Capítulo 4 · 3 min de lectura

La subordinación del Espíritu al Padre y al Hijo

Este capítulo explica que, aunque el Espíritu Santo es plenamente Dios, Él asume voluntariamente un papel subordinado al Padre y al Hijo en su obra. La Escritura muestra que es enviado por el Padre y por el Hijo, que habla lo que oye de ellos y que busca glorificar a Cristo antes que a sí mismo. Esta relación de trabajo dentro de la Trinidad refleja unidad, no desigualdad.

Del hecho de que el Espíritu Santo sea una Persona divina no se sigue que el Espíritu Santo sea en todo sentido igual al Padre. Si bien las Escrituras enseñan que en Jesucristo habitaba toda la plenitud de la Deidad en forma corporal (Colosenses 2:9), y que Él era tan verdadera y plenamente divino que pudo decir: “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30) y “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”.

(Juan 14:9), también enseñan con igual claridad que Jesucristo no era igual al Padre en todo aspecto, sino subordinado al Padre en muchos sentidos. De igual manera, las Escrituras nos enseñan que, aunque el Espíritu Santo es una Persona divina, Él está subordinado al Padre y al Hijo.

En Juan 14:26 se nos enseña que el Espíritu Santo es enviado por el Padre y en el nombre del Hijo. Jesús declara con toda claridad: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho”. En Juan 15:26 es Jesús quien envía al Espíritu de parte del Padre. Las palabras exactas son: “Pero cuando venga el Consolador, el cual yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio de mí”. Así como en otros lugares se nos enseña que Jesucristo fue enviado por el Padre (Juan 6:29; 8:29, 42), aquí se nos enseña que el Espíritu Santo, a su vez, es enviado por Jesucristo.

La subordinación del Espíritu Santo al Padre y al Hijo se manifiesta también en el hecho de que Él deriva algunos de sus nombres del Padre y del Hijo. Leemos en Romanos 8:9: “Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él”. Aquí tenemos dos nombres del Espíritu: uno derivado de su relación con el Padre, “el Espíritu de Dios”, y el otro derivado de su relación con el Hijo, “el Espíritu de Cristo”.

En Hechos 16:7 se habla de Él como “el Espíritu de Jesús”. La subordinación del Espíritu al Hijo se ve también en el hecho de que el Espíritu Santo no habla de sí mismo, sino que habla las palabras que oye. Leemos en Juan 16:13: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y os hará saber las cosas que han de venir”. La subordinación del Espíritu al Hijo aparece de nuevo en el hecho revelado de que la obra del Espíritu Santo no es glorificarse a sí mismo, sino glorificar a Cristo. Jesús dice en Juan 16:14: “Él me glorificará, porque tomará de lo mío, y os lo hará saber”. De igual manera, Jesús no procuró ensalzarse a sí mismo; quiso dar gloria a Aquel que lo envió, su Padre.

De todos estos pasajes resulta evidente que el Espíritu Santo, en su obra presente, aunque posee todos los atributos de la Deidad, está subordinado al Padre y al Hijo. Por otra parte, veremos más adelante que en su vida terrenal Jesús vivió, enseñó y obró en el poder del Espíritu Santo.

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