Capítulo 9 · 1 h 20 min de lectura · 1 h 43 min de escucha
Sección 1 — El uso de la humillación
Reverendos y queridos hermanos: lo que hoy nos ocupa aquí es humillar nuestras almas delante del Señor por nuestra negligencia pasada, e implorar la ayuda de Dios para nuestra obra en el tiempo por venir. En verdad, difícilmente podemos esperar lo segundo sin lo primero. Si Dios ha de ayudarnos en nuestro deber futuro, primero nos humillará por nuestro pecado pasado. Quien no tiene suficiente conciencia de sus faltas como para lamentarlas sinceramente, difícilmente tendrá tanta más como para que lo mueva a corregirlas. La tristeza del arrepentimiento puede existir sin un cambio de corazón y de vida, porque es más fácil provocar una emoción que obrar una verdadera conversión. Pero el cambio no puede darse sin una buena medida de esa tristeza. En verdad, bien podemos comenzar aquí nuestras confesiones: es demasiado común entre nosotros esperar de nuestro pueblo lo que poco o nada hacemos en nosotros mismos. ¡Cuánto nos esforzamos por humillarlos, mientras nosotros mismos seguimos sin humillarnos! ¡Con cuánta insistencia los reconvenimos para arrancarles unas pocas lágrimas de penitencia (y aun esas, demasiado pocas), mientras nuestros propios ojos siguen secos! ¡Ay, qué ejemplo de dureza de corazón les damos, mientras con nuestras palabras procuramos derretirlos y ablandarlos! ¡Oh, si pusiéramos siquiera la mitad del empeño en conmover y enmendar nuestro propio corazón que el que ponemos en el de nuestros oyentes, no estarían muchos de nosotros como están! Muy poco es lo que hacemos por la humillación de ellos; pero temo que algunos de nosotros hacemos mucho menos por la nuestra. Demasiados hacen algo por las almas de otros hombres, mientras parecen olvidar que tienen almas propias que atender. Se conducen como si su parte en la obra consistiera en llamar al arrepentimiento, y la de los oyentes en arrepentirse; la suya en pedir lágrimas y dolor, y la de los demás en llorar y dolerse; la suya en condenar el pecado, y la del pueblo en abandonarlo; la suya en predicar el deber, y la de los oyentes en practicarlo.
Pero hallamos que los guías de la Iglesia en las Escrituras confesaban sus propios pecados, así como los pecados del pueblo. Esdras confesó los pecados de los sacerdotes, así como los del pueblo, llorando y postrándose delante de la casa de Dios. Daniel confesó su propio pecado, así como el del pueblo. Creo que, si consideramos bien los deberes ya expuestos y cuán imperfectamente los hemos cumplido, no necesitamos detenernos en la pregunta de si tenemos motivo de humillación. Debo decir, aunque al decirlo me condeno a mí mismo, que quien lea solamente esta exhortación de Pablo a los ancianos de la iglesia de Éfeso y compare con ella su vida, tiene que ser necio y duro de corazón si no se derrite bajo el sentimiento de sus descuidos, si no queda postrado en el polvo delante de Dios y obligado a lamentar sus grandes omisiones y a huir en busca de refugio a la sangre de Cristo y a su gracia perdonadora. Estoy seguro, hermanos, de que ninguno de ustedes aprueba en su juicio la doctrina libertina que desprecia la necesidad de la confesión, la contrición y la humillación, ¡sí, aun en orden al perdón del pecado! ¿No es, pues, una lástima que nuestro corazón no sea tan ortodoxo como nuestra cabeza? Pero veo que apenas hemos aprendido la mitad de nuestra lección cuando la sabemos y podemos recitarla. Cuando el entendimiento la ha aprendido, todavía cuesta más enseñársela a nuestra voluntad y a nuestros afectos, a nuestros ojos, a nuestra lengua y a nuestras manos. Es cosa triste que tantos de nosotros adormezcamos con nuestra predicación a nuestros oyentes; pero es más triste aún que, a fuerza de estudiar y predicar, nos hayamos adormecido a nosotros mismos, y que hayamos hablado tanto contra la dureza de corazón que el nuestro se haya endurecido bajo el ruido de nuestras propias reprensiones. Y para que vean que no es un dolor sin causa el que Dios nos pide, traeré a su memoria nuestros múltiples pecados y los pondré en orden delante de ustedes, a fin de que tratemos con franqueza y fidelidad en una libre confesión de ellos, y de que Dios, el cual es «fiel y justo para perdonarlos y limpiarnos de toda maldad», nos dé su perdón. En esto supongo que cuento con su sincero consentimiento, y que estarán tan lejos de ofenderse conmigo, aunque yo deshonre sus personas y las de otros en este oficio, que suscribirán de buena gana el cargo y serán humildes acusadores de sí mismos; y yo estoy tan lejos de justificarme a mí mismo acusando a otros, que sinceramente pongo mi nombre entre los primeros en el acta de acusación. Porque ¿cómo puede un pecador miserable, reo de tantas y tan grandes transgresiones, atreverse a justificarse delante de Dios? ¿O cómo puede declararse inocente aquel cuya conciencia tiene tanto que decir contra él? Si echo vergüenza sobre el ministerio, no es sobre el oficio, sino sobre nuestras personas, al descubrir el pecado que es nuestra vergüenza. La gloria de nuestro alto empleo no comunica gloria alguna a nuestro pecado, porque «el pecado es afrenta de las naciones». Y ya sean pastores o pueblo, solo «los que confiesan y se apartan de sus pecados alcanzarán misericordia», mientras que «el que endurece su corazón caerá en el mal».
No pretendo enumerar los grandes pecados de que somos culpables; y por eso, si paso por alto alguno en particular, no ha de tomarse como que lo niego o lo justifico. Pero consideraré mi deber señalar unos pocos que claman a gran voz por humillación y pronta reforma.
Solo debo hacer antes esta declaración: que, a pesar de todas las faltas que hay ahora entre nosotros, no creo que Inglaterra haya tenido jamás, desde que es nación, un ministerio tan capaz y fiel como el que tiene hoy; y temo que pocas naciones en la tierra, si alguna, tengan otro semejante. Lo que sé con certeza es que el cambio ha sido tan grande en estos doce años que contemplarlo ha sido una de las mayores alegrías que he tenido en el mundo. ¡Oh, cuántas congregaciones son ahora enseñadas con claridad y frecuencia, que entonces vivían en gran oscuridad! ¡Cuántos hombres capaces y fieles hay ahora en un condado, en comparación con los que había entonces! ¡Con cuánta gracia ha prosperado Dios los estudios de muchos jóvenes que eran niños pequeños al comienzo de los recientes disturbios, de modo que ahora eclipsan a la mayoría de sus mayores! ¡Cuántas millas habría recorrido yo hace veinte años, y aun menos, para oír a uno de aquellos antiguos y reverendos teólogos cuyas congregaciones ahora han menguado y cuyos dones se tienen por pobres, a causa del notable progreso de los más jóvenes! Y en particular, ¡con cuánta misericordia ha tratado el Señor a este pobre condado de Worcester, levantando a tantos que honran el sagrado oficio y que, con abnegación y generosidad, con celo y sin cansarse, se gastan por el bien de las almas! Bendigo al Señor, que me ha puesto en una vecindad tal, donde puedo gozar de la comunión fraternal de tantos hombres capaces, fieles, humildes, unánimes y pacíficos. ¡Oh, que el Señor conserve largo tiempo esta admirable misericordia a este indigno condado! Y espero regocijarme en Dios mientras tenga ser por el cambio general que he vivido para ver en otras partes: que tantos cientos de hombres fieles trabajen tan duramente por la salvación de las almas, aunque sea entre las murmuraciones y el crujir de dientes del enemigo, y que otros más estén brotando con rapidez. Sé que hay algunos hombres, cuyos dones respeto, que por ser de otro parecer en materia de gobierno eclesiástico se ofenderán con solo mencionar yo este feliz cambio; pero debo declarar que, aunque yo fuera del todo prelaticio, si conozco mi corazón, no podría menos que regocijarme. ¡Cómo! ¿No regocijarse por la prosperidad de la Iglesia porque los hombres difieren en una opinión acerca de su orden? ¿Habría de cerrar los ojos a las misericordias del Señor? Las almas de los hombres no me son tan despreciables como para envidiarles el pan de vida porque se lo parte una mano que no tuvo la aprobación prelaticia. ¡Oh, que cada congregación estuviera así provista! Pero no todo puede hacerse de una vez. Tuvieron mucho tiempo para asentar un ministerio corrompido; y cuando se expulsa a los ignorantes y escandalosos, no podemos crear en otros las capacidades para suplirlos; debemos esperar el tiempo de su preparación y crecimiento; y entonces, si Inglaterra no ahuyenta el evangelio con su abuso, es decir, con su obstinada resistencia a reformarse y su odio a la luz, es probable que sea la nación más feliz debajo del cielo. Porque, en cuanto a todas las sectas y herejías que se van infiltrando y nos turban cada día, no dudo de que el evangelio, administrado por un ministerio capaz y abnegado, las dispersará y avergonzará a todas eficazmente.
Pero tal vez digas que esto no es confesar pecados, sino aplaudir a aquellos cuyos pecados pretendo confesar. A esto respondo que se trata del debido reconocimiento de la bondad de Dios y de la acción de gracias por sus admirables misericordias, para no parecer ingrato en la confesión, y mucho menos oscurecer o menospreciar las gracias de Dios mientras descubro las flaquezas que en muchos las acompañan; porque muchas cosas andan tristemente desordenadas aun en los mejores, como se verá por los puntos siguientes.
1. Uno de nuestros pecados más graves y palpables es el ORGULLO. Es un pecado que tiene demasiada cabida aun en los mejores de nosotros, pero que es más aborrecible e inexcusable en nosotros que en otros hombres. Y, sin embargo, prevalece tanto en algunos de nosotros que dicta nuestros discursos, escoge nuestra compañía, forma nuestro semblante, pone el acento y el énfasis en nuestras palabras. Llena la mente de algunos de deseos y designios ambiciosos; los posee con pensamientos envidiosos y amargos contra quienes se les ponen delante, o de cualquier modo eclipsan su gloria o estorban el avance de su reputación. ¡Oh, qué compañero constante, qué jefe tiránico, qué enemigo tan astuto, sutil e insinuante es este pecado del orgullo! Va con los hombres al pañero, al sedero, al sastre: «les escoge la tela, los adornos y la moda. Menos ministros se acicalarían a la moda en el cabello y en el vestido, si no fuera por el mandato de este vicio tiránico. Y ojalá fuera eso todo, o lo peor. Pero, ¡ay!, ¡con cuánta frecuencia va con nosotros a nuestro estudio, y allí se sienta con nosotros y hace nuestro trabajo! ¡Cuántas veces escoge nuestro tema y, con más frecuencia todavía, nuestras palabras y adornos! Dios nos manda ser tan claros como podamos, para instruir a los ignorantes; y tan convincentes y serios como seamos capaces, para derretir y cambiar sus corazones endurecidos. Pero el orgullo está al lado y lo contradice todo, y saca sus juguetes y fruslerías. Más bien mancha que pule; y, con pretexto de adornos loables, deshonra nuestros sermones con oropeles pueriles, como si a un príncipe se le vistiera con el traje de un comediante o de un bufón pintarrajeado. Nos persuade a pintar la ventana para que oscurezca la luz, y a hablar a nuestro pueblo lo que no puede entender, para hacerle saber que somos capaces de hablar sin provecho. Si tenemos un pasaje claro y cortante, le quita el filo y amortigua la vida de nuestra predicación, so pretexto de limar» la aspereza, la desigualdad y lo superfluo. Cuando Dios nos encarga tratar con los hombres como quien trata por su vida, y suplicarles con todo el fervor de que somos capaces, este pecado maldito lo domina todo, condena los mandamientos más santos de Dios y nos dice: «¡Cómo! ¿Quieres que la gente piense que estás loco? ¿Quieres que digan que te enfureces o deliras? ¿No puedes hablar con sobriedad y moderación?». Y así es el orgullo el que hace los sermones de muchos hombres; y lo que hace el orgullo, lo hace el diablo; y qué sermones hará el diablo, y con qué fin, fácilmente podemos imaginarlo. Aunque la materia sea de Dios, si el ropaje, la manera y el fin vienen de Satanás, no tenemos gran razón para esperar fruto.
Y cuando el orgullo ha hecho el sermón, va con nosotros al púlpito, forma nuestro tono, nos anima en la exposición, nos aparta de lo que pueda desagradar, por necesario que sea, y nos lanza en pos del vano aplauso. En suma, todo se reduce a esto: hace que los hombres, tanto al estudiar como al predicar, se busquen a sí mismos y nieguen a Dios, cuando deberían buscar la gloria de Dios y negarse a sí mismos. Cuando deberían preguntarse: ¿Qué diré, y cómo lo diré, para agradar más a Dios y hacer el mayor bien?, los hace preguntarse: ¿Qué diré, y cómo lo expondré, para que me tengan por un predicador docto y capaz, y para ser aplaudido por todos los que me oyen? Cuando el sermón ha terminado, el orgullo se va a casa con ellos y los hace más ansiosos por saber si fueron aplaudidos que si lograron algo para la salvación de las almas. Si no fuera por vergüenza, de buena gana preguntarían a la gente qué les pareció, y le sacarían elogios. Si perciben que se les tiene en alta estima, se alegran, como quien ha alcanzado su fin; pero si ven que se les considera hombres débiles o comunes, se disgustan, como quien ha perdido el premio que tenía a la vista.
Pero ni aun esto es todo, ni lo peor, si es que puede haber algo peor. ¡Oh, que jamás haya de decirse de ministros piadosos que están tan empeñados en el favor popular y en ocupar el lugar más alto en la estima de los hombres, que envidian los talentos y el renombre de sus hermanos que son preferidos a ellos, como si se le quitara a su alabanza todo lo que se da a otro; y como si Dios les hubiera dado sus dones para que fueran meros adornos y atavíos de sus personas, a fin de andar por el mundo como hombres de reputación, y como si todos los dones que él ha dado a otros hubieran de ser pisoteados y menospreciados cuando parecen estorbar el camino de su honra! ¡Qué! ¡Un santo, un predicador de Cristo, y envidiar lo que lleva la imagen de Cristo, y aborrecer sus dones, por los cuales él debería recibir la gloria, y todo porque parecen estorbar nuestra gloria! ¿No es todo verdadero cristiano miembro del cuerpo de Cristo, y no participa, por tanto, de las bendiciones del todo y de cada uno de sus miembros? ¿Y no debe todo hombre dar gracias a Dios por los dones de sus hermanos, no solo porque él mismo tiene parte en ellos, como el pie se beneficia de la guía del ojo, sino también porque sus propios fines pueden alcanzarse por los dones de sus hermanos tanto como por los suyos? Porque si la gloria de Dios y la felicidad de la Iglesia no son su fin, no es cristiano. ¿Aborrecerá un obrero a otro porque le ayuda a hacer la obra de su amo? Y sin embargo, ¡ay, cuán común es este crimen atroz entre los ministros de Cristo! Saben manchar en secreto la reputación de quienes se interponen en el camino de la suya; y lo que por vergüenza no pueden hacer en términos claros y abiertos, por temor a ser descubiertos como mentirosos y calumniadores, lo hacen con generalidades y con insinuaciones maliciosas, levantando sospechas donde no pueden fijar acusaciones. Y algunos llegan tan lejos que no quieren que nadie más capaz que ellos suba a sus púlpitos, no sea que lo aplaudan más que a ellos. Cosa terrible es que un hombre que tiene siquiera un poco del temor de Dios envidie de tal modo los dones de Dios, y prefiera que sus oyentes carnales sigan sin convertirse y los adormecidos sin despertar, antes que eso lo haga otro que pueda ser preferido a él. Sí, tanto prevalece este vicio maldito que, en las grandes congregaciones que necesitan la ayuda de muchos predicadores, apenas podemos, en muchos lugares, lograr que dos de igual condición vivan juntos en amor y quietud y lleven adelante unánimes la obra de Dios. Antes bien, a menos que uno de ellos sea muy inferior al otro en dones y se contente con ser tenido por tal, o que sea coadjutor del otro y se deje gobernar por él, andan disputándose la precedencia, envidiándose mutuamente su influencia y tratándose con frialdad y recelo, para vergüenza de su profesión y gran perjuicio de su pueblo. Me avergüenza pensar que, cuando me he esforzado por convencer a personas de influencia y posición pública de la gran necesidad de que haya más de un ministro en las congregaciones grandes, me responden que nunca se pondrán de acuerdo. Espero que la objeción carezca de fundamento en cuanto a la mayoría; pero es triste que sea verdad de alguno. Más aún, algunos hombres han llegado tan lejos en el orgullo que, cuando podrían tener un ayudante de igual rango para adelantar la obra de Dios, prefieren cargar con todo el peso ellos solos, aunque sea más de lo que pueden llevar, antes que alguien comparta con ellos la honra, o que disminuya su influencia en la estima del pueblo.
De aquí viene también que los hombres engrandezcan tanto sus propias opiniones y sean tan censores de cualquiera que discrepe de ellos en cosas menores, como si fuera lo mismo discrepar de ellos que de Dios. Esperan que todos se conformen a su juicio, como si fueran los señores de la fe de la Iglesia; y mientras condenamos la infalibilidad papal, demasiados de nosotros querríamos ser papas, y que todos se atuvieran a nuestra resolución, como si fuéramos infalibles. Es verdad que tenemos más modestia que para decirlo expresamente; alegamos que solo esperamos que los hombres se rindan a la evidencia de la verdad que aparece en nuestras razones, y que nuestro celo es por la verdad y no por nosotros mismos; pero así como ha de tenerse por verdad lo que es nuestro, así nuestras razones han de tenerse por válidas; y si se las examina con libertad y resultan falaces, así como somos sumamente reacios a verlo nosotros mismos, porque son nuestras, así nos enojamos de que se descubra a otros. Abrazamos de tal manera la causa de nuestros errores como si todo lo que se dice contra ellos se dijera contra nuestras personas, y como si se nos hiciera grave injuria al refutar a fondo los argumentos con que nosotros injuriábamos la verdad y las almas de los hombres. A tal punto ha llegado la cosa por nuestro orgullo, que si un error o un argumento falaz cae bajo el patrocinio de un nombre reverendo (lo cual no es nada raro), tenemos que concederle la victoria y entregar la verdad, o bien hacernos injuriosos a ese nombre que lo patrocina; porque, aunque no te metas con sus personas, ellos se ponen debajo de todos los golpes que das a sus argumentos, y los sienten tan vivamente como si hubieras hablado de ellos mismos, porque piensan que a los ojos de otros se seguirá que un razonamiento débil es señal de un hombre débil. Por eso, si consideras tu deber avergonzar sus errores y falsos razonamientos descubriendo su desnudez, lo toman como si avergonzaras sus personas; y así sus nombres han de ser guarnición o fortaleza de sus equivocaciones, y la reverencia que se les tiene ha de defender de todo ataque cuanto dicen.
Tan altivos son, en verdad, nuestros espíritus que, cuando a alguien le toca el deber de reprendernos o contradecirnos, solemos impacientarnos tanto por el fondo como por la forma. Amamos al hombre que dice lo que nosotros decimos, que es de nuestra opinión y que fomenta nuestra reputación, aunque en otros respectos sea menos digno de nuestra estima. Pero nos resulta ingrato el que nos contradice y discrepa de nosotros, y nos habla con franqueza de nuestros desaciertos y nos señala nuestras faltas. Sobre todo en el manejo de nuestras disputas públicas, donde los ojos del mundo están puestos en nosotros, apenas podemos soportar contradicción alguna o un trato franco. Sé que el lenguaje injurioso ha de aborrecerse, y que debemos ser tan cuidadosos de la reputación unos de otros como lo permita nuestra fidelidad a la verdad. Pero nuestro orgullo hace que demasiados de nosotros pensemos que nos desprecian todos los que no nos admiran, y aun que no admiran todo lo que decimos y no someten su juicio a nuestros errores más palpables. Somos tan delicados que apenas puede uno tocarnos sin herirnos; y tan altivos que un hombre que no esté versado en cumplidos, ni diestro en la lisonja más allá de lo común, difícilmente sabrá tratarnos con tanta deferencia y satisfacer nuestras expectativas a cada paso sin que haya alguna palabra, o algún descuido, de que nuestro espíritu altivo se agarre y que tome como injuria a su honra.
Confieso que muchas veces me ha asombrado que se haga tan poco caso de este pecado gravísimo, y que se le tenga por tan compatible con una disposición santa del corazón y de la vida, cuando nosotros mismos proclamamos que pecados mucho menores son tan condenables en nuestro pueblo. Y más me ha asombrado ver la diferencia que hay, en este respecto, entre predicadores piadosos y pecadores impíos. Cuando hablamos a borrachos, a mundanos o a personas ignorantes e inconversas, los avergonzamos hasta lo sumo, se lo decimos tan claramente como podemos, y les hablamos de su pecado, de su vergüenza y de su miseria; y esperamos que no solo lo soporten todo con paciencia, sino que lo reciban todo con gratitud. Y la mayoría de aquellos con quienes trato lo toman con paciencia, y muchos pecadores groseros alaban más a los predicadores que más los aprietan, y dicen que no les interesa oír a un hombre que no les hable claramente de sus pecados. Pero si hablamos a ministros piadosos contra sus errores o sus pecados, si no los honramos y reverenciamos y no les hablamos con toda la suavidad de que somos capaces; sí, si no mezclamos elogios con nuestras reprensiones, y si el aplauso no predomina hasta ahogar toda la fuerza de la reprensión o de la refutación, lo toman como una injuria casi insufrible. Hermanos, sé que esta es una triste confesión; pero que todo esto exista entre nosotros debería dolernos más que el que se nos diga. Si el mal pudiera ocultarse, no lo habría descubierto, al menos no tan abiertamente a la vista de todos. Pero, ¡ay!, hace mucho que está a la vista del mundo. Nos hemos deshonrado a nosotros mismos por idolatrar nuestra honra; imprimimos nuestra vergüenza y predicamos nuestra vergüenza, y así la proclamamos al mundo entero. Algunos pensarán que hablo con demasiada caridad al llamar hombres piadosos a personas en quienes tanto prevalece un pecado tan grande. Sé, en efecto, que donde predomina y no es aborrecido, lamentado y mortificado en lo principal, no puede haber verdadera piedad; y ruego a cada uno que ejerza un estricto recelo y escudriñamiento sobre su propio corazón. Pero si carecen de gracia todos los que son culpables de alguna, o de la mayoría, de las manifestaciones de orgullo antes mencionadas, ¡el Señor tenga misericordia de los ministros de esta tierra y nos dé pronto otro espíritu!, porque entonces la gracia es cosa más rara de lo que la mayoría de nosotros ha supuesto. Con todo, debo decir que no pretendo incluir a todos los ministros de Cristo en este cargo. Dígase para alabanza de la gracia divina: tenemos entre nosotros algunos que son eminentes en humildad y mansedumbre, y que en esto son ejemplo para sus rebaños y para sus hermanos. Es su gloria, y será su gloria, y los hace verdaderamente honorables y amables a los ojos de Dios y de todos los hombres buenos, y aun a los ojos de los mismos impíos. ¡Oh, si el resto de nosotros fuéramos como ellos! Pero, ¡ay!, no es ese el caso de todos nosotros.
¡Oh, que el Señor nos postre a sus pies en lágrimas de sincero dolor por este pecado! Hermanos, permítanme razonar un poco este asunto con mi propio corazón y con el de ustedes, para que veamos la maldad de nuestro pecado y seamos reformados. ¿No es el orgullo el pecado de los demonios — el primogénito del infierno? ¿No es aquello en que consiste en gran parte la imagen de Satanás? ¿Y ha de tolerarse en hombres tan comprometidos como nosotros contra él y contra su reino? El propósito mismo del evangelio es abatirnos; y la obra de la gracia se comienza y se lleva adelante en la humillación. La humildad no es un mero adorno del cristiano, sino una parte esencial de la nueva criatura. Es una contradicción en los términos ser cristiano y no ser humilde. Todos los que quieran ser cristianos han de ser discípulos de Cristo y «venir a él para aprender», y la lección que él les enseña es «ser manso y humilde». ¡Oh, cuántos preceptos y cuán admirables ejemplos nos ha dado nuestro Señor y Maestro con este fin! ¿Podemos contemplarlo lavando y secando los pies de sus siervos, y seguir siendo orgullosos y altaneros? ¿Tratará él con los más humildes del pueblo, y los evitaremos nosotros como indignos de nuestra atención, pensando que solo las personas de riqueza y honra son dignas de nuestra compañía? ¡Cuántos de nosotros nos dejamos ver más a menudo en las casas de los caballeros que en las chozas de los pobres, que son los que más necesitan nuestra ayuda! Hay muchos entre nosotros que tendrían por cosa indigna estar a diario con la gente más necesitada y mendiga, instruyéndola en el camino de la vida y de la salvación, ¡como si solo nos hubiéramos hecho cargo de las almas de los ricos! ¡Ay!, ¿de qué tenemos que enorgullecernos? ¿De nuestro cuerpo? Pues ¿no está hecho de los mismos materiales que el de las bestias, y no ha de volverse pronto tan repugnante y abominable como un cadáver? ¿De nuestras gracias? Pues cuanto más nos enorgullecemos de ellas, menos tenemos de qué enorgullecernos. Cuando tanto de la naturaleza de la gracia consiste en la humildad, es un gran absurdo enorgullecerse de ella. ¿De nuestro conocimiento y nuestra erudición? Pues si tenemos algún conocimiento, por fuerza sabemos cuántas razones tenemos para ser humildes; y si sabemos más que otros, hemos de conocer más razones que otros para ser humildes. ¡Qué poco es lo que saben los más doctos en comparación con lo que ignoran! Saber que las cosas están fuera de tu alcance, y saber cuán ignorante eres, no parece gran motivo de orgullo. Y además, ¿no saben los demonios más que tú? ¿Y te enorgullecerás de aquello en que los demonios te superan? Nuestro oficio mismo es enseñar a nuestro pueblo la gran lección de la humildad; ¿cuán impropio es, entonces, que nosotros mismos seamos orgullosos? Hemos de estudiar la humildad y predicar la humildad; ¿y no hemos de poseer y practicar la humildad? Un predicador orgulloso de la humildad es, cuando menos, un hombre que se condena a sí mismo. ¡Qué triste cosa es que un pecado tan vil no lo discernamos con más facilidad, sino que muchos de los más orgullosos puedan censurarlo en otros y, sin embargo, no lo adviertan en sí mismos! El mundo nota en algunos de nosotros que tienen mentes ambiciosas, que buscan el lugar más alto, que han de ser los que gobiernan y llevan la voz cantante dondequiera que llegan, o de lo contrario no hay manera de convivir ni de obrar con ellos. En cualquier consulta, no vienen a buscar la verdad, sino a dictar a otros que, quizá, son aptos para enseñarles a ellos. En una palabra, tienen un espíritu tan arrogante y dominante que el mundo entero habla de ello, ¡y aun así no quieren verlo en sí mismos!
Hermanos, deseo tratar de cerca con mi propio corazón y con el de ustedes. Les ruego que consideren si nos salvará hablar bien de la gracia de la humildad mientras no la poseemos, o hablar contra el pecado del orgullo mientras nos entregamos a él. ¿No tenemos muchos de nosotros motivo para inquirir diligentemente si la sinceridad puede subsistir con una medida de orgullo como la que sentimos? Cuando le decimos al borracho que no puede salvarse si no se hace sobrio, y al fornicario que no puede salvarse si no se hace casto, ¿no tenemos igual razón, si somos orgullosos, para decirnos a nosotros mismos que no podemos salvarnos si no nos hacemos humildes? En verdad, el orgullo es un pecado mayor que la borrachera o la fornicación; y la humildad es tan necesaria como la sobriedad y la castidad. Ciertamente, hermanos, un hombre puede apresurarse al infierno con igual seguridad, y con más disimulo, por el camino de la predicación ferviente del evangelio y de un aparente celo por la vida santa, que por el camino de la borrachera y la inmundicia. Porque ¿qué es la santidad, sino estar consagrado a Dios y vivir para él? ¿Y qué es un estado de condenación, sino estar consagrado al yo carnal y vivir para nosotros mismos? ¿Y hay alguien que viva más para sí, o menos para Dios, que el orgulloso? ¿Y no puede el orgullo hacer que un predicador estudie para sí, ore y predique y viva para sí, aun cuando parece superar a otros en la obra? No es la obra, sin el principio y el fin debidos, lo que probará que somos rectos. La obra puede ser de Dios, y sin embargo podemos hacerla no para Dios, sino para nosotros mismos. Confieso que siento en este punto un peligro tan continuo que, si no velara para no estudiar para mí, predicar para mí y escribir para mí, en lugar de para Cristo, pronto me extraviaría; y, después de todo, no me justifico a mí mismo cuando he de condenar el pecado. Consideren, les ruego, hermanos, qué cebos hay en la obra del ministerio para atraer a un hombre al egoísmo, aun en las obras más elevadas de la piedad. La fama de hombre piadoso es un lazo tan grande como la fama de hombre docto. ¡Pero ay de aquel que toma la fama de la piedad en lugar de la piedad! «De cierto os digo que ya tienen su recompensa». Cuando los tiempos eran todos para la erudición y las formalidades vacías, la tentación de los orgullosos iba por ese lado. Pero ahora que, por la inefable misericordia de Dios, la predicación práctica más viva goza de crédito, y la piedad misma goza de crédito, la tentación de los orgullosos es aparentar ser predicadores celosos y hombres piadosos. ¡Oh, qué cosa tan agradable es ver a la gente agolparse para oírnos, conmovida por lo que decimos y rindiéndonos su juicio y sus afectos! ¡Qué cosa tan atrayente es ser aclamado como el hombre más capaz y piadoso de la comarca, y tener fama en todo el país por las más altas excelencias espirituales! ¡Ay, hermanos, un poco de gracia unida a tales incentivos bastará para hacerlos unirse a los más adelantados en promover la causa de Cristo en el mundo! Más aún, el orgullo puede lograrlo sin gracia especial.
Oh, por tanto, vigílense celosamente a sí mismos; y, en medio de todos sus estudios, asegúrense de estudiar la humildad. «El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado». Observo comúnmente que casi todos los hombres, sean buenos o malos, aborrecen al orgulloso y aman al humilde. Tanto se contradice a sí mismo el orgullo que, consciente de su propia fealdad, a menudo toma prestado el sencillo vestido de la humildad. Tenemos tanto más motivo para vigilarlo, cuanto que es un pecado profundísimamente arraigado en nuestra naturaleza, y tan difícil como cualquiera de extirpar del alma.
2. No nos entregamos a la obra del Señor con la seriedad, la entrega sin reservas y el esfuerzo que convienen a hombres de nuestra profesión y nuestros compromisos. Bendigo al Señor porque hay tantos que hacen esta obra con todas sus fuerzas. Pero, ¡ay!, ¡con cuánta imperfección y negligencia lleva a cabo su obra la mayoría, aun de aquellos a quienes tenemos por ministros piadosos! ¡Qué pocos de nosotros nos conducimos en nuestro oficio como hombres enteramente consagrados a él, que han dedicado todo lo que tienen a ese mismo fin! Y para que vean los fundamentos de esta confesión, mencionaré algunos ejemplos de nuestra pecaminosa negligencia.
(1) Si estuviéramos debidamente consagrados a nuestra obra, no seríamos tan negligentes en nuestros estudios. Pocos hombres se toman el trabajo necesario para instruir bien su entendimiento y prepararse para el resto de su obra. Algunos no hallan deleite en sus estudios, sino que solo de vez en cuando les dedican una hora, como una tarea ingrata que se ven obligados a soportar, y se alegran cuando se ven libres del yugo. ¿Ni el deseo natural de conocimiento, ni el deseo espiritual de conocer a Dios y las cosas divinas, ni la conciencia de nuestra gran ignorancia y debilidad, ni el sentimiento del peso de nuestra obra ministerial — ninguna de todas estas cosas nos mantendrá más asiduos a nuestros estudios y nos hará más esforzados en la búsqueda de la verdad? ¡Oh, qué abundancia de cosas hay que un ministro debería entender! ¡Y qué gran defecto es ignorarlas! ¡Y cuánto echaremos de menos ese conocimiento en nuestra obra! Muchos ministros estudian solo para componer sus sermones, y muy poco más, cuando hay tantos libros que leer y tantas materias que no deberíamos desconocer. Más aún, aun en el estudio de nuestros sermones somos demasiado negligentes: reunimos solo unas pocas verdades desnudas, y no buscamos las expresiones más contundentes con que podamos hacerlas llegar a la conciencia y al corazón de los hombres. Debemos estudiar cómo convencer y penetrar en el interior de los hombres, y cómo llevar cada verdad hasta lo vivo, y no dejar todo esto a nuestra facilidad para improvisar, salvo en casos de necesidad. Ciertamente, hermanos, la experiencia les enseñará que los hombres no se hacen doctos ni sabios sin estudio arduo, trabajo incansable y experiencia.
(2) Si estuviéramos sinceramente consagrados a nuestra obra, la haríamos con más vigor y más seriedad de lo que la hace la mayoría de nosotros. ¡Qué pocos ministros predican con todas sus fuerzas, o hablan de los gozos eternos y de los tormentos eternos de tal manera que hagan creer a los hombres que hablan muy en serio! Le dolería el corazón a cualquiera ver a un grupo de pecadores muertos y adormecidos sentados bajo un ministro, sin oír una sola palabra capaz de vivificarlos o despertarlos. ¡Ay!, hablamos con tanta somnolencia y tanta suavidad que los pecadores dormidos no pueden oír. El golpe cae tan ligero que los pecadores de corazón duro no lo sienten. La mayoría de los ministros ni siquiera esfuerzan la voz ni se animan a hablar con fervor. Y si hablan alto y con fervor, ¡qué pocos lo acompañan con peso y seriedad en la materia! Y sin embargo, sin esto, la voz hace poco bien; el pueblo lo tendrá por meros gritos cuando la materia no corresponde. Duele en el alma oír qué excelente doctrina tienen entre manos algunos ministros, mientras la dejan morir en sus manos por falta de una aplicación directa y viva; qué materia tan apropiada tienen para convencer a los pecadores, y qué poco partido le sacan; cuánto bien podrían hacer si la hicieran llegar al corazón, y sin embargo no pueden o no quieren hacerlo.
Oh, señores, ¡con cuánta claridad, con cuánta franqueza, con cuánto fervor deberíamos entregar un mensaje de tanta importancia como el nuestro, cuando en él está en juego la vida eterna o la muerte eterna de nuestros semejantes! Me parece que en nada somos tan deficientes como en esta seriedad; y, sin embargo, nada hay más impropio de semejante asunto que la ligereza y la desgana. ¡Cómo! ¿Hablar con frialdad en favor de Dios y de la salvación de los hombres? ¿Podemos creer que nuestro pueblo ha de ser convertido o condenado, y aun así hablar en tono soñoliento? En el nombre de Dios, hermanos, procuren despertar su propio corazón antes de subir al púlpito, para que estén en condiciones de despertar el corazón de los pecadores. Recuerden que han de ser despertados o condenados, y que un predicador dormido difícilmente despertará a pecadores adormecidos. Aunque con palabras den a las cosas santas de Dios las más altas alabanzas, si lo hacen con frialdad, con su manera parecerán desdecir lo que dijeron con la materia. Es una especie de desprecio de las cosas grandes, y especialmente de cosas tan grandes, hablar de ellas sin mucho afecto y fervor. La manera, tanto como las palabras, debe exponerlas. Si se nos manda: «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas», ciertamente una obra como predicar para la salvación de los hombres debe hacerse con todas nuestras fuerzas. Pero, ¡ay, qué pocos son tales hombres! Solo aquí y allá, aun entre los buenos ministros, hallamos a uno que tenga una manera de hablar ferviente, persuasiva y poderosa, de modo que el pueblo lo sienta predicar cuando lo oye.
Aunque no los insto a usar siempre una voz fuerte al predicar (porque eso haría despreciable su fervor), procuren, sin embargo, tener una seriedad constante; y cuando la materia lo requiera (como debería requerirlo, al menos en la aplicación), entonces alcen la voz y no escatimen su espíritu. Hablen a su pueblo como a hombres que han de ser despertados, o aquí o en el infierno. Mírenlos con el ojo de la fe y con compasión, y piensen en qué estado de gozo o de tormento han de estar todos ellos para siempre; y entonces, me parece, eso los hará fervientes y derretirá su corazón con el sentimiento de la condición de ellos. Oh, no digan una sola palabra fría o descuidada acerca de un asunto tan grande como el cielo o el infierno. Hagan lo que hagan, que el pueblo vea que hablan muy en serio. En verdad, hermanos, grandes son las obras que hay que hacer, y no deben pensar que con frivolidades las despacharán. No se quebranta el corazón de los hombres bromeando con ellos, ni contándoles un relato agradable, ni pronunciando un discurso vistoso. Los hombres no desecharán sus placeres más queridos ante la petición adormilada de alguien que no parece sentir lo que dice, ni importarle mucho si se le concede o no lo que pide. Si dicen que la obra es de Dios, y que él puede hacerla por los medios más débiles, respondo: es verdad, puede hacerlo; pero su manera ordinaria es obrar por medios, y hacer que no solo la materia que se predica, sino también la manera de predicar, sirvan de instrumento para la obra.
Para la mayoría de nuestros oyentes, la pronunciación misma y el tono de la voz son cosa de gran importancia. La mejor materia apenas los moverá si no se expone de un modo conmovedor. Cuiden, sobre todo, de que no haya afectación, sino de hablarles con la misma naturalidad con que lo harían si estuvieran conversando con cualquiera de ellos en persona. La falta de un tono y una expresión familiares es un gran defecto en la mayor parte de nuestras predicaciones, y algo que deberíamos esforzarnos mucho en corregir. Cuando un hombre tiene un tono de lectura o de declamación, como un escolar que recita su lección o repite un discurso, pocos se conmueven con cosa alguna que diga. Despertémonos, pues, a la obra del Señor, y hablemos a nuestro pueblo como quien habla por su vida, y salvémoslos como por la fuerza, «arrebatándolos del fuego». Satanás no saldrá de su posesión con encantamientos: debemos poner sitio a las almas de los pecadores, que son su guarnición, descubrir dónde reside su principal fuerza, asestar contra ella la batería de la artillería de Dios y batirla sin tregua hasta abrir brecha; y luego no permitirles que, con sus subterfugios, la reparen de nuevo. Puesto que tratamos con criaturas racionales, y ellas abusan de su razón contra la verdad, debemos procurar que todos nuestros sermones sean convincentes, y hacer que la luz de la Escritura y de la Razón brille tan intensamente en el rostro de los impíos que los obligue a ver, a menos que cierren voluntariamente los ojos. Un sermón lleno de meras palabras, por pulcramente compuesto que esté, mientras le falte la luz de la evidencia y la vida del celo, no es más que una imagen o un cadáver bien vestido.
En la predicación hay una comunión de almas, y una comunicación de algo de la nuestra a la de ellos. Así como nosotros y ellos tenemos entendimiento, voluntad y afectos, así todo nuestro empeño ha de dirigirse a comunicar la luz más plena de la evidencia desde nuestro entendimiento al suyo, y a calentar su corazón encendiendo en él santos afectos, como por comunicación de los nuestros. Las grandes cosas que tenemos que recomendar a nuestros oyentes tienen de su parte razón suficiente, y están claramente delante de ellos en la Palabra de Dios. Deberíamos, por tanto, estar provistos de toda clase de evidencias, para venir como un torrente sobre su entendimiento y, con nuestros razonamientos y reconvenciones, cubrir de vergüenza todas sus vanas objeciones y arrollarlo todo delante de nosotros, de modo que se vean obligados a rendirse al poder de la verdad.
(3) Si estamos sinceramente consagrados a la obra de Dios, ¿por qué no nos compadecemos de las pobres congregaciones desprovistas que nos rodean, y procuramos ayudarlas a hallar ministros capaces; y, entretanto, salimos de vez en cuando en su ayuda, cuando los asuntos de nuestro propio cargo nos lo permiten? Un sermón en los lugares más ignorantes, expresamente para la obra de la conversión, predicado por los predicadores más vivos y poderosos, podría ser de gran ayuda donde faltan medios constantes.
3. Otra triste prueba de que no nos hemos consagrado, con todo lo que tenemos, al servicio de Dios como deberíamos, es el predominio de nuestra atención a nuestros intereses mundanos en oposición al interés y a la obra de Cristo. Esto lo mostraré en tres ejemplos:
(1) La contemporización de los ministros. No quisiera que nadie fuera pendenciero con quienes lo gobiernan, ni desobediente a ninguno de sus mandatos legítimos. Pero no es el menor oprobio de los ministros que la mayoría de ellos, por ventaja mundana, se acomode siempre al partido que más probablemente favorezca sus fines. Si buscan ventajas seculares, se acomodan al poder secular; si buscan el aplauso popular, se acomodan al partido eclesiástico que goza de más crédito. Esto, ¡ay!, es un mal epidémico. ¡En los días de Constantino, cuánto prevalecían los ortodoxos! En los días de Constancio casi todos se volvieron arrianos, de modo que hubo muy pocos obispos que no apostataran o traicionaran la verdad, aun entre los mismos hombres que habían estado en el Concilio de Nicea. En verdad, cuando cayeron no solo Liberio, sino el gran Osio mismo, que había presidido tantos concilios ortodoxos, ¿qué mejor podía esperarse de hombres más débiles? Si no fuera por la ventaja secular, ¿cómo podría suceder que los ministros, en todos los países del mundo, sean todos, o casi todos, de la religión que goza de más crédito y que mejor se aviene con sus intereses mundanos? Entre los griegos, todos son de la profesión griega; entre los papistas, casi todos son papistas; en Noruega, Suecia y Dinamarca, casi todos son luteranos; y así en otros países. Es extraño que en un país estén todos en lo cierto y en otro todos equivocados, si las ventajas carnales no pesaran mucho en los hombres cuando se dedican a la búsqueda de la verdad. La variedad de entendimientos y otras innumerables circunstancias ocasionarían inevitablemente una gran variedad de opiniones sobre diversos puntos. Pero que el príncipe y la corriente de los hombres en el poder vayan por un camino, y tendrás a la generalidad de los ministros de acuerdo con ellos hasta en un cabello, y eso sin ninguna investigación extraordinaria. ¡Con cuánta generalidad cambió de religión el común de los ministros junto con el príncipe, en diversas ocasiones, en esta tierra! No todos, en verdad, como puede atestiguarlo nuestro martirologio, pero sí la mayoría. Y la misma dócil enfermedad nos persigue todavía, de modo que da ocasión a nuestros enemigos para decir que la reputación y los ascensos son nuestra religión y nuestra recompensa.
(2) Nos ocupamos demasiado de las cosas mundanas, y rehuimos los deberes que perjudicarán o estorbarán nuestros intereses temporales. ¡Cuán común es que los ministros se ahoguen en negocios mundanos! Demasiados son tal como los sectarios querrían que fuéramos, quienes nos dicen que deberíamos ir al arado y trabajar para ganarnos la vida, y predicar sin tanto estudio. Esta es una lección que se aprende con facilidad. Los hombres no muestran ningún afán por desechar los cuidados, para que su propia alma y la Iglesia reciban todo su cuidado.
Y, sobre todo, ¡cuán comúnmente se descuidan aquellos deberes que, de cumplirse, probablemente disminuirían nuestros bienes! ¿No hay muchos, por ejemplo, que no se atreven, que no quieren, establecer el ejercicio de la disciplina en sus iglesias, porque eso podría impedir que el pueblo les pague lo que les debe? No ofenderán a los pecadores con la disciplina, por no ofenderlos en sus bolsillos. Hallo que el dinero es un argumento demasiado fuerte para que algunos hombres lo rebatan, aunque saben proclamar que «el amor del dinero es la raíz de todos los males», y saben hacer largos discursos sobre el peligro de la avaricia. Por ahora no les diré más que esto: si fue un pecado tan mortal en Simón el Mago ofrecerse a comprar el don de Dios con dinero, ¿qué será vender su don, su causa y las almas de los hombres por dinero? ¡Y cuánta razón tenemos para temer que nuestro dinero perezca con nosotros!
(3) Nuestra esterilidad en obras de caridad, y en emplear todo lo que tenemos en el servicio de nuestro Amo. Si el interés mundano no prevaleciera tanto contra el interés de Cristo y de la Iglesia, sin duda la mayoría de los ministros sería más fructífera en buenas obras, y emplearía más lo que tiene para la gloria de él.
La experiencia ha demostrado plenamente que las obras de caridad son lo que con más poder quita los prejuicios y abre el corazón a las palabras de piedad. Si los hombres ven que ustedes se dedican a hacer el bien, creerán más fácilmente que ustedes son buenos, y que es bueno aquello a lo que los persuaden. Cuando vean que ustedes los aman y buscan su bien, confiarán en ustedes más fácilmente. Y cuando vean que no buscan las cosas del mundo, sospecharán menos de sus intenciones, y serán atraídos por ustedes más fácilmente a buscar lo que ustedes buscan. ¡Oh, cuánto bien podrían hacer los ministros si se dedicaran por entero a hacer el bien, y consagraran a ese fin todas sus facultades y sus bienes! No digan que es cosa pequeña hacer bien a los cuerpos de los hombres, y que eso solo los ganará para nosotros y no para Dios; porque el prejuicio es un gran estorbo para la conversión de los hombres, y esto ayudará a quitarlo. Podríamos hacer más bien a los hombres si tan solo estuvieran dispuestos a aprender de nosotros; y esto los hará dispuestos, y entonces nuestra diligencia posterior podrá aprovecharles. Les ruego, hermanos, que no piensen que se espera de ustedes una caridad ordinaria, como tampoco una piedad ordinaria. Deben, en proporción a sus talentos, ir mucho más allá que los demás. No basta con dar un poco a un pobre: otros lo hacen tan bien como ustedes. Pero ¿qué hacen ustedes de singular con sus bienes para el servicio de su Amo? Sé que no pueden dar lo que no tienen; pero me parece que todo lo que tienen debería estar consagrado a Dios. Sé que la gran objeción es: «Tenemos esposa e hijos que mantener: un poco no les basta al presente, y no estamos obligados a dejarlos mendigos». A esto respondo:
[a] Hay pocos textos de la Escritura más abusados que aquel del apóstol: «Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo». Se toma como pretexto para amontonar herencias y dejar una fortuna completa a la posteridad, cuando el apóstol habla solamente contra aquellos que echaban a sus parientes pobres y a su familia sobre la Iglesia, para que fueran mantenidos del fondo común, cuando ellos mismos podían hacerlo; como si uno que tiene en su casa una viuda que es su madre o su hija quisiera que la mantuviera la parroquia, teniendo él lo suficiente. Las palabras que siguen muestran que el apóstol habla de la provisión presente, y no de herencias futuras, cuando manda que «los que tienen viudas las mantengan, y no sea gravada la iglesia, a fin de que haya lo suficiente para las que en verdad son viudas».
[b] Pueden educar a sus hijos como lo hacen otras personas, de modo que sean capaces de ganarse la vida con algún oficio o empleo honrado, sin otras grandes provisiones. Sé que su caridad y su cuidado deben comenzar en casa, pero no deben terminar allí. Están obligados a hacer lo mejor que puedan por educar a sus hijos, de modo que sean capaces de servir a Dios lo más posible, pero no a dejarlos ricos, ni a abstenerse de otras obras necesarias de caridad solo por hacer una provisión mayor para ellos. Debe haber alguna proporción entre la provisión que hacemos para nuestras familias y la que hacemos para la Iglesia de Cristo. Un corazón verdaderamente caritativo y abnegado, que se ha consagrado a Dios con todo lo que tiene, sería el mejor juez de las debidas proporciones, y vería qué forma de gasto es más probable que preste a Dios el mayor servicio, y esa tomaría.
[c] Confieso que no quisiera que los hombres permanecieran demasiado tiempo bajo tentaciones de incontinencia, no sea que se hieran a sí mismos y a su profesión con sus caídas. Pero aun así me parece duro que los hombres no puedan hacer más para mortificar la concupiscencia de la carne, a fin de vivir en estado de soltería y no tener ninguna de esas tentaciones de esposa e hijos que les impidan adelantar sus fines ministeriales con obras de caridad. Si el que no se casa hace mejor que el que se casa, sin duda los ministros deberían esforzarse por hacer lo que es mejor. Y si el que puede «recibir esta palabra» debe recibirla, deberíamos procurarlo. Este es uno de los puntos más altos de la política romana, que sostiene que es deber de los obispos, sacerdotes y demás órdenes religiosas no casarse, con lo cual no tienen posteridad que agote las rentas de la iglesia ni que acapare su cuidado; sino que hacen de la causa pública su interés, se gastan por ella mientras viven y le dejan todo lo que tienen cuando mueren. Es una lástima que, por una causa mejor, no podamos imitarlos más en abnegación, donde podría hacerse.
[d] Pero los que han de casarse deberían tomar esposas que puedan mantenerse a sí mismas y a sus hijos, o mantenerlos en la medida que permitan sus recursos temporales, y consagrar al servicio de la iglesia tanto de los bienes de la iglesia como puedan.
No quisiera llevar a nadie a extremos. Pero en este caso la carne y la sangre hacen aun a los hombres buenos tan parciales que tienen por extremos sus deberes, y deberes de muchísimo valor y peso. Si las vanidades mundanas no nos cegaran, podríamos ver cuándo un bien público, u otro bien mayor, nos llama a negarnos a nosotros mismos y a nuestras familias. ¿Por qué no habríamos de vivir con más estrechez y más pobreza en el mundo, antes que dejar sin hacer obras que pueden ser de mayor provecho que nuestra abundante provisión? Pero en los puntos del deber consultamos con la carne y la sangre; y qué consejo nos dará, fácilmente lo sabemos. Nos dirá que debemos tener lo suficiente; y lo suficiente de muchos hombres piadosos está poco por debajo del nivel del rico de la parábola (Lucas 16:19.). Si no visten de lo mejor y no «hacen cada día banquete con esplendidez», no tienen lo suficiente. Un hombre que predica una corona inmortal no debería ir muy en pos de la vanidad pasajera. Y el que predica el desprecio de las riquezas debería despreciarlas él mismo y mostrarlo con su vida. Y el que predica la abnegación y la mortificación debería practicar estas virtudes a los ojos de aquellos a quienes predica, si quiere que se crea su doctrina. Todos los cristianos están santificados; y, por tanto, ellos mismos y todo lo que tienen están consagrados «para los usos del Señor». Pero los ministros están doblemente santificados: están consagrados a Dios como cristianos y como ministros; y, por tanto, están doblemente obligados a honrarlo con todo lo que tienen. ¡Oh, hermanos, qué abundancia de buenas obras hay delante de nosotros, y a cuán pocas de ellas ponemos la mano! Sé que el mundo espera de nosotros más de lo que tenemos; pero si no podemos responder a las expectativas de los irrazonables, hagamos lo que podamos para responder a las expectativas de Dios, de la conciencia y de todos los hombres justos. «Esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagamos callar la ignorancia de los hombres insensatos». Especialmente los ministros que tienen ingresos más grandes deben ser más generosos en hacer el bien. Por ahora daré solo un ejemplo. Hay algunos ministros que tienen ciento cincuenta, doscientas o trescientas libras al año de salario, y parroquias tan grandes que no pueden hacer ni la cuarta parte de la obra ministerial, ni tratar personalmente una vez al año con la mitad de su pueblo para instruirlo; y, sin embargo, se contentan con la predicación pública, como si eso fuera todo lo necesario, y dejan sin hacer casi todo lo demás, para peligro o condenación eterna de multitudes, antes que mantener a uno o dos hombres diligentes que los ayuden. O si tienen un ayudante, es solo algún joven poco capacitado para la obra, y no uno que vele fiel y diligentemente sobre el rebaño y le dé esa instrucción personal que es tan necesaria. Si esto no es servirnos de Dios para nosotros mismos, y vender las almas de los hombres por un sustento más holgado en el mundo, ¿qué lo es? Me parece que tales hombres deberían temer que, mientras los hombres los tienen por excelentes predicadores y ministros piadosos, Cristo los tenga por crueles asesinos de almas; y que los clamores de las almas que han entregado a la condenación resuenen en sus oídos por los siglos de los siglos. ¿Bastará con predicar un buen sermón, mientras nunca más se ocupan de ellos, sino que les niegan esa ayuda más cercana que es necesaria, y desvían para su propia carne el sustento que debería proveer alivio a tantas almas? ¿Cómo pueden abrir la boca contra los opresores, cuando ustedes mismos son tan grandes opresores, no solo de los cuerpos de los hombres, sino de sus almas? ¿Cómo pueden predicar contra la falta de misericordia, siendo ustedes tan despiadados? ¿Y cómo pueden hablar contra los ministros infieles, siendo ustedes mismos tan infieles? El pecado no es pequeño por pasar inadvertido y no ser odioso a los ojos de los hombres, ni porque la caridad que retienen sea tal que el pueblo no los culpe por retenerla. Satanás mismo, su mayor enemigo, cuenta con el consentimiento de ellos durante toda la obra de su perdición. No es, pues, atenuante de su pecado que tengan el consentimiento de ellos: porque ese consentimiento pueden obtenerlo antes para su daño eterno que para su bien eterno.
Y ahora, señores, les ruego que tomen en consideración lo que se ha dicho, y vean si no es este el grande y lamentable pecado de los ministros del evangelio: que no están plenamente consagrados a Dios, ni se entregan a sí mismos y todo lo que tienen a llevar adelante la bendita obra que han emprendido; y si el agradar a la carne, la búsqueda de sí mismos y un interés distinto del de Cristo no nos hacen descuidar mucho de nuestro deber, servir a Dios en la parte más barata y más aplaudida de su obra, y apartarnos de aquella que nos expondría a gastos y sufrimientos. Y si esto no muestra que demasiados de nosotros somos terrenales mientras parecemos celestiales, y se ocupan de las cosas de abajo mientras predican las de arriba, e idolatran el mundo mientras llaman a los hombres a despreciarlo. Y como dice Salviano: «Nadie descuida más la salvación que el que antepone algo a Dios». Los que desprecian a Dios resultarán despreciadores de su propia salvación.
4. Somos tristemente culpables de menospreciar la unidad y la paz de toda la Iglesia. Aunque apenas encuentro a alguien que no hable en favor de la unidad y la paz, o que, al menos, hable expresamente en contra de ellas, no es común encontrar a quienes se empeñen en promoverlas; antes bien, con demasiada frecuencia hallamos hombres reacios a ellas y recelosos de ellas, si no son ellos mismos instrumentos de división. Los papistas han abusado tanto tiempo del nombre de la Iglesia católica que, en oposición a ellos, muchos lo han quitado de sus credos, o solo conservan el nombre sin entender ni considerar la naturaleza de la cosa, o piensan que basta con creer que existe tal cuerpo, aunque no se conduzcan como miembros de él. Si los papistas idolatran la Iglesia, ¿habremos nosotros por eso de negarla, desatenderla o dividirla? Es un pecado grande y común en todo el mundo cristiano abrazar la religión con espíritu de facción; y, en lugar de un amor y un tierno cuidado por la Iglesia universal, limitar ese amor y ese respeto a un partido. No es que no debamos preferir, en nuestra estima y comunión, las partes más puras a las impuras, y negarnos a participar con nadie en sus pecados; pero aun la parte más débil y enferma debe ser compadecida y socorrida hasta donde alcancen nuestras fuerzas; y la comunión debe mantenerse hasta donde sea lícito, y no evitarse en ninguna parte sino bajo apremio de necesidad; así como debemos amar a aquellos de nuestra vecindad que tienen la peste o la lepra, y darles todo el alivio que podamos, y reconocer todos nuestros justos vínculos con ellos, y socorrerlos, aunque no podamos tener trato local con ellos; y en otras enfermedades que no son tan contagiosas, podemos estar tanto más con ellos para ayudarlos cuanto más lo necesitan.
De la multitud que dice pertenecer a la Iglesia católica, rara vez se encuentran hombres de espíritu católico. Los hombres no tienen una consideración universal ni un respeto por toda la Iglesia, sino que miran a su propio partido como si fuera el todo. Si hay algunos llamados luteranos, algunos calvinistas, algunas divisiones subordinadas entre estos, y lo mismo de otros partidos entre nosotros, la mayoría orará con empeño por la prosperidad de su partido, y se alegrará y dará gracias cuando le vaya bien; pero si algún otro partido sufre, poco les importa, como si eso no fuera pérdida alguna para la Iglesia. Aunque sea la porción más pequeña, que no ocupa muchas naciones, ni siquiera muchas ciudades de la tierra, están prontos a conducirse como si fueran toda la Iglesia, y como si a la Iglesia le fuera bien cuando les va bien a ellos. Denunciamos al Papa como Anticristo por encerrar la Iglesia dentro del recinto romano, y sin duda es un cisma abominable; pero, ¡ay!, ¡cuántos los imitan demasiado mientras los reprenden! Y así como los papistas introducen la palabra romana en su credo y convierten la Iglesia católica en la iglesia católica romana, como si no hubiera otros católicos y la Iglesia no tuviera mayor extensión, así sucede con muchos otros respecto de sus diversos partidos. Unos quieren que sea la iglesia católica luterana, y otros la iglesia católica reformada; unos la iglesia católica anabaptista, y así con algunos otros. Y si no discrepan entre sí, poco les inquieta discrepar de los demás, aunque sea de casi todo el mundo cristiano. La paz de su partido la toman por la paz de la Iglesia. No es de extrañar, pues, que no la lleven más allá.
¡Qué raro es encontrar a un hombre a quien le duelan o le sangren las heridas de la Iglesia, que las sienta de veras y las tome a pecho como propias, o que alguna vez haya pensado con solicitud en su remedio! No; casi cada partido piensa que la felicidad de los demás consiste en volverse a él; y como los otros no son de su parecer, gritan: «¡Abajo con ellos!», y se alegran de oír de su caída, pensando que ese es el camino para que la Iglesia se levante, es decir, para que se levanten ellos mismos. ¡Qué pocos entienden el verdadero estado de las controversias entre los diversos partidos, o han discernido alguna vez cuántas de ellas son solo de palabras y cuántas son reales! Y si los que lo entienden, con el fin de informar rectamente y de buscar un acuerdo, se lo descubren a otros, se toma como una atenuación del error ajeno y como una complacencia carnal con los demás en su pecado. Pocos hombres se vuelven celosos por la paz hasta que envejecen, o tienen mucha experiencia de los espíritus y principios de los hombres, y ven mejor que antes el verdadero estado de la Iglesia y de las diversas diferencias. Y entonces comienzan a escribir sus Irénicos, de los cuales hay muchos en circulación hoy en día. Así como se juzgaba que un joven en el ardor de su concupiscencia y de su pasión no era oyente apto para la filosofía moral, así hallamos que esos mismos jóvenes que, cuando han adquirido más experiencia, pueden ser celosos por la paz y la unidad, en su ardor juvenil son celosos por sus facciones contra ellas. Y por eso, los pacificadores como los que he mencionado rara vez hacen mucho más bien que tranquilizar su propia conciencia en el cumplimiento de un deber tan grande, moderar a unos pocos y librarlos de mayor culpa, y dejar tras de sí, cuando han muerto, un testimonio contra un mundo obstinado, presuntuoso y enemigo de la paz. Aún más, por lo común basta que un hombre intente una obra de pacificación para que caiga bajo sospecha, o de favorecer alguna herejía, o de haber aflojado en su celo. ¡Como si no hiciera falta celo alguno por las grandes verdades fundamentales de la unidad y la paz de la Iglesia, sino solo por los partidos y por algunas verdades particulares! Y gran ventaja ha sacado el diablo por este camino, empleando a sus propios agentes, los desdichados socinianos, para escribir tantos tratados en favor de la unidad y la paz católica y archicatólica, lo cual hicieron para sus propios fines; por cuyo medio el enemigo de la paz ha logrado que quienquiera que haga una propuesta de paz caiga al instante bajo la sospecha de ser alguien que la necesita para que se le toleren sus propios errores. ¡Caso temible, que la herejía obtenga el crédito de que nadie es tan amigo de la unidad y de la paz como ella, y que un deber tan grande y necesario, del cual tanto depende el bienestar de la Iglesia, haya caído en tal sospecha o descrédito! Hermanos, no digo todo esto sin razón manifiesta. Tenemos entre nosotros en Inglaterra divisiones tan tristes como las que han conocido la mayoría de las naciones bajo el cielo, si se considera la piedad de las personas y lo pequeño de la materia de nuestra discordia. Lo que más nos mantiene enfrentados no es sino la forma y el orden correctos del gobierno de la Iglesia. ¿Es tan grande la distancia que no puedan ponerse bien de acuerdo el presbiteriano, el episcopal y el independiente? Si tan solo estuvieran sinceramente dispuestos y prontos para la paz, podrían. Sé que podrían. He hablado con algunos hombres moderados de todos los partidos, y percibo, por sus concesiones, que sería una obra fácil. Si los corazones de los hombres sintieran de veras el estado de la Iglesia, y estuvieran tocados sin fingimiento por el amor de unos a otros, y se aplicaran de corazón a buscarla, establecer una paz segura y feliz sería una obra fácil. Si no pudiéramos ponernos de acuerdo en todos los puntos, podríamos fácilmente reducir nuestras diferencias y mantener la comunión sobre la base de nuestro acuerdo en lo principal, determinando el modo más seguro de manejar nuestros pocos y pequeños desacuerdos, sin peligro ni perturbación para la Iglesia. Pero ¿se ha hecho mucho de esto? No se ha hecho. Dígase para vergüenza de todos nosotros: no se ha hecho. Que cada partido se lisonjee ahora como quiera; quedará registrado para vergüenza del ministerio de Inglaterra mientras el evangelio permanezca en el mundo.
¡Y ay, qué agravantes tan atroces acompañan a este pecado! Nunca hubo hombres, desde los días de los apóstoles, según creo, que hicieran mayor profesión de piedad. La mayoría de ellos están obligados por juramentos y pactos solemnes a la unidad y la reforma: todos confiesan el valor de la paz, y la mayoría predicará en su favor y hablará en su favor, mientras siguen de brazos cruzados y la descuidan, como si no valiera la pena procurarla. Leen y predican sobre los textos que nos mandan «seguir la paz con todos» y, «cuanto está en nosotros», tener «paz con todos los hombres», y sin embargo están tan lejos de seguirla y de hacer por ella todo lo que pueden, que muchos gruñen contra ella, y calumnian y censuran a cualquiera que se esfuerce por promoverla; como si todo celo por la paz procediera de un enfriamiento de nuestro celo por la santidad, y como si la santidad y la paz estuvieran tan reñidas que no hubiera modo de reconciliarlas; cuando, por larga experiencia, se ha hallado que la concordia es amiga segura de la piedad, y que la piedad siempre mueve a la concordia; mientras que, por otro lado, los errores y las herejías nacen de la discordia, así como la discordia nace y se alimenta de ellos. Hemos visto, para nuestro pesar, que donde los siervos de Dios debían haber vivido juntos como uno solo —de un corazón, de un alma y de un mismo labio— y haberse promovido mutuamente en la fe y la santidad, y amonestado y ayudado unos a otros contra el pecado, y regocijado juntos en la esperanza de la gloria venidera, hemos vivido, por el contrario, en celos mutuos, y hemos ahogado el santo amor en amargas contiendas, y nos hemos empeñado en desacreditarnos y socavarnos unos a otros, y en aumentar nuestros propios partidos con razón o sin ella. Nosotros, que solíamos gloriarnos de nuestro amor a los hermanos como señal de nuestra sinceridad en la fe, lo hemos convertido ahora en el amor a un partido solamente; y los que están contra ese partido reciben de nosotros más rencor, envidia y malicia que amor. Sé que esto no sucede con todos, ni predomina en ningún verdadero creyente; pero aun así es tan común que puede hacernos dudar de la sinceridad de muchos que, en su propia opinión y en la de otros, pasan por ser de los más sinceros. Y no somos solo nosotros los que nos chamuscamos en esta llama, sino que hemos arrastrado a ella a nuestro pueblo y lo hemos alentado en ella, de modo que la mayor parte de los piadosos de la nación han caído en partidos, y han convertido buena parte de su antigua piedad en opiniones vanas, disputas, envidias y animosidades. Sí, mientras que antes se tenía por señal segura de un miserable sin gracia el burlarse de los piadosos, ¡qué pocos hay ahora que tengan reparo en burlarse en secreto y calumniar a los que no son de su opinión! Un prelatista piadoso puede desdeñar y calumniar reverentemente a un presbiteriano; y un presbiteriano a un independiente; y un independiente a ambos. Y lo peor de todo es que la gente común e ignorante se da cuenta de todo esto, y no solo se burla de nosotros, sino que por nuestra causa se endurece contra la religión; y cuando intentamos persuadirlos a ser religiosos, ven tantos partidos que no saben a cuál unirse, y piensan que tanto da no ser de ninguno como de cualquiera, puesto que no están seguros de cuál es el correcto; y así miles han llegado a despreciar toda religión por causa de nuestras divisiones; y muchos pobres miserables carnales comienzan a pensar que, de los dos, ellos están en mejor situación, porque se aferran a sus antiguas formalidades, mientras que nosotros no nos aferramos a nada. Sé que algunos de estos hombres son doctos y reverendos, y no se proponen fines tan dañinos como estos. Endurecer a los hombres en la ignorancia no es su designio. Pero eso es lo que se produce. Tener buena intención al hacer el mal no es cosa rara. ¿Quién puede, por reverencia a hombre alguno en la tierra, quedarse quieto y callar mientras ve al pueblo correr así a su propia destrucción, y las almas de los hombres perdidas por las contiendas de los teólogos en favor de sus diversos partidos e intereses? El Señor, que conoce mi corazón, sabe (si yo mismo lo conozco) que, así como no pertenezco a ninguno de estos partidos, tampoco digo una palabra de esto por parcialidad facciosa a favor de un partido o en contra de otro, en cuanto tales, y mucho menos por rencor contra persona alguna; antes bien, si me hubiera atrevido en conciencia, habría callado todo esto, por temor de ofender a quienes debo honrar. Pero ¿qué soy yo sino un siervo de Cristo? ¿Y qué vale mi vida sino para servirle? ¿Y qué favor de quién podrá compensarme la ruina de la Iglesia? ¿Y quién puede callar mientras las almas se pierden? Yo no, por mi parte, mientras Dios sea mi Señor y su palabra mi regla, su obra mi ocupación, y el éxito de ella, para la salvación de las almas, mi fin. ¿Quién puede reconciliarse con aquello que tan lamentablemente se opone al interés de su Señor y al fin principal de su vida? Ni siquiera habría dicho nada de esto si solo se tratara de mi propio cargo, donde, bendigo a Dios, la llaga es pequeña en comparación con lo que es en muchos otros lugares. Pero el conocimiento de algunas congregaciones vecinas, y de otras más lejanas, me ha arrancado estas observaciones. Podemos, en verdad, hablar de paz mientras vivamos, pero nunca la obtendremos sino volviendo a la sencillez apostólica. La fe de los papistas es demasiado grande para que todos los hombres se pongan de acuerdo en ella, y aun para que lo hagan todos los suyos, si no la impusieran con argumentos sacados del fuego, de la horca y del tormento de la garrucha. Y muchos antipapistas los imitan demasiado en la fatigosa extensión de sus confesiones suscritas y en la novedad de sus imposiciones, aunque en la calidad de las cosas impuestas se aparten de ellos todo lo posible. Cuando volvamos una vez a la antigua sencillez de la fe, entonces, y no antes, volveremos al antiguo amor y a la antigua paz. Por tanto, quisiera recomendar a todos mis hermanos, como lo más necesario para la paz de la Iglesia, que se unan en las verdades necesarias y se soporten unos a otros en las cosas que pueden soportarse; y que no hagan un credo más extenso ni más cosas necesarias que las que Dios ha hecho. Con este fin, permítanme rogarles que atiendan a lo siguiente:
(1) No den demasiado peso a las opiniones controvertidas que tienen a hombres piadosos, y especialmente a iglesias enteras, de uno y otro lado.
(2) No den demasiado peso a aquellas controversias que en último término se reducen a incertidumbres filosóficas, como lo son algunas controversias inútiles acerca del libre albedrío, del modo de las operaciones del Espíritu y de los decretos divinos.
(3) No den demasiado peso a aquellas controversias que son meramente de palabras, y que, si se las disecara, no resultarían ser más que eso. De esta clase son muchas más de las que hacen gran ruido en el mundo y desgarran la Iglesia (lo digo con confianza, por conocimiento cierto) de lo que casi ninguno de los ardientes contendientes con quienes he hablado parece discernir o está dispuesto a creer.
(4) No den demasiado peso a ningún punto de fe que haya sido rechazado o desconocido por toda la Iglesia de Cristo, en cualquier época, desde que las Escrituras nos fueron entregadas.
(5) Mucho menos deben dar gran peso a aquellos que alguna de las épocas más puras o juiciosas ignoró por completo.
(6) Y menos aún deben dar mucho peso a un punto que ninguna época desde los apóstoles recibió jamás, sino que todas sostuvieron comúnmente lo contrario.
Sé que se dice que un hombre puede suscribir la Escritura y los antiguos credos, y aun así sostener el socinianismo u otras herejías. A lo cual respondo: lo mismo puede hacer con cualquier otra prueba que sus propios cerebros inventen; y mientras hagan una trampa para atrapar herejes, en vez de una prueba para la comunión de la Iglesia, errarán su fin; y el hereje, por lo escurridizo de su conciencia, se abrirá paso, y el cristiano de conciencia tierna posiblemente quede atrapado. Y con su nuevo credo es probable que la Iglesia tenga nuevas divisiones, si no se ciñen estrechamente a las palabras de la Escritura.
El que viva hasta aquel tiempo feliz en que Dios sane sus iglesias quebrantadas, verá llevado a la práctica todo esto que defiendo, y que esta moderación ocupa el lugar del celo que hoy vuelve a dividir, y que se establece la doctrina de la suficiencia de la Escritura; y que todas las confesiones y comentarios de los hombres se valoran solo como ayudas subordinadas, y no se hacen la prueba de la comunión de la Iglesia sino en la medida en que coinciden con la Escritura. Pero hasta que llegue la época de la sanidad, no podemos esperar que se acojan las verdades que sanan, porque no hay espíritus sanadores en los guías de la Iglesia. Mas cuando la obra haya de hacerse, los obreros serán preparados para ella; y bienaventurados serán los instrumentos de una obra tan gloriosa.
5. Por último, somos tristemente negligentes en el cumplimiento de deberes reconocidos, como, por ejemplo, la disciplina de la iglesia. Si ha de emprenderse alguna obra de reforma, ¡cuántos hay que no irán más allá de lo que se les arrastre! Bueno sería que todos hicieran siquiera eso. Y cuando una obra promete ser difícil y costosa, ¡qué remisos somos para ella y cuántas excusas damos para omitirla! ¿De qué se ha hablado más, por qué se ha orado más y sobre qué se ha contendido más en Inglaterra durante muchos años que sobre la disciplina? En verdad, son pocos los hombres que no parecen celosos en disputar por uno u otro lado: unos por la vía prelática, otros por la presbiteriana y otros por la congregacional. Y, sin embargo, cuando llegamos a la práctica, por lo que veo, estamos completamente de acuerdo: la mayoría de nosotros no está por ninguna vía. A veces me ha asombrado mirar el rostro de Inglaterra y ver cuán pocas congregaciones en el país ejercen la disciplina en alguna medida considerable, y pensar a la vez cuántos volúmenes se han escrito en su favor, y cómo casi todo el ministerio de la nación está comprometido con ella. ¡Con cuánto celo han contendido por ella, y cuántas justas protestas han levantado contra sus opositores, y aun así, a pesar de todo esto, hacen poco o nada en su ejercicio! Me he maravillado de qué los hace tan celosos en tomar partido por aquello contra lo cual su práctica muestra que está su corazón. Pero veo que el celo de disputar es más natural que un celo santo, obediente y práctico. ¡Cuántos ministros hay en Inglaterra que no conocen su propio cargo, ni saben decir quiénes son sus miembros; que nunca han expulsado a un solo pecador obstinado, ni han llevado a uno solo a la confesión pública y a la promesa de enmienda, ni siquiera han amonestado públicamente a uno solo para llamarlo a tal arrepentimiento! Pero piensan que cumplen su deber si no les dan el sacramento de la Cena del Señor (cuando quizá las mismas personas lo evitan voluntariamente); y mientras tanto, los dejamos como miembros establecidos de nuestras iglesias (pues la membresía de la iglesia no consiste meramente en participar de la Cena del Señor; de lo contrario, ¿qué son los niños que fueron bautizados en su infancia?), y les concedemos toda otra comunión con la Iglesia, y no los llamamos al arrepentimiento personal de su pecado. ¿No es ordenanza de Dios que sean reprendidos y amonestados personalmente, y llamados públicamente al arrepentimiento, y expulsados si permanecen impenitentes? Si estos no son deberes, ¿por qué hemos hecho tanto ruido y alboroto en el mundo acerca de ellos? Si son deberes, ¿por qué no los practicamos? Muchos de ellos evitan hasta el oír la Palabra. La antigua disciplina de la Iglesia era más estricta, cuando el Sexto Concilio General, en Trullo, ordenó que «cualquiera que estuviera ausente de la iglesia tres días seguidos, sin necesidad urgente, fuera excomulgado».
Hermanos, no deseo ofender a ningún partido, pero debo decir que estos pecados no han de encubrirse con excusas, atenuaciones o negaciones. Por mucho tiempo hemos ensalzado la disciplina, y cada partido su manera particular. ¿Quieren que el pueblo valore su forma de gobierno, o no? Sin duda que sí. Ahora bien, si quieren que la valore, ha de ser por alguna excelencia. Muéstrenle, pues, esa excelencia. ¿Cuál es? ¿En qué consiste? Y si quieren que les crea, muéstrensela no solo sobre el papel, sino en la práctica; no simplemente en palabras, sino en hechos. ¿Cómo puede el pueblo conocer el valor de la disciplina sin la cosa misma? ¿Es por un nombre y una sombra por lo que han hecho todo este ruido? ¿Cómo pueden pensar que es bueno aquello que no hace ningún bien? En verdad, temo que no tomamos el camino correcto para sostener nuestra causa, y que incluso la traicionamos mientras disputamos acaloradamente por ella. Digan la verdad: ¿no son estas dos cosas las que mantienen entre los hombres la reputación de la disciplina por la que tanto tiempo se ha contendido, a saber, entre los piadosos, la mera reputación de los ministros que la defienden, y entre muchos de los impíos, el que no se ejerza, porque la encuentran sin dientes y no tan molesta para ellos como esperaban? Si alguna vez nuestro gobierno llega a sostenerse con los votos de aquellos que debieran ser corregidos o expulsados por él, y los peores hombres son sus amigos porque él es amigo de ellos en su impiedad, entonces pondremos al Señor en contra de él, y él se mostrará como empeñado contra nosotros. Junten todo el ejercicio de la disciplina que se ha practicado en un condado entero desde que se ha contendido tanto por ella, y dudo que resulte tan notable como para atraer a la gente piadosa a estimarla por sus efectos. ¿Cómo pueden extrañarse si muchos que desean hechos y no palabras, reforma y no meramente el nombre de reforma, se pasan a las congregaciones separadas, cuando ustedes no les muestran en las suyas más que el mero nombre de la disciplina? Todos los cristianos valoran las ordenanzas de Dios y no las tienen por cosas vanas; y, por tanto, no están dispuestos a vivir sin ellas. La disciplina no es cosa innecesaria para la Iglesia: si ustedes no hacen diferencia entre lo precioso y lo vil por medio de la disciplina, el pueblo la hará por medio de la separación. Si mantienen en sus iglesias a muchas decenas o centenares que son notoriamente ignorantes y carecen por completo de religión, y nunca los reprenden públicamente (ni, quizá, en privado), ni los llaman al arrepentimiento, ni los expulsan, no tienen por qué maravillarse si algunas almas temerosas huyen de sus iglesias como de un edificio ruinoso que temen esté a punto de caerles encima. Consideren, les ruego, si obraran con ellos respecto al sacramento como obran respecto a la disciplina, y solo les mostraran el pan y el vino, y nunca les dejaran probar estos memoriales del amor de su Redentor, ¿podrían esperar que el nombre de un sacramento los satisficiera, o que les agradara su comunión? ¿Por qué, entonces, han de pensar que se darán por satisfechos con el sonido vacío de la palabra gobierno de la iglesia?
Además, consideren qué desventaja echan sobre su causa en todas sus disputas con hombres de opiniones diferentes. Si sus principios son mejores que los de ellos, y la práctica de ellos es mejor que la suya, el pueblo supondrá que la cuestión es si es más deseable el nombre o la cosa, la sombra o la sustancia, y tomará su camino por una mera formalidad engañosa, porque ve que ustedes solo son formales en su uso, y aun que no lo usan en absoluto. En lo que ahora digo, no hablo contra su forma de gobierno, sino a favor de ella; y les digo que son ustedes, que parecen tan empeñados en ella, los que están en su contra, pues la desacreditan más por falta de ejercicio de lo que la acreditan con todos sus argumentos. Y hallarán, antes de terminar, que su fiel ejercicio sería su argumento más fuerte. Hasta entonces, el pueblo los entenderá como si proclamaran abiertamente: «No queremos amonestaciones, confesiones ni excomuniones públicas; nuestro camino es no hacer ningún bien, sino levantar el nombre desnudo de un gobierno». No deseo espolear a nadie a un cumplimiento inoportuno de este gran deber. Pero ¿nunca llegará una ocasión oportuna? ¿Dejarían de predicar y de administrar los sacramentos durante tantos años con el pretexto de que no es oportuno? ¿Tendrán una ocasión mejor para ello cuando estén muertos? ¡Cuántos han muerto ya sin haber hecho nunca nada en esta importante obra, aunque se estuvieron preparando largo tiempo para ella! Sé que algunos tienen más desalientos y obstáculos que otros; pero ¿qué desalientos y obstáculos pueden excusarnos de semejante deber? Además de las razones que ya hemos expuesto, consideren seriamente estas pocas:
(1) ¡Qué triste señal presentamos a nuestro pueblo, al predicarle, el vivir en la omisión voluntaria y continuada de cualquier deber conocido! ¿Y lo haremos así año tras año, y aun todos nuestros días? Si las excusas bastan para quitar el peligro de esta señal, ¿qué hombre no las hallará tan bien como tú?
(2) Manifestamos claramente pereza y desidia, si no infidelidad, en la obra de Cristo. Hablo por experiencia. Fue la pereza la que me mantuvo tanto tiempo alejado de este deber y la que alegaba con fuerza contra él. Es, en verdad, una obra molesta y penosa, y tal que requiere alguna abnegación, porque nos acarreará el desagrado de los impíos. Pero ¿nos atreveremos a preferir nuestra comodidad y tranquilidad carnales, o el amor y la paz de los hombres malvados, a nuestro servicio a Cristo nuestro Señor? ¿Pueden los siervos perezosos esperar una buena recompensa? Recuerden, hermanos, que los de este condado hemos prometido así delante de Dios, en el segundo artículo de nuestro acuerdo: «Convenimos y resolvemos, con la ayuda de Dios, que en la medida en que Dios nos dé a conocer nuestro deber, nos esforzaremos fielmente por cumplirlo, y no desistiremos por temor alguno ni por pérdidas en nuestros bienes, ni por el ceño y el desagrado de los hombres, ni por cualesquiera otros motivos carnales semejantes». Les ruego que estudien esta promesa y comparen con ella su cumplimiento. Y no piensen que quedaron atrapados al comprometerse así; porque la ley de Dios les había impuesto la obligación de este mismo deber antes de que lo hiciera su compromiso. Aquí no hay nada a lo que otros no estén obligados tanto como ustedes.
(3) El descuido de la disciplina tiende fuertemente a engañar a almas inmortales, haciendo pensar que son cristianos a quienes no lo son, mientras se les permite vivir con el carácter de tales y no se les separa de los demás por la ordenanza de Dios; y puede hacer que los escandalosos piensen que su pecado es cosa tolerable, puesto que los pastores de la iglesia lo toleran así.
(4) Corrompemos el cristianismo mismo a los ojos del mundo, y hacemos nuestra parte para hacerles creer que Cristo no está más a favor de la santidad que Satanás, o que la religión cristiana no exige la santidad más que las religiones falsas del mundo. Porque si a los santos y a los profanos se les permite a todos ser ovejas del mismo redil, sin que se use medio alguno para separarlos, difamamos al Redentor, como si él fuera culpable de ello y como si tal fuera la naturaleza de sus preceptos.
(5) Mantenemos la separación al permitir que los peores queden sin censura en nuestras iglesias, de modo que muchos cristianos honrados piensan que están obligados a apartarse de nosotros. He hablado con algunos miembros de las iglesias separadas, que eran hombres moderados, y he argumentado con ellos contra la separación; y me han asegurado que eran de criterio presbiteriano, o que nada tenían que decir en su contra, pero que se habían unido a otras iglesias por pura necesidad, pensando que la disciplina, siendo una ordenanza de Cristo, debe ser usada por todos los que puedan, y que, por tanto, no se atrevían a seguir viviendo sin ella cuando podían tenerla; y que no podían hallar iglesias presbiterianas que ejercieran la disciplina tal como escribían a su favor; y me dijeron que se habían separado solo pro tempore, hasta que los presbiterianos usen la disciplina, y que entonces volverán a ellos de buena gana. Confieso que lamenté que tales personas tuvieran semejante motivo para apartarse de nosotros. No es el mantener a los ofensores lejos del sacramento lo que nos excusará de seguir ejerciendo la disciplina mientras sean miembros de nuestras iglesias.
(6) Hacemos mucho por atraer la ira de Dios sobre nosotros y sobre nuestras congregaciones, y así por arruinar el fruto de nuestros trabajos. Si el ángel de la iglesia de Tiatira fue reprendido por tolerar seductores en la iglesia, nosotros podemos ser reprendidos, por el mismo motivo, por tolerar a pecadores abiertos, escandalosos e impenitentes.
¿Y cuáles son los obstáculos que ahora apartan a los ministros de Inglaterra del ejercicio de aquella disciplina por la cual tanto han contendido? La gran razón, hasta donde puedo saber, es esta: «La dificultad de la obra, y la molestia o el sufrimiento en que probablemente incurriremos por ella. No podemos reprender públicamente a un solo pecador sin que se enfurezca por ello y nos guarde una malicia mortal. Conseguimos que muy pocos hagan una profesión pública de verdadero arrepentimiento. Si procedemos a excomulgarlos, se pondrán furiosos contra nosotros. Si tratáramos como Dios nos lo exige a todos los pecadores obstinados de la parroquia, no se podría vivir entre ellos; todos nos aborrecerían de tal modo que, así como nuestra vida sería penosa, también nuestros trabajos se volverían infructuosos; porque los hombres no nos escucharían estando poseídos de odio contra nosotros; por tanto, el deber deja de ser deber para nosotros, porque el daño que se seguiría sería mayor que el bien». Estas son las grandes razones para no ejercer la disciplina, junto con el gran trabajo que nos costaría la amonestación privada de cada ofensor. Ahora bien, a todo esto respondo:
[a] ¿No valen estas razones tanto contra el cristianismo mismo, sobre todo en algunos tiempos y lugares, como contra la disciplina? Cristo no vino a traer paz a la tierra: tendremos su paz, pero no la del mundo; porque él nos ha dicho que el mundo nos aborrecerá. ¿No habrían podido Bradford, o Hooper, o cualquiera de los que fueron quemados en los días de la reina María, alegar más que todo esto contra el deber de confesar la Reforma? ¿No habrían podido decir: «Nos hará aborrecibles y expondrá nuestras propias vidas a las llamas»? Cristo declara que no es cristiano el que no aborrece todo lo que tiene, y aun su propia vida, por él; ¡y nosotros podemos tomar el riesgo de una pérdida mundana como razón contra su obra! ¿Qué es sino hipocresía retroceder ante los sufrimientos, y no emprender más que las obras seguras y fáciles, y hacernos creer que las demás no son deberes? En verdad, esta es la manera común de escapar del sufrimiento: descuidar el deber que nos expondría a él. Si cumpliéramos fielmente nuestro deber, los ministros correrían entre los cristianos profesantes la misma suerte que sus predecesores corrieron entre los paganos y otros infieles. Pero si no puedes padecer por Cristo, ¿por qué pusiste tu mano en su arado? ¿Por qué no te sentaste primero a calcular el costo? Lo que hace que la obra ministerial se ejerza con tan poca fidelidad es que se emprende de un modo tan carnal; los hombres entran en ella como en una vida de comodidad, honra y respetabilidad, y resuelven alcanzar sus fines y tener lo que esperaban, con razón o sin ella. No contaban con el odio ni con el sufrimiento, y los evitarán, aunque sea evitando su obra.
[b] En cuanto a que se incapacitarían para hacerles bien, respondo que esa razón vale igualmente contra la predicación clara, la reprensión o cualquier otro deber por el cual los impíos nos aborrezcan. Dios bendecirá sus propias ordenanzas para que hagan bien; de lo contrario, no las habría instituido. Si amonestan y reprenden públicamente a los escandalosos, y los llaman al arrepentimiento, y expulsan a los obstinados, pueden hacer bien a muchos de los que reprenden, y posiblemente a los mismos excomulgados. Por lo menos, estoy seguro de que es el medio de Dios, y es su último medio cuando las reprensiones no aprovechan. Es, pues, una perversidad descuidar el último medio por no frustrar los medios anteriores, cuando el último no ha de usarse sino en el supuesto de que todos los anteriores ya se frustraron. Con todo, los de dentro y los de fuera pueden recibir bien de ello, aunque el ofensor no reciba ninguno; y Dios tendrá la honra cuando su Iglesia se distinga manifiestamente del mundo, y los herederos del cielo y del infierno no se confundan del todo, ni se haga pensar al mundo que Cristo y Satanás no hacen más que disputarse la supremacía, y que tienen igual inclinación a la santidad o al pecado.
[c] Pero, con todo, permítanme decirles que no hay tales dificultades en el camino, ni es la disciplina una cosa tan inútil como imaginan. Bendigo a Dios por la pequeña y demasiado tardía prueba que yo mismo he hecho de ella. Puedo decir por experiencia que no es en vano, y que sus riesgos no son tales que puedan excusar nuestro descuido.
Confieso que, si se hiciera mi voluntad, sería destituido como pastor negligente el que no quiera gobernar a su pueblo por medio de la disciplina, tal como es destituido como predicador negligente el que no quiere predicar; porque gobernar, estoy seguro, es una parte tan esencial del oficio del pastor como predicar.
No seguiré adelante con estas confesiones. Y ahora, hermanos, ¿qué queda sino que todos nos declaremos culpables de los pecados ya mencionados y humillemos nuestras almas delante del Señor por nuestros desvíos? ¿Es esto «mirar por nosotros mismos y por todo el rebaño»? ¿Se parece esto al modelo que se nos da en el texto? Si ahora nos mostráramos obstinados de corazón y sin humillación, ¡qué triste síntoma sería para nosotros mismos y para la Iglesia! El ministerio ha sido amenazado y aborrecido muchas veces por muchas clases de adversarios; y aunque esto puede mostrar la impía malicia de ellos, también puede indicarnos la justa indignación de Dios. Créanlo, hermanos: el ministerio de Inglaterra no es el menor ni el último en los pecados del país. Es tiempo, pues, de que tomemos nuestra parte de aquella humillación a la que por tanto tiempo hemos estado llamando a nuestro pueblo. Si tenemos el juicio despierto, podremos percibir que Dios se ha ofendido con nosotros, y que la voz que llamaba a esta nación al arrepentimiento nos hablaba a nosotros tanto como a los demás. «El que tiene oídos para oír, oiga» los preceptos de arrepentimiento proclamados en tantas liberaciones y preservaciones admirables; el que tiene ojos para ver, que los vea escritos en tantas líneas de sangre. Con fuego y espada nos ha estado llamando Dios a la humillación; y así como «el juicio ha comenzado por la casa de Dios», así, si la humillación no comienza también allí, será un triste presagio para nosotros y para el país.
¡Qué! ¿Negaremos o atenuaremos nuestros pecados mientras llamamos a nuestro pueblo a una confesión libre y plena? ¿No es mejor dar gloria a Dios con una confesión humilde que, por blandura con nosotros mismos, buscar hojas de higuera para cubrir nuestra desnudez, y obligar a Dios a edificar su gloria, que le negamos, sobre las ruinas de la nuestra, que preferimos a él, y a cobrar con juicios aún más duros aquello que nos negamos a entregarle voluntariamente? ¡Ay! Si obligan a Dios a obtener su honra como pueda, él podrá obtenerla, para su eterno pesar y deshonra. Los pecados cometidos abiertamente nos deshonran más cuando los ocultamos que cuando los confesamos. Es el pecado, y no la confesión, lo que nos deshonra. Los hemos cometido delante del sol, de modo que no pueden ocultarse; y los intentos de encubrirlos no hacen sino aumentar nuestra culpa y nuestra vergüenza. No hay otra manera de reparar las brechas que nuestro pecado ha abierto en nuestra honra sino la confesión libre y la humillación. No me atreví a dejar de confesar mis propios pecados; y si alguno se ofende porque he confesado los suyos, sepa que no hago sino lo que he hecho conmigo mismo. Y si se atreven a desconocer la confesión de su pecado, háganlo por su cuenta y riesgo. Pero en cuanto a todos los ministros de Cristo verdaderamente humildes, no dudo que más bien serán movidos a lamentar sus pecados más solemnemente delante de sus respectivas congregaciones, y a prometer enmienda.
Capítulo 9 completado
Sección 1 — El uso de la humillación