El secreto de la guía divina ·La plenitud del Espíritu

Capítulo 9 · 19 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

La plenitud del Espíritu

«Sed llenos de Espíritu.» ‑‑ Efesios v. 18.

Nada puede compensar a la Iglesia, ni al cristiano individual, por la falta del Espíritu Santo. Lo que la corriente llena es para la rueda del molino, eso es el Espíritu Santo para la Iglesia. Lo que el principio de vida es para el cuerpo, eso es el Espíritu Santo para el individuo. Permaneceremos impotentes y confundidos ante nuestras dificultades y nuestros enemigos hasta que aprendamos lo que él puede ser, como una poderosa marea de amor y de poder en los corazones de sus santos.

Entre los lectores de estas líneas puede haber muchos que padecen distintas formas de debilidad espiritual, todas ellas directamente atribuibles a la falta del Espíritu Santo. No que estén del todo desprovistos de él, porque si lo estuvieran no serían cristianos en absoluto; sino que, estando dentro de ellos, está presente solo como un hilo atenuado, una veta de plata, un arroyo poco profundo. ¿Por qué habríamos de contentarnos con esto? La plenitud pentecostal, la investidura de poder, el bautismo de fuego, todo está a nuestro alcance. Anímenos una santa ambición de obtener todo cuanto nuestro Dios está dispuesto a conceder.

No es difícil ilustrar este contraste con analogías tomadas de la Palabra de Dios. ¿No podríamos decir con reverencia que el ministerio de nuestro mismo bendito Señor debió mucho de su maravilloso poder a aquel momento en que, aunque lleno del Espíritu Santo desde su nacimiento, fue de nuevo ungido en las aguas del bautismo? Con marcado énfasis se dijo que estaba lleno del Espíritu Santo (Lucas iv. 1), y volvió en el poder del Espíritu a Galilea (ver. 14), y se levantó en la sinagoga de su ciudad natal, reclamando la antigua profecía, y declarando que el Espíritu de Dios estaba sobre él (ver. 18). Sus admirables palabras y obras se atribuyen directamente a la maravillosa operación del Espíritu Santo sobre su vida humana (Hechos x. 38).

¿Te falta seguridad? A veces no, porque te sientes feliz y contento. Pero al poco esas horas felices han huido, y tu reposo se quiebra, como la superficie del lago de montaña que se encapota y se riza ante la tormenta que se cierne. Necesitas una base de paz asentada, y solo se halla ‑‑ primero, en una clara comprensión de lo que Jesús ha hecho por ti; segundo, en el sello del Espíritu Santo. Es su sagrado oficio dar testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Él es el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!

¿Te falta victoria sobre el pecado? No es de extrañar, si descuidas al Espíritu Santo. Él es el bendito antídoto contra los brotes y el dominio de la carne. Él desea contra la carne, para que no cumplamos sus deseos. Cuando llena el corazón en su gloriosa plenitud, las sugestiones de la tentación se apagan al instante, como chispas en la ola del océano. El pecado no puede resistir la presencia del Espíritu Santo, como no pueden las tinieblas resistir los suaves rayos, que todo lo penetran, de la luz de la mañana.

Si, en cambio, él es contristado, o resistido, o apagado, de modo que su poder y su presencia queden refrenados, no hay liberación para el espíritu ‑‑ por amargo que sea su remordimiento, o afanoso su recurso a ayunos, mortificaciones y pesares. Solo la ley del Espíritu de vida que es en Cristo Jesús puede hacernos libres de la ley del pecado y de la muerte. Pero puede, y lo hará ‑‑ con tal que nos entreguemos a su operación.

¿Te faltan los frutos de la santidad? Algunos que conocemos están tan evidentemente llenos de los frutos de la justicia, que son la alabanza de Dios, que nos sentimos atraídos a ellos por instinto. Sus rostros resplandecen con la presencia del Señor, aunque beban de la copa de sus dolores. Su espíritu es tierno; su carácter, dulce y desinteresado, y su humildad de niño derrama el halo de una indescriptible hermosura sobre toda su conducta. Nosotros carecemos de estas gracias. Hay poco en nosotros que atraiga a los hombres a Cristo; mucho que los repele. Nuestras ramas están desnudas y peladas, como si las langostas las hubieran despojado. Y la razón es evidente. No hemos dejado que el Espíritu Santo se salga con la SUYA en nuestra vida interior. Si la savia de su presencia hubiera estado poderosamente dentro de nosotros, habríamos quedado cargados de sabrosos frutos; habría sido imposible que fuera de otro modo.

¿Te falta poder para el servicio? No tienes una sed ardiente por la salvación de los demás. No ardes por las almas. Nunca has agonizado por el alejamiento de los hombres de Dios. Y cuando hablas, no hay poder en lo que dices. Los demonios se ríen de tus intentos de exorcizarlos. El durmiente se revuelve un momento, inquieto, pero pronto cae en un sueño más profundo que nunca. El hogar, la clase, la congregación, no rinden resultados. Ningún fruto escogido a mano llena tu cesta. Ningún banco de peces rompe tus redes. Ningún recluta acepta tu llamada a las armas. Y no puedes esperar que sea de otro modo hasta que obtengas el poder que nuestro Señor prometió cuando dijo: «Recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros». Fue cuando los primeros cristianos fueron llenos del Espíritu Santo que hablaron la palabra de Dios con denuedo, y dieron testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús.

Estas y muchas otras deficiencias quedarían suplidas, con solo que fuéramos llenos del Espíritu Santo. Habría un gozo, un poder, una conciencia del Señor Jesús, un reposo habitual en la voluntad de Dios, que serían para nosotros un descubrimiento lleno de alegría; con solo que nos negáramos a contentarnos con nada menos que la plena morada del Espíritu Santo.

El señor Spurgeon dijo una vez que jamás pasaba un solo cuarto de hora de sus horas de vigilia sin una clara conciencia de la presencia del Señor. Cuando el Espíritu llena el corazón, Jesús es vívidamente real y evidentemente cercano. ¿Qué es él para ti? ¿Despiertas por la mañana bajo su leve toque y pasas las horas con él? ¿Puedes con frecuencia alzar la vista de tu trabajo y percibir su rostro? ¿Buscas de él constantemente poder, gracia, dirección? Si él es apenas una visión intermitente, no has alcanzado la primera señal del don pentecostal.

La entera consagración al servicio del Señor Jesús es un gran paso adelante respecto de la experiencia de la mayoría de los cristianos; pero aun eso no basta. A menudo es en gran parte negativa; pero necesitamos algo fuertemente positivo, para responder a las necesidades de nuestros corazones y de nuestros tiempos. Y esto ha de buscarse en nuestra entera posesión por aquel poderoso Espíritu cuya venida en Pentecostés ha marcado una nueva era para la Iglesia y para el mundo.

Por supuesto, él estuvo siempre en el mundo. Fue el Espíritu Santo de Pentecostés quien se cernió sobre el caos, y habló en los profetas y en los santos varones, y dio brío a los héroes y santos del tiempo del Antiguo Testamento. El día de Pentecostés no introdujo un nuevo Espíritu en el mundo, sino que inauguró una era en la que el más débil y humilde de los santos podría poseerlo en la misma medida que quienes vivieron del otro lado de aquel día. Antes de aquella jornada trascendental, su plenitud era la prerrogativa de solo unos pocos, la élite, los Elías, los Isaías y los Danieles; pero desde aquel día ha sido derramado en toda su plenitud sobre los muchos ‑‑ sobre mujeres y niños; sobre pensadores oscuros y obreros escondidos; sobre siervas y siervos; sobre todos y cada uno que estuvieran dispuestos a cumplir las condiciones y a atenerse a los resultados. ¿Por qué no sobre nosotros?

Estamos dispuestos a admitir que los dones especiales del Espíritu Santo pertenecen a la edad apostólica. Dados para un fin especial, ahora se han retirado; aunque es cuestión seria si no habrían podido continuar, con solo que la Iglesia hubiera sido más fiel a su sagrado depósito. Pero los dones especiales del Espíritu Santo son cosa por completo distinta de su bendita plenitud. Esta no es derecho exclusivo de ninguna edad. Sin limitarse a ninguna era o época de la historia de la Iglesia, derrama su marea de luz y de poder en torno a nosotros, como el Nilo en su crecida; ni hay un solo huerto o parcela de jardín, por remoto que sea, en el que no entre, para fertilizar y enriquecer, con solo que el canal de comunicación se mantenga limpio y abierto.

¡Ay! que muchos piensan que el Todopoderoso, como un constructor en quiebra, levantó el pórtico de su Iglesia con mármol, y la ha rematado con ladrillo común.

«Sed llenos de Espíritu» es un mandato de exigencias tan amplias como «Maridos, amad a vuestras mujeres», que se halla en la misma página. Es un mandato positivo, que debemos obedecer so pena de perdición, y todos los mandamientos de Dios son habilitaciones. En otras palabras, él está dispuesto a hacernos aquello que nos manda llegar a ser. Además, en el día de Pentecostés, con palabras que son la carta de nuestro derecho a la plenitud del Espíritu Santo, el apóstol Pedro dijo a las multitudes que escuchaban que la plenitud que de pronto había venido sobre ellos de parte del Señor ascendido ‑‑ y que era cumplimiento directo de la antigua profecía ‑‑ no era solo para ellos, ni para sus hijos; sino para cuantos están lejos, para todos aquellos a quienes el Señor nuestro Dios llamare. ¿Eres tú uno de sus llamados? ¡Entonces regocíjate, porque esa plenitud es para ti! No seas incrédulo, ¡sino creyente! Reclama al punto la porción del pacto, y da gracias a Dios por haberte hecho vivir en una edad de tan maravillosas posibilidades.

I. ‑‑ AVIVA EL SANTO DESEO CONSIDERANDO LO QUE SIGNIFICA LA PLENITUD DEL ESPÍRITU.

No podemos esperar tenerla si estamos del todo contentos de vivir sin ella. No es probable que nuestro Padre confíe este don inapreciable a quienes son indiferentes a poseerlo. Donde la llama del deseo arde baja no puede haber una expectativa inteligente de que se haga realidad la plenitud del Espíritu Santo.

Y no basta con tener un deseo intermitente e inconstante, que hoy se enciende, pero permanecerá aletargado durante meses y años. Ha de haber un propósito firme, capaz de soportar la prueba de esperar (si es preciso) diez días, y de sufrir el desaire del silencio o de la aparente negativa.

Y con todo, la llama del deseo necesita combustible. Hemos de meditar antes de que ese fuego pueda arder. Y por eso nos conviene avivar el don que está en nosotros mediante una serena consideración de todo lo que significa llegar a estar lleno del Espíritu.

No hay libro que nos mueva tanto en esta dirección como los Hechos de los Apóstoles. Es del todo maravilloso ver lo que esta plenitud hizo por quienes la recibieron primero. Los cobardes se volvieron valientes. Entendimientos obtusos, que habían tropezado con las verdades más sencillas, despertaron de pronto para comprender el plan del Maestro. Pechos que se habían agitado con rivalidad, sospecha y ansia de poder terrenal, ahora tenían a cada uno por mejor que a sí mismos y procuraban sobresalir en el humilde servicio a los santos. Tal poder acompañaba a sus palabras que las muchedumbres se volvieron congregaciones, y los asesinos de Cristo, sus adoradores y amigos. Concilios de hombres hábiles no pudieron resistir la sencilla elocuencia de hechos indiscutibles. Ciudades y comarcas fueron sacudidas, y rindieron conversos por millares a los indoctos pero fervorosos predicadores de la cruz.

Todo esto se debía sencillamente al poder que había pasado a ser propiedad común de toda la Iglesia. Y no hay ni un fragmento de razón para que no haga otro tanto por nosotros. Y, al contrastar aquel triunfante éxito con nuestro renqueante avance, ¿no nos llenaremos de incontenibles anhelos de que él obre por medio de nosotros resultados semejantes?

Podemos asegurarnos aún más los mismos resultados estudiando la biografía de hombres santos de siglos recientes. ¡Feliz el hombre que tiene al alcance una biblioteca cuyos estantes están bien surtidos de libros de santa biografía! Nunca, nunca le faltará estímulo adicional al leer la historia de McCheyne y W. C. Burns, de Brainerd y Martyn, de Jonathan Edwards y otros. No envidiará ni se quejará; sino que constantemente alzará los ojos y el corazón al Cielo, pidiendo que otro tanto se haga por medio de él mismo.

Y, además, las promesas de las Escrituras bastan para incitarnos hasta lo sumo. Que de nosotros corran ríos de agua; que nunca tengamos que inquietarnos por nuestras palabras, porque nos serán dadas; que seamos enseñados en todas las cosas, y llevados a todo el ámbito de la verdad; que conozcamos a Cristo, y seamos transformados a su imagen; que tengamos poder ‑‑ todo esto es tan fascinante que es imposible no arder en un santo deseo de quedar cargados del Espíritu Santo, como un frasco de electricidad. Y, si es menester, estaremos dispuestos a soportar la prueba de una larga espera, como la soportaron los pocos fieles en el aposento alto.

II. ‑‑ BUSCA ESTA BENDITA PLENITUD DESDE EL MOTIVO CORRECTO.

Si la quieres para experimentar cierta vivencia, o para atraer a la gente hacia ti, o para transformar alguna dificultad en un peldaño, es probable que la pierdas. Has de estar puesto en el único propósito de engrandecer al Señor Jesús en tu cuerpo, sea por vida o por muerte. Pide que todo motivo inferior sea destruido, y que este arda fuerte y claro dentro de ti.

Dios no nos hallará agua para que la usemos en hacer girar nuestras propias ruedas hidráulicas. No hará nada que sirva a nuestro orgullo. No nos dará el Espíritu Santo para permitirnos ganar celebridad, o procurarnos un nombre, o vivir una vida fácil y satisfecha de sí misma.

Si buscamos el Espíritu Santo meramente para nuestra felicidad, o consuelo, o libertad del alma, será en extremo improbable que se nos dé. Su única pasión es la gloria del Señor Jesús; y solo puede hacer su morada con quienes están dispuestos a ser uno con él en esto. «¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?» Pero si te mueve simplemente el deseo de que el Señor Jesús sea engrandecido en ti, sea por vida o por muerte; si anhelas, sobre todo, que los hombres se aparten de ti y se vuelvan a él, como lo hicieron de Juan el Bautista ‑‑ entonces regocíjate, porque estás cerca de una bendición que no hay palabras para describir. Si tus motivos quedan por debajo de esta medida, confía en él para que los ilumine y los purifique, y ofrécele una entrada libre a tu interior. No pasará entonces mucho tiempo antes de que haya una respuesta llena de gracia; y el Señor, a quien buscas, vendrá de súbito a su templo, y se sentará como fundidor de plata, para que los hijos de Leví ofrezcan a Jehová ofrenda en justicia.

III. ‑‑ CONSIDERA QUE LA SANTA ESCRITURA ES SU ÓRGANO ESPECIAL.

Un sutil peligro acecha a la enseñanza de esta doctrina tan provechosa, y del cual debemos guardarnos. Algunas personas fervorosas han magnificado la luz y la dirección interiores del Espíritu Santo con descuido de la Palabra que él dio, y por medio de la cual todavía obra en los corazones humanos. Este es un gran error, y el prolífico padre de toda clase de males. En cuanto ponemos a un lado la Palabra de Dios, nos exponemos a la solicitación de las muchas voces que hablan dentro de nuestros corazones; y no tenemos prueba, ni criterio de verdad, ni norma de apelación. ¿Cómo podemos conocer el Espíritu de Dios en algunos de los casos más intrincados que se llevan al tribunal de la conciencia, a menos que nuestro juicio esté hondamente impregnado de la Palabra de Dios?

No debemos contentarnos con el Espíritu sin la Palabra, ni con la Palabra sin el Espíritu. Nuestra vida ha de discurrir por estos dos, como la locomotora sobre los raíles paralelos. La Palabra es el órgano escogido del Espíritu; y solo por nuestro devoto contacto con ella podremos discernir su voz. Es por la Palabra que el Espíritu entrará en nuestros corazones, como el calor del sol pasa a nuestras cámaras con los rayos de luz que entran por la ventana abierta.

Necesitamos un extenso avivamiento del estudio de la Biblia. Estas minas de la Escritura, que yacen bajo la superficie, claman a voces por ser investigadas y descubiertas; y quienes obedezcan al llamado, y se apliquen al devoto y laborioso estudio del sentido interior de la Palabra, pronto sabrán que han recibido la plenitud que buscan.

No hay modo de comunión con Dios como pasear de un lado a otro por tu cuarto o al aire libre, con la Biblia en la mano, meditando en ella y volviendo sus preceptos y promesas en oración. Dios se pasea por las alamedas de la Escritura, como antaño por las del Paraíso.

IV. ‑‑ DISPONTE A DEJAR QUE EL ESPÍRITU SANTO HAGA DE TI LO QUE QUIERA.

El Espíritu Santo está en nosotros, y por este medio Cristo está en nosotros; porque él mora en nosotros por el Espíritu, como el sol mora en el mundo por medio de la atmósfera que vibra con las ondas de la luz. Pero hemos de entregarnos a él sin cesar, como el agua al vaso que la contiene. Esto no es fácil; en verdad, solo puede lograrse mediante un incesante juicio de nosotros mismos, y la perpetua mortificación de nuestra propia vida.

¿Cuál es nuestra posición ante Dios en este respecto? Hemos escogido a Jesús como nuestro sustituto; pero ¿lo hemos escogido también, por el Espíritu Santo, como nuestra Vida? ¿Podemos decir, como el Apóstol: «No vivo ya yo, mas Cristo vive en mí»? Si es así, hemos de estar dispuestos a todo cuanto ello implica. Hemos de querer que el principio de la nueva vida crezca a expensas de la vida propia. Hemos de consentir en que la una aumente, mientras la otra disminuye, mediante procesos bastante dolorosos para la carne. Más aún, hemos de estar nosotros mismos siempre alerta, apresurando los procesos de juicio, condenación y crucifixión. Hemos de mantenernos fieles en nuestra lealtad al menor mandato del Espíritu Santo, aunque cueste lágrimas de sangre.

La perpetua plenitud del Espíritu Santo solo es posible a quienes le obedecen, y que le obedecen en todas las cosas. Nada hay trivial en esta vida. Por el descuido de mandatos leves, un alma puede pronto salir del círculo iluminado por el sol y perder la graciosa plenitud del poder del Espíritu. Una mirada, una palabra, una negativa, pueden bastar para contristarle en nosotros mismos, y para apagarle en otros. Calcula el costo; mas no retrocedas por temor de lo que él pueda demandar. Él es el Espíritu de amor; y nos ama demasiado bien para causarnos dolor, a menos que haya una razón que aprobaríamos, si supiéramos tanto como él.

V. ‑‑ RECÍBELE POR FE.

«Como pues habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él». La fe es la única ley de la casa divina. Y así como una vez obtuviste el perdón y la salvación por la fe, así ahora reclama y recibe la plenitud del Espíritu Santo.

Cumple las condiciones ya nombradas; espera en oración, con quietud pero con firmeza, delante de Dios, porque él da su Espíritu Santo a los que se lo piden: luego apropia con reverencia este glorioso don, y levántate de tus rodillas y sigue tu camino, contando con que Dios ha cumplido su palabra, y que estás lleno del Espíritu. Confía en él día tras día para que te llene y te mantenga lleno. Conforme a tu fe, así te será hecho.

Puede que al principio no haya estruendo de viento recio, ni corona de fuego, ni el sensible sentimiento de su presencia. No busques estas cosas, como tampoco el nuevo converso debiera buscar en el sentimiento una prueba de su aceptación. Sino cree, a pesar del sentimiento, que estás lleno. Di una y otra vez: «Te doy gracias, Dios mío, porque has cumplido tu palabra conmigo. Abrí mi boca, y tú la llenaste; aunque hasta ahora no percibo cambio especial alguno.» Y el sentimiento, tarde o temprano, irrumpirá en tu conciencia, y te regocijarás con gozo grandísimo; y todos los frutos del Espíritu comenzarán a mostrarse.

VI. ‑‑ PERO RECUERDA QUE NO BASTA CON SER LLENO UNA VEZ POR TODAS.

Como los Apóstoles de antaño, hemos de buscar renovadas plenitudes. Los que fueron llenos en el capítulo segundo de los Hechos fueron llenos de nuevo en el cuarto. ¡Feliz el hombre que nunca deja su aposento por la mañana sin buscar y recibir de manera resuelta la plenitud del Espíritu! Será un aventajado discípulo en la escuela de Dios, porque la unción que ha recibido, como aceite fresco, permanecerá en él, y le enseñará todas las cosas. Sobre todo, le será enseñado el secreto de la permanente comunión con Cristo, porque escrito está: «así como os ha enseñado, perseveraréis en él.» ‑‑ (1 Juan ii. 27.)

Siempre que tengas conciencia de una fuga, cuando el desgaste del servicio haya sido mayor que la recepción de nuevas provisiones, cuando alguna nueva avenida de ministerio, o algún talento recién descubierto, o algún nuevo departamento de tu ser se te haya presentado, acude de nuevo a la misma fuente por una renovada plenitud, una recarga de poder espiritual, una nueva unción con el santo crisma.

Tres tiempos verbales se emplean en los Hechos de los Apóstoles respecto de la llenura del Espíritu, que tienen sus equivalentes todavía: ‑‑

Fue lleno: una experiencia súbita y decisiva para una obra determinada (Hechos iv. 8).

Iban siendo llenos: el tiempo imperfecto, como si el bendito proceso estuviera siempre en marcha (Hechos xiii. 52).

Lleno: el adjetivo, que indica la experiencia perpetua (Hechos vi. 8).

Hay, por supuesto, más en la doctrina del Espíritu Santo de lo que en modo alguno alcanza a comprender el autor de estas débiles líneas. El ardiente bautismo del Espíritu Santo puede ser algo mucho más allá. No nos contentemos, pues, con perder nada de lo que es posible a los hombres redimidos; sino que, olvidando lo que queda atrás, prosigamos a lo que está delante, esforzándonos por asir todo aquello para lo cual fuimos asidos por Cristo Jesús.

El secreto de la guía divina Frederick Brotherton Meyer

Página 1 / 1 · 19 min restantes en el capítulo