Capítulo 8 · 15 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
En el secreto de su presencia
En cierto sentido, Dios siempre está cerca de nosotros. No es un Ausente, que haya de ser bajado de los cielos o subido del abismo. Está a la mano. Su Ser impregna todo ser. Cada mundo, que flota como un islote en el océano del espacio, está lleno de señales de su presencia, así como la casa de tu amigo está sembrada de las muchas pruebas de que allí reside, por las cuales sabes que vive allí, aunque no hayas visto su rostro. Cada azafrán que asoma por el oscuro mantillo; cada luciérnaga del bosque; cada ave que se alza de su nido ante tus pies; todo cuanto existe ‑‑ todo está tan lleno de la presencia de Dios como la zarza que ardía con su fuego, ante la cual Moisés descalzó sus pies en reconocimiento de que Dios estaba allí.
Pero no siempre lo advertimos. A menudo pasamos horas, y días, y semanas. A veces nos entregamos a tiempos de oración, vamos y venimos de su casa, donde descansa la escala de la comunicación; y con todo él sigue siendo una sombra, un nombre, una tradición, un sueño de días pasados.
«¡Oh, quién me diera el saber dónde hallar a Dios! Yo vendría hasta su trono. He aquí, iré adelante, y él no estará allí; y atrás, mas no lo percibiré; si a la mano izquierda, donde él obra, no lo veré; se esconderá a la mano derecha, y no lo veré.»
¡Cuán distinta es esta incapacidad de advertir la presencia de Dios de la bendita experiencia de su cercanía que algunos han conocido!
El hermano Lorenzo, el sencillo cocinero, nos cuenta que durante más de sesenta años nunca perdió el sentido de la presencia de Dios, sino que era tan consciente de ella mientras cumplía los deberes de su humilde oficio como cuando participaba de la Santa Cena.
Juan Howe, en la página en blanco de su Biblia, dejó esta anotación en latín: «Esta misma mañana desperté de un sueño de lo más arrebatador y deleitoso, cuando un maravilloso y copioso raudal de rayos celestiales, del excelso trono de la Divina Majestad, pareció lanzarse dentro de mi pecho abierto y dilatado. Muchas veces he reflexionado después sobre aquella señaladísima prenda de especial favor divino, y una y otra vez, con renovado placer, he gustado de sus delicias.»
¿No son estas experiencias, tan benditas e inspiradoras, semejantes a la del autor del más largo y, en ciertos aspectos, el más sublime Salmo del Salterio? Había estado batiendo el áureo mineral del pensamiento a través de párrafos sucesivos de maravilloso poder y hermosura, cuando de pronto parece haber cobrado conciencia de que Aquel de quien había estado hablando se había acercado, y se inclinaba sobre él. El sentido de la presencia de Dios se le impuso en su conciencia íntima. Y, alzando un rostro en que se juntaban y mezclaban la reverencia y el éxtasis, exclamó: «Cercano estás tú, oh Jehová» (Salmo cxix. 151.)
Si tan solo esa experiencia de la cercanía de Dios fuera siempre nuestra, envolviéndonos como el aire o la luz; si tan solo pudiéramos sentir, como lo expresó el gran Apóstol en el Areópago, que Dios no está lejos, sino que es el elemento en el cual tenemos nuestro ser, como las flores marinas en las hondas y quietas lagunas: ‑‑ entonces comprenderíamos lo que David quería decir al hablar de morar en la casa del Señor todos los días de su vida, contemplando su hermosura, inquiriendo en su templo, y escondido en el secreto de su pabellón (Sal. xxvii.). Entonces, también, adquiriríamos el bendito secreto de la paz, la pureza y el poder.
En el secreto de su presencia hay paz. «En el mundo tendréis aflicción ‑‑ dijo nuestro Maestro ‑‑, mas en mí tendréis paz». Se dice que cierto insecto tiene el poder de rodearse de una película de aire, envuelto en la cual se sumerge en medio de charcas cenagosas y estancadas, y permanece ileso. Y el creyente también es consciente de que está encerrado en la película invisible de la Presencia Divina, como una carta que ha viajado lejos en el sobre que la protege del daño y la mancha.
«Acércanse a mí los que siguen la maldad», mas tú estás más cerca que el más cercano, y yo moro en el círculo más íntimo de tu presencia. Los montes en derredor de mí están llenos de los caballos y carros de tu protección. Ninguna arma forjada contra mí prosperará, porque solo puede alcanzarme a través de ti, y, al tocarte, resbalará a un lado sin causar daño. Estar en Dios es estar en una casa bien resguardada cuando la tormenta se ha soltado de su cadena; o en un santuario cuyas puertas cierran el paso al perseguidor.
En el secreto de su presencia hay pureza. La sola visión de los Alpes coronados de nieve, contemplados de lejos al otro lado del lago de Ginebra, de tal modo eleva y transfigura al alma absorta y anhelante que avergüenza a todas las cosas malas que quisieran imponerse a la vida interior. Se sabe que la presencia de un niño pequeño, con su pureza sin dolo, ha desarmado la pasión, como un rayo de luz que, al caer en una cueva habitada por reptiles, dispersa las viscosas serpientes. Pero ¿qué no hará tu presencia por mí, si adquiero un sentido perpetuo de ella, y vivo en su lugar secreto? De seguro, en el corazón de aquel fuego, aun siendo yo negra ceniza, seré guardado puro, y ardiente, e intenso.
En el secreto de su presencia hay poder. Mi clamor, de día y de noche, es por poder ‑‑ poder espiritual. No el poder del intelecto, de la oratoria, o de la fuerza humana. Estos no bastan para vencer las cerradas filas del mal. Tú dices con verdad que no es con ejército, ni con fuerza. Sin embargo, las almas humanas que te tocan quedan imantadas, cargadas de una fuerza espiritual que el mundo no puede contradecir ni resistir. ¡Oh, déjame tocarte! Déjame morar en contacto ininterrumpido contigo, para que de ti pasen sucesivas mareas de energía divina a mi espíritu vaciado y ansioso, y a través de él, fluyendo, mas nunca menguando, y elevándome a una vida de bendito ministerio que haga los desiertos de aquí abajo como el huerto del Señor.
Pero ¿cómo hemos de obtener y conservar este sentido de la cercanía de Dios?
¿Habremos de volver a Betel, con su columna de piedra, donde aun Jacob dijo: «Ciertamente Jehová está en este lugar»? Ah, podríamos haber estado junto a él, con ojo no ungido, y no haber visto escala alguna, ni oído voz alguna; mientras que el patriarca descubriría a Dios en los yermos páramos de nuestras vidas, que nosotros pisamos sin reverencia ni gozo.
¿Habremos de viajar hasta la boca de la cueva en cuya sombra estuvo Elías, estremecido por la música del silbo apacible y delicado, más dulce por contraste con el trueno y la tormenta? ¡Ay! podríamos haber estado junto a él sin advertir aquella gloriosa Presencia; mientras que Elías, si viviera ahora, la discerniría en el susurro del viento, en el balbuceo de los niños, en el ritmo de los latidos del corazón.
Si en nuestro estado actual nos hubiéramos apostado junto al apóstol Pablo cuando fue arrebatado al tercer cielo, probablemente no habríamos visto sino el taller de un fabricante de tiendas, o un cuarto lóbrego en una posada alquilada ‑‑ nosotros en la oscuridad, mientras que él estaba en éxtasis; en tanto que él, si volviera a vivir, discerniría ángeles en nuestros barcos de vapor, visiones en nuestros templos, puertas que se abren al cielo entre las templadas glorias de nuestros más sombríos cielos.
De hecho, llevamos a todas partes nuestra circunferencia de luz o de tinieblas. Dios está tanto en el mundo como cuando Enoc anduvo con él, y Moisés se comunicó con él cara a cara. Está tan dispuesto a ser para nosotros una Realidad viva, luminosa y gloriosa como lo fue para ellos. Pero la culpa es nuestra. Nuestros ojos no están ungidos porque nuestros corazones no están rectos. Los limpios de corazón todavía ven a Dios, y a quienes le aman, y guardan sus mandamientos, todavía se manifiesta como no lo hace al mundo. Dejemos de culpar a nuestros tiempos; culpémonos a nosotros mismos. Los degenerados somos nosotros, no ellos.
¿Cuál es, entonces, la disposición del alma que más prontamente percibe la presencia y la cercanía de Dios? Procuremos aprender el bendito secreto de morar siempre en el secreto de su Presencia y de estar escondidos en su Tabernáculo (Sal. xxxi. 20).
Recuerda, pues, desde el principio, que ni tú, ni ninguno de nuestra raza, puede tener esa gozosa conciencia de la Presencia de Dios sino por medio de Jesús. Nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar; y nadie viene al Padre sino por él. Aparte de Jesús, la Presencia de Dios es objeto de terror, del cual los demonios se esconden en el infierno, y los pecadores cosen delantales, o se ocultan entre los árboles. Pero en él todas las barreras quedan derribadas, todos los velos rasgados, todas las nubes disipadas, y el más débil creyente puede vivir, donde Moisés moró, en medio del fuego, ante cuyas llamas consumidoras ninguna impureza puede subsistir.
«¿Qué parte de la obra del Señor está más estrechamente ligada a este bendito sentido de la Presencia de Dios?»
Es por la sangre de su cruz que los pecadores son hechos cercanos. En su muerte no solo reveló el tierno amor de Dios, sino que quitó nuestros pecados, y tejió para nosotros aquellas vestiduras de inmaculada hermosura, con las cuales somos recibidos con gozo en la cámara íntima de la Presencia del Rey. Recuerda que está dicho: «Y de allí me declararé a ti, de sobre la cubierta del propiciatorio». Aquella lámina de oro sobre la cual Aarón rociaba la sangre cada vez que entraba en el Lugar Santísimo era una figura de Jesús. Él es el verdadero propiciatorio. Y es cuando entras en la más profunda comunión con él en su muerte, y vives del modo más constante en el espíritu de su cena memorial, que percibirás más hondamente su cercanía. Ahora, como en Emaús, le agrada darse a conocer en el partimiento del pan.
«¿Y esto es todo? Pues lo he oído muchas veces, y sigo sin lograr vivir en el lugar secreto como quisiera.»
Exactamente; y por eso, para hacer por nosotros lo que ningún esfuerzo nuestro podría hacer, nuestro Señor ha recibido de su Padre la promesa del Espíritu Santo, para que traiga a nuestros corazones la Presencia misma de Dios. Entiende que, puesto que eres de Cristo, el bendito Consolador es tuyo. Está dentro de ti como estuvo dentro de tu Señor, y en la medida en que vivas en el Espíritu, y andes en el Espíritu, y abras toda tu naturaleza a él, te hallarás convertido en su cámara de Presencia, irradiada con la luz de su gloria. Y al percibir que él está en ti, percibirás que tú estás siempre en él. Así escribió el amado Apóstol: «En esto conocemos que moramos en él, y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu».
«Todo esto lo sé, y sin embargo no logro percibir este maravilloso hecho de la morada del Espíritu en mí; ¿cómo entonces podré jamás percibir mi morada en él?»
Es porque tu vida es tan atropellada. No tomas tiempo suficiente para la meditación y la oración. El Espíritu de Dios dentro de ti y la Presencia de Dios en torno a ti no pueden discernirse mientras los sentidos están ocupados con el placer, o el pulso late aprisa, o el cerebro está lleno del pisar de muchos pensamientos apresurados. Es cuando el agua se aquieta que se vuelve cristalina, y revela el guijarroso fondo. ¡Estate quieto, y conoce que Dios está dentro de ti y en derredor! En el silencio del alma lo invisible se hace visible, y lo eterno, real. El ojo deslumbrado por el sol no puede advertir las bellezas de su pabellón hasta que ha tenido tiempo de librarse del resplandor. No dejes pasar día alguno sin su tiempo de silenciosa espera delante de Dios.
«¿Hay algunas otras condiciones que deba cumplir, para poder morar en el secreto de su Presencia?»
Sé limpio de corazón. Cada pecado consentido incrusta las ventanas del alma con capas más gruesas de mugre, oscureciendo la visión de Dios. Pero cada victoria sobre la impureza y el egoísmo aclara la visión espiritual, y caen de los ojos, por así decirlo, unas escamas. En el poder del Espíritu Santo niega el yo, no des cuartel al pecado, resiste al diablo, y verás a Dios.
El alma impía no podría ver a Dios aunque fuera puesta en medio del cielo. Pero las almas santas ven a Dios en medio de las cosas ordinarias y comunes de la tierra, y hallan en todas partes una visión abierta. Tales almas no podrían estar más cerca de Dios aunque se hallaran junto al mar de vidrio. Su única ventaja allí sería que, rasgado el velo de su naturaleza mortal y pecadora, la visión sería más directa y más perfecta.
Guarda sus mandamientos. Que no haya una jota ni una tilde sin reconocer y sin guardar. El que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquel es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Moisés, el fiel siervo, fue también el vidente, y habló con Dios cara a cara como habla un hombre con su amigo.
Persevera en el espíritu de oración. A veces la visión se demorará para probar la sinceridad y la firmeza de tu deseo. Otras veces vendrá como el alba que se roba sobre el cielo, y, antes de que te des cuenta, te hallarás consciente de que él está cerca. Siempre solía deslizarse, sin ser anunciado, en medio de sus discípulos a través de puertas cerradas. «Tus pisadas no fueron conocidas».
En tales momentos podemos decir con verdad, con san Bernardo: «No entró por los ojos, pues su presencia no se distinguía por color alguno; ni por los oídos, pues no hubo sonido; ni por el aliento, pues no se mezcló con el aire; ni por el tacto, pues era impalpable. Preguntas, entonces, cómo supe que estaba presente. Porque era un poder vivificador. Tan pronto como entró, despertó mi alma dormida. Movió y traspasó mi corazón, que antes era extraño, pétreo, duro y enfermo, de modo que mi alma pudo bendecir al Señor, y todo lo que hay dentro de mí alabó su Santo Nombre».
Cultiva el hábito de hablar en voz alta a Dios. No siempre, quizá, porque nuestros deseos son a menudo demasiado sagrados o profundos para ponerse en palabras. Pero conviene adquirir el hábito de hablar a Dios como a un amigo presente mientras estás sentado en casa o vas de camino. Busca el hábito de comentarlo todo con Dios ‑‑ tus cartas, tus planes, tus esperanzas, tus errores, tus penas y tus pecados. Las cosas se ven muy distintas cuando se traen a la serena luz de su presencia. No se puede hablar mucho rato con Dios en voz alta sin sentir que él está cerca.
Medita mucho en la palabra. Este es el huerto por donde el Señor Dios se pasea, el templo donde mora, la cámara de presencia donde tiene su corte, y es hallado por los que le buscan. Es por medio de la palabra que nos alimentamos del Verbo. Y él dijo: «El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él».
Sé diligente en la obra cristiana. El lugar de oración es, en verdad, el lugar de su presencia manifiesta, pero esa presencia se desvanecería de él si nos quedáramos allí después de que la campana del deber hubiera sonado para nosotros aquí abajo. Siempre la hallaremos al ir a nuestra obra necesaria: «Saliste al encuentro del que obra justicia». Al salir a nuestras tareas diarias, el ángel de su presencia viene a saludarnos, y se vuelve para ir a nuestro lado. «Id», dijo el Maestro; «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días». No solo en los atrios del templo, o en apartadas cañadas, o en aposentos de enfermos, sino en la ronda del deber diario, en las cosas comunes de la vida, en los llanos monótonos de la existencia, podemos estar siempre en el secreto de su presencia, y podremos decir, como Elías delante de Achâb, y Gabriel a Zacarías: «Estoy delante de Dios» (1 Reyes xvii. 1; Lucas i. 19).
Cultiva el hábito de reconocer la Presencia de Dios.«Bienaventurado el que tú escogieres, y atrajeres a ti, para que habite en tus atrios». No hay vida como esta. Sentir que Dios está con nosotros; que nunca nos conduce por un lugar demasiado estrecho para que él pase también; que ya nunca podremos volver a estar solos, ni por un solo instante; que él nos cerca detrás y delante, y nos cubre con su mano; que no podría estar más cerca de nosotros, aunque estuviéramos en el cielo mismo. Tenerle como Amigo, y Árbitro, y Consejero, y Guía. Comprender que jamás habrá en nuestras vidas un Jericó sin la presencia del Príncipe del ejército del Señor, con aquellas legiones invisibles pero poderosas, ante cuyo embate han de caer todos los muros. No es de extrañar que los santos de antaño se hicieran valientes en la batalla al oírle decir: «Yo estoy contigo; no te dejaré, ni te desampararé».
¡Fuera el temor y el dolor y el pavor del valle tenebroso! «Me esconderás en el secreto de tu rostro de las arrogancias del hombre; me pondrás en un tabernáculo á cubierto de contención de lenguas».