Capítulo 15 · 6 min de lectura

El Espíritu Santo dando testimonio de nuestra filiación

Este capítulo explica cómo el Espíritu Santo obra juntamente con nuestro espíritu para asegurarnos que somos hijos de Dios, llenando nuestro corazón de un hondo y gozoso sentido de filiación. Esta certeza viene después de recibir a Cristo, rendirse al Espíritu y andar en obediencia. Dios anhela que sus hijos lo conozcan y confíen en él como su Padre amoroso, y trae gozo a su corazón cuando de veras lo llamamos «Abba, Padre».

Uno de los pasajes más preciosos de la Biblia acerca de la obra del Espíritu Santo se halla en Romanos 8:15-16: «Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor; mas habéis recibido el Espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre! El mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de Dios.» Hay dos testigos de nuestra filiación: primero, nuestro espíritu, que toma a Dios por su Palabra («Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios», Juan 1:12), da testimonio de nuestra filiación.

Nuestro espíritu afirma sin vacilar que lo que Dios dice es verdad, que somos hijos de Dios porque Dios lo dice. Pero hay otro testigo de nuestra filiación, a saber, el Espíritu Santo. Él da testimonio juntamente con nuestro espíritu. «Juntamente con» es la fuerza del griego usado en este pasaje. No dice que da testimonio a nuestro espíritu, sino «juntamente con» él. Cómo hace esto se explica en Gálatas 4:6: «Y por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo en vuestros corazones, el cual clama: ¡Abba, Padre!» Cuando hemos recibido a Jesucristo como nuestro Salvador y hemos aceptado el testimonio de Dios acerca de Cristo, de que por medio de él hemos llegado a ser hijos, el Espíritu de su Hijo entra en nuestro corazón, llenándolo de un abrumador sentido de filiación, y clamando a través de nuestro corazón: «Abba, Padre.»

La actitud natural de nuestro corazón hacia Dios no es la de hijos. Podemos llamarle Padre con los labios, como cuando, por ejemplo, repetimos formalmente la oración que Jesús nos enseñó: «Padre nuestro, que estás en los cielos»; pero no hay verdadero sentido de que él sea nuestro Padre. Nuestro llamarle así son meras palabras. No confiamos en él. No nos deleitamos en entrar en su presencia; no nos deleitamos en levantar la mirada a su rostro con un sentido de maravilloso gozo y confianza porque estamos hablando con nuestro Padre.

Tememos a Dios. Venimos a él en oración porque pensamos que debemos hacerlo, y quizá porque tememos lo que podría suceder si no lo hiciéramos. Pero cuando el Espíritu de su Hijo da testimonio juntamente con nuestro espíritu de nuestra filiación, entonces somos llenos y estremecidos con el sentido de que somos hijos. Confiamos en él como jamás confiamos siquiera en nuestro padre terrenal. Hay aun menos temor de él que el que había de nuestro padre terrenal.

Reverencia sí la hay, temor reverente; pero, ¡oh!, ¡qué sentido de maravillosa confianza de niño!

Nota cuándo es que el Espíritu da testimonio juntamente con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Tenemos el orden de la experiencia en el orden de los versículos de Romanos 8. Primero vemos al Espíritu Santo libertándonos de la ley del pecado y de la muerte, y, por consiguiente, la justicia de la ley cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (vv. 2-4); luego tenemos al creyente que no pone la mira en las cosas de la carne, sino en las del Espíritu (v. 5); luego tenemos al creyente que día tras día, por el Espíritu, hace morir las obras del cuerpo (v. 13); luego tenemos al creyente guiado por el Espíritu de Dios; entonces, y solo entonces, tenemos al Espíritu dando testimonio de nuestra filiación.

Hay muchos que buscan el testimonio del Espíritu a su filiación en el lugar equivocado. Prácticamente exigen el testimonio del Espíritu a su filiación antes de haber confesado siquiera su aceptación de Cristo, y ciertamente antes de haber rendido su vida por completo al dominio del Espíritu de Dios que mora en ellos. No; busquemos las cosas en su debido orden. Aceptemos a Jesucristo como nuestro Salvador, y rindámonos a él como nuestro Señor y Maestro, porque Dios nos manda hacerlo; confesémoslo delante del mundo porque Dios lo manda (Mateo 10:32-33; Romanos 10:9-10); afirmemos que nuestros pecados son perdonados, que tenemos vida eterna, que somos hijos de Dios porque Dios lo dice en su Palabra y no estamos dispuestos a hacer a Dios mentiroso dudando de él (Hechos 10:43; Hechos 13:38-39; 1 Juan 5:10-13; Juan 5:24; Juan 1:12); rindamos nuestra vida al dominio del Espíritu de vida, esperando de él que nos liberte de la ley del pecado y de la muerte; pongamos la mira, no en las cosas de la carne, sino en las del Espíritu; hagamos morir día tras día, por el Espíritu, las obras del cuerpo; entreguemos nuestra vida para ser guiados por el Espíritu de Dios en todas las cosas; y entonces confiemos sencillamente en que Dios enviará el Espíritu de su Hijo a nuestro corazón, llenándonos de un sentido de filiación, clamando: «Abba, Padre», y él lo hará.

Dios, nuestro Padre, anhela que sepamos y comprendamos que somos sus hijos. Anhela oírnos llamarle Padre desde un corazón que comprende lo que dice, y que confía en él sin temor ni ansiedad. Él es nuestro Padre. Solo él, en todo el universo, comprende la plenitud de significado que hay en esa maravillosa palabra «Padre», y le trae gozo el que nosotros comprendamos que él es nuestro Padre y que así le llamemos. Hace algunos años, había un padre en el estado de Illinois que tenía una hija que había sido sorda y muda desde el nacimiento. Fue un día triste en aquel hogar cuando llegaron a comprender que aquella pequeña era sorda, y que nunca oiría y, según pensaban, nunca hablaría.

El padre oyó de una institución en Jacksonville, Illinois, donde se enseñaba a hablar a los niños sordos. Llevó a esta pequeña a la institución y la puso al cuidado del director. Después de que la niña llevaba allí algún tiempo, el director escribió al padre diciéndole que sería mejor que viniera a visitar a su hija.

Se fijó un día, y se le dijo a la niña que su padre venía. A medida que se acercaba la hora, se sentó en la ventana, vigilando la verja para ver pasar a su padre. En el momento en que él entró por la verja, ella lo vio, bajó corriendo las escaleras, salió corriendo al césped, lo alcanzó, levantó la mirada a su rostro, alzó las manos y dijo: «Papá.» Cuando aquel padre oyó a los labios mudos de su hija hablar por primera vez y formar aquella dulce palabra «Papá», tal estremecimiento de gozo pasó por su corazón que cayó al suelo y rodó sobre la hierba en éxtasis. Pero hay un Padre que ama como ningún padre terrenal, que anhela que sus hijos comprendan que son hijos; y cuando levantamos la mirada a su rostro y, desde un corazón que el Espíritu Santo ha llenado de un sentido de filiación, le llamamos «Abba» (papá), «Padre», ningún lenguaje puede describir el gozo de Dios.

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