una vez, cuando un grupo de jóvenes Amigos pasábamos juntos unas vacaciones de verano en Newport, que un querido y anciano Amigo nos llamó a su habitación y nos dijo solemnemente que se había afligido mucho al oír a algunos de nosotros silbar en el jardín el día anterior, y esperaba que nunca más volviéramos a transgredir así los testimonios de los Amigos.
Que la Disciplina en este asunto no era letra muerta lo prueba el hecho de que, cuando fui mayor, y este testimonio comenzaba a perder su fuerza sobre los miembros menos «celosos», conocí varios casos en que Amigos —por lo demás ejemplares— fueron efectivamente repudiados simplemente por tener un piano en sus hogares.
Y tan tarde como en 1865, cuando regalamos a nuestro hijo Frank un pequeño órgano de gabinete (no nos atrevimos a darle un piano, pareciéndonos que los órganos eran de algún modo más «sencillos»), nos vimos obligados a esconderlo en una de las habitaciones superiores de la casa a fin de no herir los sentimientos de nuestros parientes cuáqueros.
Nunca olvidaré mi asombro cuando comprendí por primera vez que los instrumentos musicales no solo estaban permitidos en la Biblia, sino que se nos mandaba efectivamente usarlos. Un día, leyendo los Salmos, apenas podía dar crédito a mis ojos cuando llegué al Salmo 150: «Alabad a Jehová. Alabadle a son de bocina; alabadle con salterio y arpa. Alabadle con pandero y danza; alabadle con cuerdas y órganos». Nunca oí a ningún Amigo explicar cómo justificaban pasar esto por alto.
La «sencillez», en mis días, excluía además las imágenes en todas partes, salvo en los libros. Ningún cuáquero respetable colgaría cuadros en las paredes, ni se creían libres para mandarse retratar. Hasta los daguerrotipos, cuando aparecieron por primera vez, eran considerados «frívolos» por todos los Amigos verdaderamente «sólidos». Creo que la idea era que hacerse retratar podía fomentar la vanidad. Y por alguna oscura razón, se sentía que los cuadros o las estatuas eran espiritualmente peligrosos, tentaciones a la idolatría. Crecí creyendo firmemente que era perverso visitar una galería de arte o contemplar una estatua.
Recuerdo con claridad que, hacia los diecisiete años, me solté de todas las tradiciones de mi crianza y entré —con el corazón latiéndome como en alguna aventura peligrosamente perversa— en la Academia de Bellas Artes de Filadelfia. Allí se erguía un grupo de mármol de Hero y Leandro, y Leandro no estaba muy vestido. Todavía me veo de pie ante él, con el corazón en la garganta, diciéndome por dentro: «Supongo que iré derecho al infierno por esto, pero no puedo evitarlo. Si he de ir, iré —, pero contemplaré esta estatua». No hay palabras que expresen cuán osada pecadora me sentía. Y recuerdo distintamente mi asombro al encontrarme después de pie, a salvo, en Broad Street, del todo ilesa, sin haber experimentado el veloz juicio de un Creador ofendido.
Todavía puedo ver aquel grupo de mármol con toda viveza, mucho más vívidamente que cualquier escultura que haya visto desde entonces.
Aunque dudo que ahora se considerara gran arte, ha vivido en mi memoria como la cumbre de todo arte, pues marcó mi emancipación hacia un mundo enteramente desconocido. Nada terrible me sucedió, y poco a poco fui cobrando ánimo para más, hasta que aprendí que el don del arte es tan verdaderamente una dádiva divina como el don de las matemáticas, y que, por tanto, no puede ser malo cultivarlo. Y poco a poco los Amigos también lo aprendieron; los antiguos escrúpulos contra el arte y la música han desaparecido casi por completo.
Otro testimonio incluido bajo la «sencillez en el vestir» en mi juventud era el que se dirigía contra las barbas.
Cuando las costumbres de los Amigos cristalizaron por primera vez, los rostros afeitados eran la moda universal. En consecuencia, conforme al principio de no seguir las cambiantes modas del mundo, cuando las barbas se pusieron de moda, los cuáqueros se aferraron al rostro rasurado. A medida que la moda de la barba se hacía más insistente, la resistencia cuáquera se afirmaba con mayor firmeza, hasta que —gradualmente, y sin ninguna razón verdadera que yo jamás haya oído— se convirtió en un «testimonio religioso». Para cuando yo nací, era uno de los más estrictos.
Recuerdo vívidamente la primera vez que vi a un «predicador» que llevaba barba. Era un Amigo de visita procedente de Inglaterra, donde eran menos estrictos. Sin embargo, a pesar de mi gran reverencia por los Amigos ingleses, su barba me parecía tan claramente la marca del Maligno que me sentía casi pecaminosa por escuchar su predicación. En varias reuniones «estrictas» se le negó la entrada a la galería a causa de su barba, y recuerdo bien la grave preocupación que expresaron los Ancianos de Filadelfia ante esta triste evidencia de «las graduales intrusiones de un espíritu mundano en la Reunión Anual de Londres».
Este testimonio contra las barbas, según creo, lo comparten —aunque probablemente por razones distintas— los sacerdotes católicos romanos y los clérigos de la Alta Iglesia de la Iglesia de Inglaterra. Pero los Amigos lo han abandonado hace mucho, junto con muchos otros estrictos testimonios de mi infancia. Todavía practican la moderación en el vestir y en el hablar, y en el amueblado de sus hogares y en el ordenamiento de su vida; pero en su mayoría han renunciado a toda idea de que un corte especial de ropa o la supresión de los dones naturales en la literatura, el arte o la música sea necesario para el favor divino.
Con todo, no puede uno menos que admirar la firme adhesión a lo que sinceramente creían un deber religioso, aunque ahora nos parezca equivocado, que caracterizaba a aquellos queridos y ancianos santos.