Capítulo 2 · 16 min de lectura · 20 min de escucha
La vida del yo
«Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Mateo 16:24.
En el versículo 13 leemos que Jesús, en Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?». Cuando le respondieron, les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Y en el versículo 16, Pedro respondió y dijo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». Jesús le respondió en los versículos siguientes: «¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás! Porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». Luego, en el versículo 21, leemos cómo Jesús comenzó a hablar a sus discípulos de su muerte cercana; y en el versículo 22, cómo Pedro comenzó a reconvenirle, diciendo: «Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca». Pero él, volviéndose, dijo a Pedro en el versículo siguiente: «¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres».
Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». A menudo oímos hablar de la vida de componendas, y surge la pregunta: ¿qué hay en la raíz de ella?
¿Cuál es la razón de que tantos cristianos estén malgastando su vida en la terrible esclavitud del mundo, en lugar de vivir en la manifestación, el privilegio y la gloria de Dios? Y quizá nos surge otra pregunta: ¿cuál puede ser la razón de que, cuando vemos que algo está mal y luchamos contra ello, no logremos vencerlo? ¿Cuál puede ser la razón de que hayamos orado cien veces y hecho votos, y aquí estemos todavía, viviendo una vida mezclada, dividida y a medias? A esas dos preguntas hay una sola respuesta: el yo es la raíz de todo el problema.
Y por eso, si alguien me pregunta: «¿Cómo puedo librarme de esta vida de componendas?», la respuesta no sería: «Tienes que hacer esto, o aquello, o lo de más allá», sino que la respuesta sería: «Una vida nueva de lo alto, la vida de Cristo, debe ocupar el lugar de la vida del yo; entonces podremos ser vencedores.
Siempre vamos de lo exterior a lo interior; hagámoslo así también aquí; consideremos, de entre estas palabras del texto, una sola: «sí mismo». Jesús dijo a Pedro: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Mateo 16:24. Esa es una señal del discípulo; ese es el secreto de la vida cristiana: niégate a ti mismo y todo se arreglará. Observa que Pedro era un creyente, y un creyente que había sido enseñado por el Espíritu Santo. Había dado una respuesta que agradó maravillosamente a Cristo: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente». No pienses que eso fuera algo extraordinario. Nosotros lo aprendemos en el catecismo; Pedro no; y Cristo vio que el Espíritu Santo del Padre le había estado enseñando, y le dijo: «¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás!».
Pero observa cuán fuerte es todavía el hombre carnal en Pedro.
Cristo habla de su cruz; él podía entender lo de la gloria: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente».
Mateo 16:16. Sin embargo, había algo acerca de la cruz y de la muerte que no podía entender, y en su confianza en sí mismo se atrevió a decir: «Señor, en ninguna manera esto te acontezca». Mateo 16:22. Y Cristo tuvo que reprenderle: «¡Quítate de delante de mí, Satanás! Me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres». Mateo 16:23.
Cristo siguió diciendo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Mateo 16:24. Detengámonos en estas palabras: «sí mismo» Solo cuando aprendemos a conocer lo que es el yo, sabemos de verdad qué hay en la raíz de todos nuestros fracasos, y estamos preparados para acudir a Cristo en busca de liberación.
Consideremos, en primer lugar, la naturaleza de esta vida del yo; después señalemos algunas de sus obras, y luego hagámonos la pregunta: «¿Cómo podemos ser librados de ella?». El yo es la facultad con que Dios ha creado y dotado a toda criatura inteligente. El yo es el centro mismo de un ser creado. ¿Y por qué dio Dios un yo a los ángeles y al hombre?
El propósito de este yo era que pudiéramos traerlo a Dios como un vaso vacío, para que él pusiera en él su vida.
Dios me dio la facultad de determinarme a mí mismo para que cada día pudiera traer este yo y decir: «Oh Dios, obra en él; te lo ofrezco». Dios quería un vaso en el cual derramar su divina plenitud de hermosura, sabiduría y poder. Creó el mundo, el sol, la luna, las estrellas, los árboles, las flores y la hierba, que muestran todos las riquezas de su sabiduría, hermosura y bondad. Pero lo hacen sin saber lo que hacen.
Luego Dios creó a los ángeles con un yo y una voluntad, para ver si vendrían a entregarse voluntariamente a él como vasos que él llenara. Pero, ¡ay!, no todos lo hicieron. Había uno a la cabeza de una gran multitud, y comenzó a mirarse a sí mismo, a pensar en las maravillosas facultades con que Dios lo había dotado y a deleitarse en sí mismo. Empezó a pensar: «¿Ha de permanecer un ser como yo siempre dependiente de Dios?». Se exaltó a sí mismo, el orgullo se afirmó separándose de Dios, y en ese mismo instante, en lugar de un ángel en el cielo, se convirtió en un demonio en el infierno. El yo vuelto hacia Dios es la gloria de permitir que el Creador se revele en nosotros. El yo apartado de Dios es la oscuridad misma y el fuego del infierno.
Todos conocemos la terrible historia de lo que sucedió después: Dios creó al hombre, y Satanás vino en forma de serpiente y tentó a Eva con la idea de llegar a ser como Dios, de tener un yo independiente, conociendo el bien y el mal. Y mientras le hablaba, sopló en ella, por medio de aquellas palabras, el veneno mismo y el orgullo mismo del infierno. Su propio espíritu maligno, el veneno mismo del infierno, entró en la humanidad, y es este yo maldito lo que hemos heredado de nuestros primeros padres. Fue ese yo el que arruinó y trajo destrucción sobre este mundo; y todo lo que ha habido de pecado, de tinieblas, de desdicha y de miseria, y todo lo que habrá a lo largo de las incontables edades de la eternidad en el infierno, no será otra cosa que el reinado del yo, la maldición del yo, que separa al hombre y lo aparta de su Dios. Y si hemos de entender plenamente lo que Cristo ha de hacer por nosotros, y llegar a ser partícipes de una salvación plena, debemos aprender a conocer, aborrecer y abandonar por completo este yo maldito.
Ahora bien, ¿cuáles son las obras del yo? Podría mencionar muchas, pero tomemos las palabras más sencillas, las que usamos continuamente: la voluntad propia, la confianza en uno mismo y la exaltación de uno mismo. La voluntad propia, el agradarse a uno mismo, es el gran pecado del hombre, y está en la raíz de todas esas componendas con el mundo que son la ruina de tantos. Los hombres no pueden entender por qué no habrían de agradarse a sí mismos y hacer su propia voluntad. Muchos cristianos nunca han captado la idea de que un cristiano es un hombre que nunca ha de buscar su propia voluntad, sino siempre la voluntad de Dios, como un hombre en quien vive el mismo espíritu de Cristo: «¡Señor, heme aquí para hacer tu voluntad, oh Dios mío!». Vemos a cristianos que se agradan a sí mismos de mil maneras y que, aun así, procuran ser felices, buenos y útiles, y no saben que en la raíz de todo ello está la voluntad propia, que les roba la bendición.
Cristiano, mira tu propia vida a la luz de las palabras de Jesús. ¿Encuentras en ella voluntad propia, el afán de agradarte a ti mismo?
Recuerda esto: cada vez que te agradas a ti mismo, niegas a Jesús. Es lo uno o lo otro. O le agradas solo a él y te niegas a ti mismo, o te agradas a ti mismo y lo niegas a él. Luego viene la confianza en uno mismo: el fiarse de uno mismo, el esfuerzo propio, la dependencia de uno mismo. ¿Qué fue lo que llevó a Pedro a negar a Jesús? Cristo le había advertido; ¿por qué no hizo caso de la advertencia? La confianza en sí mismo. Estaba tan seguro: «Señor, te amo. Durante tres años te he seguido. Señor, niego que eso pueda suceder jamás. Estoy dispuesto a ir a la cárcel y a la muerte». Era sencillamente confianza en sí mismo.
Muchas veces me han preguntado: «¿Cuál es la razón de que yo fracase? Deseo con tanto anhelo, y oro con tanto fervor, vivir en la voluntad de Dios». Y mi respuesta suele ser: «Sencillamente porque confías en ti mismo». Me contestan: «No, no es así; sé que no soy bueno, y sé que Dios está dispuesto a guardarme, y pongo mi confianza en Jesús». Pero yo replico: «No, hermano mío, no; si confiaras en Dios y en Jesús, no podrías caer; pero confías en ti mismo». Creamos que la causa de todo fracaso en la vida cristiana no es otra que esta: confío en este yo maldito, en lugar de confiar en Jesús. Confío en mis propias fuerzas, en lugar de confiar en la fuerza todopoderosa de Dios. Y por eso dice Cristo: «Este yo debe ser negado».
Está también la exaltación de uno mismo, otra forma de las obras del yo. ¡Ah, cuánto orgullo y cuántos celos hay en el mundo cristiano; cuánta susceptibilidad a lo que los hombres dicen o piensan de nosotros; cuánto deseo de alabanza humana y de agradar a los hombres, en lugar de vivir siempre en la presencia de Dios con un solo pensamiento: «¿Le soy agradable a él?»! Cristo dijo: «¿Cómo podéis creer, cuando recibís gloria los unos de los otros y no buscáis la gloria que viene del único Dios?». Juan 5:44. Recibir la honra los unos de los otros hace absolutamente imposible una vida de fe. Este yo salió del infierno; nos separó de Dios; es un engañador maldito que nos desvía de Jesús. Ahora llegamos al tercer punto. ¿Qué hemos de hacer para librarnos de él?
Jesús nos responde con las palabras de nuestro texto: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Mateo 16:24. Fíjate bien. Debo negarme a mí mismo y tomar a Jesús mismo como mi vida; tengo que escoger. Hay dos vidas, la vida del yo y la vida de Cristo; debo escoger una de las dos. «Sígueme», dice nuestro Señor, «hazme la ley de tu existencia, la norma de tu conducta; dame todo tu corazón; sígueme, y yo me ocuparé de todo». Oh, amigos, es un intercambio solemne el que se nos pone delante: venir y, viendo el peligro de este yo, con su orgullo y su maldad, echarnos a los pies del Hijo de Dios y decir: «Niego mi propia vida; tomo tu vida para que sea la mía».
La razón por la que los cristianos oran y oran para que la vida de Cristo entre en ellos, sin resultado alguno, es que la vida del yo no ha sido negada. Tú preguntas: «¿Cómo puedo librarme de esta vida del yo?». Ya conoces la parábola: el hombre se quedó en la casa hasta que vino uno más fuerte y lo echó fuera. Después el lugar quedó adornado y barrido, pero desocupado, y él volvió con otros siete espíritus peores que él. Mateo 12:43-45. Solo Cristo mismo, entrando, puede echar fuera al yo y mantenerlo fuera. Este yo permanecerá con nosotros hasta el final. Recuerda al apóstol Pablo: había visto la visión celestial, y para que no se enalteciera, se le envió el aguijón en la carne para humillarlo. Había en él una tendencia a enaltecerse, que era natural, y habría vencido; pero Cristo lo libró de ella por su fiel cuidado de su amado siervo.
Jesucristo puede, por su gracia divina, impedir que el poder del yo llegue jamás a afirmarse o a imponerse; Jesucristo está dispuesto a llegar a ser la vida del alma; Jesucristo está dispuesto a enseñarnos a seguirle de tal manera, y a tener el corazón y la vida puestos solo en él, que él sea siempre y en todo momento la luz de nuestras almas.
Entonces llegamos a lo que dice el apóstol Pablo: «Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí». Las dos verdades van juntas. Primero: «Ya no vivo yo»; luego: «mas vive Cristo en mí». Gálatas 2:20. Mira otra vez a Pedro.
Cristo le dijo: «…niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame». Mateo 16:24.
Jesús lo llevó hasta Getsemaní, y allí Pedro falló, porque durmió cuando debía estar despierto, velando y orando; lo llevó camino del Calvario, hasta el lugar donde Pedro lo negó. ¿Era aquello la dirección de Cristo? ¡Alabado sea Dios, lo era! El Espíritu Santo todavía no había venido en su poder; Pedro era aún un hombre carnal: el espíritu dispuesto, pero incapaz de vencer; la carne, débil. ¿Qué hizo Cristo? Siguió conduciendo a Pedro hasta que quedó quebrantado en total humillación de sí mismo y abatido en lo más hondo del dolor. Jesús lo llevó adelante, más allá del sepulcro, a través de la resurrección, hasta Pentecostés; y vino el Espíritu Santo, y en el Espíritu Santo vino Cristo con su vida divina, y entonces fue: «vive Cristo en mí».
No hay más que un camino para ser librados de esta vida del yo. Debemos seguir a Cristo, poner el corazón en él, escuchar sus enseñanzas y entregarnos cada día para que él lo sea todo para nosotros; y, por el poder de Cristo, la negación del yo será una realidad bendita e incesante. Nunca, ni por una hora, espero que el cristiano llegue a una etapa en la que pueda decir: «No tengo un yo que negar»; ni nunca, ni por un momento, a una en la que pueda decir: «No necesito negarme a mí mismo». No; esta comunión con la cruz de Cristo será una negación incesante del yo, cada hora y cada momento, por la gracia de Dios. No hay lugar alguno donde haya plena liberación del poder de este yo pecaminoso.
Hemos de ser crucificados con Cristo Jesús. Hemos de vivir con él como quienes nunca han sido bautizados en su muerte. ¡Piensa en eso! Cristo no tenía un yo pecaminoso, pero tenía un yo, y ese yo lo entregó realmente a la muerte. En Getsemaní dijo: «no se haga mi voluntad» Lucas 22:42. Ese yo sin pecado lo entregó a la muerte para recibirlo de nuevo de Dios, sacado del sepulcro, resucitado y glorificado. ¿Podemos esperar ir al cielo de otra manera que como él fue? ¡Cuidado! Recuerda que Cristo descendió a la muerte y al sepulcro, y es en la muerte del yo, siguiendo a Jesús hasta lo último, donde vendrán la liberación y la vida.
Y ahora, ¿qué uso hemos de hacer de esta lección del Maestro? La primera lección será que nos tomemos tiempo para humillarnos delante de Dios ante el pensamiento de lo que este yo es en nosotros; que carguemos a la cuenta del yo todo pecado, toda falta, todo fracaso y todo lo que ha deshonrado a Dios, y luego digamos: «Señor, esto es lo que soy»; y que después permitamos que el bendito Jesucristo tome el control completo de nuestra vida, en la fe de que su vida puede ser nuestra.
No pienses que es cosa fácil librarse del yo. En una reunión de consagración es fácil hacer un voto, ofrecer una oración y realizar un acto de entrega; pero así como fue solemne la muerte de Cristo en el Calvario, su entrega a Dios de su vida sin pecado, así de solemne debe ser entre nosotros y nuestro Dios la entrega del yo a la muerte.
El poder de la muerte de Cristo debe llegar a obrar en nosotros cada día. ¡Oh, piensa qué contraste entre aquel Pedro obstinado en su propia voluntad y Jesús entregando su voluntad a Dios! ¡Qué contraste entre aquella exaltación propia de Pedro y la profunda humildad del Cordero de Dios, manso y humilde de corazón delante de Dios y de los hombres! ¡Qué contraste entre aquella confianza en sí mismo de Pedro y la profunda dependencia de Jesús respecto del Padre, cuando dijo: «No puedo yo hacer nada por mí mismo»!
Somos llamados a vivir la vida de Cristo, y Cristo viene a vivir su vida en nosotros; pero primero tiene que suceder una cosa: debemos aprender a aborrecer este yo y a negarlo. Así como Pedro negó a Cristo, también nosotros debemos negar al yo, para que Cristo Jesús sea el todo en todos. Humillémonos ante el pensamiento de lo que este yo nos ha hecho y de cómo ha deshonrado a Jesús; y oremos con mucho fervor: «Señor, por tu luz, descubre este yo; te rogamos que nos lo descubras. Abre nuestros ojos para que veamos lo que ha hecho, y que es el único estorbo que nos ha estado reteniendo».
Oremos así con fervor, y luego esperemos en Dios hasta que nos apartemos de todos nuestros ejercicios religiosos, de toda nuestra experiencia religiosa y de todas nuestras bendiciones, hasta que lleguemos cerca de Dios con esta sola oración: «Señor Dios, el yo convirtió a un arcángel en un demonio; el yo arruinó a mis primeros padres y los sacó del Paraíso a las tinieblas y la miseria; y el yo ha sido la ruina de mi vida y la causa de todo fracaso; oh, descúbremelo». Y entonces viene el bendito intercambio, en el que un hombre es hecho dispuesto y capaz de decir: «Otro vivirá la vida por mí, otro vivirá conmigo, otro lo hará todo por mí», Nada más servirá. Niega el yo; toma la cruz, para morir con Jesús; síguele solo a él.
Que él nos dé la gracia de entender, recibir y vivir la vida de Cristo.
Capítulo 2 completado
La vida del yo