Capítulo 19 · 3 min de lectura
El Espíritu Santo y el cuerpo del creyente
El bautismo con el Espíritu Santo es una experiencia definida y poderosa, distinta de la salvación, que capacita a los creyentes para el servicio y el testimonio. Se destacan ejemplos bíblicos que muestran que este bautismo es definido y reconocible, acompañado muchas veces de señales como el hablar en lenguas. Aunque todos los cristianos tienen acceso a este don, cada uno debe recibirlo personalmente para experimentar plenamente su poder.
El Espíritu Santo hace una obra por nuestros cuerpos, tanto como por nuestras mentes y corazones. Leemos en Romanos 8:11: “Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó a Cristo Jesús de los muertos, vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.” El Espíritu Santo vivifica el cuerpo mortal del creyente. Es muy evidente por el contexto que esto se refiere a la futura resurrección del cuerpo (versículos 21-23). La resurrección del cuerpo es obra del Espíritu Santo. El cuerpo glorificado procede de él; es “un cuerpo espiritual.” Por ahora tenemos solo las primicias del Espíritu, y esperamos la cosecha plena, la redención de nuestro cuerpo (versículo 23).
Hay, sin embargo, un sentido en que el Espíritu Santo vivifica nuestros cuerpos aun ahora. Jesús nos dice en Mateo 12:28 que echaba fuera los demonios por el Espíritu de Dios. Y leemos en Hechos 10:38: “Cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder; el cual anduvo haciendo bienes, y sanando a todos los oprimidos del diablo; porque Dios era con él.” En Santiago 5:14 escribe el apóstol: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor.” El aceite en este pasaje es figura del Espíritu Santo, y la verdad es que la sanidad es obra del Espíritu Santo. Dios, por su Espíritu Santo, imparte nueva salud y poder a estos cuerpos mortales en la vida presente.
Ir a los extremos a que van muchos, y sostener que el creyente que anda en comunión con Cristo nunca necesita enfermar, es ir más lejos de lo que la Biblia nos autoriza a ir. La redención de nuestros cuerpos está en verdad asegurada por la obra expiatoria de Cristo; pero hasta que el Señor venga, solo disfrutamos las primicias de esa redención. Estamos esperando, y a veces gimiendo, por nuestro pleno lugar como hijos, manifestado en la redención de nuestro cuerpo (Romanos 8:23). Mas, aunque esto es cierto, es la clara enseñanza de la Escritura, y cuestión de experiencia personal de parte de millares, que la vida del Espíritu Santo recorre estos cuerpos nuestros en momentos de debilidad, de dolor y de enfermedad, impartiéndoles nueva salud, librándolos del dolor y llenándolos de vida abundante.
Es nuestro privilegio conocer el toque vivificador del Espíritu Santo en estos cuerpos, tanto como en nuestras mentes, afectos y voluntad. Sería un gran día para la Iglesia y para la gloria de Jesucristo si los cristianos renunciaran para siempre a todas las falsificaciones diabólicas de la obra del Espíritu Santo —la Ciencia Cristiana, la Curación Mental, la presencia divina falsa, el hipnotismo y las diversas otras formas de ocultismo— y dependieran de Dios para que, por el poder de su Espíritu Santo, obrara en estos cuerpos nuestros aquello que él, en su perfecta sabiduría, ve que más necesitamos.