Capítulo 5 · 52 min de lectura

La Persona y la obra del Espíritu Santo revelada en sus nombres

Este capítulo explica que el Espíritu Santo tiene muchos nombres en la Biblia, cada uno de los cuales revela aspectos distintos de su naturaleza y de su obra. Es como el viento, invisible pero poderoso: vivificante, misterioso y esencial. El Espíritu es la presencia de Dios en el mundo y en los creyentes, y hace que Dios sea real y esté vivo en sus corazones. Estrechamente unido a Jesús, el Espíritu Santo revela a Cristo y forma su presencia dentro de nosotros. Como el Espíritu Santo prometido y el Consolador, guía, capacita y transforma a los creyentes para una vida santa.

En el Antiguo y el Nuevo Testamento se emplean al menos veinticinco nombres distintos para hablar del Espíritu Santo. En estos nombres hay un profundísimo significado. Al estudiarlos con cuidado, hallamos una maravillosa revelación de la Persona y la obra del Espíritu Santo.

I. El Espíritu. El nombre más sencillo con que se menciona al Espíritu Santo en la Biblia es «el Espíritu». Este nombre sirve también de base para otros, así que comenzamos por él nuestro estudio. Las palabras griega y hebrea que así se traducen significan literalmente «aliento» o «viento». Ambas ideas están presentes en este nombre aplicado al Espíritu Santo.

a) La idea de aliento se manifiesta en Juan 20:22, donde leemos: «Y como hubo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo». También se sugiere en Génesis 2:7: «Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente». Esto se hace más evidente cuando lo comparamos con el Salmo 104:30: «Envías tu Espíritu, son creados, y renuevas la faz de la tierra»; y con Job 33:4: «El Espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida». ¿Cuál es el significado de este nombre a la luz de estos pasajes? El Espíritu es el aliento que Dios exhala, su vida más íntima que sale en forma personal para vivificar. Cuando recibimos al Espíritu Santo, recibimos la vida más íntima de Dios mismo para que more de manera personal en nosotros. Cuando captamos esta idea, su solemnidad nos abruma. Detente y piensa lo que significa tener la vida más íntima de aquel Ser infinito y eterno a quien llamamos Dios morando de manera personal en ti. ¡Cuán solemne, cuán sobrecogedora y, sin embargo, cuán indeciblemente gloriosa se vuelve la vida cuando comprendemos esto!

b) La idea del Espíritu Santo como «el Viento» se manifiesta en Juan 3:6-8: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo. El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu». En griego es la misma palabra la que se traduce en una parte del pasaje «Espíritu» y en la otra parte «viento». Y parece que la palabra debería traducirse del mismo modo en ambas partes del pasaje. Diría entonces: «Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo; el viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido, mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del ‘Viento’». Quizás el pleno significado de este nombre aplicado al Espíritu Santo, o Viento Santo, nos sobrepase, pero al menos podemos ver esto de su sentido: (1) El Espíritu, como el viento, es soberano. «El viento sopla de donde quiere» (Juan 3:8). No puedes darle órdenes al viento. Hace lo que quiere. Así también el Espíritu Santo: es soberano, no podemos darle órdenes. Él «reparte a cada uno en particular como él quiere» (1 Corintios 12:11). Cuando el viento sopla del norte, tal vez anheles que sople del sur; pero por más que le clames al viento: «Sopla del sur», seguirá soplando del norte. Sin embargo, aunque no puedes darle órdenes al viento, aunque sopla como quiere, sí puedes aprender las leyes que rigen sus movimientos y, poniéndote en armonía con esas leyes, lograr que el viento haga tu trabajo. Puedes levantar tu molino de viento de modo que, sople de donde sople, las aspas giren y el viento muela tu grano o bombee tu agua. Del mismo modo, aunque no podemos darle órdenes al Espíritu Santo, sí podemos aprender las leyes de su obrar y, poniéndonos en armonía con esas leyes —y sobre todo sometiendo nuestra voluntad por completo a su voluntad soberana—, el soberano Espíritu de Dios obrará a través de nosotros y realizará su gloriosa obra por medio de nuestra instrumentalidad.

(2) El Espíritu, como el viento, es invisible, pero perceptible, real y poderoso. Oyes el sonido del viento (Juan 3:8), pero al viento mismo nunca lo ves. Oyes la voz del Espíritu, pero él es siempre invisible. (La palabra que se traduce «sonido» en Juan 3:8 es la misma que en otros lugares se traduce «voz».)

No solo oímos la voz del viento, sino que también vemos sus poderosos efectos. Sentimos el soplo del viento sobre nuestras mejillas, vemos el polvo y las hojas que vuelan ante él, vemos las naves en el mar impulsadas velozmente hacia sus puertos; pero el viento mismo permanece invisible. Así ocurre con el Espíritu: sentimos su soplo sobre nuestras almas, vemos las cosas poderosas que hace, pero a él mismo no lo vemos. Es invisible, pero es real y perceptible.

Nunca olvidaré una hora solemne en la iglesia de Chicago Avenue, en Chicago, cuando el Dr. W. W. White pronunciaba un discurso de despedida antes de partir hacia la India para trabajar allí entre los estudiantes. De repente, sin ningún aviso aparente, el lugar se llenó de una Presencia sobrecogedora y gloriosa. Para mí fue muy real, pero surgió en mi mente esta pregunta: «¿Es esto meramente subjetivo, un sentimiento mío nada más, o hay aquí una Presencia objetiva?». Terminada la reunión, pregunté a varias personas si habían percibido algo, y descubrí que, en el mismo momento de la reunión, ellas también, aunque no vieron a nadie, cobraron clara conciencia de una Presencia abrumadora: la Presencia del Espíritu Santo. Aunque han pasado muchos años, algunos hablan de aquella hora hasta el día de hoy.

En otra ocasión, en mi propia casa de Chicago, mientras oraba de rodillas con un amigo íntimo, según orábamos pareció como si una Presencia invisible y sobrecogedora entrara en la habitación. Comprendí lo que quiso decir Elifaz cuando dijo: «Al pasar un espíritu por delante de mí, hizo que se erizara el pelo de mi cuerpo» (Job 4:15). El momento fue abrumador, pero tan glorioso como sobrecogedor. Estas son solo dos ilustraciones, de las cuales podrían darse muchas. Ninguno de nosotros ha visto jamás al Espíritu Santo, pero de su presencia hemos tenido clara conciencia. Hemos sido testigos de su gran poder, y de su realidad no podemos dudar. Algunos nos dicen que no creen en nada que no puedan ver. Ninguno de ellos ha visto jamás el viento, y sin embargo todos creen en el viento. Han sentido el viento y han visto sus efectos; y así también nosotros, sin lugar a duda, hemos sentido la poderosa presencia del Espíritu y hemos sido testigos de sus poderosas obras.

(3) El Espíritu, como el viento, es misterioso. No puedes decir de dónde viene ni a dónde va.

Nada en la naturaleza es más misterioso que el viento. Pero más misterioso todavía es el Espíritu Santo en su obrar. Oímos cómo, súbita e inesperadamente, en comunidades muy distantes entre sí, comienza a realizar su poderosa obra. Sin duda hay razones ocultas por las que la inicia así, pero muchas veces esas razones nos resultan del todo indescifrables. No sabemos de dónde viene ni a dónde va. No podemos decir dónde desplegará luego su poder grande y lleno de gracia.

(4) El Espíritu, como el viento, es esencial. Sin viento, es decir, «aire en movimiento», no hay vida; y por eso Jesús dice: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios». Si el viento dejara de soplar una sola hora, la mayor parte de la vida sobre esta tierra dejaría de existir. Una y otra vez, cuando se publican los informes de salubridad de las distintas ciudades de los Estados Unidos, se ha comprobado que las cinco ciudades más saludables del país eran cinco ciudades situadas junto a los Grandes Lagos. Muchos se han sorprendido ante ese informe al visitar algunas de esas ciudades y descubrir que distaban mucho de ser las más limpias o las mejor organizadas en materia de salubridad; y, sin embargo, año tras año se ha repetido ese mismo resultado. La explicación es simplemente esta: es el viento que sopla desde los lagos el que ha traído vida y salud a las ciudades. Del mismo modo, cuando el Espíritu deja de soplar en un corazón, en una iglesia o en una comunidad, sobreviene la muerte; pero cuando el Espíritu sopla constantemente sobre el individuo, la iglesia o la comunidad, hay vida y salud espiritual en abundancia.

(5) Estrechamente ligado a lo anterior, y como el viento, el Espíritu Santo da vida. Esta idea aparece una y otra vez en las Escrituras. Por ejemplo, leemos en Juan 6:63: «El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida». «La letra mata, mas el espíritu vivifica». Quizás el pasaje más sugerente sobre este punto sea Ezequiel 37:8-10: «Y miré, y he aquí que había nervios sobre ellos, y la carne subió, y la piel cubrió por encima de ellos; mas no había en ellos espíritu. Y me dijo: Profetiza al viento, profetiza, hijo de hombre, y di al viento: Profetiza al espíritu; profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu: Así ha dicho Jehová el Señor: Espíritu, ven de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos, y vivirán».

«Y profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron, y estuvieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo» (Juan 3:3-5). Israel, en la visión del profeta, no era más que huesos, muchísimos y muy secos, hasta que el profeta les proclamó la palabra de Dios; entonces hubo un estruendo y un temblor, y los huesos se juntaron, hueso con su hueso, y los nervios y la carne subieron sobre los huesos, pero aún no había vida; mas cuando el viento sopló, el soplo del Espíritu de Dios, entonces «se pusieron sobre sus pies; un ejército grande en extremo». Toda la vida del creyente individual, del maestro, del predicador y de la iglesia es obra del Espíritu Santo.

A veces trabas conocimiento con un hombre y, al oírlo hablar y observar su conducta, te sientes repelido y asqueado. Todo en él proclama que es un hombre muerto, un cadáver moral, y no solo muerto, sino en rápida descomposición. Te alejas de él tan pronto como puedes. Meses después vuelves a encontrarlo. Titubeas en hablarle; quieres salir de su misma presencia; pero le hablas, y no ha pronunciado muchas frases cuando notas un cambio maravilloso. Su conversación es dulce, sana y edificante; todo en su trato es atractivo y agradable. Pronto descubres que toda la conducta y la vida de aquel hombre han sido transformadas. Ya no es un cadáver en descomposición, sino un hijo vivo de Dios. ¿Qué ha sucedido? El Viento de Dios ha soplado sobre él; ha recibido al Espíritu Santo, el Viento Santo.

En un apacible día de reposo visitas una iglesia. Todo en el aspecto exterior de la iglesia es cuanto podría desearse. Hay un atractivo templo, un órgano costoso, un coro talentoso y un predicador erudito. El culto está bien organizado; pero no llevas mucho tiempo en la reunión cuando te ves obligado a reconocer que no hay vida, que todo es forma, y que nada se está logrando para Dios ni para los hombres. Te marchas con el corazón apesadumbrado. Meses después tienes que visitar de nuevo aquella iglesia; el aspecto exterior sigue siendo muy parecido al de antes, pero el culto no ha avanzado mucho cuando adviertes una gran diferencia. Hay un nuevo poder en el canto, un nuevo espíritu en la oración, una nueva fuerza en la predicación; todo en la iglesia rebosa la vida de Dios. ¿Qué ha sucedido?

El Viento de Dios ha soplado sobre aquella iglesia; el Espíritu Santo, el Viento Santo, ha venido.

Vas un día a oír a un predicador de cuyas dotes has oído grandes elogios. Cuando se levanta a predicar, pronto compruebas que nada se ha exagerado en alabanza de sus dotes desde el punto de vista meramente intelectual y sugerente. Su expresión es impecable, su estilo hermoso, su lógica irreprochable, su ortodoxia por encima de toda crítica. Es un deleite intelectual escucharlo; y, sin embargo, después de todo, mientras predica, no puedes evitar un sentimiento de tristeza, porque no hay verdadera fuerza, ni poder, ni realidad de ninguna clase en la predicación de aquel hombre. Te marchas con el corazón apesadumbrado ante el pensamiento de semejante desperdicio de magníficas dotes. Pasan meses, quizá años, y de nuevo te encuentras escuchando a este célebre predicador, pero ¡qué cambio! La misma dicción impecable, el mismo estilo hermoso, la misma lógica irreprochable, la misma hábil elocución, la misma sana ortodoxia; pero ahora hay algo más: hay realidad, vida, fuerza, poder en la predicación. Hombres y mujeres escuchan sin aliento mientras habla, pecadores inclinados con lágrimas de arrepentimiento, traspasados en su corazón por la convicción de pecado; hombres y mujeres, muchachos y muchachas renuncian a su egoísmo, a su pecado y a su mundanalidad, y aceptan a Jesucristo y le entregan su vida.

¿Qué ha sucedido? El Viento de Dios ha soplado sobre aquel hombre. Ha sido lleno del Viento Santo.

(6) Como el viento, el Espíritu Santo es irresistible. Leemos en Hechos 1:8: «Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra». Cuando esta promesa de nuestro Señor se cumplió en Esteban, leemos: «Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba». Un hombre lleno del Espíritu Santo se transforma en un ciclón. ¿Qué puede resistir ante el viento? Cuando, hace años, un ciclón azotó St. Cloud, en Minnesota, el viento levantó vagones de carga cargados y los arrojó lejos de las vías. Arrancó un puente de hierro de sus cimientos, lo retorció y lo lanzó a un lado.

Cuando, más tarde, un ciclón azotó St. Louis, en Misuri, cortó postes de telégrafo de un pie de diámetro como si fueran cañas de pipa. Cortó árboles enormes al ras de la raíz, cortó la esquina de los edificios de ladrillo por donde pasó como si los hubieran seccionado con un cuchillo; nada podía resistir ante él; y así tampoco nada puede resistir ante un predicador de la Palabra lleno del Espíritu. Nadie puede resistir la sabiduría y el Espíritu con que habla. El Viento de Dios se apoderó de Charles G. Finney, un desconocido abogado de campo, y lo envió por el estado de Nueva York, luego por Nueva Inglaterra y después por Inglaterra, derribando a hombres fuertes con su irresistible lógica, dada por el Espíritu.

Una noche en Rochester, decenas de abogados, encabezados por el juez del Tribunal de Apelaciones, salieron de los bancos, se inclinaron en los pasillos y entregaron su vida a Dios. El Viento de Dios se apoderó de D. L.

Moody, un joven hombre de negocios sin instrucción de Chicago; y con el poder de este Viento irresistible, hombres, mujeres y jóvenes fueron derribados ante sus palabras y llevados, en humilde confesión y renuncia al pecado, a los pies de Jesucristo; y, llenos de la vida de Dios, han sido desde entonces las columnas de las iglesias de Gran Bretaña y de todo el mundo. La gran necesidad hoy, en los individuos, en las iglesias y en los predicadores, es que el Viento de Dios sople sobre nosotros. Gran parte de la dificultad que muchos hallan con Juan 3:5 —«Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios»— desaparecería si tan solo tuviéramos presente que «Espíritu» significa «Viento», y tradujéramos el versículo literalmente en todas sus partes: «El que no naciere de agua y de Viento, no puede entrar en el reino de Dios». La idea parecería ser entonces: «El que no naciere del poder purificador y vivificador del Espíritu (o bien de la Palabra que limpia —Juan 15:3; Efesios 5:26; Santiago 1:18; 1 Pedro 1:23— y del poder vivificador del Espíritu Santo)».

II. El Espíritu de Dios. A menudo se habla del Espíritu Santo en la Biblia como el Espíritu de Dios. Por ejemplo, leemos en 1 Corintios 3:16: «¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?».

En este nombre tenemos la misma idea esencial que en el nombre anterior, pero con esta añadidura: se subraya su origen, su naturaleza y su poder divinos. No es meramente «el Viento», como vimos antes, sino «el Viento de Dios».

III. El Espíritu de Jehová. Este nombre se aplica al Espíritu Santo en Isaías 11:2 (A. R. V.): «Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová». La idea del nombre es, por supuesto, esencialmente la misma que la anterior, con la salvedad de que aquí se piensa en Dios como el Dios del pacto con Israel. Así se habla de él en el contexto en que se encuentra el nombre; y, por supuesto, la Biblia, siguiendo esa exactitud infalible que siempre muestra en el uso de los distintos nombres de Dios, en este contexto habla del Espíritu como el Espíritu de Jehová, y no meramente como el Espíritu de Dios.

IV. El Espíritu del Señor Jehová. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu del Señor Jehová en Isaías 61:1-3 (A. R. V.): «El Espíritu del Señor Jehová está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, etc.». Aquí se habla del Espíritu Santo no meramente como el Espíritu de Jehová, sino como el Espíritu del Señor Jehová, a causa de la relación en que se habla de Dios mismo en este contexto: no meramente como Jehová, el Dios del pacto con Israel, sino como Jehová, Señor de Israel a la vez que su Dios que guarda el pacto. Este nombre del Espíritu es aún más expresivo que el nombre «el Espíritu de Dios».

V. El Espíritu del Dios vivo. Al Espíritu Santo se le llama «el Espíritu del Dios vivo» en 2 Corintios 3:3: «Siendo manifiesto que sois carta de Cristo expedida por nosotros, escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón». ¿Cuál es el significado de este nombre? El contexto lo aclara. El apóstol Pablo traza un contraste entre la Palabra de Dios escrita con tinta sobre papel y la Palabra de Dios escrita en «tablas que son corazones de carne» por el Espíritu Santo, que en este contexto es llamado «el Espíritu del Dios vivo», porque hace de Dios una realidad viva en nuestra experiencia personal, en lugar de un mero concepto intelectual. Muchos creen en Dios y son perfectamente ortodoxos en su concepción de Dios, pero, después de todo, Dios no es para ellos más que una proposición intelectual y teológica. Obra del Espíritu Santo es hacer de Dios algo mucho mayor que una noción teológica, por muy ortodoxa que sea; él es el Espíritu del Dios vivo, y su obra consiste en hacer de Dios un Dios vivo para nosotros, un Ser a quien conocemos, con quien tenemos trato personal, un Ser más real para nosotros que el más íntimo amigo humano que tengamos.

¿Tienes un Dios real? Pues bien, puedes tenerlo. El Espíritu Santo es el Espíritu del Dios vivo, y puede y está dispuesto a darte un Dios vivo, a hacer que Dios sea real en tu experiencia personal. Muchos tienen un Dios que en otro tiempo vivió, actuó y habló, un Dios que vivió y actuó en la creación del universo, que quizá vivió y actuó en los días de Moisés, de Elías, de Jesucristo y de los apóstoles, pero que ya no vive ni actúa.

Si acaso existe, se ha retirado de toda participación activa en la naturaleza o en la historia del hombre. Creó la naturaleza y le dio sus leyes y sus fuerzas, y ahora la deja funcionar por sí sola. Creó al hombre y le dio diversas facultades, pero ahora lo ha dejado forjar su propio destino. Pueden ir aún más lejos: pueden creer en un Dios que habló a Abraham, a Moisés, a David, a Isaías, a Jesús y a los apóstoles, pero que ya no habla. Podemos leer en la Biblia lo que dijo a esos diversos hombres, pero no podemos esperar que nos hable a nosotros.

En contraste con estos, obra del Espíritu Santo, el Espíritu del Dios vivo, es darnos a conocer a un Dios que vive, actúa y habla hoy, un Dios que está dispuesto a acercarse a nosotros tanto como se acercó a Abraham, a Moisés, a Isaías, a los apóstoles o a Jesús mismo. No es que tenga nuevas revelaciones que hacer, pues guió a los apóstoles a toda la verdad (Juan 16:13); sino que, aunque se ha hecho en la Biblia una revelación completa de la verdad de Dios, Dios sigue viviendo hoy y nos hablará con la misma claridad con que habló a sus escogidos de la antigüedad. Dichoso el hombre que conoce al Espíritu Santo como el Espíritu del Dios vivo y que, por consiguiente, tiene un Dios real, un Dios que vive hoy, un Dios de quien puede depender hoy para que obre a su favor, un Dios con quien goza de íntima comunión personal, un Dios a quien puede elevar su voz en oración y que le responde.

VI. El Espíritu de Cristo. En Romanos 8:9: «Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros.

Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él». Aquí se llama al Espíritu Santo el Espíritu de Cristo. El Espíritu de Cristo en este pasaje no significa un espíritu semejante al de Cristo. Significa algo mucho mayor que eso; significa aquello que está detrás de un espíritu semejante al de Cristo; es un nombre del Espíritu Santo. ¿Por qué se llama al Espíritu Santo el Espíritu de Cristo? Por varias razones: (1) Porque es el don de Cristo. El Espíritu Santo no es meramente el don del Padre, sino también el don del Hijo. Leemos en Juan 20:22 que Jesús «sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo».

El Espíritu Santo es, por tanto, el aliento de Cristo, así como el aliento de Dios el Padre. Es Cristo quien sopla sobre nosotros y nos imparte el Espíritu Santo. En Juan 14:15 y los versículos siguientes, Jesús nos enseña que es en respuesta a su oración que el Padre nos da el Espíritu Santo. En Hechos 2:33 leemos que Jesús, «así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo», lo derrama sobre los creyentes; es decir, que Jesús, habiendo sido exaltado a la diestra de Dios, en respuesta a su oración recibe del Padre el Espíritu Santo y derrama sobre la Iglesia a Aquel que recibió del Padre.

En Mateo 3:11 leemos que es Jesús quien bautiza con el Espíritu Santo. En Juan 7:37-39, Jesús invita a todos los que tienen sed a venir a él y beber, y el contexto deja claro que el agua que él da es el Espíritu Santo, quien llega a ser, en quienes lo reciben, una fuente de vida y de poder que fluye hacia los demás. Es el Cristo glorificado quien da a la Iglesia el Espíritu Santo. En el capítulo cuatro de Juan, versículo diez, Jesús declara que él es quien da el agua viva, el Espíritu Santo. En todos estos pasajes se presenta a Cristo como aquel que da el Espíritu Santo; por eso al Espíritu Santo se le llama «el Espíritu de Cristo».

(2) Pero hay una razón más profunda por la que se llama al Espíritu Santo «el Espíritu de Cristo», a saber: porque obra del Espíritu Santo es revelarnos a Cristo. En Juan 16:14 leemos: «Él (esto es, el Espíritu Santo) me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber». De modo semejante, en Juan 15:26 está escrito: «Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí». Esta es la obra del Espíritu Santo: dar testimonio de Cristo y revelar a Jesucristo a los hombres. Y como revelador de Cristo, se le llama «el Espíritu de Cristo».

(3) Pero hay una razón todavía más profunda por la que se llama al Espíritu Santo el Espíritu de Cristo, y es porque su obra consiste en formar a Cristo como presencia viva dentro de nosotros. En Efesios 3:16-17, el apóstol Pablo ruega al Padre que conceda a los creyentes, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu, para que habite Cristo por la fe en sus corazones.

Esta es, pues, la obra del Espíritu Santo: hacer que Cristo more en nuestros corazones, formar al Cristo vivo dentro de nosotros. Así como el Espíritu Santo formó literal y físicamente a Jesucristo en el seno de la virgen María (Lucas 1:35), así también el Espíritu Santo forma espiritualmente a Jesucristo dentro de nuestros corazones hoy.

En Juan 14:16-18, Jesús dijo a sus discípulos que, cuando viniera el Espíritu Santo, vendría él mismo; es decir, que el resultado de la venida del Espíritu Santo a morar en sus corazones sería la venida de Cristo mismo. Es privilegio de todo creyente en Cristo tener al Cristo vivo formado, por el poder del Espíritu Santo, en su propio corazón; y por eso, al Espíritu Santo que así forma a Cristo dentro del corazón se le llama el Espíritu de Cristo. ¡Cuán maravilloso! ¡Cuán glorioso es el significado de este nombre! Meditémoslo hasta comprenderlo, en la medida en que sea posible comprenderlo, y hasta que nos regocijemos en gran manera en su gloria.

VII. El Espíritu de Jesucristo. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de Jesucristo en Filipenses 1:19: «Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación». El Espíritu no es meramente el Espíritu del Verbo eterno, sino el Espíritu del Verbo encarnado. No meramente el Espíritu de Cristo, sino el Espíritu de Jesucristo. Es el Hombre Jesús, exaltado a la diestra del Padre, quien recibe y envía al Espíritu. Así leemos en Hechos 2:32-33: «A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís».

VIII. El Espíritu de Jesús. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de Jesús en Hechos 16:6-7: «Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia; y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo permitió». Con el uso de este nombre, «el Espíritu de Jesús», la idea de la relación del Espíritu con el Hombre Jesús es aún más clara que en el nombre precedente, el Espíritu de Jesucristo.

IX. El Espíritu de su Hijo. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de su Hijo en Gálatas 4:6: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!». Vemos por el contexto (vv. 4, 5) que este nombre se da al Espíritu Santo en especial relación con su testimonio de la filiación del creyente.

Es «el Espíritu de su Hijo» quien da testimonio de nuestra filiación.

La idea es que el Espíritu Santo es filial, un Espíritu que produce en nosotros un sentido de filiación. Si recibimos al Espíritu Santo, ya no pensamos en Dios como si le sirviéramos bajo coacción y esclavitud, sino que somos hijos que viven en gozosa libertad. No tememos a Dios; confiamos en él y nos regocijamos en él. Cuando recibimos al Espíritu Santo, no recibimos otra vez un espíritu de esclavitud para estar en temor, sino un espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! (Romanos 8:15). Este nombre del Espíritu Santo es uno de los más sugerentes de todos. Bien hacemos en considerarlo largamente hasta captar la gozosa plenitud de su significado. Volveremos sobre él cuando lleguemos a estudiar la obra del Espíritu Santo.

X. El Espíritu Santo. Este nombre aparece con muchísima frecuencia, y es el nombre con el que la mayoría de nosotros estamos más familiarizados. Uno de los pasajes más conocidos en que se emplea es Lucas 11:13: «Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?». Este nombre subraya el carácter moral esencial del Espíritu. Es santo en sí mismo. Estamos tan familiarizados con el nombre que descuidamos sopesar su significado. ¡Si tan solo comprendiéramos más honda y constantemente que él es el Espíritu Santo! Bien haríamos si, como los serafines en la visión de Isaías, nos postráramos en su presencia y clamáramos: «Santo, santo, santo». Y, sin embargo, ¡con cuánta ligereza hablamos muchas veces de él y oramos por él!

Oramos para que venga a nuestras iglesias y a nuestros corazones, pero ¿qué hallaría si viniera a ellos? ¿No hallaría mucho que le resultaría doloroso y angustioso? ¿Qué pensaríamos si unas mujeres viles, salidas del más bajo antro de iniquidad de una gran ciudad, fueran a la mujer más pura de la ciudad y la invitaran a vivir con ellas en su repugnante maldad, sin intención alguna de cambiar sus perversos caminos? Pues eso no sería tan escandaloso como que tú y yo pidamos al Espíritu Santo que venga a morar en nuestros corazones cuando no tenemos intención de abandonar nuestra impureza, ni nuestro egoísmo, ni nuestra mundanalidad, ni nuestro pecado. No sería tan escandaloso como lo es que invitemos al Espíritu Santo a venir a nuestras iglesias cuando están llenas de mundanalidad, de egoísmo, de contiendas, de envidia, de orgullo y de todo lo que es impío.

Pero si la gente del lugar más bajo y perverso fuera a la mujer más pura y más semejante a Cristo, pidiéndole que fuera a morar con ellos para desechar todo lo malo y entregar a esta mujer santa y semejante a Cristo el control total del lugar, ella iría. Y por más pecadores, egoístas e imperfectos que seamos, el infinitamente Santo Espíritu está dispuesto a venir y hacer su morada en nuestro corazón si le entregamos el control absoluto de nuestra vida y le permitimos someter todo pensamiento, fantasía, sentimiento, propósito, imaginación y acción a la obediencia de su voluntad. El infinitamente Santo Espíritu está dispuesto a venir a nuestras iglesias, por muy imperfectas y mundanas que sean ahora, si estamos dispuestos a poner el control absoluto de todo en sus manos. Pero no olvidemos nunca que él es el Espíritu Santo, y cuando oremos por él, oremos por él como tal.

XI. El Espíritu Santo de la promesa. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu Santo de la promesa en Efesios 1:13: «En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa». Tenemos aquí el mismo nombre dado más arriba, con la idea añadida de que este Espíritu Santo es la gran promesa del Padre y del Hijo. El Espíritu Santo es la gran promesa de Dios que todo lo abarca para la era presente; lo único que Jesús mandó a los discípulos esperar después de su ascensión, antes de emprender su obra, fue «la promesa del Padre», esto es, el Espíritu Santo (Hechos 1:4-5). La gran promesa del Padre hasta la venida de Cristo era el Salvador y Rey expiatorio que había de venir; pero cuando Jesús vino y murió su muerte expiatoria en la cruz del Calvario, y resucitó y ascendió a la diestra del Padre, entonces la segunda gran promesa del Padre fue el Espíritu Santo, para ocupar el lugar de nuestro Señor ausente. (Véase también Hechos 2:33).

XII. El Espíritu de santidad. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de santidad en Romanos 1:4: «Que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor». A primera vista podría parecer que no hay diferencia esencial entre ambos nombres, el Espíritu Santo y el Espíritu de santidad. Pero hay una diferencia marcada. El nombre de Espíritu Santo, como ya se dijo, subraya el carácter moral esencial del Espíritu como santo; pero el nombre de Espíritu de santidad hace resaltar la idea de que el Espíritu Santo no solo es santo en sí mismo, sino que imparte santidad a otros. La perfecta santidad que él posee la imparte a quienes lo reciben (1 Pedro 1:2).

XIII. El Espíritu de juicio. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de juicio en Isaías 4:4: «Cuando el Señor lave las inmundicias de las hijas de Sion, y limpie la sangre de Jerusalén de en medio de ella, con espíritu de juicio y con espíritu de abrasamiento». Hay dos nombres del Espíritu Santo en este pasaje: primero, el Espíritu de juicio. Al Espíritu Santo se le llama así porque su obra consiste en sacar el pecado a la luz, en convencer de pecado (Juan 16:7-9). Cuando el Espíritu Santo viene a nosotros, lo primero que hace es abrir nuestros ojos para ver nuestros pecados como Dios los ve. Juzga nuestro pecado. (Trataremos esto más ampliamente al estudiar Juan 16:7-11, cuando consideremos la obra del Espíritu Santo.)

XIV. El Espíritu de abrasamiento. Este nombre se emplea en el pasaje que acabamos de citar. (Véase XIII.) Este nombre subraya su obra escrutadora, refinadora, consumidora de escoria, iluminadora y vivificadora. El Espíritu Santo es como un fuego en el corazón en que mora; y así como el fuego prueba, refina, consume, ilumina, calienta y da energía, así hace él. En el contexto, es la obra purificadora del Espíritu Santo la que se subraya de manera especial (Isaías 4:3, 4).

XV. El Espíritu de verdad. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de verdad en Juan 14:17: «El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros» (Juan 15:26; Juan 16:13). Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de verdad porque obra del Espíritu Santo es comunicar la verdad, impartir la verdad, a quienes lo reciben. Esto se manifiesta en el pasaje citado y, si cabe, con mayor claridad aún en Juan 16:13: «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir». Toda verdad procede del Espíritu Santo. Solo cuando él nos enseña llegamos a conocer la verdad.

XVI. El Espíritu de sabiduría e inteligencia. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de sabiduría e inteligencia en Isaías 11:2: «Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová». El significado del nombre es tan claro que no necesita explicación. Es evidente, tanto por las palabras empleadas como por el contexto, que obra del Espíritu Santo es impartir sabiduría e inteligencia a quienes lo reciben. Quienes reciben al Espíritu Santo reciben el Espíritu «de poder, de amor y de dominio propio», o de sano juicio (2 Timoteo 1:7).

XVII. El Espíritu de consejo y de poder. Encontramos este nombre aplicado al Espíritu Santo en el pasaje citado bajo el epígrafe anterior. El sentido de este nombre también es evidente: al Espíritu Santo se le llama «el Espíritu de consejo y de poder» porque nos da consejo en todos nuestros planes y fuerza para llevarlos a cabo (Hechos 8:29; 16:6-7; 1:8). Es privilegio nuestro tener el consejo de Dios en todos nuestros planes y la fuerza de Dios en toda la obra que emprendemos para él. Los recibimos al recibir al Espíritu Santo, el Espíritu de consejo y de poder.

XVIII. El Espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Este nombre también se emplea en el pasaje citado más arriba (Isaías 11:2). El significado de este nombre igualmente es evidente. Obra del Espíritu Santo es impartirnos conocimiento y engendrar en nosotros una reverencia hacia Jehová, esa reverencia que se manifiesta sobre todo en la obediencia a sus mandamientos. Quien recibe al Espíritu Santo halla su deleite en el temor de Jehová. (Véase Isaías 11:3.) Los tres sugerentes nombres que se acaban de dar se refieren especialmente a la graciosa obra del Espíritu Santo en el siervo del Señor, esto es, Jesucristo (Isaías 11:1-5).

XIX. El Espíritu de vida. Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de vida en Romanos 8:2: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte». Al Espíritu Santo se le llama el Espíritu de vida porque su obra consiste en impartir vida (Juan 6:63; Ezequiel 37:1-10). En el contexto en que se halla el nombre en el pasaje citado, que se remonta al capítulo siete de Romanos, versículo siete, Pablo traza un contraste entre la ley de Moisés, fuera del hombre —santa, justa y buena, es cierto, pero impotente—, y el Espíritu vivo de Dios en el corazón, que imparte vida espiritual y moral al creyente y lo capacita así para cumplir las exigencias de la ley de Dios; de modo que lo que la ley por sí sola no podía hacer, por cuanto era débil por la carne, el Espíritu de Dios, impartiendo vida al creyente y morando en el corazón, lo capacita para hacerlo, a fin de que la justicia de la ley se cumpla en los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. (Véase Romanos 8:4-8.) Por eso al Espíritu Santo se le llama «el Espíritu de vida», porque imparte vida espiritual y la consiguiente victoria sobre el pecado a quienes lo reciben.

XX. El óleo de alegría. Al Espíritu Santo se le llama «óleo de alegría» en Hebreos 1:9: «Has amado la justicia, y aborrecido la maldad, por lo cual te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría más que a tus compañeros». Alguien podría preguntar qué razón tenemos para suponer que «el óleo de alegría» en este pasaje sea un nombre del Espíritu Santo. La respuesta se halla en la comparación de Hebreos 1:9 con Hechos 10:38 y Lucas 4:18. En Hechos 10:38 leemos «cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret», y en Lucas 4:18 se registra que Jesús mismo dijo: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres», etc.

En ambos pasajes se nos dice que fue con el Espíritu Santo con quien Jesús fue ungido, y como en el pasaje de Hebreos se nos dice que fue con el óleo de alegría con que fue ungido, la única conclusión posible es, por supuesto, que el óleo de alegría significa el Espíritu Santo. ¡Qué nombre tan hermoso y sugerente para Aquel cuyo fruto es, primero, «amor», y luego «gozo» (Gálatas 5:22)! El Espíritu Santo llega a ser fuente de gozo sin límites para quienes lo reciben; de tal manera llena y sacia el alma, que quien lo recibe no tiene sed jamás (Juan 4:14). Por grandes que sean las aflicciones con que el creyente recibe la Palabra, aun así tendrá «gozo del Espíritu Santo» (1 Tesalonicenses 1:6).

El día de Pentecostés, cuando los discípulos fueron bautizados con el Espíritu Santo, estaban tan llenos de gozo extático que otros, al verlos, pensaron que estaban ebrios. Decían: «Están llenos de mosto». Y Pablo traza una comparación entre la embriaguez anómala que proviene del exceso de vino y la sana exaltación, de la que no viene resaca alguna, que proviene de ser llenos del Espíritu (Efesios 5:18-20). Cuando Dios unge a alguien con el Espíritu Santo, es como si quebrara sobre su cabeza un precioso frasco de alabastro de óleo de alegría, hasta que corre por el borde de sus vestiduras y toda la persona queda impregnada de un gozo inefable y lleno de gloria.

XXI. El Espíritu de gracia. Al Espíritu Santo se le llama «el Espíritu de gracia» en Hebreos 10:29: «¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al Espíritu de gracia?». Este nombre revela que obra del Espíritu Santo es administrar y aplicar la gracia de Dios. Es lleno de gracia, es cierto, pero el nombre significa mucho más que eso; significa que hace nuestra, de manera experimental, la multiforme gracia de Dios. Solo por la obra del Espíritu de gracia en nuestros corazones podemos apropiarnos de esa infinita plenitud de gracia que Dios, desde el principio, nos ha otorgado en Jesucristo. Es nuestra desde el comienzo, en cuanto a pertenecernos; pero solo es nuestra experimentalmente cuando la reclamamos por el poder del Espíritu de gracia.

XXII. El Espíritu de gracia y de oración. Al Espíritu Santo se le llama «el Espíritu de gracia y de oración» en Zacarías 12:10: «Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración; y mirarán a mí, a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito». La frase «el Espíritu de gracia y de oración» en este pasaje es, sin duda alguna, un nombre del Espíritu Santo.

El nombre «el Espíritu de gracia» ya lo tuvimos bajo el epígrafe anterior, pero aquí hay una idea adicional: la de esa operación de la gracia que nos lleva a orar intensamente. Al Espíritu Santo se le llama así porque es él quien enseña a orar. Después de todo, toda verdadera oración es en el Espíritu (Judas 20). Nosotros, por nosotros mismos, no sabemos orar como conviene, pero obra del Espíritu Santo de intercesión es interceder por nosotros con gemidos indecibles y guiarnos en la oración conforme a la voluntad de Dios (Romanos 8:26-27). El secreto de toda oración verdadera y eficaz es conocer al Espíritu Santo como «el Espíritu de gracia y de oración».

XXIII. El Espíritu de gloria. Al Espíritu Santo se le llama «el Espíritu de gloria» en 1 Pedro 4:14: «Si sois vituperados por el nombre de Cristo, sois bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre vosotros. Ciertamente, según ellos, él es blasfemado, pero según vosotros es glorificado». Este nombre no enseña meramente que el Espíritu Santo sea infinitamente glorioso en sí mismo, sino más bien que nos imparte la gloria de Dios, tal como el Espíritu de verdad nos imparte la verdad, y el Espíritu de vida nos imparte la vida, y el Espíritu de sabiduría, inteligencia, consejo, poder y conocimiento, y del temor de Jehová, nos imparte sabiduría, inteligencia, consejo, poder, conocimiento y el temor de Jehová, y como el Espíritu de gracia nos aplica y administra la multiforme gracia de Dios, así el Espíritu de gloria es el administrador para nosotros de la gloria de Dios.

En el versículo inmediatamente anterior leemos: «Antes bien, gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría». Es en este contexto donde se le llama el Espíritu de gloria. Hallamos una conexión semejante entre los padecimientos que soportamos y la gloria que el Espíritu Santo nos imparte en Romanos 8:16-17: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si es que padecemos juntamente con él, para que juntamente con él seamos glorificados». El Espíritu Santo es el administrador de la gloria tanto como de la gracia; o, más bien, de la gracia que culmina en gloria.

XXIV. El Espíritu eterno. Al Espíritu Santo se le llama «el Espíritu eterno» en Hebreos 9:14: «¿Cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?». La eternidad, la deidad y la infinita majestad del Espíritu Santo se ponen de relieve mediante este nombre.

XXV. El Consolador. Al Espíritu Santo se le llama «el Consolador» una y otra vez en las Escrituras. Por ejemplo, en Juan 14:26 leemos: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». Y en Juan 15:26: «Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí». (Véase también Juan 16:27.) La palabra traducida «Consolador» en estos pasajes significa eso, pero significa además mucho más.

Es una palabra difícil de traducir adecuadamente con una sola palabra en español. Los traductores de la Versión Revisada hallaron dificultad para decidir con qué palabra verter el vocablo griego así traducido. Han sugerido, en el margen de la Versión Revisada, «abogado», «ayudador» y una simple transliteración del vocablo griego al castellano: «Paracleto». La palabra traducida «Consolador» significa literalmente «uno llamado al lado de otro», siendo la idea la de alguien que está a la mano para tomar la parte de otro. Es la misma palabra que se traduce «abogado» en 1 Juan 2:1: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis».

«Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». Pero «abogado», tal como ahora lo entendemos, no comunica toda la fuerza del vocablo griego así traducido.

Históricamente, «abogado» significa casi lo mismo. «Abogado» viene del latín (advocatus) y significa «uno llamado junto a otro para tomar su parte»; pero en nuestro uso moderno la palabra ha adquirido un sentido restringido. El vocablo griego traducido «Consolador» (Parakletos) significa «uno llamado al lado», es decir, uno llamado a permanecer constantemente a nuestro lado y que está siempre dispuesto a estar junto a nosotros y a tomar nuestra parte en todo aquello en que se necesite su ayuda.

Es un nombre maravillosamente tierno y expresivo para el Santo. A veces, cuando pensamos en el Espíritu Santo, parece estar tan lejos; pero cuando pensamos en el Parakletos —o, en lenguaje llano, en nuestro «Auxiliador siempre a mano» o el que «toma nuestra parte»—, ¡cuán cerca está! Hasta el momento en que Jesús hizo esta promesa a los discípulos, él había sido su Parakletos. Cuando se hallaban en cualquier apuro o dificultad, recurrían a él.

En una ocasión, por ejemplo, los discípulos estaban dudosos sobre cómo orar, y recurrieron a Jesús diciendo: «Señor, enséñanos a orar». Y el Señor les enseñó la maravillosa oración que ha llegado a través de los siglos (Lucas 11:1-4). En otra ocasión, Pedro se hundía en las olas de Galilea y clamó: «¡Señor, sálvame!», e inmediatamente Jesús extendió su mano, lo asió y lo salvó (Mateo 14:30-31). En toda extremidad, recurrían a él. Del mismo modo, ahora que Jesús se ha ido al Padre, tenemos otra Persona, tan divina como él, tan sabia como él, tan fuerte como él, tan amorosa como él, tan tierna como él, tan pronta y tan capaz de ayudar, que está siempre justo a nuestro lado.

Sí, y mejor aún, que mora en nuestro corazón, que se hará cargo y nos ayudará con tal de que confiemos en que lo hará.

Si la verdad del Espíritu Santo, tal como se perfila en el nombre «Parakletos», entra una vez en nuestro corazón y permanece allí, desterrará para siempre toda soledad; pues ¿cómo podemos sentirnos solos cuando el mejor de todos los amigos está siempre con nosotros? En los últimos ocho años me ha tocado soportar lo que naturalmente sería una vida muy solitaria. La mayor parte del tiempo estoy separado de mi esposa y de mis hijos por los llamados del deber. Durante dieciocho meses seguidos estuve separado de casi toda mi familia por muchos miles de kilómetros. La soledad habría sido insoportable de no haber sido por el único Amigo todo suficiente, que siempre estaba conmigo.

Recuerdo una noche en que caminaba de un lado a otro por la cubierta de un vapor azotado por la tempestad en los Mares del Sur. La mayor parte de mi familia estaba a 18.000 millas de distancia; el otro miembro de mi familia no estaba conmigo. Los oficiales estaban ocupados en el puente, y yo recorría la cubierta a solas, y me vino este pensamiento: «Aquí estás, completamente solo». Luego vino otro pensamiento: «No estoy solo; a mi lado, mientras recorro esta cubierta en la soledad y la tormenta, camina el Espíritu Santo»; y él me bastó. Dije algo semejante en cierta ocasión en una conferencia bíblica en St. Paul. Al terminar la reunión, un médico se me acercó y me dijo con suavidad: «Quiero darle las gracias por ese pensamiento acerca de que el Espíritu Santo está siempre con nosotros. Soy médico. Muchas veces tengo que ir lejos, al campo, de noche y en medio de la tormenta, para atender un caso, y a menudo me he sentido muy solo; pero nunca más volveré a sentirme solo.

Siempre sabré que, a mi lado, en mi coche de médico, va conmigo el Espíritu Santo». Si este pensamiento del Espíritu Santo como el Paracleto siempre presente entra una vez en tu corazón y permanece allí, desterrará para siempre todo temor. ¿Cómo podemos temer ante amenaza alguna, si este Ser divino está a nuestro lado para aconsejarnos y tomar nuestra parte? Puede haber en torno a nosotros una turba enfurecida, o una tormenta que amenaza, pero no importa. Él se interpone entre nosotros y tanto la turba como la tormenta. Una noche había prometido caminar cuatro millas hasta la casa de un amigo después de una sesión vespertina de una conferencia. El sendero discurría a la orilla de un lago.

Cuando salí hacia la casa de mi amigo, se avecinaba una tormenta eléctrica. No había contado con esto, pero, como lo había prometido, sentí que debía ir.

El sendero discurría por el borde del lago, muchas veces muy cerca del filo; a veces el lago estaba junto al sendero, y a veces muchos pies más abajo. La noche estaba tan oscura por las nubes que no se podía ver hacia adelante. De cuando en cuando había un relámpago cegador en el que se alcanzaba a ver dónde el sendero había sido arrasado, y luego quedaba más negro que nunca. Se oía el bramar del lago abajo. Parecía un lugar peligroso para caminar; pero aquella misma semana yo había estado hablando sobre la Personalidad del Espíritu Santo y sobre el Espíritu Santo como Amigo siempre presente, y me vino este pensamiento: «¿Qué era lo que les decías a las personas en el discurso acerca del Espíritu Santo como Amigo siempre presente?». Y entonces me dije: «Entre yo y el lago embravecido y el borde del sendero camina el Espíritu Santo»; y seguí adelante sin temor y lleno de gozo.

Cuando estábamos en Londres, una joven asistió una tarde a la reunión en el Royal Albert Hall.

Tenía un miedo anormal a la oscuridad. No podía entrar sola en una habitación a oscuras; pero el pensamiento del Espíritu Santo como Amigo siempre presente caló en su mente. Volvió a casa y le contó a su madre qué pensamiento tan maravilloso había oído aquel día, y cómo había desterrado para siempre todo temor de ella. Ya oscurecía mucho en aquella tarde de invierno londinense, y su madre levantó la vista y dijo: «Muy bien, veamos si es real. Sube a lo más alto de la casa y enciérrate sola en una habitación a oscuras». Ella se puso en pie al instante, subió aprisa las escaleras, entró en una habitación a oscuras, cerró la puerta y se sentó.

Todo temor se había desvanecido, y, según escribió al día siguiente, toda la habitación parecía llenarse de una gloria maravillosa: la gloria de la presencia del Espíritu Santo.

En el pensamiento del Espíritu Santo como el Paracleto hay también un remedio para el insomnio. Durante dos años atroces sufrí de insomnio. Noche tras noche me acostaba casi muerto de sueño; parecía que forzosamente debía dormir, pero no podía dormir; ¡oh, la agonía de aquellos dos años! Parecía que perdería la razón si no hallaba alivio. El alivio llegó por fin, y durante años seguí adelante sin el menor asomo de insomnio. Luego, una noche me retiré a mi cuarto en el Instituto, me acosté esperando dormirme en un momento, como solía; pero apenas mi cabeza tocó la almohada me percaté de que el insomnio había vuelto. Quien lo ha padecido alguna vez no lo olvida jamás ni jamás se equivoca. Parecía como si el insomnio estuviera sentado a los pies de mi cama, sonriéndome con sorna y diciendo: «He vuelto para otros dos años». «Ay», pensé, «dos años más de atroz insomnio».

Aquella misma mañana había estado enseñando a nuestros estudiantes en el Instituto acerca de la Personalidad del Espíritu Santo y del Espíritu Santo como Amigo siempre presente, y al instante me vino este pensamiento: «¿De qué les hablabas a los estudiantes esta mañana? ¿Qué les decías?»; y levanté la vista y dije: «Bendito Espíritu de Dios, tú estás aquí, no estoy solo. Si tienes algo que decirme…»; y comenzó a abrirme algunas de las cosas profundas y preciosas acerca de mi Señor y Salvador, cosas que llenaron mi alma de gozo y de reposo, y lo siguiente que supe fue que estaba dormido hasta la mañana siguiente. Así que, siempre que el insomnio ha venido a mí desde entonces, sencillamente he recordado que el Espíritu Santo estaba allí, y he alzado la mirada a él para que me hablara y me enseñara, y así lo ha hecho, y el insomnio ha emprendido la huida.

En el pensamiento del Espíritu Santo como el Paracleto hay un remedio para el corazón quebrantado. ¡Cuántos corazones doloridos y a punto de romperse hay en este mundo nuestro, tan lleno de muerte y de separación de aquellos a quienes más entrañablemente amamos! Cuántas mujeres hay que, hace unos años, o unos meses, o unas semanas, no tenían cuidado ni inquietud, porque a su lado había un esposo cristiano tan sabio y tan fuerte que la esposa descargaba en él toda responsabilidad y andaba por la vida despreocupada y satisfecha con su amor y su compañía. Pero un día terrible él le fue arrebatado. Quedó sola, y todos los cuidados y responsabilidades recayeron sobre ella. ¡Cuán vacío ha estado ese corazón desde entonces; cuán vacío ha estado el mundo entero!

Ha ido arrastrando su vida y sus deberes como mejor ha podido, con el corazón dolorido y casi roto. Pero hay Uno, si tan solo lo supiera, más sabio y más amoroso que el más tierno de los esposos, dispuesto a llevar por ella todo el cuidado y las responsabilidades de la vida, capaz, si tan solo se lo permite, de llenar cada rincón de su corazón vacío y dolorido; ese Uno es el Paracleto. Dije algo semejante en el St. Andrew’s Hall de Glasgow. Al terminar la reunión, una cristiana de rostro triste, vestida de luto de viuda, se me acercó al salir yo del salón a la sala de recepción. Vino de prisa hacia mí y dijo: «Dr. Torrey, hoy se cumple el aniversario de la muerte de mi querido esposo».

«Hoy hace justamente un año que me fue arrebatado. Vine hoy a ver si podía decirme algunas palabras que me ayudaran. Me ha dado justamente la palabra que necesito. Nunca más volveré a sentirme sola». Pasó un año y medio. Yo estaba en el yate de un amigo en las rías del Clyde. Un día, una pequeña barca zarpó de la orilla y se acercó al costado del yate. Una de las primeras en subir a bordo fue esta viuda. Vino de prisa hacia mí, y lo primero que dijo fue: «El pensamiento que usted me dio aquel día en el St. Andrew’s Hall, en el aniversario de la partida de mi esposo, ha estado conmigo desde entonces, y el Espíritu Santo en verdad me satisface y llena mi corazón».

Pero es en nuestra obra para nuestro Maestro donde el pensamiento del Espíritu Santo como el Paracleto viene con la mayor utilidad. Creo que puede permitírseme ilustrarlo con mi propia experiencia. Entré en el ministerio porque me vi forzado a ello. Durante años me negué a ser cristiano porque estaba resuelto a no ser predicador, y temía que, si me rendía a Cristo, tendría que entrar en el ministerio. Mi conversión dependió de que me rindiera a él en este punto. La noche en que me rendí no dije: «Aceptaré a Cristo», ni «Renunciaré al pecado», ni nada por el estilo; simplemente clamé: «Quita esta terrible carga de mi corazón, y predicaré el Evangelio». Pero nadie podía estar menos capacitado por temperamento natural para el ministerio que yo.

Desde niño fui tímido. Aun después de haber ingresado en la Universidad de Yale, cuando volvía a casa en el verano y mi madre me llamaba para presentarme a sus amistades, me asustaba tanto que, cuando creía estar hablando, no emitía ningún sonido audible. Cuando sus amistades se habían marchado, mi madre me preguntaba: «¿Por qué no les dijiste algo?». Y yo respondía que suponía que sí lo había hecho, pero mi madre decía: «No pronunciaste ni un sonido». Imagínense a un muchacho así entrando en el ministerio. Nunca reuní el valor siquiera para hablar en una reunión pública de oración hasta después de estar en el seminario teológico. Entonces sentí que, si iba a entrar en el ministerio, debía al menos ser capaz de hablar en una reunión de oración.

Aprendí de memoria un pequeño fragmento para decirlo, pero, llegada la hora, olvidé gran parte de él por el terror. En el momento crítico, agarré el respaldo del banco que tenía delante, me puse en pie apresuradamente y me sostuve del banco. Un Niágara parecía subir por un lado y otro bajar por el otro; me temblaba la voz. Repetí lo que pude recordar y me senté. Imagínense a un hombre así entrando en el ministerio. En los primeros días de mi ministerio, escribía mis sermones por completo y los memorizaba, me ponía de pie y retorcía un botón hasta que lo había recitado lo mejor que podía, y luego me dejaba caer de nuevo en la silla del púlpito con una sensación de alivio de que aquello había terminado por una semana más. No puedo expresarles lo que sufrí en aquellos primeros días de mi ministerio. Pero llegó el día feliz en que llegué a conocer al Espíritu Santo como el Paracleto.

Cuando se apoderó de mí el pensamiento de que, al ponerme de pie para predicar, había Otro que estaba a mi lado; de que, mientras el auditorio me veía a mí, Dios lo veía a él; de que la responsabilidad recaía toda sobre él, y de que él era plenamente capaz de asumirla y encargarse de todo, y de que lo único que yo debía hacer era retirarme lo más posible fuera de la vista y dejarle a él hacer la obra… Ya no tengo temor de predicar; predicar es el mayor gozo de mi vida, y a veces, cuando me pongo de pie para hablar y me doy cuenta de que él está allí, de que toda la responsabilidad recae sobre él, tal gozo llena mi corazón que apenas puedo contenerme de gritar y saltar. Él está igualmente dispuesto a ayudarnos en toda nuestra obra: en las clases de escuela dominical, en la obra personal y en cualquier otro ámbito del esfuerzo cristiano.

Muchos vacilan en hablar a otros acerca de aceptar a Cristo. Temen no decir lo correcto; temen hacer más daño que bien. Ciertamente lo harás si lo intentas por tu cuenta; pero si tan solo crees en el Paracleto y confías en que él lo diga, y lo diga a su manera, nunca harás daño, sino que siempre obrarás bien. Puede parecer en el momento que no has logrado nada, pero quizá años después descubrirás que has logrado mucho; y aunque no lo descubras en este mundo, lo descubrirás en la eternidad.

Hay muchas maneras en que el Paracleto está a nuestro lado y nos ayuda, de las cuales hablaremos largamente cuando lleguemos a estudiar su obra. Está a nuestro lado cuando oramos (Romanos 8:26-27), cuando estudiamos la Palabra (Juan 14:26; Juan 16:12-14), cuando hacemos obra personal (Hechos 8:29), cuando predicamos o enseñamos (1 Corintios 2:4), cuando somos tentados (Romanos 8:2), cuando dejamos este mundo (Hechos 7:54-60). Fijemos firmemente este pensamiento, ahora y para siempre: que el Espíritu Santo es Uno llamado a nuestro lado para tomar nuestra parte.

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