Capítulo 17 · 8 min de lectura

Orar, dar gracias y adorar en el Espíritu Santo

El Espíritu Santo guía a los creyentes en la oración, enseñándoles qué pedir y cómo orar conforme a la voluntad de Dios, e intercediendo muchas veces más allá de las palabras. Muestra también que el Espíritu inspira la verdadera acción de gracias y la adoración, las cuales han de proceder del Espíritu y no de la carne para ser aceptables a Dios. En definitiva, los creyentes están llamados a depender por completo del Espíritu Santo para una oración, una acción de gracias y una adoración genuinas.

Dos de los pasajes más profundamente significativos de la Biblia sobre el tema del Espíritu Santo y el tema de la oración se hallan en Judas 20 y Efesios 6:18. En Judas 20 leemos: “Mas vosotros, oh amados, edificándoos a vosotros mismos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo,” y en Efesios 6:18: “Orando en todo tiempo con toda oración y ruego en el Espíritu, y velando en ello con toda instancia y súplica por todos los santos.” Estos pasajes nos enseñan con claridad que el Espíritu Santo guía al creyente en la oración. Los discípulos no sabían orar como debían, y por eso vinieron a Jesús y le dijeron: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11:1).

Tampoco nosotros hoy sabemos orar como debemos; no sabemos qué pedir, ni cómo pedirlo, pero hay Uno que está siempre a la mano para ayudar (Juan 14:16-17), y él sabe qué debemos pedir. Él socorre nuestra flaqueza en este asunto de la oración, como en otras cosas (Romanos 8:26). Él nos enseña a orar.

La verdadera oración es la oración en el Espíritu (es decir, la oración que el Espíritu Santo inspira y dirige). La oración en la que el Espíritu Santo nos guía es la oración “conforme a la voluntad de Dios” (Romanos 8:27). Cuando pedimos algo conforme a la voluntad de Dios, sabemos que él nos oye, y sabemos que nos ha concedido las cosas que le pedimos (1 Juan 5:14-15). Podemos saber que es nuestro en el momento mismo en que oramos, tan ciertamente como lo sabemos después, cuando ya lo tenemos en posesión efectiva. Pero ¿cómo podemos conocer la voluntad de Dios cuando oramos? De dos maneras: en primer lugar, por lo que está escrito en su Palabra; todas las promesas de la Biblia son seguras, y si Dios promete algo en la Biblia, podemos estar seguros de que es su voluntad darnos aquello; pero hay muchas cosas que necesitamos y que no están específicamente prometidas en la Palabra, y aun en ese caso es nuestro privilegio conocer la voluntad de Dios, porque es obra del Espíritu Santo enseñarnos la voluntad de Dios y guiarnos en la oración por la senda de la voluntad de Dios.

Algunos objetan a la doctrina cristiana de la oración, como si enseñara que podemos acudir a Dios en nuestra ignorancia y cambiar su voluntad y someter su infinita sabiduría a nuestra necedad. Pero esa no es la doctrina cristiana de la oración; la doctrina cristiana de la oración es que es privilegio del creyente ser enseñado por el Espíritu de Dios mismo a conocer cuál es la voluntad de Dios, y no pedir las cosas que nuestra necedad nos moviera a pedir, sino pedir las cosas que el Espíritu de Dios, que nunca se rebela, nos mueve a pedir.

La verdadera oración es la oración “en el Espíritu,” esto es, la oración que el Espíritu inspira y dirige. Cuando venimos a la presencia de Dios, debemos reconocer nuestra dolencia, nuestra ignorancia de lo que nos conviene, de qué debemos pedir, de cómo debemos pedirlo, y, en la conciencia de nuestra absoluta incapacidad de orar como es debido, mirar al Espíritu Santo para que nos enseñe a orar, y arrojarnos por completo sobre él para que dirija nuestras oraciones, saque a luz nuestros deseos y guíe la expresión de ellos. No hay lugar donde más necesitemos reconocer nuestra ignorancia que en la oración. Irrumpir descuidadamente en la presencia de Dios y pedir lo primero que nos viene a la mente, o aquello que algún otro irreflexivo nos pide que oremos, no es orar “en el Espíritu Santo” y no es verdadera oración. Debemos esperar al Espíritu Santo y entregarnos al Espíritu Santo. La oración que Dios, el Espíritu Santo, inspira, es la oración que Dios, el Padre, responde.

Los anhelos que el Espíritu Santo engendra en nuestro corazón son muchas veces demasiado profundos para expresarse en palabras, demasiado profundos, al parecer, para que el creyente mismo, en quien el Espíritu obra, los comprenda con claridad: “el mismo Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Romanos 8:26).

Dios mismo “ha de escudriñar el corazón” para saber cuál es “la intención del Espíritu” en estos anhelos no expresados e inexpresables. Pero Dios sí sabe cuál es la intención del Espíritu; él sabe lo que significan estos anhelos dados por el Espíritu, que no podemos poner en palabras, aunque nosotros no lo sepamos, y estos anhelos son “conforme a la voluntad de Dios,” y Dios los concede. Es de esta manera como sucede que Dios puede hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros (Efesios 3:20). Hay otras veces en que las direcciones del Espíritu son tan claras que oramos con el Espíritu, y también con el entendimiento (1 Corintios 14:15). Comprendemos con toda claridad aquello que el Espíritu Santo nos guía a pedir.

II. El Espíritu Santo inspira al creyente y lo guía en la acción de gracias tanto como en la oración. Leemos en Efesios 5:18-20: “Y no os embriaguéis de vino, en lo cual hay disolución; mas sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, y con himnos, y canciones espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones, dando gracias siempre de todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.” El Espíritu Santo no solo nos enseña a orar, sino que también nos enseña a dar gracias.

Una de las características más sobresalientes de la vida llena del Espíritu es la acción de gracias. En el día de Pentecostés, cuando los discípulos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaron según el Espíritu les daba que hablasen, los oímos anunciar las maravillas de Dios (Hechos 2:4, 11); y hoy, cuando cualquier creyente es lleno del Espíritu Santo, siempre queda lleno de acción de gracias y de alabanza. La verdadera acción de gracias es “al Dios y Padre,” por medio, o “en el nombre de,” nuestro Señor Jesucristo, en el Espíritu Santo.

III. El Espíritu Santo inspira la adoración de parte del creyente. Leemos en Filipenses 3:3: “Porque nosotros somos la circuncisión, los que servimos en espíritu a Dios, y nos gloriamos en Cristo Jesús, no teniendo confianza en la carne.” La oración no es adoración; la acción de gracias no es adoración. La adoración es un acto definido de la criatura hacia Dios. Adorar es postrarse ante Dios en reconocimiento adorante y en contemplación de él mismo y de la perfección de su ser. Alguien ha dicho: “En nuestras oraciones estamos ocupados con nuestras necesidades; en nuestra acción de gracias estamos ocupados con nuestras bendiciones; en nuestra adoración estamos ocupados con él.” No hay adoración verdadera y aceptable sino la que el Espíritu Santo mueve y dirige. “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4:23-24). La carne procura entrometerse en toda esfera de la vida. La carne tiene su adoración tanto como sus concupiscencias. La adoración que la carne mueve es abominación a Dios. En esto vemos la insensatez de todo intento de congreso de religiones, donde los representantes de religiones radicalmente distintas pretenden adorar juntos.

No toda adoración fervorosa y sincera es adoración en el Espíritu. Un hombre puede ser muy sincero y muy fervoroso en su adoración, y con todo no haberse sometido a la guía del Espíritu Santo en el asunto, y así su adoración es en la carne. Muchas veces, aun cuando hay gran fidelidad a la letra de la Palabra, la adoración puede no ser “en el Espíritu,” es decir, inspirada y dirigida por él. Para adorar como es debido, según lo expresa Pablo, no debemos tener “confianza en la carne,” esto es, debemos reconocer la absoluta incapacidad de la carne (nuestro yo natural, en contraste con el Espíritu divino que mora en el creyente y debe moldearlo todo en él) para adorar de manera aceptable. Y debemos también percatarnos del peligro de que la carne se entrometa en nuestra adoración. En absoluta desconfianza de nosotros mismos, debemos arrojarnos sobre el Espíritu Santo para que nos guíe rectamente en nuestra adoración. Así como debemos renunciar a todo valor en nosotros mismos y arrojarnos sobre Cristo y su obra por nosotros en la cruz para la justificación, así también debemos renunciar a toda supuesta capacidad de bien en nosotros mismos y arrojarnos por completo sobre el Espíritu Santo y su obra en nosotros, en el vivir santo, en el conocer, el orar, el dar gracias y el adorar, y en todo lo demás que hayamos de hacer.

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