Capítulo 7 · 15 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Cómo sobrellevar el dolor
Atraviesas un tiempo de profundo dolor. El amor en que confiabas te ha faltado de repente, y se ha secado como un arroyo en el desierto ‑‑ primero una corriente que mengua, luego charcos poco profundos, y al fin la sequía. Siempre estás atento a unos pasos que no llegan, esperando una palabra que no se pronuncia, anhelando una respuesta que tarda más de la cuenta.
Quizá los ahorros de toda tu vida han desaparecido de golpe. En lugar de ayudar a otros, has de ser tú el ayudado; o debes abandonar el cálido nido en que te has guarecido de las tormentas de la vida para salir solo a un mundo hostil; o te ves llamado de improviso a cargar con el peso de otra vida, sin darte reposo hasta haberla conducido por mares oscuros y difíciles hasta el puerto. Tu salud, o tu vista, o tus fuerzas nerviosas te fallan; llevas en ti mismo la sentencia de muerte; y la angustia de anticipar el porvenir es casi insoportable. En otros casos está el sentimiento de una pérdida reciente por la muerte, como el claro abierto en el bosque donde el leñador ha estado talando árboles.
En momentos así la vida parece casi insoportable. ¿Serán todos los días tan largos como este? ¿Volverán alguna vez las horas de paso lento a apresurar su marcha? ¿Se vestirá la vida alguna vez con otro ropaje que no sean los rasgados despojos otoñales de la gloria del verano pasado? ¿Se ha olvidado Dios de tener misericordia? ¿Ha encerrado con ira sus piedades? ¿Se ha agotado su misericordia para siempre?
Este camino lo han pisado miríadas. ‑‑ Cuando piensas en las guerras devastadoras que han asolado cada país y arrasado cada tierra; en las expediciones de los Nemrod, los Nabucodonosor, los Tamerlanes, los Napoleones de la historia; en el despiadado comercio de esclavos, que jamás ha dejado de diezmar a África; y en toda la tiranía, la opresión y el agravio que los débiles e indefensos han sufrido a manos de sus semejantes; en los indecibles dolores de mujeres y niños ‑‑ sin duda has de ver que, con mucho, el mayor número de nuestra raza ha pasado por las mismas amargas penas que hoy desgarran tu corazón.
El mismo Jesucristo recorrió esta senda difícil, dejando rastros de su sangre en sus pedernales; y apóstoles, profetas, confesores y mártires han pasado por el mismo camino. Consuela saber que otros han atravesado el mismo valle oscuro, y que las grandes multitudes que están de pie delante del Cordero, con palmas de victoria, salieron de grande tribulación. Donde ellos estuvieron estamos nosotros; y, por la gracia de Dios, donde ellos están estaremos nosotros.
No hables de castigo. ‑‑ Puedes hablar de disciplina o de corrección, porque nuestro Padre nos trata como a hijos; o puedes hablar de recoger los frutos de errores y pecados sembrados como semillas en los surcos de la vida en años pasados; o puede que tengas que soportar las consecuencias de los pecados y errores de otros; pero no hables de castigo. Ciertamente toda la culpa y la pena del pecado fueron puestas sobre Jesús, y él las quitó para siempre. Suyos fueron los azotes y el castigo de nuestra paz. Si Dios nos castigara por nuestros pecados, parecería que los sufrimientos de Cristo fueron incompletos; y si una vez comenzara a castigarnos, la vida sería demasiado corta para infligir todo cuanto merecemos. Además, ¿cómo podríamos explicar las anomalías de la vida, y los pesados sufrimientos de los santos comparados con la vida alegre de los impíos? De seguro, si nuestros sufrimientos fueran penales, estas suertes estarían invertidas.
El dolor es el crisol del fundidor. ‑‑ Puede venir por la negligencia o la crueldad de otro, por circunstancias que el que sufre no puede dominar, o como resultado directo de alguna hora oscura de un pasado remoto; pero, por cuanto Dios ha permitido que llegue, ha de aceptarse como disposición suya, y considerarse como el horno con que él escudriña, prueba, sondea y purifica el alma. El sufrimiento nos examina como el fuego a los metales. Creemos que somos enteramente de Dios, hasta que nos vemos expuestos al fuego purificador del dolor. Entonces descubrimos, como lo hizo Job, cuánta escoria hay en nosotros, y cuán poca paciencia, resignación y fe verdaderas. Nada nos desprende tanto de las cosas de este mundo, de la vida de los sentidos, de la liga de los afectos terrenales. Probablemente no haya otro modo de detener el poder de la vida propia, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
Pero Dios siempre guarda en sus propias manos la disciplina del dolor. ‑‑ Dijo nuestro Señor: «Mi Padre es el labrador». Su mano sostiene la podadera. Su ojo vigila el crisol. Su tacto suave está sobre el pulso mientras se realiza la operación. No permitirá que ni siquiera el diablo se salga con la suya contra nosotros. Como en el caso de Job, así siempre. Los momentos están cuidadosamente medidos. La severidad de la prueba se determina con exactitud según las reservas de gracia y de fuerza que yacen sin ser reconocidas dentro de nosotros, pero que serán buscadas y empleadas bajo la severa presión del dolor. Él tiene los vientos en su puño, y las aguas en el hueco de su mano. No se atreve a arriesgar la pérdida de aquello que le ha costado la sangre de su Hijo. «Fiel es Dios, que no os dejará ser probados más de lo que podéis».
En el dolor, el consolador está cerca. ‑‑ «Nuestro pronto auxilio en las tribulaciones». Él se sienta junto al crisol, como un Fundidor de plata, regulando el calor, notando cada cambio, esperando con paciencia a que la escoria suba a la superficie y su propio rostro quede reflejado en el metal claro y translúcido. Ningún amigo terrenal puede pisar contigo el lagar, pero el Salvador está allí, con sus vestiduras teñidas de la sangre de las uvas de tu dolor. Atrévete a repetirlo a menudo, aunque no lo sientas, y aunque Satanás insista en que Dios te ha dejado: «Tú estás conmigo». Pronuncia su nombre una y otra vez: «Jesús, JESÚS, tú estás conmigo». Así llegarás a tener conciencia de que él está allí.
Cuando los amigos vienen a consolarte hablan del toque sanador del tiempo, como si el mejor bálsamo para el dolor fuera olvidar; o, con su bienintencionada amabilidad, sugieren viajes, distracción, diversión, y muestran su incapacidad para comprender la negra noche que se cierne sobre tu alma. Así que te apartas de ellos con el corazón afligido, dispuesto a decir, como Job de los suyos: «Consoladores molestos sois todos vosotros». Pero durante todo ese tiempo Jesús está más cerca que ellos, comprendiendo cómo te agotan, conociendo cada punzada de dolor, conmovido de compasión, callado por un amor demasiado lleno para hablar, esperando para consolarte de hora en hora como una madre a su niño cansado y doliente.
Procura estudiar el arte de este consuelo divino, para que puedas consolar a los que están en cualquiera angustia, con la consolación con que tú mismo has sido consolado de Dios (2 Cor. i. 4). No cabe duda de que algunas pruebas se nos permiten, como a nuestro Señor, por ninguna otra razón sino para que, por medio de ellas, lleguemos a poder dar simpatía y socorro a otros. Y debiéramos observar con todo cuidado cada síntoma del dolor, y cada prescripción del Gran Médico, ya que con toda probabilidad, en algún tiempo futuro, seremos llamados a servir a quienes pasen por experiencias semejantes. Así aprendemos por las cosas que padecemos, y, hechos perfectos, nos volvemos autores de una ayuda inapreciable y eterna para las almas en agonía.
No te encierres con tu dolor. ‑‑ Un amigo, en la primera angustia de su duelo, me escribió diciendo que debía abandonar los ministerios cristianos en que tanto se había deleitado; y yo le respondí de inmediato, instándole a no hacerlo, porque no hay alivio para el dolor del corazón como el servicio. La tentación del gran sufrimiento tira hacia el aislamiento, hacia el retiro de la vida de los hombres, hacia sentarse a solas y guardar silencio. No cedas a ella. Rompe las heladas cadenas del retraimiento, si ya se han formado. Levántate, unge tu cabeza y lava tu rostro; sal a cumplir tu deber, con pasos dispuestos aunque quebrantados.
El egoísmo de toda clase, en sus actividades o en su introspección, es cosa dañina, y cierra el paso a la ayuda y el amor de Dios. El dolor tiende a ser egoísta. El alma, ocupada con sus propias penas, y negándose a ser consolada, se convierte en poco tiempo en un Mar Muerto, lleno de salmuera y sal, sobre el cual no vuelan las aves, y junto al cual no crece nada verde. Y así perdemos la lección misma que Dios quisiera enseñarnos. Su guerra constante es contra la vida propia, y cada dolor que inflige es para aflojar el dominio que esta tiene sobre nosotros. Pero podemos frustrar su propósito y extraer veneno de sus dones, como los hombres obtienen opio y alcohol de plantas inocentes.
Una mujer hindú, según nos cuenta la hermosa leyenda oriental, perdió a su único hijo. Enloquecida de dolor, imploró a un profeta que devolviera su pequeño a su amor. Él la miró largo rato con ternura, y dijo:
«Ve, hija mía, y tráeme un puñado de arroz de una casa en la que la Muerte jamás haya entrado, y haré lo que deseas».
La mujer comenzó al punto su búsqueda. Fue de morada en morada, y no tuvo dificultad en obtener lo que el profeta había pedido; pero cuando se lo concedían, ella preguntaba:
«¿Estáis todos aquí alrededor del hogar ‑‑ padre, madre, hijos ‑‑ sin que falte ninguno?»
La gente meneaba invariablemente la cabeza, con suspiros y miradas de tristeza. Por lejos que anduviera, siempre había algún asiento vacío junto al hogar. Y poco a poco, mientras seguía adelante, dice la leyenda, las olas de su dolor se aplacaron ante el espectáculo del dolor que había por doquier; y su corazón, dejando de ocuparse de su propia pena egoísta, derramándose en fuertes anhelos de compasión por el sufrimiento universal, sus lágrimas de angustia se ablandaron en lágrimas de piedad, la pasión se disolvió en compasión, se olvidó de sí misma en el interés común, y halló redención en redimir.
No te reproches sentir con intensidad. ‑‑ Las lágrimas son naturales. Jesús lloró. Una tormenta sin lluvia está cargada de peligro; las gotas que repican refrescan el aire y alivian la atmósfera sobrecargada. Los arroyos crecidos indican que las nieves se derriten en los montes y que la primavera se acerca. «Hijas de Jerusalén ‑‑ dijo nuestro Señor ‑‑, llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos».
Soportar el dolor con ojos secos y corazón impasible podrá convenir a un estoico, pero no a un cristiano. No hay por qué reprender a la tierna naturaleza que llora por su compañero, por su gozo perdido, por el roce de la mano que se fue, por el sonido de la voz que ha callado, con tal que la voluntad esté resignada. Esta es la única consideración para los que sufren: ¿está bien la voluntad? Si no lo está, ni Dios mismo puede consolar. Si lo está, entonces el camino conducirá sin falta desde el valle de sombra de muerte hasta la mesa del banquete y la copa que rebosa.
Muchos dicen: «No puedo sentirme resignado. Bastante malo es tener que soportar mi pena, pero tengo esta pena añadida: que no puedo sentirme resignado».
Mi respuesta invariable es: «Probablemente nunca puedas sentir la resignación, pero sí puedes quererla».
El Señor Jesús, en el Huerto de Getsemaní, nos ha mostrado cómo sufrir. Escogió la voluntad de su Padre. Aunque Judas, incitado por Satanás, fue el instrumento para mezclar la copa y acercarla a los labios del Salvador, él miró más allá de aquel hasta el Padre, que le permitía obrar su cruel camino, y dijo: «La copa que mi Padre me ha dado, ¿no la tengo de beber?». Y dijo repetidamente: «Si no puede pasar de mí esta copa sin que yo la beba, hágase tu voluntad». Renunció a su propio camino y voluntad, diciendo: «Quiero tu voluntad, Padre mío. Tu voluntad, y no la mía, sea hecha».
Que todos los que sufren y leen estas líneas se aparten y se atrevan a decir las mismas palabras: «Tu voluntad, y no la mía. Hágase tu voluntad en la tierra de mi vida, como en el cielo de tu propósito. Escojo tu voluntad». Di esto con reflexión y a conciencia, no porque puedas sentirlo, sino porque lo quieres; no porque el camino de la cruz sea agradable, sino porque ha de ser justo. Dilo una y otra vez, cada vez que la oleada del dolor te recorra, cada vez que la herida vuelva a sangrar. «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Atrévete a decir Sí a Dios. «Así, Padre, pues que así agradó en tus ojos».
Y así serás llevado a sentir que todo está bien. Una gran calma se posará sobre tu corazón, una paz que sobrepuja todo entendimiento, un sentido de reposo que no es incompatible con el sufrimiento, sino que camina en medio de él como los tres jóvenes en el horno de fuego, para quienes las brasas ardientes debieron de ser como la hierba cubierta de rocío de un claro del bosque.
«El médico nos dijo que mi pequeña se moría. Me sentí como una piedra. Pero en un instante pareció que la soltaba de mis manos. Ya no me parecía mía, sino de Dios».
Procura aprender las lecciones de Dios. ‑‑ Cada dolor lleva en su corazón un germen de verdad santa, que si lo tomas y lo siembras en el suelo de tu corazón dará cosechas de fruto, como los granos de trigo sacados de los sarcófagos de las momias fructifican en tierra inglesa. Dios tiene un propósito en cada golpe de su cincel, en cada incisión de su cuchillo. Él conoce el camino que toma. Pero su objeto no siempre nos resulta claro.
En el sufrimiento y el dolor Dios pulsa los acordes menores, desarrolla las virtudes pasivas, y descubre a la vista los tesoros de las tinieblas, las constelaciones de la promesa, el arco iris de la esperanza, la luz de plata del pacto. ¿Qué es el carácter sin simpatía, sumisión, paciencia, confianza, y una esperanza que se aferra a lo invisible como un ancla? Pero estas gracias solo son posibles por medio del dolor. El dolor es un jardín cuyos árboles están cargados de los frutos apacibles de la justicia; no lo dejes sin llevarlos contigo. El dolor es una mina cuyas paredes relucen con piedras preciosas; procura no volver sobre tus pasos hacia la luz del día sin algunas muestras. El dolor es una escuela. Se te ha enviado a sentarte en sus duros bancos y a aprender de sus páginas de negras letras lecciones que te harán sabio para siempre; no desperdicies tu ocasión de graduarte allí. La señorita Havergal solía hablar de «¡lecciones aprovechadas!».
Cuenta con el después. ‑‑ Dios no estará siempre causando dolor. Recorre con su arado los pardos y apagados campos, surcando la tierra que cede para poder echar en ella el grano precioso. Cree que en los días de dolor él está sembrando luz para el justo, y alegría para los rectos de corazón. Mira adelante, a la siega. Anticipa el gozo que tienes por delante, y que inundará tu corazón con notas de juglar cuando la paciencia haya tenido su obra perfecta.
Vivirás para reconocer la sabiduría de la elección que Dios hizo por ti. Verás un día que aquello que querías era solo lo segundo mejor. Te asombrará recordar que una vez casi se te partió el corazón y derramaste el vino de tu vida por algo que jamás te habría satisfecho de haberlo alcanzado, como el niño la mariposa o la pompa de jabón. Volverás a encontrar a tus seres amados. Volverás a tener tu amor. Llegarás a poseer una profundidad de carácter, una amplitud de simpatía, un caudal de paciencia, una capacidad de comprender y ayudar a otros que, al ponerlos a los pies de Cristo para que él los use, te alegrará haber sido afligido. Verás el plan y el propósito de Dios; segarás su cosecha; contemplarás su rostro, y quedarás satisfecho. Cada herida tendrá su perla; cada cadáver contendrá un enjambre de abejas; cada enemigo, como Madián para Gedeón, rendirá su rico botín.
El camino de la cruz, rectamente soportado, es el único camino a la luz eterna. La senda que atraviesa el Huerto de Getsemaní, y sube por la colina del Calvario, es la única que conduce a las visiones de la mañana de Pascua y a las glorias del monte de la Ascensión. Si no queremos beber de su copa, ni ser bautizados con su bautismo, ni cumplir lo que falta de sus padecimientos, no podemos esperar participar de los gozos de sus desposorios y del éxtasis de su triunfo. Pero si estas condiciones se cumplen, no perderemos ni una sola nota del cántico eterno, ni un solo elemento de la bienaventuranza que es posible a los hombres.
Recuerda que, de algún modo, el sufrimiento rectamente soportado enriquece y ayuda a la humanidad. ‑‑ La muerte de Hallam fue el día del nacimiento de In Memoriam de Tennyson. La nube de locura que se cernió sobre Cowper nos dio el himno «Dios se mueve de un modo misterioso». Los tropiezos de Milton le enseñaron a cantar a la «Luz santa, primogénita del cielo». Rist solía decir: «La cruz ha exprimido de mí muchos cánticos». Y es probable que nadie sufra rectamente en parte alguna sin contribuir en algo al alivio del dolor humano, al triunfo del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, y de la luz sobre las tinieblas.
Si crees esto, ¿no podrías soportar el sufrir? ¿No es la principal miseria de todo sufrimiento su soledad, y quizá su aparente falta de sentido? Atrévete, pues, a creer que ningún hombre muere para sí mismo. Cae en tierra, con valor y alegría, para morir. Si te niegas a ello, quedarás solo; pero si te entregas, llevarás fruto que endulzará la suerte y fortalecerá la vida de otros que quizá jamás sepan tu nombre, ni se detengan a darte las gracias por tu ayuda.