El secreto de la guía divina ·Las cargas, y qué hacer con ellas

Capítulo 6 · 15 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Las cargas, y qué hacer con ellas

¿Guardas el sábado? No, ciertamente, el reposo literal del séptimo día, sino el reposo interior del cual aquel día era el bendito símbolo. La pausa en los negocios externos de la vida no era sino una parábola de aquel silencio interior, que no es para un solo día sino para todos los días; no para una sola raza sino para todos los hombres; no solo para el Más Allá sino para el Ahora. La celebración del sábado que aguarda al pueblo de Dios, sin que le quiten un solo átomo las tormentas que han bramado a su alrededor, es para todas las almas fieles, que pueden tomarla cuando quieran y llevarla consigo

«Por callejón sombrío y mercado en disputa,

haciendo su tarea diaria con pies más diligentes,

porque sus almas secretas repiten una santa melodía.»

Una melodía tomada de los acordes y armonías eternas de la vida y del ser de Dios.

El secreto de guardar el sábado está en la ausencia de cargas que llevar. «Así dice Jehová: Guardaos, y no traigáis carga en el día del sábado, ni la metáis por las puertas de Jerusalén. Ni saquéis carga de vuestras casas en el día del sábado.» Y en las palabras que siguen, la continua presencia de un rey se hace depender de la obediencia en cuanto a las cargas (Jer. xvii. 24, etc.). Nehemías fue tan insistente en este asunto que apostó a sus criados en las puertas de la ciudad, allí donde coronan la gris cumbre de Sion, «para que en día de sábado no entrase carga» (Neh. xiii. 19).

Y lo que era cierto en aquellos días pasados es cierto siempre. No puede haber verdadera celebración del sábado cuando se traen cargas sin freno al recinto del alma. Lo mismo daría intentar dormir mientras un grupo de niños briosos y sanos corretea de arriba abajo por la casa, jugando al escondite en todas las habitaciones. El cuidado quebrantará el reposo del alma tanto como lo hace el pecado. Y no hay esperanza de que conozcamos la paz que sobrepuja todo entendimiento hasta que hayamos aprendido el arte de cerrar la puerta a la larga procesión de pensamientos cargados de inquietud que siempre suben la cuesta desde el mundo de abajo para llenar nuestro espíritu con el son de sus pisadas y el clamor de sus gritos.

No hace falta detenernos a describir los resultados que la carga trae al que va agobiado. Son evidentes en el rostro consumido, el ojo cansado, el paso pesado. Pero, más hondo que estos, no hay poder en la oración, ni gozo en Dios, ni descanso en verdes pastos, ni caminar junto a las aguas de reposo. Como los copos de nieve en las regiones árticas o los granos de arena en los trópicos levantarán ante alguna humilde vivienda una muralla capaz de excluir la luz, así las preocupaciones, cada una en sí misma infinitesimal, dejarán fuera del alma la bendita luz de Dios y harán medianoche donde Dios quiso mediodía.

Llevar cargas deshonra tristemente a Dios. Cuando los hombres del mundo contemplan los rostros de quienes profesan ser hijos de Dios, y los ven oscurecidos por las mismas sombras que se proyectan sobre los suyos propios, bien pueden preguntarse qué clase de Padre será Él. Cualesquiera que sean las profesiones de un hombre, no podemos evitar juzgarlo por los rostros de sus hijos. Y si a Dios se le juzga por el informe inconsciente que de Él dan algunos de sus hijos, las cosas más duras que jamás hayan dicho contra Él sus enemigos no andan lejos de la verdad.

En tales circunstancias el incrédulo bien puede argüir: «O no hay Dios, o es impotente para ayudar, o no ama de veras, o le tienen sin cuidado las necesidades de sus hijos. ¿De qué me servirá a mí la religión?»

Somos o difamaciones o Biblias; luces de puerto o señales de peligro; atrayentes o repelentes; y ello depende en gran medida de cómo tratemos nuestras cargas.

Por supuesto que hay diferencia entre el Cuidado y el Dolor; entre llevar la carga que nosotros mismos nos fabricamos con nuestras ansiedades, y padecer conforme a la voluntad de Dios. No debemos tener en poco los sufrimientos que nos envía nuestro Padre para enseñarnos lecciones que solo podían aprenderse en la escuela en cuyos bancos nuestro Señor se sentó antes que nosotros para aprender la obediencia. El espíritu disciplinado ha de andar quedo, y retirarse para sufrir. Pero esto es muy distinto de llevar cargas. No habrá duda alguna en cuanto al cuidado del Padre, ni inquietud por los desenlaces, ni presentimiento en cuanto al largo porvenir, que a los ojos de la fe reluce como la línea del horizonte del mar sobre el cual el sol brilla con esplendor, aunque densas nubes se ciernan justo encima.

Antes de estar del todo despiertos por la mañana, a veces nos hacemos conscientes de un sentimiento de abatimiento, como si no todo anduviera bien; y una voz parece contarnos una larga letanía de cargas que llevar y dificultades que afrontar a medida que pasen las horas.

«¡Ah!», dice la voz, «un día miserable será este

«¿Cómo así?», preguntamos con temor.

«Acuérdate de que hay que ver a aquel acreedor, desenredar aquella madeja, aplacar aquella irritación, enfrentar aquellos genios violentos. De nada sirve orar. Mejor quédate donde estás, y luego arrástrate por el día como puedas. Eres como un mártir llevado a su muerte.»

Y con demasiada frecuencia hemos cedido a la sugestión, y nos hemos arrastrado fatigosamente por las horas, haciendo nuestra tarea diaria con las manos ocupadas y las fuerzas gastadas por las cargas que hemos asumido. Dios se ha comprometido a dar fuerzas para todos los deberes que Él impone, pero no para las cargas que nosotros elegimos echarnos encima además.

El único remedio para las cargas es echar todas las cargas sobre el Señor. El margen de la versión revisada del Salmo lv. 22 dice así: Echa sobre Jehová lo que Él te ha dado. Cualquier carga que el Señor te haya dado, devuélvesela a Él. Trata la carga del cuidado como trataste una vez la carga del pecado; arrodíllate y entrégasela deliberadamente a Jesús. Dile: «Señor, te confío esto, y esto, y esto. No puedo llevarlas, me están aplastando; pero te las encomiendo del todo, para que las manejes, las dispongas y las ordenes. Tú has tomado mis pecados. Toma mis penas, y a cambio dame tu Paz, tu Reposo.» Como dice George Herbert con tanta gracia: «Debemos meterlas todas en el zurrón de Cristo.»

¿No será nuestro Señor Jesús al menos tan fiel y leal como el mejor amigo terrenal que hayamos conocido? ¿Y no ha habido momentos en la vida de todos nosotros en que, demasiado cansados o desvalidos para ayudarnos a nosotros mismos, hemos entregado agradecidos alguna consumidora ansiedad a un hombre bueno y fuerte, seguros de que, una vez confiada a él, no descansaría hasta haberla resuelto a su plena satisfacción? Y sin duda Aquel que nos amó lo bastante para morir por nosotros bien puede recibir el encargo de disponer todos los asuntos menores de nuestra vida diaria.

Por supuesto, hay una o dos condiciones que debemos cumplir antes de poder entregar nuestras cargas al Señor Jesús y dejarlas con Él en plena confianza. Debemos haber echado nuestros pecados sobre Él antes de poder echar nuestros cuidados. Debemos estar en paz con Dios por la obra de nuestro Salvador antes de poder tener la paz de Dios mediante la fe en su bondadosa intervención a favor nuestro. Debemos también vivir según el plan de Dios, permaneciendo bajo la nube, obedeciendo sus leyes y ejecutando sus planes hasta donde los conozcamos. Debemos también alimentar la fe con la promesa, pues este alimento es esencial para que prospere. Y cuando hayamos hecho todo esto, no nos resultará tan difícil

«arrodillarnos, y echar nuestra carga,

aun mientras oramos, sobre nuestro Dios,

y luego levantarnos con el ánimo aliviado.»

I. ‑‑ ENTREGA A CRISTO LA CARGA DE CÓMO CRECER EN GRACIA.

Esta es una carga muy grande para algunas personas fervorosas. Van de convención en convención, de un orador a otro, cuaderno en mano, tan ansiosas de recibir la Bendición (como ellas la llaman), y a menudo pensando más en el arrebato del Don que en la Persona del Dador. Y porque oyen de otros que tienen experiencias que ellas no conocen, cargan con pesadas cargas de decepción y de reproche a sí mismas.

Con igual razón podría un niño de la clase de párvulos afligirse porque no está matriculado en las clases superiores de la escuela. Pero ¿por qué habría de inquietarse por su progreso futuro? Su único cometido es aprender las lecciones que le pone su maestro. Cuando estas estén aprendidas, tocará a él enseñar más a su alumno, y hacerlo avanzar a puestos donde se pueda progresar con mayor rapidez. Y a nosotros nos toca aprender las lecciones que el Señor Jesús nos pone delante día tras día, dejándole a Él que nos conduzca al conocimiento y al amor más plenos de Dios.

Tomás era uno de los alumnos torpes en la escuela de nuestro Maestro. No alcanzaba a ver lo que era claro para todos los demás. Pero en vez de reprenderlo y dejarlo a tientas en la oscuridad, el Maestro le hizo una visita especial, e hizo el gozoso hecho de su resurrección tan sencillo que el que dudaba pudo regocijarse con los demás. No te inquietes por tu torpeza; solo hará que el amado Maestro te preste una atención más larga y personal. Las madres se esmeran más con el enfermizo, el débil y el torpe entre sus hijos.

II. ‑‑ ENTREGA A CRISTO LA CARGA DE MANTENER UNA PROFESIÓN CRISTIANA.

A muchos los retiene de identificarse abiertamente con el pueblo del Señor un secreto temor de que nunca podrán perseverar. Llevan consigo un nervioso pavor de traer deshonra sobre su profesión cristiana, y de arrastrar por el polvo los colores de Cristo. Casi sin darse cuenta, repiten las palabras de David: «Al fin seré muerto algún día por la mano de Saúl.»

La ansiedad por un asunto tan sagrado como este ocultará el rostro de Cristo, así como los impalpables jirones de niebla ocultan las majestuosas cumbres nevadas. Y es del todo innecesaria. Aquel que salvó puede sostener. Como es su corazón de amor, así es su brazo de poder. Él es capaz de guardarnos de caer, y de presentarnos sin mancha ante la presencia de su gloria. Pero nunca conoceremos la suficiencia de ese guardar mientras nos aferremos a la barca, o mantengamos siquiera una mano sobre su borda. Solo cuando hayamos salido del todo sobre el agua, confiando por completo en el poder del Maestro, sabremos con cuánta bienaventuranza y certeza guarda Él lo que se le encomienda para aquel día.

No debemos llevar ni siquiera la carga de permanecer diariamente en Él. Confiemos más bien en que Él nos mantenga confiando y permaneciendo en Él mismo. No nos fallará si lo hacemos, y responderá a nuestra fe dándonos apetito por aquellos ejercicios de oración, estudio de la Biblia y comunión, que son los secretos de una comunión sin quebranto.

III. ‑‑ ENTREGA A CRISTO LA CARGA DE LA OBRA CRISTIANA.

Cómo mantener nuestras congregaciones; cómo conservar nuestro terreno en medio de la competencia de los obreros vecinos; cómo sostener el vigor y la eficacia de nuestra maquinaria; cómo zanjar las diferencias que surgen entre colegas y subordinados; cómo hallar suficiente material para sermones y discursos ‑‑ bajo la presión de cargas como estas ¡cuántos obreros se derrumban! Podían con el trabajo, pero no con la inquietud.

Y sin embargo, la responsabilidad de la obra no es nuestra, sino de nuestro Maestro. Él lleva este mundo en sus brazos, como una madre a su hijo enfermo. Él atiende la infinita necesidad del hombre. Él lleva adelante su gran plan redentor para la gloria de su Padre. Todo lo que quiere de nosotros es el fiel cumplimiento de las tareas diarias que Él nos da.

Que el joven marinero duerma profundamente en su hamaca; el capitán conoce con exactitud el rumbo del barco. Que el recadero se contente con ir y traer, según le mandan; los jefes de la firma saben lo que hacen, y tienen recursos de sobra para atender todas sus necesidades. Y que el obrero cristiano se guarde de llevar cargas que solo el Señor puede llevar. El Señor nunca nos habría enviado a su obra sin antes calcular su capacidad para llevarnos hasta el fin.

IV. ‑‑ ENTREGA A CRISTO LA CARGA DEL FLUJO Y REFLUJO DEL SENTIMIENTO.

Nuestros sentimientos son tan mudables como el tiempo de abril. Los afecta un número infinito de sutiles causas ‑‑ nuestra salud física, el estado de la atmósfera, el exceso de cansancio, la falta de sueño ‑‑ además de las que son espirituales e interiores. Ningún instrumento de cuerda es más susceptible a los cambios diminutos que nosotros. Y somos propensos a tomárnoslo muy a pecho cuando vemos que la marea de la emoción se retira.

En tales momentos deberíamos examinarnos, para ver si nuestra falta de sentimiento se debe a un pecado consciente o a la inquietud; y si no es así, podemos entregar toda ansiedad ulterior en el asunto a Aquel que conoce nuestra condición, y se acuerda de que somos polvo. Y al descender por la oscura escalera, asgámonos con firmeza al pasamano de su voluntad, dispuestos aún a hacer su voluntad, aunque sea en la oscuridad. «Soy tan tuyo, estoy tan consagrado a ti ahora en lo hondo de mi alma, como cuando me sentía más dichoso en tu amor.»

V. ‑‑ ENTREGA A CRISTO TODAS LAS DEMÁS CARGAS.

Los sirvientes con sus frecuentes cambios; los patronos con sus exigencias irrazonables; los chismes malintencionados y las historias calumniosas que se propalan acerca de ti; las perplejidades y adversidades del negocio; las dificultades para llegar a fin de mes; la cuestión de cambiar de residencia, o de empleo, y conseguir otro; los hijos con las dolencias de la niñez y la rebeldía de la juventud; la provisión para la enfermedad y la vejez. Hay algunos cuyos negocios son singularmente penosos, y propensos a causar pensamientos angustiosos; otros cuyo horizonte está siempre cercado por los lúgubres espectros de la miseria y del asilo de pobres.

Cualquiera de estas cosas quebrantará nuestro reposo, así como un solo perro que aúlla puede quebrantar nuestro sueño en la noche más quieta, y como un solo grano de polvo en el ojo lo incapacita para gozar del más hermoso paisaje.

No hay, pues, otra cosa para nosotros que echar nuestra carga, y aun a nosotros mismos, sobre Dios (Sal. xxii. 8, marg.).

Cuando un niño pequeño, tratando de ayudar a su padre a trasladar unos libros, cayó en la escalera bajo el peso de un pesado volumen, el padre corrió en su auxilio y tomó en brazos al niño y a la carga a la vez, y los llevó en sus brazos hasta su propio cuarto. Y ¿lo hará peor nuestro Padre? Él ha de amarnos infinitamente, y estar siempre a la mano. «Él tiene cuidado de vosotros.»

Es un buen modo de tratar con Dios, si no estás del todo seguro de su voluntad, decir que te quedarás donde estás, o que seguirás haciendo lo que has venido haciendo, hasta que Él te aclare del todo lo que quiere y te dé poder para hacerlo. Echa sobre Dios la responsabilidad de tu camino (Prov. xvi. 3, marg.), y espera que Él te dé a conocer cualquier cambio que desee de un modo tan inconfundible que, aunque seas torpe y lerdo, no puedas equivocarte.

No te inquietes por el vestido, ni por los adornos, ni por las cosas dudosas. Satanás gusta de desviar la atención del alma de Cristo hacia sí misma. Es como si una joven se pasara una hora en su cuarto preguntándose con qué vestido recibir a su enamorado, que espera con impaciencia abajo. Que vaya a él, y si ella lo desea, bastante pronto le dirá él con claridad lo que prefiere. Ponte en la presencia de Jesús, y no quedarás abandonado a nebulosas cavilaciones y disputas dudosas, sino que se te dirá con claridad e inconfundiblemente su voluntad, y siempre de modo concreto sobre un solo punto a la vez.

El arzobispo Leighton dice con dulzura: «Cuando hayas de hacer o de sufrir algo, cuando estés a punto de emprender cualquier asunto, ve, cuéntaselo a Dios, y hazle partícipe de ello ‑‑ sí, cárgaselo a Él ‑‑ y habrás cumplido en cuanto al cuidar. No más cuidado, sino una dulce y serena diligencia en tu deber, y dependencia de Él para el manejo de tus asuntos. Descarga todo sobre Dios, haz un solo fardo de todo; echa tus cuidados, y a ti mismo con ellos, como una sola carga, todo sobre tu Dios.»

Y así, cuando no se traen cargas al alma, sino que se entregan de inmediato al bendito Señor, la paz de Dios llenará el templo interior. Y aunque afuera pueda haber contienda de lenguas, y el roce de este mundo inquieto, como el mar agitado que no puede reposar, y la presión de muchas ocupaciones, sin embargo estas cosas se agotarán contra las almenas de la vida que es la presencia envolvente de Dios; mientras que, dentro, el alma guarda un sábado sin quebranto, como las serenas profundidades del océano, que no las agitan los huracanes que baten la superficie en espuma y furia. «Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús.» (Fil. iv. 7.)

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El secreto de la guía divina Frederick Brotherton Meyer

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