Capítulo 20 · 1 h 11 min de lectura
El bautismo con el Espíritu Santo
Una de las frases de más honda significación que las Escrituras emplean en relación con el Espíritu Santo es «bautizados con el Espíritu Santo». Juan el Bautista fue el primero en usar esta expresión. Hablando de sí mismo y de Aquel que había de venir, dijo: «Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; mas el que viene tras mí, más poderoso es que yo, cuyo calzado no soy digno de llevar; él os bautizará en Espíritu Santo y en fuego» (Mateo 3:11). La segunda preposición «con» de este pasaje aparece en cursiva; no se halla en el griego. No se habla de dos bautismos distintos, uno con el Espíritu Santo y otro con fuego, sino de un solo bautismo con el santo Viento y Fuego.
Jesús empleó después la misma expresión. En Hechos 1:5 dice: «Porque Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días». Cuando esta promesa de Juan el Bautista y de nuestro Señor se cumplió en Hechos 2:3-4, leemos: «Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, que se asentó sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen». Aquí tenemos otra expresión, «llenos del Espíritu Santo», usada como sinónimo de «bautizados con el Espíritu Santo».
Leemos de nuevo en Hechos 10:44-46: «Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y se espantaron los creyentes que eran de la circuncisión, que habían venido con Pedro, de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas y que magnificaban a Dios. Entonces respondió Pedro». El mismo Pedro, al describir más tarde esta experiencia en Jerusalén, cuenta la historia de esta manera: «Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos, como sobre nosotros al principio. Entonces me acordé del dicho del Señor, como dijo: Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo».
«Así que, si Dios les dio el mismo don también como a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?» (Hechos 11:15-17). Aquí Pedro llama claramente a la experiencia que sobrevino a Cornelio y a su casa ser bautizados con el Espíritu Santo; de modo que vemos que las expresiones «el Espíritu Santo cayó» y «el don del Espíritu Santo» son prácticamente equivalentes a «bautizados con el Espíritu Santo». Todavía se usan otras expresiones para describir esta bendición, tales como «recibir el Espíritu Santo» (Hechos 2:38; Hechos 19:2-6); «vino el Espíritu Santo sobre ellos» (Hechos 19:2-6); «don del Espíritu Santo» (Hebreos 2:4; 1 Corintios 12:4, 11, 13); «Y he aquí, yo envío la promesa de mi Padre sobre vosotros; mas vosotros quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto» (Lucas 24:49).
¿Qué es el bautismo con el Espíritu Santo? En primer lugar, el bautismo con el Espíritu Santo es una experiencia definida, de la cual uno puede y debe saber si la ha recibido o no. Esto es evidente por el mandato de nuestro Señor a sus discípulos en Lucas 24:49 y Hechos 1-4, de que no partiesen de Jerusalén a emprender la obra que les había encomendado hasta que hubiesen recibido esta promesa del Padre. También es evidente por el capítulo octavo de los Hechos, versículos quince y dieciséis, donde se nos dice expresamente: «el Espíritu Santo aún no había caído sobre ninguno de ellos». Es evidente asimismo por el capítulo diecinueve de los Hechos de los Apóstoles, versículo segundo, donde Pablo planteó a aquel pequeño grupo de discípulos en Éfeso la pregunta concreta: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo cuando creísteis?». Recibir el Espíritu Santo era una experiencia tan clara que uno podía responder sí o no a la pregunta de si habían recibido el Espíritu Santo. En este caso, los discípulos respondieron que «no», que ni siquiera habían oído si se daba el Espíritu Santo.
No dijeron lo que nuestra Versión Autorizada les hace decir: que ni siquiera habían oído si había Espíritu Santo. Ellos sabían que había Espíritu Santo; sabían además que había una promesa clara del bautismo con el Espíritu Santo, pero no habían oído que esa promesa se hubiese cumplido ya. Pablo les dijo que sí, y tomó las medidas por las cuales fueron bautizados con el Espíritu Santo antes de que aquella reunión concluyera. Igualmente es evidente por Gálatas 3:2 que el bautismo con el Espíritu Santo es una experiencia clara, de la cual uno puede saber si la ha recibido o no. En este pasaje Pablo dice a los creyentes de Galacia: «Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír de la fe?». El recibir el Espíritu había sido algo tan claro, como cuestión de conciencia personal, que Pablo podía apelar a ello como fundamento de su argumento.
En estos días se habla mucho del bautismo con el Espíritu Santo, y se ora por el bautismo con el Espíritu, de un modo del todo vago y confuso. Hay quienes se levantan en una reunión y oran para ser bautizados con el Espíritu Santo, y si después fueras al que ofreció la oración y le hicieras la pregunta: «¿Recibiste lo que pediste? ¿Fuiste bautizado con el Espíritu Santo?», es muy probable que vacilara y dijera: «Eso espero»; pero en la Biblia no hay nada de esta imprecisión. La Biblia es clara en este punto, como en todos los demás. Presenta una experiencia tan definida y tan real que uno puede saber si ha recibido o no el bautismo con el Espíritu Santo, y puede responder sí o no a la pregunta: «¿Habéis recibido el Espíritu Santo?».
En segundo lugar, es evidente que el bautismo con el Espíritu Santo es una operación del Espíritu Santo distinta de su obra regeneradora y añadida a ella. Esto es evidente por Hechos 1:5: «Porque Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días».
Es claro, pues, que los discípulos aún no habían sido bautizados con el Espíritu Santo, y que dentro de pocos días lo serían. Pero los hombres a quienes Jesús dirigió estas palabras eran ya hombres renovados. Así los había declarado nuestro Señor mismo.
Les había dicho en Juan 15:3: «Ya vosotros sois limpios por la palabra que os he hablado». Mas ¿qué significa limpios por la palabra? 1 Pedro 1:23 responde a la pregunta: «siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece para siempre». Un poco antes, aquella misma noche, Jesús les había dicho en Juan 13:10: «El que está lavado, no ha menester sino que lave sus pies, mas está todo limpio».
«Y vosotros limpios estáis, aunque no todos». El Señor Jesús había declarado limpia a aquella compañía apostólica, es decir, hombres regenerados, excepto el que nunca fue hombre renovado, Judas Iscariote, que había de entregarle (véase el versículo 11). A los once restantes, Jesucristo los había señalado como hombres renovados. Y sin embargo dice a estos mismos hombres en Hechos 1:5 que el bautismo con el Espíritu Santo era una experiencia que aún no habían alcanzado, que todavía estaba en el futuro. Así que es evidente que una cosa es nacer de nuevo por el Espíritu Santo mediante la Palabra, y otra distinta de esto y añadida a ello es ser bautizado con el Espíritu Santo.
Lo mismo es evidente por Hechos 8:12, comparado con los versículos quince y dieciséis del mismo capítulo. En el versículo doce leemos que una gran compañía de discípulos había creído la predicación de Felipe acerca del reino de Dios y del nombre de Jesucristo, y «se bautizaban en el nombre del Señor Jesús» (v. 16). Ciertamente, en esta compañía de creyentes bautizados había al menos algunas personas renovadas.
Cualquiera que sea la verdadera forma del bautismo en agua, sin duda habían sido bautizados según la forma verdadera, pues el bautismo lo había administrado un hombre comisionado por el Espíritu; pero en los versículos quince y dieciséis leemos: «Los cuales venidos (esto es, Pedro y Juan), oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, mas solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús». Creyentes bautizados eran; bautizados en el nombre del Señor Jesús habían sido; hombres renovados eran algunos de ellos, con toda certeza, y sin embargo ninguno había recibido todavía el Espíritu Santo, ni había sido bautizado con él.
Así pues, una vez más es evidente que el bautismo con el Espíritu Santo es una operación del Espíritu Santo distinta de su obra regeneradora y añadida a ella. Un hombre puede ser regenerado por el Espíritu Santo y aun así no estar bautizado con el Espíritu Santo. En la regeneración se da la unción de vida por el poder del Espíritu, y el que la recibe es salvo; en el bautismo con el Espíritu Santo se da la unción de poder, y el que la recibe queda capacitado para el servicio. Con todo, el bautismo con el Espíritu Santo puede tener lugar en el momento mismo de la regeneración. Así sucedió, por ejemplo, en la casa de Cornelio. Leemos en Hechos 10:43 que, mientras Pedro predicaba, llegó al punto en que dijo acerca de Jesús: «A éste dan testimonio todos los profetas, de que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre», y en ese punto Cornelio y su casa creyeron, y leemos en seguida: «Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y se espantaron los creyentes que eran de la circuncisión, que habían venido con Pedro, de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas y que magnificaban a Dios». En el momento en que creyeron el testimonio acerca de Jesús, fueron bautizados con el Espíritu Santo, aun antes de ser bautizados en agua. La regeneración y el bautismo con el Espíritu Santo ocurrieron en el mismo instante, y así sucede hoy en muchas experiencias. Parecería que, en una condición normal de la iglesia, esta sería la experiencia habitual. Pero la iglesia no se halla hoy en una condición normal.
Una parte muy grande de la iglesia se encuentra en el lugar en que estaban los creyentes de Samaria antes de que Pedro y Juan descendieran, y donde estaban los discípulos de Éfeso antes de que Pablo viniera y les hablara de su mayor privilegio: creyentes bautizados, bautizados en el nombre del Señor Jesús, bautizados para arrepentimiento de pecados, pero aún no bautizados con el Espíritu Santo.
No obstante, el bautismo con el Espíritu Santo es el derecho de nacimiento de todo creyente. Fue comprado para nosotros por la muerte de Cristo, y cuando Él ascendió a la diestra del Padre, recibió la promesa del Padre y la derramó sobre la iglesia; y si alguno hoy no ha sido bautizado con el Espíritu Santo como experiencia personal, es porque no ha reclamado su derecho de nacimiento. Potencialmente, todo miembro del cuerpo de Cristo está bautizado con el Espíritu Santo (1 Corintios 12:13): «Porque por un solo Espíritu somos todos bautizados en un cuerpo, ora judíos o griegos, ora siervos o libres; y todos hemos bebido de un mismo Espíritu». Pero hay muchos creyentes en quienes lo que potencialmente es suyo no ha llegado a ser cuestión de experiencia real, actual y personal.
Todos los hombres están potencialmente justificados en la muerte de Jesucristo en la cruz; es decir, la justificación está provista para ellos y les pertenece (Romanos 5:18); pero lo que potencialmente pertenece a todo hombre, cada hombre debe apropiárselo por la fe en Cristo; entonces la justificación es suya de manera actual y experimental. Y así también, mientras que el bautismo con el Espíritu Santo es potencialmente posesión de todo creyente, cada creyente debe apropiárselo por sí mismo antes de que sea suyo de manera experimental.
Podemos ir aún más lejos y decir que solo por el bautismo con el Espíritu Santo llega uno a ser, en el sentido más pleno, miembro del cuerpo de Cristo, porque solo por el bautismo con el Espíritu recibe poder para desempeñar aquellas funciones para las cuales Dios le ha señalado como parte del cuerpo.
Como ya hemos visto, todo verdadero creyente tiene el Espíritu Santo (Romanos 8:9), pero no todo creyente tiene el bautismo con el Espíritu Santo (aunque todo creyente puede tenerlo, como acabamos de ver). Una cosa es tener al Espíritu Santo morando dentro de nosotros, quizá morando muy en lo hondo, en algún santuario oculto de nuestro ser, detrás de la conciencia clara, y algo muy diferente, algo muchísimo mayor, es que el Espíritu Santo tome posesión completa de aquel en quien habita. Algunos recalcan hasta tal punto el hecho de que todo creyente tiene potencialmente el bautismo con el Espíritu, que enseñan que todo creyente tiene el bautismo con el Espíritu como experiencia. Pero, a menos que el bautismo con el Espíritu de hoy sea algo distinto del bautismo con el Espíritu que hubo en la iglesia primitiva —o, más aún, a menos que sea algo nada real—, entonces, o bien una proporción muy grande de los que ordinariamente tenemos por creyentes no son creyentes, o bien uno puede ser creyente y hombre regenerado sin haber sido bautizado con el Espíritu Santo.
Ciertamente, así fue en la iglesia primitiva. Así fue con los apóstoles antes de Pentecostés; así fue con la iglesia de Éfeso; así fue con la iglesia de Samaria. Y hay hoy millares que pueden dar testimonio de haber recibido a Cristo y de haber nacido de nuevo, y luego, después, a veces mucho después, de haber sido bautizados con el Espíritu Santo como experiencia clara.
Esta es una cuestión de gran importancia práctica, porque hay muchos que no disfrutan de la plenitud de privilegio de que podrían gozar, pues, forzando versículos aislados de las Escrituras más allá de lo que pueden sostener y en contra de la enseñanza clara de las Escrituras en su conjunto, tratan de persuadirse de que ya han sido bautizados con el Espíritu Santo cuando no lo han sido. Y si tan solo se confesaran a sí mismos que no lo habían sido, podrían entonces dar los pasos por los cuales serían bautizados con el Espíritu Santo como cuestión de experiencia clara y personal.
Lo siguiente que resulta claro de la enseñanza de la Escritura es que el bautismo con el Espíritu Santo siempre está relacionado con el testimonio y el servicio, y es principalmente para ellos. Nuestro Señor, hablando de este bautismo que tan pronto habían de recibir, dijo en Lucas 24:49: «Y he aquí, yo envío la promesa de mi Padre sobre vosotros; mas vosotros quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto».
Y de nuevo dijo en Hechos 1:5-8: «Porque Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días... Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra». En el relato del cumplimiento de esta promesa de nuestro Señor, en Hechos 2:4, leemos: «Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen». Sigue después el relato detallado de lo que dijo Pedro y del resultado. El resultado fue que Pedro y los demás apóstoles hablaron con tal poder que aquel día tres mil personas fueron convencidas de pecado, renunciaron a su pecado, confesaron en el bautismo su aceptación de Jesucristo, y perseveraron desde entonces en la doctrina de los apóstoles, en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones.
En el capítulo cuarto de los Hechos, versículos treinta y uno a treinta y tres, leemos que cuando los apóstoles fueron llenos del Espíritu Santo, el resultado fue que «hablaban la palabra de Dios con confianza» y que «con gran esfuerzo los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús». Y en el capítulo noveno de los Hechos de los Apóstoles tenemos una descripción del bautismo de Pablo con el Espíritu Santo. Leemos en los versículos diecisiete a veinte: «Entonces Ananías fue, y entró en la casa, y poniéndole las manos encima, dijo: Saulo hermano, el Señor Jesús, que te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista, y seas lleno del Espíritu Santo. Y luego le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al punto la vista; y levantándose, fue bautizado. Y cuando comió, fue confortado... Y luego predicaba a Cristo en las sinagogas, que éste es el Hijo de Dios», y en el versículo veintidós leemos que «confundía a los judíos que moraban en Damasco, afirmando que éste es el Cristo». En 1 Corintios 12 tenemos la más amplia exposición del bautismo con el Espíritu Santo que se halla en pasaje alguno de la Biblia.
Este es el pasaje clásico sobre todo el asunto. Y los resultados allí consignados son dones para el servicio.
El bautismo con el Espíritu Santo no está destinado principalmente a hacer felices a los creyentes, sino a hacerlos útiles. No está destinado meramente al gozo del creyente individual; está destinado principalmente a su eficacia en el servicio. No digo que el bautismo con el Espíritu Santo no haga feliz al creyente, pues como parte del fruto del Espíritu es «gozo», si uno es bautizado con el Espíritu Santo, el gozo ha de resultar inevitablemente. Nunca he conocido a nadie que fuese bautizado con el Espíritu Santo sin que, tarde o temprano, entrara en su vida un gozo nuevo, un gozo más alto, más puro y más pleno que cuanto había conocido antes. Pero este no es el propósito primordial del bautismo, ni el resultado más importante y prominente.
Es necesario poner gran énfasis en este punto, porque hay muchos cristianos que, al buscar el bautismo con el Espíritu, buscan el gozo personal. Van a convenciones y conferencias para la profundización de la vida cristiana, y vuelven contando qué bendición tan maravillosa han recibido, refiriéndose a algún gozo nuevo que ha entrado en su corazón; pero cuando los observas, es difícil ver que sean más útiles a sus pastores o a sus iglesias de lo que eran antes, y uno se ve forzado a pensar que, sea lo que fuere lo que hayan recibido, no han recibido el verdadero bautismo con el Espíritu Santo. El gozo y el júbilo están bien en su lugar.
Cuando vienen, gracias a Dios por ellos —el autor algo sabe de ellos—; pero en un mundo como aquel en que vivimos hoy, donde el pecado, la propia justicia y la incredulidad triunfan de tal modo, donde hay tan espantosa marea de hombres, mujeres y jóvenes que se precipitan hacia el infierno eterno, preferiría pasar toda mi vida sin tener jamás un solo toque de éxtasis, pero teniendo poder para testificar de Cristo y ganar a otros para Cristo, y así salvarlos, antes que tener arrobamientos los 365 días del año, pero ningún poder para contener la terrible marea del pecado y llevar a hombres, mujeres y niños a un conocimiento salvador de mi Señor y Salvador, Jesucristo.
El propósito del bautismo con el Espíritu Santo no es principalmente hacer santos a los creyentes de manera individual. No digo que no sea obra del Espíritu Santo hacer santos a los creyentes, pues, como ya hemos visto, Él es «el Espíritu de santidad», y el único modo en que jamás alcanzaremos la santidad es por su poder. Ni siquiera digo que el bautismo con el Espíritu Santo no se dé en una gran transformación, elevación y purificación espiritual, pues la promesa es: «Él os bautizará con el Espíritu Santo y fuego» (y el pensamiento del fuego, tal como se emplea en esta relación, es el de escudriñar, refinar, limpiar, consumir).
Una maravillosa transformación tuvo lugar en los apóstoles en Pentecostés, y una maravillosa transformación ha tenido lugar en millares que han sido bautizados con el Espíritu Santo desde Pentecostés; pero el propósito primordial del bautismo con el Espíritu Santo es la eficacia en el testimonio y el servicio. Tiene que ver más con dones para el servicio que con gracias de carácter. Es la transmisión de poder espiritual, o de dones, en el servicio; y a veces uno puede tener dones singulares por el poder del Espíritu y, sin embargo, manifestar pocas de las gracias del Espíritu.
(Véase 1 Corintios 13:1-3; Mateo 7:22-23). En todo pasaje de la Biblia en que se menciona el bautismo con el Espíritu Santo, este aparece relacionado con el testimonio o el servicio.
Quizá lleguemos a una idea más clara de lo que es el bautismo con el Espíritu Santo si nos detenemos a considerar los resultados del bautismo con el Espíritu Santo. ¿Cuáles son los resultados del bautismo con el Espíritu Santo?
1. Las manifestaciones concretas del bautismo con el Espíritu Santo no son las mismas en todas las personas. Esto aparece con claridad en 1 Corintios 12:4-13: «Empero hay repartimiento de dones; mas el mismo Espíritu. Y hay repartimiento de administraciones; mas el mismo Señor. Y hay repartimiento de operaciones; mas el mismo Dios es el que obra todas las cosas en todos. Empero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho. Porque a la verdad a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidad por el mismo Espíritu; a otro, operaciones de milagros; a otro, profecía; a otro, discreción de espíritus; a otro, géneros de lenguas; y a otro, interpretación de lenguas. Mas todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada uno como quiere. Porque de la manera que el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, empero todos los miembros de este cuerpo, siendo muchos, son un cuerpo, así también es el Cristo. Porque por un solo Espíritu somos todos bautizados en un cuerpo, ora judíos o griegos, ora siervos o libres; y todos hemos bebido de un mismo Espíritu». Aquí vemos un solo bautismo, pero una gran variedad de manifestaciones del poder de ese bautismo.
Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu. Los dones varían según las distintas líneas de servicio a las que Dios llama a distintas personas. La iglesia es un cuerpo, y los diferentes miembros del cuerpo tienen diferentes funciones, y el Espíritu comunica al que es bautizado con el Espíritu aquellos dones que lo capacitan para el servicio al que Dios lo ha llamado. Es muy importante tener esto presente. Por no ver esto, muchos se han extraviado por completo en todo este asunto. En mi primer estudio del tema, noté el hecho de que en muchos casos los que eran bautizados con el Espíritu Santo hablaban en lenguas (por ejemplo, Hechos 2:4; Hechos 10:46; Hechos 19:6), y me preguntaba si todo el que fuese bautizado con el Espíritu Santo hablaría en lenguas.
No conocía a nadie que hablase en lenguas en la actualidad, ni si el bautismo con el Espíritu Santo era para la edad presente. Pero un día, estudiando 1 Corintios 12, noté cómo Pablo decía a los creyentes de aquella iglesia de Corinto, tan ricamente dotada —de todos los cuales se había declarado en el versículo trece que habían sido bautizados con el Espíritu—: «Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero doctores; luego facultades; después dones de sanidades; ayudas; gobernaciones; géneros de lenguas. ¿Son todos apóstoles? ¿son todos profetas? ¿son todos doctores? ¿son todos facultades?».
¿Tienen todos dones de sanidad? ¿hablan todos lenguas? ¿interpretan todos?». Así vi que en las Escrituras se enseña que uno puede ser bautizado con el Espíritu Santo y, sin embargo, no tener el don de lenguas.
Vi además que el don de lenguas, según la Escritura, era el último y el menos importante de todos los dones, y que se nos exhortaba a desear los dones mayores (1 Corintios 13:31; 1 Corintios 14.
5, 12, 14, 18, 19, 27, 28). Más tarde estuve tentado a caer en otro error, más especioso pero en realidad tan poco bíblico como este, a saber: que si uno era bautizado con el Espíritu Santo, recibiría el don de evangelista.
Yo había leído la historia de D. L. Moody, de Charles G. Finney y de otros que fueron bautizados con el Espíritu Santo, y del poder que les vino como evangelistas, y se me sugirió el pensamiento de que, si alguien es bautizado con el Espíritu Santo, ¿no obtendrá también poder como evangelista? Pero esto también carecía de fundamento bíblico.
Si Dios ha llamado a un hombre a ser evangelista y este es bautizado con el Espíritu Santo, recibirá poder como evangelista; pero si Dios lo ha llamado a ser otra cosa, recibirá poder para llegar a ser otra cosa. Tres grandes males provienen del error de pensar que todo el que es bautizado con el Espíritu Santo recibirá poder como evangelista.
(1) El mal de la desilusión. Muchos buscan el bautismo con el Espíritu Santo esperando poder como evangelistas, pero Dios no los ha llamado a esa obra, y aunque cumplen las condiciones para recibir el bautismo con el Espíritu, y en efecto reciben el bautismo con el Espíritu, el poder como evangelistas no llega. En muchos casos, esto da por resultado una amarga desilusión, y a veces incluso la desesperación. El que ha esperado el poder de un evangelista y no lo ha recibido, a veces llega a poner en duda si es hijo de Dios. Pero si hubiese comprendido bien el asunto, habría sabido que el hecho de no haber recibido poder como evangelista no es prueba de que no haya recibido el bautismo con el Espíritu, y mucho menos es prueba de que no sea hijo de Dios.
(2) El segundo mal es aún más grave, a saber: el mal de la presunción. Un hombre a quien Dios no ha llamado a la obra de evangelista o de ministro se lanza muchas veces a ella porque ha recibido, o imagina haber recibido, el bautismo con el Espíritu Santo. Piensa que todo lo que un hombre necesita para llegar a ser predicador es el bautismo con el Espíritu Santo. Esto no es verdad. Para tener éxito como ministro, un hombre necesita un llamamiento a esa obra específica, y necesita ese conocimiento de la Palabra de Dios que lo prepare para la obra. Si un hombre es llamado al ministerio y estudia la Palabra hasta tener algo que predicar, si entonces es bautizado con el Espíritu Santo, tendrá éxito como predicador; pero si no es llamado a esa obra, o si no tiene el conocimiento de la Palabra de Dios que es necesario, no tendrá éxito en la obra, aunque reciba el bautismo con el Espíritu Santo.
(3) El tercer mal es el mal de la indiferencia. Muchos saben que no son llamados a la obra de predicar. Si entonces piensan que el bautismo con el Espíritu Santo simplemente confiere poder como evangelista, o poder para predicar, la cuestión del bautismo con el Espíritu Santo no es para ellos asunto de interés personal alguno. Por ejemplo, he aquí una madre con una numerosa familia de hijos. Sabe muy bien que no es llamada a hacer la obra de un evangelista. Sabe que su deber está con sus hijos y su hogar. Si lee u oye acerca del bautismo con el Espíritu Santo, y saca la impresión de que el bautismo con el Espíritu Santo simplemente confiere poder para hacer la obra de un evangelista, o para predicar, pensará: «El evangelista necesita esta bendición, mi ministro necesita esta bendición, pero no es para mí»; pero si comprende el asunto tal como se enseña en la Biblia —que si bien el bautismo con el Espíritu confiere poder, el modo en que ese poder se manifestará depende enteramente de la línea de obra a la que Dios nos llama, y que ninguna obra eficaz puede hacerse sin él—, y ve además que no hay hoy en la iglesia de Jesucristo función más santa y sagrada que la de una maternidad santificada, dirá: «El evangelista puede necesitar este bautismo, mi ministro puede necesitar este bautismo; pero yo he de tenerlo para criar a mis hijos en disciplina y amonestación del Señor».
2. Aunque hay diversidad de dones y de manifestaciones del bautismo con el Espíritu Santo, habrá algún don para todo el que es así bautizado. Leemos en 1 Corintios 12:7: «Empero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho». Cada miembro, por insignificante que sea, del cuerpo de Cristo tiene alguna función que desempeñar en ese cuerpo. El cuerpo crece por medio de aquello que está «bien ligado entre sí y unido» (Efesios 4:16), y a cada coyuntura, por menos significativa que sea, el Espíritu Santo confiere poder para desempeñar la función que le corresponde.
3. Es el Espíritu Santo quien decide cómo se manifestará el bautismo con el Espíritu en cada caso dado. Como leemos en 1 Corintios 12:11: «Mas todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada uno como quiere». El Espíritu Santo es soberano al decidir cómo —esto es, en qué don, operación o poder especial— se manifestará el bautismo con el Espíritu Santo. No nos toca a nosotros escoger algún campo de servicio y luego pedir al Espíritu Santo que nos capacite para ese servicio.
No nos toca a nosotros seleccionar algún don y luego pedir al Espíritu Santo que nos comunique este don escogido por nosotros mismos.
Nos toca simplemente ponernos por entero a disposición del Espíritu Santo, para que nos envíe adonde Él quiera, para que escoja por nosotros la clase de servicio que Él quiera, y para que nos comunique el don que Él quiera.
Él es soberano, y nuestra posición es la de una rendición incondicional a Él. Me alegro de que sea así. Me regocijo de que sea Él, en su infinita sabiduría y amor, quien escoja el campo de servicio y los dones, y de que esto no quede en mis manos, con mi cortedad de vista y mi necedad. Es por no reconocer esta soberanía del Espíritu que muchos no reciben la bendición y se encuentran con la desilusión. Están tratando de escoger su don, y así no obtienen ninguno. Conocí una vez a un hijo de Dios en Escocia que, al oír del bautismo con el Espíritu Santo y del poder que de él resultaba, abandonó, con gran sacrificio, su trabajo de calderero de barcos, por el cual recibía un buen salario. Oyó que había gran necesidad de ministros en el noroeste de América. Vino al noroeste. Cumplió las condiciones del bautismo con el Espíritu Santo, y creo que fue bautizado con el Espíritu Santo, pero Dios no lo había escogido para la obra de evangelista, y el poder como evangelista no le vino. Ningún campo parecía abrírsele, y estaba en gran abatimiento. Llegó incluso a poner en duda su aceptación delante de Dios.
Una mañana entró en nuestra iglesia de Mineápolis y me oyó hablar sobre el bautismo con el Espíritu Santo, y al señalar yo que el bautismo con el Espíritu Santo se manifestaba de muchas maneras diferentes, y que el hecho de que uno no tuviese poder como evangelista no era prueba de que no hubiese recibido el bautismo con el Espíritu Santo, la luz entró en su corazón. Se puso enteramente en las manos de Dios para que Él escogiera el campo de labor y los dones. Pronto se le abrió una puerta como misionero de escuela dominical, y luego, cuando hubo dejado de escoger por sí mismo y lo dejó al Espíritu Santo para que le repartiese como quisiera, sucedió algo extraño: recibió poder como evangelista, y recorrió los distritos rurales de uno de nuestros estados del noroeste con gran poder como evangelista.
4. Aunque el poder pueda ser de una clase en una persona y de otra clase en otra, siempre habrá poder, el mismísimo poder de Dios, cuando uno es bautizado con el Espíritu Santo. Leemos en Hechos 1:5, 8: «Porque Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días... Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra».
En verdad, todo el que lea estas páginas y no haya recibido ya el bautismo con el Espíritu Santo, si lo busca a la manera de Dios, lo obtendrá, y entrará en su servicio un poder que nunca antes había estado allí, poder para la misma obra a la que Dios lo ha llamado. Esto no es solo la enseñanza de la Escritura; es la enseñanza de la experiencia religiosa a lo largo de los siglos.
Las biografías religiosas abundan en casos de hombres que fueron trabajando lo mejor que podían, hasta que un día fueron llevados a ver que existía tal experiencia como el bautismo con el Espíritu Santo, y a buscarla y obtenerla; y desde aquella hora entró en su servicio un poder nuevo que transformó por completo su carácter. En este asunto uno piensa primero en hombres como el evangelista Moody y Brainerd, pero los casos de este carácter no se limitan a unos pocos hombres excepcionales. El autor ha conocido y ha mantenido correspondencia personalmente con cientos y miles de personas por todo el mundo, que podían dar testimonio de manera concreta del nuevo poder que Dios les ha concedido mediante el bautismo con el Espíritu Santo. Estos millares de hombres y mujeres estaban en todas las ramas del servicio cristiano; algunos de ellos son ministros del Evangelio, algunos evangelistas, algunos obreros de misión, algunos secretarios de la Y. M. C.
A., maestros de escuela dominical, padres, madres y obreros personales. Nada podría superar la claridad, la confianza y el gozo de muchos de estos testimonios.
No olvidaré a un ministro que conocí hace algunos años en una convención estatal de la Sociedad de Esfuerzo Cristiano de los Jóvenes, en New Britain, Connecticut. Yo hablaba sobre el tema de la obra personal, y al ir acercando el discurso a su fin, dije que, para hacer una obra personal eficaz, hemos de ser bautizados con el Espíritu Santo, y en muy pocas frases expliqué lo que quería decir con eso. Al terminar el discurso, este ministro se me acercó en la plataforma y dijo: «Yo no tengo esta bendición de la que ha estado hablando, pero la deseo. ¿Orará usted por mí?». Le dije: «¿Por qué no orar ahora mismo?». Dijo: «Lo haré». Pusimos dos sillas una al lado de la otra y volvimos la espalda a la multitud que salía del Armory. Oramos para que él fuese bautizado con el Espíritu Santo. Algunas semanas después, uno que había presenciado la escena vino a mí en una convención en Washington y me contó cómo este ministro había vuelto a su iglesia hecho un hombre transformado; que ahora sus congregaciones llenaban el templo; que este se componía en gran parte de jóvenes, y que había conversiones en cada culto.
Algunos años más tarde, este ministro fue llamado a otro campo de servicio. Sus amigos más espirituales le aconsejaron que no fuera, pues todos los elementos dirigentes de la iglesia a la que había sido llamado se oponían a la obra evangelística activa; pero por una u otra razón, sintió que era el llamamiento de Dios y lo aceptó.
En seis meses hubo sesenta y nueve conversiones, y treinta y ocho de ellas fueron de hombres de negocios de la localidad.
Después de asistir, hace algunos años en Montreal, a la Convención Interprovincial de la Asociación Cristiana de Jóvenes de las Provincias del Canadá, recibí una carta de un joven. Escribía: «Estuve presente en su última reunión en Montreal. Le oí hablar sobre el Bautismo con el Espíritu Santo.
Fui a mi habitación y busqué ese bautismo para mí mismo, y lo recibí. Soy presidente del Comité de Vigilancia de la Sociedad de Esfuerzo Cristiano de nuestra iglesia. Convoqué a los demás miembros del comité. Descubrí que dos de ellos habían estado en la reunión y ya habían sido bautizados con el Espíritu Santo. Entonces oramos por los demás miembros del comité, y fueron bautizados con el Espíritu Santo. Ahora salimos a la iglesia, y los jóvenes de la iglesia son traídos a Cristo sin cesar».
Una señora y un caballero se me acercaron una vez en una convención y me contaron cómo, aunque nunca antes me habían visto, habían leído el informe de un discurso sobre el Bautismo con el Espíritu Santo pronunciado en Boston en una Convención de Obreros Cristianos, y que habían deseado este bautismo y lo habían recibido.
El hombre me habló entonces de la bendición que había entrado en su servicio como supervisor de la escuela dominical.
Cuando hubo terminado, su esposa lo interrumpió y dijo: «Sí, y lo mejor de todo es que he podido llegar al corazón de mis hijos, cosa que nunca antes había podido hacer». He aquí tres líneas de servicio claramente distintas, pero hubo poder en cada caso. Los resultados de ese poder pueden no manifestarse de inmediato en conversiones. Esteban fue lleno del Espíritu Santo, pero al testificar con el poder del Espíritu Santo de su Señor resucitado, no vio conversiones en aquel momento. Todo lo que vio fue el crujir de dientes, las miradas airadas y las piedras despiadadas; y así puede ser con nosotros. Pero hubo una conversión, aun en aquel caso, aunque pasó mucho tiempo antes de que se viera; y aquella conversión, la conversión de Saulo de Tarso, valía más que cientos de conversiones ordinarias.
5. Otro resultado del bautismo con el Espíritu Santo será la osadía en el testimonio y el servicio. Leemos en Hechos 4:31: «Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza». El bautismo con el Espíritu Santo comunica a los que lo reciben nueva libertad e intrepidez en el testimonio por Cristo. Convierte a cobardes en héroes.
Pedro, la noche de la crucifixión de nuestro Señor, se mostró cobarde. Negó con juramentos y maldiciones que conociera al Señor. Pero después de Pentecostés, este mismo Pedro fue llevado ante el mismo concilio que había condenado a Jesús a muerte, y fue amenazado; mas, lleno del Espíritu Santo, dijo: «Príncipes del pueblo, y ancianos, pues que somos hoy demandados acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado; sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo el Nazareno, al que vosotros crucificasteis, al que Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano.
Este es la piedra reprobada de vosotros los edificadores, la cual es puesta por cabeza de la esquina. Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos» (Hechos 4:8-12). Más tarde, cuando el concilio les mandó a él y a su compañero Juan que no hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús, respondieron: «Si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios, juzgadlo; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hechos 4:19-20).
En una ocasión aún posterior, cuando fueron amenazados y se les mandó que no hablasen, y cuando sus vidas corrían peligro, Pedro dijo al concilio a la cara: «Es menester obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole de un madero. A éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados. Y nosotros somos testigos suyos de estas cosas, y también el Espíritu Santo, el cual ha dado Dios a los que le obedecen» (Hechos 5:29-32). La timidez natural de muchos hombres se desvanece hoy cuando son llenos del Espíritu Santo, y con gran osadía y libertad, con total intrepidez ante las consecuencias, dan su testimonio por Jesucristo.
6. El bautismo con el Espíritu Santo hace que el que lo recibe se ocupe de Dios, de Cristo y de las cosas espirituales. En el relato del día de Pentecostés leemos: «Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen. Y estaban atónitos... diciendo: He aquí, ¿no son galileos todos estos que hablan? ¿Cómo, pues, los oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en que somos nacidos? Judíos y prosélitos, cretenses y árabes, los oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios» (Hechos 2:4, 7, 8, 11). Sigue después el sermón de Pedro, un sermón que de principio a fin está enteramente ocupado con Jesucristo y su gloria. Además leemos: «Y como hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza. Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran esfuerzo; y gran gracia era sobre todos ellos... Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Príncipes del pueblo, y ancianos, pues que somos hoy demandados acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera éste haya sido sanado; sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo el Nazareno, al que vosotros crucificasteis, al que Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano» (Hechos 4:31, 33; Hechos 4:8-10).
Leemos de Saulo de Tarso que, cuando hubo sido lleno del Espíritu Santo, «luego en las sinagogas predicaba a Cristo» (Hechos 10:44-46). Leemos de la casa de Cornelio: «Estando aún hablando Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y se espantaron los creyentes que eran de la circuncisión, que habían venido con Pedro, de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían que hablaban en lenguas y que magnificaban a Dios». Aquí vemos a toda la casa de Cornelio, tan pronto como fueron llenos del Espíritu Santo, magnificando a Dios.
En Efesios 5:18-19 se nos dice que el resultado de ser llenos del Espíritu es que los que así son llenos se hablarán unos a otros con salmos, e himnos, y canciones espirituales, cantando y alabando al Señor en sus corazones. Los hombres llenos del Espíritu Santo no estarán cantando canciones románticas, ni tonadas cómicas, ni arias de ópera mientras el poder del Espíritu Santo esté sobre ellos. Si el Espíritu Santo viniera sobre alguien mientras escucha una de las más inocentes canciones del mundo, no la disfrutaría; anhelaría oír algo acerca de Cristo. Los hombres que son bautizados con el Espíritu Santo no hablan mucho de sí mismos, sino mucho de Dios, y especialmente mucho de Cristo. Esto es necesariamente así, pues es oficio del Espíritu Santo dar testimonio del Cristo glorificado (Juan 15:26; Juan 16:14).
Para resumirlo todo: el bautismo con el Espíritu Santo es el Espíritu de Dios viniendo sobre el creyente, llenando su mente de verdades, especialmente acerca de Cristo, tomando posesión de sus facultades, y comunicándole dones que de otro modo no serían suyos, pero que lo capacitan para el servicio al que Dios lo ha llamado.
Acerca de la necesidad del bautismo con el Espíritu Santo, el Nuevo Testamento tiene mucho que decir. Cuando nuestro Señor estaba a punto de dejar a sus discípulos para ir a estar con el Padre, dijo: «Y he aquí, yo envío la promesa de mi Padre sobre vosotros; mas vosotros quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto» (Lucas 24:49). Acababa de comisionarlos para que fuesen sus testigos a todas las naciones, comenzando por Jerusalén (versículos 47, 48), pero aquí les dice que, antes de emprender este testimonio, deben esperar hasta recibir la promesa del Padre, quedando así dotados de poder de lo alto para la obra de testimonio que habían de emprender. No hay duda de lo que Jesús quería decir con «la promesa de mi Padre», por la cual habían de esperar antes de comenzar el ministerio que les había impuesto; en Hechos 1:4-5 leemos: «Y estando juntos, les mandó que no se fuesen de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, que oísteis, dijo, de mí. Porque Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días». El medio por el cual había de venir el don de poder era el bautismo con el Espíritu Santo.
Prosiguió diciendo a sus discípulos: «Mas recibiréis la virtud del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros, y me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8). Ahora bien, ¿quiénes eran los hombres a quienes Jesús dijo esto? Los discípulos a quienes Él había adiestrado para la obra.
Durante más de tres años habían vivido en la más estrecha intimidad con Él mismo; habían sido testigos oculares de sus milagros, de su muerte, de su resurrección, y en pocos momentos serían testigos oculares de su ascensión, cuando fue arrebatado al cielo ante sus propios ojos. ¿Y qué habían de hacer? Simplemente ir y decir al mundo lo que sus ojos habían visto y lo que sus oídos habían oído de labios del Hijo de Dios. ¿No estaban equipados para la obra? Con nuestras ideas modernas de preparación para la obra cristiana, diríamos que estaban plenamente equipados. Pero Jesús dijo: «No, no estáis equipados.
Hay otra preparación, además de la ya recibida, tan necesaria para una obra eficaz que no debéis dar un solo paso hasta recibirla. Esta otra preparación es la promesa del Padre, el bautismo con el Espíritu Santo». Si los apóstoles, con su excepcional idoneidad para la obra que habían de emprender, necesitaban esta preparación para la obra, ¿cuánto más nosotros? A la luz de lo que Jesús exigió de sus discípulos antes de emprender la obra, ¿no parece la más osada presunción que cualquiera de nosotros emprenda testificar y trabajar por Cristo antes de haber recibido también la promesa del Padre, el bautismo con el Espíritu Santo? Había una necesidad esencial de que algo se hiciera de inmediato.
El mundo entero perecía, y solo ellos conocían la verdad salvadora; sin embargo, Jesús les mandó estrictamente: «Esperad». ¿Podría haber testimonio más fuerte de la absoluta necesidad e importancia del bautismo con el Espíritu Santo como preparación para una obra que sea aceptable a Cristo? Pero esto no es todo.
En Hechos 10:38 leemos: «Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con potencia; el cual anduvo haciendo bienes, y sanando a todos los oprimidos del diablo; porque Dios era con él». ¿A qué se refiere esto en la vida registrada de Jesucristo? Si acudimos a Lucas 3:21-22 y Lucas 4:1, 4, 17, 18, obtendremos nuestra respuesta. En Lucas 3:21-22 leemos que, después que también Jesús fue bautizado, y estando orando, los cielos se abrieron, y descendió sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como paloma; y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo contentamiento». Luego, lo siguiente que leemos, sin que se interponga nada sino la genealogía humana de Jesús, es: «Y Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto» (Lucas 4:1).
Sigue después la historia de su tentación; luego, en el versículo catorce, leemos: «Y Jesús volvió en virtud del Espíritu a Galilea; y salió la fama de él por toda la tierra de alrededor».
Y en los versículos diecisiete y dieciocho: «Y le fue dado el libro del profeta Isaías; y como desenvolvió el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El Espíritu del Señor es sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres», etc. Fue, pues, en el Jordán, en relación con su bautismo, que Jesús fue ungido con el Espíritu Santo y con poder, y no entró en su ministerio público hasta que fue bautizado con el Espíritu Santo. ¿Y quién era Jesús?
Es creencia común de la cristiandad que Él había sido concebido sobrenaturalmente por el poder del Espíritu Santo, que era el Hijo unigénito de Dios, que era Divino, Dios verdadero de Dios verdadero, y sin embargo verdaderamente hombre. Si Tal Uno —«dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas»— no se aventuró a su ministerio, para el cual el Padre lo había enviado, hasta ser así definidamente bautizado con el Espíritu Santo, ¿qué es que nosotros nos atrevamos a hacerlo? Si, a la luz de estos hechos registrados, nos atrevemos a hacerlo, ¿no parece la más imperdonable presunción? Sin duda muchos de nosotros lo hemos hecho por ignorancia; pero ¿podemos alegar ignorancia por más tiempo? El bautismo con el Espíritu Santo es una preparación necesaria para una obra eficaz por Cristo en toda línea de servicio.
Podemos tener un llamamiento muy claro al servicio, tan claro como el que tuvieron los apóstoles, pero sobre nosotros pesa el mismo mandato que sobre ellos: que, antes de comenzar ese servicio, hemos de esperar hasta que seamos investidos de potencia de lo alto. Este don de poder es por medio del bautismo con el Espíritu Santo. Pero ni aun esto es todo.
Leemos en Hechos 7:14-16: «Y los apóstoles que estaban en Jerusalén, habiendo oído que Samaria había recibido la palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan; los cuales venidos, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo (porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, mas solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús)». Había una gran compañía de dichosos convertidos en Samaria, pero cuando Pedro y Juan descendieron a inspeccionar la obra, sintieron que había algo tan esencial que estos jóvenes discípulos no habían recibido, que, antes de hacer cualquier otra cosa, debían procurar que lo recibieran.
De igual manera leemos en Hechos 19:1-2: «Y aconteció que entre tanto que Apolos estaba en Corinto, Pablo, andadas las regiones superiores, vino a Éfeso, y hallando ciertos discípulos, les dijo: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo después que creísteis?». Cuando halló que no habían recibido el Espíritu Santo, lo primero que vio fue que debían recibir el Espíritu Santo. No prosiguió la obra con los de afuera hasta que aquel pequeño grupo de doce discípulos hubo sido equipado para el servicio. Vemos, pues, que cuando los apóstoles hallaban creyentes en Cristo, lo primero que hacían siempre era preguntar si habían recibido el Espíritu Santo como experiencia clara, y si no, procuraban al punto que se dieran los pasos por los cuales lo recibieran. Es evidente que el bautismo con el Espíritu Santo es necesario en todo cristiano para el servicio que Cristo demanda y espera de él.
Ciertamente, pocos errores mayores estamos cometiendo hoy en nuestras diversas empresas cristianas que el de poner a hombres a enseñar clases de escuela dominical y a hacer obra personal, e incluso a predicar el Evangelio, porque se han convertido y han recibido cierta medida de educación —incluyendo quizá un curso universitario y de seminario—, pero aún no han sido bautizados con el Espíritu Santo. Pensamos que si un hombre es esperanzadoramente religioso, ha tenido una educación universitaria y de seminario, y sale de ella razonablemente ortodoxo, ya está listo para que le impongamos las manos y lo ordenemos a predicar el Evangelio. Pero Jesucristo dice: «No». Hay otra preparación tan del todo esencial que un hombre no debe emprender esta obra hasta haberla recibido.
«Mas vosotros quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto». Un distinguido profesor de teología ha dicho que a todo candidato al ministerio se le debería hacer la pregunta: «¿Te has encontrado con Dios?». Sí, pero deberíamos ir más lejos que esto y ser aún más claros: a todo candidato al ministerio deberíamos hacerle la pregunta: «¿Has sido bautizado con el Espíritu Santo?», y si no, deberíamos decirle, como Jesús dijo a los primeros predicadores del Evangelio: «Siéntate hasta que seas investido de potencia de lo alto». Pero esto no solo es cierto de los ministros ordenados, sino de todo cristiano, pues todos los cristianos son llamados a algún ministerio.
Todo hombre que esté en la obra cristiana y que no haya recibido el bautismo con el Espíritu Santo, debería detener su obra allí mismo donde está, y no proseguirla hasta haber sido «investido de potencia de lo alto».
Pero ¿qué será de nuestra obra mientras esperamos? «¿Qué hizo el mundo durante aquellos diez días en que los primeros discípulos esperaban?». Conocían la verdad salvadora, solo ellos la conocían; y sin embargo, en obediencia al mandato del Señor, guardaron silencio.
El mundo no salió perdiendo. Sin duda alguna, cuando vino el poder, lograron más en un solo día que lo que habrían logrado en años si hubieran seguido adelante en desobediencia al mandato de Cristo. También nosotros, después de haber recibido el bautismo con el Espíritu, lograremos más obra real para nuestro Señor en un solo día que lo que jamás lograríamos en años sin este poder. Aun cuando fuera necesario pasar días esperando, estarían bien empleados; pero veremos más adelante que no hay necesidad de pasar días esperando, que el bautismo con el Espíritu Santo puede recibirse hoy. Alguno podría decir que los apóstoles habían salido en giras misioneras durante la vida de Cristo, aun antes de ser bautizados con el Espíritu Santo.
Esto es verdad, pero eso fue antes de que el Espíritu Santo fuera dado, y antes de que se diera el mandato: «Mas vosotros quedaos en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de potencia de lo alto». Después de eso, habría sido desobediencia, necedad y presunción salir sin esta unción; y nosotros vivimos hoy después de que el Espíritu Santo ha sido dado y después de que se ha dado el encargo de esperar hasta ser investidos.
Llegamos ahora a la cuestión de primera importancia, a saber: ¿quién puede ser bautizado con el Espíritu Santo? En una convención, hace algunos años, una mujer cristiana muy inteligente, obrera bien conocida tanto en la labor educativa como en la de la escuela dominical, me envió esta pregunta: «Usted nos ha hablado de la necesidad del bautismo con el Espíritu Santo, pero ¿quién puede tener este bautismo? La iglesia a la que pertenezco enseña que el bautismo con el Espíritu Santo estaba restringido a la edad apostólica. ¿No nos dirá usted quién puede tener el bautismo con el Espíritu Santo?». Esta pregunta se responde en los términos más explícitos en la Biblia.
Leemos en Hechos 2:38-39: «Y Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». ¿Cuál es la promesa a que Pedro se refiere en el versículo treinta y nueve? Hay dos interpretaciones del pasaje: una es que la promesa de este versículo es la promesa de salvación; la otra es que la promesa de este versículo es la promesa del don del Espíritu Santo (o el bautismo con el Espíritu Santo; una comparación de pasajes de la Escritura mostrará que las dos expresiones son sinónimas).
¿Cuál es la interpretación correcta? Hay dos leyes de interpretación universalmente reconocidas entre los eruditos de la Biblia. Estas dos leyes son la ley del uso (o «usus loquendi», como se la llama) y la ley del contexto. Muchos versículos de la Biblia, tomados aisladamente, podrían admitir dos, tres o aun más interpretaciones; pero cuando se aplican estas dos leyes de interpretación, queda establecido con certeza que solo una de las diversas interpretaciones posibles es la verdadera. La ley del uso es esta: que cuando hallas una palabra o frase en algún pasaje de la Escritura y quieres saber lo que significa, no acudas a un diccionario, sino a la Biblia misma; busca los diversos pasajes en que se usa la palabra, y especialmente cómo la usa el escritor particular que se estudia, y sobre todo cómo se usa en aquel libro particular en que se halla el pasaje. Así puedes determinar cuál es el significado preciso de la palabra o frase en el pasaje en cuestión.
La ley del contexto es esta: que cuando estudias un pasaje, no debes sacarlo de su conexión, sino mirar lo que le precede y lo que le sigue; porque, aunque podría significar diversas cosas si estuviera solo, solo puede significar una cosa en la conexión en que se halla. Apliquemos estas dos leyes al pasaje en cuestión. Ante todo, apliquemos la ley del uso. Estamos tratando de descubrir qué significa la expresión «la promesa» en Hechos 2:39. Volviendo a Hechos 1:4-5, leemos: «Y estando juntos, les mandó que no se fuesen de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, que oísteis, dijo, de mí. Porque Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días». Es evidente, pues, que aquí la promesa del Padre significa el bautismo con el Espíritu Santo. Vuélvete ahora al capítulo segundo, versículo treinta y tres: «Así que, ensalzado por la diestra de Dios, y recibiendo del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís». En este pasaje se nos dice con todas las letras que la promesa es la promesa del Espíritu Santo.
Si esta expresión singular significa el bautismo con el Espíritu Santo en Hechos 1:4-5, y lo mismo en Hechos 2:33, ¿por qué misma ley de interpretación podría significar algo enteramente distinto seis versículos más abajo, en Hechos 2:39? Así que la ley del uso establece que la promesa de Hechos 2:39 es la promesa del bautismo con el Espíritu Santo. Ahora apliquemos la ley del contexto, y hallaremos que, si cabe, esta es aún más decisiva. Vuélvete al versículo treinta y ocho: «Y Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo». Así que es evidente que la promesa es la promesa del don o bautismo con el Espíritu Santo. Queda establecido, pues, por ambas leyes, que la promesa de Hechos 2:39 es la del don del Espíritu Santo, o bautismo con el Espíritu Santo.
Leamos, pues, el versículo de esa manera, reemplazando por la expresión «la promesa» esta expresión equivalente: «Porque para vosotros es el don del Espíritu Santo, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». «Es para vosotros», dice Pedro; esto es, para la multitud reunida ante él.
No hay en eso nada para nosotros. Nosotros no estábamos allí, y aquella multitud eran todos judíos, y nosotros no somos judíos; pero Pedro no se detuvo ahí, fue más lejos y dijo: «Y para vuestros hijos», esto es, para la siguiente generación de judíos, o para todas las generaciones futuras de judíos. Todavía no hay en ello nada para nosotros, pues no somos judíos; pero Pedro fue más lejos y dijo: «Mas ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos». Eso sí nos incluye. Nosotros somos los gentiles que en otro tiempo estábamos «lejos», pero que ahora hemos sido «hechos cercanos por la sangre de Cristo» (Efesios 2:13, 17). Mas, para que no haya error alguno al respecto, Pedro añade: «Para cuantos el Señor nuestro Dios llamare». Así, en el mismísimo día de Pentecostés, Pedro declara que el bautismo con el Espíritu Santo es para todo hijo de Dios en toda edad venidera de la historia de la iglesia.
Hace algunos años, en una conferencia ministerial en Chicago, un ministro del Evangelio del suroeste se me acercó después de una conferencia sobre el Bautismo con el Espíritu Santo y dijo: «La iglesia a la que pertenezco enseña que el bautismo con el Espíritu Santo era solo para la edad apostólica». «No me importa —repliqué— lo que enseñe la iglesia a la que usted pertenece, ni lo que enseñe la iglesia a la que yo pertenezco. Mi única pregunta es: ¿qué enseña la Palabra de Dios? “Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare”. ¿Le ha llamado a usted?», le pregunté. «Sí, ciertamente me ha llamado». «¿Es, pues, la promesa para usted?». «Sí, lo es». La tomó, y el resultado fue un ministerio transformado.
Hace algunos años, en una conferencia de estudiantes, las reuniones eran dirigidas por un prominente ministro episcopal, un hombre grandemente honrado y amado. Yo hablé en esta conferencia sobre el Bautismo con el Espíritu Santo, y me detuve en el significado de Hechos 2:39. Aquella noche, mientras estábamos sentados juntos después de las reuniones, este siervo de Dios me dijo: «Hermano Torrey, me interesó grandemente lo que usted dijo hoy sobre el Bautismo con el Espíritu Santo. Si su interpretación de Hechos 2:39 es correcta, tiene usted razón; pero lo dudo. Hablémoslo», lo cual hicimos.
Varios años más tarde, en julio de 1894, me hallaba en la conferencia de estudiantes de Northfield. Al entrar aquel día por la puerta trasera del Stone Hall, este ministro episcopal entraba por la puerta delantera. Al verme, cruzó apresuradamente el salón, me tendió la mano y dijo: «Tenía usted razón acerca de Hechos 2:39 en Knoxville, y creo que tengo derecho a decirle algo mejor: que he sido bautizado con el Espíritu Santo». Me alegro de haber tenido razón, no porque tenga importancia alguna que yo la tenga, sino porque la verdad así establecida es de importancia inconmensurable. ¿No es glorioso poder recorrer el mundo y ponerse ante auditorios de creyentes, y poder decirles —y saber que se tiene la Palabra de Dios bajo los pies al decírselo—: «Todos vosotros podéis ser bautizados con el Espíritu Santo»? Pero ese pensamiento indeciblemente gozoso y glorioso tiene su lado solemne. Si podemos ser bautizados con el Espíritu Santo, entonces debemos serlo.
Si somos bautizados con el Espíritu Santo, entonces por medio de nosotros serán salvadas almas que no lo serán si no somos bautizados. Si no estamos dispuestos a pagar el precio de este bautismo, y por tanto no somos bautizados, seremos responsables delante de Dios por toda alma que pudo haber sido salvada y no lo fue, porque nosotros no pagamos el precio y por eso no obtuvimos la bendición.
A menudo tiemblo por mí mismo y por mis hermanos en el ministerio, y no solo por mis hermanos en el ministerio, sino por mis hermanos en toda forma de obra cristiana, aun la más humilde y oscura. ¿Por qué? ¿Porque estamos predicando error? No; muchos en estos días tenebrosos hacen eso, y tiemblo por ellos; pero no es eso lo que quiero decir ahora. ¿Quiero decir que tiemblo porque no estamos predicando la verdad? Pues es muy posible no predicar error y, sin embargo, no predicar la verdad; muchos hombres nunca han predicado una palabra de error en su vida, pero aun así no predican la verdad, y sí, tiemblo por ellos; pero no es eso lo que quiero decir ahora.
Quiero decir que tiemblo por aquellos de nosotros que estamos predicando la verdad, la mismísima verdad tal como es en Jesús, la verdad tal como está registrada en la Palabra escrita de Dios, la verdad en su sencillez, su pureza y su plenitud, pero que la predicamos con «palabras persuasivas de humana sabiduría» y no «con demostración del Espíritu y de poder» (1 Corintios 2:4); predicándola en la energía de la carne y no en el poder del Espíritu Santo.
No hay nada más mortífero que el Evangelio sin el poder del Espíritu. «La letra mata, mas el Espíritu vivifica». Es asunto solemne predicar el Evangelio, sea desde el púlpito o por vías más discretas. Significa muerte o vida para los que oyen, y que signifique muerte o vida depende en gran medida de si lo predicamos con el bautismo con el Espíritu Santo o sin él.
Debemos ser bautizados con el Espíritu Santo. Aun después de que uno ha sido bautizado con el Espíritu Santo, por más clara que haya sido esa experiencia, necesita ser lleno del Espíritu. Esta es la clara enseñanza del Nuevo Testamento. Leemos en Hechos 2:4: «Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen». Uno de los que estaban presentes en esta ocasión y que fue lleno del Espíritu Santo era Pedro. En verdad, él aparece de la manera más prominente en el capítulo como un hombre bautizado con el Espíritu Santo. Pero leemos en Hechos 4:8: «Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo», etc. Aquí leemos de nuevo que Pedro fue lleno del Espíritu Santo.
Más adelante en el capítulo, leemos, en el versículo treinta y uno, que, estando reunidos y orando, «fueron todos llenos del Espíritu Santo, y hablaron la palabra de Dios con confianza». En el contexto se nos dice expresamente que dos de los presentes eran Juan y Pedro. He aquí, pues, un tercer caso en que Pedro fue lleno del Espíritu Santo. No basta con que uno sea lleno del Espíritu Santo una sola vez. Necesitamos una nueva llenura para cada nueva urgencia del servicio cristiano. El no darse cuenta de esta necesidad de una constante nueva llenura del Espíritu Santo ha llevado a que muchos hombres que en un tiempo fueron grandemente usados por Dios queden por completo apartados.
Hay muchos hoy que en un tiempo supieron lo que era trabajar en el poder del Espíritu Santo, y que han perdido su función y su poder. No digo que el Espíritu Santo los haya dejado —no creo que lo haya hecho—, sino que la manifestación de su presencia y de su poder se ha ido. Uno de los espectáculos más tristes entre nosotros hoy es el de los hombres y las mujeres que en un tiempo trabajaron para el Maestro en el gran poder del Espíritu Santo, y que ahora prácticamente no sirven de nada, o son incluso un estorbo para la obra, porque tratan de andar con el poder de la bendición recibida hace un año, cinco años o veinte años. Para cada nuevo culto que ha de dirigirse, para cada nueva alma con la que ha de tratarse, para cada nueva obra por Cristo que ha de realizarse, para cada nuevo día y cada nueva urgencia de la vida y el servicio cristianos, debemos buscar y obtener una nueva llenura del Espíritu Santo. No debemos «descuidar» el don que hay en nosotros (1 Timoteo 4:14): «Por lo cual te amonesto que despiertes el don de Dios» (2 Timoteo 1:6). Repetidas llenuras del Espíritu Santo son necesarias para la continuación y el aumento del poder.
Podría surgir la pregunta: «¿Llamaremos a estas nuevas llenuras del Espíritu Santo “nuevos bautismos” con el Espíritu Santo?». A esto responderíamos que la expresión «bautismo» nunca se usa en las Escrituras respecto de una segunda experiencia, y que hay algo de carácter inicial en el pensamiento mismo del bautismo; así que, si uno desea ser bíblico, parecería mejor no usar el término «bautismo» para una segunda experiencia, sino limitarlo a la primera. Por otra parte, «llenos del Espíritu Santo» se usa en Hechos 2:4 para describir la experiencia prometida en Hechos 1:5, donde las palabras empleadas son: «Seréis bautizados con el Espíritu Santo».
Es evidente, por esto y por otros pasajes, que las dos expresiones son en gran medida equivalentes.
No obstante, si limitamos la expresión «bautismo con el Espíritu Santo» a nuestra primera experiencia, seremos más bíblicos, y sería bueno hablar de un solo bautismo, pero de muchas llenuras. Pero preferiría con mucho que uno hablara de nuevos o frescos bautismos con el Espíritu Santo, sosteniendo la verdad de suma importancia de que necesitamos repetidas llenuras del Espíritu Santo, a que insistiera tanto en la exactitud de las palabras que perdiera de vista la verdad de que se necesitan repetidas llenuras; es decir, preferiría tener la experiencia correcta con un nombre equivocado, antes que la experiencia equivocada con el nombre correcto.
Necesitamos ser llenos del Espíritu Santo. A veces me preguntan: «¿Ha recibido usted la segunda bendición?». Sí, y la tercera, y la cuarta, y la quinta, y otras cientos además, y hoy estoy esperando una nueva bendición. Llegamos ahora a la cuestión de primera importancia práctica, a saber: ¿qué debe uno hacer para obtener el bautismo con el Espíritu Santo? Esta pregunta se responde de la manera más clara y positiva en la Biblia. En la Biblia se traza un camino llano, que consta de unos pocos pasos sencillos que cualquiera puede dar, y todo el que dé estos pasos entrará ciertamente en la bendición. Esta es una afirmación muy categórica, y no nos atreveríamos a ser tan categóricos si la Biblia no lo fuera igualmente. Pero ¿qué derecho tenemos a estar inciertos cuando la Palabra de Dios es categórica? Hay siete pasos en este camino: 1. El primer paso es aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador y Señor. Leemos en Hechos 2:38: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo». ¿No es esta afirmación tan categórica como la que hicimos arriba? Pedro dice que, si hacemos ciertas cosas, el resultado será: «Recibiréis el don del Espíritu Santo». Los siete pasos están en este pasaje, pero más adelante nos referiremos a otros pasajes que arrojan luz sobre este. Los dos primeros pasos están en la palabra «arrepentíos». «Debéis arrepentiros», dijo Pedro. ¿Qué significa arrepentirse? La palabra griega para arrepentimiento significa «un pensamiento posterior» o «cambio de mente». Arrepentirse, pues, significa cambiar de mente. Pero ¿cambiar de mente acerca de qué? Acerca de tres cosas: acerca de Dios, acerca de Jesucristo, acerca del pecado. Sobre qué versa el cambio de mente en cada caso dado ha de determinarse por el contexto.
Según lo determina el contexto en el presente caso, el cambio de mente es principalmente acerca de Jesucristo.
Pedro acababa de decir en el versículo treinta y seis: «Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús que vosotros crucificasteis, Dios ha hecho Señor y Cristo». Y ahora, cuando oyeron esto, fueron compungidos de corazón, y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: «Varones hermanos, ¿qué haremos?».
Fue entonces cuando Pedro dijo: «Debéis arrepentiros»: «Cambiad de mente acerca de Jesús; cambiad de mente, de aquella actitud que lo rechazaba y lo crucificaba, a aquella actitud que lo acepta como Señor, Rey y Salvador». Este es, pues, el primer paso hacia la recepción del bautismo con el Espíritu Santo: recibir a Jesús como Salvador y Señor; ante todo, recibirlo como tu Salvador. ¿Lo has hecho? ¿Qué significa recibir a Jesús como Salvador? Significa aceptarlo como Aquel que llevó nuestros pecados en nuestro lugar sobre la cruz (Gálatas 3:13; 2 Corintios 5:21) y confiar en que Dios nos perdonará porque Jesucristo murió en nuestro lugar. Significa hacer descansar toda nuestra esperanza de aceptación delante de Dios sobre la obra consumada de Cristo en la cruz del Calvario.
Muchos se declaran cristianos que no han hecho esto. Cuando vas a muchos que se llaman cristianos y les preguntas si son salvos, responden: «Sí». Entonces, si les haces la pregunta: «¿En qué descansáis como fundamento de vuestra salvación?», responderán algo así: «Voy a la iglesia; hago mis oraciones; leo mi Biblia; he sido bautizado; me he unido a la iglesia; participo de la Cena del Señor; asisto a la reunión de oración, y trato de vivir tan rectamente como sé». Si estas cosas son aquello en que descansas como fundamento de tu aceptación delante de Dios, entonces no eres salvo, pues todas estas cosas son tus obras (todas apropiadas en su lugar, pero aun así tus obras).
Se nos dice claramente en Romanos 3:20: «Porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él». Pero si vas a otros y les preguntas si son salvos, responderán: «Sí». Y entonces, si les preguntas en qué descansan como fundamento de su aceptación delante de Dios, responderán algo por el estilo: «No descanso en nada que yo haya hecho jamás, ni en nada que vaya a hacer jamás; descanso en lo que Jesucristo hizo por mí cuando llevó mis pecados en su cuerpo sobre la cruz. Descanso en su obra consumada de expiación». Si esto es aquello en que descansas, entonces eres salvo; has aceptado a Jesucristo como tu Salvador, y has dado el primer paso hacia el bautismo con el Espíritu Santo.
El mismo pensamiento se enseña en otras partes de la Biblia, por ejemplo, en Gálatas 3:2. Aquí Pablo pregunta a los creyentes de Galacia: «¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír de la fe?». ¿Qué quiso decir exactamente? En cierta ocasión, cuando Pablo atravesaba Galacia, fue retenido allí por alguna enfermedad. No se nos dice cuál fue, pero, en todo caso, no estaba tan enfermo como para no poder predicar a los gálatas el Evangelio, o buenas nuevas: que Jesucristo los había redimido de la maldición de la ley, hecho maldición en su lugar, al morir en la cruz del Calvario. Estos gálatas creyeron este testimonio; este fue el oír de la fe, y Dios puso el sello de su aprobación sobre su fe dándoles, como experiencia personal, el Espíritu Santo. Pero después que Pablo salió de Galacia, ciertos judaizantes bajaron de Jerusalén, hombres que sustituían el Evangelio por la ley de Moisés, y les enseñaron que no bastaba que simplemente creyeran en Jesucristo, sino que, además de esto, debían guardar la ley de Moisés, especialmente la ley de Moisés acerca de la circuncisión, y que sin la circuncisión no podían ser salvos; es decir, que no podían ser salvos por la simple fe en Jesús (Hechos 15:1).
Estos jóvenes convertidos de Galacia quedaron todos turbados. No sabían si eran salvos o no; no sabían qué debían hacer, y todo era confusión. Era justo como cuando los judaizantes modernos vienen y persiguen a los jóvenes convertidos y les dicen que, además de creer en Jesucristo, deben guardar el sábado mosaico del séptimo día, o no pueden ser salvos. Este es sencillamente el viejo conflicto que estalla en un punto nuevo. Cuando Pablo oyó lo que había sucedido en Galacia, se indignó mucho y escribió la Epístola a los Gálatas sencillamente para poner al descubierto el error total de estos judaizantes. Les mostró cómo Abraham mismo fue justificado antes de ser circuncidado, por simplemente creer a Dios (Gálatas 3:6), y cómo fue circuncidado después de ser justificado, como sello de la fe que ya tenía mientras estaba en la incircuncisión. Además de esta prueba del error de los judaizantes, Pablo apela a la propia experiencia personal de ellos. Les dice: «Recibisteis el Espíritu Santo, ¿no es así?». «Sí». «¿Cómo recibisteis el Espíritu Santo: guardando la ley de Moisés, o por el oír de la fe, la simple aceptación del testimonio de Dios acerca de Jesucristo, de que vuestros pecados fueron puestos sobre Él, y que así sois justificados y salvos?».
Los gálatas habían tenido una experiencia de recibir el Espíritu Santo, y Pablo apela a ella, y les trae a la memoria cómo fue por el simple oír de la fe que habían recibido el Espíritu Santo. El don del Espíritu Santo es el sello de Dios sobre la simple aceptación del testimonio de Dios acerca de Jesucristo —de que nuestros pecados fueron puestos sobre Él—, y sobre el confiar así en que Dios nos perdonará y nos justificará. Este es, pues, el primer paso hacia la recepción del Espíritu Santo. Pero no solo debemos recibir a Jesús como Salvador, sino también como Señor. De esto hablaremos más adelante, en relación con otro pasaje, en el cuarto paso.
2. El segundo paso en el camino que conduce a la bendición de ser bautizado con el Espíritu Santo es la renuncia al pecado. El arrepentimiento, como hemos visto, es un cambio de mente acerca del pecado, así como un cambio de mente acerca de Cristo; un cambio de mente, de aquella actitud que ama el pecado y se entrega al pecado, a aquella actitud que aborrece el pecado y lo renuncia. El Espíritu Santo es un Espíritu Santo, y no podemos tenerlo a Él y al pecado a la vez. Hemos de elegir entre el Espíritu Santo y el impío pecado. No podemos tener ambos. El que no quiera abandonar el pecado no puede tener el Espíritu Santo. No basta con que renunciemos a un pecado, a dos, a tres, o a muchos pecados; debemos renunciar a todo pecado. Si nos aferramos a un solo pecado conocido, este nos dejará fuera de la bendición. Aquí hallamos la causa del fracaso en muchas personas que oran por el bautismo con el Espíritu Santo, que van a convenciones y oyen acerca del bautismo con el Espíritu Santo, que leen libros acerca del bautismo con el Espíritu Santo, que quizá pasan noches enteras en oración por el bautismo con el Espíritu Santo, y sin embargo no obtienen nada. ¿Por qué? Porque hay algún pecado al que se están aferrando.
A menudo la gente me dice, o me escribe: «He estado orando por el bautismo con el Espíritu Santo durante un año (cinco años, diez años; un hombre dijo veinte años). ¿Por qué no lo recibo?». En muchos de esos casos me siento llevado a responder: «Es el pecado; y si yo pudiera mirar dentro de tu corazón en este momento, como Dios mira dentro de tu corazón, podría poner el dedo sobre el pecado concreto». Puede ser lo que a ti te plazca llamar un pecado pequeño, pero no hay pecados pequeños. Algunos pecados atañen a cosas pequeñas, pero todo pecado es un acto de rebelión contra Dios, y por tanto ningún pecado es un pecado pequeño. Un conflicto con Dios acerca de la cosa más pequeña basta para dejar a uno fuera de la bendición. El señor Finney cuenta de una mujer que estaba grandemente ejercitada acerca del bautismo con el Espíritu Santo. Cada noche, después de las reuniones, iba a su habitación y oraba hasta bien entrada la noche, y sus amigos temían que perdiera la razón, pero ninguna bendición venía. Una noche, mientras oraba, surgió (como había surgido a menudo antes) un pequeño asunto de adorno de la cabeza —un asunto que probablemente no turbaría hoy a muchos cristianos, pero que era motivo de conflicto entre ella y Dios— mientras estaba arrodillada en oración. Se llevó la mano a la cabeza, se sacó los alfileres del cabello, los arrojó al otro lado de la habitación y dijo: «¡Allá van!»; y al instante el Espíritu Santo cayó sobre ella. No era tanto el asunto del adorno de la cabeza como el asunto de la controversia con Dios lo que la había mantenido fuera de la bendición.
Si hay algo que siempre surge cuando te acercas más a Dios, esa es la cosa con la que hay que tratar.
Hace algunos años, en una convención en un estado del Sur, el que presidía, un ministro de la Iglesia Bautista, me llamó la atención sobre un hombre y dijo: «Ese hombre es el papa de nuestra denominación; en todo lo que dice, se hace lo que él dice; pero no está en absoluto con nosotros en este asunto. Aun así, me alegro de verlo aquí». Este ministro siguió asistiendo a las reuniones. Al terminar la última reunión, en la que yo había hablado sobre las condiciones para recibir el bautismo con el Espíritu Santo, encontré a este hombre esperándome en el vestíbulo. Dijo: «Hoy no me puse de pie a su invitación». Le respondí: «Vi que no lo hizo». «Creí que usted dijo —continuó— que solo quería que se pusieran de pie los que pudieran decir que se habían rendido a Dios». «Eso es lo que dije», respondí. «Pues bien, yo no podía decir eso». «Entonces hizo usted perfectamente bien en no ponerse de pie. No quería que le mintiera a Dios». «Oiga —continuó—, hoy me dio usted duro. Dijo que, si hay algo que siempre surge cuando uno se acerca más a Dios, esa es la cosa con la que hay que tratar. Pues bien, hay algo que siempre surge cuando me acerco a Dios. No voy a decirle lo que es. Creo que usted lo sabe». «Sí», respondí. (Podía olerlo). «Bien, solo quería decirle esto».
Esto fue un viernes por la tarde. Yo tenía que ir a otra ciudad, y al regresar por aquella ciudad el martes por la mañana siguiente, el ministro que había dirigido la reunión estaba en la estación. «Ojalá hubiera podido estar en nuestra reunión de ministros bautistas ayer por la mañana —dijo—; aquel hombre que le señalé, del norte del estado, estaba presente. Se levantó en nuestra reunión y dijo: “Hermanos, hemos estado del todo equivocados en este asunto”, y luego contó lo que había hecho. Había resuelto su controversia con Dios, había abandonado aquella cosa que siempre surgía cuando se acercaba más a Dios; luego continuó y dijo: “Hermanos, he recibido una experiencia más definida que la que tuve cuando me convertí”». Justamente esa clase de experiencia aguarda a muchos otros, tanto ministros como laicos, tan pronto como juzguen su pecado, tan pronto como aparten aquella cosa que es motivo de conflicto entre ellos y Dios, por pequeña que la cosa pueda parecer. Si alguno desea sinceramente el bautismo con el Espíritu Santo, debe apartarse a solas con Dios y pedirle que lo escudriñe y saque a la luz cualquier cosa en su corazón o en su vida que le desagrade; y cuando la saque a la luz, debe apartarla. Si, después de esperar sinceramente en Dios, nada sale a la luz, entonces podemos proceder a dar los demás pasos. Pero de nada sirve orar, de nada sirve ir a convenciones, de nada sirve leer libros acerca del bautismo con el Espíritu Santo, de nada sirve hacer ninguna otra cosa, hasta que juzguemos nuestros pecados.
3. El tercer paso es una confesión abierta de nuestra renuncia al pecado y de nuestra aceptación de Jesucristo. Después de decir a sus oyentes que se arrepintieran, en Hechos 2:38: «Y Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados». El arrepentimiento del corazón por sí solo no bastaba. Debía haber una confesión abierta de ese arrepentimiento, y la manera señalada por Dios para confesar el arrepentimiento es el bautismo. Ninguno de aquellos a quienes Pedro hablaba había sido jamás bautizado, y lo que Pedro quería decir era el bautismo en agua. Pero supongamos que uno ya ha sido bautizado, ¿qué entonces? Aun en ese caso, debe haber aquello que el bautismo representa, a saber: una confesión abierta de nuestra renuncia al pecado y de nuestra aceptación de Jesucristo. El bautismo con el Espíritu no es para el discípulo secreto, sino para el discípulo abierto y confeso.
Sin duda hay hoy muchos que tratan de ser cristianos en su corazón, muchos que realmente creen que han aceptado a Jesús como su Salvador y su Señor y que han renunciado al pecado, pero que no están dispuestos a hacer una confesión abierta de su renuncia al pecado y de su aceptación de Cristo. Uno así no puede tener el bautismo con el Espíritu Santo. Alguno podría preguntar: «¿No dan los Amigos, que no creen en el bautismo en agua, muestras de estar bautizados con el Espíritu Santo?». Sin duda muchos de ellos las dan, pero esto no altera la enseñanza de la Palabra de Dios. Sin duda Dios se abaja en muchos casos, cuando las personas son engañadas en cuanto a la enseñanza de su Palabra por su ignorancia, si son sinceras; pero ese hecho no altera su Palabra; y aun con un miembro de la congregación de los Amigos, que sinceramente no cree en el bautismo en agua, debe haber, antes de que la bendición sea recibida, aquello que el bautismo representa, a saber: la confesión abierta de nuestra aceptación de Cristo y de nuestra renuncia al pecado.