Capítulo 14 · 7 min de lectura
El Espíritu Santo guiando al creyente a una vida como hijo
La verdadera vida cristiana significa ser guiado personalmente por el Espíritu Santo, y no estar dominado por el temor ni por interminables reglas hechas por uno mismo. El Espíritu Santo nunca guía en contra de la Escritura, y su dirección trae libertad, no esclavitud. Quienes se rinden a la guía del Espíritu viven como hijos maduros de Dios, gozando de libertad y de dirección segura en la vida.
El apóstol Pablo escribe en Romanos 8:14: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios.»
En este pasaje vemos al Espíritu Santo tomando la conducción de la vida del creyente. Una verdadera vida cristiana es una vida conducida personalmente, conducida a cada paso por una Persona divina. Es el privilegio del creyente ser librado de todo cuidado, afán y ansiedad en cuanto a las decisiones que hemos de tomar en cualquier recodo de la vida.
El Espíritu Santo toma sobre sí toda esa responsabilidad por nosotros.
Una verdadera vida cristiana no es una vida gobernada por un largo conjunto de reglas fuera de nosotros, sino guiada por una Persona viva y siempre presente dentro de nosotros. Es en esta conexión que Pablo dice: «Porque no habéis recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor.» Una vida gobernada por reglas fuera de uno es una vida de esclavitud. Siempre existe el temor de no haber hecho suficientes reglas, y siempre el temor de que, en un momento de descuido, hayamos quebrantado alguna de las reglas que hemos hecho. La vida que muchos cristianos llevan es de espantosa esclavitud; porque se han impuesto un yugo más severo de llevar que el de la antigua ley mosaica, acerca de la cual Pedro dijo a los judíos de su tiempo que ni ellos ni sus padres habían podido llevarla (Hechos 15:10).
Muchos cristianos tienen una larga lista de reglas hechas por ellos mismos, y si por acaso quebrantan una de estas reglas que ellos mismos han hecho, u olvidan guardar alguna de ellas, al instante se llenan de un espantoso temor de haber atraído sobre sí el desagrado de Dios (y aun a veces se imaginan que han cometido el pecado imperdonable). Esto no es cristianismo; esto es legalismo. «No hemos recibido el espíritu de servidumbre para estar otra vez en temor»; hemos recibido el Espíritu que nos da el lugar de hijos (Romanos 8:15).
Nuestra vida no debe ser gobernada por un conjunto de reglas fuera de nosotros, sino por el amoroso Espíritu de adopción dentro de nosotros. Debemos creer la enseñanza de la Palabra de Dios de que el Espíritu del Hijo de Dios mora dentro de nosotros, y debemos rendirle el dominio absoluto de nuestra vida, y esperar de él que nos guíe en cada recodo de la vida. Él lo hará, con tal que nos rindamos a él para que lo haga y confiemos en él para que lo haga. Si en un momento de irreflexión seguimos nuestro camino en lugar del suyo, no nos llenaremos de un abrumador sentido de condenación y de temor de un Dios ofendido, sino que iremos a Dios como a nuestro Padre, confesaremos nuestro extravío, creeremos que él nos perdona plenamente porque así lo dice (1 Juan 1:9), y seguiremos adelante, ligeros y alegres de corazón, para obedecerle y ser guiados por su Espíritu.
Ser guiados por el Espíritu de Dios no significa ni por un momento que hagamos cosas que la Palabra escrita de Dios nos dice que no hagamos. El Espíritu Santo nunca guía a los hombres en contra del Libro del cual él es el Autor. Si hay algún espíritu que nos guía a hacer algo contrario a las enseñanzas explícitas de Jesús o de los apóstoles, podemos estar seguros de que este espíritu que nos guía no es el Espíritu Santo. Este punto necesita ser recalcado en nuestros días, pues no son pocos los que se entregan a la guía de algún espíritu, al que llaman el Espíritu Santo, pero que los guía a hacer cosas explícitamente prohibidas en la Palabra. Debemos recordar siempre que muchos falsos espíritus y falsos profetas han salido por el mundo (1 Juan 4:1). Muchos están tan ansiosos de ser guiados por algún poder invisible que están dispuestos a entregar la conducción de su vida a cualquier influencia espiritual o persona invisible. De este modo abren su vida a la conducción y a la hostil influencia de los espíritus malignos, para ruina de su vida.
Un hombre que hacía grandes profesiones de santidad vino una vez a mí y me dijo que el Espíritu Santo lo estaba guiando a él y a «una dulce mujer cristiana» que había conocido a considerar el matrimonio. «Pero cómo», dije yo, con asombro, «¡si usted ya tiene esposa!» «Sí», dijo él, «pero usted sabe que no nos llevamos bien, y no hemos vivido juntos por años.» «Sí», repliqué, «sé que no han vivido juntos por años, y he examinado el asunto, y creo que la culpa de ello recae en gran parte sobre usted. En todo caso, ella es su esposa. Usted no tiene razón para suponer que le haya sido infiel, y Jesucristo enseña que, si usted se casa con otra mientras ella vive, comete adulterio» (Lucas 16:18). «Oh, pero», dijo el hombre, «el Espíritu de Dios nos está guiando a amarnos el uno al otro y a ver que debemos casarnos.» «Usted miente, y usted blasfema», repliqué.
«Cualquier espíritu que lo esté guiando a desobedecer la clara enseñanza de Jesucristo no es el Espíritu de Dios, sino algún espíritu del diablo.»
Este quizá fue un caso extremo, pero casos de esencialmente el mismo carácter no son raros. Muchos que profesan ser cristianos buscan justificarse al hacer cosas que están prohibidas en la Palabra, diciendo que son guiados por el Espíritu de Dios. Protesté ante los dirigentes de una asamblea cristiana donde, en cada reunión, muchos pretendían hablar en lenguas, en clara violación de la enseñanza del Espíritu Santo por medio del apóstol Pablo en 1 Corintios 14:27-28 (Si habla alguno en lengua, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. Y si no hubiere intérprete, calle en la iglesia, y hable a sí mismo y a Dios). La defensa que hacían era que el Espíritu Santo los guiaba a hablar varios a la vez, y muchos en una sola reunión, y que debían obedecer al Espíritu Santo, y que en un caso así no estaban sujetos a la Palabra.
El Espíritu Santo nunca se contradice a sí mismo. Nunca guía al individuo a hacer aquello que en la Palabra escrita nos ha mandado a todos no hacer. Toda guía del Espíritu debe probarse por aquello que sabemos que es la guía del Espíritu en la Palabra. Aunque necesitamos estar en guardia contra la guía de los falsos espíritus, es nuestro privilegio ser guiados por el Espíritu Santo, y llevar una vida libre de la esclavitud de las reglas y de la ansiedad de que hemos de errar; una vida como de hijos cuyo Padre ha enviado un Guía certero para conducirlos por todo el camino.
Los que así son guiados por el Espíritu de Dios son «hijos de Dios»; es decir, no son meramente niños de Dios, nacidos, es cierto, del Padre, pero inmaduros, sino que son los hijos crecidos, los hijos maduros de Dios; ya no son niños, sino hijos. El apóstol Pablo traza un contraste en Gálatas 4:1-7 entre el niño bajo la tutela de la ley, que en nada difiere de un siervo, y el hijo ya crecido, que ya no es siervo, sino hijo que anda en gozosa libertad. A veces parece como si comparativamente pocos cristianos hoy hubieran sacudido la esclavitud de la ley, de las reglas fuera de sí mismos, y entrado en la gozosa libertad de los hijos.