Capítulo 16 · 16 min de lectura
El Espíritu Santo como Maestro
El Espíritu Santo enseña a los creyentes trayendo a su memoria las palabras de Cristo cuando las necesitan y guiándolos a toda verdad, revelando realidades espirituales profundas que la sabiduría humana no puede alcanzar. Los ayuda a comprender las Escrituras iluminando su sentido y los capacita para comunicar eficazmente la verdad de Dios, subrayando que la verdadera comprensión y enseñanza dependen de la guía del Espíritu, y no del solo conocimiento humano.
Nuestro Señor Jesús, en su última conversación con sus discípulos antes de la crucifixión, dijo: “Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho” (Juan 14:26). Aquí tenemos una doble obra del Espíritu Santo: enseñar y traer a la memoria las cosas que Cristo ya había enseñado. Las tomaremos en el orden inverso.
I. El Espíritu Santo trae a la memoria las palabras de Cristo.
Esta promesa fue hecha primeramente a los apóstoles, y es la garantía de la exactitud de su relato de lo que Jesús dijo; pero el Espíritu Santo hace una obra semejante con cada creyente que lo espera de él y que confía en que él la haga. El Espíritu Santo trae a nuestra mente las enseñanzas de Cristo y la Palabra justo cuando las necesitamos, sea para las necesidades de nuestra vida o de nuestro servicio. Muchos de nosotros podríamos hablar de ocasiones en que nos hallábamos en gran angustia de alma, o en gran duda respecto del deber, o en gran aprieto sobre qué decir a alguien a quien tratábamos de guiar a Cristo o de ayudar, y en aquel preciso momento nos fue traído a la memoria justamente el pasaje de la Escritura que necesitábamos —un pasaje, quizá, en el que no habíamos pensado por mucho tiempo, y muy probablemente en el que nunca habíamos pensado en relación con aquello. ¿Quién lo hizo? El Espíritu Santo lo hizo.
Y está dispuesto a hacerlo aún con mayor frecuencia, si tan solo lo esperamos de él y confiamos en que lo haga.
Es nuestro privilegio, cada vez que nos sentamos junto a alguien que busca y le señalamos el camino de la vida, mirar al Espíritu Santo y decir: “¿Qué he de decir a este que pregunta? ¿Qué Escritura he de emplear?” Hay un profundo significado en el hecho de que, en el versículo que sigue inmediatamente a esta preciosa promesa, Jesús dice: “La paz os dejo, mi paz os doy.” Es por medio del Espíritu, que trae sus palabras a la memoria y nos enseña la verdad de Dios, que obtenemos esta paz y permanecemos en ella. Si tan solo miramos al Espíritu Santo para que traiga a nuestra mente la Escritura justo cuando la necesitamos, y justamente la Escritura que necesitamos, tendremos en verdad la paz de Cristo en cada momento de nuestra vida.
Uno que se preparaba para la obra cristiana vino a mí en gran angustia. Dijo que debía abandonar su preparación, pues no podía memorizar las Escrituras. “Tengo treinta y dos años —dijo—, y llevo años en los negocios. He perdido el hábito de estudiar, y no puedo memorizar nada.” Aquel hombre anhelaba estar al servicio de su Maestro, y las lágrimas asomaban a sus ojos mientras lo decía.
“No te desanimes —le respondí—. Toma la promesa de tu Señor de que el Espíritu Santo traerá sus palabras a la memoria; aprende un pasaje de la Escritura, fíjalo firmemente en tu mente, y luego otro, y confía en que el Espíritu Santo los traiga a tu memoria cuando los necesites.” Prosiguió con su preparación. Confió en el Espíritu Santo. Después emprendió la obra en un campo muy difícil, un campo donde abundaban toda clase de errores. Se agolpaban en torno a él en la calle como abejas, y él tomaba su Biblia y confiaba en que el Espíritu Santo trajera a su memoria los pasajes de la Escritura que necesitaba, y así lo hacía. Sus adversarios quedaban llenos de confusión, pues los enfrentaba en cada punto con la segura Palabra de Dios, y muchos de los más endurecidos fueron ganados para Cristo.
II. El Espíritu Santo nos enseñará todas las cosas. Hay una promesa aún más explícita en este sentido dos capítulos más adelante, en Juan 16:12-14. Allí Jesús dice: “Aún tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar. Pero cuando viniere aquel Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad; porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que han de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.” Esta promesa fue hecha en primera instancia a los apóstoles, pero los apóstoles mismos la aplicaron a todos los creyentes (1 Juan 2:20-27). Es privilegio de cada creyente en Jesucristo, aun del más humilde, ser “enseñado de Dios.”
Independiente de los maestros humanos: “No tenéis necesidad de que ninguno os enseñe” (1 Juan 2:27).
Esto, por supuesto, no significa que no podamos aprender mucho de otros que son enseñados por el Espíritu Santo. Si Juan lo hubiera creído así, nunca habría escrito esta epístola para enseñar a otros. El hombre más plenamente enseñado por Dios es precisamente el que estará más dispuesto a escuchar lo que Dios ha enseñado a otros. Mucho menos significa que, cuando somos enseñados por el Espíritu, seamos independientes de la Palabra escrita de Dios; porque la Palabra es el lugar mismo al cual el Espíritu, que es el Autor de la Palabra, conduce a sus discípulos, y el instrumento por el cual los instruye (Efesios 6:17; Juan 6:33; Efesios 5:18-19; Colosenses 3:16). Pero aunque podamos aprender mucho de los hombres, no dependemos de ellos.
Tenemos un Maestro divino, el Espíritu Santo.
Nunca conoceremos verdaderamente la verdad hasta que seamos enseñados directamente por el Espíritu Santo. Ninguna cantidad de mera enseñanza humana, sean quienes sean nuestros maestros, nos dará jamás una comprensión correcta, exacta y plena de la verdad. Ni siquiera un estudio diligente de la Palabra, sea en nuestro idioma o en las lenguas originales, nos dará una verdadera comprensión de la verdad. Debemos ser enseñados directamente por el Espíritu Santo, y así podemos ser enseñados, cada uno de nosotros. El que es enseñado comprenderá la verdad de Dios mejor, aunque no sepa una sola palabra de griego o de hebreo, que el que conoce a fondo el griego y el hebreo, y también todas las lenguas afines, pero que no es enseñado por el Espíritu.
El Espíritu guiará a aquel a quien así enseña “a la verdad.” Toda la esfera de la verdad de Dios es para cada uno de nosotros, pero el Espíritu Santo no nos guiará a toda la verdad en un solo día, ni en una semana, ni en un año, sino paso a paso. Se mencionan dos líneas especiales de la enseñanza del Espíritu: (1) “Os hará saber las cosas que han de venir.” Muchos dicen que nada podemos saber del futuro, que todos nuestros pensamientos sobre ese tema son conjeturas. En verdad, no podemos saberlo todo acerca del futuro.
Hay algunas cosas que Dios ha tenido a bien reservarse para sí, cosas secretas que le pertenecen (Deuteronomio 29:29). Por ejemplo, no podemos “saber los tiempos o las sazones” del regreso de nuestro Señor (Hechos 1:7), pero hay muchas cosas acerca del futuro que el Espíritu Santo nos revelará.
(2) “Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.” Esta es la línea especial de enseñanza del Espíritu Santo con el creyente, como también con el incrédulo: Jesucristo. Su obra, por encima de todo, es revelar a Jesucristo y glorificarle. Toda su enseñanza se centra en Cristo. Desde uno u otro punto de vista, siempre nos está llevando a Jesucristo. Algunos temen destacar la verdad acerca del Espíritu Santo, no sea que Cristo mismo sea menospreciado y relegado a un segundo plano; pero nadie engrandece a Cristo como lo hace el Espíritu Santo. Nunca comprenderemos a Cristo, ni veremos su gloria, hasta que el Espíritu Santo nos lo interprete. Ninguna cantidad de sermones y conferencias escuchados, por capaces que sean, ni ningún mero estudio de la Palabra, nos daría jamás a ver “las cosas de Cristo”; el Espíritu Santo debe mostrárnoslas, y está dispuesto a hacerlo, y puede hacerlo. Anhela hacerlo.
El deseo más intenso del Espíritu Santo es revelar a Jesucristo a los hombres. En el día de Pentecostés, cuando Pedro y el resto de la compañía fueron “llenos del Espíritu Santo,” no hablaron mucho acerca del Espíritu Santo; hablaron de Cristo. Estudiad el sermón de Pedro en aquel día; Jesucristo era su único tema, y Jesucristo será nuestro único tema, si somos enseñados por el Espíritu; Jesucristo ocupará todo el horizonte de nuestra visión. Tendremos un Cristo nuevo, un Cristo glorioso. Cristo será tan glorioso para nosotros que anhelaremos ir y contar a todos acerca de este glorioso Ser que hemos hallado. ¡Cuán distinto es Jesucristo cuando el Espíritu le glorifica, tomando de sus cosas y mostrándonoslas!
III. El Espíritu Santo nos revela las cosas profundas de Dios, que están ocultas al hombre natural y le son locura. Leemos en 1 Corintios 2:9-13: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman. Empero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros hemos recibido, no el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado; lo cual también hablamos, no con doctas palabras de humana sabiduría, mas con doctrina del Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.” Este pasaje se refiere primeramente a los apóstoles, pero no podemos limitar esta obra del Espíritu a ellos.
El Espíritu revela a cada creyente las cosas profundas de Dios, cosas que ningún ojo humano ha visto jamás, ningún oído ha oído jamás, y que nunca subieron al corazón del hombre; estas son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman. Es evidente por el contexto que esto no se refiere únicamente al cielo o a las cosas venideras en la vida futura. El Espíritu Santo toma las cosas profundas de Dios, que Dios ha preparado para nosotros aun en la vida presente, y nos las revela.
IV. El Espíritu Santo interpreta su revelación. Imparte poder para discernir, conocer y apreciar lo que ha enseñado. En el versículo que sigue a los recién citados leemos: “Mas el hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura; y no las puede entender, porque se han de examinar espiritualmente” (1 Corintios 2:14). El Espíritu Santo no solo es el Autor de la revelación, la Palabra escrita de Dios: es también el Intérprete de lo que ha revelado. Cualquier libro profundo es incomparablemente más interesante y provechoso cuando tenemos al autor del libro a la mano para interpretárnoslo; y siempre es nuestro privilegio tener al autor de la Biblia a la mano cuando la estudiamos.
El Espíritu Santo es el Autor de la Biblia, y está dispuesto a interpretar su sentido a cada creyente cada vez que abre el Libro. Para entender el Libro debemos mirar a él, y entonces los lugares más oscuros se aclaran. A menudo necesitamos orar con el salmista de antaño: “Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley” (Salmo 119:18). No basta con tener delante la revelación de Dios en la Palabra escrita para estudiarla; también hemos de tener la iluminación interior del Espíritu Santo que nos capacite para entenderla mientras la estudiamos.
Es un error común, pero un error muy notable, tratar de entender una revelación espiritual con el entendimiento natural. Es el necio intento de hacer esto lo que ha hundido a tantos en el pantano de la llamada “Alta Crítica.” Para entender el arte, el hombre debe tener sentido de la belleza además del conocimiento de los colores y la pintura; y para entender una revelación espiritual, el hombre debe ser enseñado por el Espíritu. El mero conocimiento de las lenguas en que fue escrita la Biblia no es suficiente. Un hombre sin buen sentido tendría tan pocas probabilidades de apreciar la Madonna Sixtina por no ser ciego para los colores, como un hombre que no está lleno del Espíritu de entender la Biblia por el mero hecho de comprender el vocabulario y las leyes gramaticales de las lenguas en que la Biblia fue escrita.
Tanto valdría poner a enseñar arte a un hombre que entendiera que la pintura consistía en meros colores, como poner a enseñar la Biblia a un hombre porque tiene un conocimiento cabal del griego y del hebreo. En nuestros días necesitamos reconocer no solo la absoluta insuficiencia e inutilidad delante de Dios de nuestra justicia, que es la lección de los capítulos iniciales de la Epístola a los Romanos, sino también la absoluta insuficiencia e inutilidad en las cosas de Dios de nuestra sabiduría, que es la lección de la Primera Epístola a los Corintios, especialmente de los capítulos primero al tercero. (Véase, por ejemplo, 1 Corintios 1:19-21, 26 y 27.)
Los judíos de antaño tenían una revelación por el Espíritu, pero no supieron depender del Espíritu mismo para que se la interpretara, y por eso se extraviaron. Así también los cristianos de hoy tienen una revelación por el Espíritu, y muchos no dependen del Espíritu Santo para que se la interprete, y por eso se extravían. Toda la iglesia evangélica reconoce, al menos en teoría, la absoluta insuficiencia de la justicia del hombre. Lo que necesita que se le enseñe en la hora presente, y lo que necesita que se le haga sentir, es la absoluta insuficiencia de la sabiduría del hombre. Esa es quizá la lección que este siglo veinte de majestuosa presunción intelectual más necesita aprender. Para entender la Palabra de Dios, debemos vaciarnos por completo de nuestra sabiduría y descansar en absoluta dependencia del Espíritu de Dios para que nos la interprete.
Bien haremos en grabar en el corazón las palabras del propio Jesús en Mateo 11:25: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, que hayas escondido estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las hayas revelado a los niños.” Varios estudiantes de la Biblia discutían una vez sobre los mejores métodos de estudio bíblico, y un hombre, docto y erudito, dijo: “Creo que el mejor método de estudio bíblico es el método del niño.”
Cuando hemos desechado por completo nuestra justicia, entonces, y solo entonces, obtenemos la justicia de Dios (Filipenses 4:7, 9; Romanos 10:3). Y cuando hemos desechado por completo nuestra sabiduría, entonces obtenemos la sabiduría de Dios. “Nadie se engañe a sí mismo —dice el apóstol Pablo—. Si alguno entre vosotros parece ser sabio en este siglo, hágase simple, para ser sabio” (1 Corintios 3:18). Y el vaciamiento debe preceder al llenamiento: el yo derramado para que Dios sea derramado dentro.
Cada día hemos de ser enseñados por el Espíritu para entender la Palabra. No podemos apoyarnos en que el Espíritu nos enseñó ayer. Cada nueva vez que entramos en contacto con la Palabra, ha de ser en el poder del Espíritu para esa ocasión concreta. Que el Espíritu Santo iluminara una vez nuestra mente para captar cierta verdad no basta. Debe hacerlo cada vez que nos enfrentamos a ese pasaje. Bien ha dicho Andrew Murray: “Cada vez que te acercas a la Palabra —en el estudio, al oír un sermón o al leer un libro religioso— debe haber, tan definido como tu trato con los medios externos, el acto preciso de renuncia de ti mismo, negando tu sabiduría y entregándote por fe al Maestro divino” (“El Espíritu de Cristo,” página 221).
V. El Espíritu Santo capacita al creyente para comunicar a otros con poder la verdad que le ha sido enseñada.
Pablo dice en 1 Corintios 2:1-5: “Así que, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con altivez de palabra o de sabiduría a anunciaros el testimonio de Dios. Porque no me propuse saber cosa alguna entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado. Y estuve yo con vosotros con flaqueza, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder; para que vuestra fe no esté fundada en sabiduría de hombres, mas en poder de Dios.”
De manera semejante, escribiendo a los creyentes en 1 Tesalonicenses 1:5: “Por cuanto nuestro evangelio no fue a vosotros en palabra solamente, mas también en potencia, y en Espíritu Santo, y en gran plenitud; como sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros.” No solo necesitamos que el Espíritu Santo revele la verdad, en primer lugar, a los apóstoles y profetas escogidos, y que el Espíritu Santo, en segundo lugar, nos interprete a nosotros como individuos la verdad que así ha revelado, sino que, en tercer lugar, necesitamos que el Espíritu Santo nos capacite para comunicar eficazmente a otros la verdad que él mismo nos ha interpretado. Lo necesitamos en toda la línea. Una gran causa del verdadero fracaso en el ministerio, aun cuando hay aparente éxito —y no solo en el ministerio regular, sino también en todas las formas de servicio— proviene del intento de enseñar con “palabras persuasivas de humana sabiduría” (esto es, con las artes de la lógica, la persuasión y la elocuencia humanas) aquello que el Espíritu Santo nos ha enseñado. Lo que se necesita es el poder del Espíritu Santo, “demostración del Espíritu y de poder.”
Hay tres causas del fracaso en la predicación de hoy. Primera, se enseña otro mensaje distinto del que el Espíritu Santo ha revelado en la Palabra. (Los hombres predican ciencia, arte, literatura, filosofía, sociología, historia, economía, experiencia, etc., y no la sencilla Palabra de Dios tal como se halla en el Libro del Espíritu Santo, la Biblia.) Segunda, el mensaje de la Biblia, enseñado por el Espíritu, se estudia y se procura captar con el entendimiento natural, es decir, sin la iluminación del Espíritu. ¡Cuán común es esto, aun en instituciones donde se forma a los hombres para el ministerio, aun en instituciones que pueden ser del todo ortodoxas! Tercera, el mensaje dado por el Espíritu —la Palabra, la Biblia estudiada y comprendida bajo la iluminación del Espíritu Santo— se entrega a otros con “palabras persuasivas de humana sabiduría,” y no con “demostración del Espíritu y de poder.” Necesitamos al Espíritu, y dependemos de él, en toda la línea. Debe enseñarnos cómo hablar tanto como qué hablar. Debe ser el poder tanto como el mensaje.