Capítulo 2 · 14 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
¿En qué me equivoco?
Esta es tu ansiosa pregunta, alma cristiana, y tu amarga queja. En los rostros y en las vidas de otros a quienes conoces has percibido una luz, un gozo, un poder, que envidias con un deseo que te oprime, pero por el cual deberías dar gracias a Dios devotamente. Bueno es que nos sintamos insatisfechos con los bajos niveles en que solíamos vivir, y empecemos a preguntar por el secreto de una vida más dulce, más noble, más victoriosa. El durmiente que se revuelve inquieto está cerca de despertar, y descubrirá que ya la luz de la mañana brilla en torno al lecho en que demasiado tiempo se ha entregado al sueño. «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo».
Debemos, sin embargo, recordar que los temperamentos difieren. Algunos parecen nacidos en las tinieblas, y llevan consigo toda la vida una predisposición hereditaria a la melancolía. Su naturaleza está afinada en tono menor, y responde con la mayor facilidad y naturalidad a la depresión. Miran siempre el lado oscuro de las cosas, y en el más azul de los cielos descubren la nube no mayor que la mano de un hombre. La suya es una senda sombreada, donde los destellos del sol dan débilmente y con dificultad a través del oscuro follaje de lo alto.
Tal vez sea tuyo semejante temperamento; y si lo es, nunca podrás esperar obtener exactamente la misma exuberante alegría que llega a otros, ni debes quejarte de que así sea. Esta es la carga que las manos de tu Salvador moldearon para ti, y debes llevarla por Él, sin quejarte, ni exhibirla ante la mirada de los demás, ni permitir que domine tu espíritu firme y resuelto, sino sobrellevándola en silencio y glorificando a Dios en medio de todo. Pero, aunque sea imposible ganar la alegría que llega a otros, puede haber al menos reposo, y victoria, y serenidad ‑‑ los mejores dones del Cielo para el hombre.
Debemos recordar, también, que la emoción no es una verdadera prueba de nuestro estado espiritual. La rectitud del corazón se muestra a menudo en la alegría del corazón, así como la salud del cuerpo suele revelarse en un ánimo exuberante. Pero no siempre es así. Dicho de otro modo, la ausencia de gozo no siempre prueba que el corazón esté mal. Puede probarlo, pero ciertamente no de manera invariable. Quizá el sistema nervioso se haya visto excedido, como el de Elías en el desierto cuando, terminada la larga tensión del Carmelo y su huida, se echó sobre la arena y pidió morir ‑‑ petición que Dios atendió no con reproche, sino con alimento y sueño. Quizá el Señor haya retirado la luz del paisaje para ver si era amado por sí mismo o solo por sus dones. Quizá la disciplina de la vida haya culminado en un Getsemaní, donde la mano de un Padre acerca a los labios la copa amarga, aunque solo se alcance a ver a un Judas; y en la angustia momentánea que causa el esfuerzo de renunciar a la propia voluntad, solo es posible yacer en tierra, con gran clamor y lágrimas que el viento de la noche lleva a Dios. En tales circunstancias, el gozo exuberante está fuera de lugar. Los colores sombríos convienen al alma probada y doliente. El ánimo alegre sería aquí tan impropio como la algazara en el hogar ensombrecido por la muerte. La paciencia, el valor, la fe son las gracias adecuadas que han de manifestarse en tales tiempos.
Pero, hechas todas estas salvedades, es cierto que muchos de nosotros estamos perdiendo, de forma culpable, una bienaventuranza que nos haría radiantes con la luz del Paraíso; y la pérdida se debe a algún defecto de nuestro carácter que haremos bien en detectar y corregir.
I. ‑‑ QUIZÁ NO DISTINGUES ENTRE TU POSICIÓN Y TU EXPERIENCIA.
Nuestras experiencias son tan mudables como el tiempo de abril; ora sol, ora nube; luces y sombras persiguiéndose unas a otras sobre millas de brezal o de mar salpicado de espuma. Pero nuestra posición en Jesús no cambia. Es como Él mismo ‑‑ el mismo ayer, hoy y por los siglos. No se originó en nosotros, sino en su amor eterno que, previendo todo lo que llegaríamos a ser, nos amó a pesar de todo. No fue comprada por nosotros, sino por su sangre preciosa, que intercede por nosotros con tanto poder y éxito cuando apenas podemos reclamarla como cuando nuestra fe está más animosa. No la mantenemos nosotros, sino el Espíritu Santo. Si hemos huido a Jesús en busca de salvación, refugiándonos bajo Él, apoyándonos en Él y confiando en Él, aunque sea con muchos recelos, como bien podemos, entonces somos uno con Él para siempre. Fuimos uno con Él en el sepulcro; uno con Él en la mañana de Pascua; uno con Él cuando se sentó a la diestra de Dios. Somos uno con Él ahora, mientras está de pie en la luz de la sonrisa de su Padre, como los miembros del nadador son uno con la cabeza, aunque solo ella esté rodeada de la cálida gloria del sol mientras aquellos quedan ocultos bajo las olas. Y ninguna duda ni depresión puede por un solo instante afectar o alterar nuestra aceptación ante Dios por medio de la sangre de Jesús, que es un hecho eterno.
Quizá no lo hayas comprendido, sino que has pensado que tu posición en Jesús se veía afectada por tus estados de ánimo cambiantes. Lo mismo daría que la fortuna de una pupila bajo tutela judicial disminuyera o aumentara según la cantidad de dinero que gasta para sus menudencias. Nuestra posición en Jesús es nuestro capital invertido. Nuestras emociones, en el mejor de los casos, no son más que el dinero suelto que gastamos, que pasa sin cesar por nuestro bolsillo o monedero, nunca exactamente igual. Deja de fijarte en cómo te sientes, y edifica sobre la roca inconmovible de lo que Jesús es, y ha hecho, y está haciendo, y hará por ti, por los siglos de los siglos.
II. ‑‑ QUIZÁ VIVES DEMASIADO EN TUS SENTIMIENTOS Y MUY POCO EN TU VOLUNTAD.
No tenemos dominio directo sobre nuestros sentimientos, pero sí sobre nuestra voluntad. «Nuestra voluntad es nuestra, para hacerla tuya». Dios no nos hace responsables de lo que sentimos, sino de lo que queremos. A sus ojos no somos lo que sentimos, sino lo que queremos. No vivamos, pues, en el cenador de la emoción, sino en la ciudadela central de la voluntad, enteramente entregada y consagrada a la voluntad de Dios.
En la Mesa del Señor, el alma se ve a menudo bañada de una santa emoción, las mareas suben altas, los torrentes tumultuosos del gozo golpean con fuerza contra las compuertas como para derribarlas, y todo elemento de la naturaleza se une al himno coral de arrebatada alabanza. Pero llega el día siguiente, y hay que afrontar la vida en el mugriento despacho de cuentas, en la lóbrega tienda, en la ruidosa fábrica, en el taller sin Dios; y cuando el alma compara el gozo de ayer con la dificultad que experimenta para andar humildemente con el Señor, se inclina a preguntarse si de veras está tan entregada y consagrada como lo estaba. Pero, en tal momento, ¡qué hermoso es advertir que la voluntad no ha alterado su posición ni un pelo, y alzar la vista y decir:
«Dios mío, la pleamar de la emoción ha pasado como un arroyo de verano; pero en lo más hondo de mi corazón, en mi voluntad, tú sabes que estoy tan entregado, tan leal, tan deseoso de ser solo para ti, como en el bendito momento de perfecto recogimiento a tus pies».
Esta es una ofrenda que agrada a Dios. Y así podemos vivir una vida serena y apacible.
III. ‑‑ QUIZÁ HAS DESOBEDECIDO ALGÚN MANDAMIENTO CLARO.
A veces un alma acude a su consejero espiritual, hablando así:
«No tengo gozo consciente, y apenas lo he tenido en años».
«¿Lo tuviste alguna vez?»
«Sí, por algún tiempo después de mi conversión a Dios.»
«¿Eres consciente de haber rehusado obedecer algún mandamiento concreto, que vino a tu vida, pero del cual te apartaste?»
Entonces el rostro se abate, y los ojos se empañan de lágrimas, y la respuesta llega con dificultad:
«Sí, hace años solía pensar que Dios me pedía cierta cosa; pero sentí que no podía hacer lo que Él deseaba, estuve inquieto por ello algún tiempo, pero al cabo pareció desvanecerse de mi mente, y ahora rara vez me perturba».
«Ah, alma, ahí es donde te has descarriado, y nunca te enderezarás hasta que vuelvas atrás, a través de los años fatigosos, al punto en que dejaste caer el hilo de la obediencia, y hagas aquello único que Dios te exigió hace tanto tiempo, pero por lo cual abandonaste la senda estrecha de la obediencia incondicional».
¿No es esta la causa de la depresión de miles de personas cristianas? Son hijos de Dios, pero son hijos desobedientes. La Biblia resuena con una larga y única exigencia de obediencia. La palabra clave del libro de Deuteronomio es: Guarda y haz. El tema del discurso de despedida de Cristo es: Si me amáis, guardad mis mandamientos. No debemos cuestionar, ni replicar, ni excusarnos. No debemos escoger nuestro propio camino a capricho. No debemos tomar algunos mandamientos y rechazar otros. No debemos pensar que la obediencia en otras cosas compensará la desobediencia en algún punto particular. Dios da un mandamiento a la vez, grabándolo en nosotros no de una sola manera, sino de muchas; con esto nos prueba. Si obedecemos en esto, inundará nuestra alma de bendición y nos hará avanzar a nuevas sendas y pastos. Pero si rehusamos en esto, permaneceremos estancados y anegados, sin hacer progreso alguno en la experiencia cristiana, y careceremos de poder y de gozo.
IV. ‑‑ QUIZÁ ESTÁS PERMITIENDO ALGÚN MAL CONOCIDO.
Cuando se deja reposar el agua, las partículas de limo se delatan al caer una por una al fondo. Así, si te quedas quieto, puedes llegar a percibir la presencia en tu alma de un mal consentido. Atrévete a considerarlo. No esquives la vista como el quebrado esquiva sus reveladores libros de cuentas, o el tísico el estetoscopio. Fuérzate a considerar con calma cualquier mal que el Espíritu de Dios descubra a tu alma. Quizá haya acechado en los armarios y claustros de tu ser durante años, sospechado pero no juzgado. Mas, sea lo que fuere, y cualquiera que sea su historia, ten por seguro que ha traído sobre tu vida la sombra que es tu pesar cotidiano.
¿Rehúsa tu voluntad abandonar una práctica o un hábito ajeno a la voluntad de Dios?
¿Permites que algún pecado secreto siga su curso sin estorbo en la casa de tu vida?
¿Vagan tus afectos sin freno tras objetos prohibidos?
¿Abrigas algún resentimiento u odio hacia otro, con quien rehúsas reconciliarte?
¿Hay alguna injusticia que rehúsas perdonar, alguna deuda que rehúsas pagar, algún agravio que rehúsas confesar?
¿Te permites a ti mismo algo que serías el primero en condenar en otros, pero que arguyes que puede consentirse en tu propio caso por ciertas razones con las que intentas sofocar las protestas de la conciencia?
En algunos casos, el estorbo para la bienaventuranza consciente no está en pecados, sino en pesos que cuelgan del alma. El pecado es aquello que siempre y en todas partes está mal; pero un peso es cualquier cosa que pueda estorbar o entorpecer la vida cristiana, sin ser propiamente pecado. Y así, una cosa puede ser un peso para uno y no serlo para otro. Cada cual debe estar plenamente persuadido en su propia mente. Y dondequiera que el alma advierta que su vida se ve estorbada por la presencia de alguna cosa, entonces, por inofensiva que sea en sí misma, y por inocentemente que otros la consientan, no cabe otra alternativa: debe ser desechada como las ropas de los muchachos cuando, en la pradera del pueblo, compiten por el premio de la lucha o de la carrera.
V. ‑‑ QUIZÁ MIRAS DEMASIADO HACIA DENTRO, AL YO, EN LUGAR DE MIRAR HACIA FUERA, AL SEÑOR JESÚS.
Las personas más sanas no piensan en su salud; los débiles inducen la enfermedad con una introspección morbosa. Si empiezas a contar los latidos de tu corazón, perturbarás su ritmo. Si imaginas continuamente un dolor en alguna parte, lo producirás. Y hay algunos verdaderos hijos de Dios que provocan su propia oscuridad con un morboso escudriñamiento de sí mismos. Siempre están volviendo sobre sí, analizando sus motivos, reconsiderando pasados actos de consagración, comparándose consigo mismos. De una forma u otra, el yo es el eje de su vida, por más que sea, sin duda, una vida religiosa. ¿Qué sino tinieblas puede resultar de semejante proceder? Ciertamente hay momentos en nuestra vida en que debemos mirar hacia dentro, y juzgarnos a nosotros mismos para no ser juzgados. Pero esto solo se hace para que nos volvamos con más pleno propósito de corazón al Señor. Y una vez hecho, no necesita repetirse. «Olvidando lo que queda atrás» es el único lema seguro. La cuestión no es si obramos tan bien como habríamos podido, sino si obramos tan bien como pudimos en aquel momento.
No debemos pasar toda la vida limpiando nuestras ventanas, o considerando si están limpias, sino tomando el sol en la bendita luz de Dios. Esa luz pronto nos mostrará lo que aún necesita ser limpiado, y nos permitirá limpiarlo con infalible exactitud. Nuestro Señor Jesús es un perfecto embalse de todo cuanto el alma del hombre requiere para una vida bienaventurada y santa. Hacer mucho de Él, permanecer en Él, sacar de Él, recibir a cada instante de su plenitud, es, por tanto, la única condición de la salud del alma. Pero ocuparse más de uno mismo que de Él es como dedicar mucho tiempo y pensamiento a los sentidos del cuerpo, y no usarlos jamás para recibir impresiones del mundo exterior. Mira a Jesús. Deléitate en el Señor. ¡Alma mía, espera solo en Dios!
VI. ‑‑ QUIZÁ DEDICAS DEMASIADO POCO TIEMPO A LA COMUNIÓN CON DIOS POR MEDIO DE SU PALABRA.
No es necesario hacer largas oraciones, pero es esencial estar mucho a solas con Dios; aguardando a su puerta; atento a su voz; demorándose en el jardín de la Escritura hasta la venida del Señor Dios al alba o al fresco del día. Ninguna cantidad de reuniones, ninguna comunión con amigos cristianos, ninguna medida de actividad cristiana puede compensar el descuido de la hora callada.
Cuando menos inclinado te sientas a ello, mayor es la necesidad de retirarte a tu aposento con la puerta cerrada. Haz por deber lo que no puedes hacer por placer, y hallarás que se vuelve delicioso. Mejor puedes prosperar sin alimento que llegar a ser feliz o fuerte en la vida cristiana sin comunión con Dios.
Cuando no puedas orar por ti mismo, empieza a orar por otros. Cuando tus deseos desfallezcan, toma la Biblia en la mano y comienza a convertir cada texto en súplica; o repasa la cuenta de tus misericordias y empieza a traducir cada una de ellas en alabanza. Cuando la Biblia misma se te haga tediosa, examina si no habrás estropeado tu apetito con golosinas, y renúncialas; y cree que la Palabra es el hilo por el cual la voz de Dios ciertamente llegará a ti, si el corazón está aquietado y la atención fija. «Escucharé lo que hablará Jehová Dios».
Más cristianos de los que podemos contar sufren por falta de oración y de estudio de la Biblia, y no hay avivamiento más deseable que el del estudio privado y sistemático de la Biblia. No hay método corto y fácil de piedad que pueda prescindir de esto.
VII. ‑‑ QUIZÁ NUNCA TE HAS ENTREGADO POR ENTERO AL SEÑORÍO DEL SEÑOR JESÚS.
Somos suyos por muchos lazos y derechos, pero muy pocos de nosotros reconocemos su señorío. Estamos bastante dispuestos a tomarlo como Salvador; vacilamos en hacerlo Rey. Olvidamos que Dios lo ha exaltado para ser Príncipe, además de Salvador. Y el orden divino es irreversible. Quienes ignoran el señorío de Jesús no pueden edificar una vida fuerte ni dichosa.
Pon el sol en su trono central, y todos los movimientos de los planetas asumen un orden hermoso. Pon a Jesús en el trono de la vida, y todas las cosas caen en armonía y paz. Buscad primero el reino de Dios, y todas las cosas son vuestras. La consagración es la condición indispensable de la bienaventuranza.
Así irrumpirá la luz sobre tu senda, cual no ha brillado allí en muchos días. Sí, «no se pondrá jamás tu sol, ni menguará tu luna; porque el Señor te será por luz perpetua, y los días de tu luto serán acabados».