Capítulo 18 · 14 min de lectura
El Espíritu Santo enviando a los hombres a líneas definidas de obra
El Espíritu Santo llama y envía a los creyentes a líneas específicas de obra cristiana, guiándolos con claridad por medio de la oración y la entrega, y no por señales espectaculares. Los creyentes han de estar dispuestos a buscar la guía del Espíritu, esperarla y seguirla paso a paso, confiando en que Dios revelará su voluntad.
Leemos en Hechos 13:2-4: “Y ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: ‘Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado.’ Entonces, habiendo ayunado y orado, y puesto las manos encima de ellos, los despidieron. Y ellos, enviados así por el Espíritu Santo, descendieron a Seleucia, y de allí navegaron a Chipre.” Es evidente por este pasaje que el Espíritu Santo llama a los hombres a líneas definidas de obra y los envía a la obra. No solo llama a los hombres de un modo general a la obra cristiana, sino que selecciona la obra específica y la señala.
Muchos preguntan hoy, y muchos otros deberían preguntar: “¿He de ir a China, a África, a la India?”
Solo hay una Persona que puede resolver rectamente esa cuestión para ti, y esa Persona es el Espíritu Santo.
No puedes resolver la cuestión por ti mismo, y mucho menos puede otro hombre resolverla rectamente por ti. No todo hombre cristiano es llamado a ir a China, a África o al campo extranjero en absoluto. Solo Dios sabe si te quiere en alguno de esos lugares, pero está dispuesto a mostrártelo. En días como los que vivimos, cuando hay tanta necesidad de los hombres y las mujeres adecuados en el campo extranjero, todo hombre y mujer cristianos, jóvenes, sanos e intelectualmente capaces, deberían ofrecerse a Dios para el campo extranjero y preguntarle si quiere que vayan. Pero no deben ir hasta que él, por su Espíritu Santo, se lo haga claro.
La gran necesidad en todas las líneas de la obra cristiana hoy son hombres y mujeres a quienes el Espíritu Santo llame y envíe. Tenemos abundancia de hombres y mujeres a quienes los hombres han llamado y enviado. Tenemos abundancia de hombres y mujeres que se han llamado a sí mismos, pues hay muchos hoy que se oponen enérgicamente a ser enviados por los hombres o por cualquier clase de organización, pero que son —lo cual es incomparablemente peor— enviados por sí mismos y no por Dios.
¿Cómo llama el Espíritu Santo? El pasaje que tenemos delante no nos dice cómo habló el Espíritu Santo al grupo de profetas y maestros en Antioquía, mandándoles apartar a Bernabé y a Saulo para la obra a que los había llamado. Guarda deliberadamente silencio en este punto. Posiblemente calla en este punto para que no pensemos que el Espíritu Santo debe llamar siempre exactamente de la misma manera. No hay absolutamente nada que indique que habló con voz audible, y mucho menos hay algo que indique que dio a conocer su voluntad de alguno de esos modos fantásticos en que algunos, en estos días, pretenden advertir su guía, como por sacudidas del cuerpo, escalofríos, o por abrir la Biblia al azar y poner el dedo sobre un pasaje que puede torcerse hacia un sentido enteramente distinto del que el autor inspirado se propuso con él. Lo importante es que dio a conocer su voluntad, y que está dispuesto a dar a conocer su voluntad a nosotros hoy. A veces la da a conocer de un modo y a veces de otro, pero la dará a conocer.
Pero ¿cómo hemos de recibir el llamamiento del Espíritu Santo? En primer lugar, deseándolo; en segundo, buscándolo con diligencia; en tercero, esperando en el Señor por él; en cuarto, aguardándolo con expectación. El relato dice: “ministrando estos al Señor, y ayunando.” Estaban esperando en el Señor su dirección. Por el momento, habían vuelto por completo la espalda a los cuidados y goces mundanos, aun a aquellas cosas que en su lugar eran perfectamente propias. Muchos dicen hoy, para justificar su quedarse en casa y no ir al campo extranjero: “Nunca he tenido un llamamiento.” Pero ¿cómo lo sabes? ¿Has estado atento, escuchando un llamamiento?
Dios suele hablar con una voz apacible y delicada, y solo el oído atento puede percibirla.
¿Te has ofrecido alguna vez definidamente a Dios para que te envíe adonde él quiera? Si bien ningún hombre ni mujer debe ir a China, a África o a otro campo extranjero a menos que sea llamado, cada uno debería ofrecerse a Dios para esta obra, estar listo para el llamamiento y escuchar con atención para poder oír el llamamiento si llega. Téngase bien presente que un hombre no necesita un llamamiento más definido para ir a África que para ir a Boston, o a Nueva York, o a Londres, o a cualquier otro campo deseable en la patria.
El Espíritu Santo no solo llama a los hombres y los envía a ciertas líneas de obra, sino que también guía en los pormenores de la vida y del servicio diarios, en cuanto a adónde ir y adónde no ir, qué hacer y qué no hacer.
Leemos en Hechos 8:27-29: “Y él se levantó, y fue. Y he aquí un etíope, eunuco, valido de Candace, reina de los etíopes, el cual estaba sobre todos sus tesoros, y había venido a adorar a Jerusalén, se volvía sentado en su carro, y leyendo al profeta Isaías. Y el Espíritu dijo a Felipe: ‘Llégate, y júntate a este carro.’” Aquí vemos al Espíritu guiando a Felipe en los pormenores del servicio al cual lo había llamado. De igual manera leemos en Hechos 16:6-7: “Y pasando a Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia. Y como vinieron a Misia, tentaron de ir a Bitinia; mas el Espíritu no se lo permitió.” Aquí vemos al Espíritu Santo indicando a Pablo adónde no ir.
Podemos tener la perfecta guía del Espíritu Santo en cada recodo de la vida. Tomemos, por ejemplo, nuestra obra. Es manifiesto que no es la intención de Dios que hablemos a cada persona que encontramos. Intentar hacerlo sería intentar lo imposible, y perderíamos mucho tiempo tratando de hablar a personas donde no podríamos hacer ningún bien, tiempo que podría emplearse en hablar a personas donde sí lograríamos algo. Hay algunos a quienes sería sabio hablar. Hay otros a quienes sería imprudente hablar. El tiempo gastado en ellos se quitaría de una obra que sería más para la gloria de Dios. Sin duda, mientras Felipe iba de camino hacia Gaza, encontró a muchos antes de encontrar a aquel de quien el Espíritu dijo: “Llégate, y júntate a este carro.”
El Espíritu está tan dispuesto a guiarnos como lo estuvo a guiar a Felipe. Hace algunos años, un obrero cristiano en Toronto tuvo la impresión de que debía ir al hospital y hablar con alguien. Pensó para sí: “¿A quién conozco yo en el hospital en este momento?” Le vino a la mente uno que sabía que estaba en el hospital, y se apresuró a ir allá; pero al sentarse a su lado para conversar con él, comprendió que no era por este hombre que había sido enviado. Se levantó para abrir una ventana. ¿Qué significaba todo esto? Otro hombre yacía al otro lado del pasillo, frente al que él conocía, y le vino el pensamiento de que quizá este fuera el hombre a quien debía hablar. Se volvió y habló con este hombre, y tuvo el privilegio de guiarlo a Cristo. No había nada grave en el caso de aquel hombre. Había sufrido cierta lesión en la rodilla, y no se pensaba en desenlace serio alguno; pero aquel hombre pasó a la eternidad esa misma noche.
Podrían referirse muchos casos de carácter semejante, y probar por experiencia que el Espíritu Santo está tan dispuesto a guiar a quienes buscan su guía hoy como lo estuvo a guiar a los primeros discípulos. Pero está dispuesto a guiarnos, no solo en nuestras formas más perfectas de obra cristiana, sino en todos los asuntos de la vida, los negocios y el estudio, en todo cuanto tengamos que hacer. No hay promesa en la Biblia más claramente evidente que Santiago 1:5-7: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, demándela a Dios, el cual da a todos abundantemente, y no zahiere; y le será dada. Pero pida en fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda de la mar, que es movida del viento, y echada de una parte a otra. No piense, pues, el tal hombre que recibirá alguna cosa del Señor.” Este pasaje no solo promete la sabiduría de Dios, sino que nos dice específicamente qué hacer para obtenerla. Hay cinco pasos, expresados o implícitos, en el pasaje: 1. Que “tengamos falta de sabiduría.” Debemos ser conscientes de nuestra incapacidad para decidir sabiamente, y admitirla plenamente.
Aquí es donde fallamos en recibir la sabiduría de Dios. Pensamos que podemos decidir por nosotros mismos, o al menos no estamos dispuestos a admitir nuestra absoluta incapacidad para decidir. Debe haber un rechazo total de la sabiduría de la carne.
2. Debemos desear conocer el camino de Dios y estar dispuestos, a cualquier precio, a hacer la voluntad de Dios. Esto está implícito en la palabra “demándela.” La petición debe ser sincera, y si no estamos dispuestos a hacer la voluntad de Dios, sea cual fuere, a cualquier precio, la petición no es sincera. Este es un punto de fundamental importancia. No hay nada que tanto contribuya a hacer clara nuestra mente en el conocimiento de la voluntad de Dios, tal como la revela su Espíritu, como una voluntad rendida. Aquí hallamos la razón por la cual los hombres muchas veces no conocen la voluntad de Dios ni tienen la guía del Espíritu. No están dispuestos a hacer, a cualquier precio, aquello a que el Espíritu los guíe.
Es “el que quisiere hacer su voluntad” quien conocerá, no solo la doctrina, sino también su deber cotidiano.
Muchas veces vienen hombres a mí y dicen: “No puedo descubrir la voluntad de Dios;” pero cuando les hago la pregunta: “¿Estás dispuesto a hacer la voluntad de Dios a cualquier precio?”, admiten que no lo están. El camino que es muy oscuro cuando nos retraemos de una entrega absoluta a Dios se vuelve claro como el día cuando hacemos esa entrega.
3. Debemos definidamente “pedir” la guía. No basta con desearla o estar dispuestos a obedecer; debemos pedir a Dios que nos muestre el camino.
4. Debemos esperar la guía con confianza. “Pida en fe, no dudando nada.” Muchos no aciertan a hallar el camino, aunque piden a Dios que se lo muestre, sencillamente porque no tienen la indudable expectación de que Dios les mostrará el camino. Dios promete mostrarlo si lo esperamos con confianza. Cuando vengas a Dios en oración para que te muestre qué hacer, ten por cierto que él te lo mostrará. De qué manera te lo mostrará, no lo dice, pero promete que te lo mostrará, y eso basta.
5. Debemos seguir paso a paso a medida que llega la guía. Como se dijo antes, nadie puede decir exactamente cómo vendrá, pero vendrá. Muchas veces solo un paso se hará claro a la vez; eso es todo lo que necesitamos saber: el paso siguiente. Muchos andan en tinieblas porque no saben, y no pueden descubrir, qué querría Dios que hicieran la semana próxima, o el mes próximo, o el año próximo. Un universitario vino una vez a mí y me dijo que estaba en gran tiniebla acerca de la guía de Dios, que había estado procurando hallar la voluntad de Dios y aprender cuál debía ser la obra de su vida, pero no podía hallarlo. Le pregunté cuán avanzado estaba en su carrera universitaria. Dijo que en su segundo año. Le pregunté: “¿Qué es lo que deseas saber?” “Qué haré cuando termine la universidad.” “¿Sabes que debes cursar la universidad?” “Sí.” Este hombre no solo sabía qué debía hacer el año siguiente, sino también el año después, y con todo estaba en gran confusión porque no sabía qué debía hacer cuando esos dos años terminasen.
Dios se deleita en guiar a sus hijos un paso a la vez. Nos guía como guió a los hijos de Israel.
“Y cuando la nube se alzaba de sobre el lugar santo, luego después los hijos de Israel se ponían en marcha; y en el lugar donde la nube se detenía, allí acampaban los hijos de Israel. Al mandamiento de Jehová los hijos de Israel se ponían en marcha, y al mandamiento de Jehová acampaban; todo el tiempo que la nube reposaba sobre el lugar santo, permanecían en sus tiendas. Y cuando la nube se detenía sobre el lugar santo muchos días, entonces los hijos de Israel guardaban la ordenanza de Jehová, y no se movían. Y así era cuando la nube estaba pocos días sobre el lugar santo; conforme al mandamiento de Jehová se ponían en marcha. Y así era cuando la nube reposaba desde la tarde hasta la mañana, y a la mañana se alzaba la nube, entonces se ponían en marcha; ya fuese de día o de noche que la nube se alzaba, se ponían en marcha. O si dos días, o un mes, o un año, la nube se detenía sobre el lugar santo, reposando sobre él, los hijos de Israel permanecían en sus tiendas, y no se movían; mas cuando ella se alzaba, se ponían en marcha. Al mandamiento de Jehová acampaban, y al mandamiento de Jehová se ponían en marcha; guardaban la ordenanza de Jehová, al dicho de Jehová por mano de Moisés” (Números 9:17-23).
Muchos que se han entregado a la dirección del Espíritu Santo caen en un estado de gran esclavitud y se atormentan porque tienen impresiones que temen puedan ser de Dios, pero de las cuales no están seguros. Si no obedecen esas impresiones, temen haber desobedecido a Dios, y a veces se imaginan haber contristado y ahuyentado al Espíritu Santo por no haber seguido su dirección. Todo esto es innecesario. Fijémoslo en nuestra mente: la guía de Dios es clara. “Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas” (1 Juan 1:5). Y toda dirección que no sea clara no es de él. Esto es, si nuestra voluntad está rendida a él. Por supuesto, el descuido puede provenir de una voluntad no rendida. Pero si nuestra voluntad está rendida a Dios, tenemos el derecho, como hijos de Dios, de estar seguros de que una guía es de él antes de obedecerla.
Tenemos derecho a ir a nuestro Padre y decir: “Padre celestial, aquí estoy. Deseo, por encima de todas las cosas, hacer tu voluntad. Ahora hazlo claro a mí, tu hijo. Si esto que tengo impulso de hacer es tu voluntad, lo haré; pero hazlo claro como el día si es en verdad tu voluntad.” Si es su voluntad, el Padre celestial lo hará claro como el día. Y no necesitas, ni debes, hacer aquello hasta que él lo haga claro; y no necesitas, ni debes, condenarte a ti mismo por no haberlo hecho. Dios no quiere que sus hijos estén en estado de condenación delante de él. Desea que estemos libres de todo cuidado, inquietud, ansiedad y autocondenación.
Cualquier padre terrenal aclararía el camino al hijo que le pidiera conocerlo, y mucho más aclarará nuestro Padre celestial el camino para nosotros; y hasta que él lo aclare, no debemos temer que, al no hacerlo, estemos desobedeciendo a Dios. No tenemos derecho a dictar a Dios cómo ha de dar su guía, como, por ejemplo, pidiéndole que cierre todo camino, o pidiéndole que dé una señal, o que nos guíe a poner el dedo sobre un texto, o de cualquier otro modo. Nos toca buscar y esperar la sabiduría, pero no nos toca dictar cómo ha de darse. El Espíritu Santo reparte “a cada uno en particular como él quiere” (1 Corintios 12:11).
Dos cosas resultan evidentes de lo que se ha dicho acerca de la obra del Espíritu Santo. Primera, cuán absolutamente dependientes somos de la obra del Espíritu Santo en cada recodo de la vida y del servicio cristianos. Segunda, cuán perfecta es la provisión para la vida y el servicio que Dios ha hecho; cuán maravillosa es la plenitud de privilegio que se abre al más humilde creyente por medio de la obra del Espíritu Santo. No es tanto lo que somos por naturaleza —sea intelectual, moral, física o aun espiritualmente— lo que importa. Lo que importa es lo que el Espíritu Santo puede hacer por nosotros y lo que le dejemos hacer. No pocas veces el Espíritu Santo toma a aquel que parece dar la menor promesa natural y lo usa mucho más allá que a quienes dan la mayor promesa natural. La vida cristiana no ha de vivirse en el terreno del temperamento natural, ni la obra cristiana ha de hacerse con el poder de la dotación natural; sino que la vida cristiana ha de vivirse en el terreno del Espíritu, y la obra cristiana ha de hacerse con el poder del Espíritu. El Espíritu Santo está dispuesto y ansiosamente deseoso de hacer por cada uno de nosotros toda su obra, y hará en cada uno de nosotros todo lo que le dejemos hacer.