Capítulo 1 · 16 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El secreto de la guía divina
Muchos hijos de Dios se afanan tanto en la cuestión de la guía divina que quizá sea útil ofrecer algunas sugerencias sobre cómo conocer el camino por el que nuestro Padre quiere que andemos y la obra que quiere que hagamos. No es posible exagerar la importancia del tema; gran parte de nuestro poder y de nuestra paz consiste en saber dónde quiere Dios que estemos, y en estar precisamente allí.
El maná solo cae donde reposa la columna de nube; pero con toda seguridad se halla sobre las arenas que hace pocas horas resplandecían bajo la luz centelleante del fuego celestial, y que ahora quedan cubiertas por el manto vaporoso de la nube. Si estamos precisamente donde nuestro Padre celestial quiere que estemos, tenemos plena certeza de que Él proveerá alimento y vestido, y todo lo demás. Cuando envía a sus siervos a Querit, hará que hasta los cuervos les lleven comida.
¡Cuánta de nuestra obra cristiana ha resultado estéril porque nos hemos empeñado en emprenderla por cuenta propia, en lugar de averiguar qué estaba haciendo Dios y dónde requería nuestra presencia! Soñamos radiantes sueños de éxito. Intentamos imponerlo. Recurrimos a toda clase de expedientes, cuestionables o no. Al final volvemos atrás, descorazonados y avergonzados, como niños desgarrados y arañados por las zarzas, y ensuciados por el lodazal. Nada de esto habría ocurrido si tan solo hubiéramos estado, desde el principio, bajo la guía infalible de Dios. Él podría probarnos, pero no permitiría que nos extraviáramos.
Naturalmente, el hijo de Dios, anhelando conocer la voluntad de su Padre, se vuelve al Libro sagrado y renueva su confianza al observar cómo en todas las épocas Dios ha guiado a quienes se atrevieron a confiar en Él hasta lo sumo, pero que en su momento debieron de estar tan perplejos como a menudo lo estamos nosotros ahora. Sabemos cómo Abraham dejó parentela y patria, y partió, sin más guía que Dios, a través del desierto sin senderos hacia una tierra que no conocía. Sabemos cómo durante cuarenta años los israelitas fueron conducidos por la península del Sinaí, con sus laberintos de arenisca roja y sus páramos de arena. Sabemos cómo Josué, al entrar en la Tierra de Promisión, pudo hacer frente a las dificultades de una región desconocida y vencer a naciones grandes y belicosas, porque puso su mirada en el Príncipe del ejército de Jehová, que siempre conduce a la victoria. Sabemos cómo, en la Iglesia primitiva, los apóstoles fueron capacitados para abrirse paso entre las cuestiones más difíciles y resolver los problemas más desconcertantes, sentando principios que guiarán a la Iglesia hasta el fin de los tiempos; y esto porque les fue revelado, por el Espíritu Santo, qué debían hacer y decir.
LAS PROMESAS DE GUÍA SON INEQUÍVOCAS.
Salmo xxxii. 8: «Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar». Esta es la clara promesa de Dios a aquellos cuyas transgresiones han sido perdonadas y cuyos pecados han sido cubiertos, y que están más prontos a percibir el menor indicio de su voluntad que el caballo o el mulo a sentir el freno.
Prov. iii. 6: «Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas». Palabra segura, en la que podemos descansar, con tal de que cumplamos las condiciones previas: confiar de todo corazón y no apoyarnos en nuestra propia prudencia.
Isa. lviii. 11: «Jehová te pastoreará siempre». Es imposible pensar que pudiera guiarnos en algo si no nos guiara siempre. Pues los mayores acontecimientos de la vida, como las enormes piedras oscilantes del oeste de Inglaterra, giran sobre los puntos más pequeños. Un guijarro puede alterar el curso de un arroyo. El crecimiento de un grano de mostaza puede determinar las lluvias de un continente. Así se nos exhorta a buscar una guía que abarque la vida entera en sus innumerables necesidades.
Juan viii. 12: «Yo soy la luz del mundo: el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la lumbre de la vida». La referencia aquí parece ser a las peregrinaciones por el desierto, y el Maestro promete ser para todas las almas fieles, en su peregrinación hacia la Ciudad de Dios, lo que la columna de nube fue para los hijos de Israel en su marcha hacia la Tierra de Promisión.
No son más que muestras. La bóveda de la Escritura está incrustada de millares de ellas, que resplandecen a su medida como las estrellas que guían al caminante a través del abismo. Bien puede el profeta resumir la herencia de los siervos del Señor diciendo de la Ciudad Santa: «Todos tus hijos serán enseñados de Jehová, y grande será la paz de tus hijos».
Y con todo, a algunos corazones probados y tímidos puede parecerles que todos los mencionados en la Palabra de Dios recibieron ayuda, mientras que ellos quedan sin ella. Les parece haberse hallado ante problemas desconcertantes, cara a cara con los misterios de la vida, anhelando ardientemente saber qué hacer, pero ningún ángel ha venido a decírselo, y ninguna puerta de hierro se les ha abierto en la cárcel de las circunstancias.
Algunos echan la culpa a su propia torpeza. Sus mentes son romas y lentas. No logran captar el sentido de Dios, que a otros les resultaría claro. Tienen tanto temor de obrar mal que no consiguen aprender con claridad lo que es recto. «¿Quién es ciego, sino mi siervo? ¿o sordo, como mi mensajero que envié? ¿Quién es ciego como el perfecto, y ciego como el siervo de Jehová?». Sin embargo, ¿cómo tratamos a nuestros hijos? Un niño es tan despierto y perspicaz que basta una pequeña indicación para señalarle el camino; otro nació lento, y no capta con rapidez lo que quieres decir. ¿Acaso solo dejas que el listo sepa lo que deseas? ¿No tomarás al otro sobre tus rodillas y le aclararás las instrucciones que lo confunden? ¿No teje la angustia del pequeñito, que anhela saber para obedecer de inmediato, un lazo casi más fuerte que el que te une a los demás? ¡Oh, hijos cansados, perplejos y torpes, creed en el gran amor de Dios y entregaos a él, seguros de que descenderá hasta vuestra ignorancia, y se acomodará a vuestras necesidades, y tomará «en sus brazos los corderos, y en su seno los llevará, y pastoreará suavemente a las paridas».
Hay ciertas indicaciones prácticas que debemos atender para ser conducidos a la mente del Señor.
I. ‑‑ NUESTROS MOTIVOS DEBEN SER PUROS.
«Si tu ojo fuere simple, también todo tu cuerpo será resplandeciente» (Lucas xi. 34). Últimamente has estado muy en tinieblas, y quizá este pasaje señale la razón. Tu ojo no ha sido simple. Ha habido cierta desviación de la vista ‑‑ un estrabismo espiritual; y esto te ha impedido discernir las indicaciones de la voluntad de Dios, que de otro modo habrían sido tan claras como el mediodía.
Debemos ser muy cuidadosos al juzgar nuestros motivos, escudriñándolos como los agentes a las puertas de la Cámara de los Comunes inglesa registran a cada desconocido que entra. Cuando por la gracia de Dios hemos sido librados de las formas más groseras del pecado, seguimos expuestos a la sutil obra del yo en nuestras horas más santas y hermosas. Envenena nuestros motivos. Sopla corrupción sobre nuestro fruto más bello. Susurra halagos seductores a nuestros oídos complacidos. Desvía el espíritu de su santo propósito, como las masas de hierro de los vapores oceánicos apartan del polo la aguja de la brújula.
Mientras haya algún pensamiento de ventaja personal, alguna idea de ganar la alabanza y el elogio de los hombres, algún afán de engrandecimiento propio, será sencillamente imposible descubrir el propósito de Dios respecto a nosotros. La puerta debe cerrarse con firmeza contra todo esto si queremos oír el silbo apacible y delicado. Han de excluirse todas las luces cruzadas si queremos ver la piedra del Urim y el Tumim iluminarse con el «Sí» de Dios, o ensombrecerse con su «No».
Pide al Espíritu Santo que te dé el ojo simple, y que inspire en tu corazón un solo anhelo: el que animaba a nuestro Señor y le permitió exclamar, al repasar su vida: «Yo te he glorificado en la tierra». Sea este el lema de nuestra vida: «Gloria a Dios en las alturas». Entonces «todo nuestro cuerpo será resplandeciente, sin tener parte alguna de tinieblas, como cuando una antorcha de resplandor nos alumbra».
II. ‑‑ NUESTRA VOLUNTAD DEBE SER RENDIDA.
«Mi juicio es justo; porque no busco mi voluntad, mas la voluntad del que me envió, del Padre» (Juan v. 30). Este era el secreto que Jesús no solo practicaba, sino que enseñaba. De una forma u otra insistía constantemente en una voluntad rendida como la llave del conocimiento perfecto. «Si alguno quisiere hacer su voluntad, conocerá».
Hay toda la diferencia entre una voluntad extinguida y una voluntad rendida. Dios no exige que nuestra voluntad sea aplastada, como los tendones de los brazos atrofiados de un faquir. Solo pide que le digan «Sí». Dócil a él como la rama de sauce a la mano diestra.
Muchas veces, al acercarse el vapor al muelle, he observado al muchachito ocupar su puesto bajo la toldilla, con el ojo y el oído fijos en el capitán, esperando para gritar cada palabra que este pronuncia a los tiznados maquinistas de abajo; y a menudo he anhelado que mi voluntad repitiera con igual exactitud y prontitud las palabras y la voluntad de Dios, para que toda mi naturaleza inferior obedeciera.
Por falta de esta sujeción tan a menudo perdemos la guía que buscamos. Hay una secreta contienda entre nuestra voluntad y la de Dios. Y nunca estaremos en lo cierto hasta que le hayamos dejado tomar, quebrar y rehacer. ¡Oh, búscalo de veras! Si no puedes dar, déjale tomar. Si no estás dispuesto, confiesa que estás dispuesto a que te hagan estar dispuesto. Entrégate a él para que obre en ti, así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Debemos ser como barro maleable, prontos a tomar cualquier forma que el gran Alfarero elija; así podremos percibir su guía.
III. ‑‑ DEBEMOS BUSCAR INFORMACIÓN PARA NUESTRA MENTE.
Este es, ciertamente, el paso siguiente. Dios nos ha dado estas maravillosas facultades del intelecto, y no las pasará por alto. En su gracia no anula la acción de ninguno de sus prodigiosos dones, sino que los emplea para comunicar sus propósitos y pensamientos.
Es, pues, de la mayor importancia que nutramos nuestra mente de hechos, de información fidedigna, de los resultados de la experiencia humana y (sobre todo) de las enseñanzas de la Palabra de Dios. Causa la más viva admiración notar cuán llena está la Biblia de biografía e historia, de modo que apenas hay una sola crisis en nuestra vida que no encuentre su paralelo en esas páginas admirables. No hay libro como la Biblia para arrojar luz sobre los oscuros rellanos de la vida humana.
No tenemos necesidad ni derecho de correr de aquí para allá preguntando a nuestros amigos qué debemos hacer; pero no hay mal alguno en esforzarnos por reunir toda la información fidedigna con que la llama del pensamiento santo y del propósito consagrado pueda alimentarse y fortalecerse. A nosotros nos toca, en última instancia, decidir según Dios nos enseñe, pero su voz puede llegarnos a través de la voz del sentido común santificado, obrando sobre los materiales que hemos reunido. Por supuesto, a veces Dios puede ordenarnos obrar contra nuestra razón, pero estos casos son muy excepcionales; y entonces nuestro deber será tan claro que no cabrá error. Mas, la mayoría de las veces, Dios hablará en los resultados de la reflexión detenida, sopesando y ponderando los pros y los contras.
Cuando Pedro estuvo encerrado en la cárcel y no podía de ningún modo liberarse, un ángel fue enviado para hacer por él lo que él no podía hacer por sí mismo; pero cuando hubieron recorrido una o dos calles de la ciudad, el ángel lo dejó para que considerara el asunto por su cuenta. Así nos trata Dios todavía. Dictará un rumbo milagroso por métodos milagrosos. Pero cuando la luz ordinaria de la razón basta para la tarea, nos dejará obrar según la ocasión lo requiera.
IV. ‑‑ DEBEMOS ORAR MUCHO PIDIENDO GUÍA.
Los Salmos están llenos de fervientes súplicas por una dirección clara: «Muéstrame, Señor, tu camino; guíame por senda llana, a causa de mis enemigos». Es ley de la casa de nuestro Padre que sus hijos pidan lo que necesitan. «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere».
En tiempo de cambio y de crisis, necesitamos orar mucho, no solo de rodillas, sino en esa dulce forma de oración interior en la que el espíritu se ofrece de continuo a Dios, pidiendo que le muestre su voluntad; solicitando que quede impresa en su superficie, como los cuerpos celestes se fotografían sobre el papel preparado. Envuelto en una oración así, el creyente confiado puede recorrer la cubierta del vapor oceánico noche tras noche, seguro de que Aquel que fija las estrellas en sus cursos no dejará de dirigir al alma que no tiene otro fin que hacer su voluntad.
Una buena forma de oración en semejante coyuntura es pedir que se cierren las puertas, que se cierre el camino, y que toda empresa que no sea conforme a la voluntad de Dios quede detenida en su mismo comienzo. Pon el asunto por completo en manos de Dios desde el principio, y él no dejará de desbaratar el proyecto y frustrar el propósito que no sea conforme a su santa voluntad.
V. ‑‑ DEBEMOS ESPERAR EL DESPLIEGUE GRADUAL DEL PLAN DE DIOS EN SU PROVIDENCIA.
Las impresiones de Dios en nuestro interior y su palabra en el exterior siempre son corroboradas por su Providencia en torno nuestro, y debemos esperar con sosiego hasta que estas tres cosas converjan en un solo punto.
A veces parece que estamos obligados a actuar. Todos dicen que debemos hacer algo; y, en efecto, las cosas parecen haber llegado a un punto tan desesperado que no queda más remedio. Detrás están los egipcios; a diestra y siniestra, precipicios inaccesibles; delante, el mar. No es fácil en tales momentos estar quietos y ver la salvación de Dios; pero debemos hacerlo. Cuando Saúl se forzó a sí mismo y ofreció el sacrificio, porque pensó que Samuel tardaba demasiado en llegar, cometió el gran error de su vida.
Dios puede tardar en venir bajo la forma de su Providencia. Hubo demora antes de que el ejército de Senaquerib yaciera como hojas marchitas alrededor de la Ciudad Santa. Hubo demora antes de que Jesús viniera caminando sobre el mar al despuntar el alba, o se apresurara a resucitar a Lázaro. Hubo demora antes de que el ángel acudiera junto a Pedro la noche anterior a su esperado martirio. Se detiene lo bastante para probar la paciencia de la fe, pero ni un instante más allá de la hora extrema de la necesidad. «Aunque la visión tardará aún por tiempo, mas al fin hablará, y no mentirá: aunque se tardare, espérala, porque sin duda vendrá; no tardará».
Es muy notable cómo Dios nos guía por medio de las circunstancias. En un momento el camino puede parecer del todo cerrado, y poco después ocurre algún incidente trivial, que a otros les parecería poca cosa, pero que al ojo perspicaz de la fe le dice mucho. A veces estas señales se repiten de distintas maneras en respuesta a la oración. No son resultados fortuitos del azar, sino la apertura de las circunstancias en la dirección por la que debemos andar. Y comienzan a multiplicarse a medida que avanzamos hacia nuestra meta, igual que las luces cuando nos acercamos a una ciudad populosa, mientras cruzamos veloces el país en el expreso nocturno.
A veces los hombres suspiran por que venga un ángel a señalarles el camino; eso simplemente indica que aún no ha llegado el momento de que se muevan. Si no sabes lo que debes hacer, quédate quieto hasta que lo sepas. Y cuando llegue el momento de actuar, las circunstancias, como luciérnagas, centellearán a lo largo de tu senda; y llegarás a estar tan seguro de que aciertas, cuando concuerden los tres testigos de Dios, que no podrías estarlo más aunque un ángel te hiciera señas para avanzar.
Las circunstancias de nuestra vida diaria son para nosotros una indicación infalible de la voluntad de Dios, cuando concuerdan con los impulsos interiores del Espíritu y con la Palabra de Dios. Mientras permanezcan inmóviles, espera. Cuando debas actuar, se abrirán, y se hará un camino a través de océanos y ríos, páramos y peñascos.
A menudo cometemos un gran error al pensar que Dios no nos guía en absoluto, porque no podemos ver muy lejos delante de nosotros. Pero este no es su método. Él solo se compromete a que los pasos del hombre bueno sean ordenados por Jehová. No el año que viene, sino mañana. No la milla siguiente, sino la yarda siguiente. No el diseño entero, sino la puntada siguiente en el lienzo. Si esperas más que esto, quedarás decepcionado y volverás a las tinieblas. Pero esto te asegurará ser conducido por el camino recto, como reconocerás cuando lo contemples desde las cumbres de la gloria.
Nunca meditaremos con demasiada hondura las lecciones de la nube que se nos dan en la exquisita lección ilustrada sobre la guía (Núm. ix. 15‑23): «Y el día que el tabernáculo fue levantado, la nube cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio; y a la tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de fuego, hasta la mañana. Así era continuamente: la nube lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego. Y cuando la nube se alzaba del tabernáculo, entonces los hijos de Israel partían; y en el lugar donde la nube se detenía, allí acampaban los hijos de Israel. Al mandamiento de Jehová los hijos de Israel partían, y al mandamiento de Jehová asentaban el campo: todos los días que la nube estaba sobre el tabernáculo, permanecían quietos. Y cuando la nube se detenía sobre el tabernáculo muchos días, entonces los hijos de Israel guardaban la ordenanza de Jehová, y no partían. Y así era cuando la nube estaba sobre el tabernáculo pocos días: al mandamiento de Jehová acampaban, y al mandamiento de Jehová partían. Y así era cuando la nube permanecía desde la tarde hasta la mañana, y a la mañana la nube se alzaba, entonces partían; ora fuese de día, ora de noche, en alzándose la nube, partían. O si la nube se detenía sobre el tabernáculo dos días, o un mes, o un año, permaneciendo sobre él, los hijos de Israel se quedaban acampados, y no partían; mas cuando ella se alzaba, partían. Al mandamiento de Jehová acampaban, y al mandamiento de Jehová partían, guardando la ordenanza de Jehová al mandamiento de Jehová por mano de Moisés».
Miremos lo bastante alto en busca de guía. Alentemos a nuestra alma a esperar solo en Dios hasta que le sea dada. Cultivemos esa mansedumbre a la que él guiará en el juicio. Procuremos ser prontos de entendimiento, para ser hábiles en ver la menor señal de su voluntad. Estemos con los lomos ceñidos y las lámparas encendidas, para ser prontos en obedecer. Bienaventurados aquellos siervos. Serán conducidos por camino recto a la ciudad dorada de los santos.
Por lo que a mí respecta, tras meses de espera y de oración, he llegado a estar absolutamente seguro de la guía de mi Padre celestial; y con el énfasis de la experiencia personal, quisiera animar a cada alma turbada y perpleja que lea estas líneas a esperar pacientemente en el Señor, hasta que él indique con claridad su voluntad.